El portugués se marchó visiblemente enfadado hacia el túnel de vestuarios tras la derrota del Al Nassr ante el Al Ittihan.
El gran cabreo de Cristiano Ronaldo tras perder el clásico de Arabia Saudí
A pesar de jugar en Arabia Saudí, Cristiano Ronaldo mantiene su nivel de competitividad y terminó muy enfadado tras la derrota de su equipo, el Al Nassr, ante el Al Ittihan en el clásico saudí. El equipo del portugués perdió por la mínima (1-0) el duelo, arbitrado por el colegiado español Antonio Mateu Lahoz, y cedió el liderato de la competición a su máximo rival.
El delantero brasileño Romarinho fue el autor del tanto de la victoria en el minuto 80 al culminar un excelente contraataque de su equipo, que se sitúa ahora en lo más alto de la tabla con 47 puntos. El cuadro dirigido por el luso Nuno Espirito Santo aventaja en uno al Al Nassr después de 20 jornadas.
Más allá del revés que supone esta derrota, después de cuatro victorias consecutivas, el equipo de Cristiano Ronaldo prolonga su mala dinámica ante el máximo rival, ya que no ha sido capaz de ganarle en los últimos diez enfrentamientos, incluido este curso el de la primera vuelta y el que midió a ambos en la Supercopa.
Al finalizar el partido, Cristiano Ronaldo se marchó visiblemente enfadado hacia el túnel de vestuarios. Pese a que sus compañeros intentaron contenerle, el portugués pateó una de las botellas de agua que estaban en la banda antes de abandonar el terreno de juego.
Hubiéramos deseado una última, real y simbólica, victoria de Nadal en su apoteósica y merecida despedida sentimental. Pero ya era imposible, incluso frente a jugadores sepultados en las profundidades del ránking. Su adiós, postergado en exceso entre la tristeza, la comprensión y la gratitud de un país entero, suscita de nuevo una reflexión acerca de los deportistas que no se retiran «a tiempo».
El deportista muere dos veces. Y la primera ocurre cuando se retira (o le retiran). Se trata de una muerte biológicamente provisional, pero profesionalmente definitiva. Y el afectado no la acepta porque abre un abismo bajo sus pies. Así que, con frecuencia, y aunque, como en el caso de Nadal, haya proyectado un futuro confortable, experimenta una especie de horror vacui. No es raro. Después de todo, el deporte es la única actividad en la que la jubilación se produce en la juventud. El deportista tiene todavía por delante, en un territorio desconocido, amenazante por ignoto o incierto, incluso por extenso, la mayor parte de su existencia física. Le entra miedo, vértigo, inseguridad y trata de demorar el momento del adiós.
Autoengañándose acerca de sus, todavía, capacidades, o estirándolas con más o menos dignidad, permanece en activo, con frecuencia en un ámbito individual o, sobre todo, colectivo distinto e inferior del de sus mejores días. No lo hace por dinero, o sólo por eso, sino por mantener una ficción de permanencia.
Un tiempo innecesario
El caso de los futbolistas es paradigmático: Pelé, Cruyff, Beckenbauer, Maradona, Michel, Hugo Sánchez, Guardiola, Iniesta y un interminable etcétera alargaron impropia e innecesariamente sus carreras. Hoy siguen en activo Cristiano, Messi, Luis Suárez, Busquets, Alba y otro largo etcétera. Pero el fútbol sabe que este tiempo les sobra. No son Zidane, Kroos o como Rijkaard, que, en la celebración en el vestuario, después de ganar con el Ajax la Champions de 1995, anunció que ese había sido su último partido. O, cambiando de deporte, como Alberto Contador, que dio sus últimas y crepusculares pedaladas ganando en el Angliru.
No se retiraron a tiempo, entre nosotros, Alfredo Di Stéfano, Severiano Ballesteros e incluso un Alejandro Valverde en su longevidad digna... Ni, volviendo al tenis y al exterior, el mismo Federer. Y quizás Djokovic debe pensar en parar, ahora que está «a tiempo» de mantener su mejor recuerdo. Tampoco Serena Williams se fue cuando debía. Ni Usain Bolt. Existen «retirados en activo», valga la paradoja. Oficialmente aún en la brecha, pero en la práctica fuera de foco, Sergio Ramos o Mireia Belmonte siguen erróneamente la senda de Nadal.
Bolt, en los Juegos de Río 2016.AP
Si un bel morir tutta una vita onora, un mal morir, metafóricamente hablando, no estropea un pasado merecedor de elogio y agradecimiento. Tampoco hace añicos una imagen que se reconoce irrompible. Pero sin borrarla en absoluto, la empañe un tanto por ser la última. Saber retirarse oportunamente, es, no sólo en el deporte, una virtud casi teologal, incompatible a menudo con la ciega y sorda naturaleza humana.
En el lado opuesto de quienes se resisten en vano a los odiosos imperativos de Cronos figuran quienes se retiran «a tiempo» por el procedimiento de hacerlo «antes de tiempo». A «destiempo», en suma. Son sobre todo nadadores, debido a la precocidad de su deporte con relación a otros. La australiana Shane Gould (Gold), que este 23 de noviembre cumplirá 68 años, tuvo en 1972 todos los récords en todas las distancias del estilo libre. Insólito. Apabullante. En los Juegos de Múnich se llevó tres oros, una plata y un bronce. Y le «faltó tiempo» para retirarse. Tenía 16 años. En los mismos Juegos, Mark Spitz conquistó siete oros estableciendo siete récords del mundo. Y se despidió de las piscinas a los 22 años. Le quitó «tiempo al tiempo».
ABRAHAM P. ROMERO
@AbrahamRomero_
Madrid
Actualizado Sábado,
20
mayo
2023
-
13:32Ver 9 comentariosEl italiano confirma que el club le ha garantizado que...
Ponga un Gonzalo en su área y espere... El gol llegará como dictan las leyes de la naturaleza, como el verano sucede a la primavera. Si esa área es la del Madrid, lo hará con truenos, porque el Madrid no riega el área, la inunda, la anega como hacen las tormentas.
Sea con el entrenador que sea, también con Xabi Alonso, el Madrid es un equipo de vértigo, que vuelca el caudal ofensivo como ocurre en una inundación. Ya lo decía el tolosarra en su etapa como jugador: "Lanzamos hacia arriba y ¡pum!". Ese ¡pum! ya no es el de Cristiano. Tampoco el de Mbappé, que está pero no está, convaleciente, o nadie sabe si está. Contra el PSG, el día de la verdad, lo sabremos. El que está es Gonzalo, solución y problema de este primer Madrid de Xabi.
Con cuatro goles y el Madrid en semifinales, Gonzalo se encuentra en la ruta de acabar el Mundial como máximo goleador. No es cualquier cosa. La maniobra en el primer gol ante el Dortmund es propia de un 9 clásico, como la de su gol frente a la Juventus, un escorzo en el aire a lo Santillana.
Sea cual sea su progresión, este Mundial de clubes constata lo bien que al Madrid le sienta un rematador puro en el área. Los ha tenido de la máxima jerarquía, por supuesto, pero hasta subalternos como Joselu han encontrado el fruto. Grosso, Santillana, Butragueño, Hugo Sánchez, Raúl, Zamorano, Van Nistelrooy... Bajos, altos, corpulentos o livianos, habitar el área es una garantía de gol en este equipo que no coquetea con la alquimia del 9 falso. Le sienta bien lo de toda la vida, lo de siempre.
Ese lugar en el área está destinado a Mbappé, un delantero prodigioso, aunque el francés es un futbolista que explota y se pone en valor en velocidad, no detenido. Su altísima calidad y la precisión en el remate le permiten adaptarse, claro, en el Madrid o en la selección francesa, como demostró en el gran renmate del tercer gol ante el Dortmund, pero su naturaleza pide otra cosa, pide la pradera. La de Gonzalo pide la cueva.
El canterano también es un futbolista reconvertido, ya que en el pasado jugaba en la banda. Raúl trabajó en el filial con Gonzalo, porque quería un delantero contundente, potente, en el área. Xabi Alonso lo eligió en el debut, gris, pero en el que el delantero fue MVP.
Hasta ahora, el entrenador ha sido fiel a la meritocracia, facilitada por la gastroenteritis de Mbappé. Si el francés estaba para ser titular ante el Dortmund, sólo el futbolista y Xabi lo saben. Tuvo sus minutos en el desenlace, nada más, aunque con Gonzalo también sobre el terreno de juego. Ante el PSG, la titularidad de Mbappé, en el primer duelo contra su ex equipo, parece asegurada. Veremos desde dónde lo observa Gonzalo, solución, problema y certeza del Madrid.