Scariolo, de los pitos a su primera final de Euroliga: “Para esto he venido”
«Para eso he venido. Cuando el Real Madrid me propuso esta oportunidad, dentro de mí sentí que era lo que buscaba a estas alturas. Algo que podía estimularme y motivarme. Porque estaba muy cómodo en la selección. Hacer algo que no había hecho antes y tener por fin un equipo para ganar la Euroliga». La ambición de un entrenador como Sergio Scariolo no se sacia con puñados de medallas. A su dimensión histórica le faltaba el remate de una Euroliga. Esta noche en el OAKA (20.00 h., Movistar), por primera vez desde que hace ya 37 años iniciara su camino en los banquillos en Pésaro, se encontrará bajo los focos de toda una final continental.
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A Scariolo, 65 años, le costó 279 partidos alcanzar semejante cota, más que nadie de los (no tantos) que llegaron. Y no hay rastro de lamento en su discurso antes de la final, pese a que razones no le faltan ante los 24 días de fatalidad del Real Madrid (las graves y consecutivas lesiones de Tavares, Alex Len y Garuba, la última, el mismo viernes), que afrontará el duelo contra el más temido de los oponentes sin sus tres pívots. «Podrían aplastarnos físicamente», deslizó el mismo viernes, aún con el frenesí de lo ocurrido ante el Valencia Basket. Ayer habló de «rebelarse contra la mala suerte, de no rendirse». De utilizar las bajas como gasolina, pese a que para enfrentar a pívots de la talla y la calidad de Nikola Milutinov, Tyrique Jones, Donta Hall o incluso el versátil Sasha Vezenkov (MVP de la competición), apenas contará con Trey Lyles, que se desempeñó toda la temporada de cuatro, el jovencísimo y casi inédito Izan Almansa y todo lo que puede inventar, como Chuma Okeke. «Estoy seguro de que Sergio va a preparar algo diferente, probablemente una zona, como en el pasado hizo. No esperamos un partido fácil. No esperéis escucharme decir que somos favoritos», pronunció un Georgios Bartzokas que ya sabe de lo que es capaz su rival blanco cuando nadie apuesta por él, sin ir demasiado lejos, ahí está la final de Kaunas.
Nunca pisó una final de Euroliga Scariolo (las dos anteriores Final Four, cayó en semifinales: con Scavolini en 1991 y con Unicaja en 2007), pero le sobran en otros escenarios en su carrera. Durante estos días, el italiano se ha afanado en reivindicar su labor a nivel de selecciones. «No hay diferencias», repitió ayer, por si alguien tiene la tentación de restar valor a un palmarés que incluye una final olímpica, dos mundiales y cuatro continentales. De ese puñado, ganó seis oros y sólo perdió la de los Juegos de 2012 contra el USA Team. También ganó y perdió finales a nivel de clubes, desde aquellas iniciáticas en 1990 con el Pésaro (ganó la Lega, perdió la Korac) a, sin ir tampoco muy lejos, la última de Copa en el Roig Arena, cedida ante el Baskonia. Por el camino, Ligas y Copas con el Madrid, el Baskonia, el Unicaja, la Virtus o el Olímpia Milán. Incluso unas Finales de la NBA ganadas como asistente con los Raptors. «Después de muchas ocasiones, crees que te sientes cómodo en estas situaciones. No hay muchas diferencias grandes en otras experiencias, en partidos a vida o muerte, que ya he tenido», repitió.
Scariolo, durante la semifinal contra el Valencia en el OAKA.EFE
La maestría de veterano desborda su cuenco y sus variantes tácticas, pese a la inferioridad sobre el papel contra Olympiacos (el mejor equipo también de la temporada regular, aunque nadie consiguió ganar el título desde ahí), desvelan a cualquiera, incluso al «peor de los grandes rivales posibles». Es consciente Scariolo de que nunca tuvo en sus manos semejante plantilla a nivel de clubes y de que disputar la final es un logro («hay otros 18 equipos mirándonos y pensando que les gustaría estar aquí») ya en un curso en el que tuvo que esquivar muchas balas. Ni a él ni a nadie se le olvida que, hace no demasiado, se le silbó en el Palacio cuando la megafonía anunciaba su nombre. «Dejar el ruido a un lado», admitió como clave del año.
Porque ni se inmutó, pese a que fueron repetidas las ocasiones en las le pitaron. No ganó la Supercopa, dudó demasiado en Europa, especialmente fuera de casa, y tropezó en la Copa. Ahí, en el Roig Arena, en febrero, vivió su Madrid su situación más delicada. La derrota en la final contra el Baskonia escoció y amenazó con hacer saltar por los aires un vestuario que, pese a todo, siempre lució unidad. Si algo se rompió, pronto sanó. El tramo final de la Euroliga y especialmente el playoff contra Hapoel, ya sin Tavares, así lo demostró. Llegados ahora a la final mira la oportunidad consciente de la dificultad pero sin lamentos, con «confianza y tranquilidad»: «La competitividad la doy por hecha, conozco mis jugadores».


























