Etapa tremenda sobre el papel. Etapa tremendísima sobre el terreno. Tremendo ganador, Jonas Vingegaard, que no fue tremendísimo porque, en su superioridad, ahorra fuerzas para llegar al Tour lo más fresco posible. O lo menos cansado posible. O quizás aún no está en su mejor condición, afinándola para Francia, donde lo aguardan los mejores entre los mejores. Ganó con 49 segundos sobre Felix Gall. Una diferencia escueta que, en cualquier caso, no refleja su auténtica superioridad, expresada en una cifra piadosa pero suficiente.
Vingegaard, tercera victoria en la tercera llegada en alto, no quiso, porque no era necesario, forzar la máquina. Y como era lógico, como estaba previsto, desvistió a Afonso Eulálio de la “maglia rosa”. Si no ocurre nada extremadamente raro por insospechado o extremadamente dramático por doloroso, ya la lucirá hasta Roma.
Los Alpes entre Aosta y Pila… Versión ciclista del Mito de Sísifo. Subir, bajar, subir, bajar, subir… Carretera al infierno cuando el infierno no está bajo tierra, sino cielo arriba. Tres puertos de 1ª, el último en la llegada, uno de 2ª y otro de 3ª, todos por encima de los 1.000 metros y el postrero a 1.800, encadenados, apiñados en sólo 133 kms. con 4.350 metros de desnivel.
Desde la salida, la carretera se empinaba sedienta de unas nubes inexistentes en un cielo de gran pureza. Y allí mismo se rompió el pelotón en una fuga de alta gama de 22 hombres, entre ellos Enric Mas, Juanpe López, Igor Arrieta y David de la Cruz. Toda la etapa fue esa fuga devorando penosamente el asfalto y siendo devorado por él. Y, atrás, el Visma controlando siempre y no dejándola pasar de los cuatro minutos. Los amarillos no dejaron nunca, nunca, nunca de encabezar el grupo, en una perfecta ejecución de la táctica elegida.
Con toda la fatiga del mundo acumulada, los hombres que quedaban por delante y los que aguantaban por detrás, separados por 2:15, afrontaron la subida final: 16,5 kms. al 71% de pendiente media y al 11% de máxima. Unos y otros, después de macerados, fueron disolviéndose en la calima y mezclándose en la agonía. Todavía el Visma disponía de Lemmen, Kuss, Piganzoli y Campenaerts, sacrificándose por su jefe, que subía sin un rictus.
Exhaustos, fueron apartándose. Para entonces, Eulálio era una rosa mancha licuada en la crueldad de la subida. Y entonces, cuando Piganzoli exhaló su penúltimo suspiro (aún le quedarían fuerzas para acabar cuarto), a 4,7 kms. de la llegada, forzó Vingegaard. No atacó en el sentido brutal de la palabra. Forzó, en su sentido de suave aumento de la intensidad.
Nadie respondió. Nadie lo intentó. Y Jonas se coronó con siete etapas de antelación.







