Y Florentino decidió ser Jesús Gil

Y Florentino decidió ser Jesús Gil

Hay un viejo adagio en el fútbol español y es que hemos vivido tantos años de directivos vodevilescos porque los empresarios serios no quieren meterse en un negocio que depende de una pelotita, del azar y de un puñado de niños mimados. Florentino Pérez era la excepción. O eso nos hicieron creer. Ahora ya sabemos la verdad: es como el resto.

Para saber más

Ha hecho falta una sucesión de catastróficas desdichas, de un año en blanco a una pelea entre Valverde, Tchouameni y (presuntamente) una mesa pasando por la excedencia de Mbappé, para que el presidente del Real Madrid mostrara en público la cara que siempre se ha rumoreado que era la real: bajo los trajes clónicos y la corbata se escondía un hincha, más en la línea de Jesús Gil, Lopera y Gaspart, que en la de imperturbable hombre de negocios. El fútbol nos iguala a todos por abajo, también a los multimillonarios.

Florentino, por supuesto, puede presumir (y a fe que lo hace) de más éxitos que cualquiera de aquellos directivos de la era salvaje, pero esta ya legendaria rueda de prensa redecora su legado porque al fin se quita el disfraz: el 'moderado' era alguien capaz de salir a un estrado a señalar a periodistas que cobran en un año lo que él se gasta en una cena ligera, afirmar abiertamente que los medios de comunicación deben ayudar al Real Madrid y culpar de los fracasos deportivos a cualquiera menos al que decide. Lo mejor es que se lo cree. Jesús Gil también defendía que el mundo estaba en su contra y Lopera pensaba que todos querían engañar a la afición del Betis. Son delirios habituales cuando llevas toda la vida sin escuchar críticas.

En la cabeza de Florentino era espectacular, pero mientras él creía estar dando una exhibición de poder, las redes sociales, unidos madridistas y antis como pocas veces, se partían de risa. Dos veces se lo intentaron llevar de allí los empleados del club, que sí veían lo que pasaba, pero no hubo manera. "Me tendrán que echar a tiros", "llevo 26 años y todos los años se han pegado dos jugadores o cuatro", "a ver esa niña, joder, que tiene derecho a hablar, que todos vosotros sois muy feos", "ha escrito una mujer que no sé si sabe algo de fútbol"... Son clásicos instantáneos de nuestro fútbol-caspa a la altura de otras comparecencias inolvidables, desde el "yo le dije 'un piquito' y ella me dijo 'vale'" de Rubiales al "if I say black, black, black all day, is very bad" de Gil.

Esa es la compañía en la que decidió situarse Florentino sin que nadie se lo pidiera. Seguramente, se arrepienta hoy mismo, pero los amantes de la comedia se lo agradecemos. El Real Madrid, no tanto.

Lo que la superioridad del Barça en la Liga dice de Madrid y Atleti

Lo que la superioridad del Barça en la Liga dice de Madrid y Atleti

Si el Barça aprieta, no hay Valverde que anime el vestuario del Madrid después del Clásico. Le caen seis. Es tan superior ahora mismo en España que ni siquiera necesita a Lamine y Raphinha para jugar a un deporte diferente a sus rivales; también tiene ausencias el equipo blanco, todo hay que decirlo. Las más graves, un entrenador y un director deportivo. Ni siquiera los antis, que vivimos con pánico crónico a que el cielo se derrumbe sobre nuestras cabezas en forma de Champions inverosímil o gol de Darth Vader en el descuento, auguramos una resurrección inminente. El posible regreso de Mourinho genera más expectación cómica que miedo. Si el antimadridismo está tranquilo, miren a Mbappé, algo huele a podrido en Chamartín.

La superioridad aplastante de los de Hansi Flick, un equipo divertidísimo pero aún incompleto, dice mucho del deprimente estado de una Liga española que afronta las tres últimas jornadas plagada de partidos de la basura en la mitad alta de la tabla. Parece la NBA en marzo. El Barça es campeón con total merecimiento, como lo fue el curso pasado, pero las eliminatorias contra equipos serios, ni siquiera élite (Inter en 2025, Atleti ahora), recuerdan que aún está lejos de la cima europea.

No es culpa del modelo del alemán, como se apresuran a señalar los oportunistas cada vez que le acribillan al espacio. El PSG va camino de repetir Champions con la misma idea y el Bayern, otro kamikaze, ha sido su única amenaza, pero jugar con tanto riesgo exige una calidad individual extrema en todos los futbolistas que el Barça aún no alcanza. La tiene arriba, claro, con un top 3 fabuloso (Lamine, Raphinha, Pedri) y Fermín amenazando con sumarse, pero le faltan un nueve, un cinco (quizás Bernal) y, sobre todo, defensas con el nivel suficiente para ayudar a Cubarsí a cubrir latifundios sin casi ayudas. No es lo mismo ser suicida cuando los que vuelven a la carrera son Nuno Mendes y Hakimi que cuando son Cancelo y Eric García (¿Koundé vive?). Y su problema es que, por más que a los periodistas afines les encante fabular con fichajes de 100 millones, esos jugadores tienen precios que hoy no puede pagar.

El último salto de los azulgrana es complicado... pero al menos es posible. Tras él, el Madrid no sabe a dónde va y el Atleti no parece tener intención de ir a ningún lado, feliz en su adosado en el extrarradio. El Barça no ha ganado la Liga, la ha conquistado sin visos de soltarla en un largo tiempo.

La Champions y el Atleti: una historia de odio eterno

La Champions y el Atleti: una historia de odio eterno

Hay que jugarla, supongo. Te clasificas, da mucho dinero, te permite atraer estrellas y mantiene a la afición ilusionada hasta primavera. Hay que jugarla, supongo, pero si me dieran a elegir... ojalá el Atleti renunciara a la Champions cada año. El odio es mutuo. Yo ahora podría estar en el cine. O bebiendo. Eso aún no lo descarto. Y estoy aquí escribiendo con cara de (aún más) idiota.

Una vez más, el sueño se rompió en un accidente en el peor momento, dos rechaces en el área, un despiste defensivo, gol de Saka en el 44. Ni un guiño del destino. Hasta ahí, más allá de creerse su leyenda y celebrar cada córner como un penalti, el extremadamente mezquino Arsenal no había tirado a puerta y el Atleti estaba cómodo y con la sensación de que, antes o después, iba a cazar una, pero los rebotes que le castigaron en su área nunca le sonrieron en la inglesa.

La segunda parte fue un orgulloso quiero y no puedo de un equipo que se estaba moviendo a alturas que por talento y dinero no le correspondían. Y se notó. Giuliano tuvo la más clara y, a puerta vacía, le faltaron vuelo y recursos. No es culpa suya, es la diferencia de nivel individual. Y un penalti clamoroso a Griezmann se perdió en el limbo por una inexistente falta previa de Pubill. En la larga colección de delirios arbitrales que ha sufrido el Atleti en este torneo odioso, este se coloca muy arriba. La Champions odia al Atleti, ya saben. Nosotros a ella, más.

Tiempo habrá, y es indispensable hacerlo, para sacar conclusiones sobre esta extraña temporada. Mediocre en su trabajo diario de la Liga, brillante en las bodas y bautizos de las eliminatorias y fallido en el desenlace. Es difícil juzgar un curso así, de cinco aunque a dos detalles de ser de 10, pero hay que aclarar si el proyecto crece o se marchita. Ese análisis requiere enfriar las emociones y no es el día.

Hoy corresponde elogiar el carácter de Pubill, el despliegue de Llorente y el liderazgo de Koke; lamentar que Julián Álvarez, medio cojo, no pudiera ser la estrella que es y, sobre todo, dar las gracias a Griezmann tras su último gran partido en el Atleti, uno donde estaba evitando goles del Arsenal en un instante, organizando el juego al siguiente y siendo el más peligroso para Raya mientras le duró la gasolina. No es el final que merecía el mejor jugador de la historia del club, pero sí el tipo de actuación que ratifica esa afirmación.

La Champions odia al Atleti, pero la ganará. Cuando menos se lo espere, logrará esa maldita copa y la tirará al río. Ese día podremos descansar. Mientras, sólo queda seguir persiguiendo ese imposible hasta que se rinda.

El fútbol de élite también es este Atleti-Arsenal

El fútbol de élite también es este Atleti-Arsenal

El aficionado 'neutral' se pasó las 24 horas entre el sensacional PSG-Bayern y el Atleti-Arsenal haciendo de menos a la segunda semifinal. El aficionado 'neutral' tuvo el partido que anunciaba, un partido táctico definido por dos penaltis, el que adelantó a los gunners un penaltito de esos que te recuerdan dónde está el poder. El aficionado 'neutral' no se entera. El aficionado 'neutral' que criticaba era, curiosamente y en su mayoría, hincha de un equipo al que se ha cargado el Atleti dos veces este curso y de otro que no vio pasar hace un año a un Arsenal peor que el actual. El aficionado 'neutral' no importa nada, es un mero cliente en un deporte donde lo único trascendente es el sentimiento.

La gente que ve al fútbol por el espectáculo es necesaria. Lo pienso cada vez que, antes de los partidos, veo a decenas de cataríes, japoneses y venezolanos salir de la tienda del Metropolitano cargados de bolsas de a 100 euros la pieza. Son necesarios porque pagan los fichajes de Lookman y Pubill aunque no los reconocerían si coincidieran con ellos en el ascensor. Son plancton. Alimentan, pero son intrascendentes. ¿A cuántos de los cientos de miles de hinchas de Atleti y Arsenal, de esos que hoy se acuestan aún temblando, les importa un comino que un tipo en Denver se haya divertido? A ninguno. Si ahora me cruzo con uno de esos y me dice que se ha aburrido, acabo en comisaría. El fútbol de élite no son highlights.

Si la Champions, ese sueño maldito que el Atleti no suelta, es gigante no es por lo que divierte sino por lo que emociona, por lo que exige, por lo que duele. Los del Cholo, inferiores en lo individual pero impecables en lo competitivo, se levantaron en una segunda parte admirable ante un rival que cada jugador que sacaba del banquillo valía 100 millones y un árbitro loco por la música (inglesa).

El aficionado rojiblanco dormirá pensando en el palo de Griezmann, las de Lookman, el tiro de Nahuel... pero, sobre todo, dormirá soñando con Budapest. Noche tras noche hasta el martes. Porque está ahí, a un cara o cruz en Londres. Y, pase quien pase, el aficionado 'neutral' verá a uno de estos dos estupendos equipos en la final. Así debe ser porque el fútbol es mucho más que un show. Si quiere espectáculo, que se vaya al zoo, que hay monos y focas. A Budapest ya irán otros. Bien orgullosos.

Vivir y morir con Simeone: nadie sabe qué es este Atleti

Vivir y morir con Simeone: nadie sabe qué es este Atleti

El fútbol se estudia con perspectiva, pero se siente en el momento. Y entre estudiar y sentir, no hay color. Por eso resulta tan difícil, salvo para los acólitos y los haters, tener una postura firme con Simeone a estas alturas de su residencia en el Atleti. En el gran esquema de las cosas, analizando el cuadro completo a cierta distancia, su labor es indiscutible y su crédito, aún sólido. En el día a día, en el vivir, reír y sufrir que constituye la santísima trinidad de este deporte y en la desesperación que provoca perder una final, su naturaleza conservadora es desquiciante y las ganas instintivas de cambiar de líder, comprensibles. Toda esa gente que llora en la grada no se merecía un fiasco así.

Hace cuatro meses, cuando el Atleti ya había tirado la Liga y seguía dando síntomas de proyecto agotado, cada año un poco peor que el anterior, pensaba que la era Cholo debía acabar. Entonces llegó Lookman, revivió Griezmann y el técnico exhibió su dominio de las eliminatorias, convirtiendo repentinamente al peluche en una pantera. Si me preguntan el martes tras eliminar al Barça, lo renuevo cinco años. Hoy, cuando el equipo salió desconectado a una final, no mandó salvo cuando perdía, cambió a Lookman porque patatas y, lo que realmente señala al argentino, reculó una vez más tras los empates, resurgen las dudas. Sinceramente, es muy difícil entender a Simeone.

Los penaltis hicieron justicia porque la Real Sociedad fue mejor durante más minutos. En todo. En juego y en actitud, en ataque y en defensa, en el campo y en el banquillo. El fallo en cadena de Nahuel, Giuliano, Ruggeri y Musso en los primeros 14 segundos, que generó el 0-1 de Barrene, no fue un accidente sino una declaración de intenciones. Y ni siquiera tras la vida extra que supuso el golazo de Julián Álvarez fue capaz de tomar el control. La sensación de que este equipo sólo piensa en Europa sobrevoló tanto el partido como los días previos y es un riesgo mayúsculo. No es un gran plan jugárselo todo a hacer real una quimera.

¿Qué es este Atleti? ¿Cuál es su realidad, su idea, su futuro? ¿Es la máquina de competir de Champions o el equipo timorato de esta final, el que deambula sin pena ni gloria por la Liga? ¿De verdad la temporada va a ser de matrícula de honor o de suficiente raspado, sin punto medio, en función de dos partidos contra el Arsenal?

Pues sí, así es. Esa es la vida actual del Atleti con Simeone. Un doble o nada permanente en el que, por ahora, gana el nada.

El Atleti y el sueño de un loco: ya sólo quedan cuatro

El Atleti y el sueño de un loco: ya sólo quedan cuatro

Si odian mucho a alguien, pónganle a escribir desde la grada en un partido vital de su equipo. Si no llego al final de esta columna, digan a mis hijos que los quise.

El Barça y su famoso entorno se pasaron la semana quejándose por cualquier cosa. ¿Les culpo? No, yo habría hecho lo mismo, pero, curiosamente, pasaron por alto el fallo más influyente para la vuelta: la tarjeta inventada a Pubill que le impidió jugar y colocó a Lenglet en el campo. Ese sí fue un error de valor gol. O goles. A los 4 minutos, el francés había resucitado al Barça. Y a los 24, 0-2. Drama. Tragedia. Pupismo...

Y una mierda, con perdón.

Hablemos de Simeone. El Cholo no está bien. Desde Milán, cuyo desenlace nunca se ha perdonado, vive con el convencimiento, obsesivo y seguramente irracional de que va a ganar la Champions con el Atleti. El equipo puede llevar años titubeando, pero nunca se ha sacado esa idea de la cabeza. Y de algún modo ha hecho creer a la plantilla. Se pueden discutir cosas del argentino, pero no su liderazgo. Es de otro mundo.

Con 0-2 y los fantasmas de otra era amenazando con resucitar, el Atleti siguió el sueño loco de su jefe. Ganará o no la Champions, pero ya sólo quedan cuatro equipos.

Mientras, al Barça se le diluyeron los humos en el carácter ajeno. Sucede en ese vestuario algo muy de grupito de instituto. A la sombra del realmente guay, un Lamine que se comporta mucho mejor de lo que se vende, se vienen arriba una serie de chiquillos que viven de él. Fermín pase, porque es realmente bueno, pero es un misterio de dónde les viene los aires de grandeza a Gavi o Eric García, que sin Yamal serian notas al pie. Por cierto, el miedo en el estadio cada vez que el extremo cogía la bola no se veía desde Messi. Ojalá llegué el Mundial para ir a muerte con él. Es un milagro.

Pero este fue el día de otros y, por emocionante que fuera ver a Koke y Griezmann liderar una última carga a por el trofeo maldito, hay que elogiar a secundarios. A un Llorente, que no lo es tanto, pero a menudo se infravalora; a Ruggeri, el Maldini sin planchar; a Musso, el héroe inesperado; a LeNormand... Y al Cholo, claro, que está loco. Quedan tres partidos. Tres.

Sobreviví a la columna. Al llegar a casa les diré a mis hijos que les quiero. Más o menos, como al Atleti.

Cuidado: nunca hay que dar por vivo al Atleti

Cuidado: nunca hay que dar por vivo al Atleti

Sospecho de la gente que disfruta del fútbol. No es de fiar. No lo entiende. Serán turistas.

Mientras ves un partido importante de tu equipo, todo lo que sucede te va mal. Las dos horas de este Barça-Atleti fueron una experiencia insana. Los del Cholo salieron valientes, presionando arriba, arriesgando en la salida y asumiendo el intercambio de golpes, así que miles de atléticos padecieron 20 minutos en los que sólo podían pensar en el inevitable error que estaba por llegar, en que recogidos estamos más guapos, en que ver a Lamine Yamal con tanto verde es una autopista hacia el ictus. Mal. Todo mal.

Entonces, como estabas pidiendo y empujado por la presencia de Pedri y la ausencia de Barrios y Cardoso más que por su deseo, el Atleti reculó, llevando tu estado de ánimo a un buen rato de mensajes apocalípticos con tu amigo Miki, más rojiblanco que Wally. "Ya estamos". "Siempre igual". "Convendría salir del área". "Hay que ser valientes, coño". Si tu yo del minuto 10 conoce a tu yo del minuto 30, acaban a tortas. Todo mal, de nuevo.

De golpe, roja a Cubarsí. Buena noticia, ¿no? En absoluto. Kovács odia al Atleti y no se la quería sacar, va a compensar seguro, el Barça nota menos la inferioridad que el resto, no vamos a saberlo aprovechar... Todo mal, ya saben, pero... ¡Golazo de Julián! "Ahora sí que estarán contentos", pensará el turista ese que disfruta del fútbol. Ignorante. ¡Es demasiado pronto para adelantarse! ¡Nos vamos a confiar! ¡Seguro que no rematamos! En fin, mal la roja y peor el gol. Miki lo resume con la genialidad de la noche: "Nunca hay que dar por vivo al Atleti". En el descanso, antiacido y lexatín. Ojalá ser canadiense y seguir el hockey.

En la segunda parte, absolutamente hundido porque tu equipo va ganando en el Camp Nou, la cosa no mejora. Sufres porque ves que van a echar a Koke, pero cuando lo quitan, te aterroriza un centro del campo con Baena y Griezmann de interiores. Te molesta que el Atleti no busque el segundo, pero gritas a la pantalla cada vez que alguien se da una alegría. Marca Sorloth el 0-2 y temes que se confíen para la vuelta. Quieres soplar y sorber, todo el rato. Sólo deseas que el suplicio acabe.

Y acaba, y el resultado es fabuloso, y no lo has pasado bien ni un segundo. Y en seis días otra vez. Puta vida. Bendita vida. Sospecho de la gente que disfruta del fútbol, pero todavía más de a quien no le gusta.

Simeone y la Champions, historia de una obsesión

Simeone y la Champions, historia de una obsesión

Simeone, que entiende los códigos emocionales del Atleti como si los hubiera escrito él, sacó el once que exigía el derbi y no el que proponía la lógica. Hizo bien. Por más que la situación, tras el sobreesfuerzo europeo y preparándose para un abril demencial, pidiera saltar al Bernabéu con el filial, ningún aficionado rojiblanco perdonaría no intentar reventarle la Liga al Madrid teniendo la oportunidad.

Cerca estuvo de lograrlo, pese a jugar al trote, pero los errores propios, un Vinicius que recordó que cuando se centra en jugar es decisivo y las cosas que pasan en ese estadio (nunca antes se vio a un árbitro dar tantas explicaciones a los afectados por una roja, quizás recordaba Munuera que la última vez que echó a un madridista casi lo exilian) le abocaron a una derrota sin secuelas. Lo serio llega ahora.

Tras el enésimo coitus interruptus por las selecciones, el Atleti decidirá su destino en dos semanas: cuartos de Champions y final de Copa. Es lo que tiene ser un estudiante tirando a vago, incapaz de acumular buenas notas en el día a día de la Liga y que acaba jugándoselo todo en un par de exámenes finales. Si los clava, puede cerrar un curso memorable y con el Cholo reforzado para otros diez años. Si patina, a mediados de abril estará discutiendo el futuro del técnico. No hay punto medio.

Ganar la Copa ya validaría la temporada, por supuesto, pero no es lo que tiene Simeone en mente. Desde hace unos años está obsesionado con la Champions. Lo disimuló durante un tiempo, pero ya ni siquiera hace ese esfuerzo. No es que la quiera ganar, cosa obvia, es que está convencido de que puede. Racionalmente, es una locura. No lo logró con equipos mucho mejores y, según lo que cada uno piense del Madrid, cinco o seis de los siete rivales que quedan vivos son superiores, pero le da igual. Está obcecado y ahí muero con él.

Para cualquier atlético, lograr ese maldito torneo es quedar en paz con el fútbol, olvidar torturas y llantos, querer más a tu padre, sentirte más tranquilo por el legado que pasas a tus hijos. Ganar la Champions, tirar la copa al río, cerrar el club y morir felices. Por eso, todos somos Simeone en esto. ¿Lo va a lograr? No, seguramente no. ¿Merece la pena hipotecar una vida estable por perseguir esa hazaña imposible? Cada día. Cada maldito día. Ya habrá tiempo para no creer, pero no es ahora.

Lo que nadie podrá negar a Simeone

Lo que nadie podrá negar a Simeone

Cometió Simeone una contradicción de inicio que pudo costar cara: jugar, una vez más, a que no pase nada, pero meter a Nahuel Molina en el once. O lo uno o lo otro. Cuando el lateral argentino anda suelto por un campo de fútbol siempre pasan cosas. Todas inesperadas, la mayoría malas. Por cada gol de Puskas como el del Getafe, comete diez atrocidades defensivas como la que dio esperanza al Tottenham. Por algún motivo, decidió dejar de marcar a Kolo Muani, quizás esperando que Le Normand lo viera con sus inexistentes ojos en la nuca, y pasaron cosas, claro. Gol rival. Nunca te aburres con Nahuel. El problema es que hay días en los que el Atleti mataría por aburrirse. Este era uno.

El 1-0 obligó al Cholo a cambiar levemente el plan, ya no bastaba con dejar pasar el tiempo, algo habría que hacer. Sorprende el empeño del técnico en poner riendas a un equipo que lleva años sin saber defenderse y, por contra, cada vez es más capaz de avasallar a campo abierto. Tras el descanso, al fin se premió a Lookman correr hacia delante y no sólo hacia atrás y, en el primer balón que se le dio al espacio, empató el Atleti. Resulta que a Julián Álvarez le ha vuelto a apetecer jugar. Bienvenido sea, aunque estaría bien saber algún día por qué se tomó tres meses de vacaciones en pleno curso.

"Tranquilidad, al fin", pensó el ingenuo. Sin embargo, Giuliano tenía otros planes. Es un futbolista de múltiples virtudes, pero un peligro público cada vez que participa en la salida de balón. Su imprecisión en los pases más sencillos es una lacra en partidos exigentes. O afina eso, y ha mejorado tantas cosas que no es descartable, o podrá ser un recurso, pero no un referente. Urge. En un pase suicida regaló el 2-1 y volvió a meter al Tottenham en una eliminatoria de la que tendría que haber salido para siempre a los 20 minutos de la ida, pero el Atleti es el mejor samaritano: siempre que pueda mantener con vida a un rival va a hacerlo.

Por fortuna, nadie se lo ha explicado a Musso, portero más que serio, y Giménez entró lo suficientemente tarde como para no poder liarla del todo. Dos grandes paradas, un cabezazo de Hancko y pasó lo que tenía que pasar aunque con el doble de trabajo del necesario: el Atleti vuelve a estar entre los ocho mejores de Europa. Se podrán discutir muchas cosas a Simeone, pero que escribamos eso y a nadie le sorprenda era impensable hace nada y es obra suya. Ahora, otra vez el Barça. Sin miedo, pero, si pudiera ser, que Nahuel descanse.

"¿Con quién vamos, papá?" y la aberración de apoyar a todos los equipos españoles

“¿Con quién vamos, papá?” y la aberración de apoyar a todos los equipos españoles

"Papá, ¿con quién vamos?", me pregunta mi hijo cada vez que se sienta a mi lado a ver deporte. Cualquiera. Fútbol, baloncesto, NFL... Si no juega el Atleti, esa es la única cuestión que importa. No afloja si le respondo que me da lo mismo, que no estoy prestando atención o que la única y enfermiza razón por la que me estoy tragando un Levante-Girona en la siesta de un sábado es porque tengo en la Fantasy a un central cuya existencia desconocía hasta que lo fiché y por eso he insultado a la pantalla cuando un delantero al que tampoco pongo cara ha marcado gol. Adiós a los puntos de la portería a cero. No me juzguen. Pero a Javi todo eso le da igual e insiste: «Vale, pero si tienes que elegir, ¿con quién vamos?».

Recuerdo ser igual a los nueve años, esa necesidad de implicarme en cualquier competición de cualquier deporte, de ser durante hora y media más del Elgorriaga Bidasoa que un vecino de Irún, de celebrar que Cayetano Cornet bajara de 45 segundos, de ir con (que no contra) todos los equipos españoles en Europa. Sí, con todos. Pienso que a mi padre, al que si Trump le pidiera hoy unas coordenadas le señalaría sin titubear ese edificio enorme de la Castellana, entonces nunca se le ocurrió decirme: "Los de rossonero son los nuestros". Eso es amor. No sé en qué momento nos hicimos antis.

Sostiene Rodrigo Terrasa que Emilio Aragón es la mejor persona de España y, cuanto más lo conozco, más claro tengo que Rodri acierta. El caso es que el otro día acabé charlando de fútbol con Emilio y detecté su amor por el Real Madrid. Salté como un resorte, casi emocionado: "¡Te pillé! Ya sabía yo que escondías algo chungo". Pues ni siquiera.

Me explicó que, como niño emigrante en América que fue y aunque su padre, el gran Miliki, sí era madridista, él hallaba su patria en apoyar a todos los equipos españoles y que todavía mantiene ese corazón sin bufandas. Si hay una persona en el mundo de la que me creo semejante aberración emocional es de Emilio. Tanta bondad sólo cabe en el corazón de un niño de nueve años y en el de la mejor persona de España. Punto. Es bonito...

¿Es bonito?

Mientras escribo esto, sólo puedo pensar en que ojalá el Manchester City le meta cinco al Madrid el miércoles y sé que usted no es distinto. Al fin y al cabo, con alguien hay que ir, ¿no?