Vinicius nunca debe dejar de correr. Ni siquiera para tirar un penalti. Paradinhas absurdas como la de la ida, censurables en cualquier ser humano, en él son una marcianada contra natura que sólo conduce al desastre. Esa pausa infernal nos rondó a todos la cabeza en la semana. Volvió con la primera pifia de Valverde. Con el primer pase atrás de Doku. Con las primeras manos de Courtois. Con su propio trallazo al palo y el rebote en el culo de Donnaruma que no quiso ir para dentro. Se hizo carne cuando le enfocó la cámara recitando a saber qué antes de ejecutar. Fue un alivio enorme la carrera directa hacia el balón, sin esa especie de anuncio de Youtube que es la maldita paradinha cuando se cuela en el ritual. Gol y todo parecía ya muerto y enterrado. Pudieron ser unos cuantos después. El propio Vinicius parecía empeñado en no querer marcarlos por si un exceso en la celebración le dejaba sin jugar la siguiente eliminatoria contra el Bayern.
Con diez el Manchester City, y 0-4 abajo, la imagen de Guardiola embutido en una sobrecamisa de cuadros ridiculizaba nuestro propio miedo anterior. Grave error. Don Fútbol se encargó de recordarnos que por ahí seguía Doku y sobre todo seguía Trent, que regaló un duelo, un córner y el gol del empate. El oasis del descanso se rompió de golpe con la imagen macabra de Courtois lesionado y Mbappé calentando. Parecía que el equipo quería rendir homenaje al acojone general de la afición e intoxicar de emoción la eliminatoria. Lo contrario que Guardiola, que quitó a Haaland con mucha prisa. A él y a otros les secó a paradones Lunin, acostumbrado a demostrar en el silencioso Etihad que es un gran portero.
Durante 20 minutos la emoción radicó ya en ver qué tal estaba Kylian, que no pareció cojitranco y echó buenas carreras. El balón de oro Rodri vio desde el banquillo como el balón de plata Vinicius marcaba su gol 34 en la Champions League. Guardiola, que sabe que el Madrid no gana una Champions sin drama mediante, supo estarse quietecito. A ver los alemanes.
Vinicius Júnior se la tenía guardada al Etihad Stadium. "Stop Crying your heart out (Deja de llorar tanto)" rezaba la pancarta gigante que ocupó uno de los fondos del estadio del Manchester City en la eliminatoria de año pasado. Con ese lema y una foto de Rodri besando el Balón de Oro, la grada británica le recordaba al brasileño lo sucedido en la entrega del premio, ausente el delantero y la expedición del Madrid en París al no recibir el galardón. Así que este martes, cuando Vinicius anotó el penalti que sentenció el cruce a favor del conjunto blanco, tenía claro el gesto que iba a hacer: mandó callar a la afición llevándose el dedo índice a la boca y después se acercó los puños a los ojos haciendo una mueca de lloro, refiriéndose a la pancarta del curso pasado.
Fue el gol que lo decidió todo y que llegó tras el asedio inicial del City, con hasta tres paradas, a cada cual más increíble, de Thibaut Courtois, el otro protagonista del duelo. El belga realizó cuatro vuelos increíbles en la primera parte antes de irse lesionado en el descanso por una sobrecarga en el abductor derecho. Cherki, Rodri y Haaland se encontraron con él, desesperados, unos minutos antes de la revisión que cambió la noche.
La sala VAR del Etihad estuvo cinco minutos analizando la jugada que provocó el penalti y la expulsión de Bernardo Silva. Primero un posible fuera de juego de Vinicius en el inicio de la acción y después el codo del portugués, abierto para evitar el tanto del brasileño en el rechace. Turpin esperó sobre el césped y después acudió a la pantalla en la banda, mientras recibía cientos de improperios de la grada local. El resultado, calamitoso para el City: penalti y roja.
Vinicius, lejos de esconderse tras la pena máxima fallada en la ida, volvió a asumir la responsabilidad. Al principio Güler cogió el balón, pero después se lo cedió al brasileño, que repitió lado y evitó hacer el salto innecesario con el que erró hace una semana. Fue su venganza por la pancarta, lo que unido a su gol en el descuento le hacen sumar nueve en 15 partidos desde la llegada de Arbeloa. Antes, en 33 bajo las órdenes de Xabi Alonso, había marcado siete. Un dato que explica el giro que ha sufrido Vinicius desde el cambio de entrenador. El delantero lleva ya 34 goles en la Copa de Europa, a solo uno de Puskas. Palabras mayores. "Siempre hay otra oportunidad y aquí está hemos ganado y vamos a cuartos, con la afición y nuestro cuerpo técnico que hace todo por nosotros", dijo sobre el gesto.
En el intermedio, al que se llegó con tensión entre Donnarumma y Rüdiger, Courtois se quedó en los vestuarios. El belga se fue al túnel hablando con Luis Llopis y de inmediato Lunin salió a calentar. En una de sus estiradas, el belga se hizo daño. Le tocó el turno al ucraniano, héroe hace dos años en los penaltis de los cuartos de final.
En el minuto 68, Mbappé volvió a jugar tras cinco partidos ausente, casi un mes, y fue parte del 4-1 del Madrid al City en las eliminatorias disputadas entre ellos en los últimos cinco años. El clásico del fútbol moderno es blanco.
En el primer minuto de partido Thiago Pitarch había robado un balón, le había caído un rebote, había hecho una apertura a banda de exterior y encendido al Santiago Bernabéu con una conducción hacia atrás. Ya no podía pensar en otro eslogan: queremos once thiagitos. Corajudos, raulistas y populistas en el esfuerzo, de cabeza erguida y orgullo primario. Cuando el estadio iba a recordar al original ito, Juan Gómez, Doku pilotaba su monoplaza contra el muro de la fe blanca. Daban ganas de no mirar, o mirar por una rendija entre los dedos, cada encontronazo de ese extremo diabólico con Trent. El propio Trent se perfilaba de espaldas, como para no ver tampoco él. En una de esas le pudo hacer penalti Thiago, en otra salvó el milagro Valverde. Después obró otros tres. Y Courtois salvó que un error camavinguico del canterano no fuera gol del City. Lo perdonamos todo: mientras llegan los once thiagitos, tenemos once federicos.
El capitán, cuestionado tanto en el inicio de temporada, fue ayer las noches europeas del Madrid, los 90 minuti y todo el refranero junto. Arbeloa planteó un equipo sin delantero, desnortó a la UEFA, que en el grafiquito del partido colocó de nueve a Arda Güler. Ese espacio en realidad no lo ocupó nadie, nunca, Gonzalo no jugó un minuto. Y en ese camaleón blanco, que el gol llegara mediante asistencia del portero era consecuencia casi lógica. A ella escapa la posterior definición con la izquierda en el segundo y el truco de magia en el tercero. Pero son ya momentos para la historia del club que justifican su brazalete.
Valverde metió al Madrid en un estado de autoconfianza imparable y ahí lo asentó Mendy, nuestro policía de Los Ángeles. Amado Ferland: no te vayas nunca mientras puedas regalarnos estos 45 minutos cada 12 meses. La entrada de Fran García fue un temblor colectivo, se había roto el muro, pero también él estuvo vallejiano cuando el penalti fallado de Vinicius condenó a aguantar. El estadio, obediente, no se acordó de Guardiola, que en general no hizo nada para que nadie reparase en él. Llegó con aroma sobrado y se fue con un revolcón de Arbeloa. El fútbol. Pero queda mucha eliminatoria: cabeza, cabeza.
Fede Valverde despierta por la mañana. Ha tenido un sueño. Es el sueño de un niño que marca tres goles en el Bernabéu en la Copa de Europa, la Champions, pero no unos goles cualquiera. No. Unos goles de los que se sueñan, con los autopases de Cruyff, los controles en carrera de Maradona o el sombrerito del adolescente Pelé en la final del Mundial de Suecia. Esas cosas no pasan. Se sueñan. [Narración y estadísticas, 3-0]
Valverde despierta y mira el móvil. Pone la radio. No puede ser. Lee su sueño, lo escucha, incluso mejor de lo que es capaz de recordarlo. Un hat-trick con el que el Madrid vence al Manchester City de Pep Guardiola, nada menos, al anticristo del Bernabéu.
El relato que escucha está cargado de adjetivos en los que jamás piensa, sólo corre, como un antílope en el Serengueti, para dejar que piense su cuerpo, que decida el instinto de un futbolista difícil de clasificar. Quizás eso explique que se sintiera extraño en la clasificación pretendida por Xabi Alonso y, en cambio, explote en este caos que tan bien le sienta al Madrid. El caos, en realidad, es un orden distinto que te permite estar en todas partes, y eso es lo que hace el uruguayo, en defensa y en ataque, en el área propia como en la contraria. No es un desconocido para el gol, en absoluto, pero eran goles distintos, explosiones de su propio físico. Estos goles son otra cosa. Se sueñan.
Convertirlos en reales no depende únicamente de la determinación y el deseo. Necesitan de una atmósfera, de una fuerza telúrica. Sólo la combinación de ambas puede convertir en una noche a un gran jugador en la sombra chinesca de los mejores de la historia. El control y el autopase a Donnarumma en el primer tanto y el sombrero sobre el defensor en el tercero son propios de lo mejor que se puede encontrar en las videotecas, en blanco y negro o tecnicolor. A esos añadió Valverde el disparo del segundo, certero pero más propio de su condición humana. Por algo, el destino le escogió también a él para esa suerte.
Es cierto que hubo errores del rival, de O'Reilly y el propio Donnarumma, malas mediciones en el primer gol, y que un rebote lo habilitó en la acción del segundo. Nada de eso, sin embargo, resta mérito y mística a lo hecho por el uruguayo.
Valverde logra el primer gol.OSCAR DEL POZOAFP
Los goles llegaron pronto, dos antes de la media hora y los tres antes del descanso, para rearmar moralmente a un Madrid ajado por las bajas, con Mbappé como un turista histérico en la grada vip después de su polémica estancia en París para recuperarse de una lesión. Guardiola olió el rastro de la sangre y salió con todas sus baterías. Incluso demasiadas. Se empachó. La sobrepoblación de delanteros apartó al técnico y a su equipo de su estado preferido, de las largas posesiones de su centro del campo. Rodri no parecía el Rodri renacido, sino un guardia urbano en la rotonda de Cibeles de madrugada. Cuando el técnico quiso corregirlo, con la entrada de Reinjders, ya iba tres abajo, ya jugaba sobre el desfiladero.
Guardiola buscó el talón de Aquiles del Madrid, la espalda de Trent, con insistencia. Lo hizo con Doku, un diablo. Las acometidas provocaron vértigo en el Bernabéu, miedo por lo que se venía, pero entonces Courtois tomó una decisión a contraestilo. Lanzó un balón larguísimo para la carrera de Valverde. Todo lo demás pasó en sus sueños.
Guardiola observa a Arbeloa.THOMAS COEXAFP
En el Bernabéu eran tan reales que acabaron por cambiar la realidad. El gol activó todavía más a un Madrid que había arrancado intenso, aunque no dominante. A partir de ahí, se comió el partido, con ayudas incesantes para auxiliar a Trent, fueran del propio Valverde o de un Thiago Pitarch estajanovista, de un lado a otro, imparable. El esfuerzo y despliegue físico del jugador de la cantera justifica la elección de Arbeloa como titular por delante de Camavinga, que salió en la segunda mitad. Uno llega con el compromiso que el Madrid, hoy, necesita. Hoy y siempre. El otro está detenido. El único error de Thiago Pitarch encontró la pierna salvadora de Courtois, el ángel de la guarda en el portal el Madrid.
Los goles continuaron para inflamar el alma blanca, con un tercero preciosista, en el que Brahim hizo un primer sombrero para que Valverde realizara el segundo y el remate definitivo. El malagueño fue un recuperado para la causa, después de llegar algo deprimido de la Copa de África. En la plaga bíblica que sufre el Madrid, su regreso es como el agua.
Tampoco para el City lo que pasaba era real. Era una pesadilla, con un ataque estéril, Haaland aislado, como un farero en un islote, y Guardiola con las manos en la cabeza. Le espera el rincón de pensar. Vinicius, en el punto de penalti, falló la estocada, aunque con este Madrid y este City quizás no sea necesario llevar el estoque a Manchester.
Pep Guardiola volvió este martes al Santiago Bernabéu. Su 14ª visita entre el Barcelona, el Bayern y el Manchester City y la quinta temporada en la que viaja a Chamartín de forma consecutiva. Son demasiados partidos y eliminatorias como para no conocer el contexto del conjunto blanco, y quizás por eso ha evitado verse como favorito, al menos en público, en la eliminatoria. "No seré yo el que menosprecie al Real Madrid", dijo. "Ya lo veremos el próximo martes", insistió.
Sobre el cambio de técnico en la casa blanca, el catalán observa "cosas parecidas" entre los equipos de Xabi Alonso y Arbeloa. "Cada entrenador tiene lo suyo. Tienen bajas, pero el Madrid siempre es el Madrid, solo hay matices. Por muchas teorías, esto depende de los jugadores".
El entrenador del City repitió el mensaje de centrarse en ellos mismos y no en el Madrid. "Si no eres tú mismo, no consigues nada. Yo no me puedo agarrar a cómo está el Madrid, no le veo cada día. No sé la realidad. Me agarro a lo que somos nosotros en los últimos partidos. No me queda otra".
Por la mañana, Arbeloa había declarado que esperaba "alguna sorpresa" de Guardiola en la alineación del partido, algo que el catalán rechazó. "Muchas sorpresas (risas)... Es la primera vez contra Álvaro, no lo sé. Pero nos conocemos bien. Nos conoce, hay ajustes que debemos hacer por su calidad. Pero no habrá sorpresas", aseguró.
Cuestionado por su recomendación a Alonso en la última visita al Bernabéu, en la que le aconsejó "que mee con la suya", Guardiola rechazó lanzar algún consejo a Arbeloa. "Las recomendaciones se las hago a gente con la viví. Con Álvaro no he coincidido nunca. Sólo lo hago a la gente que coincidí y con él no lo he hecho nunca. A Xabi sí, porque coincidimos en Múnich y tenemos una buena relación, pero con Álvaro no la tengo", reflexionó.
Guardiola bromeó al ser preguntado por el viaje de Kylian Mbappé a París para buscar una segunda opinión sobre sus molestias en la rodilla, y dejó un mensaje más propio de la prensa rosa que la deportiva. "¿De verdad es tan importante lo que opine yo sobre el viaje de Mbappé? Además, según las informaciones no fue solo a París...", dijo, riéndose y refiriéndose a las fotografías del francés con la actriz española Ester Expósito. "En nuestro club también suceden esos viajes", añadió.
"Papá, ¿con quién vamos?", me pregunta mi hijo cada vez que se sienta a mi lado a ver deporte. Cualquiera. Fútbol, baloncesto, NFL... Si no juega el Atleti, esa es la única cuestión que importa. No afloja si le respondo que me da lo mismo, que no estoy prestando atención o que la única y enfermiza razón por la que me estoy tragando un Levante-Girona en la siesta de un sábado es porque tengo en la Fantasy a un central cuya existencia desconocía hasta que lo fiché y por eso he insultado a la pantalla cuando un delantero al que tampoco pongo cara ha marcado gol. Adiós a los puntos de la portería a cero. No me juzguen. Pero a Javi todo eso le da igual e insiste: «Vale, pero si tienes que elegir, ¿con quién vamos?».
Recuerdo ser igual a los nueve años, esa necesidad de implicarme en cualquier competición de cualquier deporte, de ser durante hora y media más del Elgorriaga Bidasoa que un vecino de Irún, de celebrar que Cayetano Cornet bajara de 45 segundos, de ir con (que no contra) todos los equipos españoles en Europa. Sí, con todos. Pienso que a mi padre, al que si Trump le pidiera hoy unas coordenadas le señalaría sin titubear ese edificio enorme de la Castellana, entonces nunca se le ocurrió decirme: "Los de rossonero son los nuestros". Eso es amor. No sé en qué momento nos hicimos antis.
Sostiene Rodrigo Terrasa que Emilio Aragón es la mejor persona de España y, cuanto más lo conozco, más claro tengo que Rodri acierta. El caso es que el otro día acabé charlando de fútbol con Emilio y detecté su amor por el Real Madrid. Salté como un resorte, casi emocionado: "¡Te pillé! Ya sabía yo que escondías algo chungo". Pues ni siquiera.
Me explicó que, como niño emigrante en América que fue y aunque su padre, el gran Miliki, sí era madridista, él hallaba su patria en apoyar a todos los equipos españoles y que todavía mantiene ese corazón sin bufandas. Si hay una persona en el mundo de la que me creo semejante aberración emocional es de Emilio. Tanta bondad sólo cabe en el corazón de un niño de nueve años y en el de la mejor persona de España. Punto. Es bonito...
¿Es bonito?
Mientras escribo esto, sólo puedo pensar en que ojalá el Manchester City le meta cinco al Madrid el miércoles y sé que usted no es distinto. Al fin y al cabo, con alguien hay que ir, ¿no?
Rodri ha vuelto. Ahora sí. Ha participado en 16 de los últimos 17 partidos del City (el pasado sábado, Guardiola le dio descanso). En todos los importantes, entre ellos ocho consecutivos en Premier, jugando como titular. Ya no hay molestias. Ya no hay parones. Justo antes de viajar a Madrid, el mejor mediocentro del mundo ha recuperado, al fin, su mejor nivel. ¿Por qué?
Antes, hay que apuntar esta fecha: 5 de octubre de 2025. Unas líneas más adelante se sabrá por qué.
Esta historia comienza meses antes de que Rodrigo Hernández (Madrid, 29 años) sufra una grave lesión de rodilla, sucedida el 22 de septiembre de 2024. Lo dicho, esta historia empieza unos meses antes. Rodri había jugado 64 partidos, la mayoría completos, en la temporada 23/34, cuando se proclamó campeón de Europa con España. Sobrepasó, de largo, los 5.500 minutos en una letanía de fútbol repetida desde 2019, fecha de su llegada al City. Fueron cinco temporadas rozando los 65-70 partidos al año. Y en todos los cursos, la manera de empezar era la misma. Terminaba un año, tenía tres o, como mucho, cuatro semanas de descanso y vuelta a empezar. Con un puñado escaso de entrenamientos, a competir.
Así fue también el pasado verano. Después de salir con buena cara del Mundial de clubes (su reaparición tras recuperar el ligamento cruzado), que terminó para el City el 1 de julio, descansó menos de cuatro semanas. El 28 de ese mes se reincorporó. El día 16 de agosto no pudo, pero el 23 ya estaba jugando un partido oficial con ese puñado escaso de entrenamientos.
El 3 de septiembre, seguimos en 2025, en una entrevista con este periódico, dice esto: «Mi objetivo ahora mismo, que acaba de empezar la temporada, no es la de jugar todos los partidos. Por ejemplo, en mi caso, vienes de jugar el domingo y jugar a los dos o tres días no tiene mucho sentido pensando en la rodilla. Esas cosas los médicos las estudian mucho, y lo tenemos en cuenta el míster y yo». Lo explica en la Ciudad del Fútbol, pues estaba concentrado con la selección en lo que era su regreso. En esa ventana se atiene a sus propias impresiones y, sustentado por De la Fuente, juega 28 minutos contra Bulgaria y 17 contra Turquía, poco más que unos ejercicios en partidos resueltos.
El 8 de septiembre, seguimos en 2025 por si alguien se había despistado, vuelve a Manchester y sigue jugando. El día 14, 76 minutos contra el United. El día 18, 60 minutos contra el Nápoles. El día 21, 90 minutos contra el Arsenal. Son 226 minutos en una semana. Tres partidos seguidos. Justo lo que no quería. El día 24 (Huddersfield en EFL Cup) y el 27 (Burnley en Premier) no salta al campo porque ya siente molestias. Lo intenta el día 1 de octubre contra el Mónaco (61 minutos) y el 5 contra el Brentford. Pero a los 22 minutos... «Molestias en los isquiotibiales». Eso decía la información que salía del City el, conviene recordarlo, 5 de octubre. Aquí está la fecha importante.
Rodri, en acción durante un partido contra el Liverpool.GETTY
Hasta ese día, Rodri había sido incapaz de hacer lo que ahora, venimos a marzo de 2026, sucede: jugar, tras la lesión, ocho partidos de liga consecutivos como titular y recuperar, ya sí, la versión que le otorgó el Balón de Oro. ¿Qué ocurrió, pues, ese 5 de octubre del año pasado? Que algo hizo clic en su cabeza. Había que parar para volver a la vieja usanza.
Porque lo que había hecho Rodri, tras un curso entero lesionado, había sido empezar la temporada como siempre: casi sin entrenar. Y claro, su cuerpo, no sólo su rodilla, se resiente. No termina de arrancar, no se siente del todo bien, y el jugador detecta que debe prepararse adecuadamente no sólo para esta temporada, sino para alargar su carrera deportiva, algo que también explicaba en la entrevista del pasado septiembre con este periódico: «La lesión va a alargar mi carrera deportiva porque, quieras o no, llevo un año dándole respiro a mis piernas, a mi cuerpo... Nadie quiere una lesión así, pero la parte positiva es esa».
Eso se tradujo en varias semanas haciendo una especie de pretemporada como las que se hacían antiguamente en el fútbol. Un plan especial a todos los niveles y donde se implicó todo el Manchester City (cuerpo técnico, preparadores físicos, fisios, recuperadores, nutricionistas, etc...). Esa es la clave de lo que está ocurriendo ahora. El secreto de Rodri es que, tras intentarlo como hacía antes de la lesión, ese 5 de octubre cambió y decidió hacer una pretemporada como las de antes.
A Guardiola le preguntaron el otro día por él. «¡Guau! ¡Qué jugador! ¿verdad? Le hemos echado mucho de menos durante mucho tiempo, pero poco a poco está volviendo a ser el que era», explicó el entrenador, que asumió y apoyó la decisión de Rodri pese a que, cada vez que lo tenía a su disposición, lo ponía a jugar, capital como es para el juego del City. Alrededor de Rodri el equipo se ordena, ataca y defiende mejor, la pelota fluye de otra manera. Los datos físicos que ofrecen los diversos sistemas (distancias recorridas, metros de esfuerzo a alta intensidad, desplazamientos, giros, precisión, etc...) son mejores que los de antes de la lesión.
Rodri, tras marcar un gol el pasado miércoles en la Premier.EFE
Esas semanas de pretemporada en plena temporada hacen que hoy la figura de Rodri regrese con todo lo que ello conlleva. Primero para el Real Madrid, que el miércoles se enfrentará a un equipo mucho mejor con el español en la hierba. Un partido con cierto morbo porque, según algunas informaciones, se ha despertado de nuevo el interés del club blanco en el jugador. Él, ajeno a esta cuestión, piensa sólo en el City. Bueno, en el City y, cómo no, en el Mundial, donde será el primer capitán (si Morata finalmente no va) de la gran favorita.
La Copa del Mundo está ahí, y el crecimiento exponencial de Zubimendi, tanto en el Arsenal como en la selección durante la ausencia de Rodri, hace que el seleccionador, Luis de la Fuente, ya ande dándole vueltas a cómo juntar a los dos sobre el campo. Porque no es realista pensar en Rodri como suplente de Zubimendi. Y no es realista, y más teniendo en cuenta las bajas que tiene España en esa zona del campo, pensar en este Zubimendi en el banquillo. Los más entusiastas recuerdan que, hace 16 años, Vicente Del Bosque tuvo el mismo problema delante con Xabi Alonso y Busquets, y aquello salió como salió.
El Erasmus de Kyllian Mbappé no fue un pasatiempo, aunque lo cierto es que se divirtió mucho, junto a Bernardo Silva, Falcao o Fabinho. Mónaco era el lugar ideal, según decidió su padre, Wilfried Mbappé, para que su hijo evolucionara lejos del ruido de París. Tiempo habría de regresar y de marcharse, en una carrera que ha estado perfectamente diseñada desde el principio, en lo económico y lo futbolístico. Todo empezó en el Principado, a los 14 años.
Enfrentarse al Mónaco será, pues, para Mbappé como abrir el álbum de fotos. Lo ha hecho hasta 12 veces desde que dejó el equipo de sus principios, pero esta vez es diferente. Es en la Champions, el torneo más deseado y que acechó, por primera vez, cuando estrenaba su mayoría de edad. La Juventus impidió entonces que se hubiera jugado el título ante el Madrid de Zidane, en Cardiff. Contra su alter ego, aunque fuera en el banquillo. Para entonces las comparaciones lo acercaban a Thierry Henry, veloz, desbordante y goleador, más que a ZZ.
Había debutado con 16 años en el primer equipo, en 2015, pero la temporada de su explosión fue la 2016/17, en la que logró 29 goles y 16 asistencias en 60 partidos. El Mónaco, que había conocido días de gloria en los años 60 y 80, volvía a ganar la Ligue 1 después de 17 años. Antes de regresar a París, Mbappé rompía la hegemonía del que sería su futuro club. Fue como robar al rey en el mismísimo Palacio de Versalles.
Un fútbol a la medida
El estadio Luis II volvía a recodar los tiempos del Mónaco dirigido por Arsène Wenger, con Scifo o Klinsmann, pero en una clave muy distinta. El portugués Leonardo Jardim era mucho más pragmático que el romántico Wenger, con un equipo que no dudaba en replegarse y explotar el contraataque, los espacios desde las bandas. En pocas palabras, un fútbol a la medida de Mbappé.
Un duelo, sin embargo, marcó el salto de calidad del equipo. Fue en octavos de la Champions ante el City de Pep Guardiola. Después de perder por 5-3 en Manchester, el equipo de Mbappé remontó en la vuelta. El francés marcó un gol en cada uno de los partidos. Lo mismo hizo en cuartos, con un doblete ante el Borussia Dortmund. La experiencia de la Juve frenó un sueño pendiente antes del salto al PSG, donde las frustraciones en el gran torneo se acumularon.
Es imposible saber qué habría sucedido si entonces, en 2017, papá Mbappé, que dirigía la carrera de su hijo en lo deportivo, hubiera optado por el Madrid en lugar del conjunto parisino. Tres Champions ganaría el equipo blanco desde entonces, una más de la mano de Zinedine Zidane y dos con Carlo Ancelotti.
El Madrid, en la puja
El club de Florentino Pérez estuvo en la puja ante su salida del Mónaco, pero el primer destino de Mbappé era el dinero, en el momento de las grandes inversiones de Qatar en el fútbol, con el Mundial 2022 a la espera. Un fichaje de 180 millones de euros camuflado el primer año de cesión para no vulnerar las normas del Fair Play Financiero de la UEFA, acabó con el joven Mbappé en París. Ni el Madrid iba a alcanzar semejante cifra por el francés ni estaba dispuesto a pagar el salario que le esperaba en el Parque de los Príncipes.
La impresión es que el jugador no se hace ya esa pregunta, o al menos la disimula. Apareció ante los medios antes de enfrentarse, hoy, a su ex equipo, y no para hablar del Mónaco, sino para cerrar filas en torno a la crisis. Defendió a Vinicius y reconoció el derecho del público del Bernabéu a pitar a los futbolistas, algo que también dijo haber hecho de niño, como aficionado. Pero hizo una petición: «Que nos piten a todos, no sólo a Vini».
El francés no habló como ex jugador monegasco, pese a la oportunidad, sino como un futbolista maduro. Una voz que pesa mucho más que la de Álvaro Arbeloa, un entrenador circunstancial, y que suena a independiente. Para muestra, lo que dijo de Xabi Alonso: «Va a ser un grandísimo entrenador. Tengo una relación espectacular con él y le deseo lo mejor. Conoce mucho del fútbol moderno, es una decisión del club que hay que respetar». No dijo si la compartía. No lo necesita, ya no está de Erasmus.
Tras un triste Boxing Day, con apenas un partido que terminó en victoria del Manchester United sobre el Newcastle (1-0), este sábado navideño era uno de los días grandes de la Premier League este curso. Todos los equipos grandes de Inglaterra jugaban en un espacio de dos horas y todos terminaron sus duelos con victoria en un día para el recuerdo de Diogo Jota.
Manchester City, Arsenal y Liverpool, que homenajeó al futbolista luso en su duelo ante el Wolverhampton, el otro club inglés en el que jugó el delantero, secundaron al United y consiguieron alzarse con la victoria en unos duelos apasionantes con marcadores apretados hasta los últimos segundos.
Desde que Guardiola descubrió la magia de Cherki, su vida es mejor y también la de los skyblues. En un duelo a domicilio bastante trabado ante el mítico Nottingham Forest, los pupilos del de Santpedor se subieron a lomos del francés para romper la resistencia de los de Dyche (2-1).
El mediapunta galo encontró a Reijnders para abrir el marcador con un pase maravilloso tras el descanso que le igualó a Bruno Fernandes en la cabeza de máximos asistentes de la Premier League con siete pases de gol y posteriormente solucionó un lío en los que se habían metido los de Pep ante el Forest con un remate a la salida de un córner.
Esa victoria ponía líderes provisionales a los de Guardiola a la espera de lo que realizara el Arsenal justo después. Pero los de Arteta son un equipo bien armado y que han aprendido a manejar la presión y así lo demostraron ante el Brighton (2-1) en otro emocionante duelo.
El empuje inicial de los gunners les sirvió para adelantarse en el marcador a través de Odegaard, que más que un tiro pareció pasar el balón al fondo de las mallas en el primer tanto del vuelo. Luego un gol en propia puerta al principio del segundo tiempo pareció cerrar el partido, pero la rebeldía de Diego Gómez quiso apretar el marcador y exigió la mejor versión de David Raya. El guardameta español estuvo soberbio y repelió todas las acometidas rivales, especialmente un envenenado disparo de Minteh.
Homenaje a Jota
En este súpersábado, la Premier quiso que se enfrentasen los dos equipos en los que jugó el futbolista portugués Diogo Jota, fallecido junto a su hermano este verano en un accidente de circulación. Liverpool y Wolverhampton (2-1) se enfrentaron en Anfield en un partido que pareció un homenaje perpetuo al portugués.
A la presencia inicial en el césped de los hijos del jugador luso, se añadieron numerosas pancartas en recuerdo de Jota así como cánticos de ambas aficiones en el minuto 20, número de su dorsal con los reds. El partido se lo llevaron los pupilos de Arne Slot, aunque con más dificultades de las previstas ya que los Wolves, últimos, apenas tienen dos puntos en su casillero con sólo dos empates.
El duelo supuso la aparición, por fin, de Florian Wirtz, uno de los fichajes más caros de este verano del club inglés. El alemán, además de cuajar un buen encuentro, consiguió meter el segundo tanto del Liverpool. El ex del Girona, Santiago Bueno, puso emoción al marcador, pero finalmente los wolves no pudieron conseguir su tercer empate.
Hubo pitos en las gradas cuando acabo el partido. No mayoritarios, pero fueron ahogados por el himno triunfal madridista. El Manchester City no hizo ninguna exhibición. No es siquiera la mitad de aquel fabuloso equipo campeón de la Champions. Lo cierto es que no mereció ganar, pero perdió el Madrid.
Ahora el veredicto de culpar a Xabi y que se vaya a la calle sería injusto. Con cinco defensas lesionados, sin centro del campo por despropósito de los que mandan y...sin Mbappé, perder como perdió, no sería justo echarle la culpa. El equipo murió de sangre y sudor en el terreno de juego. Fue como un jabato, aunque luchaba contra un equipo fabricado con cientos y cientos de millones de euros .
Lo peor es que Bellingham perdió el gol y menos mal que apareció el que es un inútil para hacer goles, nada menos que Rodrygo. Fue un gol de enorme calidad y Guardiola debió escupir al infierno, porque es un jugador que siempre le hace daño al City.
El Madrid no se relajó nunca. Agotó sus posibilidades hasta el final. Siguió corriendo como un poseso, pero tienen un estilo de correr insuficiente. Y Haaland, ¿cómo puedes parar a ese vikingo asesino del área? Lo tienes que detener a base de paradas de rugby como la que hizo Rudiger, aunque luego le costó un penalti que fraguó la remontada citizen.
De verdad que no se rindió nunca el Madrid de Xabi, la mayor parte por el empuje del corazón más que de calidad. Incluso Bellingham tuvo una gran ocasión para empatar. Por no rematar a la primera, sino a la segunda, se le fue el santo a las nubes.
Y no quiero castigar más a Vinicius, del que mucha gente aún no se ha convencido de que el Madrid ha perdido. El que iba a ganar el Balón de oro y platino. Sin Mbappé este equipo nunca hace goles. Y Mbappé estaba en los cielos, escondido entre las nubes, en el momento más inoportuno, cuando más lo necesitaba el equipo.
He escrito drama y cisma. Primero, porque el Madrid creo que de los diez últimos partidos ha ganado sólo dos. Y lo segundo, porque existe un cisma entre los que creen que Xabi Alonso no es entrenador para el Madrid o los que culpan a los jugadores. Hay incluso una tercera vía y es de las que le echan la culpa a Florentino.
Me acuerdo a principios de temporada que me fiaba poco de Xabi Alonso y que el Madrid, a pesar de los fichajes, no tenía plantilla candidata a ganar algún torneo. Desgraciadamente, no me he equivocado.Y lo siento, algo tendrán que hacer.