No hay remedio para el Real Madrid: sólo el Florentino de 2010 nos salvaría del Florentino de 2026

No hay remedio para el Real Madrid: sólo el Florentino de 2010 nos salvaría del Florentino de 2026

La rueda de prensa de Florentino Pérez acabó con la agonía del hincha como sólo lo puede hacer un diagnóstico médico. Quien no supiera aún qué sucedía dentro del club ya tiene el informe en su mano. Esto es lo que hay. Y es grave.

El Real Madrid, a 12 de mayo de 2026, es esto. Tan al desnudo y tan descarnado. La pérdida de contacto con la realidad es así de grande y el hecho de que lo hayamos podido ver es síntoma de algo peor: no hay contrapoderes, los frenos se han roto y nadie se va a jugar el tipo por detener la caída hacia el barranco. Si nadie puede evitar que el líder de una institución que vive del prestigio salga a pisotearlo de esta manera, ¿qué podemos esperar de lo deportivo o cualquier otra menudencia del día a día?

La tarde fue descorazonadora porque la única certeza que quedó es que, al menos durante un tiempo, no hay remedio para la decadencia. La gravedad del momento es tan grande que salió a entonar un "no a la prensa deportiva" y "no a Negreira", dos reclamos más universales que el "no a la guerra", y aún así perdió.

El presidente sabe que lidera una masa social con las manos atadas, inofensiva. Y la convoca a la versión florentina del referéndum sobre el chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero. Saldrá reforzado de poder porque él se ha encargado de que no haya otro escenario posible. No sabemos si se presentará a las elecciones Enrique Riquelme con su "acento sudamericano". El 99% de los mortales ni siquiera sabrá quién demonios es Enrique Riquelme. Pero sí que el presidente del Real Madrid considera una "confabulación" que por primera vez en 20 años parezca haber alguien dispuesto a concurrir en un proceso electoral.

No se trata de hacer aquí una defensa encendida de la democracia. Durante esas dos décadas a la mayoría nos ha dado absolutamente igual la falta de concurrencia presidencial. Y hemos estado muy cómodos con el poder indiscutido de Florentino, especialmente quienes nacimos demasiado tarde y no tenemos ni voz, ni voto, ni el privilegio de sangre de ser socios del club.

Nuestra condena es la nostalgia. La peor nostalgia de todas: la que se tiene del que todavía está ahí pero ya te parece otro. Las elecciones que queremos los madridistas son entre el Florentino que trajo a Mourinho en 2010 y el Florentino que traerá a Mourinho en 2026. Su show de ayer lo dejó claro: las vamos a perder.

Mourinho, no vengas

Mourinho, no vengas

Los Estados Unidos desclasificaron esta semana un puñado de archivos secretos sobre avistamientos de OVNIs. Por mucho que se bucee en ellos no hay nada en esos papeles tan paranormal como el hecho de que el Barcelona haya necesitado llegar hasta la jornada 35 para ganarle la Liga a este abominable Real Madrid de vagos, indolentes e inútiles. Un sucedáneo de equipo y de club, con una afición desesperada, que llega a percibir como la única brizna de rebeldía el hecho de que los dos mejores futbolistas de la temporada se líen a hostias en el vestuario. Obviamente no es verdad. Y queda muchísimo por tragar.

En el Camp Nou cantó hasta Courtois. Por momentos el partido recordaba a esa escena en la que Maradona -salvando las distancias- le marca un penalti a Ali Turganbeko, un niño kazajo sin piernas, y se lo grita en la cara. Hasta los intentos de montar tanganas se sentían ridículos e impostados. Armó un pollo Dani Olmo porque Asencio tiró a puerta aprovechando que el árbitro ya había pitado previamente. Ese era, por resumir, el nivel del partido y de sus protagonistas.

El colegiado, en un acto de madridismo conmovedor, no quiso ayudar al maquillaje y determinó que abrirle la boca de un codazo a un rival en el área no es punible. No generó mayor polémica en la retransmisión. E la nave va...

Mientras todo eso sucedía, Mbappé estaba en su casa subiendo fotos de la televisión y asegurándose de que se viera bien el marcador, 2-0 ya en aquel momento. Parecía querer decir que esto es lo que pasaría si se cumplen los deseos de parte de la afición y se le empaqueta lo más lejos posible. Vinicius y Bellingham no hicieron nada para contradecirle. Ninguno parece consciente de que el consenso en la afición es que la forma más fácil de volver a ganar es mandarlos a los tres al Barça de golpe. Abandonemos toda esperanza. El club es cobarde, inmóvil y no habrá ninguna revolución. Así que lo más probable es que Mourinho no se coma el turrón. Traerle ahora, así, para esto, es una gran traición al hombre que cimentó la década gloriosa.

Estábamos equivocados: el problema no es Mbappé

Estábamos equivocados: el problema no es Mbappé

No hay un madridista, ni en la Tierra ni en la cara oculta de la Luna, que no tuviese la certeza de que la primavera de ilusión duraría hasta que emergiese Mbappé. Y pese a ello no hay mucho que reprocharle al francés. Hizo persecuciones defensivas hasta la frontal del área, conducciones explosivas a la contra, buenos desmarques y Neuer le sacó tres balones nivel Courtois y casi le para el del gol. La posibilidad de que sea gafe existe, pero más allá de eso no hubo leña para quemar a Kylian en la hoguera de la frustración del hincha. Al contrario.

El ojo entrenado en la Copa de Europa detectó las turbulencias cuando Olise cogió la primera bola y al paso no le salió Mendy, sino Güler y Carreras. El lateral sacó una bajo la línea como aquella de Ferland contra el City, pero no era lo mismo. Se produjo un milagro para no castigar con gol un fallo monumental de Pitarch, idéntico al de los octavos de final. Pero no era lo mismo. En otro tiempo, habríamos visto destellos de decimosexta hasta cuando el árbitro se inventó una amarilla a Tchouameni que empezaba a poner los cimientos de una exhibición redentora de Camavinga en la vuelta en Münich.

Pero nada era lo mismo. Vinicius, el antiMbappé, el hombre que sí nos ha dado la gloria europea dos veces, la enterró esta vez con dos balones lamentables al medio que cayeron como dos losas bávaras. Después falló el 1-2 en una jugada que despertó el tenebroso recuerdo continental de Gonzalo Higuaín.

Con todo, hubo arrebato europeo. El equipo nos castiga con la esperanza de la fe. Hubo un buen Bellingham, un apocadillo Bayern, un cambio inexplicable del gran Arda y la sensación de que la eliminatoria no está cerrada. La necesidad, también, de entender que la mística del estadio no existe y que plantillas mejores que la tuya es muy posible que el 99% de las veces jueguen mejor que tú, salvo que tengas a Mendy para frenar a ese demonio llamado Olise. ¿Ficharía el Real Madrid a un extremo del Crystal Palace? Por el mismo precio, fichó a Mastantuono...

La carrera de Vinicius contra la camisa de cuadros de Guardiola: no había tanto que temer

La carrera de Vinicius contra la camisa de cuadros de Guardiola: no había tanto que temer

Vinicius nunca debe dejar de correr. Ni siquiera para tirar un penalti. Paradinhas absurdas como la de la ida, censurables en cualquier ser humano, en él son una marcianada contra natura que sólo conduce al desastre. Esa pausa infernal nos rondó a todos la cabeza en la semana. Volvió con la primera pifia de Valverde. Con el primer pase atrás de Doku. Con las primeras manos de Courtois. Con su propio trallazo al palo y el rebote en el culo de Donnaruma que no quiso ir para dentro. Se hizo carne cuando le enfocó la cámara recitando a saber qué antes de ejecutar. Fue un alivio enorme la carrera directa hacia el balón, sin esa especie de anuncio de Youtube que es la maldita paradinha cuando se cuela en el ritual. Gol y todo parecía ya muerto y enterrado. Pudieron ser unos cuantos después. El propio Vinicius parecía empeñado en no querer marcarlos por si un exceso en la celebración le dejaba sin jugar la siguiente eliminatoria contra el Bayern.

Con diez el Manchester City, y 0-4 abajo, la imagen de Guardiola embutido en una sobrecamisa de cuadros ridiculizaba nuestro propio miedo anterior. Grave error. Don Fútbol se encargó de recordarnos que por ahí seguía Doku y sobre todo seguía Trent, que regaló un duelo, un córner y el gol del empate. El oasis del descanso se rompió de golpe con la imagen macabra de Courtois lesionado y Mbappé calentando. Parecía que el equipo quería rendir homenaje al acojone general de la afición e intoxicar de emoción la eliminatoria. Lo contrario que Guardiola, que quitó a Haaland con mucha prisa. A él y a otros les secó a paradones Lunin, acostumbrado a demostrar en el silencioso Etihad que es un gran portero.

Durante 20 minutos la emoción radicó ya en ver qué tal estaba Kylian, que no pareció cojitranco y echó buenas carreras. El balón de oro Rodri vio desde el banquillo como el balón de plata Vinicius marcaba su gol 34 en la Champions League. Guardiola, que sabe que el Madrid no gana una Champions sin drama mediante, supo estarse quietecito. A ver los alemanes.

Queremos once 'thiagitos' y once 'federicos'

Queremos once ‘thiagitos’ y once ‘federicos’

En el primer minuto de partido Thiago Pitarch había robado un balón, le había caído un rebote, había hecho una apertura a banda de exterior y encendido al Santiago Bernabéu con una conducción hacia atrás. Ya no podía pensar en otro eslogan: queremos once thiagitos. Corajudos, raulistas y populistas en el esfuerzo, de cabeza erguida y orgullo primario. Cuando el estadio iba a recordar al original ito, Juan Gómez, Doku pilotaba su monoplaza contra el muro de la fe blanca. Daban ganas de no mirar, o mirar por una rendija entre los dedos, cada encontronazo de ese extremo diabólico con Trent. El propio Trent se perfilaba de espaldas, como para no ver tampoco él. En una de esas le pudo hacer penalti Thiago, en otra salvó el milagro Valverde. Después obró otros tres. Y Courtois salvó que un error camavinguico del canterano no fuera gol del City. Lo perdonamos todo: mientras llegan los once thiagitos, tenemos once federicos.

El capitán, cuestionado tanto en el inicio de temporada, fue ayer las noches europeas del Madrid, los 90 minuti y todo el refranero junto. Arbeloa planteó un equipo sin delantero, desnortó a la UEFA, que en el grafiquito del partido colocó de nueve a Arda Güler. Ese espacio en realidad no lo ocupó nadie, nunca, Gonzalo no jugó un minuto. Y en ese camaleón blanco, que el gol llegara mediante asistencia del portero era consecuencia casi lógica. A ella escapa la posterior definición con la izquierda en el segundo y el truco de magia en el tercero. Pero son ya momentos para la historia del club que justifican su brazalete.

Valverde metió al Madrid en un estado de autoconfianza imparable y ahí lo asentó Mendy, nuestro policía de Los Ángeles. Amado Ferland: no te vayas nunca mientras puedas regalarnos estos 45 minutos cada 12 meses. La entrada de Fran García fue un temblor colectivo, se había roto el muro, pero también él estuvo vallejiano cuando el penalti fallado de Vinicius condenó a aguantar. El estadio, obediente, no se acordó de Guardiola, que en general no hizo nada para que nadie reparase en él. Llegó con aroma sobrado y se fue con un revolcón de Arbeloa. El fútbol. Pero queda mucha eliminatoria: cabeza, cabeza.

El único plan del Real Madrid es tirarle fichas a la ruleta

El único plan del Real Madrid es tirarle fichas a la ruleta

Qué más dará Xabi Alonso que Arbeloa. Qué más daba Xabi Alonso que Ancelotti. Si ahora el asunto es el rol de Pintus, ¿quién se lo dio? ¿quién se lo quitó y se lo quiere devolver? ¿Cuál es la estructura profesional que toma las decisiones trascendentales en el Real Madrid? ¿Cuáles son los engranajes de la institución futbolística más relevante de la historia? No es la opacidad el problema, sino la transparencia: este club es exactamente lo que parece y funciona parecido a como nos imaginamos. La sensación es que en la época de la ultraprofesionalización y en el momento decisivo en el que España se queda atrás, el plan deportivo del Real Madrid es no tenerlo muy claro.

Sobre la era gloriosa de Florentino Pérez siempre ha planeado el mismo riesgo: creer que si acompañaban los números y el plan empresarial, en lo demás bastaba la historia, el escudo, la camiseta, el estadio, el impulso, el tópico. No basta. El fútbol no son once contra once y siempre gana Alemania. Italia jugó su último Mundial en 2014. 90 minutos en el Bernabéu no siempre son molto longos.

De fondo late el problema: pese a juntar las mejores plantillas de su historia, nadie sabía muy bien por qué se ganaba cuando se ganaba. Así es imposible entender ahora por qué se pierde. Hace sólo 18 meses desde que se ganó la última Champions League, pero aquella ya fue otoñal y si había un plan para el día después de la gloria es obvio que ha fracasado. Y que la responsabilidad no es del crupier que se ponga en el banquillo para tirar la bola a la ruleta mientras el público espera a ver si sale negro, rojo o verde. El madridismo esperaba muchas cosas de Xabi Alonso y apenas ha encontrado ninguna. Suponemos que el club tampoco, aunque nunca remó a su favor. Nadie se cree que Arbeloa sea una apuesta de futuro, aunque después resulte serlo. El Madrid se va acomodando poco a poco en el azar, tirando fichas al tapete, mientras los paganinis fantasean con centrocampistas y celebran los goles de Gonzalo.

Los jugadores lo saben, Xabi tiene que aprenderlo: quien hunda al Real Madrid, morirá dentro

Los jugadores lo saben, Xabi tiene que aprenderlo: quien hunda al Real Madrid, morirá dentro

En cada visita al Santiago Bernabéu, el gran villano Guardiolasiempre «mea con la suya». Pero son tantas veces que ya le ha salido el chorro para todos lados. Ayer le tocó sacar del pozo a balón parado un inicio de partido en el que se estaba llevando un buen revolcón de este Madrid que es como Dory en Buscando a Nemo, sin memoria ni para el éxito ni para el desastre. Podía esperarse cualquier cosa y sucedió lo más probable: que a los jugadores les entrara un poco de vergüenza torera, que se agitaran, que Gonzalo lo ordenara todo un poco, que volviera a pasar la órbita del cometa Goes por la capital pero que acabase diluyéndose el asunto sin mucha explicación y con cierta fatalidad. Escalofriantes síntomas de empequeñecimiento general.

Como el Madrid nunca entendió del todo por qué ganaba, no es fácil tampoco entender ahora por qué pierde. Sirve a medias la intuición general del club: el ecosistema español conduce a la ruina. Pero ni el Florentino de los 2000, me temo, sería capaz de evitar que el camino de argentinización imparable del país se lleve todo por delante. También al fútbol y también a Real Madrid y Barcelona, como se llevó a Boca y River. Cada vez que encaraba Doku tomaba sentido el Brexit y se achicaba la UE.

Los jugadores parecen conscientes de que el fatalismo no les salvará. Y no son tan estúpidos como para pensar que podrán salir indemnes de formar parte de la plantilla que transformó al Real Madrid más ganador de la historia en un perdedor patológico. El reto de triunfar aquí es tan grande porque después del Madrid no hay nada. A quien lo logra, en su carrera ya sólo le espera el declive. A quien no, el arrepentimiento. No hay tabla de salvación: quien tenga la intención de hundir el barco, debe saber que morirá dentro.

También Xabi Alonso, que necesita captar el mensaje del estadio, por fin con algo que decir. Los pitos a la triste intención de llenar el equipo de jugadores-peonza fueron un pequeño brote verde. Endrick, el jugador-dardo por excelencia, mucho mejor.

Todo el madridismo en la melé y con Vinicius

Todo el madridismo en la melé y con Vinicius

Tenía razón Vinicius en irse directo al vestuario cuando Xabi Alonso le descabalgó del partido. Él empezó a ganarlo con su determinación en la primera parte y él debía rematarlo ante un Barcelona descosido. Como hoy ningún rival había conseguido descentrarle ni un poco, decidió hacerlo su entrenador. Ni eso le privó de estar en ese final tanganero, mourinhista, perfecto, donde estaba todo el madridismo en la melé, por fin un poco orgulloso frente al rival que alguien intentó alguna vez hacer pasar por socio.

Lamine Yamal se fue citando a los rivales fuera. Dentro, su impacto más relevante en el partido fue un penalti que no valió porque el VAR rescató de las profundidades de la realización audiovisual una toma insólita, la peor de todas las posibles. También el VAR nos descubrió que la gastroenteritis del Mundial de Clubes dejó fino a Mbappé, pero no del todo. Aún le resiste un reducto de grasa en el tobillo, suficiente para invalidar el gol que marcó a pase, parece que conjunto, de Fermín López y Arda. El que le dio Bellingham sí valió, en el preciso momento en el que el partido ya empezaba a encarrilarse por el camino del Clásico del año pasado, cuando el Madrid amaneció para ganar 4-0 y se acostó con 0-4.

El madridista quizá muera sin ver una goleada histórica al Barcelona aunque todo se ponga a favor, como este domingo. Tenía que ser el mimado Güler, por tanto, quien regalase el empate. El turco, cuando dentro de diez años siga jugando ahí y ya no cometa esos errores, se lo tendrá que agradecer quizá a Vinicius por esa agresividad imparable que acabó en un centro con la izquierda -¡por fin!- y chupagol de Jude.

El partido era suyo hasta que Xabi decidió que no lo fuera. El entrenador quedó atrapado en ese acojone gravitacional que imaginaba el empate en cada pase horizontal del Barcelona. Recordada con más calma la segunda parte, y salvando una contra chupona, en realidad no hubo mucha amenaza más. Vini, buen analista, había pinchado a Yamal durante el partido diciéndole que «sólo daba pases hacia atrás».

Tres grandes noticias para lo que vendrá: Federico Valverde es tan bueno como Hakimi, a Bellingham no se le ha olvidado jugar al fútbol y el Real Madrid tiene a un 7 que ya le ha dado dos Champions y por el que merece la pena empujar en la melé.

La valentía del Madrid sólo duró un rato: la clave era no entrenar

La valentía del Madrid sólo duró un rato: la clave era no entrenar

Dio la sensación de que la valentía del Real Madrid en la previa de la final de la Copa del Rey duró lo que suelen durar todas las polémicas en España: hasta que diga el PSOE. Según el relato publicado el club estaba calentando el avión para volver a Valdebebas hasta que unas llamadas pseudogubernativas le convencieron de que el mundo, enlutado por la desgracia papal, merecía el alivio cómico de ver un partido más de Lucas Vázquez y Rodrygo Goes intentando sacar el balón jugado por la banda derecha.

El Madrid tendrá que aprender a convivir con la frustración de que la única consecuencia del caso Negreira haya sido la proliferación de bravuconadas como la de los árbitros de la final a 24 horas del partido. Es lo que hay: ni ha pasado ni va a pasar nada más. Con tino lo subrayó el realizador, colando en mitad del partido un plano grisáceo de Feijóo, Illa y Laporta. De todos los del palco, escogió a esos tres. Sólo después se recreó el cámara en las gesticulaciones de María Jesús Montero, como retando a un diputado pepero en una sesión de control del Congreso pero con Felipe VI al lado en vez de Yolanda Díaz.

Del partido no cabía esperar nada, toda vez que el Madrid había decidido ni siquiera ejercitarse el día anterior. No habría cambiado mucho, o quizá lo habría empeorado. Superado el ridículo de la primera parte, el esfuerzo y la presión de la segunda no se había visto en ningún momento de la temporada. A la final le habían dado la vuelta Mbappé y Tchouameni, los dos únicos silbados por el Bernabéu. Apoyados por Arda Güler, el único junto a Endrick abroncado en público por Ancelotti. Las viejas recetas casi siempre funcionan. Lo resetearon entre la incapacidad de Vinicius para cerrar el partido -solía correr en el minuto 120 igual que en el 1, y desde ahí destrozaba los partidos- y un error incomprensible de Courtois. Lo mantuvo vivo González Fuertes, el del VAR, advirtiendo el piscinazo de Raphinha que había castigado alegremente el sonriente De Burgos.

No quedaba ya un antimadridista en el mundo que no pensara que ganaría el Madrid robando. Ni un madridista que se fiase de un guion tan obvio. Pensé que perderíamos en penaltis con doble toque de Valverde. Brahim se encargó de que no hiciera falta.

Se encendieron las luces del antro: el Madrid está en peligro

Se encendieron las luces del antro: el Madrid está en peligro

La semana fue espantosa. El meme colectivo del "manicomio" convirtió al Real Madrid en el vecino. Lo que nunca debe ser. Todos somos un poco culpables, hasta los que nunca creímos y observamos la jugada como el sobrio mira a sus amigos borrachos en el antro. No les quitamos el vaso de la boca. No se planteó el partido desde la exigencia ni desde el cabreo por la infamia de Londres sino desde una festividad incomprensible. Como si el club se contentara con los aspavientos y el relato. Faltó dejar el techo abierto para poder cantar bajo la lluvia.

La afición perdonó preventivamente, lo que nunca ha solido hacer el Bernabéu. Entregado a cambio de nada, parece que ni el entrenador ni los jugadores sintieron la necesidad de ofrecer nada distinto a lo que han venido haciendo durante el año. Ni una idea, ni un plan de partido. Melonazos absurdos, sucesión de saques de esquina al primerísimo palo, desesperación acentuada por la locura enfermiza del dañino VAR. El mismo horror de siempre, con la misma propuesta desde el banquillo: ninguna. El primer tiro a puerta fue en el minuto 55. Todavía no había hecho Ancelotti ningún cambio.

Hizo tres de una tacada, incluidos Ceballos y Endrick, el único delantero centro de la plantilla. Le puso de extremo derecho. La revolución consistió en que los tres primeros ataques fueron tres centros a nadie, y el primero del Arsenal un golazo. El único que confió un poco fue Saliba, pero el Madrid recibió el regalo con pereza. No mordió porque no tenía hambre, ¿cómo se arregla eso? Si en el club dudaban hace un año entre cambiar al entrenador o a un puñado de jugadores, ahora tienen que hacer las dos cosas. Pudieron hacerlo antes: este fracaso también es culpa de su inacción.

Cuando acabó el partido los futbolistas se quedaron compadreando, de risas con el rival. Nunca creyeron. "El Bernabéu debería aplaudir al equipo", había sentenciado Maldini poco antes en la retransmisión. Debía tener feligreses en la grada: ni un amago de bronca. La indiferencia es el peor mal, el más difícil de erradicar. Nunca han mandado en el Madrid los maldinis, y ahora es el peor momento para que lo hagan. Se encendieron las luces del antro: el Real Madrid está en peligro.