Hay un viejo adagio en el fútbol español y es que hemos vivido tantos años de directivos vodevilescos porque los empresarios serios no quieren meterse en un negocio que depende de una pelotita, del azar y de un puñado de niños mimados. Florentino Pérez era la excepción. O eso nos hicieron creer. Ahora ya sabemos la verdad: es como el resto.
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Ha hecho falta una sucesión de catastróficas desdichas, de un año en blanco a una pelea entre Valverde, Tchouameni y (presuntamente) una mesa pasando por la excedencia de Mbappé, para que el presidente del Real Madrid mostrara en público la cara que siempre se ha rumoreado que era la real: bajo los trajes clónicos y la corbata se escondía un hincha, más en la línea de Jesús Gil, Lopera y Gaspart, que en la de imperturbable hombre de negocios. El fútbol nos iguala a todos por abajo, también a los multimillonarios.
Florentino, por supuesto, puede presumir (y a fe que lo hace) de más éxitos que cualquiera de aquellos directivos de la era salvaje, pero esta ya legendaria rueda de prensa redecora su legado porque al fin se quita el disfraz: el ‘moderado’ era alguien capaz de salir a un estrado a señalar a periodistas que cobran en un año lo que él se gasta en una cena ligera, afirmar abiertamente que los medios de comunicación deben ayudar al Real Madrid y culpar de los fracasos deportivos a cualquiera menos al que decide. Lo mejor es que se lo cree. Jesús Gil también defendía que el mundo estaba en su contra y Lopera pensaba que todos querían engañar a la afición del Betis. Son delirios habituales cuando llevas toda la vida sin escuchar críticas.
En la cabeza de Florentino era espectacular, pero mientras él creía estar dando una exhibición de poder, las redes sociales, unidos madridistas y antis como pocas veces, se partían de risa. Dos veces se lo intentaron llevar de allí los empleados del club, que sí veían lo que pasaba, pero no hubo manera. “Me tendrán que echar a tiros”, “llevo 26 años y todos los años se han pegado dos jugadores o cuatro”, “a ver esa niña, joder, que tiene derecho a hablar, que todos vosotros sois muy feos”, “ha escrito una mujer que no sé si sabe algo de fútbol”… Son clásicos instantáneos de nuestro fútbol-caspa a la altura de otras comparecencias inolvidables, desde el “yo le dije ‘un piquito’ y ella me dijo ‘vale'” de Rubiales al “if I say black, black, black all day, is very bad” de Gil.
Esa es la compañía en la que decidió situarse Florentino sin que nadie se lo pidiera. Seguramente, se arrepienta hoy mismo, pero los amantes de la comedia se lo agradecemos. El Real Madrid, no tanto.




