Simeone y la Champions, historia de una obsesión

Simeone y la Champions, historia de una obsesión

Simeone, que entiende los códigos emocionales del Atleti como si los hubiera escrito él, sacó el once que exigía el derbi y no el que proponía la lógica. Hizo bien. Por más que la situación, tras el sobreesfuerzo europeo y preparándose para un abril demencial, pidiera saltar al Bernabéu con el filial, ningún aficionado rojiblanco perdonaría no intentar reventarle la Liga al Madrid teniendo la oportunidad.

Cerca estuvo de lograrlo, pese a jugar al trote, pero los errores propios, un Vinicius que recordó que cuando se centra en jugar es decisivo y las cosas que pasan en ese estadio (nunca antes se vio a un árbitro dar tantas explicaciones a los afectados por una roja, quizás recordaba Munuera que la última vez que echó a un madridista casi lo exilian) le abocaron a una derrota sin secuelas. Lo serio llega ahora.

Tras el enésimo coitus interruptus por las selecciones, el Atleti decidirá su destino en dos semanas: cuartos de Champions y final de Copa. Es lo que tiene ser un estudiante tirando a vago, incapaz de acumular buenas notas en el día a día de la Liga y que acaba jugándoselo todo en un par de exámenes finales. Si los clava, puede cerrar un curso memorable y con el Cholo reforzado para otros diez años. Si patina, a mediados de abril estará discutiendo el futuro del técnico. No hay punto medio.

Ganar la Copa ya validaría la temporada, por supuesto, pero no es lo que tiene Simeone en mente. Desde hace unos años está obsesionado con la Champions. Lo disimuló durante un tiempo, pero ya ni siquiera hace ese esfuerzo. No es que la quiera ganar, cosa obvia, es que está convencido de que puede. Racionalmente, es una locura. No lo logró con equipos mucho mejores y, según lo que cada uno piense del Madrid, cinco o seis de los siete rivales que quedan vivos son superiores, pero le da igual. Está obcecado y ahí muero con él.

Para cualquier atlético, lograr ese maldito torneo es quedar en paz con el fútbol, olvidar torturas y llantos, querer más a tu padre, sentirte más tranquilo por el legado que pasas a tus hijos. Ganar la Champions, tirar la copa al río, cerrar el club y morir felices. Por eso, todos somos Simeone en esto. ¿Lo va a lograr? No, seguramente no. ¿Merece la pena hipotecar una vida estable por perseguir esa hazaña imposible? Cada día. Cada maldito día. Ya habrá tiempo para no creer, pero no es ahora.

Lo que nadie podrá negar a Simeone

Lo que nadie podrá negar a Simeone

Cometió Simeone una contradicción de inicio que pudo costar cara: jugar, una vez más, a que no pase nada, pero meter a Nahuel Molina en el once. O lo uno o lo otro. Cuando el lateral argentino anda suelto por un campo de fútbol siempre pasan cosas. Todas inesperadas, la mayoría malas. Por cada gol de Puskas como el del Getafe, comete diez atrocidades defensivas como la que dio esperanza al Tottenham. Por algún motivo, decidió dejar de marcar a Kolo Muani, quizás esperando que Le Normand lo viera con sus inexistentes ojos en la nuca, y pasaron cosas, claro. Gol rival. Nunca te aburres con Nahuel. El problema es que hay días en los que el Atleti mataría por aburrirse. Este era uno.

El 1-0 obligó al Cholo a cambiar levemente el plan, ya no bastaba con dejar pasar el tiempo, algo habría que hacer. Sorprende el empeño del técnico en poner riendas a un equipo que lleva años sin saber defenderse y, por contra, cada vez es más capaz de avasallar a campo abierto. Tras el descanso, al fin se premió a Lookman correr hacia delante y no sólo hacia atrás y, en el primer balón que se le dio al espacio, empató el Atleti. Resulta que a Julián Álvarez le ha vuelto a apetecer jugar. Bienvenido sea, aunque estaría bien saber algún día por qué se tomó tres meses de vacaciones en pleno curso.

"Tranquilidad, al fin", pensó el ingenuo. Sin embargo, Giuliano tenía otros planes. Es un futbolista de múltiples virtudes, pero un peligro público cada vez que participa en la salida de balón. Su imprecisión en los pases más sencillos es una lacra en partidos exigentes. O afina eso, y ha mejorado tantas cosas que no es descartable, o podrá ser un recurso, pero no un referente. Urge. En un pase suicida regaló el 2-1 y volvió a meter al Tottenham en una eliminatoria de la que tendría que haber salido para siempre a los 20 minutos de la ida, pero el Atleti es el mejor samaritano: siempre que pueda mantener con vida a un rival va a hacerlo.

Por fortuna, nadie se lo ha explicado a Musso, portero más que serio, y Giménez entró lo suficientemente tarde como para no poder liarla del todo. Dos grandes paradas, un cabezazo de Hancko y pasó lo que tenía que pasar aunque con el doble de trabajo del necesario: el Atleti vuelve a estar entre los ocho mejores de Europa. Se podrán discutir muchas cosas a Simeone, pero que escribamos eso y a nadie le sorprenda era impensable hace nada y es obra suya. Ahora, otra vez el Barça. Sin miedo, pero, si pudiera ser, que Nahuel descanse.

"¿Con quién vamos, papá?" y la aberración de apoyar a todos los equipos españoles

“¿Con quién vamos, papá?” y la aberración de apoyar a todos los equipos españoles

"Papá, ¿con quién vamos?", me pregunta mi hijo cada vez que se sienta a mi lado a ver deporte. Cualquiera. Fútbol, baloncesto, NFL... Si no juega el Atleti, esa es la única cuestión que importa. No afloja si le respondo que me da lo mismo, que no estoy prestando atención o que la única y enfermiza razón por la que me estoy tragando un Levante-Girona en la siesta de un sábado es porque tengo en la Fantasy a un central cuya existencia desconocía hasta que lo fiché y por eso he insultado a la pantalla cuando un delantero al que tampoco pongo cara ha marcado gol. Adiós a los puntos de la portería a cero. No me juzguen. Pero a Javi todo eso le da igual e insiste: «Vale, pero si tienes que elegir, ¿con quién vamos?».

Recuerdo ser igual a los nueve años, esa necesidad de implicarme en cualquier competición de cualquier deporte, de ser durante hora y media más del Elgorriaga Bidasoa que un vecino de Irún, de celebrar que Cayetano Cornet bajara de 45 segundos, de ir con (que no contra) todos los equipos españoles en Europa. Sí, con todos. Pienso que a mi padre, al que si Trump le pidiera hoy unas coordenadas le señalaría sin titubear ese edificio enorme de la Castellana, entonces nunca se le ocurrió decirme: "Los de rossonero son los nuestros". Eso es amor. No sé en qué momento nos hicimos antis.

Sostiene Rodrigo Terrasa que Emilio Aragón es la mejor persona de España y, cuanto más lo conozco, más claro tengo que Rodri acierta. El caso es que el otro día acabé charlando de fútbol con Emilio y detecté su amor por el Real Madrid. Salté como un resorte, casi emocionado: "¡Te pillé! Ya sabía yo que escondías algo chungo". Pues ni siquiera.

Me explicó que, como niño emigrante en América que fue y aunque su padre, el gran Miliki, sí era madridista, él hallaba su patria en apoyar a todos los equipos españoles y que todavía mantiene ese corazón sin bufandas. Si hay una persona en el mundo de la que me creo semejante aberración emocional es de Emilio. Tanta bondad sólo cabe en el corazón de un niño de nueve años y en el de la mejor persona de España. Punto. Es bonito...

¿Es bonito?

Mientras escribo esto, sólo puedo pensar en que ojalá el Manchester City le meta cinco al Madrid el miércoles y sé que usted no es distinto. Al fin y al cabo, con alguien hay que ir, ¿no?

El Atleti te mata, te da la vida... aunque sea de milagro

El Atleti te mata, te da la vida… aunque sea de milagro

El lunes, el Madrid cayó contra el Getafe, en su estadio y perdiendo las formas y los nervios, un escenario que habría desatado el cachondeo en mis grupos de WhatsApp cualquier otra noche. Sin embargo, esta vez, la mayoría de atléticos callamos, preocupados porque cada pulla retornara 24 horas más tarde, asustados ante la posibilidad (absolutamente real en nuestras cabezas) de que el Barça remontara un 4-0 a los del Cholo. Yo mismo, que sólo creo en la ciencia y en la lógica, decidí, por si ayudaba, dejar esta columna escrita antes del comienzo del partido. Bueno, no exactamente esta, sino una versión en la que la catástrofe rojiblanca se consumaba y en vez de estar ahora mirando trenes a Sevilla, estaba buscando cuevas en las que esconderme un par de semanas.

Por supuesto, todas esas supersticiones y contragafes se transformaron en meras chorradas cuando la pelota echó a rodar. El fútbol es más lógico de lo que nos gusta pensar. Aunque ni él mismo parecía creérselo, el Atleti había cerrado la clasificación al descanso de la ida, pese al empeño de su entrenador y todos sus futbolistas, excepto Griezmann (sensacional), Llorente, Sorloth y Musso, en darle emoción. Extrema, eso sí.

Aun jugando fatal, la mezcla de riesgo extremo y defensa dadivosa del Barça dio al Atleti ocasiones de sobra para evitar el bochorno. Las falló todas. Un terrible cabezazo de Lookman, una colección de controles y pases malos de Giuliano, la absoluta insignificancia (una vez más) de Julián Álvarez, las imprecisiones de Koke y Johnny, los nervios de Pubill, el planteamiento timorato de Simeone... Fue un desastre absoluto, pero no lo suficiente como para borrar la exhibición del Metropolitano. Por poco, eso sí. Igual les salvó mi columna o su camiseta de la suerte o el muñeco girado en la estantería de mi padre. Cualquier cosa menos su juego.

"Las cosas que hacemos por amor", decía Jaime Lannister nada más tirar a un niño por la ventana para ocultar una relación, digamos, improcedente. Minucias, Jaime, comparado con las estupideces que hacemos por el fútbol. Lo asumo, pero sabe Luis Aragonés que horas antes de la final escribiré un texto titulado: "El Atleti regala la Copa". Por si acaso. Son nuestras costumbres y hay que respetarlas.

No venimos al fútbol a ser racionales. Y al Atleti, menos. Me mata, me da la vida. Más lo primero, no les voy a engañar.

Caso Prestianni: el apoyo a Vinicius no admite peros

Caso Prestianni: el apoyo a Vinicius no admite peros

Es difícil respetar como líder de la lucha contra el racismo en el fútbol a un adulto que esprinta para chivarse al profe, señalando y todo, como si fuera un niño de seis años. Es frustrante respaldar sin fisuras a quien se pasa la vida tocándose con prepotencia las Champions de la camiseta, buscando el enfrentamiento con la grada rival y diciendo a compañeros de profesión que cobran la décima parte que él que se van a Segunda. Es incómodo apoyar a una persona que no te gusta; con lo sencillo que resulta cuando, en vez de Vinicius, hablan Mbappé o Henry.

Es difícil, es frustrante, es incómodo... y es necesario. Sin fisuras ni peros. Te sientes un poco sucio por fuera, pero mucho más limpio por dentro. Es lo justo.

En la semana que ha pasado desde el incidente entre Vinicius y Prestianni, el antimadridismo (media España, vamos) se ha volcado en encontrar excusas que pongan en duda lo que han visto con sus propios ojos. Si la víctima fuera cualquier otro futbolista, la secuencia habría desatado una repulsa unánime. No hay pruebas, ya, pero los indicios, los gestos y las reacciones nos hubieran bastado para condenar al argentino sin atisbo de duda si el afectado jugase en nuestro equipo. Ni ensayando se puede parecer más culpable. Por cierto, la cosa no mejora si en vez de "mono" le llamó "maricón", pero la homofobia en el fútbol está aún más normalizada que el racismo. Es un mundillo lamentable, no les voy a mentir.

El caso es que, como Vinicius (nos) cae mal, cierta indignación se ha girado ("¡Están linchando a Prestianni! ¡Quieren acabar con su carrera! ¡Bailó!") en aras de una presunción de inocencia que no respalda ni una sola de las actitudes posteriores del jugador ni del Benfica. Es cierto, también, que resulta curioso ver en el otro bando a tanto vocero de la teoría del reemplazo intentar erigirse en Martin Luther King, pero, bueno, de eso hay que reírse y darles la importancia que tienen: ninguna.

Lo fundamental aquí es que una persona sufrió un ataque racista en pleno partido y todos lo sabemos, aunque algunos no quieran reconocerlo. La UEFA no puede permitir que quede indemne escondiéndose tras algún regate burocrático para lavarse las manos o imponiendo un castigo meramente cosmético a Prestianni. Eso le haría cómplice. Por eso, esta suspensión cautelar es sólo un paso. Necesario, pero insuficiente.

No hay dios que aguante a Vinicius en un campo de fútbol, pero si tu respuesta a sus 'boutades' es llamarle mono eres dos cosas: racista e imbécil y te mereces estar mucho tiempo leyendo, en vez de jugando a la pelota. Es sencillo. Y sin peros.

El Atleti y Simeone: ¿Compensa el caos como forma de vida?

El Atleti y Simeone: ¿Compensa el caos como forma de vida?

En los últimos 20 días el Atleti ha jugado seis partidos. Goleó a Betis (0-5) y Barça (4-0) en dos de los mejores partidos de la era Simeone y, alrededor de esas exhibiciones, perdió en casa contra el mismo Betis y el Bodo Glimt noruego, cuya plantilla suma la mitad de valor de mercado que Julián Álvarez; fue incapaz de marcar al equipo más goleado de la Liga, el Levante, y decidió salir con suplentes (descanse en paz el glorioso partido a partido) para ser barrido por el Rayo.

Blanco reluciente o negro funerario, ni un mísero gris y todo, insisto, en los mismos 20 días en que usted no ha logrado sacar un rato para llevar el coche a la revisión, ir a cortarse el pelo o acabar esa serie. Si eres una persona ordenada, lógica y estable, hay opciones mejores. Si adoras el vodevil, este es tu sitio. Eso sí, si te gusta hablar de fútbol, aléjate rápido porque si juntas un equipo que es el mejor Liverpool de Klopp los miércoles y el Brasil de ‘Días de fútbol’ los domingos con una afición partida, el resultado es la esquizofrenia.

Tras los grandes días (tres en todo el curso, pero qué tres: los dos comentados y el 5-2 al Madrid), los cholistas salen en tromba a señalar a los antis y a los supuestos antis (cualquiera que ose criticar públicamente una decisión del técnico) con sus clásicos tabernarios de mamar y callar bocas, como si el hastío razonable ante cuatro años de vulgar día a día quedara invalidado por una noche de sexo salvaje.

Y tras cada ejercicio de impotencia frente a un rival menor, se invierten los roles y los que quieren echar a Simeone sacan los megáfonos, como si los argumentos del otro bando sobre el respeto debido a quien resucitó al club, las deficiencias de la plantilla y la zancadilla permanente de unos (aún) dueños cuya única ambición ha sido siempre llenarse el bolsillo no tuvieran una base sólida.

Cada tres días la brecha se agranda y entre medias queda una mayoría de atléticos que sólo quieren que su equipo funcione lo mejor posible y preferirían tener una conversación a una guerra, pero el clima hace imposible el análisis pausado, racional y necesario. El Atleti es un avión ante equipos ofensivos que le dejan espacios, pero el Cholo no ha logrado en todo este tiempo que sepa atacar a rivales cerrados. Ese es el gran problema deportivo, es crónico y es responsabilidad del entrenador. Es un lobo para los grandes y un cordero para los pequeños, lo que le aboca a entregar las ligas en invierno y pelear las copas en primavera, a cenar conservas todos los días del año menos cinco o seis noches que, eso sí, se da un homenaje en DiverXO, a vivir de extremos.

Esto es así y seguirá siéndolo salvo iluminación repentina, y cada vez menos probable, de Simeone. El Atleti debe decidir si compensa el modelo que propone y si su líder aún es la solución o, como Ross y Rachel, es hora de tomarse un descanso. Estaría bien poder discutirlo como personas adultas, pero olvídense. Para bien y para mal, nada es adulto en el Atleti. El caos lo ha devorado.

¿Hasta dónde puede llegar Carlos Alcaraz? Sólo él puede limitarse

¿Hasta dónde puede llegar Carlos Alcaraz? Sólo él puede limitarse

La nostalgia ganó el primer set; la naturaleza, el partido. Lo logrado por Djokovic en este Open de Australia, tras dos temporadas completas sin pisar una final ante el dominio de Sinner y Alcaraz, ha sido memorable, pero estaba condenado a un final amargo. Pudo con el italiano, asustó al español y recordó por qué es el más grande. De la Historia, no de la actualidad. Ése es Carlos.

En un partido normal para sus estándares, bastante espaciadas esas genialidades que ha convertido en rutina, Alcaraz ganó con solvencia al tenista perfecto que, incluso a los 38 años, sigue pareciendo diseñado por ordenador para jugar a esto. Una dejadita por aquí, tres golpes imposibles por allá, la calma que le ha dado la madurez cuando el serbio apretaba y el séptimo Grand Slam para casa antes de cumplir los 23 años. Ya los tiene todos. Es un sinsentido, una aberración histórica, un portento.

A la edad del murciano, Djokovic tenía dos grandes, igual que Federer. Nadal, el más precoz de los tres reyes, iba por seis. Nadie ha escrito un comienzo de su novela como este pero, aunque tenemos tendencia a recordar siempre el principio y el final, lo que define cualquier historia es lo que sucede entre medias. Antes de semifinales, un periodista con menos tacto que una madre cuando coges kilos preguntó a Novak cómo se sentía "persiguiendo" a Sinner y Alcaraz tras comenzar su carrera "persiguiendo" a Roger y Rafa. La elección del verbo molestó, con razón, al serbio, que clavó la respuesta: "Entre medias hubo 15 años en los que yo dominé los Grand Slam. Es importante tener perspectiva". Y tanto.

Esa es la fase de su carrera que ahora afronta un Carlos que ha zanjado en Melbourne la sobredimensionada polémica del adiós de Ferrero. Escuchamos a Samuel López decir a su pupilo: "Va a ir a saco", "disfruta del momento", "háblate, vamos, sé positivo". Ayudó, seguro, pero hay que poner en perspectiva la importancia de este tipo de consejos y recordar que esto es tenis, no baloncesto. Va de un tipo con una raqueta tomando decisiones milimétricas bajo presión durante horas. El 99% es suyo y la importancia de las frases para taza de su equipo es moderada. Federer tuvo ocho entrenadores durante su carrera. No le fue mal.

Si las lesiones le respetan, será Alcaraz y sólo Alcaraz quien decida hasta dónde quiere agigantar su leyenda. Su sentido lúdico de la vida será compatible con dominar el circuito durante unos años más, pero para llegar a los 24 Grand Slam y los 38 años que hoy luce Djokovic necesitará convertirse en un ciborg que viva por y para su legado, poniendo en pausa el resto de cosas que le hacen feliz. Si quiere, puede, pero quizás no le compense. El libro es suyo y va camino de escribir El Quijote. Lo acabe o no, las páginas que lleva serán recordadas siempre. Disfrutémoslo como él disfruta. Dure lo que dure.

Barcelona-Atlético: si esto es lo mejor que puede ofrecer la Liga, tenemos un problema

Barcelona-Atlético: si esto es lo mejor que puede ofrecer la Liga, tenemos un problema

Hace años ya que el Atleti dejó de ser lo que el cliché dicta que es un "Atleti de Simeone", pero no por ello deja de repetirse el tópico en análisis y tertulias. No es que ya no sea un equipo conservador, es que hace tiempo que, directamente, no sabe defender. Lo sostienen a duras penas Oblak y Giménez, cuando está sano, pero el Cholo lleva tiempo acumulando planteamientos valientes, incluso en el Camp Nou. Queda la duda de si lo hace más por necesidad que por convencimiento porque, a veces, cuando se ve en ventaja, se le olvida que la actual plantilla, plagada de recursos ofensivos, no ganaría un sólo pulso a la de hace 10 años y recula directo al harakiri.

Le pasó con el Inter hasta regalar el momentáneo empate, pero no tanto ante el Barça. Tras el 0-1, fueron Pedri, Lamine y Raphinha los que le empujaron a donde no quería estar. No hay pecado en que tres de los diez mejores del mundo te encierren un rato, pero lo pagó, claro. Atrás es transparente, casi tanto como los de Flick, que sobrevivieron porque Baena, Giuliano, Almada y Griezmann no aprovecharon los regalos en el duelo de despropósitos defensivos y Olmo y Ferrán, sí. Ahí se decidió un partido que era de empate.

El encuentro, más divertido que bueno, mostró el actual nivel de la Liga española. Es bajo. El Atleti, que llegaba como equipo más en forma, está en proceso de transformación y tiene aún más talento que identidad. Ante rivales grandes le cuesta sentirse un igual cuando, a menudo, es superior. Le falta una hora de horno y un socio para Barrios.

Y el Barça, más líder hoy, vive de tres futbolistas mayúsculos. Lo que les rodea, excepto Joan García, está lejos de lo que debe ser un candidato a todo. Especialmente preocupante es su mediocampo, tantos años la joya de la corona. Si van a decirme que faltaba De Jong, dejémoslo en que su opinión sobre el neerlandés y la mía son muy distintas.

No es casual lo que estamos viviendo en la Champions. Excepto la milagrosa victoria culé en Newcastle, los equipos de la Liga han jugado ocho partidos contra la Premier y los han perdido todos con un marcador global de 18-2. Son dos universos distintos y, mientras el británico se expande, el nuestro amenaza con encaminarse hacia la destrucción. Ninguno de los tres grandes españoles parece en condiciones de competir pronto contra los gigantes ingleses y este Barça-Atleti fue buena prueba. Los dos están lejos de ser quien fueron.

Una Copa Davis para volver a ser niños

Una Copa Davis para volver a ser niños

Diría que la culpa fue de Indurain, que nos sacó del apasionante culebrón que era Perico para meternos en un reiterativo documental de leones comiendo gacelas a base de una consistencia desconocida para nosotros, hijos de los 70 y los 80. Piñón fijo, rivales cayendo a su alrededor, un, dos, tres, cuatro, cinco. Como si ganar el Tour, tanto tiempo El Dorado que te birlaba un Roche al borde de la muerte o un despiste en Luxemburgo, fuera una ruta cicloturista.

Pero llegó Miguel y nos mostró algo desconocido para los aficionados españoles al deporte: la certeza. A partir de ahí empezamos a ganar como si fuera fácil, baloncesto y fútbol, Rafa Nadal y Fernando Alonso, Marc Márquez y Carolina Marín, durante años París parecía Cuenca, daba igual Carlos Sastre que Albert Costa. No quedó espacio por conquistar y para quienes crecimos contando las medallas olímpicas con, literalmente, los dedos de una mano, que ganar 17 pudiera ser decepcionante fue una inesperada y un tanto hortera transformación en nuevos ricos.

Lo extraordinario se convirtió en rutina y por el camino perdimos algo fundamental para disfrutar del deporte: el asombro, esa impagable sensación de "¿qué diablos acaba de suceder?". También olvidamos la felicidad de alegrarnos con poco. Hitos de entonces hoy serían efímeras sonrisas aplastadas por el empacho de éxitos: la plata de José Luis González, los mundiales de Aspar y Tarrés, los títulos europeos del Bidasoa y Granollers, los cuartos de final de Emilio Sánchez Vicario, incluso el gol de Nayim. Sin embargo, aún nos acordamos.

Ahora que el Madrid gana Champions como rosquillas y el Barça ya no cree en maldiciones, que Santi Aldama mete 29 puntos en la NBA, un sevillano gana el mundial de Moto3 (Antonio Rueda) y nadie se inmuta, que hemos pasado de Nadal a Alcaraz y de Iniesta a Lamine como si fuera normal, cuatro tenistas que el 99% de la población no reconocería de coincidir en el ascensor han rozado una gesta antigua. Inesperada y memorable. De las que perduran aun muriendo en la orilla.

El deporte se ha profesionalizado tanto que ya no hay sorpresas. El mejor gana siempre. Por eso, que Munar, Carreño, Martínez y Granollers hayan ido derribando molinos hasta engancharnos a un torneo que empezó clandestino es una hazaña especial y la derrota final no la oscurece. No ha sido la Davis del pueblo sino la Davis del recuerdo. De lo que fuimos y de lo que siempre seremos mirando a una pelota: niños. Niños felices que aún creen que todo es posible. Aunque no lo sea.

Por qué la NFL en España no tiene nada que ver con la Liga en Estados Unidos

Por qué la NFL en España no tiene nada que ver con la Liga en Estados Unidos

"¿Por qué os parece bien que la NFL o la NBA jueguen partidos oficiales en Europa y no que la Liga se lleve un Villarreal-Barça a Miami?". Esa pregunta se repitió desde el entorno oficialista cuando todo el fútbol español, excepto los dos clubes que sacaban tajada, se volvió en contra de la fracasada aventura americana de Javier Tebas. La comparación sólo denota ignorancia.

Nunca compré la indignación de que un simple partido en campo neutral adulteraba la competición, me parece exagerada, pero sí creo firmemente que es un insulto a los aficionados locales y que comparar nuestra cultura deportiva con la estadounidense es no tener ni idea de cómo se vive esto en cada sitio. Aquí, ir al fútbol es (siempre) pertenencia, allí es (frecuentemente) experiencia.

No pasa con todos los equipos, por supuesto, pero la NFL lo sabe y lo maneja: rara vez quita partidos en casa a sus aficiones más fieles. Desde 2007, habrá jugado 57 partidos en Inglaterra, Alemania, Irlanda, México, Brasil y España. Buffalo (su vínculo con Toronto es diferente), Green Bay, Detroit y Dallas aún no han cedido un partido en su estadio. Pittsburgh, Baltimore, Chicago y Seattle, sólo uno. Sin embargo, Jacksonville lleva ocho partidos como local en Londres y el del Bernabéu será el quinto de Miami. Salen fuera los que les da igual jugar en casa porque en la grada casi siempre hay más camisetas del equipo visitante, algo que aquí jamás sucede. Perder un partido no les genera conflicto con sus fans porque apenas tienen fans, tienen clientes.

Pero, por encima de todo, hay una diferencia que hace la comparación especialmente triste. La Liga quiere ir a Estados Unidos a mendigar, la NFL viene a Europa a conquistar. Ya lo ha hecho en Inglaterra y Alemania, donde cada partido es un acontecimiento y el seguimiento de la liga se ha disparado. ¿Lo logrará en España? No a la primera.

Que queden entradas a pocas horas del partido en una ciudad como Madrid, donde Bad Bunny llenará diez veces el Metropolitano porque no ha querido 20, Radiohead vende cuatro noches en un ratito y no puedes salir a cenar por el centro si no reservas con dos semanas de antelación, delata que el impacto ha sido limitado.

Fuera de los que ya éramos aficionados y de los vecinos de Chamartín, es posible que la mayoría de sus conocidos en la ciudad no sepan que se juega. Pero la NFL debe ser lista y persistir. Esta conquista es un proyecto a medio plazo y ojalá triunfe porque, créanme, si entras en el fútbol americano te quedas a vivir. Para siempre.