El rey Luis II de Francia era conocido como el Tartamudo, un monarca al que a menudo ridiculizaban en la corte y que tuvo escasa trascendencia política. La de Luis Enrique en el fútbol del país galo es colosal. La segunda Champions del PSG, conquistada de forma consecutiva y en circunstancias adversas, con sus mejores ases, Dembéle, Kvaratsjelia y Vitinha, fuera de la tanda de penaltis, cimenta el calado del proyecto del asturiano en París y dispara la euforia desde las Tullerías hasta la Bastilla, porque este nuevo rey Luis II lo es de todos.
En sus tres años en el Campo de los Príncipes, ha sumado dos títulos y ha alcanzado unas semifinales en la competición que da sentido a las colosales inversiones realizadas por los propietarios qataríes, todas deficitarias hasta la llegada de Luis Enrique a su banquillo, fuera con Neymar, Messi, Sergio Ramos o hasta Mbappé.
Estas dos Champions han coincidido con las dos temporadas sin el astro francés, después de su llegada al Bernabéu. Una lectura dolorosa para el futbolista, pero también aleccionadora para todos, incluido el Madrid, cuyo presidente, Florentino Pérez, observó la victoria del PSG en el palco del Puskas Arena. El PSG sería mejor con Mbappé, por supuesto, pero no sería el mismo equipo. Mbappé es el síntoma del cambio, de la reconstrucción por una vía distinta a la seguida hasta la llegada del técnico. El fútbol la premia, incluso en la ruleta rusa de los penaltis.
Para Luis Enrique esta era en París tiene también algo de resurrección personal, en lo vital y lo futbolístico. Después de la tragedia que supuso perder a su hija Xana, el regreso a la selección resultó un fracaso, eliminado en octavos del Mundial de Qatar por Marruecos, precisamente en los penaltis. Una eliminación de las pesan, acompañada de decisiones erráticas, de la que no es fácil reponerse. La apuesta del PSG era de riesgo, convertido en una trituradora de entrenadores, pero el riesgo es uno de los rasgos que definen a este surfero del fútbol, que suma ya tres Champions, si se añade la conquistada con el Barça.
Lo que ha hecho Luis Enrique en el PSG es similar a lo que realiza Mikel Arteta en el Arsenal, aunque sin Champions y sin riesgos. Con una propuesta a contraestilo de lo que ha sido este equipo, ha ganado la Premier para el club 22 años después y lo ha llevado a su segunda final de la historia en el gran torneo europeo, que se jugó la mayor parte del partido cómo deseaba el vasco. Con su planteamiento, Arteta hizo peor al PSG, bloqueado, sin soluciones, muy lejos del de las semifinales contra el Bayern. Le faltó ser mejor en lo ofensivo y le faltó ser Luis Enrique.
La escenografía de un debate colocaría a Enrique Riquelme al nivel de Florentino Pérez, y eso es lo que el presidente del Madrid quiere evitar a toda costa, al presentar a su rival como a un outsider. El empresario alicantino se ha ganado su condición de candidato y es legítimo que reclame un cara a cara, pero no hay norma electoral que obligue a Florentino, cuyos mejores aliados son su obra y su silencio. La última rueda de prensa del dirigente, en la que lanzó la convocatoria electoral, presentó a un Floretino desconocido para sus socios, desgastado y vulnerable. Es la segunda razón por la que el debate reclamado por Riquelme es un debate imposible.
El empresario lo pidió en la apertura de la sede de su candidatura, junto al Bernabéu: «Debatir las veces que sean necesarias dos proyectos de forma sana y respetuosa». Sabe que en la situación actual, después de dos años de crisis deportiva y con muchas incertidumbres sobre el futuro, estaría en una situación favorable para un debate, en el que el corto plazo suele imponerse a los análisis globales. La juventud de Riquelme, además, le concede ventaja frente a un Florentino en el que, a sus 79 años, es innegable el desgaste. Nada aconseja, pues, en el entorno del dirigente aceptar el envite.
Las encuentas de consulta
Florentino ha utilizado a lo largo de su mandato las encuestas entre los socios para conocer su opinión, incluso acerca de entrenadores. Posiblemente también en el caso de José Mourinho, la elección para la próxima temporada, ahora pendiente de un proceso electoral. El tiempo es, hoy, escaso para conocer la penetración de Riquelme, un recién llegado a la vida de los socios. Pero otra cosa es la disconformidad de los socios con algunos aspectos que pudieran generar un caladero de votos para el candidato. Considerar que son unos «niños», como dijo con desprecio en la rueda de prensa, es un acto de suficiencia peligroso.
Riquelme sabe que hay descontentos y por eso aludió a los inconvenientes de ubicación que, según sus informaciones, habría generado la reforma del Bernabéu, «después de 1.700 millones gastados». Una crítica especialmente dolorosa para Florentino, porque ataca a su prioridad en el último ciclo: el estadio.
La penetración del candidato
El hecho de que el Madrid eliminara el aval de las firmas y únicamente dejara el económico impide testar con que nivel de respaldo social llega el candidato, aunque sólo sea indicativo. El pecado de la soberbia puede ser, pues, peligroso. Para Florentino la victoria no es ganar, es aplastar, como hizo la última vez que tuvo un rival, Arturo Baldasano, con más del 90% de los votos. Desde entonces, tras su regreso, llegó siempre bajo palio.
De eso hace 22 años y, pese a las seis Champions que siguieron a su primera, en 2002, y al crecimiento patrimonial, existe mayor masa crítica entre los socios de la que el líder máximo tiene a su alrededor. Hay cosas que es necesario explicar más allá de una pancarta, aunque no sea en un debate. El socio que mantiene su confianza en el actual presidente necesita recuperar otra versión después de la desafortunada rueda de prensa.
El tiempo para hacerlo va a ser corto, con la fecha de las elecciones todavía por fijar. Riquelme lo va a aprovechar al máximo y la impresión es que elevará el tono. Florentino no aceptará el cara a cara, pero debe decidir si afronta una campaña de una sola cara.
La junta directiva propuesta por Enrique Riquelme en su candidatura a las elecciones del Real Madrid, avalada por la Junta Electoral, está formada por 12 directivos (presidente, un vicepresidente y 10 vocales) y compuesta mayoritariamente por empresarios, altos ejecutivos, algunos vinculados a su empresa, Cox Energy, y abogados, con la inclusión de una sola mujer. Para enfrentarse a Florentino Pérez, presidente de ACS, ha tenido que reclutar empresarios en su círculo más cercano.
Antonio Medina Cuadros (vicepresidente)
Abogado y directivo, de 50 años, es secretario de administración del grupo Cox. Es socio director de Medina Cuadros Abogados, con presencia en España y México. Con responsabilidades jurídicas en grandes organizaciones, ha sido, asimismo, consejero de Fórmula E Holdings, campeonato de monoplazas eléctricos de la FIA. Fue miembro de la junta directiva del Real Madrid, así como vicepresidente ejecutivo y patrono de la Fundación del club.
Héctor Fabián Gómez-Sáinz (vocal)
Nacido en México en 1976, es un empresario dedicado a las inversiones en su país de origen, España y Reino Unido. Es accionista del Grupo Hotelero Santa Fé, una de las principales compañías de México.
Daniel Vicente Nicolás Miras (vocal)
Empresario perteneciente a la histórica joyería Nicols, con responsabilidades en el negocio familiar, especialmente en el apartado tecnológico. Es licenciado en Dirección y Administración de Empresas por ICADE.
Rosauro Varo Rodríguez (vocal)
Licenciado en derecho por la Universidad de Sevilla, preside GAT inversiones. Entre los proyectos más relevantes ligados a su carrera está Pepephone. Es socio de Cabify y consejero de Acciona Energía. Fue vicepresidente de PRISA y ha estado ligado a otros proyectos en el mundo de la comunicación.
Raúl Rodríguez González (vocal)
Es director de relaciones internacionales de Medina Cuadros Abogados. Inició su trayectoria profesional en el sector bancario. Fue director general de Televisa Radio, en México, y director general de la radio de PRISA en España.
José Olivé Pina (vocal)
Es director financiero del Grupo Cox, lo que le lleva a trabajar de forma estrecha junto a Riquelme. Cuenta con una larga experiencia en banca de inversiones.
Ángel Martín Hernández (vocal)
Médico y empresario, es fundador y director técnico de la Clínica Menorca, centro de referencia en cirugía estética.
José Alberto Martínez Cepero (vocal)
Directivo español vinculado al sector de la automoción con una larga vinculación como socio al Real Madrid.
Juan Luis Mendoza Solano (vocal)
Empresario español vinculado al sector de la automoción y la inversión privada. Ha ocupado puestos de responsabilidad en distintos sectores, principalmente el agroalimentario.
María Rocío Sobrini (vocal)
Directiva financiera con una sólida trayectoria en gestión corporativa, estratégica y transformación empresarial.
Francisco Gaspar Riquelme (vocal)
Ex vicedecano del Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles en Valencia, preside Best Fruit. Es tío del candidato a la presidencia.
Habrá elecciones en el Real Madrid. La Junta Electoral valida la candidatura presentada por Enrique Riquelme, que será rival de Florentino Pérez. El empresario alicantino, de 37 años, ha logrado en un tiempo récord cumplir con todos los requisitos, el aval bancario y la composición de la Junta Directiva que concurrirá contra la del actual presidente. Todos fueron aprobados por la Junta Electoral, que únicamente advirtió un error en el número de socio de uno de los vocales. Ahora corresponde anunciar los nombres al propio Riquelme. El organismo no fija el día de las elecciones, que deberían celebrarse en el plazo de 15 días.
"Presentada en plazo y reuniendo la misma todos los requisitos exigidos en las vigentes normas electorales y demás disposiciones legales aplicables, esta Junta Electoral adopta por Unanimidad proclamar válida la candidatura presentada por d. Enrique José Riquelme Vives, de conformidad con lo que dispone el artículo 40, apartados B) y C) de los vigentes estatutos del club y traslada comunicación de aceptación a la citada candidatura a través de la dirección de correo electrónico aportada por el representante de la candidatura", informó.
El organismo señala que recibió de Riquelme "el escrito de presentación, la relación de los miembros que componen la candidatura con la firma y aceptación expresa de todos y cada uno de ellos y el programa electoral que se recepciona con sello de entrada fechado a 23 de mayo de 2026".
Además, presentó "preaval y aval bancario a tenor de lo dispuesto en el artículo 40.B.7 de los Estatutos Sociales del Real Madrid CF". El presidente de Cox Energy será el primer rival de Florentino Pérez desde que, en 2004, derrotó a Arturo Baldasano con más del 92% de los votos. Desde su regreso a la presidencia, en 2009, no ha tenido adversario en ninguna convocatoria.
Los rescoldos de la comparecencia de Florentino Pérez han sumido al madridismo, a su masa social, en la incertidumbre, en algunos casos incluso en el desasosiego. La constatación, inequívoca, de que el presidente ha iniciado un camino incierto hace que sus detractores, pero sobre todo sus partidarios, se planteen una pregunta: y ahora, ¿qué? Con el horizonte de unas elecciones aún sin convocar, nada mejor, quizá, que acudir a la historia para descifrar el futuro.
El Madrid por encima de cualquiera: de su estrella, de su entrenador o hasta de su presidente. La conclusión se desprende de las palabras del propio Florentino, cuando repite que el club pertenece a sus socios. Pero unos socios que sólo el ser superior puede conducir por el camino de los éxitos y la prosperidad, con desprecio por quienes intenten cuestionarlo. Es como si el poder le hubiera llevado a confundir el rol de presidente, de representante de la masa social, con el de un mesías, un caudillo o un rey avalado por el derecho divino, el Rey Sol del Madrid.
Un proceso de megalomanía de los que hay muchos ejemplos en la historia, también en el fútbol y en el propio Madrid, pero tras el que subyace la debilidad de un dirigente que ya no es el mismo de antes. El madridismo se ha sentido cómodo y agradecido con Florentino, autor de una obra colosal, pero después de su desnudo en una rueda de prensa para la historia, se pregunta con dolor si nos encontramos ante el final de un ciclo y teme por la autodestrucción que generalmente los acompaña, por escuchar en el Versalles blanco après moi, le déluge. Después de mí, el diluvio.
Y es en estos momentos de zozobra cuando un vistazo a la esencia del club es más pertinente que nunca. Una esencia resumida en que, cuando alguien ya no puede servirle más, por el paso del tiempo, por el desgaste, por lo que sea, el Madrid le dice adiós. Y no se detiene en demasiados homenajes, sean para el mejor presidente de la historia o sean para su máximo goleador de todos los tiempos, al que este presidente, por cierto, le dijo: «Si te quieres ir, trae 100 millones». Y se fue. Sin sentimientos. Sin sobreactuaciones. El presidente aplicó ahí la naturaleza con la que ha dirigido a un Madrid que, como siempre, no se detuvo. Siguió ganando. Porque Cristiano no fue el primero.
Florentino Pérez señala al auditorio.EFE
Santiago Bernabéu falleció a los 83 años, cuatro más de los que tiene el actual presidente, a causa de un cáncer. Lo hizo en el cargo, que detentó durante 35 años, convertido en un «líder moral», como lo define Del Bosque. Florentino siempre lo ha citado como su alter ego y ha replicado o mejorado algunos de sus logros, con siete Champions en lugar de seis Copas de Europa, pero como líder empresarial, no moral. La presidencia de Bernabéu no fue ajena a polémicas, incluso a enfrentamientos con el Régimen, fuera por la creación de la Copa de Europa o la construcción del estadio, ni a los problemas económicos que acompañaron su final. Pero se fue, y el Madrid siguió ganando.
La mayor de todas esas polémicas fue la que acabó con Di Stéfano fuera del Madrid. El argentino era la primera piedra sobre la que se edificó un imperio. Pero tras las cinco primeras Copas de Europa, la derrota en la final de Viena ante el Inter, en 1964, provocó que Di Stéfano criticara la táctica del entrenador, Miguel Muñoz. Bernabéu no lo toleró: «Que este hijo de puta no vuelva». El argentino no regresó al Madrid hasta después de su muerte. Y el Madrid siguió ganando. Por cierto, cuando Vinicius cuestionó el cambio de Xabi Alonso en el clásico, el que estaba en el camino de salida era ya el entrenador.
MÁS ACIERTOS QUE ERRORES
Con aquella decisión, Bernabéu estableció un principio que no llegó a sufrir porque jamás lo transgredió, pese a cometer errores como despreciar el fichaje de Johan Cruyff. El propio Muñoz fue alguien de quien también prescindió en un agrio final del técnico. Y el Madrid siguió ganando. Florentino ha utilizado ese principio, el del Madrid primero, con mano de hierro frente a otras leyendas del club como, queda dicho, Cristiano, Casillas o hasta Ramos. Entendió que, pese al coste emocional, era lo adecuado para el Madrid, y los aciertos fueron mayores que los errores. Sin embargo, la impresión es que no está dispuesto a hacer, hoy, ese análisis consigo mismo, ni es fácil que lo hagan en un club donde ha desaparecido la masa crítica: el florentinismo puede ser más radical que Florentino. Basta con escuchar a Arbeloa.
Los paralelismos pueden encontrarse, asimismo, en otros clubes. José Luis Núñez, que presidió el Barcelona durante más de 20 años, guarda muchos con el dirigente blanco. También constructor, llegó a un Barça en bancarrota y lo salvó económicamente. Fichó a los mejores jugadores del mundo, Maradona o Schuster, y se jactó de que el Barça era más importante que Cataluña. La palabra que más repetía era «soci»; la que más dijo Florentino en la rueda de prensa fue «socios». Para ambos fue la coartada de su poder, pues es fácil manejar Asambleas paniguadas.
LA IMPORTANCIA DEL BERNABÉU
El dirigente blanco, a su llegada, dominaba el tablero de las grandes operaciones del fútbol, uno de los escenarios donde hoy es apreciable su pérdida de influencia y reflejos, como si su tiempo hubiera pasado. La Superliga, que intentaba emular la creación de la Copa de Europa con Bernabéu como impulsor, fue la prueba, el gran fracaso estratégico.
La intención de Pérez no es abandonar el Madrid. Al contrario, pretende reforzarse mediante la voluntad expresada por las urnas y enrocarse. A su favor, que no existe una oposición activa y organizada, aunque él teme que pueda articularse al amparo de dos años en blanco, sin títulos, y algún mecenas que ponga el dinero del aval. La democracia del Madrid es autocracia económica. Hasta que eso se concrete, a nada temen tanto los presidentes como a su propio estadio, desde Núñez o Gil a Florentino. No es el Senado, representado por Asambleas controladas. Es el Coliseo ingobernable. La verdadera democracia está, hoy, en el Bernabéu, que mira su historia y concluye que nadie es más importante que el Real Madrid. Tampoco Florentino Pérez.
El rey anda desnudo por palacio y nadie se lo dice. Ese palacio es el Santiago Bernabéu. La parodia puede aplicarse al Real Madrid, que asistió a una comparecencia hilarante de alguien que es más que su presidente. Florentino Pérez es su gran líder, su rey sin corona.
El Florentino institucional del pasado perdió el equilibrio y el sentido de la realidad para mostrarse, públicamente, como el Florentino de los audios, de los encuentros en privado. Lo único que no ha perdido es el poder, al que es adicto, y de ahí su nerviosismo por los cenáculos en los que pueda articularse el germen de una oposición, lo que desató un ejercicio de maniqueísmo a lo Trump.
Desencadenado, sin filtros, repetitivo y con un lenguaje impropio de su cargo, compareció como uno de los dirigentes que habitaban el fútbol antes de su llegada, en los años 90, los Gil, Lopera o Gaspart. El desembarco de uno de los grandes empresarios del país en el Madrid acababa entonces con unos personajes de cómic. Más de dos décadas después, encontramos a Florentino en la misma viñeta.
La motivación de su inesperada comparecencia no fue para dar explicaciones de la profunda crisis deportiva ni de la búsqueda de entrenador. Florentino tiene callo en prescindir de técnicos, el mal necesario del fútbol para el presidente. Los futbolistas, además, se pegan todas las semanas, según sus informaciones. Inaudito. El problema son los chivatos, a los que el dirigente conectó con los periodistas, algunos citados con nombres y apellidos, que quieren acabar con el Madrid.
Los gastos del Bernabéu
La realidad es que somos todos, porque la crítica es sinónimo de ataque desde hace ya un largo tiempo para el dirigente y una guardia de corps con una sola voz, la de José Ángel Sánchez, su primer ejecutivo, con capacidad para discrepar. Los equilibrios internos, sin embargo, han variado en el Madrid, donde emerge una nueva figura, la del financiero de origen marroquí Anas Laghrari. Auxilió al dirigente en ACS y lo ha hecho en un Madrid disparado en gastos por la reforma del Bernabéu.
Aunque dijera el presidente que va a repartir dinero entre los socios, el cambio de modelo societario está en un cajón, porque no se puede vender una parte del Madrid sin convertirlo en sociedad anónima deportiva, mientras se explora el mercado para poner un apellido al estadio y se prepara la renovación de los contratos con Adidas o Emirates, en un momento deportivo nefasto. Mal asunto.
Son las Termópilas de Florentino, en las que presenta al Madrid frente al poderoso asedio de las fuerzas del mal, cuando, en realidad, hablamos de uno de los equipos más amados del mundo.
Florentino, durante la rueda de prensa.MUNDO
Sánchez Galán, su enemigo
La razón de su aparición fue la de anunciar una convocatoria de elecciones anticipadas, porque unos «niños» quieren arrebatar el Madrid a sus socios, según reiteró. Utilizó la palabra «niños», despectivamente, frente a su nivel como empresario, que subrayó, sin pudor alguno, al recordar los 170.000 empleados de ACS, la constructora que preside.
Detrás de los «niños» intuye el rastro del que ha sido su gran enemigo en la guerra del sector energético, Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola. Una gran fortuna con capacidad para contribuir al aval, quizás para un familiar, que es necesario para ser candidato, más de 180 millones de euros.
La Ley del Deporte liberó los avales del 15% del presupuesto que convertían sus democracias en democracias de multimillonarios, una medida ad hoc para el Barça de Joan Laporta en una grave situación económica y en momentos de hacer las paces con Cataluña. Pero dejó a los clubes la capacidad de hacer el acceso más restrictivo en sus estatutos. El Madrid lo llevó al máximo.
ACS y el Madrid
En ACS, Florentino nombró a un CEO, Juan Santamaría. Sin tratarse de un sucesor, sí aparece como un relevo operativo. En el Madrid no se divisa ese horizonte. «Me tendrán que echar a tiros», dijo, retador. No es lo mismo dar cuenta a socios que a accionistas, que se juegan su dinero, pero el asunto de la sucesión preocupa en los despachos del club. A Florentino le soliviantó que un periodista de Abc escribiera que había confesado su cansancio a miembros de la junta directiva, pero el desgaste en el dirigente, a sus 79 años, es evidente. No es necesario tener una fuente para apreciarlo, ni una enfermedad.
Al Florentino del pasado podían cazarle entre improperios en una grabación, como pasó con los audios, pero no se hubiera desnudado de semejante forma ante las cámaras, en una comparecencia que marca un antes y un después en su era como dirigente. Cómica, por momentos parecía la actuación de un humorista, como si Florentino hubiera realizado un sketch de sí mismo, algo que supone un deterioro de su imagen.
Estuvo inoportuno al mencionar a los «niños de África» y, jocosamente, a una periodista que escribe de fútbol por el hecho de ser mujer. Con frases escritas como eslóganes en sus papeles, se repitió, rebuscó entre las hojas y el móvil, y se extendió en las respuestas más allá de lo que deseaba el profesional del club que concedía la palabra a los periodistas. Quería acabar cuanto antes con algo que estaba fuera de control. Lo peor de todo es que Florentino se gustó, sin saber que, después de hablar, el Madrid suma a su crisis deportiva una crisis institucional en la que es posible que los «niños» crezcan.
Va el Madrid con su bandera, dice el himno del Madrid, el viejo himno del que pocos de sus futbolistas saben interpretar el significado. Esa bandera ondea, hoy, boca abajo, sin victoria y sin honor, en el mismo lugar en el que el Barça alza la Liga, la segunda consecutiva, firme en las convicciones que nacen del liderazgo de Hansi Flick, ansioso como un adolescente ante su primer amor e impío sobre las ruinas de un imperio. [Narración y estadísticas, 2-0]
El clásico del Camp Nou no era únicamente la ocasión de sellar un título cantado ante el rival que da sentido a la propia existencia azulgrana, porque no habría més que un club sin el Real Madrid. Era la oportunidad de encender la pira en la que están sus futbolistas, pecadores, pero no responsables del pecado original.
Tampoco lo es Arbeloa, porque la verdadera hoguera a la que no quería echar a sus jugadores es su banquillo. Los males del Madrid tienen que ver con el extravío del principio de autoridad en un club donde el desgaste del líder máximo es evidente. The tone on the top, dicen los británicos. El tono en la cúpula, el tono que tiñe todo lo demás. El que llega al vestuario de Valdebebas no es, hoy, el adecuado. Florentino Pérez necesita recuperar el de sus mejores tiempos, porque esta no es una crisis estacional.
El tiempo dirá si el clásico del Camp Nou, histórico por ser el primero en el que uno de los dos contendientes define el título, es o no el de un cambio de ciclo, y no hablamos de un ciclo deportivo. El Barça ha fijado la autoridad en el vestuario, un buen lugar, como ha sido la mayor parte de su historia, porque siempre lo ha definido el juego. A Joan Laporta le corresponde el acierto en la elección del alemán, pero no es un personaje con auctoritas. Le falta altura. El día de la muerte de su padre, Flick decidió quedarse en Barcelona y dirigir a los suyos. Una elección muy personal y que merece respeto, pero que, en cualquier caso, refuerza su figura.
Sin rebelión personal
Muy cerca de Flick estaba Lamine Yamal, de rosa. Lesionada la gran estrella, acompañaba a sus compañeros a pie de campo. Mbappé, por su parte, notó unas molestias el día anterior al clásico y fue baja. Más molestias, más sospechas. El vodevil de la semana, entre tortas, mentiras y reproches, ha convertido al vestuario del Madrid en el camarote de los hermanos Marx. Era difícil hacer de eso un equipo para jugar en el Camp Nou. Lo único que cabía esperar era la rebelión personal, jugar por la propia dignidad. Apenas se apreció en Brahim, como un náufrago, y en Courtois, reaparecido para evitar un escarnio mayor. El resto era como un ejército entregado, entre el deshonor y la cobardía.
El regreso de Courtois, un capitán en un lugar que se ha quedado sin capitanes, buscaba ese efecto. En el primer lanzamiento del Barça con intenciones, Courtois no fue Courtois. Ni un reproche en el gol de Rashford para el portero, hábil el inglés en el engaño al perfilarse para el lanzamiento de falta. Ni una exclamación por una intervención de otro mundo, aunque las paradas del gigante llegarían después, ante el propio Rashford o Ferran, cuando el choque amenazaba una goleada sangrante.
La vergüenza callada de Arbeloa
Arbeloa presenciaba todo impertérrito, en su pose habitual, mientras soportaba la mofa del público. Siente una vergüenza que no puede explicar. Se irá con sus silencios a un despacho del club. Perdió a Valverde por la pelea con Tchouaméni, mantuvo al francés porque el club no lo apartó, sólo le multó, y a las calamidades se sumaron los problemas de Huijsen en el calentamiento. Eso le obligó a llamar a Asencio, uno de los futbolistas con los que no había contado y más opuestos al entrenador.
De ese Madrid roto por las bajas y por la ignominia no podía esperarse el juego, pero tampoco apareció la intensidad. La del Barcelona era constante, sin necesitar de su mejor versión, ni su mejor alineación. Sin Lamine y Raphinha, que apareció en el último tramo, y Lewandowski, con escasos minutos, el Barça formó en el once sin la delantera de la primera obra de Flick. Fermín ofreció su energía en la izquierda; Rashford, el gol y la velocidad, y Ferran puso muchas más cosas, siempre en movimiento, inyectado y preciso, el mejor azulgrana. Provocó la falta del primer tanto y anotó el segundo, que plasmó todo el contraste entre Barça y Madrid. Olmo tocó preciso de tacón y Ferran se comió el espacio de Asencio y Rüdiger, ambos con una pasividad pasmosa.
Brahim, el único
Gonzalo no afinó en una llegada, Vinicius amagó y nada más, Bellingham se perdió y Brahim se cansó. Las llegadas del Madrid fueron las llegadas de la impotencia ante las que el Barça decidió ser práctico y esperar a las contras y a la fiesta por la vigesimonovena Liga. La Champions está en el debe de Flick, y eso lo sabe el propio técnico, pero su trabajo se impone en España, a cubierto de su inglés en las ruedas de prensa, con una generación muy joven. Laporta dice amén.
En el Madrid se dicen otras cosas de los entrenadores y la Champions le ha sonreído como a ningún otro. No es un mal plan, pero nadie sabe si es posible repetirlo, porque estos futbolistas no son los de antes. El Madrid no es el Barça ni Florentino quiere a un Flick, pero necesita alguien que reconstruya a un equipo para sostener un imperio. José Mourino puede hacerlo a su manera, pero el portugués también deja ruinas a su paso.
Donde antes se comían pipas, ahora se comen hostias. Las cáscaras que caían junto al banquillo, como si fuera el banco de un parque, mientras el Madrid perdía ante el Mallorca en el terreno de juego, colmaron la paciencia de Florentino Pérez, que dos días después presentaba su dimisión: "Los he malcriado". Veinte años después, de 2006 a 2026, lo que se cae es un futbolista golpeado por un compañero. Palabras mayores que precisan de una respuesta ad hoc con lo sucedido en el marco de una crisis que ha superado al ser superior.
Que el presidente malcría a los jugadores no hace falta que lo repita, ya lo sabemos. El problema es cuando los malcriados pierden el respeto al club, y no sólo con las manos. Lo hizo Vinicius con sus exagerados aspavientos al ser sustituido por Xabi Alonso y lo ha hecho Mbappé al tomarse unas vacaciones en el mar, lesionado y con su equipo en crisis. El Madrid necesita con urgencia fijar el principio de autoridad que, hoy, no se aprecia en ninguna parte, como si el club no tuviera entrenador, capitán ni presidente.
Valverde disputa un balón.EFE
En apenas una semana, Rüdiger da una torta a Carreras, Valverde es atendido en el hospital tras un enfrentamiento con Tchouaméni y el viajecito de Mbappé a Cerdeña avergüenza al vestuario, al entrenador y a los aficionados. Arbeloa ha decidido decir algo más de lo que, en 2006, decía el devoto López Caro. Es innegable el paralelismo en el banquillo después de fracasar otros proyectos, aunque el tiovivo de entrenadores de entonces nada tiene que ver con la época actual. López Caro no presenció, que sepamos, escenas como las que se han dado en el vestuario de Arbeloa. Si las ha visto y no ha actuado de forma contundente, algo para lo que está facultado, es que después de sentir que sus hombres no han corrido lo suficiente, ha decidido que se pudran en sus propias miserias.
El entrenador, que se definió como un soldado del club, colmó de elogios a Vinicius al llegar, fuera por orden, consejo o convicción, con el objetivo de recuperar emocionalmente al jugador más diferencial, junto a Mbappé. La realidad es que otros también lo necesitaban. Los que corren. Ahora dice Arbeloa que los rivales corren más que sus jugadores. Normal. Para hacerlo se necesita creer y sentirse querido. Desengañado, mastica el rencor en esta cuenta atrás que todavía puede empeorar. Entre perder y descomponerse hay diferencias.
Arbeloa, en rueda de prensaEFE
Uno de los que no se ha sentido querido por el entrenador es Carvajal, y eso ha sido clave para la atmósfera del vestuario, que perdió la voz del gran capitán. El brazalete pasó en el campo a Valverde, un tipo introvertido, de pocas palabras y con ataques de ira. Ya tuvo uno con Baena, al que agredió en el parking, una vez duchado, por algo que supuestamente le había dicho contra su familia en el terreno de juego. El club no tomó ninguna medida por una acción que no puede tolerarse en sus instalaciones, sean cuales sean las circunstancias. Tampoco lo hizo con Vini tras sus protestas contra su entrenador en el clásico. Mal asunto. Veremos qué sucede ahora con Valverde y Tchouaméni, más allá de un expediente protocolario o la posible baja del uruguayo por prescripción médica.
Las pruebas del deterioro del vestuario no están únicamente en lo que ocurre, sino en lo que se cuenta. Todo. La solución fácil es dirigir el foco del 'casting' para el banquillo hacia el modelo de entrenador-látigo. Una estupidez. Los jugadores de alto nivel se ríen de los látigos. La gravedad de la situación actual, sin jugadores con la autoridad moral de Modric o Kroos, ni pacificadores como Ancelotti, exigen que el elegido para la reconstrucción sea claramente reforzado por Florentino como hasta ahora sólo hizo en una ocasión. El presidente está desgastado por el tiempo, como toda su guardia de corps, angustiada por el futuro, pero esta vez no se va a marchar, pese a haber escuchado pitos en el Bernabéu.
Esta crisis no se soluciona con un cambio de cromo en el banquillo. Es más profunda. La llegada de Xabi Alonso se produjo, precisamente, para reconducir a un equipo que se había adocenado en el último año de Ancelotti, según el análisis del propio club. Después de amortizarlo en meses, ahora se pelean, cuchichean, se delatan, ríen y algunos dejan de correr. La reconstrucción exigirá también dinero, mucho, porque hay futbolistas sobrevalorados, y eso preocupa en un Madrid que busca ingresos, pero el dinero sin autoridad acabará en las mismas hostias, porque ya no se comen pipas.
¡La pelota, a la mierda! Fue el primer grito de Diego Pablo Simeone cuando llegó al Cerro del Espino, lugar de entrenamiento del Atlético. Primero el orden, después el movimiento, porque el segundo sin el primero es un caos. El Atlético que encontró el argentino era como el puzle del que se han caído todas las piezas al suelo. La obsesión por la posición conecta a entrenadores que parecen estar en las antípodas, como Simeone y Johan Cruyff o su discípulo Pep Guardiola. La realidad es que no están tan alejados, porque la pelota, como la Tierra, es redonda y se mueve. Una vez ordenado, todo equipo necesita a quien conozca las leyes de ese movimiento, indescifrables para la mayoría, a su Galileo. Esta madurez de Antoine Griezmann nos ofrece, posiblemente, la mejor versión de esa representación en los 14 años de la era Simeone, de nuevo frente al Rubicón de la Champions. Es un Galileo que ha conocido la gloria y que ha sobrevivido a sus errores y a intrigas propias de la Inquisición, más convencido que nunca de lo que siempre se susurró a sí mismo, fuera en el Calderón como en el Stade de France: Eppur si muove. Y, sin embargo, se mueve.
«Hemos tenido un genio del fútbol. Nos daremos cuenta con el tiempo. Ojalá que Dios y el destino le den lo que está buscando». Galileo, condenado a cadena perpetua, conmutada por una especie de arresto domiciliario, por los supuestos intérpretes de Dios en la tierra, y ciego no pudo escuchar los elogios que le llegan a Griezmann de todas partes. En el caso del hombre de ciencia hicieron falta siglos. Por una vez, el fútbol despide con amor, no con odio, en perfecta coordinación el Atlético con su nuevo destino, Orlando, a la nueva estrella de la Mayor League Soccer.
Simeone da instrucciones desde la banda.JOSE JORDANAFP
"Si no corres, vas fuera"
Las reiteradas palabras de Simeone sobre el francés se condesaron precisamente en una emocionante declaración de amor antes de enfrentarse al Barcelona en la Champions. «Te quiero», proclamó, con los ojos húmedos, y añadió: «Pero si no corres, vas para fuera».
Al Cholo se le quiere corriendo, hecho que todavía otorga más mérito a la adaptación de este futbolista a un hábitat para el que no parecía predestinado por sus condiciones. Lo mismo ocurría en Francia, país que tuvo que dejar porque la competencia física con los futbolistas de raza negra le apartaba de las primeras selecciones de los técnicos en su periodo de formación.
«Siempre estaré agradecido a la Real Sociedad, porque apostaron por mí cuando no lo hacían en mi país», afirma el jugador. Años después, en 2018, Griezmann sería el epicentro de la conquista del segundo Mundial para Les Bleus y del final de los complejos por el peso del 98 para varias generaciones de futbolistas franceses.
«Antoine, tengo que decirte algo. Gracias por todo lo que has hecho por el fútbol francés, la selección y el fútbol en general. Me has dado mucho», afirmó Thierry Henry en directo, en el plató de CBS Sports, después de que el Atlético eliminara al Barcelona. Griezmann ya no estará sobre el césped en el Mundial del próximo verano por decisión propia. La suya ha sido una relación de encuentros y desencuentros con el fútbol francés y la selección, sea por sus complicados inicios o por la decisión de Didier Deschamps de ceder a la petición de capitanía por parte de Kylian Mbappé, hecho que precipitó la primera renuncia a Les Bleus de Griezmann. El regreso nunca fue lo mismo. «Estaré en la grada con mi hijo y la camiseta de Francia», dice, sin rencores.
Griezmann, durante el partido contra el Arsenal.JAVIER SORIANOAFP
El hombre que, hoy, le dice «te quiero», ayer le hizo padecer. El salto de la Real Sociedad al Atlético le obligó a un periodo de adaptación que ha acabado con más de uno. Es la mili del Cholo. Pasado ese tiempo, Griezmann no sólo se adaptó al ecosistema futbolístico, también al emocional, incluso con el mate en las manos. El crecimiento le llevó a uno de los mejores contratos de la Liga, 20 millones al año libres de impuestos, y a la ambición por «sentarse a la mesa de Messi y Cristiano», legítima, pero también a la confusión. El error no estuvo en la decisión de irse al Barça tanto como en las formas de hacerlo, con dos intentos cargados de indecisiones y polémicas. Dejó a la vez a Simeone y al hombre que había custodiado con criterio su carrera, el agente Iñaki Ibáñez, y se enredó en un laberinto en el que aparecían familiares y abogados que pedían lo suyo. La chapuza costó dinero al futbolista y al Barcelona de Josep Maria Bartomeu, y todavía tiene recorrido en los juzgados.
El 'Santo Oficio' de Messi
Las intrigas de los despachos no eran menos en el vestuario, a ojos de Griezmann, que sentía que lo miraban con celos por haber ganado el Mundial, desplazado por el Santo Oficio de Messi. No todo eran maravillas en el país de Leo. La vuelta al Metropolitano fue como la de un penitente, de rodillas, con los brazos en cruz y sin condiciones.
A los 35 años, los partidos de Griezmann se han convertido en una especie de cátedra en el Metropolitano. El francés ha dado pasos atrás para convertirse en un organizador ofensivo colosal. «Cada balón suyo mejora al equipo», reconoce Simeone. Lo hace sin perder su capacidad de llegar al área, al gol.
Griezmann no es el primer caso de delantero que al retrasar su posición, despliega su visión y calidad. No es lo mismo hacerlo con el aliento del rival en el cuello a que varios metros. Lo vimos con Juanito en su madurez, en algún partido del otoñal Raúl, en el autodestructivo Wayne Rooney o en el incansable correcaminosSweinsteiger cuando se plantó en los medios.
Todos conocían las leyes del movimiento tanto como Griezmann, que intentará mover el balón como si fuera la Tierra para provocar un eclipse en el Emirates de Londres. Si lo consigue, cuando el sol alumbre de nuevo encontrará al Atlético en Budapest.
No habrá pasillo, un pasillo humillante para el Madrid. Habrá clásico. Menos morbo y más fútbol. Buena cosa. El título del Barcelona va a caer como las campanadas, pero todavía estamos en los cuartos y al menos el siguiente se ha puesto interesante. El único pasillo en Cornellà fue el que trazó Vinicius, indescifrable, como una cobra en el área, para lograr dos goles de bandera, por el amago en el primero y por el golpeo en el segundo. Gonzalo, sutil, y Bellingham, de tacón, intermediaron en dos acciones que sacaron al Madrid del tedio, entre su inapetencia inicial y la impotencia de un Espanyol que vive de las rentas, pero obligado cada jornada a mirar la peseta, como se decía antes. Casi media vuelta sin ganar es insoportable y le lleva a una situación límite. El Madrid, pese a la victoria, mira los euros en millones por lo que viene y por lo que se queda: Vinicius.
Si Hansi Flick vio el partido en pijama o se acostó después de bajar al perro sólo lo saben el técnico alemán y su señora. La cancelación de la función del Mago Pop le obliga a buscar otro día para asistir a la función. No será la semana que viene, ante un clásico en el que le vale empatar, pero que cobra un interés especial. Si el Madrid apretó, después de conjurarse con su melé en el centro del campo tras el descanso, algo que nunca hace, para evitar el pasillo, lo mismo hará para intentar que el Barça no cante el alirón en su presencia. La victoria en el Camp Nou sería, pues, como un título de chocolate en este año sin azúcar en el Bernabéu, sólo sal en el café.
Arbeloa, con todo
Arbeloa hará una alineación para ganar, quién sabe si ya con Mbappé, como la hizo en Cornellà. La atomésfera y la motivación no serán las mismas. El entrenador puso todo lo que tenía. Valverde volvió a explorar su terreno, el del nueve, como en aquel partido contra el City que supuso su mejor obra y hoy parece cosa del pasado. Brahim, entre líneas, en una posición donde puede sacar más partido a sus condiciones, a sus giros, sus pases y acelerones, y Thiago Pitarch en todas partes.
El canterano es la aportación de Arbeloa el breve. Veremos si lo que viene lo encuentra en el mismo lugar. Difícil. El Madrid afronta una reconversión que precisa garantías, y eso pasa por futbolistas. Dos años sin títulos de tronío, apenas una Supercopa de Europa, es ridículo para un club que no se entiende sin la victoria. Un tercero sería insoportable y peligroso en las alturas. Florentino Pérez ya ha escuchado gritos de dimisión en el Bernabéu. Cuidado.
En minutos quedó claro que lo importante no eran las piezas, sino la tensión con la que se plantaron sobre el césped. Escasa. No había llegado el minuto cuatro cuando el Espanyol ya había llegado tres veces al área de Lunin, aunque sin precisión. Iba a ser la cruz del equipo de Manolo González, que tuvo en los disparos de Terrats algunas de las escasas oportunidades, pero Lunin y la espalda de un compañero evitaron el gol. Más clara fue la de Cabrera tras un saque de esquina a la inglesa. El defensa cabeceó hacia atrás y los reflejos del ucraniano le hicieron saltar como si le hubiera dado la corriente. La ocasión cerró un primer tiempo entre la inacción y la frustración.
Conjura tras el descanso
Pocas cosas más habían pasado con la pelota en el primer tiempo, salvo por alguna carrera de Bellingham y la lesión de Mendy. La serie del francés es como una película de terror. Un déficit que el Madrid arrastra desde ya un largo tiempo, porque ni Carreras ni Fran García tienen su nivel defensivo.
Sin la pelota, pasaron algunas más, todas con Vinicius de por medio. El brasileño protestó desde el primer minuto, insistente, como si estuviera fuera de sí. La primera amarilla hizo temer lo peor, como las miradas de Gil Manzano. En una de ellas, el colegiado se equivocó al expulsar a El Hilali. El VAR rectificó la roja y puso a Vini al límite. Estaba en el alambre. De un lado u otro. El descanso le dio la paz para elegir el correcto.
Arbeloa movió el banco para dar minutos a Gonzalo y Mastantuono, y el primero intermedió en un gol de Vinicius a lo grande. El Madrid se activo frente a un Espanyol enfrentado a sus dudas sin respuestas y al abandono de la grada. Vini volvió a moder el gol y acabó como quiere empezar en el Camp Nou. No hay Liga, hay clásico.