Los pines. ¿Los pines? Sí, los pines. En los años 90 estuvieron de moda: cosas del grunge. Una chaqueta tejana o una chupa de cuero con sus pines de Nirvana o de Guns N' Roses era lo más, pero desde entonces se ven pocos, por no decir que ya no se ven. Están pasados de moda, perdidos en cajones. Pero en cuanto empiezan unos Juegos Olímpicos hay centenares de aficionados que se vuelven locos por los pines, que viajan miles de kilómetros por los pines, que preguntan a propios y extraños para conseguir más pines.
«¿Tienes un pin?». En todas las sedes siempre hay un coleccionista con ansias de ampliar su muestrario. El Olympic Collectors Club se congratula de tener más de 500 miembros de más de 30 países y, entre ellos, la estrella, el referente, la cabra, es el brasileño Luiz Fernando Tonidandel. Sus más de 4.000 piezas le elevan en la cima del coleccionismo olímpico de pines, un coleccionismo que presume de no haber caído en la vorágine capitalista que rodea otros objetos. Aquí no se vende.
¿Qué valor tiene su colección de pines olímpicos?
No lo sé, nunca he pensado en ponerla a la venta. Para mí cada pin representa algo que he vivido, personas que he conocido, historias que he experimentado. Venderlos sería renunciar a una parte de mi vida. Incluso guardo los pines duplicados para intercambios, nunca los vendo. Así tengo una sensación de continuación. Cada edición de los Juegos Olímpicos guardo pines para la siguiente.
Dueño de su propio modelo
Tonidandel, conocido en Instagram como @LuizOlympicPins -tiene más de 50.000 seguidores-, charla con EL MUNDO desde Curitiba, donde trabaja como asesor de proyectos empresariales. siempre que no haya Juegos. Si hay Juegos lo deja todo, desempolva sus ahorros y se desplaza donde haga falta. «Todo empezó en 2008, en los Juegos Olímpicos de Pekín, un poco por casualidad. Un entrenador brasileño que conocía me dio mi primer pin y no entendí del todo lo que significaba. Pero con el tiempo me di cuenta de que había algo profundo. El pin es una forma de volver a recordar: quién me lo dio, donde estábamos, qué estábamos viviendo juntos», cuenta.
En la primera edición, Atenas 1896, ya existía una suerte de pines que ayudaban a reconocer a los atletas, pero el coleccionismo nació en Los Ángeles 1984. Un patrocinador, Coca-Cola, vio que había aficionados interesados y creó el Centro de Intercambio de Pines, hoy en día convertida en una sede más. Para cada edición olímpica se fabrican entre 5.000 y 6.000 pines diferentes con diseños de los diferentes comités nacionales, de los sponsors, de algunos medios de comunicación, de las estrellas e incluso de los voluntarios. El mismo Tonidandel tiene su propio modelo, que regala a quien se lo pide.
¿Cuál es el más raro que tiene?
Es difícil escoger. De los últimos Juegos Olímpicos de París tengo uno de Snoop Dogg, con los cinco aros salió de su boca como si fueran humo de un cigarro. Tengo otro de una sesión del COI en Roma que es extremadamente raro o uno de Corea del Norte, producido en cantidades muy limitadas. La persona debía estar asumiendo un gran riesgo al intercambiarlo.
"Sólo quiero hacer amigos"
Según Tonidandel, el coleccionismo de pines exige una planificación intensa meses antes de cada ceremonia de inauguración. «Mucha gente piensa que es llegar e intercambiar y no es así. Tenemos grupos ya formados y nos organizamos porque algunos pines son extremadamente limitados y desaparecen rápido. Durante los Juegos hay zonas específicas de intercambio, puntos de encuentro, y hay que fijarse en quien va por la calle con la acreditación llena de pines. Esa suele ser una señal de que esa persona está abierta a intercambiar», anota el brasileño que niega el rumor más extendido.
Siempre se ha dicho que el intercambio de pines sólo es una excusa para que los deportistas -o los que no lo son- liguen durante los Juegos. «Los pines son un rompehielos universal, he intercambiado sin decir ni una sola palabra. Pero para mí no son una excusa, mi objetivo es hacer amigos, no otra cosa», finaliza Tonidandel a la espera de la próxima cita, Los Ángeles 2028, para ampliar su ya amplísima colección.
Sobre el sofá, en el hall del Teatro Isabel la Católica de Granada, nueve títulos mundiales, tres medallas olímpicas, dos «privilegiados». Con EL MUNDO como testigo, María Pérez y Javier Gómez Noya, el deporte español en mayúsculas, dos leyendas encantadas con el encuentro mutuo -enmarcado en el Festival de cine, literatura y deporte Play Granada-, tan diferentes y con tanto en común, la marchadora y el triatleta, dos campeones del mundo abiertos en canal. El esfuerzo oculto tras la gloria, la tensión entre la disciplina y la motivación, el motor de la rivalidad y el vértigo entre atleta y persona. Una mirada dual de lo que implica sostener la excelencia. Sólo hay que dejarlos hablar e interrumpir lo menos posible.
Pregunta. De campeón a campeona del mundo. ¿Qué se siente en esas cumbres?
María Pérez. Empieza tú, que lo fuiste antes.
Javier Gómez Noya. Pues a veces fue casi alivio: 'Ha valido la pena, lo he logrado. Es una sensación muy bonita y a la vez, rápido, viene el '¿y ahora qué?'. Porque siempre tendemos a pensar en el futuro, en la siguiente carrera. Recuerdo que a veces, y me lo echo en cara mirando atrás, no he disfrutado de cada momento, de cada victoria. Porque siempre era la siguiente. A veces hay que parar un poquito más. Cuando quieres ser el mejor del mundo en algo, el equilibrio es complicado. La línea con la obsesión es delgada.
M. P. Estoy de acuerdo. El sistema, por las ayudas y demás, está enfocado a que no te de tiempo disfrutar, sólo a mirar a lo siguiente. En mi caso, yo esta segunda vez [doble campeona, 20 y 35 kilómetros marcha, el año pasado en Tokio], sí que lo estoy viviendo más. En 2023 no lo disfruté. Ahora he bajado el pistón de competir y he subido el de disfrutar de lo que se consigue y de la repercusión.
G. N. Disfrútalo. Porque cuando te retires dirás, 'ha sido la leche lo que he conseguido, tenía que haberme parado un poco más...'. No de entrenar, pero sí saborear un poco más.
M. P. Las medallas son efímeras, llegan, se meten en un cajón y se olvidan. Pasas página. Pero los momentos son eternos. No sé si a ti te pasa, que quieres recordar algo y tienes como flash.
G. N. Sí. Te vienen momentos de la carrera, sensaciones... Y a veces momentos que no son la competición. Esa preparación, una concentración, el ambiente que había con tus compañeros, cómo entrenabas... Siempre digo que los resultados te permiten ser profesional y es lo que te da de comer. El subidón de ser campeón del mundo es la leche. Pero a veces valoro mucho de mi carrera esa parte que no se ve, el día a día. Por eso ha sido tan larga. Porque esto es muy duro y como no te guste...
María Pérez y Gómez Noya, en el teatro Isabel la Católica de Granada.LUCIA RIVAS PAGAraba
Pregunta. Porque no todo es lo bonito que se ve en las redes sociales.
G. N. De malos momentos está lleno. Esto es una montaña rusa. Subirte a un podio es sólo la punta del iceberg de todo el trabajo que hay detrás. No hay que perder el Norte en los buenos momentos ni venirte muy abajo en los malos. Porque vives sensaciones fuertes que otra gente, en su vida normal, no las tiene. Y por eso muchas veces los deportistas cuando se retiran lo pasan mal cuando dejan la burbuja. Estás acostumbrado a una adrenalina y a unos subidones que luego te cuesta encontrar en la vida normal.
P. Te retiraste hace poco. ¿Qué consejo le darías a María en este tramo final?
G. N. Disfrutar, saborear bien y seguir trabajando. Todavía tienes mucho que ofrecer, aunque te hayas puesto esa meta de Los Ángeles. Es importante encontrar cuál es tu lugar en el mundo y qué es lo que te apetece hacer.
M. P. También estamos muy limitados en el mercado laboral por la edad. Si nos retiramos muy mayores... Aunque se ha demostrado que los deportistas saben trabajar mejor en equipo.
G. N. Te falta experiencia, pero puedes aportar cosas que muy poca gente puede. La capacidad de sacrificio, de organizarte, de cumplir con tus tareas. Pero entiendo que a muchos deportistas les de vértigo aterrizar en un mundo incierto. Cuando te retiras te das cuenta de que no era nada normal lo que hacías. Una vida extraordinaria. Y el equilibrio es difícil.
M. P. Es una realidad diferente y difícil. Pocos se pueden adaptar. Cuando te vas haciendo mayor y llevas mucho tiempo en el deporte de élite, ves cosas que dices 'esto no me gusta mantenerlo mucho tiempo'.
G. N. El deporte te absorbe demasiado. A mí me hacía incluso cuestionar un poco mi identidad, separar quién eres del personaje, del triatleta. Escuchas tanto a la gente que opina de ti, de cómo eres. Casi te hacen dudar. A veces te cuesta verte fuera.
María Pérez y Gómez Noya.LUCIA RIVAS PAGAraba
M. P. Yo he intentado separarlo desde el principio y cuando vuelvo a casa, no se habla de deporte. Es necesario. Cuando mis amigos sacan el tema de María Pérez les digo: 'Yo a esa persona no la conozco. Es muy pesada, está en todos lados'. Mis vecinos pequeños me llaman María Pérez y no, soy María. Porque el deporte no lo es todo. Tengo unas pretensiones en la vida, quiero ser madre. Y no me gustaría que mi hijo estuviese 180 días viajando. Tú fuiste padre hace poco...
G. N. Cuesta mucho. Mis últimos dos años ya tenía a Olivia y se hace mucho más difícil viajar, estar fuera de casa... Te sientes mal por llevar la vida egoísta de 'como-entreno-duermo'...
Pregunta. ¿Sentís que os habéis perdido muchas cosas?
G. N. Sí. Pero ganas otras. Experiencias por todo el mundo, gente que si no fuera por el deporte, jamás habría conocido. Es lo que tienes que valora, poner en una balanza. ¿Te pierdes una boda, salir por la noche...? No se puede tener todo.
M. P. Es el precio que se paga. Los que te apoyan estarán contigo.
P. ¿Cómo se vence a esos días en los que no apetece ir a entrenar?
G. N. La clave es la disciplina. En las redes sociales se ve mucha gente motivada. Pero cuando llevas 15 años entrenando tres veces al día, hombre, hay días que la motivación... pues no. Pero ese compromiso que adquieres contigo mismo para esforzarte en conseguir un objetivo y luchar por él... Asumes que va a haber muchos días malos, que te duele todo, que no te salen los tiempos y esos son los días que tienes que seguir adelante. La disciplina, la capacidad de sacrificio. Es imposible ir feliz a todos los entrenamientos.
M. P. Y el compromiso con tu entrenador. Hacemos deportes muy solitarios, damos muchas vueltas a la cabeza y manda mucho más que el cuerpo. A veces recurro a pensar en personas que están enfermas, que luchan por su día a día, por sobrevivir. Y pienso que yo soy una privilegiada.
Pregunta. ¿En algún momento tuvisteis que recurrir a un psicólogo?
G. N. Yo en mi caso no, pero me parece estupendo que se pida ayuda. Te puede ayudar a gestionar mejor tus emociones.
M. P. Yo tampoco. En 2018, cuando gané mi primera medalla, intenté con Patricia Ramírez. Pero me dijo que no me hacía falta. Creo que en esto sí que se ha dado un avance importante. Somos personas que estamos sometidas a mucha presión en días concretos y es difícil gestionarlo. Hay que dar gracias a lo que hizo Simon Biles en los Juegos de Tokio, a gente como Ricky Rubio... Vivíamos en una sociedad en la que ir al psicólogo era ir al loquero, estaba mal visto. Afortunadamente eso está cambiando.
P. Habladme de vuestros rivales. Los Bronwlee y en tu caso, María, Antonella Palmisano, que, contrariamente, es tu mejor amiga.
M. P. Nos hacen mejorar, como deportistas y como personas. Cuando apareció Antonella, ella había ganado miles de medallas internacionales y yo era esa niña que soñaba con ser como como ella. Cuando te veía competir con los hermanos Brownlee...
G. N. Ha habido momentos de tensión, pero esa rivalidad fue muy buena para mí. Dominaba mundialmente y de repente aparece Alistair , con un nivel... Y luego un hermano pequeño. Eso ayudó a mi deporte a crecer en España. Y ellos me han dicho que también en Inglaterra. Estuve con Alistair hace unos meses y me decía que todavía le preguntaban por el español ese... Eso atrajo público al triatlón. Y todos mejoramos. ¿Habría ganado más competiciones? A lo mejor sí, pero no lo cambiaría porque fueron momentos muy intensos que me hicieron dar lo mejor de mí mismo. He tenido otros rivales y, como en tu caso, amigos. Mario Mola en mis últimos años. Los dos estamos muy orgullosos de cómo lo llevamos, porque siempre nos querían enfrentar. Y con Mario es imposible llevarse mal. Recuerdo cuando gané el quinto mundial, que me la jugaba con él. Un periodista que estaba con nosotros se sorprendió porque el día antes radomos juntos media hora. Mañana, pues claro, cada uno a muerte.
M. P. Yo voy a preparar el Europeo con ella. Me hace la coña todos los días: 'No te puedes relajar porque si no viene alguien por atrás y te mete un peperoncino por el culo'. Tenemos ese cachondeo que es lo más bonito del deporte. Si eres el mejor y nadie te aprieta las tuercas... Si no hubiesen estado los hermanos no hubieses llegado a tu límite. La droga que nos engancha es adrenalina. Nos ponemos al límite y queremos más.
G. N. Hay carreras que no gané y de las que estoy muy orgulloso porque sé que hice lo mejor para lo que estaba capacitado. Y otras las gané cometiendo errores. En Londres, que creo que fue la carrera de unos Juegos Olímpicos con más nivel de siempre, quedé segundo, sin errores, Alistair fue ocho segundos más rápido. No haría nada diferente. En los últimos dos kilómetros, los dos a muerte y no pude. Ya está.
Pregunta. Si no fuera por el deporte, ¿dónde os imagináis que estaríais?
M. P. Mira, yo me voy a mojar. Creo que, como muchos españoles, tendría un trabajo en el que no sería feliz. A mí no me cuesta levantarme a las tres de la mañana cuando tengo que competir, cuando está todo el mundo de fiesta. Soy una privilegiada.
G. N. A mí me cuesta mucho imaginarme fuera del deporte porque he tenido esa pasión desde pequeño. Y si no hubiera tenido las condiciones o el talento, lo habría hecho como complemento de mi trabajo, el que fuera.
M. P. Pero creo que no hubiéramos sido tan felices.
G. N. No, creo que no. Todos los momentos malos y todo lo que te pueda decir un deportista, poder dedicarte a lo que te ha gustado...
M. P. Esos momentos malos que hemos hablado antes merecen la pena. El deporte nos ha hecho mejores personas, nos ha llevado al límite en todos los sentidos. No todo en la élite es bonito, pero es que merece la pena pagar todo ese peaje. No lo cambiaría.
María Pérez y Gómez Noya, durante la entrevista.LUCIA RIVAS PAGAraba
Pregunta. Cuándo viajáis por el mundo, ¿cómo se percibe al deporte español?
G. N. La sensación desde fuera es que el deporte español tiene mucho prestigio, sobre todo en los últimos años. A mí me hace sentir orgulloso ver que no somos la mayor potencia mundial, pero sí una potencia, respetados y reconocidos.
M. P. Pienso lo mismo. La manera en la que se trabaja en España, con muchos menos recursos que otros países, el nivel de medallas es muy alto. Hay más medallas que recursos. Lo que se invierte en Oceanía, Estados Unidos...
P. La última, ¿qué os preguntaríais el uno al otro?
G. N. Yo soy bastante friki del entrenamiento y me gustaría saber un poco tu forma de entrenar María.
M. P. Pues soy de las que menos kilómetros hago... Macrociclos, microciclos... Llego a 130 a la semana como máximo.
G. N. ¿Todas tus rivales entrenan bastantes más kilómetros que tú?
M. P. Sí, sí. Yo te preguntaría por tu transición a la retirada. Pero ya me has aclarado bastantes cosas.
«No paro de ver las imágenes de mi lesión en los Juegos Olímpicos de París, no tengo más remedio, me las ponen allí donde voy, ¿y qué le voy a hacer? Lo tengo asimilado, lo tengo muy trabajado», reconoce Carolina Marín. Su dolor en aquellas semifinales trágicas vendrá a la memoria cuando se hable de ella en el futuro, pero tiene que haber otros recuerdos. Su palmarés enumera un oro olímpico, tres Mundiales y siete Europeos; su legado va más allá. De repente, de la nada, una española dominó Asia en bádminton. En Huelva, su ciudad, donde lleva días recibiendo homenajes, se sienta con EL MUNDO para repasar siete momentos de su carrera ya terminada.
1. UNA NIÑA EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS
Antes de ser conocida en el mundo, en España o incluso en su Huelva, Marín ya lucía especial en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, donde se instaló a los 14 años. Contaba su entrenador Fernando Rivas que tenía una ambición impropia.
«Cuando llegué a Madrid ya quería ser la mejor en todo, campeona olímpica, número uno, todo lo que fuera posible. Nunca me conformaba y creo que eso fue lo que me empujó hacia arriba. Tenía dudas por dentro, pero por fuera siempre me mostraba muy segura. Ya entonces, desde los 15 años, empecé a trabajar con psicólogos para controlar los miedos, las inseguridades, los nervios», rememora Marín, que fue bronce en un Mundial júnior, debutó en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 con 19 años y al año siguiente ganó el Grand Prix Gold de Londres, el equivalente a un Grand Slam en el tenis.
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«Con Fernando creamos nuestra metodología, fuimos originales, hicimos nuestro propio camino. Si hubiera intentado imitar lo que hacían las asiáticas, tantas repeticiones, siempre hubiera ido por detrás», analiza.
2. EL PRIMER MUNDIAL: NACE EL MILAGRO
«Redunda su nombre, Carolina María Marín Martín, cumpliendo un cometido: la Historia ya no podrá olvidarlo», empezaba así este periódico la crónica de un éxito improbable. En 2014, en Copenhague, la española levantó su primer título en un Mundial y prometió más. «A principios de aquel año aprobé la selectividad y decidí dejar los estudios para centrarme en el bádminton. No es fácil dar ese paso, pero ahora sé que fue acerté», apunta Marín, que meses antes ya había ganado su primer Europeo. Acababa de cumplir 21 años y pasó de ser una rareza, una europea en la élite, a ser la rival más temible.
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«Diría que todo cambió en la segunda ronda de aquel Mundial 2014. Gané a la china Wang Yihan, que era la número tres del mundo, y en Asia empezaron a mirarme con otros ojos. Hasta ese momento nadie me hacía caso. A partir de entonces cada vez que jugaba tenía 10 cámaras de televisiones asiáticas alrededor. 'Cuidado, que viene la española'. Hablaban de mi carácter. Cuando iba a los torneos ya era diferente. Para mí era importante ese respeto, ahí noté que me había hecho hueco en el bádminton».
«Aquel oro fue el mejor momento de mi carrera. Para mí fue maravilloso que mis padres estuvieran allí, pero detrás de todas mis medallas siempre ha habido una angustia. Antes del Mundial de 2014 me hice una luxación de hombro y no podía levantar el brazo; antes del Mundial de 2015 me rompí el quinto metatarsiano del pie derecho; y antes de los Juegos de Río tuve un problema en el sacro. Estuve los cuatro meses sin poder hacer un buen entrenamiento. He tenido momentos de felicidad, pero mi camino nunca ha sido un camino de rosas», admite Marín, que asegura que aquel oro le cambió la vida.
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«En el bádminton ya era conocida, pero después de los Juegos me di cuenta de que ya no sería anónima en España, que la gente me reconocía por la calle. Eso te cambia un poco la forma de actuar. Es bonito, pero siempre hay ese momento en el que alguien quiere una foto y no entiende que estás en algo personal».
4. EL TERCER MUNDIAL: ¿LA MEJOR DE LA HISTORIA?
«Después de aquellos Juegos fue el único momento en el que noté un vacío. Ya había ganado todo lo que soñaba desde niña; al volver de Río me costaba sacar motivación. Me senté con mi entrenador y pensé: '¿Y si me propongo ser la mejor de la historia?'», narra Marín, quien venció después de haber vencido, lo más difícil.
En 2018, en Nankín (China), se impuso en la final a la india Pusarla Sindhu, la rival más importante de su vida, también amiga, y se hizo con su tercer Mundial. Hasta ese momento ninguna jugadora había conquistado tres títulos, pero la española considera que eso no la convierte en la mejor de la historia en lo suyo.
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«Me faltó un segundo oro en los Juegos . Pero igualmente yo ya no me quiero ni considerar ni la mejor ni nada de la historia. Ya no pienso así. Me quedo con que di todo lo que estaba en mis manos, exprimí mi cuerpo más allá de lo imaginable».
«El fallecimiento de mi padre fue el peor momento de mi vida, que a nadie le quepa duda. Las dos lesiones de rodilla que sufrí antes de París no fueron tan malas porque sabía que las podía superar. Me siento orgullosa de haber superado tantos obstáculos. La vida me ha puesto piedras grandes en el camino y siempre he querido tirar adelante. Al fin y al cabo he sido una privilegiada por haber vivido de mi deporte», proclama.
«Fue muy cruel», lamenta, y añade: «Había hecho la preparación más dura de toda mi carrera. Antes de empezar no confiaba en mí plenamente, pero una vez ya en semifinales la verdad es que tenía mucha confianza. Después tuve que trabajar mucho con mi psicóloga para entenderlo, para superarlo. Fue duro, evidentemente». En el momento de la lesión Marín tenía 31 años y por ello se agarró a un objetivo, un último objetivo. Huelva, su ciudad, había conseguido la organización del Europeo de 2026 y qué mejor lugar para retirarse, sobre la pista, con su gente. Tampoco pudo ser.
Después de un 2025 de dolores continuos, a principios de este año se volvió a operar y jugar de nuevo ya se convirtió en una quimera. «Hasta la última operación me costaba andar, iba coja. Sentía dolor desde que me levantaba hasta que me acostaba. Ahora tengo que ir con cuidado, no puedo salir a correr 10 kilómetros, pero puedo caminar y eso ya es vida», se congratula.
7. VIVIR DESPUÉS DEL BÁDMINTON
«¿Qué voy a hacer? Lo voy a hacer todo», resume Marín sobre lo que viene ahora. Desde la adolescencia su vida ha consistido en perseguir un volante con su raqueta y ahora brilla el sol y el mundo es infinito y no hay nada que la detenga. «Quiero probar todos los deportes que pueda, porque solo hacía bádminton. Quiero conocer mundo, no tenía tiempo libre. Quiero probar cosas diferentes. Estas primeras semanas las dedicaré a mi familia y a mis amigos, a recuperar las horas que no he tenido con ellos y después tengo el futuro abierto. No he decidido nada», asegura Marín, que en los últimos tiempos estudió a distancia Fisioterapia en la Universidad Católica San Antonio de Murcia y Dietética y Nutrición en la Universidad Alfonso X el Sabio, pero que parece improbable que vaya a ejercer.
EFE
Su vida laboral se intuye en los despachos, sean donde sean. «Ahora mismo puedo vivir tranquila. No voy a estar en el sofá de mi casa sin hacer nada, pero he tenido cabeza y he sabido invertir bien. Creo que con mi retirada he tomado la decisión acertada. Debía priorizar mi salud. Soy muy joven y ahora me toca vivir», finaliza.
Justo un año después de la histórica elección de Kirsty Coventry como presidenta del Comité Olímpico Internacional (COI), éste, en la primera gran decisión ejecutiva desde la toma de posesión de la ex nadadora de Zimbabue, ha anunciado el veto en las competiciones femeninas a las mujeres trans, díganse transgénero o transexuales. Asimismo, las consideradas niñas desde su nacimiento que presenten más adelante variaciones genéticas no podrán competir junto a las mujeres biológicas.
La norma, sin efectos retroactivos, que entrará en vigor a partir de los Juegos de Los Angeles28, anula la anterior, que permitía desde 2021 a las distintas federaciones internacionales establecer sus propios dictados al respecto. Algunas, no obstante, como las de atletismo, natación, boxeo y esquí, ya se habían pronunciado en la línea establecida ahora por el COI.
Estaba tardando Lausana en tomar oficialmente partido por la protección de la categoría femenina. Una decisión basada en consideraciones médicas, estudios neutrales, datos imparciales y criterios técnicos sin contaminaciones ideológicas ni prejuiciales. Una medida avalada por la ciencia, exigida por la equidad, sostenida por el sentido común y respaldada por la objetividad frente al ímpetu de un feminismo desbocado que, por defender a unas pocas, castiga a la mayoría y dicta lo "políticamente correcto" (impuesto) en detrimento de lo fisiológicamente justo.
Al igual que entre los hombres, ya se encarga la Naturaleza por sí sola de establecer las diferencias físicas, anatómicas, orgánicas de las mujeres biológicas y colocar a cada una en su correspondiente lugar de la jerarquía deportiva. La Naturaleza es, a la vez, igualitaria y discriminadora con relación al completo reino animal. Especialmente, en la cima evolutiva, con la vida humana, que es la que le pone rostro, presta voz y otorga algún sentido. Nos reparte aleatoriamente en la cuna cartas de distinto valor, que tendremos que jugar lo mejor posible durante todo nuestro trayecto en el mundo. De algún modo están marcadas.
El COI ha abandonado por fin su equidistante ambigüedad, su medrosa tibieza, su acomplejada cautela y remite la autoridad de su decisión a una prueba cromosómica del gen SRY. Un test definitorio, definitivo al que someterse una única vez en la vida. No se necesita más. Nos viene de origen y se mantiene en destino. Practicado antaño, fue abandonado en 1999 entre la desaprobación de la comunidad científica y las críticas de las propias deportistas biológicas, víctimas de una discriminación impropia y que han visto también demasiados casos de hiperandrogenismo, el más célebre y polémico de los cuales llevó el nombre de Caster Semenya. Quienes lo sufren no tienen la culpa de sus efectos masculinizantes. Pero la inocencia original es incompatible con el ventajismo conferido.
Kirsty Coventry es mujer biológica, fue deportista de máximo nivel y preside el órgano supremo del deporte mundial. Conoce de primera mano el paño. Sabe lo que dice. Sabe lo que hace.
El Comité Olímpico Internacional (COI) condicionó este jueves la participación en las pruebas femeninas de los Juegos Olímpicos 2028 de Los Ángeles a test cromosómicos, ya en vigor de 1968 a 1996 en el mundo olímpico.
La admisión en las competiciones olímpicas femeninas "está ahora reservada a personas de sexo biológico femenino", no portadoras del gen SRY, explicó el COI en un comunicado, tras una reunión de su comisión ejecutiva.
La instancia da así la espalda a las reglas dictadas en 2021, que permitían a cada federación fijar su política, y el COI excluye a la vez a deportistas transgénero y a una gran parte de las deportistas intersexuales, portadoras de forma natural de variaciones genéticas y consideradas como niñas desde su nacimiento.
Esta nueva política, la primera gran medida de la presidenta zimbabuense Kirsty Coventry desde su elección hace un año a la cabeza del COI, se aplicará a partir de los Juegos 2028 y "no es retroactiva".
De esta forma no peligra el oro olímpico obtenido en los Juegos de París por la boxeadora argelina Imane Khelif, que reconoció ella misma ser portadora del gen SRY, si bien nació como niña y ha defendido su feminidad al ser atacada por su género.
La responsabilidad de organizar los test recaerá sobre las federaciones internacionales y en las instituciones deportivas nacionales. Estas pruebas se harán mediante un test de saliva, un raspado bucal o una muestra de sangre y deberán ser realizadas "una única vez en la vida del deportista", indicó el COI.
Esta medida está ya en vigor desde el año pasado en tres disciplinas: atletismo, boxeo y esquí, si bien su aplicación se enfrenta a problemas prácticos y legales.
El COI ya había recurrido a test cromosómicos de feminidad entre 1968 y los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, antes de renunciar a ellos en 1999 bajo la presión de la comunidad científica, que cuestionaba su idoneidad, y de su propia comisión de deportistas.
El competidor ucraniano de skeleton Vladyslav Heraskevych, abanderado de su país en los Juegos Olímpicos de Milán Cortina, no podrá usar un casco que recuerda a algunos atletas fallecidos en la guerra de Ucrania, ha informado el Comité Olímpico Internacional (COI).
El COI ha alegado para la prohibición a la regla 50.2 de la Carta Olímpica que establece que "no se permite ningún tipo de manifestación ni propaganda política, religiosa o racial en los sitios, sedes o áreas olímpicas".
Heraskevych, de 26 años y que había utilizado el casco en la sesión de entrenamiento de este lunes, rendía homenaje a varios deportistas fallecidos durante el conflicto, como la halterófila Alina Perehudova, de 14 años; el boxeador Pavlo Ischenko, de 33, y el jugador de hockey sobre hielo Oleksiy Loginov, de 23, entre otros.
Tras la decisión, el deportista ha mostrado su rechazo en sus redes sociales: "Tengo la sensación de que el COI está traicionando a esos atletas que formaron parte del movimiento olímpico al no ser homenajeados".
"En los Juegos hemos visto un gran número de banderas rusas y para el COI esto no supone ninguna violación, sin embargo, si se encontró una violación en el casco que rinde homenaje a los miembros de la familia deportiva ucraniana que han sido asesinados, la verdad está de nuestro lado, espero una decisión justa del COI" señaló Heraskevych.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha manifestado su apoyo al atleta a través de la red social "X": "Esta verdad no puede ser incómoda, inapropiada ni calificarse de manifestación política en un evento deportivo. Es un recordatorio para todo el mundo de lo que es la Rusia moderna".
Por su parte, Mark Adams, portavoz del COI, se ha mostrado comprensivo con "el deseo de los atletas de recordar a su amigos" pero también ha señalado que "el casco contraviene las directrices". Adams dijo que el COI haría una excepción a las pautas y permitiría a Heraskevych usar un brazalete negro en la competencia
Diciembre de 2023. Final de la Copa del Mundo en Copper Mountain (EEUU). Segunda ronda. Ahí, en el último truco, el tiempo se detuvo para Queralt Castellet (Sabadell, 1989). Un pequeño desequilibrio en el aire y un golpe espeluznante con su costado contra el pipe. La rider, que aún lo recuerda con respeto, cayó a plomo, quebrada. «Pasé bastante miedo». A sus 32 años entonces, con el sueño de una vida cumplido, la medalla olímpica en Pekín podía ser, perfectamente, el final de todo para una deportista histórica, una de esas pioneras surgidas contra todo pronóstico en el panorama español. Ni la rotura de seis costillas, ni el colapso pulmonar ni el susto. Ni el año entero en el dique seco. Ni otra lesión a comienzos de 2025 que le hizo retirarse del Mundial. Ni competir contra rivales a las que dobla en edad. La catalana afronta a partir de mañana sus sextos Juegos Olímpicos, la única de la delegación nacional que presume de presea.
Queralt sigue siendo, en el fondo, la niña que acudía los fines de semana al camping de Andorra en la caravana con sus padres, la que aprendía snowboard persiguiendo a su hermano mayor. Es como si siempre hubiera estado persiguiendo algo, lo improbable de una campeona en un país que no cuenta (sigue sin hacerlo, pese a sus protestas) con instalaciones para su deporte. Desde aquel debut en Turín 2006, no se ha perdido ninguna edición de los Juegos de Invierno, siempre mejorando, siempre persiguiendo, esa medalla que al fin llegó, de plata, en Pekín.
Pregunta. ¿Cuánto estrés mental y físico acarrean de más unos Juegos?
Respuesta. A nivel de trabajo es igual que otra prueba, pero obviamente los Juegos son la competición con la que todo deportista sueña, hacer la mejor actuación allí, que coincida tu mejor momento. Estamos acostumbrados a la competición, pero lo más importante es ahora, porque, en nuestro deporte, los Juegos es donde se da más bombo y hay más visibilidad.
P. Serán sus sextos Juegos. Pocos deportistas españoles, incluyendo los de verano, pueden presumir de algo así.
R. Seis. Se dice rápido, ¿no? Pero al final es una carrera dedicada al deporte que amo, por lo que tengo más pasión. Tengo mucha suerte.
Castellet, en acción.Red Bull
P. Cuando ganó la plata en Pekín, ¿le cambió la vida? ¿Notó esa repercusión en su deporte en más gente joven?
R. Desgraciadamente no. No fue un antes y un después en ese sentido. Para mí lo único que me ha cambiado es que es algo que necesitaba conseguir, personalmente. El resto de mi carrera ya la llevo de otra manera. Hasta el punto de que lo disfrutas más incluso, con menos presión. Pero en repercusión, no, no se ha notado muchísimo. Al final, si el halfpipe se conoce más es porque el deporte en sí crece. Hay más conocimiento, pero no porque gracias a mi medalla se haya dado más repercusión a los deportes de invierno o al snowboard en particular.
P. El problema de la falta de instalaciones en España, de tenerte que ir fuera a entrenar, sigue igual.
R. Exacto, es que eso no ha cambiado.
P. Una medallista olímpica en un país donde no hay ningún sitio donde entrenar su deporte.
R. Increíble. Es que para seguir el recorrido que he hecho yo, hace falta más que suerte. No hay un camino establecido, hay que intentar aprovechar todas las oportunidades que te puedan surgir e imaginarte las que no están para crearlas. Hay que trabajar mucho en este país para poder conseguir oportunidades, opciones.
P. Se tuvo que ir de casa con 16 años.
R. He dedicado mi vida, absolutamente. He tenido la suerte, que no todos los niños tienen, de tener unos padres que nunca me metieron presión. Nunca dudaron de mí y me apoyaron y siguieron, aunque pareciera una locura. Realmente ahora miro atrás y digo: 'Ostras, confiaron en mí incluso más que yo misma'. Fue jugármelo todo, irme a otro país, a Estados Unidos. Todo eso costaba dinero y era, o gano o no puedo seguir. En una carrera como la mía hay mucha suerte involucrada. No es fácil que se vuelva a repetir. Hay que producir opciones, posibilidades para las siguientes generaciones.
Queralt Castellet.Red Bull
P. La caída en Copper Mountain.
R. El deporte que hago es un deporte de impacto, hay caídas hasta para aprender. Esa caída en particular fue muy dura, pero de la que se aprendió y se siguió. Me alegra también que se pudiera ver, porque tuvo mucha repercusión. Y mucha gente se dio cuenta de que eso no es una cosa que pasa de vez en cuando. Es nuestro día a día. Estamos entrenando y caídas como esa están ocurriendo. Helicóptero para arriba y para abajo. Cuanta más presión te pongas a ti misma, o metas más altas tengas, o trucos más difíciles quieras hacer, pues más riesgo hay en los elementos.
P. ¿Pasó miedo en esos segundos en el aire en que era consciente de que iba a caer mal?
R. Sí, yo cuando salía sabía que me iba afuera. Pero al rebotar de espaldas no sabía en qué altura caería del pipe, si pillaría un poco de transición o caería totalmente al plano. Y fue así, al plano, por esa razón fue tan dura. No me salvó ni media la transición del pipe.
P. En su deporte no se puede ser prudente.
R. La gente prioriza. La parte de riesgo que pongas depende de la importancia que le des a aprender o hacer un elemento u otro. Para mí siempre ha estado en el margen de que todo esté dentro de mi control. Si hago todas las cosas bien, sé que el truco va a salir. Lo que pasa es que, claro, llega un momento que afecta tanto la adrenalina, las emociones y demás. Y hay que saber jugar todos esos elementos
P. ¿Cómo se lleva competir contra riders a las que dobla en edad?
R. De alguna manera, ellas han crecido viéndome a mí y yo las he visto desde el principio que han aterrizado en la competición. Para mí es un orgullo poder decir que he formado parte de esa progresión, de ese talento que va llegando y que va creciendo de una manera increíble. El nivel que hay ahora es diferente, todo el rato va evolucionando, van saliendo trucos nuevos, más altura, más todo.
P. ¿Imaginaba que se iban a poder llegar a estos límites?
R. No, ni en broma. Es increíble donde está ahora mismo el nivel del snowboard, tanto en chicos como en chicas.
P. ¿Se visualizó con otra medalla olímpica al cuello?
R. Y tanto, sí, yo lo sueño. Pero tengo que reinventarme todos los días. El juego es ese.
Yago Rojo, probablemente el más pujante de los maratonianos españoles, 41º en los Juegos de París, oteaba el horizonte del reciente Maratón de Valencia y se relamía. Un estado de forma como no recordaba. "A mí no me gusta decir 'estaba para esto', porque siempre defiendo que la marca que haces es la que vales (2:07:47 es la suya). Pero estaba para reventar el crono. Los entrenamientos que estábamos haciendo, sobre todo las sensaciones... Recuerdo una tirada con Carlos Mayo, acabando el último 10.000 en 29:30 y le decía a Luismi (Martín Berlanas, su entrenador), 'si quieres sigo'", cuenta a EL MUNDO desde la más pura "frustración", desde "noches sin dormir". Porque, a las puertas del "gran día", le acudió el dolor y "no sé si este estado de forma va a volver alguna vez en mi vida".
Yago, el chico de Aluche que soñaba con ser Fernando Alonso, pura alegría y desparpajo, vivió días "horrorosos". Descubrieron una pubalgia, con afectación en la zona del sacro ilíaca. Tocaba parar, redefinir objetivos, una pesadilla para quien acostumbra a acumular 200 kilómetros a la semana. Aunque la oportunidad de Valencia y su recorrido siempre propicio para batir una marca que le resituaría entre las mejores nacionales de siempre, el madrileño pronto encontró la motivación de vuelta, siempre pensando en Los Ángeles como objetivo de fondo. Sólo había que regresar a la infancia.
"Yo de niño quería ser ciclista", comenta quien encontró en la bici a su mejor aliado para la recuperación. Diversión, exigencia y buena compañía. Nada menos que a rueda de Juanpe López, toda una maglia rosa del Giro.
Pero no sólo es la experiencia. El entrenamiento cruzado también es científicamente provechoso para los atletas de elite. "Es una barbaridad. Además, en mi caso, no sé por qué, me sube el pulso muchísimo en la bicicleta. Es bastante curioso, hasta me compré otro pulsómetro porque pensé que el que tenía estaba mal", explica Yago, que en esfuerzos sostenidos de unos 12 minutos, supera las 180 pulsaciones. Algo que, corriendo, en su caso sería ir a 2:50 el kilómetro, aproximadamente.
Juanpe López y Yago Rojo, en una imagen reciente.EL MUNDO
Rojo encontró en el nuevo refuerzo del Movistar un estupendo compañero. Se conocieron el año pasado y, aprovechando la estancia del sevillano en la capital con su pareja, la marchadora Lidia Sánchez-Puebla, acordaron unos entrenamientos en los que también se unen otros como el también ciclista Gonzalo Serrano o el duatleta Javi Martín. Tiradas de hasta cinco horas en las que el maratoniano comparte en paralelo los calentamientos y a rueda las series de los ciclistas. "Yo le dije que no quería interrumpirle sus entrenamientos. En las series largas, me cuesta seguirle. Pero lo disfruto una barbaridad, me lo estoy pasando como un enano, ir ahí detrás viendo su culo con el loguito de Movistar, su Canyon", bromea Yago, alucinado del reconocimiento que reciben por las carretas de Madrid y con la potencia de los profesionales en las subidas. "El otro día fuimos para el Alto del León y luego subimos Navacerrada. Cuando Juanpe y Gonzalo empezaron, dije: "¿Pero va a aguantar así 20 minutos?". Arrancó como si me pasase una moto. Cuando la carretera se pone para arriba no hay un punto de comparación. Ellos están tres ligas por encima".
Rojo se lleva la experiencia ("es una excelente persona y te va enseñando cosas técnicas") y sus músculos, protegidos del impacto hasta que pueda volver a correr (cree que será en unos días) la inyección fisiológica que acelerará su puesta a punto. "Ponerme en forma me va a costar bastante menos. El cansancio después de una salida es diferente al de correr, más orgánico, menos muscular. Un reventón sobrehumano, pero sin la sensación de no poder moverte que provoca la carrera", explica.
Si todo va bien y con la precaución debida, las miradas de Yago están en el Europeo de Birmingham del próximo verano, aunque para ello deberá acreditar la mínima en alguna maratón previa, posiblemente en Hamburgo o Praga. Y, llegado el momento, recordará esas salidas invernales en bicicleta, a 50 kilómetros por hora por Chinchón a rueda de Juanpe López.
En la playa de Torrevieja unos cuantos hombres y mujeres arrancan a correr en la arena, se lanzan sobre unas embarcaciones rarísimas, como coches de Fórmula 1 sin ruedas, y se ponen a remar a toda velocidad. Sus siluetas y el sonido de sus jaleos se alejan mar adentro, pero de repente dan la vuelta, regresan a toda velocidad, se bajan en la orilla y esprintan para ser los primeros en apretar un pulsador rojo que está en el suelo.
La gente alucina. "Cada vez hacen cosas más raras", suelta alguno. Otros buscan las cámaras de televisión; parece la prueba de un concurso.
Pero en realidad son la élite mundial del remo de mar, un deporte con muy poca historia y mucho, muchísimo futuro: por lo pronto debutará en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
El epicentro mundial
Un día aparece por la población alicantina el estadounidense Christopher Bak, campeón del mundo, otro día quizá el británico James Cox, campeón de Europa, pero seguro que cada día está su anfitrión, Ander Martín, subcampeón del mundo y de Europa. Es el culpable de que España sea el epicentro de la disciplina. Su Beach Sprint Academy de Torrevieja es el único centro especializado en todo el globo.
"Es una especie de Centro de Alto Rendimiento para equipos de todo el mundo. Ha venido Gran Bretaña, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Japón, República Checa... Han pasado por aquí todos mis rivales y yo, encantado", cuenta Martín, que sabe que sus vecinos alucinan con sus entrenamientos.
"Se acercan y me preguntan: '¿Oye qué hacéis?' Al final siempre se reúnen 20 o 30 personas. Algunos lo confunden con piragüismo, incluso paddle surf. Pero después es superfácil de entender. Corremos, subimos al barco, damos una vuelta, bajamos y tocamos el botón. Son dos minutos de carrera, las regatas son un frenesí", añade el remero de 25 años.
De la pesca al podio
Esto del Beach Sprint es muy reciente. ¿Cómo ha creado ya una academia?
Hacía remo tradicional, estaba en el equipo nacional, pero me aparté en 2023 cuando vi que esto iba a ser olímpico. Es verdad que el formato sprint actual es muy nuevo, pero el remo de mar tiene mucha tradición en competiciones por equipos o cuartetos y, de hecho, así es como empecé. Soy de una pedanía de Torrevieja, toda mi familia se había dedicado a la pesca y desde pequeño me encantaba el mar. Siempre le pedía a mi madre que me apuntase a algún deporte de mar, pero no teníamos dinero para hacer vela, por ejemplo. Un compañero suyo hacía remo en el mar, me invitó a probar y aquí estoy. Cuando entró en la cita olímpica aposté toda mi carrera. Y después, con la academia, todos mis ahorros.
De momento, parece una apuesta exitosa. Este enero se realizará el primer campus de formación de esta modalidad y la idea es arrancar cursillos para no practicantes. Si el Comité Olímpico Internacional se enamora de la disciplina en el debut de 2028 y la incorpora al calendario fijo, España tendrá la mejor cantera del mundo.
Si no, como mínimo, podría tener una medalla porque Martín es aspirante a todo. "Para mí es inevitable plantearme ahora todo pensando en Los Ángeles. Tengo una hoja de ruta marcada para llegar en mi mejor momento. La competición será en Long Beach y ya he quemado Google Maps mirando arriba y abajo la playa en la que se harán las regatas", cuenta quien ya tiene incluso un movimiento característico.
La firma personal
Como las carreras son tan cortas —solo hay 250 metros de la playa a la boya donde hay que dar la vuelta—, se deciden en apenas dos minutos y hay mucha igualdad. Algunas veces uno de los remeros se cae al bajar de la embarcación o se trastabilla en plena playa y acaba perdiendo en los últimos pasos, justo antes de darle al botón rojo que marca al ganador.
Por eso Martín siempre acaba igual: cuando está a un metro del pulsador, se lanza como quien va a parar un penalty y aterriza sobre el mismo. Gane o pierda acaba rebozado de arena.
"Tengo que reconocer que empezó como una broma. En el primer Mundial que disputé iba ganando cómodamente, salté porque me daba tiempo, hizo gracia y ya me he quedado con eso", apunta el remero, ahora en plena pretemporada. En las últimas semanas ha competido en algunas regatas privadas, como el tradicional Challenge Príncipe Alberto de Mónaco, donde se repartían 10.000 euros, pero ya le toca centrarse en la campaña olímpica.
Con los rivales en casa, en su academia de Torrevieja, preparará la cita de 2028 para intentar ser el primer campeón olímpico de la historia del remo de mar.
«Soy un remontador», bromea en conversación telefónica con EL MUNDO -camino de Sudamérica, donde cierra el año con tres Copas del Mundo-, aún paladeando un éxito que se antoja el principio de tantas cosas. El pasado 19 de octubre, cuando David Cantero salió de las turbulentas aguas abiertas de Wollongong (Australia), se encontraba a 33 segundos de la cabeza de carrera, una desventaja que rozó el minuto tras darlo todo en el sector de ciclismo. En ese preciso instante, comenzó a escribir su propia epopeya, una carrera a pie para el recuerdo, una de las páginas más ilusionantes de la historia del triatlón español. Un valenciano de Aldaia, de 22 años, volando hacia un segundo puesto en toda una final de la Series Mundiales, hazaña que retrotrae a la edad de oro.
Porque habían pasado seis años de algo parecido, el último podio nacional en una cita como ésta (Mario Mola y Fernando Alarza en 2019, en Laussane). Los tipos que, junto a Javier Gómez-Noya, fueron los 'keniatas' del triatlón mundial; de 2008 a 2018, ocho títulos mundiales entre el gallego (cinco) y el balear (tres). Los que ahora tutelan a la perla. «De niño los veía. Y, claro, lo normalizas, que los españoles ganaran los mundiales como churros. Pero con el tiempo te das cuenta de que eso es algo que sólo va a pasar una vez. Nos malacostumbraron. Ahora parece que hacer un décimo en una Series Mundiales... ni fu ni fa. Y realmente es súper difícil. Lo de Javi, Mario y Fernando fue una barbaridad», explica Cantero, que acabó quinto en el Mundial sin salirse del Top 10 en una sola carrera y quien, a diferencia de sus ídolos, tiene una peculiaridad: él es «triatleta puro».
Porque aquel niño «no quería ser futbolista». «De hecho, se me daba horrible. Empecé con el triatlón a los nueve años y a los 12 ya estaba en un club en Cheste». Formación integral, nada de acudir desde alguna de las tres especialidades. Y fue campeón de España cadete. Aunque, si por algo destacaba Cantero era por sus cualidades en la carrera a pie. De hecho... «Sí, se me pasó por la cabeza cambiar al atletismo. De júnior lo compaginé. Fui subcampeón de Europa sub 20 en 5.000 metros, fui al Europeo de cross con la selección...», cuenta quien este mismo año, en Bilbao, se proclamó subcampeón de España de 10K (por detrás de Jesús Ramos y por delante de especialistas como Carlos Martín y Javi Guerra), con récord nacional sub 23 incluido (28 minutos y 24 segundos).
Cantero, en Australia.World Triathlon
«Si crees que es una barbaridad, el mejor del mundo me mete dos minutos en esa distancia. Por mucho que entrenara, mi cuerpo no daría para eso. En atletismo jamás haría un top cinco en un campeonato del mundo como he hecho este año en triatlón. O ganar una medalla en unos Juegos...», razona el valenciano, que lo sabe de primera mano: su pareja, Lucía Rodríguez, es atleta profesional, olímpica en Tokio.
David creció con la «vida de monje» del triatlón y también lidiando bien temprano con las expectativas. Por eso, ahora, cuando se le señala como la gran esperanza, lo asume y lo proyecta con una madurez impropia de su DNI. «Me ha escrito gente cercana del mundo del triatlón, diciendo que les removía sentimientos, que les volvía a ilusionar ver a alguien pelear por las Series Mundiales. Pero yo no seré Javi, no seré Mario, no seré Fernando... seré yo. Y lo que haga... No sé dónde llegaré. Mi objetivo es ganar un Mundial. Intento hacer mi camino. Pero no me presiono con ser ellos», dice quien, obviamente, no deja de mirar a Los Ángeles 2028, allá en el horizonte, «un sueño».
Antes, siempre a las órdenes de Roberto Cejuela en Alicante, su tercer año de Series Mundiales, el próximo, cuya final en 2026 será en Pontevedra. Y mientras, la mejora continua. En el agua, consciente David que nunca será «un súper nadador». En la bicicleta, donde este curso ha visto una evolución brutal -«en cada carrera lo notaba, sabía más, la dinámica...»-. Y en la carrera a pie, donde el único objetivo es mantener y potenciar un don, el que la hace ser uno de los triatletas más espectaculares del mundo merced a sus remontadas: en Australia engulló a cada uno de sus rivales y sólo se le resistió el local Matthew Hauser, campeón del mundo.
Cantero, en el podio.World Triathlon
Y para todo eso, hasta aparcó los estudios. «Desde niño, mi vida ha sido siempre así. No conozco otra cosa. Salir nunca me ha gustado. Pero no siento que sea algo excepcional, es mi rutina. Y me gusta. Hay momentos complicados, mucho tiempo lejos de la familia, verano, navidades, entrenar de lunes a domingo... Pero si quieres hacer algo excepcional, es lo que tiene. No tengo la sensación de haberme perdido algo. Todo lo contrario, tengo la sensación de que el triatlón me ha aportado algo más de lo que podría haber sido una vida normal», expone, aunque, eso sí, hay caprichos: «comer bien, salir a un restaurante, un buen arroz».