La carrera de Vinicius contra la camisa de cuadros de Guardiola: no había tanto que temer

La carrera de Vinicius contra la camisa de cuadros de Guardiola: no había tanto que temer

Vinicius nunca debe dejar de correr. Ni siquiera para tirar un penalti. Paradinhas absurdas como la de la ida, censurables en cualquier ser humano, en él son una marcianada contra natura que sólo conduce al desastre. Esa pausa infernal nos rondó a todos la cabeza en la semana. Volvió con la primera pifia de Valverde. Con el primer pase atrás de Doku. Con las primeras manos de Courtois. Con su propio trallazo al palo y el rebote en el culo de Donnaruma que no quiso ir para dentro. Se hizo carne cuando le enfocó la cámara recitando a saber qué antes de ejecutar. Fue un alivio enorme la carrera directa hacia el balón, sin esa especie de anuncio de Youtube que es la maldita paradinha cuando se cuela en el ritual. Gol y todo parecía ya muerto y enterrado. Pudieron ser unos cuantos después. El propio Vinicius parecía empeñado en no querer marcarlos por si un exceso en la celebración le dejaba sin jugar la siguiente eliminatoria contra el Bayern.

Con diez el Manchester City, y 0-4 abajo, la imagen de Guardiola embutido en una sobrecamisa de cuadros ridiculizaba nuestro propio miedo anterior. Grave error. Don Fútbol se encargó de recordarnos que por ahí seguía Doku y sobre todo seguía Trent, que regaló un duelo, un córner y el gol del empate. El oasis del descanso se rompió de golpe con la imagen macabra de Courtois lesionado y Mbappé calentando. Parecía que el equipo quería rendir homenaje al acojone general de la afición e intoxicar de emoción la eliminatoria. Lo contrario que Guardiola, que quitó a Haaland con mucha prisa. A él y a otros les secó a paradones Lunin, acostumbrado a demostrar en el silencioso Etihad que es un gran portero.

Durante 20 minutos la emoción radicó ya en ver qué tal estaba Kylian, que no pareció cojitranco y echó buenas carreras. El balón de oro Rodri vio desde el banquillo como el balón de plata Vinicius marcaba su gol 34 en la Champions League. Guardiola, que sabe que el Madrid no gana una Champions sin drama mediante, supo estarse quietecito. A ver los alemanes.

Queremos once 'thiagitos' y once 'federicos'

Queremos once ‘thiagitos’ y once ‘federicos’

En el primer minuto de partido Thiago Pitarch había robado un balón, le había caído un rebote, había hecho una apertura a banda de exterior y encendido al Santiago Bernabéu con una conducción hacia atrás. Ya no podía pensar en otro eslogan: queremos once thiagitos. Corajudos, raulistas y populistas en el esfuerzo, de cabeza erguida y orgullo primario. Cuando el estadio iba a recordar al original ito, Juan Gómez, Doku pilotaba su monoplaza contra el muro de la fe blanca. Daban ganas de no mirar, o mirar por una rendija entre los dedos, cada encontronazo de ese extremo diabólico con Trent. El propio Trent se perfilaba de espaldas, como para no ver tampoco él. En una de esas le pudo hacer penalti Thiago, en otra salvó el milagro Valverde. Después obró otros tres. Y Courtois salvó que un error camavinguico del canterano no fuera gol del City. Lo perdonamos todo: mientras llegan los once thiagitos, tenemos once federicos.

El capitán, cuestionado tanto en el inicio de temporada, fue ayer las noches europeas del Madrid, los 90 minuti y todo el refranero junto. Arbeloa planteó un equipo sin delantero, desnortó a la UEFA, que en el grafiquito del partido colocó de nueve a Arda Güler. Ese espacio en realidad no lo ocupó nadie, nunca, Gonzalo no jugó un minuto. Y en ese camaleón blanco, que el gol llegara mediante asistencia del portero era consecuencia casi lógica. A ella escapa la posterior definición con la izquierda en el segundo y el truco de magia en el tercero. Pero son ya momentos para la historia del club que justifican su brazalete.

Valverde metió al Madrid en un estado de autoconfianza imparable y ahí lo asentó Mendy, nuestro policía de Los Ángeles. Amado Ferland: no te vayas nunca mientras puedas regalarnos estos 45 minutos cada 12 meses. La entrada de Fran García fue un temblor colectivo, se había roto el muro, pero también él estuvo vallejiano cuando el penalti fallado de Vinicius condenó a aguantar. El estadio, obediente, no se acordó de Guardiola, que en general no hizo nada para que nadie reparase en él. Llegó con aroma sobrado y se fue con un revolcón de Arbeloa. El fútbol. Pero queda mucha eliminatoria: cabeza, cabeza.

El único plan del Real Madrid es tirarle fichas a la ruleta

El único plan del Real Madrid es tirarle fichas a la ruleta

Qué más dará Xabi Alonso que Arbeloa. Qué más daba Xabi Alonso que Ancelotti. Si ahora el asunto es el rol de Pintus, ¿quién se lo dio? ¿quién se lo quitó y se lo quiere devolver? ¿Cuál es la estructura profesional que toma las decisiones trascendentales en el Real Madrid? ¿Cuáles son los engranajes de la institución futbolística más relevante de la historia? No es la opacidad el problema, sino la transparencia: este club es exactamente lo que parece y funciona parecido a como nos imaginamos. La sensación es que en la época de la ultraprofesionalización y en el momento decisivo en el que España se queda atrás, el plan deportivo del Real Madrid es no tenerlo muy claro.

Sobre la era gloriosa de Florentino Pérez siempre ha planeado el mismo riesgo: creer que si acompañaban los números y el plan empresarial, en lo demás bastaba la historia, el escudo, la camiseta, el estadio, el impulso, el tópico. No basta. El fútbol no son once contra once y siempre gana Alemania. Italia jugó su último Mundial en 2014. 90 minutos en el Bernabéu no siempre son molto longos.

De fondo late el problema: pese a juntar las mejores plantillas de su historia, nadie sabía muy bien por qué se ganaba cuando se ganaba. Así es imposible entender ahora por qué se pierde. Hace sólo 18 meses desde que se ganó la última Champions League, pero aquella ya fue otoñal y si había un plan para el día después de la gloria es obvio que ha fracasado. Y que la responsabilidad no es del crupier que se ponga en el banquillo para tirar la bola a la ruleta mientras el público espera a ver si sale negro, rojo o verde. El madridismo esperaba muchas cosas de Xabi Alonso y apenas ha encontrado ninguna. Suponemos que el club tampoco, aunque nunca remó a su favor. Nadie se cree que Arbeloa sea una apuesta de futuro, aunque después resulte serlo. El Madrid se va acomodando poco a poco en el azar, tirando fichas al tapete, mientras los paganinis fantasean con centrocampistas y celebran los goles de Gonzalo.

Los jugadores lo saben, Xabi tiene que aprenderlo: quien hunda al Real Madrid, morirá dentro

Los jugadores lo saben, Xabi tiene que aprenderlo: quien hunda al Real Madrid, morirá dentro

En cada visita al Santiago Bernabéu, el gran villano Guardiolasiempre «mea con la suya». Pero son tantas veces que ya le ha salido el chorro para todos lados. Ayer le tocó sacar del pozo a balón parado un inicio de partido en el que se estaba llevando un buen revolcón de este Madrid que es como Dory en Buscando a Nemo, sin memoria ni para el éxito ni para el desastre. Podía esperarse cualquier cosa y sucedió lo más probable: que a los jugadores les entrara un poco de vergüenza torera, que se agitaran, que Gonzalo lo ordenara todo un poco, que volviera a pasar la órbita del cometa Goes por la capital pero que acabase diluyéndose el asunto sin mucha explicación y con cierta fatalidad. Escalofriantes síntomas de empequeñecimiento general.

Como el Madrid nunca entendió del todo por qué ganaba, no es fácil tampoco entender ahora por qué pierde. Sirve a medias la intuición general del club: el ecosistema español conduce a la ruina. Pero ni el Florentino de los 2000, me temo, sería capaz de evitar que el camino de argentinización imparable del país se lleve todo por delante. También al fútbol y también a Real Madrid y Barcelona, como se llevó a Boca y River. Cada vez que encaraba Doku tomaba sentido el Brexit y se achicaba la UE.

Los jugadores parecen conscientes de que el fatalismo no les salvará. Y no son tan estúpidos como para pensar que podrán salir indemnes de formar parte de la plantilla que transformó al Real Madrid más ganador de la historia en un perdedor patológico. El reto de triunfar aquí es tan grande porque después del Madrid no hay nada. A quien lo logra, en su carrera ya sólo le espera el declive. A quien no, el arrepentimiento. No hay tabla de salvación: quien tenga la intención de hundir el barco, debe saber que morirá dentro.

También Xabi Alonso, que necesita captar el mensaje del estadio, por fin con algo que decir. Los pitos a la triste intención de llenar el equipo de jugadores-peonza fueron un pequeño brote verde. Endrick, el jugador-dardo por excelencia, mucho mejor.

Todo el madridismo en la melé y con Vinicius

Todo el madridismo en la melé y con Vinicius

Tenía razón Vinicius en irse directo al vestuario cuando Xabi Alonso le descabalgó del partido. Él empezó a ganarlo con su determinación en la primera parte y él debía rematarlo ante un Barcelona descosido. Como hoy ningún rival había conseguido descentrarle ni un poco, decidió hacerlo su entrenador. Ni eso le privó de estar en ese final tanganero, mourinhista, perfecto, donde estaba todo el madridismo en la melé, por fin un poco orgulloso frente al rival que alguien intentó alguna vez hacer pasar por socio.

Lamine Yamal se fue citando a los rivales fuera. Dentro, su impacto más relevante en el partido fue un penalti que no valió porque el VAR rescató de las profundidades de la realización audiovisual una toma insólita, la peor de todas las posibles. También el VAR nos descubrió que la gastroenteritis del Mundial de Clubes dejó fino a Mbappé, pero no del todo. Aún le resiste un reducto de grasa en el tobillo, suficiente para invalidar el gol que marcó a pase, parece que conjunto, de Fermín López y Arda. El que le dio Bellingham sí valió, en el preciso momento en el que el partido ya empezaba a encarrilarse por el camino del Clásico del año pasado, cuando el Madrid amaneció para ganar 4-0 y se acostó con 0-4.

El madridista quizá muera sin ver una goleada histórica al Barcelona aunque todo se ponga a favor, como este domingo. Tenía que ser el mimado Güler, por tanto, quien regalase el empate. El turco, cuando dentro de diez años siga jugando ahí y ya no cometa esos errores, se lo tendrá que agradecer quizá a Vinicius por esa agresividad imparable que acabó en un centro con la izquierda -¡por fin!- y chupagol de Jude.

El partido era suyo hasta que Xabi decidió que no lo fuera. El entrenador quedó atrapado en ese acojone gravitacional que imaginaba el empate en cada pase horizontal del Barcelona. Recordada con más calma la segunda parte, y salvando una contra chupona, en realidad no hubo mucha amenaza más. Vini, buen analista, había pinchado a Yamal durante el partido diciéndole que «sólo daba pases hacia atrás».

Tres grandes noticias para lo que vendrá: Federico Valverde es tan bueno como Hakimi, a Bellingham no se le ha olvidado jugar al fútbol y el Real Madrid tiene a un 7 que ya le ha dado dos Champions y por el que merece la pena empujar en la melé.

La valentía del Madrid sólo duró un rato: la clave era no entrenar

La valentía del Madrid sólo duró un rato: la clave era no entrenar

Dio la sensación de que la valentía del Real Madrid en la previa de la final de la Copa del Rey duró lo que suelen durar todas las polémicas en España: hasta que diga el PSOE. Según el relato publicado el club estaba calentando el avión para volver a Valdebebas hasta que unas llamadas pseudogubernativas le convencieron de que el mundo, enlutado por la desgracia papal, merecía el alivio cómico de ver un partido más de Lucas Vázquez y Rodrygo Goes intentando sacar el balón jugado por la banda derecha.

El Madrid tendrá que aprender a convivir con la frustración de que la única consecuencia del caso Negreira haya sido la proliferación de bravuconadas como la de los árbitros de la final a 24 horas del partido. Es lo que hay: ni ha pasado ni va a pasar nada más. Con tino lo subrayó el realizador, colando en mitad del partido un plano grisáceo de Feijóo, Illa y Laporta. De todos los del palco, escogió a esos tres. Sólo después se recreó el cámara en las gesticulaciones de María Jesús Montero, como retando a un diputado pepero en una sesión de control del Congreso pero con Felipe VI al lado en vez de Yolanda Díaz.

Del partido no cabía esperar nada, toda vez que el Madrid había decidido ni siquiera ejercitarse el día anterior. No habría cambiado mucho, o quizá lo habría empeorado. Superado el ridículo de la primera parte, el esfuerzo y la presión de la segunda no se había visto en ningún momento de la temporada. A la final le habían dado la vuelta Mbappé y Tchouameni, los dos únicos silbados por el Bernabéu. Apoyados por Arda Güler, el único junto a Endrick abroncado en público por Ancelotti. Las viejas recetas casi siempre funcionan. Lo resetearon entre la incapacidad de Vinicius para cerrar el partido -solía correr en el minuto 120 igual que en el 1, y desde ahí destrozaba los partidos- y un error incomprensible de Courtois. Lo mantuvo vivo González Fuertes, el del VAR, advirtiendo el piscinazo de Raphinha que había castigado alegremente el sonriente De Burgos.

No quedaba ya un antimadridista en el mundo que no pensara que ganaría el Madrid robando. Ni un madridista que se fiase de un guion tan obvio. Pensé que perderíamos en penaltis con doble toque de Valverde. Brahim se encargó de que no hiciera falta.

Se encendieron las luces del antro: el Madrid está en peligro

Se encendieron las luces del antro: el Madrid está en peligro

La semana fue espantosa. El meme colectivo del "manicomio" convirtió al Real Madrid en el vecino. Lo que nunca debe ser. Todos somos un poco culpables, hasta los que nunca creímos y observamos la jugada como el sobrio mira a sus amigos borrachos en el antro. No les quitamos el vaso de la boca. No se planteó el partido desde la exigencia ni desde el cabreo por la infamia de Londres sino desde una festividad incomprensible. Como si el club se contentara con los aspavientos y el relato. Faltó dejar el techo abierto para poder cantar bajo la lluvia.

La afición perdonó preventivamente, lo que nunca ha solido hacer el Bernabéu. Entregado a cambio de nada, parece que ni el entrenador ni los jugadores sintieron la necesidad de ofrecer nada distinto a lo que han venido haciendo durante el año. Ni una idea, ni un plan de partido. Melonazos absurdos, sucesión de saques de esquina al primerísimo palo, desesperación acentuada por la locura enfermiza del dañino VAR. El mismo horror de siempre, con la misma propuesta desde el banquillo: ninguna. El primer tiro a puerta fue en el minuto 55. Todavía no había hecho Ancelotti ningún cambio.

Hizo tres de una tacada, incluidos Ceballos y Endrick, el único delantero centro de la plantilla. Le puso de extremo derecho. La revolución consistió en que los tres primeros ataques fueron tres centros a nadie, y el primero del Arsenal un golazo. El único que confió un poco fue Saliba, pero el Madrid recibió el regalo con pereza. No mordió porque no tenía hambre, ¿cómo se arregla eso? Si en el club dudaban hace un año entre cambiar al entrenador o a un puñado de jugadores, ahora tienen que hacer las dos cosas. Pudieron hacerlo antes: este fracaso también es culpa de su inacción.

Cuando acabó el partido los futbolistas se quedaron compadreando, de risas con el rival. Nunca creyeron. "El Bernabéu debería aplaudir al equipo", había sentenciado Maldini poco antes en la retransmisión. Debía tener feligreses en la grada: ni un amago de bronca. La indiferencia es el peor mal, el más difícil de erradicar. Nunca han mandado en el Madrid los maldinis, y ahora es el peor momento para que lo hagan. Se encendieron las luces del antro: el Real Madrid está en peligro.

La sentencia de un equipo descompuesto: esta es la obra de Ancelotti y del Real Madrid

La sentencia de un equipo descompuesto: esta es la obra de Ancelotti y del Real Madrid

Fue el partido más lamentable de un Real Madrid previsiblemente vergonzoso. No es que el fútbol exhibiese este martes lo que el equipo había ido sugiriendo toda la temporada. Lo que había ya estaba claro: se vio contra el Barcelona, contra el Liverpool, contra el Milan y contra cualquier rival de entidad excepto el grotesco City de Guardiola. Esta es la obra de Ancelotti y del club en todo su esplendor: un equipo que con Valverde, Camavinga, Modric, Bellingham, Rodrygo, Mbappé y Vinicius es incapaz de dominar un solo minuto de un solo partido.

Esa es la luna, aunque el dedo apuntó a otro lado. El primer día del preverano del 2025 en Madrid lo pasaron millones de personas angustiadas por la posibilidad de que Ancelotti saliese contra el Arsenal con Lucas Vázquez y Alaba como laterales. La perspectiva, tan tenebrosa, hacía pensar durante la tarde en que quizá lo mejor para la eliminatoria fuese que prosperase súbitamente la cruzada contra la UEFA de la Unión Internacional de Peñas del Atleti por el doble toque de Julián Álvarez. Ahorrarse la tortura y que se la comiesen el Cholo Simeone, Nahuel Molina y Javi Galán. Al final no jugó Lucas y sí Alaba, y en ese trampantojo quedó sugerido que el Madrid ha vuelto tiempo atrás: vuelven las trampitas de vestuario, la persecución del filtrador. Falta el del banquillo.

Ya en partido, todo siguió bastante el guion previsto. El Madrid se conjuró en la previa para no conceder saques de esquina y antes de los diez minutos Courtois había salvado un gol olímpico y uno del Arsenal había despejado sobre la línea un remate de su compañero. La apuesta por Alaba para reforzar el agujero izquierdo resultó en ocasiones más o menos continuas por ese costado. En ataque, Vinicius le ignoró igual que ignora a Fran García, así que tampoco se notó demasiado el cambio. Al único que no ignora es a Mbappé, lo que provoca finalizaciones de contraataques crecientemente ridículas. Aquel Madrid ya añejo se habría ido 0-2 al descanso. Pero fue 0-0 y había que dar gracias.

Declan Rice abrió fuego bordeando una barrera made in Móstoles que desató el infierno. La exhibición de inferioridad fue inmensa. La aportación desde el banquillo fueron Lucas y Fran. Es tan ridículo como suena: dejo a un lado el maquillaje de acojone de los antis, esto es hoy el Real Madrid.

Tras el derbi de los cobardes, que empiece la Champions League

Tras el derbi de los cobardes, que empiece la Champions League

Se pasa uno la semana procrastinando la ansiedad, pensando en la lluvia, en el trabajo, en qué como hoy, qué ceno mañana. Como si se pudiera vivir tranquilo. Surgen pensamientos intrusivos, pero se van despejando más mal que bien. El día de partido uno ya se levanta aturdido y no esconde nada. Frías las manos, revuelto todo, atención desmedida al detalle. ¿Valdría como resultado el número de esta taquilla? ¿Y si le tiro un dardo al 16? Le he dado, pero muy al borde, se va a sufrir. ¿Comí esto mismo el día del City? En la M-30, el atasco es una peli de espías: ¿debería colaborar con este conductor que intenta cambiarse tres carriles en 30 metros o será del Atleti? Cuando la locura ya descarrila, el único consuelo es soñar con un inicio de partido anodino, un par de pelotazos, dos pérdidas de cada uno en medio campo y un 0-0 sanador en el minuto cinco. Que el futbolista civilice al hincha demente. Siempre hay que tener cuidado con los regalos que se piden: después hay que abrirlos.

A ese miedo atávico del hincha carcomido por la rivalidad correspondieron los jugadores del Real Madrid con una cobardía insuperable. Cobardía para no ganar ningún duelo, cobardía para no atreverse nunca a regatear, cobardía para esconderse entre la maraña de defensas sin insinuar ni un desmarque en todo el partido. La cobardía suprema de Mbappé renunciando al penalti y condenando a Vinicius al ridículo. Habría sido una injusticia que lo marcase. Su cobardía para no levantarse y pedir cada balón tras el error. La cobardía abismal de Ancelotti quitando a Rodrygo, por mucho el mejor de los atacantes.

Estímulo-respuesta. Igual que el Madrid correspondió al miedo de parte de su afición, el Atlético hizo lo propio con el de Simeone. No se atrevió a ganarlo antes de tiempo con el cambio obvio de Sorloth y mientras guardaba cambios pensando en la prórroga, el equipo la asumió también. Los penaltis eran ya una consecuencia lógica que sólo parecían aborrecer Camavinga, Valverde y Brahim. Lo que pasó después, explicación no tiene. Debió servir lo de la taquilla, ese dardo al 16, ese pequeño acelerón molesto en la M-30 quizá hizo resbalar a Julián Álvarez. Qué sabe nadie. Se acabó la Copa del Rey con purpurina: que empiece la Champions League.

Soldado Valverde y ocho días más de odiosa Guerra Mundial

Soldado Valverde y ocho días más de odiosa Guerra Mundial

«Madridistas hijos de puta» cantó parte de la hinchada del Atlético de Madrid durante el minuto de silencio por la muerte de Javier Dorado, víctima de un cáncer. A esa afrenta asquerosa, que por desgracia no sorprende en estos insufribles derbis del odio, respondió Valverde como si fuera el primer soldado europeo enviado al frente de Ucrania. Medio cojo y medio vendado, lanzó un pase como un dron cargado con la bomba de Rodrygo, que buscaba en la celebración el parche de las 15 Champions pero encontró uno que decía HP, siglas réplica del cántico previo, adecuadas para definir a los despojos que lo entonaron. Parecía que el Madrid quería guerra, pero pronto demostró que no. Equipo y estadio, bostezando a la par, se entregaron a una paz absurda que reventó el misil de Julián Álvarez. Hizo buena la enésima empanada de Camavinga en lo que va de temporada.

Llegado el descanso, la responsabilidad de mantener viva la eliminatoria por parte del Real Madrid recaía ya sobre los hombros del contragafe colectivo de su afición. Escribí «Brahim fuera ya» en un grupo de WhatsApp, y supongo que se escribió lo mismo en otros tantos, unos diez segundos antes de que Brahim se inventase un golazo de la nada. Pura gambeta. Hasta el momento, él era uno de los responsables del muro de frustración que se había ido autoconstruyendo el Madrid a base de regates absurdos en el centro del campo. Pequeña gran heroica digital. En ese grupetto familiar que es el banquillo del Bernabéu, Carletto y Davide se debían haber escrito algo parecido, porque el hijo celebró el gol con el padre con la mano en la boca del arrepentido. Bienvenida sea la flor.

De ahí al final, poco más. Real Madrid y Atlético de Madrid hace tiempo que han decidido anestesiar en el campo la locura esquizofrénica que rodea a estos partidos en las redes. Simeone firmó obscenamente el 2-1 y el Madrid correspondió con señorío: sacó a Valverde de la trinchera, quitó a todos los centrocampistas que pudo y entre Mbappé y Vinicius decidieron que no había necesidad de marcar un tercer gol. Una victoria, entonces, con sabor a empate guionizado. Consecuencia: ocho días más de Tercera Guerra Mundial. Con una Normandía en el horizonte: la vuelta sí la juega Jude Bellingham.