Vinicius marca y baila camino de los octavos de la Champions

Vinicius marca y baila camino de los octavos de la Champions

Vinicius juega contra todos y contra todo. Contra los rivales. Contra el racismo. Contra la irregularidad de su propio equipo. Contra sí mismo. Demasiados desafíos, quizás, pero desafíos estimulantes, sea en el gol, la protesta o el bailecito junto al banderín, como si lo hiciera junto a una garota. Ese Vini en estado puro es el que ha conocido el Benfica, con dos goles de categoría en esta eliminatoria, uno de Da Luz y otro en el Bernabéu, la ira por un presunto insulto, las miradas provocadoras y la samba. La Champions ya lo conoce, la Champions que ya ha ganado y lo aguarda, en octavos, no solo contra Sporting de Lisboa o Manchester City, posibles rivales del Madrid. Contra todos.

Hay algo de narcisismo en el brasileño y en eso tiene a quien parecerse. En esto del fútbol, sobra. Que se lo pregunten a José Mourinho. Special One, en la victoria o la derrota, jugó al escondite y Prestianni jugó a no jugar para que lo hicieran los suyos, después de una sanción que era como un pacto a dos, Benfica-UEFA. Una vez descargada la atmósfera, había que jugar, y para eso este Madrid tiene problemas. No es una novedad.

Dificultad en la construcción

La dificultad en la construcción del juego se ha convertido ya en un problema sistémico que enlaza las últimas noches con Ancelotti con la era de Xabi el breve y la itinerancia de Arbeloa, enjuto e hierático, como un personaje de El Greco. Como el 'Caballero de la mano en el pecho', ante la duda se señala el escudo. Todos sabían y todos saben lo que pasaba, pero todos dijeron «¡señor, sí señor!»

También lo sabe Mou, un especialista en hacer malo a los contrarios. En el Bernabéu elevó la presión, hecho que agravó los problemas del Madrid en la salida de la pelota, y ajustó muy bien a los suyos en el repliegue. En esas circunstancias y sin Mbappé, lesionado, era más necesario que nunca encontrar a Vini.

El brasileño asumió el rol, pero en la banda encontró a lo mejor del Benfica. Dedic ya redujo mucho las opciones de Vini en Da Luz, aunque sin poder impedir la explosión de su gol en la ida. En el Bernabéu fue un hueso, aunque no siempre pudiera detener al brasileño, letal en el desenlace, y un peligro en el despliegue de los portugueses.

El bosnio es, a sus 23 años, un futbolista muy interesante, al que seguir. No es la única arma del Benfica, con el otro Araujo en la zona de los centrales, Richard Ríos en los medios, el incansable Barreiros, Rafa Silva y el rápido Schjelderup o el tormento de Pavlidis, que exploró con intención los espacios libres entre los centrales y Trent. El inglés es el guante del Madrid a balón parado, pero a su espalda no está de más dejar unas crucecitas.

La del Benfica es una nómina muy lejos de la del Madrid por calidad, pero la sensación de equilibrio que ha dejado se debe a su entrenador y a la falta de un entrenador estable en el Madrid. Poco más se le puede pedir a Arbeloa, que sigue con la mano en el pecho y ha alcanzado los octavos, que ya estaban en el guion, tras pasar por un inesperado play in. Al menos, no es un pecho frío.

Los imposibles de Courtois

El Benfica se adelantó en el marcado porque mejor fue su puesta en escena frente a un Madrid incómodo. Quizás una atmósfera cargada le habría ido menor para inyectarle adrenalina. Pavlidis encontró metros en la derecha y su centro lo interceptó Asencio, pero para inventar un remate peligrosísimo a su propia puerta. Courtois reaccionó al fuego amigo como lo haría más tarde al fuego real, enemigo, ante un disparo durísimo y colocado de Ríos. El rechace, sin embargo, encontró de frente a Rafa Silva, que en dos tiempos logró lo que ya era inevitable.

Con la eliminatoria igualada, las dudas que el Madrid se trajo de Pamplona, ya sin liderato de la Liga, y un rival sin miedo escénico alguno en el Bernabéu, la situación era peliguada. El gol de Tchouaméni, a los dos minutos, fue, pues, como un Lexatín, pero en vena. El único error en una entrega hasta entonces del Benfica dio la oportunidad al Madrid de atacar el área con más gente. Valverde progresó hasta el fondo y Tchouaméni se frenó, con toda la intención. El pase del uruguayo lo encontró en la posición perfecta. El golpeo fue preciso, medido.

Sólido y asistente Valverde

El gol no es ajeno al francés, como ha demostrado en el pasado, pero su posición, hoy, más atrasada, le aleja de la zona erógena. No hay quien lo mueva. En esta eliminatoria y durante toda la temporada, es de lo más respetable. También lo fue Valverde, cuyas conducciones no necesitan de la regularidad del equipo. Suyas fueron las dos asistencias.

El empate dio al Madrid más tranquilidad y más balón, pero el hombro de Gonzalo le privó de una ventaja mayor después de que Güler encontrar la red tras un quilombo. Lo conservó tras el descanso, aunque la crecida del Benfica, que se sostuvo sin cambios casi hasta el final, aumentó el compromiso, hasta que un robo permitió a Valverde encontra a Vini en el espacio. Corrió y definió, preciso, para llevar la calma al Bernabéu e irse al banderín. No bailó una Samba para tí. Es una samba contra todos.

Caso Prestianni: el apoyo a Vinicius no admite peros

Caso Prestianni: el apoyo a Vinicius no admite peros

Es difícil respetar como líder de la lucha contra el racismo en el fútbol a un adulto que esprinta para chivarse al profe, señalando y todo, como si fuera un niño de seis años. Es frustrante respaldar sin fisuras a quien se pasa la vida tocándose con prepotencia las Champions de la camiseta, buscando el enfrentamiento con la grada rival y diciendo a compañeros de profesión que cobran la décima parte que él que se van a Segunda. Es incómodo apoyar a una persona que no te gusta; con lo sencillo que resulta cuando, en vez de Vinicius, hablan Mbappé o Henry.

Es difícil, es frustrante, es incómodo... y es necesario. Sin fisuras ni peros. Te sientes un poco sucio por fuera, pero mucho más limpio por dentro. Es lo justo.

En la semana que ha pasado desde el incidente entre Vinicius y Prestianni, el antimadridismo (media España, vamos) se ha volcado en encontrar excusas que pongan en duda lo que han visto con sus propios ojos. Si la víctima fuera cualquier otro futbolista, la secuencia habría desatado una repulsa unánime. No hay pruebas, ya, pero los indicios, los gestos y las reacciones nos hubieran bastado para condenar al argentino sin atisbo de duda si el afectado jugase en nuestro equipo. Ni ensayando se puede parecer más culpable. Por cierto, la cosa no mejora si en vez de "mono" le llamó "maricón", pero la homofobia en el fútbol está aún más normalizada que el racismo. Es un mundillo lamentable, no les voy a mentir.

El caso es que, como Vinicius (nos) cae mal, cierta indignación se ha girado ("¡Están linchando a Prestianni! ¡Quieren acabar con su carrera! ¡Bailó!") en aras de una presunción de inocencia que no respalda ni una sola de las actitudes posteriores del jugador ni del Benfica. Es cierto, también, que resulta curioso ver en el otro bando a tanto vocero de la teoría del reemplazo intentar erigirse en Martin Luther King, pero, bueno, de eso hay que reírse y darles la importancia que tienen: ninguna.

Lo fundamental aquí es que una persona sufrió un ataque racista en pleno partido y todos lo sabemos, aunque algunos no quieran reconocerlo. La UEFA no puede permitir que quede indemne escondiéndose tras algún regate burocrático para lavarse las manos o imponiendo un castigo meramente cosmético a Prestianni. Eso le haría cómplice. Por eso, esta suspensión cautelar es sólo un paso. Necesario, pero insuficiente.

No hay dios que aguante a Vinicius en un campo de fútbol, pero si tu respuesta a sus 'boutades' es llamarle mono eres dos cosas: racista e imbécil y te mereces estar mucho tiempo leyendo, en vez de jugando a la pelota. Es sencillo. Y sin peros.

Vinicius liquida al Benfica en medio de otra polémica racista

Actualizado

No sucumbe el Real Madrid en el caos, sólido y bien armado, aunque tampoco saca ventaja. Benfica salió demasiado vivo de un duelo dominado por el equipo de Arbeloa que abrió y cerró Vinicius. Marcó el brasileño un tanto de bandera y, justo después, el racismo se cruzó en su camino para adueñarse de un duelo que queda abierto para el Bernabéu. Y eso que la superioridad blanca fue indudable. [Narración y estadísticas: 0-1]

El Real Madrid jugó hasta el minuto 50 sin apresurarse lo más mínimo. Dejó que el Benfica descorchara el partido con unos minutos locos que encendieron a la grada y que fue apaciguando conforme pasaban los minutos. Aquel equipo que se descosió hace tres semanas ya no existe. Lo advirtió Mourinho y no se equivocó. No tembló ante las diabluras que le propusieron Dedic y Prestianni, con apariciones fugaces de Rafa Silva y los intentos de Aursnes de lanzar transiciones demoledoras. Les fue imposible. Este Madrid se ha transmutado en un equipo solidario, que se sacudió cualquier duda conforme iba madurando y adueñándose de la pelota. Lo único que le faltó fue colmillo. Mbappé fue el primero en probar a Trubin con un disparo que nació de la sociedad perfecta que formaron Carreras y Camavinga en la orilla izquierda. El francés como sombra del lateral, convertido en un puñal. Respondió Benfica con un testarazo de Araújo a centro lateral que atrapó Courtois.

A los 20 minutos, el conjunto blanco estaba ya engrasado para armar un ataque casi perfecto. Trent filtró un pase a Valverde al lateral del área, el uruguayo se la puso a Vinicius para que, a la media vuelta, la golpeara rozando el palo. Enseñaban el colmillo, pero no asestaban el bocado. Lo mismo que le ocurrió al Benfica cuando una diablura de Prestianni dejó a Aursnes un tiro franco desde la frontal que salvó la mano, un día más, milagrosa de Courtois. Para entonces, el partido se estaba vistiendo de madridista y, justo antes del descanso, pudo caer definitivamente a su favor con hasta cuatro ocasiones consecutivas. Desató un vendaval que todos los quilates de la delantera no pudieron aprovechar.

Trent se soltó por el carril derecho para dibujarle un centro raso a Mbappé que el francés, en el punto de penalti, no llegó a empujar por milímetros. Primer aviso. El segundo llegó por el otro costado, con Carreras asociado con Vinicius y el brasileño dando un pase atrás a Kylian, que no engancha portería. En el tercero apareció Trubin para frenar otro disparo del francés tras una conducción espléndida de Camavinga.

En la segunda mitad, el partido acabó en Vinicius, en una secuencia demasiado repetida. El brasileño cruzó un disparo soberbio para batir a Trubin en el minuto 50 y se fue a celebrarlo al banderín del córner. Encendió el estadio, vio una amarilla, pero también a Prestianni. Se tapó la boca el argentino, pero salió Vini como una exhalación a buscar al colegiado Letexier para denunciar que le había llamado «mono». Le creyó el francés, activó el protocolo antirracismo, bloqueó el duelo diez minutos y amagó el brasileño con quedarse en el banquillo. Lo calmaron las palabras de Mourinho y el sosiego que le pidió Arbeloa, aunque tuvo que volver al campo bajo una constante pitada.

El partido se descolocó... y cambió el guion porque, sin perder la solidez, el Real Madrid no supo cómo hundir más al Benfica con el marcador a favor y con un Vini que no se arrugó en ningún momento y a quien su entrenador, lo dejó en el campo sin miedo. Buscaban correr los portugueses y Tchouaméni, que se multiplicó barriendo todo el centro del campo sin permitir que crecieran las águilas a la carrera, como tanto les gusta, empezó a verse solo. Se acercaron los lusos buscando un empate que les diera vida en los instantes finales, en especial con una falta en el 85 que, protestada por Mou, le costó la expulsión. No estará en la banda del Santiago Bernabéu.

El peor Madrid desde la era Mou

El peor Madrid desde la era Mou

El peor baño que sufrió el Madrid en Lisboa no fue de agua ni de fútbol. Fue de realidad. Después de los brotes verdes ante Mónaco y Villarreal, el equipo regresó a Albacete, aunque con una lectura peor. Si en la Copa pudo sufrir falta de motivación, en la Champions el problema fue más grave, al tratarse de falta de recursos, individuales y colectivos. Courtois y Mbappé no bastan, y de Vinicius nunca se sabe si va a coger el teléfono. El belga y el francés son el sur y norte del Madrid, hoy el único modo de orientarse con seguridad para los aficionados y hasta para el entrenador. Entre ambos, un Madrid hipotenso, pero también lejos, muy lejos, de la calidad de sus mejores tiempos.

El Benfica no es mejor que este Madrid, pero su nivel de agresividad, no juego sucio, concentración y ambición desbordaron a un equipo con los nombres de siempre en el terreno de juego, aunque sin plan ni alternativa. La situación no puede achacarse a Arbeloa, que acaba de llegar al banquillo, y coloca a los mismos jugadores, aunque un enfoque distinto al de Xabi Alonso. El resultado, sin embargo, es el mismo. No. Peor. El tolosarra fue destituido, de "mutuo acuerdo", con el Madrid en la Copa y el Top 8 de la Champions, y, hoy, está fuera de la competición doméstica y de la 'first class' europea. La realidad no para ponerse susceptible, como le ocurrió a Arbeloa.

Sin embargo, hay que profundizar en el calado de las causas, en el diseño de una plantilla con carencias estructurales. En concreto, en la creación de juego, además de en posiciones sin el nivel de tiempos pasados, como la defensa, más allá de las lesiones. De eso hay que pedir responsabilidades en otra ventanilla, en el piso de arriba.

Mourinho las detectó bien y mandó a sus jugadores a castigar las zonas más débiles del Madrid, con continuas cargas del área. Lejos de la etiqueta defensiva del portugués, su Benfica fue tremendamente ofensivo, no sólo por las necesidades de su equipo, también por las carencias ajenas. Una de las virtudes de Mou es hacer peor al contrario. Al Madrid lo llevó a una de sus peores versiones europeas en mucho tiempo.

Observar la mediocridad del Madrid y la intensidad de un Benfica pletórico ha vuelto a activar la nostalgia que una buena parte del madridismo siente por el portugués. El tiempo blanco de Mou es pasado, como él mismo ha dicho. Un tiempo controvertido y polémico, en lucha contra el mejor Barça de la historia, pero con un Madrid cuya calidad no tenía nada que ver con la del actual, con Casillas o no, Sergio Ramos, Pepe, Marcelo, Xabi Alonso, Modric, Benzema, Cristiano o Di María, los futuros campeones de muchas Champions. El Madrid del presente es el peor Madrid desde entonces, con permiso de Courtois y Mbappé.

Mourinho, reventado por su propia autodestrucción, no sobrevivió para vivir en el banquillo blanco el cabezazo de Sergio Ramos en Da Luz, llave de la Décima. Al menos, en el mismo lugar celebró el de Trubin para seguir en esta Champions. Sin una plantilla como la que tuvo en su etapa, el Madrid necesita un mensaje parecido al que recibió el Benfica antes del partido. Eso no quiere decir que necesite a Mou ni a un Mou de marca blanca.

El reencuentro con Mourinho para los nostálgicos de la irreverencia, el orgullo y la ira: herencia, ocaso y conexión con el presidente

El reencuentro con Mourinho para los nostálgicos de la irreverencia, el orgullo y la ira: herencia, ocaso y conexión con el presidente

«Nunca amamos a alguien en concreto. Amamos tan sólo la idea que nos formamos de alguien». El madridismo que ama a José Mourinho, y que empieza por su presidente, lo hace por lo que dejó escrito Fernando Pessoa: ama lo que Mou significó en una etapa crítica. Un tiempo que fue de los aplausos en el Bernabéu a Ronaldinho por parte de un señor con bigote a ver el propio estadio arrasado por el paso de un Atila con zapatillas de ballet. Era Pep Guardiola. Mourinho también lo padeció, pero acabó por llevar a la implosión a su antónimo hasta derrotarlo, hecho que inflamó el orgullo de buena parte del madridismo, aunque fuera a costa de minar el campo con la irreverencia y la ira. El portugués se marchó, desgastado por su propia cruzada, pero la ira se quedó entre nosotros. La nostalgia no siempre es por amor.

La saudade, la nostalgia, es un sentimiento muy portugués. Está presente en los personajes de Pessoa como en los de Eça de Queiros u otros grandes escritores lusos, aunque Mourinho tenga poco que ver con el introspectivo Bernardo Soares, protagonista del Libro del desasosiego. Mou es The Special One, el mejor actor del fútbol, aunque ya sólo un gran entrenador en su invierno.

La nostalgia por el pasado de blanco es mayor por parte de una legión de fieles madridistas que por el propio técnico, cuya saudade es únicamente de sus tiempos de gloria. La realidad es que no los vivió en el Bernabéu, y no sólo por los títulos. También por el feeling. Mou se sintió en su salsa en la Premier, porque en Inglaterra era el personaje de una comedia. Aquí lo convertimos en el personaje de una tragedia, algo muy español. El error fue nuestro.

La superioridad moral del Barça

La era de Mourinho en el Madrid no fue únicamente la de los insultos o el juego extremo y duro. También la de la rebelión frente a un Barça que, además de dominar en el campo, se había situado en una posición moral de superioridad. Era el marketing de los valors. El caso Negreira y los audios de Piqué con Rubiales para repartir el oro de Arabia demostrarían que quienes predican desde atalayas morales suelen tener los pies en las cloacas.

El reencuentro del Madrid con Mou, el miércoles en Lisboa, evoca, pues, esa nostalgia en un tiempo que se asemeja en algunos aspectos al momento en el que llegó el portugués al banquillo del Bernabéu. La crisis deportiva y el dominio del Barcelona durante la temporada pasada invocan la necesidad de invertir la tendencia, aunque para ello haya que «poner una bomba». Es lo que dijo Mou en privado ante la superioridad, entonces, de los azulgrana. La puso. Los resultados fueron evidentes, al destruir al rival, aunque sin conseguir todos los objetivos esperados. Los efectos colaterales, con deterioro de la imagen del club y división, también.

El Madrid ha escogido para salir de su crisis actual a un mourinhito, después de destituir a otro de los entrenadores que, como futbolista, más conexión tuvo con el portugués. Sin embargo, como dijo Arbeloa en la más atinada de sus declaraciones, si intentara imitar a Mou, fracasaría. En lo suyo es único, el «puto amo».

Mourinho, durante un partido del Benfica.

Mourinho, durante un partido del Benfica.ALESSANDRO DI MARCOEFE

Veremos a ese Mourinho antes, durante y después del partido de Champions, porque el personaje necesita más que nunca de sus artes, dado el desequilibrio que existe, hoy, entre el Benfica y el Madrid, por irregular que esté el conjunto blanco. La primera indirecta la dejó al expresar su sorpresa por el hecho de que entrenadores sin experiencia accedieran al banquillo de grandes clubes. Arbeloa no respondió. Acertó.

Asesor en la distancia

«No cuenten conmigo para telenovelas», manifestó el portugués cuando le preguntaron si estaba entre las soluciones para el Madrid, después de la destitución de Xabi Alonso. La realidad es que no ha estado en el debate de las alternativas, aunque jamás haya dejado de ser como un sueño húmedo para Florentino Pérez, en especial en noches de tormenta. El contacto entre ambos ha permanecido, en ocasiones hasta como un asesor en la distancia.

Florentino encontró el éxito después de Mou. De hecho, el mayor de su era, con las tres Champions de Ancelotti, en dos etapas, y las tres de Zidane, dos apuestas suyas y dos personajes de su cabecera. Pero ni el francés ni el italiano hicieron seguidismo de su línea argumental en las guerras del presidente y el club. Tampoco en el maniqueísmo y la división. La que aparecía entre madridistas y «pseudomadridistas» fue acuñada por Mou.

Al portugués le ha ido peor desde que dejó el Madrid. Lo mejor de su carrera, las Champions con Oporto e Inter, fueron anteriores. Volvió a ganar la Premier con el Chelsea, un club con una afición a fuego, donde su estilo encajaba a la perfección, pero no alcanzó la gloria en uno de sus destinos más esperados, Old Trafford, y tampoco encontró el momento para ocupar el banquillo de Portugal. La Eurocopa conquistada en 2016 habría sido uno de sus grandes hits. En cambio, la conquistó alguien que no se parece en nada a Mou. Fernando Santos se había escapado, realmente, de un libro de Pessoa.

Arbeloa, entrenador del Madrid.

Arbeloa, entrenador del Madrid.J.J.GuillénEFE

El Benfica es su último destino, por el momento, pero no un destino más, porque Mou es benfiquista de corazón. Se trata del club de sus orígenes, en el que se formó. El entrenador, que hoy cumple 63 años, fue la baza electoral del actual presidente del Benfica, el ex jugador Rui Costa. Una gran figura para el banquillo del club que más estado de opinión crea en el país. Los resultados no han llegado, lejos del Oporto, líder. Las lesiones han minado a un Benfica en el que Mou hizo voto de prudencia al llegar, pero nadie puede ir contra su naturaleza.

Eso es lo que dijo Arbeloa con respecto a sus futbolistas tras la victoria en La Cerámica, un test de calidad que salvó el técnico. La declaración tiene una parte de sensatez y otra de capitulación para un entrenador que quiera desarrollar su obra. Como si el Madrid fuera El libro de la selva, aunque Vinicius no se parezca en nada a Mowgli ni en esa selva resuene, hoy, un grito como el de Mou, para lo bueno y para lo malo.

Vinicius revive en un partido redondo ante el Mónaco bajo el efecto balsámico de la Champions

Vinicius revive en un partido redondo ante el Mónaco bajo el efecto balsámico de la Champions

La Champions trajo su bálsamo a un Bernabéu con las heridas en carne viva. Un bálsamo con componentes muy indicados para los males del Madrid. En primer lugar, porque el regreso a la competición que da sentido a su historia siempre impone solemnidad, y en la solemnidad no encajan los pitos. En segundo, porque no todos los que pitan estaban, con un público más heterogéneo en el paisaje europeo que en la Liga. Como si el tendido del 7 de las Ventas se llenara de "guiris". El equipo necesitaba esa atmósfera esponjosa tanto como los espacios que dejó un Mónaco naif, atrevido en ataque pero hipotenso en defensa, que no está como cuando empezó el torneo. Para Vinicius, Mbappé y el resto fue como volver al paraíso perdido.

Cuajó, pues, el Madrid un partido redondo (5-1) y en paz que consolida al equipo en el 'Top 8'. Es donde lo dejó Xabi Alonso, pero después de lo de Albacete cualquier cosa podía ocurrir. El Madrid pudo correr, como le gusta. Lo hizo con muchísima precisión, como demuestran los dos primeros goles, en transiciones precisas, con interactuación de la mayor parte de los futbolistas de ataque y finalización de Mbappé. Eran los episodios de juego más brillantes del Madrid en tiempo, y eso debe ser un punto de partida para Arbeloa, enredado en sus declaraciones. Si lo que sucedió ante el Mónaco se debe ya a su trabajo, que calle y continúe. Serio en la banda, observó, aplaudió, abrazó a Vinicius y dio sus primeros minutos al canterano Meso.

Buena presión

El Madrid corrió pero también presionó, de principio a fin. El Mónaco no lo soportó. El conjunto del Principado está en la zona templada de la Champions, pero muy lejos de sus buenas épocas. Llegaba al Bernabéu después de cuatro derrotas consecutivas. El regreso de Pogba debía ser el mástil de su proyecto. Ausente en el Bernabéu, de momento es un fiasco. La apuesta por Ansu Fati, situado detrás de Balogun, un delantero físico e incómodo, apenas devuelve la sombra del futbolista que asombró con su irrupción en el Barcelona. La rodilla ha sido el peor de sus rivales.

Arbeloa volvió a utilizar a Valverde como lateral y colocó a Camavinga en la banda izquierda. Las bajas obligan a maniobras que no gustaban en el pasado, ni en la hierba ni más arriba. Güler regresó al centro del campo con Bellingham y Tchouaméni, y Mastantuono apareció junto a Mbappé y Vini. Del centro del campo en adelante, idéntico a lo elegido por Xabi Alonso. Mbappé estuvo en su papel, con dos goles, Vinicius ofreció dos asistencias, al francés y a Mastantuono, y de su centro llegó el cuarto tanto, al introducir el balón en su portería Keher.

El abrazo a Arbeloa

Al brasileño le faltaba su gol, aunque con semejante producción como había hecho, nadie se lo iba a reclamar. Sin embargo, estaba ante una gran oportunidad de redimirse, con más espacios que nunca. Cuando pudo maniobrar en la frontal del área, buscó el instante y colocó el balón en la escuadra. Se giró y apenas lo celebró. Fue en busca de sus compañeros y de Arbeloa, al que abrazó. Nadie le ha dicho tantas veces «te quiero» en los últimos días. La vida de Vini es como vivir permanentemente en un puente. De un lado, el amor; del otro, el odio.

El alto rendimiento fue global, porque, además de Vini y Mbappé, Mastantuono hizo uno de sus mejores partidos como madridista, clave en la acción del primer gol y autor del tercero. Valverde, Mastantuono, Valverde y Mbappé fue la secuencia de ese tanto, impecable. El segundo empezó en la espuela de Camavinga, con Güler y Vini en el trámite antes del tanto del francés. Mejor aún.

El preludio llenó los depósitos de autoestima del Madrid ante un Mónaco que se acercó a Courtois, pero sólo encontró el gol por una frivolidad de Ceballos. En cada paso adelante, dejó su campo lleno de minas ante un Madrid insaciable, que no dejó de robar hasta el gol de Bellingham, sexto en un día de redención.

Ni Lamine Yamal puede evitar el aquelarre al Barça

Actualizado Miércoles, 5 noviembre 2025 - 23:11

La extrema fragilidad que muestra el Barça hace que se antojen muy lejanos los momentos en que, a cada golpe como los que le asestó el Brujas, respondía con una remontada contundente, como un púgil que permite un derechazo a la mandíbula, pero no un segundo. Porque espabila y te machaca. Eso fue lo que hizo Lamine Yamal, emerger en el aquelarre para tirar con orgullo y magia de un equipo que se quiebra con suma facilidad. [Narración y estadísticas: 3-3]

Hansi Flick no encuentra ese gen que la temporada pasada hizo que avanzaran en Champions pisando los huesos de los rivales que se cruzaban en su camino. Cierto es que no está Raphinha ni Lewandowski, que cada balón que tocaban era gol, que Lamine empieza ahora a olvidarse del dolor y a dar chispazos para recuperar su magia y que ha perdido al capitán napoleónico en la defensa que era Iñigo Martínez. En la reinvención, el alemán está viviendo una travesía casi humillante.

No le permitió ni un respiro el Brujas porque conocía perfectamente sus debilidades. La línea adelantada de una zaga poco contundente es un caramelo para extremos veloces como Carlos Forbs. Seis minutos tardó en dar un paso adelante el lateral Sabbe y lanzar a la carrera al portugués, quebrando a Balde y poniendo la pelota al punto de penalti para que Tresoldi batiera a un desahuciado Szczesny. El varapalo provocó que Flick convocara una cumbre en la banda para buscar cómo poner freno a algo que todo el estadio entendió que era una estrategia ganadora de los belgas.

Sin embargo, en dos minutos Ferran empató el partido en una jugada casi calcada. Fermín burló su línea de zagueros y le entregó un pase que, a bocajarro, el valenciano, sin vigilancia, mandó al fondo de la portería. Pareció entonces que el Barça entraba en calor y encerraba a los belgas. Estrelló Fermín un latigazo cruzado con la zurda en el poste y Rashford se sumó al acoso, y los errores, mandando por encima del larguero un remate prometedor.

Tanto se volcaron los azulgranas, y con tan poco acierto, que se olvidaron de que el partido también se jugaba en la otra mitad del campo. Con todos los futbolistas arrimados a la frontal, el Brujas armó una contra como si fuera un pinball y dejó solo, otra vez, a Carlos Forbs para, en velocísima carrera, batir a Szczesny.

Antes de los 20 minutos, el Barça perdía y las sensaciones de que Lamine Yamal empezaba a ser reconocible, que Fermín sigue con el colmillo afilado, no eran suficientes y que Koundé estrelló un remate en el travesaño. El Brujas estaba cómodo y explotaba su capacidad de inquietar, aunque de ese estado le pudo sacar al filo del descanso Ferran, a quien Lamine dejó solo ante el guardameta Jackers sin que lograra hacer el empate. Al Barça le estaban saliendo muy caros los errores en su campo y las imprecisiones en el área de los belgas.

A la vuelta del vestuario, un remate del lateral diestro Seys recordó que hacía falta espabilar. Fue entonces cuando Lamine Yamal demostró que el mal de amores siempre puede ser un estímulo. Con la pubalgia aparcada, se echó el equipo a la espalda intentando diabluras, encarando y buscando el hueco para armar un chut. Suya fue la mejor ocasión, cuando estrelló en el cuerpo del portero belga un rechace cazado a un tiro de Rashford. El empuje aún les duró a los azulgranas para que Éric García saliera de la cueva, se acercara al área y soltara un obús que se estrelló en el travesaño. Tres palos llevaban y tenía que llegar la recompensa.

Solo Lamine Yamal podía metérsela en el bolsillo. Agitó su varita y arrancó en un eslalon infinito sorteando un bosque de piernas en el área hasta que Fermín, con un taconazo, lo encontró para que lograra el empate. A punto estuvo de no durarle ni un minuto, porque Forbs volvió a romper a la defensa y, encarando a Szczesny, falló. Su error lo arregló enseguida marcando el tercero, otra vez haciendo añicos la línea culé. No hay manera de ajustar al equipo para minimizar tanto riesgo.

Buscó Lamine, de nuevo, arreglarlo. Primero, con un disparo de rosca que llevaba su copyright y salvó Jacksers, pero el desastre lo pudo agrandar Anthony Taylor cuando vio penalti de Balde a Forbs. Lo enmendó el VAR, pero aún apareció la joven estrella para inventarse un centro que tocó Tzolis para envenenarse y darle al Barça un punto. De nuevo el videoarbitraje salió al rescate de una pifia de Szczesny.

Los panes y los peces de Courtois no sacian el hambre de la Champions

Los panes y los peces de Courtois no sacian el hambre de la Champions

Los panes y los peces de Courtois no sacian el hambre que necesita esta Champions, en la que al Madrid no le bastan los milagros de su portero. Le dieron un título, en París, frente a un Liverpool mejor al que encontró en Anfield. Pero hablamos también de un Madrid mejor al que por ahora se reconstruye de la mano de Xabi Alonso. Caer en Anfield no es dramático, y menos después de haber ganado los tres primeros partidos de la primera fase del torneo. Lo preocupante es hacerlo sin mostrar apenas amenaza, dominado por un rival grande, pero en un momento de dudas. Después de perder ante el PSG en el Mundial de clubes y en el Metropolitano frente al Atlético en Liga, el Madrid de Xabi Alonso lo hace en Anfield con su portero en figura. Con la Juventus lejos de la primera línea, el Barça es por el momento su única pieza de caza mayor.

Las cuatro intervenciones de valor gol realizadas por Courtois auguraban que habría una quinta. Conviene no pedir ante el altar todos los días ni en todos los partidos. Frente a un Mac Allister a quemarropa ya no quedaban panes ni peces. El Liverpool se puso por delante porque era lo que decía el juego, inapelable, ambicioso, tenso en el caso de los ingleses, pero contemplativo y plano por parte de los madridistas.

Xabi Alonso optó por la exitosa fórmula del clásico, al incluir a Camavinga en el centro del campo. No funcionó, impreciso el francés y superado todo el equipo blanco por el ritmo de juego impuesto por el Liverpool. Apenas Carreras, frente a Salah, respondió en los duelos individuales. Fue de más a menos Vinicius, detenido por Bradley. Estuvo desaparecido demasiado tiempo Mbappé, sin conectar, y la generosidad de Bellingham no encontró socios. Suya fue la única ocasión real del Madrid, la única.

Nada pone en cuestión esta derrota más allá de constatar que el Madrid es ya apto para la velocidad de la Liga, líder con comodidad, pero todavía tiene que acelerar para alcanzar la que imponen los ilustres de la Champions. El intento de hacerlo tras el gol del Liverpool fue decepcionante, porque no generó peligro real y expuso más a Courtois. La tendencia de esos ilustres la marca un Bayern de récord, 16 de 16 victorias en la temporada tras vencer al PSG de Luis Enrique en el Parque de los Príncipes. Eso es caza mayor de verdad.

Las carencias del Barça descubiertas por Luis Enrique: desconexión defensiva, presión desordenada o cuando el talento no basta

Las carencias del Barça descubiertas por Luis Enrique: desconexión defensiva, presión desordenada o cuando el talento no basta

Actualizado Jueves, 2 octubre 2025 - 18:26

La derrota ante el PSG de Luis Enrique ha sido un golpe duro para el Barça. A pesar de la dificultad que entraña medirse nada más y nada menos que al vigente campeón de la Champions, con la supuesta ventaja de que llegaba al duelo en Montjuïc mermado por las bajas, la derrota, tras encajar el 1-2 en el tiempo añadido, les sentó fatal a los azulgrana.

«Creo que hemos comenzado bien el partido, pero, en la segunda nos han impuesto su juego. Hemos perdido el control, hemos perdido balones muy fáciles y, en estas circunstancias, es normal que un equipo así te acabe marcando goles. La autocrítica que debemos hacer es que no hemos jugado a lo que queríamos y nos han impuesto su ritmo», señaló Gerard Martín en la zona mixta.

«Estamos fastidiados. Creo que en la primera parte hemos estado bien, hemos tenido ocasiones y hemos controlado el juego. Cuando nos han marcado el primer gol, hemos bajado la presión. Ellos salían más fácil y, en la segunda parte, fuimos a remolque y nos costó mucho. Teníamos el empate, que servía de consuelo, pero, al final, nos han metido el segundo», recalcó Eric García. De Jong destacaba que esta derrota, aunque dolorosa, «no es determinante».

«Creo que no hemos jugado a nuestro máximo nivel, y eso también es importante en la Champions. El PSG ha merecido la victoria. Esta vez no podemos decir que hemos estado a su mismo nivel. Creo en mi equipo, pero no hemos mostrado nuestra mejor versión», analizó Hansi Flick en la sala de prensa de Montjuïc.

Para el entrenador alemán, la clave de la derrota, además del cansancio que mostraron en la recta final del partido Pedri o De Jong, quienes apenas han tenido descanso, sobre todo en el caso del canario, estuvo en la falta de capacidad para mantener el orden. «No supimos mantener la estructura en la segunda parte. Tenemos que entrenar, mejorar, y creo que esta derrota puede ayudarnos mucho de cara al futuro. Hay que aguantar los 90 minutos, todo el equipo debe defender y atacar a la vez, estar a un gran nivel con el balón, aprovechar espacios, participar en la posesión... Todo el PSG sabía hacerlo y son cosas que tenemos que aprender», recalcó un Flick que, en la previa, ya le dio un leve toque a un Lamine Yamal, que fue de más a menos por unas desconexiones defensivas que le gustaría que corrigiera. En su opinión, no basta sólo con la calidad. También hay que echarle mucho esfuerzo.

El trabajo de Lamine

«Para pasar al siguiente nivel, uno o dos escalones más, hay que esforzarse, no vale con el talento. No se trata sólo de jugar con el balón, también hay que defender. Es lo que necesitamos, de todos los jugadores, no solo de él», recalcó en la previa un Flick que no se cansa de repetir que Lamine Yamal llegará donde se proponga, pero sólo si le suma a sus condiciones innatas muchísimo trabajo.

Ante la Real Sociedad, saliendo desde el banquillo, fue clave para que un Barça un tanto renqueante sellara la remontada y se impusiera por 2-1 a los donostiarras para encaramarse al liderato en una Liga en la que, frente al Rayo, en la tercera jornada, los azulgrana firmaron un primer tropiezo al marcharse de Vallecas con un 1-1 tras ser capaces de adelantarse en el marcador. Ahí, Joan García, ahora lesionado, se encargó de sostener al equipo.

Ahora, muchos se preguntan qué habría pasado si el portero de Sallent hubiera estado el pasado miércoles bajo los palos, sin que eso signifique desmerecer la actuación de Szczesny. También se pregunta si las cosas hubieran sido diferentes de haber podido contadio con Fermín (muy acertado en el arranque del curso) y con Raphinha. E, incluso, si los cambios de escenario (Montjuic y estadio Johan Cruyff) han podido descentrar en gran parte al equipo. Por lo pronto, el Barça ya ha anunciado que su próximo partido como local en Europa, frente al Olympiacos, también tendrá Montjuïc como sede.

Un gol del PSG en el minuto 90 vuelve mortal al Barça en una batalla extenuante

Un gol del PSG en el minuto 90 vuelve mortal al Barça en una batalla extenuante

Actualizado Miércoles, 1 octubre 2025 - 23:16

A tumba abierta, sin mirar atrás y sin miedo. No se esperaba que Barça y PSG propusieran otra cosa que no fuera una batalla hasta la extenuación para, con todo su talento, buscar la forma de golpearse en las áreas hasta sangrar. Empezó el Barça, por momentos lúcido pero otros obtuso, pero fue el PSG quien manejó mejor sus armas para, sin perder fuelle, acabar llevándose la victoria de Montjuïc en el último suspiro. [Narración y estadísticas (1-2)]

No va con Flick ni con Luis Enrique la especulación y en el campo estaban desplegados los jugadores con el fútbol más puro del momento. El primero en mostrarse fue Lamine Yamal, que se atrevió a, con una ruleta, buscar a Vitinha y Barcola y encarar a Nuno Mendes antes de colocar la pelota en el área por donde rondaba Ferran. Solo habían pasado tres minutos de un duelo que, sin tregua, se convirtió en un ataque continuo de área a área manejado por las dos mejores salas de máquinas.

Para saber más

A Pedri lo presionaron hasta agotarle para evitar que sacara la varita, mientras que a Vitinha le aparecían jugones capaces de adivinar sus pases y de robarle la pelota, algo con lo que está muy poco familiarizado el portugués. No tardó en adivinar cómo sacudírselos.

Maquinaria letal

Tras Lamine, las miradas las concentró el central ucraniano Zabarnyi. Primero porque su testarazo a saque de esquina fue la primera ocasión del PSG, pero también porque salvó bajo palos un remate de Ferran tras un pase con el exterior de Lamine entre la defensa y el guardameta Chevalier que olía a puro veneno. La joven estrella del Barça estaba entendiendo que este enfrentamiento merecía espectáculo.

Por eso apareció en la medular, se aprovechó de un error inusual de Vitinha e inició una jugada que pasó por las botas de Pedri y acabó en el costado para que Rashford le entregara un centro raso a Ferran que solo tuvo que empujar. El Barça había golpeado primero, pero imposible recostarse en esa ventaja a los 20 minutos ante una maquinaria que, aunque con serias bajas en ataque, siempre acaba demostrando que es letal. Se les hizo más presente esa reflexión cuando Barcola se plantó en el área y a Szczesny le salvó que se le fue larga en el último toque. Tampoco ajustó la mirilla Dani Olmo en un golpeo que se perdió ajustado al palo de Chevalier. Hasta de córner probaron con remates de Cubarsí, Rashford y Ferran que se estrellaban en los cuerpos de los parisinos haciendo muralla en el área pequeña.

De nuevo tuvieron presente que es imposible contener todo el tiempo a un rival capaz de hacer pagar muy caro un error. Nuno Mendes se cobró el despiste de Koundé para arrancar con la potencia de un avión hasta rozar el pico del área y servirle al jovencísimo Mayulu su primer gol en Champions. El gol generó dudas en el Barça, que sucumbió al empuje del equipo de Luis Enrique, y Barcola volvió a probar un tiro que, ante la presión de Gerard Martí, se le fue alto. Al filo del descanso, volvió a salir del atasco con una cabalgada de Rashford para colocar un centro raso que no empujaron en el primer palo ni Ferran ni Olmo.

Lamine, decepcionado.

Lamine, decepcionado.AFP

Los jugadores cogieron aire en el vestuario y volvieron a la carga. Otra vez probó Barcola, y otra vez le ganó Szczesny. El Barça puso una marcha más y obligó al PSG a salir vivo en una jugada con tres remates de Ferran, Olmo y Lamine que acabaron sacando bajo los palos Zabarnyi y Hakimi. Hasta ahí llegaron los azulgranas.

Para contrarrestar ese fuelle, el poco que le quedaba al Barça, Luis Enrique buscó cargar por donde flaqueaban los culés, mandando a Nuno Mendes a buscar las cosquillas de Koundé con la espalda bien cubierta por Lucas Hernández. No fue el único peón que se movió desde los banquillos. Flick se apuntaló con Casadó, Lewandowski y Balde, a lo que Luis Enrique, algo forzado por las molestias de Fabián, buscó el peso en ataque de Gonçalo Ramos. Un giro más para mantener la intensidad de un partido que dejaba sin resuello.

Fue el PSG quien mejor asimiló esa inyección de energía y, dirigido por Kang In, se volcó en campo azulgrana haciendo sufrir muchísimo al Barça, incapaz de volver a estirarse. El susto se lo llevó cuando el coreano se coló en el área y armó un disparo que se estrelló en la cepa del poste de Szczesny. Lo que no esperaba era la carrera en el 90 de Hakimi a la espalda de Balde para servir el gol de la victoria a Ramos.