El principio de autoridad perdido en el Real Madrid: ni entrenador, ni capitán, ni presidente

El principio de autoridad perdido en el Real Madrid: ni entrenador, ni capitán, ni presidente

Donde antes se comían pipas, ahora se comen hostias. Las cáscaras que caían junto al banquillo, como si fuera el banco de un parque, mientras el Madrid perdía ante el Mallorca en el terreno de juego, colmaron la paciencia de Florentino Pérez, que dos días después presentaba su dimisión: “Los he malcriado”. Veinte años después, de 2006 a 2026, lo que se cae es un futbolista golpeado por un compañero. Palabras mayores que precisan de una respuesta ad hoc con lo sucedido en el marco de una crisis que ha superado al ser superior.

Que el presidente malcría a los jugadores no hace falta que lo repita, ya lo sabemos. El problema es cuando los malcriados pierden el respeto al club, y no sólo con las manos. Lo hizo Vinicius con sus exagerados aspavientos al ser sustituido por Xabi Alonso y lo ha hecho Mbappé al tomarse unas vacaciones en el mar, lesionado y con su equipo en crisis. El Madrid necesita con urgencia fijar el principio de autoridad que, hoy, no se aprecia en ninguna parte, como si el club no tuviera entrenador, capitán ni presidente.

Valverde disputa un balón.EFE

En apenas una semana, Rüdiger da una torta a Carreras, Valverde es atendido en el hospital tras un enfrentamiento con Tchouaméni y el viajecito de Mbappé a Cerdeña avergüenza al vestuario, al entrenador y a los aficionados. Arbeloa ha decidido decir algo más de lo que, en 2006, decía el devoto López Caro. Es innegable el paralelismo en el banquillo después de fracasar otros proyectos, aunque el tiovivo de entrenadores de entonces nada tiene que ver con la época actual. López Caro no presenció, que sepamos, escenas como las que se han dado en el vestuario de Arbeloa. Si las ha visto y no ha actuado de forma contundente, algo para lo que está facultado, es que después de sentir que sus hombres no han corrido lo suficiente, ha decidido que se pudran en sus propias miserias.

El entrenador, que se definió como un soldado del club, colmó de elogios a Vinicius al llegar, fuera por orden, consejo o convicción, con el objetivo de recuperar emocionalmente al jugador más diferencial, junto a Mbappé. La realidad es que otros también lo necesitaban. Los que corren. Ahora dice Arbeloa que los rivales corren más que sus jugadores. Normal. Para hacerlo se necesita creer y sentirse querido. Desengañado, mastica el rencor en esta cuenta atrás que todavía puede empeorar. Entre perder y descomponerse hay diferencias.

Arbeloa, en rueda de prensaEFE

Uno de los que no se ha sentido querido por el entrenador es Carvajal, y eso ha sido clave para la atmósfera del vestuario, que perdió la voz del gran capitán. El brazalete pasó en el campo a Valverde, un tipo introvertido, de pocas palabras y con ataques de ira. Ya tuvo uno con Baena, al que agredió en el parking, una vez duchado, por algo que supuestamente le había dicho contra su familia en el terreno de juego. El club no tomó ninguna medida por una acción que no puede tolerarse en sus instalaciones, sean cuales sean las circunstancias. Tampoco lo hizo con Vini tras sus protestas contra su entrenador en el clásico. Mal asunto. Veremos qué sucede ahora con Valverde y Tchouaméni, más allá de un expediente protocolario o la posible baja del uruguayo por prescripción médica.

Las pruebas del deterioro del vestuario no están únicamente en lo que ocurre, sino en lo que se cuenta. Todo. La solución fácil es dirigir el foco del ‘casting’ para el banquillo hacia el modelo de entrenador-látigo. Una estupidez. Los jugadores de alto nivel se ríen de los látigos. La gravedad de la situación actual, sin jugadores con la autoridad moral de Modric o Kroos, ni pacificadores como Ancelotti, exigen que el elegido para la reconstrucción sea claramente reforzado por Florentino como hasta ahora sólo hizo en una ocasión. El presidente está desgastado por el tiempo, como toda su guardia de corps, angustiada por el futuro, pero esta vez no se va a marchar, pese a haber escuchado pitos en el Bernabéu.

Esta crisis no se soluciona con un cambio de cromo en el banquillo. Es más profunda. La llegada de Xabi Alonso se produjo, precisamente, para reconducir a un equipo que se había adocenado en el último año de Ancelotti, según el análisis del propio club. Después de amortizarlo en meses, ahora se pelean, cuchichean, se delatan, ríen y algunos dejan de correr. La reconstrucción exigirá también dinero, mucho, porque hay futbolistas sobrevalorados, y eso preocupa en un Madrid que busca ingresos, pero el dinero sin autoridad acabará en las mismas hostias, porque ya no se comen pipas.

kpd