Sadiq y Ramazani dan oxígeno al Valencia a costa de hundir más al Levante en un derbi con más tensión que fútbol

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No era un derbi libre de amarras, de esos donde la valentía de aplastar al rival da alas a los jugadores. En el Ciutat de València, a los 22 les lastraba el miedo. En zona de descenso, cualquier error tiene una penalización en la tabla y en el ánimo. Por eso Levante y Valencia se tantearon con más tensión que amenaza... hasta que en la segunda parte aparecieron dos futbolista descarados, a quienes no le pesan estos lastres. Ramazani y Sadiq quebraron la defensa del Levante y dieron con sus goles oxígeno al Valencia que se sigue agarrando a Primera mientras los granotas se hunden. [Narración y estadísticas: 0-2]

Arrancaron los dos equipos verticales, buscando a Ryan y a Dimitrievski sin lograrlo de otra forma que no fuera a trompicones y sin verdadero peligro. Los incesantes pitos e insultos a Pepelu, por cómo rompió su amor por el Levante para cruzar al estadio del otro lado del Turia, y la factura que la grada le tenía guardada a Hugo Duro por su chilena en Mestalla y su pique con Matías Moreno, fueron lo más destacable de una primera parte insulsa. Los valencianistas, chotos en este estadio, manejaban hasta los tres cuartos de campo, con una sala de máquinas alimentada por un engrandecido Pepelu y el incombustible Ugrinic, pero ahí se abría un abismo cuando había que encarar área. Por los costados, ni Rioja se soltaba de Manu Sánchez ni Ramazani ponía en problemas al jovencísimo debutante Nacho Pérez. Y así era imposible asustar. Cuando se cumplía el primer cuarto de hora, con el Valencia más estirado, se escapó Gayà por la orilla pero Lucas Beltrán no acertó a rematar su asistencia.

Hacia la otra portería lo intentaba también Tunde, porque a Iker Losada lo tenía bien vigilado Unai Núñez, de improvisado y excelso lateral derecho. La mejor ocasión granota fue un testarazo de Iván Romero a un balón que, con su zurda enguantada, le puso Carlos Álvarez en un saque de falta. El remate lo salvó Dimitrievski y el rechazo lo mandó a la grada de Orriols Matías Moreno. Tuvo el delantero sevillano otra clara oportunidad con una contra mano a mano con Gayà y el portero macedonio fuera de la portería, pero optó por una vaselina imprecisa.

Ya no se asomaron más en toda la primera parte, donde reinó el centrocampismo, sobre todo por la incapacidad del equipo de Corberán de encontrarse en ataque. Se sostenía sin sufrir y se estrellaba contra un muro a la hora de dañar.

En la segunda mitad, quiso el Levante crecer y pudo tener premio con un cabezazo de Dela a un falta servida por Carlos Álvarez. También armó la zurda Tunde en la frontal, pero su remate de perdió. Creía Pablo Martínez en el centro del campo y, con él, los granotas. Eso lo detectó Corberán y echó carbón a la caldera con Sadiq, Javi Guerra y Guido Rodríguez en el minuto 60. Cuatro minutos después, el Valencia hilvanó la mejor jugada del partido comandada por el nigeriano, que se la puso de tacón a Rioja para colocara un centro medido que Ramazani recibió para fusilar a Ryan. Primer tiro a puerta y ventaja en un derbi que ya nunca dejó de tener cara. Incluso pudo repetirse asistente y goleador un instante después, pero esta vez Rioja no estuvo preciso.

Luis Castro también inyectó energía a su once, con Etta Eyong, buscando juego más directo, pero todo se truncó cuando Guido cazó a Pablo Martínez en la frontal y el capitán levantinista se dañó la rodilla. Ese varapalo en el minuto 78 dejó frío al Levante, aunque Manu Sánchez desperdició solo ante Dimitrievski la ocasión más clara para el empate. De ahí nació un despeje a la carrera de Sadiq mano a mano con Matías Moreno que ganó el nigeriano para poner el segundo tanto en el marcador mientras todo el Ciutat reclamaba una falta que Ortiz Arias, ni el VAR, apreció.

Los jugadores del Levante, hundidos tras la derrota.

Los jugadores del Levante, hundidos tras la derrota.ANA ESCOBAREFE

No acabó la grada contenta con el árbitro, y aún se encendió más cuando mostró una amarilla a Arriaga y, al aplaudirle en la cara, le mandó al vestuario. Antes ya le había mostrado una roja directa a Vicente Iborra, ayudante de Luis Castro, por protestar dos disputas de Tárrega con Etta Eyong.

Con dos disparos a puerta, el Valencia se llevó el derbi y, por primera vez en la historia, venció al Levante dos veces en una misma temporada. Pero fue un duelo tenso hasta después del pitido final. El central suizo Cömert fue a celebrar la victoria al córner donde se concentraba la afición valencianista y cogió el banderín para ponerle la camiseta. Para impedirlo, se lanzaron empleados y jugadores granotas, hubo lanzamiento de decenas de botellas desde la grada y mientras el jugador se marchaba al túnel de vestuarios. Gesto feo del defensa que, desde el Levante se interpretó como una falta de respeto, y mala respuesta de una grada que se enfrentará a una multa.

El Atlético se atasca, una vez más, y sale muy magullado ante un sólido Levante

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Sin fútbol, sin chispa, sin banquillo y sin gol. Demasiadas carencias para un Atlético que se atascó en el Ciutat de Valencia como lleva haciéndolo fuera del Metropolitano todo este campeonato, un mal endémico que dura una década. Dio igual que enfrente estuviera un equipo hundido en la clasificación. El Levante, con sus limitaciones para amenazar, tuvo mucho más claro cómo quedarse al menos con un punto. Sólido, esforzado y con Ryan amurallado, salvó un empate con el que ninguno de sus rivales contaba. [Narración y estadísticas: 0-0]

Todo lo alteró el choque de dos colosos cuando se enfilaba la media hora de partido. Buscó Sorloth rematar un balón servido desde la esquina y se encontró con la cabeza de Matías Moreno. El gigantón noruego cayó inmóvil en el área, tuvo que salir en camilla y, tras un breve paso por el vestuario, acabó en el hospital con un fuerte traumatismo y una herida. Simeone, que ante la ausencia de goleadores se había reservado a Julián Álvarez en el banquillo como agitador, vio alterados sus planes y mandó a la Araña al césped. Hasta ese momento, el Atlético había dominado el juego sin encontrar cómo hacerle daño a un Levante reactivo y bien plantado que esperaba su momento. Ryan había salvado ya un remate de Nico González y también Nahuel Molina había intentado explotar la debilidad de los granotas a balón parado de córner.

Sorloth no pudo seguir, pero Matías Moreno tampoco, lo que obligó a Luis Castro a cambiar sus planes. Había mandado a Matturro, central, a tapar en el lateral izquierdo las peligrosas subidas de Marcos Llorente y ahora esa labor la tenía que hacer Manu Sánchez por el agujero en el centro que le causaba la conmoción del zaguero argentino. El Levante, hasta ese momento, solo había inquietado con Tunde sacándole una falta en la frontal del área a Lenglet. No aparecía en ventaja Carlos Álvarez porque no conseguían tener balón.

El golpe cambió la dinámica, con los dos equipos obligados a reajustarse. De nuevo Tunde tuvo la ocasión, la única antes del descanso, con un disparo que cruzó en exceso. Fue el Atlético el que reaccionó mejor, aunque fuera casi enfilando el vestuario. La tuvo Nico González, primero telegrafiando un centro a Julián que no llegó a cazar y después, tras varias carambolas, armando un tiro que pudo salvar Ryan sin dificultad. Después fue Almada quien aprovechó la indecisión en la salida de pelota de los levantinistas para robar y asistir a la carrera de Julián, pero apareció Matturro para rebañársela. No estaba fino el Atlético ante un rival tan voluntarioso como poco amenazante.

Simeone miraba por el retrovisor al desgaste de la Champions y, además, al partido del jueves en Copa con el Betis. Que repartiera esfuerzos ante un equipo de la parte baja de la tabla no era extraño. Tampoco lo es que mande un mensaje a la cúpula, a un Mateu Alemany que estaba en el palco, de la necesidad de refuerzos en un mercado que se cerrará en pocas horas. Como si el argentino quisiera decir: hasta aquí llego con lo que tengo.

El inicio de la segunda mitad no fue mejor para el Atlético. El entrenador había protegido a Lenglet, con pocas horas de vuelo y una amarilla, sacando a Hancko, pero no habían pasado ni cinco minutos cuando Barrios pidió el cambio. No podía continuar el centrocampista y se augura una lesión muscular que le puede apartar también de la Copa. A Simeone le aumentaban los problemas. Le estaba salvando que al Levante le seguía costando generar el más mínimo peligro, solidificado como estaba en defensa.

Remate de Julián Álvarez en el tiempo añadido.

Remate de Julián Álvarez en el tiempo añadido.B. ALIÑOEFE

Sin hilo en el juego, el Cholo echó mano de Álex Baena, por si un chispazo le daba una victoria que se estaba atascando. No se había arrugado Luis Castro y, con Etta Eyong en el campo, los granotas hilvanaron una contra que plantó al camerunés en el área para que disparara, flojo, ante Oblak. Empezaba a tener faena el esloveno, pero también Ryan, que repelió un chut seco de Nico González. Parecían entonarse los rojiblancos y hasta Johny Cardoso pudo filtrar su primer balón a Julián al corazón del área, pero estaba el argentino, poco inspirado, en fuera de juego. Hasta una mano salvadora de Ryan le birló el gol en un córner que, rebotado, acabó en el segundo palo para que lo cabeceara.

La respuesta del Levante fue un tiro de Toljan que no cogió portería. Sí que lo hizo el testarazo de Dela a un saque de falta de Olasagasti que obligó a Oblak a estirarse para colocar la manopla casi a la base del poste. No iban los granotas a regalar el punto que empezaban a amarrar.

Sin más remedio, Simeone miró a su desolado banquillo y tuvo que confiar en el jovencísimo Jano Monserrate, un mediapunta zurdo que iba a debutar como rojiblanco. No le sirvió para salir del atasco, del que ni siquiera lo sacó Julián Álvarez en el añadido.

Luis Castro, el hombre milagro al que se aferra el Levante: de forjar a Joao Neves y Gonçalo Ramos a la proeza con el Dunkerque

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Cuando el Levante destituyó a Julián Calero, nadie entendió que el club eligiera a un desconocido portugués de 45 años para pelear la permanencia. Seducían más los nombres de Luis García Plaza o de Sergio González, ambos con pasado granota, ante el reto mayúsculo e imprescindible que afrontaba el club. El Levante no solo necesita estar en Primera por orgullo deportivo, sino que su supervivencia pasa por los ingresos de la máxima categoría. Era extraño que, durante casi un mes, el máximo accionista del club, José Danvila, hubiera estado buscando un relevo que acabó con Luis Castro (Moreira de Cónegos, 1980) sentado en el banquillo de Orriols.

Castro era un desconocido en LaLiga, una apuesta que se antojaba arriesgada porque, además, venía de haber sido destituido en el Nantes pocas semanas antes. Había que bucear en su currículum para encontrar los motivos por los que se le entregaba el futuro del Levante. Eran suficientes, pero lo que convenció fueron los siete puntos que ha sumado, el cambio en el juego del equipo y, sobre todo, la fe que ha transmitido al vestuario, que él mismo verbalizó: "Si no creyera en la salvación, no estaría aquí".

A punto estuvo de decir rechazar la propuesta de Danvila, pero le convenció "porque me habló al corazón". "Mi vida y mi personalidad están muy cerca de lo que se vive en el Levante. Empecé entrenando a chicos de cinco años, vengo del pueblo y no es fácil llegar a este nivel", dijo en su presentación. Por eso exige "morir por el club". "Tenemos que ser un poco audaces y querer más. Pienso que mi forma de jugar, que es ofensiva, más la identidad del club puede mezclar muy bien para lo que necesitamos conseguir", advirtió.

No tardó en demostrarse que así era. Ganó el Sevilla en el Pizjuán, empató con la Real Sociedad y venció al Elche. Hasta plantó cara al Real Madrid en el Bernabéu de una manera muy digna para un equipo anclado en la cola de la clasificación. Todo con el único fichaje del centrocampista Ugo Raghouber, cedido por el Lille. Al resto, les ha convencido. "Ha hecho creer al vestuario que la salvación es posible", advierten desde las entrañas del Ciutat de Valencia.

La clave está en su trato con el jugador. "Debe entender por qué está en una determinada posición. Para mí, una de las cosas más importantes es que no solo comprendan el concepto, sino que crean en él. Si no entienden por qué hacen algo, nunca lo ejecutarán al 100%", advertía en una entrevista.

El mejor ejemplo es Carlos Álvarez, el futbolista más talentoso del Levante al que ha arrimado al área. "Tiene que estar cerca del juego y en zonas decisivas", justifica. El juego más ofensivo, de posesión y verticalidad y, por supuesto, los puntos son las razones por las que el portugués ha disipado las dudas.

Quien conocía su trayectoria ya lo veía capaz y más aún de manejar el talento. Comenzó a entrenar en la cantera del Benfica y por su vestuario pasó lo mejor: el central Antonio Silva, el goleador Gonçalo Ramos y el centrocampista Joao Neves. En 2022, a los tres los hizo campeones de la Youth League, la competición juvenil de la UEFA para las canteras de los equipos Champions. No era la primera final para las águilas, pero sí el único título que tienen.

Ese éxito hizo que el Dunkerque de la segunda división francesa le llamara para salvar al equipo de un descenso que parecía inevitable. Era un milagro que se mantuviera en Ligue 2. Perdió los primeros cinco partidos, pero hubo una reunión en el vestuario para lanzar una advertencia: antes que destituir al entrenador, echarían a toda la plantilla. Y la amenaza funcionó.

Con el Dunkerque no solo obró ese milagro, sino que al año siguiente lo llevó a pelear el ascenso hasta el playoff, que le ganó el Metz, y a ser el equipo revelación de la Copa de Francia. Dejó en el camino al Brest y al Lille y se plantó en semifinales ante el PSG. Hizo sudar al equipo de Luis Enrique para remontar un 2-0 que habían logrado al descanso.

La proeza le valió la llamada del Nantes, que lo fichó sin darle refuerzos tras desmantelar la plantilla, los resultados no llegaron y fue sustituido a principios de diciembre por el marroquí Ahmed Kantari. Apenas dos semanas estuvo en el paro cuando lo rescató el Levante para confiarle su futuro.

Una tarde por compasión

Una tarde por compasión

Todavía sonaban los pitos de los aficionados contra este Real Madrid contaminado. Incluso se oyeron gritos, nuevamente, de "Florentino, dimisión". Obviamente, ni el minúsculo triunfo del equipo blanco ante un casi colista podía contener la rabia y la furia que se ha instalado en el Bernabéu.

Algunos tenían mucha razón, porque el primer periodo del Madrid fue patético. Sin corazón, sin la sangre que debe correr por las venas, el equipo que ya es de Arbeloa no creaba ocasiones ni tiros a portería ni siquiera mostraba imaginación para doblegar la defensa de cinco del Levante. Hasta Mbappé estuvo regular.

Pero es que comparar a Mbappé con el esto de jugadores es casi escatológico. Es como si el francés jugase en un equipo de Segunda División. Y no de los buenos. Así que hubo muchos silbidos para Vinicius, para Bellingham, que ahora parece una sombra de lo que fue, y hasta para Camavinga, que hizo una primera parte detestable. También se oyeron gritos de "Florentino, dimisión" y me fijé en el gesto del presidente. Esbozó una sonrisa sardónica y cruzó las piernas, como un acto de protesta contenida.

Mientras, el Levante se empeñó en pasar el balón y equivocar al Madrid defensivamente. Huijsen ya dije que no esta para jugar en el Madrid. Tiene miedo, mucho miedo al fracaso y el Levante llegó a propinarle casi dos oportunidades de gol.

La aparición de Arda Güler fue la resurrección de un Madrid más aguerrido, más rápido y pensando que no podía jugar como antes. Se fue hacia arriba para robar balones y descomponer a la defensa levantina con Mantastuono, que no estuvo tan mal como en otras ocasiones, y sobre todo con el brillo angular de Arda.

De todas formas, siempre es recurrente eso de Mbappé y diez más. Cuando ya se ponía el muro levantino, el galo fabricó un penalti y marcó su decimonoveno gol en la Liga. Algo estratosférico. Y como Arda Güler ponía como un maestro los córners, el "vehemente" Asencio logró un gran cabezazo para hacer el segundo gol del Madrid y navegar por el mar de la tranquilidad. Hasta pudo golear.

Bellingham falló tres goles, que antes los metía. Lo que pasa por la cabeza de la inglés no lo sabe nadie, pero disimula muy bien eso de ser una anterior versión de sí mismo. En cuanto a Vini: no dio ni una, aunque lo intentara. Además, ya está certificado que es el único jugador de la Liga que ha sido silbado en todos campos de fútbol. Espantoso. Algo inaudito. Irremediablemente, el Madrid tiene que hacer algo con el brasileño. Lo mejor es el prudente traspaso, incluso en este mes de enero. Pero la pregunta es: ¿Alguien lo quiere?.

En fin una tarde de compasión para el Madrid, pero el mar de dudas sigue tormentoso y no sabemos lo que ocurrirá el martes con el Mónaco en Champions. El Madrid es una olla de explosión a punto de estallar.

Florentino al desnudo

Florentino al desnudo

Florentino Pérez se ha quedado sin escudo, desnudo frente a una crisis que no cierra una simple victoria. Es profunda. Arbeloa no sirve como escudo. No tiene la suficiente estirpe ni el acero. La pitada muestra que su predicamento entre los aficionados es nulo. Se equivocó el nuevo entrenador, refugiado en absurdas hiperactuaciones, al citar a Juanito, un estandarte del madridismo en carne y hueso, para sugerir lo que los socios debían hacer. Son soberanos.

Aunque los socios ya no siempre compongan el decorado mayoritario del Bernabéu, poblado de turistas, turistas ricos, a la hora del aperitivo estaban donde entendieron que tenían que estar e hicieron lo que creían que debían hacer. Pitaron a los jugadores que consideran responsables de la crisis, Vinicius, Bellingham y Valverde, principalmente, justo los que mayor oposición hicieron a Xabi Alonso, y pidieron la dimisión de Florentino. Miraron al palco y una gran parte se fue antes de que acabara el partido. La asunto.

La victoria ante el Levante cauteriza la crisis, no la resuelve, y al menos permite al equipo blanco seguir donde estaba en la Liga, a la espera de lo que haga el Barcelona. Podría haber sido peor, en una atmósfera bajo la que era complicado jugar al fútbol. Para alguno de los más jóvenes, como Huijsen, fue un martirio. El descenso en el rendimiento del central es un síntoma de lo que sucede en el Madrid.

Los pitados corrieron todo lo que pudieron, mientras el público coreaba el nombre de Gonzalo, futbolista de la cantera que dio vida al Madrid en Albacete, hasta que Arbeloa lo sustituyó en el descanso. Los siguientes aplausos fueron para Asencio, y no por el segundo gol. Quieren reconocerse en los valores de la casa y, hoy, únicamente lo hacen en la cantera, olvidada cantera.

Fue en Albacete donde todos los cálculos del Madrid estallaron. Después de la Supercopa, entendieron en el club que era el momento del cambio de entrenador, con la cuesta abajo ya para Arbeloa: Albacete, Levante, Mónaco... El club hizo un mal análisis de la situación o, al menos, un análisis incompleto. La cuesta abajo era un precipicio.

De ese modo lo entiende el Bernabéu, cuyo plebiscito es unívoco. Los culpables son los jugadores y el presidente, lo que apunta a falta de compromiso y errores en la planificación. El Madrid debería haberlo interpretado correctamente cuando la grada pitó a los jugadores al final del partido con el City, que se impuso por 1-2. Ese hecho reveló ya el distanciamiento entre el sentir de la afición con el de la cúpula del club, que calló ante los reproches de Vinicius a Xabi Alonso en el clásico.

Como el desaparecido Juanito, Vini lleva el 7 a la espalda, pero no representa nada de lo que encarnó un futbolista que después de muerto todavía pone en pie a los socios cuando se corea su nombre. El de Florentino se coreó en otra dirección. La petición de dimisión no fue tan mayoritaria como el castigo a los jugadores, es cierto, pero abre un periodo nuevo, cargado de incertidumbres, con el presidente al desnudo.

Las mil vidas de Julián Calero, de policía contra la violencia de género al relator del 11-M y la dana: “En el fútbol he comido caviar y también mortadela”

Actualizado Jueves, 20 noviembre 2025 - 23:36

No le recordarán, pero al lado de Fernando Hierro en el banquillo de España en el Mundial de Rusia estaba Julián Calero (Parla, Madrid, 1970). También junto a Lopetegui en aquel Oporto de la Champions. A este apasionado del fútbol que siempre mira el lado brillante de la vida, la Primera División le ha llegado a los 55 años con el Levante, un club con estrecheces económicas. Es de lenguaje llano, cercano al aficionado y tan empático como cuando, como policía local en Madrid, vivió el 11-M. Cree en el poder de la experiencia, por eso supo qué hacer tras la dana. Hoy le toca debutar en un derbi ante el Valencia en Mestalla, otro capítulo más del libro que escribe.

Su lenguaje es muy directo, casi viral. No sé si se llega mejor así a los jugadores
Uno tiene que saber dónde está. En una rueda de prensa, estoy hablando para mi afición y quiero que me entiendan. Les hablo en un idioma llano, que ellos entiendan lo que quiero explicar. Y luego están los jugadores. Los vestuarios son muy heterogéneos. Tengo desde licenciados a gente que tiene lo básico, y tengo que hacer que todos me entiendan. Hay que hablar su idioma, soltar un taco y usar palabras que ellos manejan entre ellos. Yo les escucho y así me acerco a ellos.
Parece que los entrenadores tienen que medir sus palabras con los jugadores, no pueden criticarlos...
Sí podemos, pero no debemos. Es importante que, cuando hay un conflicto, intentes no hacerlo más grande. En mi caso, mi forma de resolverlo es a posteriori, sin la excusa de que estamos a 500 pulsaciones. En este mundo parece que al entrenador se le puede decir de todo, parece que siempre es el culpable, el tonto que menos sabe, y resulta que es el que más sabe, más que los jugadores. Creo que ahí falta un poco de educación deportiva, como con los árbitros.
Fue futbolista muchos años, ¿tuvo esos comportamientos? ¿Gestionar el egoísmo es lo más difícil en Primera División?
Hay muchas cosas muy difíciles. El problema de los jugadores son los entornos. Está en mis planes reunir, por ejemplo, a las parejas de los jugadores para que entiendan un poco por qué los entrenadores tomamos decisiones. De 25 jugadores solo juegan 11, más del 50% no lo hace. Si tengo a 14 enfadados, pues tengo un gallinero terrible. Entonces, tienes que hacer que sientan que se les respeta. Y se respeta a un jugador tratándole igual tanto si juega como si no juega.
¿Un técnico puede ser egoísta?
Nunca pienso en mí, solo en mi equipo. Si funciona, soy feliz. Si tengo que elegir entre algo para mí o para mi equipo, siempre mi equipo. Si tengo que elegir entre que critiquen a mis jugadores o me critiquen a mí, siempre me voy a poner de frente. Los valores de un entrenador tienen que ser contrarios al egoísmo.
¿Se ha encontrado algún entrenador que lo sea?
Probablemente sí tuve alguno un poco más egocéntrico, pero la verdad es que dependemos de los jugadores. Ser entrenador es muy difícil. Mira, tienes que ser un poco padre, un poco psicólogo, un poco maestro duro para meter normativa. Tienes que ser un poco planificador, entender de preparación física, tener un buen discurso para convencer. ¿Tú crees que es posible que una persona reúna tantas condiciones y todas buenas? Es muy difícil.
Estuvo con Lopetegui en el Oporto y en el Mundial de Rusia con Fernando Hierro. Usando sus palabras, aquello era caviar, que cambió por mortadela para entrenar en solitario.
He tenido altibajos en mi carrera. Es verdad que puedes pensar en por qué me fui del Oporto al Oviedo en Segunda, o de allí al Navalcarnero en Segunda B, pero a veces hay que luchar en la vida por lo que quieres, y yo quería entrenar, disfrutar de la profesión a mi manera. Por eso he comido caviar en forma de un Mundial, que es algo increíble, o de 18 partidos de Champions, y también la mortadela de Segunda B con un placer tremendo, porque me gusta el fútbol.
Ese Mundial no sería fácil tras el despido de Lopetegui...
Fernando Hierro fue el pacificador. Consiguió, al menos, volver a una cierta estabilidad que nos permitiera competir. De hecho, el primer partido con Portugal fue muy bueno, pero la situación no era sencilla. Ese caviar me lo regaló Hierro.
No ha tenido ofertas fáciles: en el Burgos prestó dinero a los jugadores, al Cartagena lo cogió último y al Levante, obligado a ascender...
Sí, son retos y me encantan. A veces pienso por qué soy tan torpe y me lo pongo tan difícil. Me emocionó. Por ejemplo, tras la primera conversación que tuve con el propietario del Levante, le dije a mi mujer que este era mi sitio. Porque intuyes las cosas. Y no me equivoqué porque terminamos ascendiendo.
Ha contado que tiene déjà vu que le ayudan a tomar decisiones...
También se llama experiencia, y solo vale si la usas y la usas bien. Por ejemplo, si al Levante lo hubiera cogido cuando empecé a entrenar, me hubiera pegado el tortazo.
Entrenador por vocación, ¿y policía municipal?
Eso no fue vocacional. Veía el final de mi carrera y tenía que seguir comiendo y viviendo. Y entonces un amigo me dijo que salían plazas en el Ayuntamiento de Madrid. Las pruebas físicas las pasaba muy bien y me metí a cuchillo a estudiar el temario. Me recuerdo en el coche oyendo una cinta que yo mismo me había autograbado con los temas de la Constitución, los derechos y deberes fundamentales. Me enamoré de ser policía. Los últimos años fueron en la unidad de atención y prevención a la violencia de género. Estaba en el turno de noche e iban todas las mujeres maltratadas. Aquello fue una etapa en mi vida brutal. No la cambiaría.
¿La plaza del policía sigue ahí?
Estoy en excedencia, aunque por la edad que tengo, va a ser complicado que vuelva. Tengo un grupo con mis compañeros, que son muy cariñosos y, además, les gusta que hable de ellos, que me sienta orgulloso de ser policía, porque hay quien reniega. Yo no.
¿Sigue escribiendo un libro?
Voy a ratos. Se llama Fútbol al rescate. Va despacito, porque estoy intentando hacer una conexión en mi vida de todas las cosas que no me han pasado por casualidad, pero parecen casualidad. ¿Por qué llego al Mundial de Rusia si Lopetegui era el seleccionador y yo había dejado de estar con él para irme con Hierro al Oviedo? Pues resulta que en los últimos tres días va Hierro al Mundial y yo, con él. ¿Todo esto es casualidad? No lo creo. Creo en la espiritualidad y en que somos dueños de nuestro futuro, que vamos moldeando con decisiones.
¿Y cómo la maneja?
Creo mucho en las energías positivas. Me levanto por la mañana y lo primero que hago es ponerme música con el teléfono para generarme positivismo. También medito para recargar mi calma interna, que procuro trasladar al equipo.
¿Y a ese libro alguna vez se plantea ponerle un final para publicarlo?
Sí, me lo planteo, pero es difícil mientras esté entrenando, porque surgen capítulos: se llaman Levante, dana, ascenso. Quiero contar por qué me van pasando las cosas.
Una de ellas fueron los atentados del 11-M
Cada vez que veo Atocha desde fuera, siempre me acuerdo del humo saliendo cuando llegamos.
¿Estaba en una jornada normal?
Entrábamos a las 7.00 horas y el atentado fue a las 7.40 para ser exactos. Yo había salido de patrulla, pero íbamos a tomar un café con otros compañeros a las 7.15, 7.30 horas más o menos en la Puerta de Alcalá. Entonces oigo en nuestra radio decir que hay un atentado en Atocha. No pertenece a mi distrito, sino al de al lado, pero desde donde yo estaba a la estación era un minuto en la moto. Veo salir a los compañeros corriendo y nos fuimos. Cuando subíamos el túnel de Alfonso XII nos encontramos el humo de la estación. Llegamos los primeros. Mi jefe y yo nos metimos y vimos la segunda bomba, que alertamos de ella, porque estaba debajo de un banco y en los cursos de antiterrorismo que tuvimos en la academia nos enseñaron a cómo detectarlas. Estuve allí desde las 8 de la mañana hasta las 12 ayudando a quien se podía, sacando cadáveres, muriéndose de gente en los brazos, intentando ayudar en lo que podías a los médicos... Era una barbarie. Es difícil de explicar porque parecía una película de terror, pero mal hecha. Una barbaridad.
¿Y la dana?
Nosotros vinimos ese día a Buñol a entrenar, pero por la tarde volábamos a Pontevedra. Cuando llegamos a la ciudad deportiva, en el aparcamiento tuvimos que quitarnos las zapatillas porque, más o menos, el agua nos llegaba a la altura de los tobillos, pero nos dijeron que hasta cierto punto aquí puede caer una de esas de vez en cuando. Lo que pasa es que la cosa fue in crescendo. Normalmente, el cuerpo técnico se suele ir sobre las tres y media. Aquel día nos fuimos dos horas antes. Dijimos que comíamos en casa y nos íbamos al aeropuerto. Esas dos horas nos salvaron la vida. En dirección a mi casa, en Chiva, la riada se llevó mucha gente, pero nosotros pasamos antes. Estaba lloviendo mucho, se cortó la luz, no había cobertura y, en nuestra ignorancia, intentamos salir para ir al aeropuerto, pero cuandolo hicimos, el agua pasaba por encima de los coches, y gracias a que mi casa está en alto. Fue brutal porque nos quedamos incomunicados un día y medio, sin poder salir de casa, el preparador físico, que vive al lado, mi hija, mi perro y uno que encontramos y adoptamos. No nos tocó ese día.
¿No sabían nada de lo sucedido?
Solo que había mucha agua y pensamos que habría muertos, porque la velocidad a la que bajaba era tremenda, pero no imaginábamos que iba a ser tan brutal. Durante un día y medio fuimos ignorantes, hasta que recuperamos las comunicaciones. Al día siguiente, sin saber nada, hicimos una barbacoa para comer, porque no teníamos luz y para aprovechar todo lo que se había descongelado de la nevera. Incluso el helicóptero pasó por arriba pensando que estábamos haciéndole señales. No sabíamos la magnitud de lo que había ocurrido todavía. A partir de aquello me he comprado una radio de pilas y una linterna.
¿Le removió lo vivido en Atocha?
Cuando ya nos damos cuenta de la magnitud, nos vamos a ayudar y nos metemos en mitad del fango y vimos la barbarie, porque había gente muerta, brazos enterrados, una barbaridad. En ese momento me mantuvo la tranquilidad que me daba saberme manejar en esas situaciones, la experiencia. La gente estaba muy nerviosa y yo decía 'tranquilos, esto aquí, esto allá. No, tú no cojas eso, vente para acá, vamos a tirar todos de aquí'. Mantuve la calma entre los nervios, porque cuando estás tranquilo tomas mejores decisiones. Por eso en los partidos no me permito estar muy nervioso, porque tomaría malas decisiones.
¿Cómo se consigue?
Hay trabajo psicológico, porque si los demás solo ven una cosa y tú logras ver más, estás en mucha ventaja. Ten en cuenta que el entrenador debe tomar decisiones rápido y, sobre todo, bien. Y eso es lo difícil.
Al Valencia solo se ha enfrentado una vez, en Copa con el Cartagena y expulsaron a su hijo.
Fue una jugada decisiva. Ganábamos 1-0 y le expulsaron porque el árbitro pensó que había hecho una entrada violenta. Luego se vio en la televisión que no, que ni le toca, pero como no había VAR... Terminó remontando el Valencia 1-2, pero aquel fue el punto de inflexión en ese equipo y en la segunda vuelta fuimos el mejor equipo, y veníamos de ser últimos.
¿Cómo es entrenar a un hijo?
Complicado. De hecho, yo siempre dije que no quería entrenarle. Pero él me lo puso fácil, porque jugó muy bien. Era ya era un jugador importante cuando yo llegué y por eso le ponía. A nivel personal, fue una experiencia única, pero me alegro también de que solo fuera ese año porque seguramente a la larga te trae más dificultades y más problemas que beneficios.
Dígame el jugador que va a liar en Mestalla
Me gustaría decirte un jugador, pero yo creo que si el Levante hace algo, va a tener que ser basándose en el colectivo, en la fuerza del equipo.
Es el primer entrenador que no permite que su club le hable de renovación...
Cuando yo vea que el equipo está bien, hablaré con quien haga falta. A lo mejor soy un poco antiguo, pero creo que primero se da y luego recibes. Mi objetivo es salvar al equipo, lo tengo entre ceja y ceja, y eso no quiere decir que no quiera renovar. Todo lo contrario. Lo que hago es eximir a mi club de una decisión que pueda pesarle. Si esto termina en una renovación, que sea porque todo el mundo está muy contento. Porque, ¿y si desciendes? ¿Con qué cara me presento yo a decirle a mis aficionados que sigo? Primero se cumplen los objetivos.
El Atlético, la "no suerte" en los córners y la fortuna de contar con Griezmann: "Nadie pone malas caras"

El Atlético, la “no suerte” en los córners y la fortuna de contar con Griezmann: “Nadie pone malas caras”

El dato es llamativo y más con lo que ocurrió en el primer tiempo ante el Levante. El Atlético sacó 13 córners de los 21 que botaría en los 90 minutos. Una suerte que no fue capaz de aprovechar en el partido ante la escuadra levantinista como no ha hecho a lo largo de toda la temporada, aunque Griezmann le sacó del embrollo con su doblete postrero.

Son 92 saques de esquina en lo que va de curso y cero goles a favor. Este sábado, el conjunto de Julián Calero les hizo uno, el ex rojiblanco Manu Sánchez y por el que pidió perdón, y a punto estuvo de empatar en otro. "La pelota parada no es suerte. Es trabajo, insistir y encontrar las mejores sociedades para encontrar soluciones", apuntó Diego Simeone. No debe de serlo porque Sánchez, el goleador levantinista, es un especialista. "Estuve aquí y no quise celebrarlo. Llevo tres goles en Primera y todos de cabeza", apuntó al término del partido.

Sólo el Elche y el Sevilla, además del equipo del Cholo, no han conseguido sacar nada positivo de esta suerte en lo que va de temporada. Claro que ninguno ha disfrutado de tantos lanzamientos como los chicos del argentino. Dijo Julián Calero, técnico del Levante, que la fórmula para aprovecharlos es tan sencilla como "tener a un buen lanzador y a jugadores que rematen". Algo que secundó el entrenador rojiblanco y recordó que su equipo dispone de esos perfiles y reveló que trabajarán para mejorar esa suerte para lo que queda de temporada.

Precisamente, Koyalipou estuvo a punto de aprovechar otro al final del tiempo reglamentario, lo que hubiera supuesto el 2-2 hasta que Griezmann volvió a demostrar, como hiciera a los 37 segundos de entrar en el campo, por qué es el máximo goleador de la historia rojiblanca con 203 tantos, y por qué es una leyenda del Atlético de Madrid esté en el campo o saliendo desde el banquillo. "Al final cada jugador quiere jugar, lo que hace feliz es estar en el campo, pero tengo la suerte de que en el banquillo están todos con muchas ganas y me motivan a hacer lo mismo", apuntó el protagonista tras firmar un doblete.

En el mismo sentido se expresó su entrenador sobre la suplencia del astro francés. "La idea nuestra es que el equipo somos todos y luego empiezan 11 con el portero, a partir de ahí está la fortaleza del grupo", comenzó Simeone, visiblemente molesto por responder a varias preguntas sobre la suplencia del siete. "Necesitamos a tener a todos enganchados", reiteró el entrenador. Y Griezmann le secundó poco después en rueda de prensa."Todos somos iguales. Nadie pones malas cara y yo tengo que dar ejemplo", explicó el francés.

Koke y Griezmann parecen haber cambiado las tornas de un año a otro. Si la temporada pasada era el francés el teórico titular, en esta es el capitán rojiblanco el que está partiendo más veces de inicio. "Es imposible convencer al jugador de salir desde el banquillo. Fui jugador de fútbol y el futbolista quiere jugar. No quiere verse esperando la oportunidad. Pero cuando firman el contrato no firman jugar, firman ser un equipo" concluyó el Cholo.

Griezmann no entiende de minutos ni de roles y da la victoria al Atlético ante el Levante

Griezmann no entiende de minutos ni de roles y da la victoria al Atlético ante el Levante

Ocurrió el curso pasado. El otoño fue dulce para el Atlético. Una racha de 12 victorias consecutivas le terminó por dar el campeonato de invierno. Este curso quieren replicarlo los colchoneros, con la diferencia de que el inicio fue diferente en la cabeza de la liga. El Metropolitano es un fortín y a él se agarran los de Simeone para seguir escalando posiciones tras un mal inicio. Durmieron igualados a puntos con el Barça, aunque estos deben aún jugar el domingo. Y todo gracias a un francés que puede que tenga otro rol, pero los goles no se le ha olvidado marcarlos. Hizo dos, y los dos por listo, por estar en el momento y en el lugar oportunos. [Narración y estadísticas, 3-1]

Empezó el Atlético el choque confiado. Se creían mejores. Quizás lo eran. En los primeros 10 minutos, todo parecía indicar que el resultado sería abultado. Barrios jugaba profundo, Baena hacía diabluras en tres cuartos y Giuliano seguía castigando a su par. Nada nuevo bajo el sol. De hecho, cuando Dela metió en su propia puerta el primer gol del partido, medio estadio celebraba contenido, como una consecuencia lógica de lo que debía suceder. Pero Julián Calero no perdía la tranquilidad.

El entrenador del Levante sabe que los rojiblancos han perdido las ventajas en muchos de sus partidos de esta temporada. Esta vez no sería menos. Lo peor es quien lo certificaría. Si Manu Sánchez recibía unos tímidos aplausos en su presentación como ex rojiblanco, 20 minutos después era él quien alzaba los brazos para pedir perdón. Acababa de cumplir la ley del ex. El lateral del Levante decidió aprovechar no un espacio, sino una llanura que el Atlético le había dejado al segundo palo en un córner. El defensa más cercano era un Giménez que, a cinco metros, sólo pudo ver como el menudo lateral se lanzaba en plancha para batir a Oblak.

Manu Sánchez pide perdón tras marcar en el Metropolitano.

Manu Sánchez pide perdón tras marcar en el Metropolitano.SERGIO PEREZEFE

El gol no afectó a los de Simeone. Mantuvieron ese juego alegre y ofensivo que caracteriza a un entrenador al que la etiqueta de defensivo ya no se le aplica en el 90% de los partidos. Lo cierto es que este Atlético se podría decir que ataca mejor que defiende, aunque suene a sacrilegio viniendo de un equipo del Cholo, que se sitúa en el top-3 de equipos más goleadores. La estadística que lo demuestra es que los colchoneros botaron 13 córners y llegaron 16 veces al área con un 77% de posesión sólo en el primer tiempo.

El arsenal que se ha fichado arriba lo justifica, desde luego. Aunque en estos últimos tiempos, quizás no en cifras, pero en sensaciones, Julián, la gran estrella rojiblanca, esté algo más fallón. No termina de ser tan certero como ha mostrado en este equipo, anotando todo o casi todo lo que le llegaba. En Champions, ante el Saint-Gilloise, falló un mano a mano impropio de él. Y ante el Levante tuvo un par de disparos claros que echó fuera.

Tampoco Sorloth estaba acusando los elogios del Cholo sobre sus últimos partidos. Desaparecido el noruego, salió Griezmann y a los 10 segundos consiguió el francés anotar el segundo gol rojiblanco. No muestra incomodidad el francés con su nuevo rol esta temporada. Juega lo que le toca y aprovecha los minutos que le brinda su entrenador sin un mal gesto y con una gran actitud. Ya son 700 esta temporada, quizás más de los que esperaba.

Susto y VAR

Pero el resultado era más corto quizás de lo que esperaban los cochoneros y aún quedaba hueco para la sorpresa como la que casi da Koyalipu tras un saque de esquina. El fútbol no entiende de merecimientos sino de contundencia. Menos mal que a 10 del final volvió a aparecer la leyenda rojiblanca para poner las cosas en su lugar. Porque en el sitio estaba el 7 del Atlético. Esperando los rebotes de una jugada trabada en el área del Levante. Se acabaron los sustos. O no, porque Carlos Álvarez en el 90 quiso dar emoción al partido. Una falta directa que se comió Oblak, pero la presencia de Matías Moreno, en fuera de juego, salvó a los rojiblancos.

Calcan los colchoneros el resultado con el que iniciaron esta racha en casa: 3-1. Quizás engañosos todos, también este, no por merecerlo sino por todo lo que ocurrió en los partidos. La suerte y la contundencia también cuentan.

Carlos Álvarez, el ‘Pelusa’ sevillano que pone la magia en el Levante y desafía a la defensa del Atlético

Actualizado Viernes, 7 noviembre 2025 - 21:32

Mayo de 2024. A las puertas de las oficinas del Levante en el Ciutat de València espera un joven aficionado con su padre a que salga un jugador al que quiere pedirle las botas. No un autógrafo, algo mucho más valioso por lo que encierran. «Las tengo en Buñol, pero dame tu nombre, vente un día y te las doy». Carlos Álvarez (Sanlúcar la Mayor, 2003) le sacaba apenas 10 años y sabe lo que significa para un chaval esa admiración. Aquel seguidor granota quizá vio que en esas botas estaba toda la magia del Levante.

Con apenas 1,69 metros de estatura, la élite se rinde ante un futbolista diferente. «Carlos deja que su imaginación vuele y saca un pase donde nadie lo vemos», admite su entrenador, Julián Calero. Él le aprieta, le obliga a entregarse más en defensa, pero sabe que tiene «un halo diferente». Quizá se lo dio el callejeo con sus hermanos. «Me he pegado horas haciendo regates en la calle desde los tres años», confiesa este menudo jugador, a quienes en el vestuario llaman, cariñosamente, Pelusa, sin que a él le pese. Ha buscado esos gestos que dicen que tiene en los vídeos de Maradona, pero se ha criado con Messi. «He estado cogiendo cosas para la mochila», dice sobre el ex barcelonista.

Sin comparaciones, talento para levantar a la grada le sobra. Quedó demostrado en el partido del ascenso, en Burgos. Recogió una pelota peinada por Espí, se la cosió al pie para correr toda la frontal del área de derecha a izquierda hasta armar un zurdazo ajustado al palo ante el que nada pudo hacer el portero. Era el broche perfecto a una temporada en la que marcó siete goles y dio 11 asistencias, pero en la que tuvo un pie en Arabia. En agosto de 2024, a un Levante pobre con telarañas en la caja le llegó una oferta de cinco millones, pero el jugador cerró la puerta. No era el momento. El club apostó a que tampoco, porque su cotización engordaría.

En Valencia, Carlos Álvarez había encontrado el ecosistema perfecto para afianzarse en Primera, aunque fuera empezando por apretar los dientes en Segunda. Convenció a Calleja y después a Calero, y tuvo la oportunidad que le negó el Sevilla, donde creció desde los seis años. «Mi madre me apuntó a un equipo con tres años para que me cansara y durmiera bien, porque era muy nervioso. Era tan pequeño que me dijeron que si sabía distinguir entre izquierda y derecha, me quedaba». Lo distinguía entonces y ahora, porque se mueve con la misma agilidad, indetectable por los dos perfiles.

Carlos juega con alegría, pero eso no le impide competir. «No me gusta perder nunca y si fallo un pase a dos metros, veréis como me cambia la cara», advierte. Esas asistencias a compañeros dan sentido a su juego. «No busco el regate por la jugada individual, sino para meter el mejor pase posible al compañero», explica, y pueden corroborar esta temporada Eyong y su colega Iván Romero. Juntos llegaron del Sevilla en el verano del 2023. En el caso de Carlos, gratis a cambio del 40% de un traspaso en los siguientes tres años y una prima si llegaba a Primera, que el Levante pagó gustosamente.

Ya mira con nostalgia cómo se ha asentado en el Sánchez Pizjuán Juanlu Sánchez, un futbolista con el que se proclamó campeón de la Liga Promises en 2015 ante el Barça de Xavi Simons, a quien arrebató el trofeo de mejor jugador en el torneo.

Antes de estrenarse en el Ciutat, Álvarez fue clave en el Sevilla Atlético y, en 2022, Sampaoli le hizo debutar en la Copa ante el Juventud Torremolinos. Marco un gol. Después, minutos en otra ronda copera y 9 minutos ante el Getafe. Poco para un jugador de 19 años tan friki que analiza cada partido para mejorar, siempre con el apoyo de Calero. «Tiene el don de la palabra y te convence. Es cierto que me pide más en defensa, pero también me da más confianza en ataque», reconoce el jugador. En su último año en el filial del Sevilla fue el futbolista que más faltas y tarjetas provocó. En la tarde del sábado, ante el Atlético, tiene una prueba de fuego.

El Levante pone la emoción y el Betis y el Alavés los goles en una última jornada copera sin caídas de los grandes

El Levante pone la emoción y el Betis y el Alavés los goles en una última jornada copera sin caídas de los grandes

La tranquilidad de la mayoría de partidos de equipos de Primera en las jornadas previas de Copa se vio truncada por la locura que se vivió en este último día de la primera ronda del torneo del ko en Orihuela. El Levante pasó sobre la bocina y al Espanyol también le costó, no así Celta, Alavés y Betis que ganaron sin problemas sus duelos.

Por volver a la localidad alicantina, el partido entre el Orihuela y el Levante (3-4) fue una auténtica lucha hasta el último minuto. De hecho, fue Espí en el 92, apenas dos después de que el conjunto amarillo empatara por medio de Ayo, el que dio la victoria a los, ayer, blanquiazules.

El Espanyol necesitó del mejor Kike García para resolver un duelo ante el Athletic Lleida que se complicó en la primera parte. Un doblete del ariete periquito salvó a los de Manolo González de caer en primera ronda como le ocurriera el martes al Oviedo.

Pocas opciones dieron el Celta y el Alavés al Puerto de Vega y al Getxo respectivamente. Los vigueses no necesitaron subir de marcha y ganaron de manera gris al equipo de Navia (0-2), que consiguió mantener su puerta a cero hasta el descanso. Óscar Marcos, el debutante en el equipo de Giráldez abrió el marcador y dos minutos después lo cerró Damián de penalti.

El Alavés fue una apisonadora en Getxo (0-7). Los vitorianos ya iban 0-4 en la primera parte con dobletes de Mariano y Carlos Vicente. El delantero caribeño completaría su póker en la segunda parte y los babazorros terminarían haciéndole un siete al conjunto vasco.

Otra fue el Betis, Riquelme fue un puñal por la banda y Altimira gobernó el medio campo ante el Palma del Río (1-5). Poco pudo hacer el ex bético Sergio León, aunque una asistencia suya dio el gol del honor a los cordobeses. Finalmente, los de Pellegrini terminaron con siete tantos.