Los chavales del Atlético desvencijan al Valencia para desesperación de Mestalla

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Era su sueño y por eso se abrazaron como una piña al final del partido. Los chavales del Atlético Madrileño de Fernando Torres habían pasado de jugar en Primera Federación a debutar con honores en Mestalla desvencijando a los profesionales que vestían la histórica camiseta del Valencia. Menospreciaron la fuerza feroz que empuja a quien quiere comerse el mundo. Como si el equipo de Corberán estuviera saciado o, lo que es lo mismo, al menos salvado. Les pasaron por encima sin paliativos con dos debutantes como héroes, Iker Luque y Miguel Cubo, ante el aplauso de Simeone. [Narración y estadísticas: 0-2]

El ímpetu a los locales les duró once minutos. Fueron lo que tardaron los niños en hilvanar la primera jugada en estático. Había mandado Simeone al campo a todos los canteranos que le permite el reglamento y les había advertido de que tenían la lupa encima. Nunca ha sido Mestalla un campo fácil para doctorarse, pero ellos lo consiguieron. Desde hace unos años, este estadio es tan capaz de ser el jugador número 12 como castigar la desidia de sus propios jugadores.

Saltó el Valencia con necesidad, jugando en campo contrario buscando engrasar los caminos hacia Musso. Eso sí, a la espalda no la podía descuidar. Nahuel Molina, uno de los pocos veteranos, detectó el hueco entre Pepelu, otra vez central, y Gayà y su primer disparo se fue alto. Ahí había partido y se demostró cuando, de tacón, dejó a Mendoza ante Dimitrievski, pero el macedonio rechazó y Morcillo, con una presencia cuajada a sus 19 años, la mandó a la grada. La tercera ocasión también fue de Molina, que volvió a forzar al portero, y hasta probó el argentino con un zapatazo de 40 metros que escupió el larguero lamiendo la cruceta. Cuatro oportunidades clarísimas que hicieron que Mestalla se incendiara. El único que apareció, en un solo destello fugaz, fue Javi Guerra que, ante el banquillo del Cholo, le puso un balón a lo Laudrup, mirando en dirección contraria, a Rioja para centrar, buscando a Sadiq. Pero el nigeriano, bien vigilado por Lenglet y Le Normand, no tuvo su tarde.

Los amagos rojiblancos consiguieron de nuevo hacer pequeñito al Valencia. Un remate a la media vuelta de Le Normand en un saque de córner y un testarazo que Rayane a centro de Molina hicieron aflorar los gritos de «Coberán, dimisión», «Carlos, vete ya» y hasta, con sorna, un «mañana es día libre» dirigido a los jugadores. No podía digerir la parroquia que, jugándose la salvación, su equipo no mordiera a un rival repleto de novatos.

A punto de irse al descanso, el Valencia se estrelló en el poste. Fue con un remate de Ramazani, a quien encontró Ugrinic en el área, en un medio giro. Quedaban cinco minutos y, a pequeño susto, supo sobreponerse el Atlético. A ellos, la responsabilidad no le lastraba las botas. Por eso Boñar salió del lateral hasta la frontal para presentarle a Rayane una pelota que no pudo aprovechar. Tampoco Almada, colándose por dos veces entre su compatriota Saravia y Tárrega. El Valencia ni se aplicaba en ataque ni era contundente en defensa, los males que arrastra toda la temporada y que tienen a su afición crispada y con la respiración contenida.

No mejoró la situación en la segunda mitad. Seguía estando el Atlético más cómodo y no había manera de meterle mano porque, cuando Rioja encaró una contra por la orilla izquierda, se ofuscó y no vio cómo Ramazani aparecía solo por el carril central. Al Valencia, que ni siquiera había sacado de esquina en todo el encuentro, se le acababa el tiempo: Simeone mandó a calentar a Koke y Griezmann. Antes de que saltaran al campo, Molina, un demonio que quebró a Gayà, le regaló a Rayane un centro que el joven atacante remató con el gemelo.

Con los locales sobrepasados, Corberán buscó a Hugo Duro, a Danjuma, y el Cholo a otros dos chavales: Miguel Cubo e Iker Luque, que el primer balón que tocó en Primera este vallecano de 18 años acabó dentro de la portería de Dimitrievski. Entrando en el área por la derecha encontró el mexicano Vargas al canterano que lleva vistiendo el escudo desde los nueve años.

Para entonces, los dos capitanes estaban en el campo y los nubarrones se cernían sobre un estadio indignado. La primera vez que apareció Griezmann, llegó el segundo gol rojiblanco. Asistió a otro debutante, Miguel Cubo, segoviano de 18 años que se lleva de Mestalla el mejor recuerdo de su vida. Hasta con la emoción de que el VAR revisara un posible fuera de juego. Ya no levantó cabeza el Valencia, con sobreexcitación, un gol bien anulado a Sadiq y un estadio encendido.

Dimitrievski, de sentirse engañado a ser el muro que sostiene al Valencia

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La razón por la que el Valencia ha sacado en las dos últimas semanas ligeramente la cabeza de la zona caliente del descenso tiene nombre y apellido: Stole Dimitrievski. El guardameta macedonio sostuvo al equipo en Mallorca para arañar un punto y sacó una mano salvadora a un remate de bocajarro de Stuani que permitó amarrar los tres puntos en Mestalla cuando el Girona tocó arrebato. Cuando el Valencia se resquebraja, aparece su portero para sujetarlo. Ante la artillería del Atlético, aunque mermada por el objetivo de llegar a la final de la Champions, tendrá otro reto.

Los números de Dimitrievski avalan el peso específico que ha ganado en el once de Carlos Corberán, incluso a su pesar. En Liga ha jugado hasta el momento 15 partidos y ha recibido 18 goles, lo que le convierte en el sexto cancebero con mejor promedio. Esas cifras y la sensación de seguridad que aportan son algo que no podía ni imaginar en noviembre. El macedonio se ha convertido en un hombre vital para la salvación a pesar de que su historia con el Valencia comenzó siendo amarga y llegó a estar en peligro especialmente el pasado verano.

Llegó libre a Mestalla en junio de 2024, tras finalizar una vinculación de seis temporadas con el Rayo Vallecano. Su destino era perfecto, un club que en enero, cuando le contactó, ya sabía que Mamardashvili sería traspasado y que Jaume Domenech, pese a su ascendencia en el vestuario, no sería el relevo. Iba a ser titular en un equipo que, en la segunda temporada de Rubén Baraja, rozó Europa y parecía iniciar un camino de crecimiento.

Todo se torció cuando el Liverpool accedió a dejar cedido una temporada al georgiano. Nadie lo esperaba. «Jugué toda la pretemporada y, en la primera jornada ya no juego, y a los cinco meses el equipo es último. Hubo un cambio de entrenador y juego cuatro partidos y después de una derrota me quita», explicó Dimitrievski en una polémica entrevista en su país durante el parón de selecciones en noviembre. Esa derrota fue un 0-5 ante el Barça en Copa del Rey en Mestalla. Había jugado cuatro partidos de Liga -tres con Baraja y uno con Corberán, todos por lesión de Mamardashvili-, y los cinco de Copa. En total, nueve. De esa cifra nació el verdadero desecuentro. Con la salvación garantizada llegó el Valencia al último partido ante el Betis. Dimitrievski estaba a un partido de cobrar un bonus de 300.000 euros que tenía fijado en su contrado, pero el entrenador no lo alineó.

El macedonio se sintió engañado y buscó una salida, pero el Valencia le cerró las puertas. El georgiano se había marchado y Jaume anunciado su retirada. Iban a buscar un portero, pero no dos. La sorpresa para Dimitrievski fue que Corberán, en su condición de manager, buscó a quien quería que fuera titular: Julen Agirrezabala. Lo que podía ser una competencia sana tenía letra pequeña. Fue el Athletic quien confirmó que la cesión tenía un coste para el Valencia además de unas penalizaciones económicas en caso de no jugara.

«El club trae otro jugador que tiene por escrito en el contrato que tiene que jugar partidos de Liga. Eso fue un shock para mí. Significaba que ya no hay competencia en esa posición. Tiene que jugar sí o sí», resumió Dimitrievski mientras estaba con su selección, donde es titular indiscutible. Unas declaraciones que fueron una bomba en el vestuario. El club le sancionó, pidió perdón y el entrenador le afeó en público sus palabras «erróneas e incorrectas». Esa tensión tuvo que desaparecer cuando el portero vasco se lesionó, primero muscularmente y luego para toda la temporada por una rotura de menisco. Fue entonces cuando emergió el mejor Dimitrievski.

«Si entreno bien y me dan la oportunidad, responderé sin ningún problema, porque tengo experiencia, tengo calidad y estoy preparado para hacerlo», dijo en su peor momento y lo ha cumplido. «Dimitrievski ha sido vital», admite Corberán, que protegió su apuesta por Agirrezabala al inicio hablando de una lesión en la pretemporada. El contrato del macedonio acaba en junio, pero el Valencia tiene la posibilidad de ejecutar una cláusula y, por medio millón de euros, alargarlo hasta 2028. De momento, la negociación está supeditada a cerrar la permanencia.

Para el Valencia, vencer al Atlético le colocaría cerca del objetivo y, aunque no es tarea fácil, algunos jugadores de la plantilla estaban en septiembre de 2023 cuando le endosaron a los de Simeone un doloroso 3-0. Los rojiblancos enfrentan este duelo entre las guerras con el Arsenal y tendrán que mimar a quienes salieron tocados como Julián Álvarez, Giuliano o Sorloth, y proteger al resto. Corberán no se confía y, por si acaso, Simeone le carga de razón: «Vamos a ir con gente fresca que tiene la oportunidad de mostrar por qué están en el Atlético».

De los goles de Julián Álvarez a la varita de Griezman: "Mi gran ilusión es llevar al Atlético a la final de Budapest"

De los goles de Julián Álvarez a la varita de Griezman: “Mi gran ilusión es llevar al Atlético a la final de Budapest”

El Atlético de Madrid se sostiene en la pelea por llegar a la final de la Champions de Budapest por el coraje de una leyenda incombustible como Koke, por el perfecto encaje de un recién llegado como Marc Pubill pero, sobre todo, por los goles de Julián Álvarez y la varita mágica que, aunque pasan y pasan los años, sigue teniendo Antoine Griezmann. "Mi gran ilusión es llegar a la final. Me preparo para ello", confesaba el francés que estrelló el 2-1 en el minuto 62 en la cruceta.

Hasta entonces había sido Julián Álvarez quien visualizó ante todo el Metropolitano que carga a su espalda el peso del ataque cuando lo necesita. Su balance goleador es extraordinario. Ha marcado 10 goles en 14 partidos y ha repartido cuatro asistencias. Solo en cinco encuentros europeos no ha visto portería y se ha sobrepuesto a los malos recuerdos de aquel fatídico doble toque. Anoche tuvo un penalti y, sin dudarlo, lo marcó para igualar con una decena de goles desde los 11 metros a un mito como Milinko Pantic. Su figura en las eliminatorias clave de la competición se ha agigantado.

De hecho, se han convertido en el jugador rojiblanco que más goles ha marcado en una temporada en Champions. Al Tottenham en octavos le hizo tres y en el duelo de cuartos ante el Barça apareció en el Metropolitano para cerrar la eliminatoria. El Arsenal era una estación más hacia Budapest. El argentino detectó la laguna que se abría entre la espalda de Declan Rice y la defensa de Saliba y Gabriel y, desde ahí, anunció peligro. Primero con un remate que salvó Raya; después cabeceando un centro de Pubill. Su trabajo no solo era cazar el gol, sino presionar la salida de balón de un equipo que arriesga mucho y, en ocasiones, se equivoca. En ese corte del césped iba a jugar su partido.

Esta vez apareció poco Lookman y Griezmann anduvo más ocupado en llevar la manija que en pisar el área en la primera parte. Tampoco colaboró Giuliano Simeone. Se llevó un golpe en el costado en un salto con Hincapié al inicio del partido al que trató de sobrevivir en la primera parte, pero que le dejó en el vestuario tras el descanso. Para entonces, el Atlético ya tenía que remontar.

"El primer tiempo fue parejo, con poca posibilidad de gol para los dos. Es un equipo muy bueno, que no ha perdido en Europa y es primero en la Premier. Entraban los suplentes y eran mejores que los titulares", describió Simeone. "En el segundo tiempo, ellos bajaron la intensidad y nosotros crecimos con orden a la línea del área, donde aparecieron Griezmann y Lookman. Tuvimos ocasiones pero no pudimos", resumió..

Un árbitro de penaltis

El colegiado neerlandés Danny Makkelie fue otro de los protagonistas. No dudó en calificar de atropello el choque entre Hancko y Gyökeres en el área, y el sueco batió a Oblak. Le tocó a Atlético el árbitro que, en ocho partidos de Champions, ha señalado cinco penaltis, cuatro de ellos en los primeros duelos de la fase de grupos que dirigió. Aún le falta sumar uno más por manos de White y otro que anuló tras consultar el VAR.

"Para cobrar un penalti en unas semifinales de Champions tiene que ser penalti. Esto fue un penaltito. El contacto me pareció mínimo", defendió Simeone. No estaba de acuerdo Arteta: "En la Premier estos dos penaltis no los hubieran pitado, pero en la Champions, sí. Lo vimos ayer. Luego no entiendo que no vea penalti a Eze", se lamentó.

A la Araña al Principito les tocó jugar también contra eso, en contra y a favor. En la segunda mitad, su veneno emergió. "A nivel de intensidad, presión y colocación, ha sido mejor. Hicimos arreglos para presionar y vascular mejor .Tenemos que seguir así en Londres. Va a ser un partido bonito para jugarlo, y también para sufrirlo en casa o en el estadio", advirtió Griezmann.

Julián Álvarez se benefició de ese trabajo tratando de sacar oro de una falta colocadita a la escuadra. Incluso le dio para dejar solo a Lookman ante Raya. Le decía Simeone desde el banquillo que buscara portería y no dejó de hacerlo. Lo logró de penalti y su nivel de confianza creció hasta llevarle a intentar marcar un gol olímpico. Su noche la amargó un golpe en el tobillo que le obligó a retirarse en el 74. "Le harán pruebas para ver qué tiene", dijo Simeone. Seis días quedan para el partido de vuelta, para el que también es duda Sorloth, que no pudo jugar al resentirse en el calentamiento de unas molestias.

No dejó de jalear el Metropolitano, que se convirtió por una noche en el Calderón, con 70.000 almas empujando para que su equipo volviera a una final de Champions. A la cita con la historia no quiso faltar el rey Felipe VI, que acudió al palco invitado por el Atlético. Fue como aficionado, porque se le atribuye sentimiento rojiblanco, y no como jefe de Estado en acto oficial, algo que la Casa Real se encargó de puntualizar. Junto al Rey, y con menos habilidad para esconder los nervios antes y durante el partido, estuvo el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, ferviente seguidor atlético que, con profunda emoción, cantó el himno como si estuviera en su asiento de abonado.

Todos los detalles del PSG-Bayern, un partido para la historia de la Champions: 9 goles en 13 remates, 90 ataques y 223,6 kilómetros recorridos a un ritmo brutal

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Fue vertiginoso, caótico, impredecible, fue una hora y media de entretenimiento maravilloso en mitad de la atonía que mayoritariamente preside el 90% de las sesiones de fútbol. PSG y Bayern, Luis Enrique y Kompany, perpetraron anoche un partido que pasará a la historia del fútbol, no solamente de la competición que lo acogió. Y lo hará por muchos motivos, pero sobre todo porque recuperó la esencia perdida de este deporte: coger la pelota y, sin pensárselo mucho, intentar meterle un gol al portero del otro equipo. Tan fácil. Tan difícil.

El duelo se jugó a un ritmo salvaje. La imagen de Hakimi, inmovilizado por unos calambres en su pierna derecha durante los últimos minutos, sirven para ilustrar que, entre los dos equipos, corrieron 223,6 kilómetros (109 el PSG y 114,6 el Bayern). No son datos escandalosos vistos de forma aséptica, pero sí cuando se tiene en cuenta a la velocidad de ese recorrido. En casi un 40% de esos kilómetros, los esfuerzos de los jugadores fueron de alta intensidad. Brutal.

Entre los dos equipos, dispararon 13 veces a portería. Nueve goles, es decir, el 70% de los tiros a puerta acertaron. Entre ambos equipos iniciaron 90 veces un ataque, aunque aquí el desequilibrio es evidente, pues el Bayern lo intentó 62 veces y el PSG solamente 28. También la posesión fue favorable a los alemanes (45%-55%) y llama la atención, por último, un detalle. Jugado a un ritmo espeluznante, la precisión en el pase de los futbolistas fue del 87% en el caso de los locales y del 88% en el caso de los visitantes.

Sin embargo, lo que queda de la noche de ayer en París no son los números. Son las sensaciones: "Es, sin duda, el mejor partido en el que he estado como entrenador", dijo Luis Enrique, eufórico, como todos los presentes en el Parque de los Príncipes, poco después de haber terminado. "Ha sido increíble", concedió Kompany, algo molesto, eso sí, por el penalti que le pitaron a Davies. "Es el partido que siempre soñé jugar desde niño", contaba Marquinhos, el capitán del PSG sobre el tercer partido en toda la historia de las semifinales de la Copa de Europa en el que se marcaban nueve goles.

Pero lo mejor del partido de ayer es que, quizá, lo (también) mejor esté por venir. "Estoy seguro de que la vuelta será una fiesta como la de hoy". Palabra de Luis Enrique.

Oda al fútbol de PSG y Bayern: nueve goles en 70 minutos y ligera ventaja de los parisinos hacia la final de la Champions

Oda al fútbol de PSG y Bayern: nueve goles en 70 minutos y ligera ventaja de los parisinos hacia la final de la Champions

No se podía pestañear en el Parque de los Príncipes sin perderse un gol. Desacomplejados, sin especular, PSG y Bayern interpretaron una oda al fútbol, retándose a pecho descubierto, golpe tras golpe de dos de los mejores ataques de Europa, como si no estuviera en juego un billete a la final de la Champions. De momento, lo tienen los parisinos, pero el 5-4 es una ventaja corta cuando nadie especula. Qué importa cómo se defiende cuando hay letalidad en ataque. Ni Luis Enrique ni Kompany son entrenadores que les pidan a sus futbolistas contención. Al contrario, el mensaje, o eso pareció en 90 minutos que pasarán a la historia, es que pisaran el acelerador a fondo. [Narración y estadísticas: 5-4]

Lo demostró el Bayern durante los primeros 20. Se quedó la pelota y, a una velocidad endiablada, fue cercando a Safonov. Olise empezó a ser una pesadilla para Nuno Mendes y Kane a demostrar que, si bien el arrebato lo ponen por las alas el francés y Luis Díaz, él tiene la capacidad de tomar la decisión perfecta. El dominio bávaro se tradujo en que apenas apareció Vitinha, Dembélé no tocó pelota en los primeros diez minutos y el PSG no trenzó una jugada, que acabó con centro de Kvaratskhelia buscando la cabeza Balón de Oro, hasta el cuarto de hora.

Y ahí empezó el vértigo. El centro lo escupió Upamecano y lo cazó Luis Díaz en una contra salvaje en la que se apoyó en Olise, Kane y Kimmich antes de meterse en el área y que Pacho lo arrollara. Penalti que el 9 inglés convirtió para abrir el partido (0-1). Pudieron los alemanes aprovecharse de la ligera zozobra parisina con otra internada de Olise hasta la línea de fondo para sacar un pase atrás que salvó Safonov y rebotó en Marquinhos para estrellarse en el poste. El equipo de Kompany, sancionado y dejando los mandos a Aaron Danks, parecía jugar con una velocidad extra que el PSG no había encontrado.

Como también la tiene, apareció. En cuanto la pelota empezó a pasar por su brújula portuguesa, siguió por Doué y Kvaratskhelia y acabó en Dembélé. Fue el Mosquito quien primero tuvo el empate, pero solo ante Safonov, abrió en exceso su remate desde el costado izquierdo. No pasó ni un minuto cuando el georgiano, engañando a Stanisic con un amago, ajustó su rosca al segundo palo para sorpresa de Neuer (1-1).

El empate fue un toque de zafarrancho. A Olise no lo podía parar Nuno ni con la ayuda de Marquinhos, con amarilla desde muy pronto, pero Doué había espabilado tras una regañina de Luis Enrique y montó una contra con disparo ajustado que Tah envió a córner. De la bota de Dembélé en la esquina a la cabeza del bajito Joao Neves y al fondo de la portería alemana. El partido había girado por completo (2-1)

Upamecano marca el tercer gol del Bayern para recortar la ventaja del PSG.

Upamecano marca el tercer gol del Bayern para recortar la ventaja del PSG.EFE

El estadio veía a su equipo por delante, con otro mano a mano de su 10 que evitó Upamecano, pero también a un Bayern en el que Luis Díaz generaba pánico por la banda izquierda, poniendo balones al área que Musiala se atrevía a desperdiciar. Era un duelo de dos equipos descosidos. De esa locura sacó primero provecho, de nuevo, el Bayern, con Olise metiéndose hasta el área pequeña rodeado de rivales y, en un palmo, soltar un zurdazo para volver a empatar (2-2). Era el minuto 41 y, en el añadido, hubo tiempo para que el VAR revisara una mano de Davies. El colegiado suizo las vio y señaló un penalti que Dembélé no falló (3-2).

Tenían que reaccionar los alemanes en la segunda mitad, pero no esperaban que Hakimi encontrara una autopista y que asistiera al punto de penalti, que saltaran Dembélé y Zaïre-Emery y apareciera Kvaratskhelia para marcar el cuarto (4-2). No tardó en llegar el quinto, del Mosquito con una carambola con el poste (5-2).

Lejos de bajar los brazos, el Bayern aceptó el reto: si la eliminatoria iba a goles, los marcarían. Upamecano, cabeceando una falta de Kimmich, recortó (5-3) y Luis Díaz, en una contra bailada con Marquinhos, dejó la diferencia en un gol. Llegaban los alemanes más enteros al tramo final, donde el PSG trató de sujetar su ventaja. Lo logró, aunque vio cómo Mayulu se estrellaba en la escuadra y cómo Pacho sacaba un remate de Kimmich bajo palos. Fue lo único que tiraron a puerta que no acabó en gol. Una descomunal oda al fútbol.

Ramazani y Dimitrievski dan al Valencia una bocanada de salvación ante el Girona

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Mestalla solo quiere sobrevivir. Da igual que no disfrute, que el peregrinaje al templo sea para sufrir, porque su Valencia es incapaz de resolver un partido con rotundidad y ofrecerles una plácida tarde de fútbol. La parroquia se desesperó con una primera parte de errores groseros, pero vio a su equipo llegar al 60 cómodo con dos goles de ventaja porque Ramazani siguió creyendo y cargando el ataque a sus espaldas, porque Sadiq, fallón hasta la desesperación, no desperdició un centro maravilloso de Gayà. Fue un espejismo. Tocaba sufrir y que Dimitrievski fuera el héroe sin capa que voló en el añadido para atajar un disparo a bocajarro de Stuani y darle al Valencia una bocanada de salvación. [Narración y estadísticas:2-1]

Si alguien no entiende aún por qué el Valencia vive otra temporada más en el abismo, le basta con visualizar que, a los problemas estructurales arrastrados desde 2020 escasa inversión de Peter Lim, se unen los coyunturales: las decisiones en el campo casi siempre son erróneas. Da igual que el marcador no se haya estrenado, que vayan perdiendo o incluso ganando. Cuando no se equivoca Corberán no atinan los jugadores. Las, pocas, veces en que logran incomodar a los rivales, necesitan encadenar un carrusel de ocasiones porque el último pase suele ser siempre el equivocado. Al Girona le dio vida que Sadiq no hiciera una a derechas en toda la primera parte.

Míchel vio cómo sus jugadores dibujaban el partido parsimonioso que le gusta, adueñándose del balón y manejándolo a su antojo hasta desquiciar. Pero lo cierto es que no le sirvió para acosar a Dimitrievski. El Valencia, una vez más, no discutió ese dominio y lo fio todo a una contra. Gayà se convirtió en un estilete por la orilla izquierda, Rioja se esforzó en ayudar a Saravia a controlar las subidas de Álex Moreno y el peligro de Ounahi y Ramazani ratoneaba ante los centrales. Sin embargo, tuvo que ser un penalti sobre Sadiq no señalado ni en el campo ni por el VAR lo que aceleró a los valencianistas. Una jugada de Gayà y Ramazani que acabó con un centro perfecto del belga al que hubiera llegado el nigeriano de no haber sido agarrado.

A partir de ese minuto 15, el Valencia fue encadenando tantas ocasiones como clamorosos fallos. Entre Rioja y Guerra le fabricaron la primera a Beltrán, que apareció en el área para recoger un centro y estrellarlo en el poste. Después fue el pícaro Ramazani quien le birló la pelota a Blind para regalarle un gol a Sadiq... que tiró fuera.

Mestalla se desesperaba lamentando tanto error no forzado, porque Gazzaniga no blocó ni un balón. Siguieron una cabalgada de Saravia y otro increíble error de Sadiq, que eligió intentar un remate de rosca desde el lateral del área en lugar de ponerle un pase de la muerte al segundo palo a Ramazani, que asomaba al segundo palo. Con el empate llegaron al descanso porque Echeverri se le fue una falta directa desde la medialuna.

Al regreso del vestuario, el Valencia se entonó y, en diez minutos, se puso el duelo muy de cara. Un balón en largo de Javi Guerra, cambiando el juego, lo convirtió Ramazani en el primer gol burlando a Arnau y a Vitor Reis. Ese golpe activó al Girona, que se vio en el lío y buscó un juego más directo. El primer disparo del partido fue de Witsel y lo salvó Dimitrievski. Pero, antes de que se dieran cuenta, Gayà volvió a aparecer como centella por el costado izquierdo para llegar al área, recortar a Arnau y, con la derecha, poner un centro perfecto que, esta vez sí, Sadiq cabeceó. Un 2-0 que ponía las cosas más fáciles, aunque quedara media hora.

Ramazani y Sadiq celebran el primer gol del Valencia.

Ramazani y Sadiq celebran el primer gol del Valencia.ANA ESCOBAREFE

Fue entonces cuando Míchel movió su banquillo y Joel Roca, recién pisado el césped, empujó un centro de Francés desde la derecha que repelió el cancerbero macedonio como pudo. Todo el estadio entendió que tocaba apretar los dientes porque el duelo, que pareció encarrilado, se volvía a abrir.

Buscó piernas Corberán y peligro el Girona, con Bryan Gil retando, y tapando a Gayà, y Stuani molestando a un excelso Pepelu reconvertido en central. Salvó el empate primero Tàrrega y el Valencia solo podía intimidar con contras, como la que lanzó Ugrinic para servir a Hugo Duro el tercer gol si no hubiera llegado una milésima antes Francés.

Quedaba partido, tanto que tuvo que aparecer Dimitrievski para volar ante el remate de Stuani y Pepelu para rechazar otro tiro de Tsygankov después de tres remates en el área pequeña. En el añadido, convertido en una ida y vuelta, Ugrinic volvió a recorrerse todo el campo para volver a dejar a Hugo Duro ante Gazzaniga, pero apareció Rincón. Tuvo el Valencia que esforzarse en no perder lo ganado, que fue mucho.

La UEFA impone una sanción histórica a Prestianni por sus insultos a Vinicius: seis partidos que se pueden arrastrar hasta el Mundial... con condiciones

La UEFA impone una sanción histórica a Prestianni por sus insultos a Vinicius: seis partidos que se pueden arrastrar hasta el Mundial… con condiciones

La UEFA ha impuesto una sanción histórica de seis partidos al jugador del Benfica Gianluca Prestianni por una "presunta conducta discriminatoria" hacia Vinicius en el duelo del playoff en la Champions League disputado en Lisboa el 19 de abril, aunque parte de ella está condicionada.

El Órgano de Control, Ética y Disciplina de la UEFA ha decidido castigarle tras las acusaciones del jugador brasileño de haberle llamado "mono", algo que no fue recogido por las cámaras ni escuchó el colegiado, que sí activó el protocolo antirracista. Además, el propio Vinicius y otros jugadores del Real Madrid, como el astro francés Kylian Mbappé, denunciaron esos supuestos insultos racistas que ahora la UEFA considera una discriminación.

El argentino, quien entonces negó las acusaciones en sus redes sociales, tendrá que cumplir en firme tres partidos de sanción en competición europea. Como uno de ellos ya le cuenta el partido de vuelta de esa eliminatoria en el Bernabéu. Por tanto, ahora le quedan dos.

Prestianni, encarado con Vinicius en el duelo en Lisboa.

Prestianni, encarado con Vinicius en el duelo en Lisboa.EFE

Además, la UEFA, al tratarse de un jugador sudamericano, propone a la FIFA que extienda el castigo a las competiciones internacionales que pueda disputar con su selección. Por tanto, si Scaloni decidiera incluirlo en la lista del Mundial, no podría jugar los dos primeros partidos con Argentina en la Copa del Mundo ante Argelia y Austria.

Los otros tres partidos que completan los seis solo tendrá que cumplirlos si reincide en este tipo de comportamientos en los próximos dos años. La UEFA le concede un "periodo de prueba".

Esta decisión sienta un precedente porque la sanción a Prestianni se aplica sin que haya prueba evidente de que esos insultos racistas se produjeron y se sustenta en el testimonio del jugador afectado y las declaraciones de sus compañeros.

El Valencia sobrevive y araña un punto en Mallorca agarrado a Dimitrievski

El Valencia sobrevive y araña un punto en Mallorca agarrado a Dimitrievski

Un punto que sabe a poco o a mucho cuando lo que está en juego es evitar el descenso a Segunda. Al Mallorca seguro le dejó un mal sabor de boca, porque tuvo el control del juego, las ocasiones y el gol de Samu Costa, pero luego se estrelló en Dimitrievski. Al Valencia le permite respirar tras otro desastre lejos de Mestalla. Apareció el portero macedonio y un remate en plancha de Sadiq para arañar algo cuando todo parecía perdido. No lo pudieron rescatar de penalti, el que le hizo Maffeo a Gayà en el último suspiro, porque el VAR no lo revisó. [Narración y estadísticas: 1-1]

El equipo de Corberán saltó a Son Moix buscando más salir vivo de allí que con los tres puntos en el bolsillo. Salvo una cabalgada por la banda de Gayà que acabó en un centro perfecto que no acertó a empujar Lucas Beltrán, el Valencia ni se acercó a Leo Román. Es más, apenas cruzó la línea del centro del campo a pesar de que el Mallorca no era un vendaval. El repliegue pareció más por voluntad propia que por ímpetu del rival. Quizá afectó la lesión de Thierry, que obligó al debut, notable, de Sarabia en una defensa ya remendada con Pepelu de central. Fue el lateral argentino el único que se atrevió, con un disparo lejano que ni fue entre los tres palos.

Fue una primera parte tediosa, con el fútbol secuestrado por la tensión y sin que apareciera ni una pizca de talento. No tuvo acierto ni Muriqi, el homenajeado de la tarde, que se estorbó con Asano en la primera ocasión clara. El resto fueron dos disparos lejanos y cómodos de Darder a las manos de Dimitrievski y una bolea de Asano desviada. El japonés volvió a tener otra oportunidad al filo del descanso, con un pase filtrado de Pablo Torre al área que no aprovechó.

El Mallorca tenía domesticado al Valencia, incapaz de inquietarles y esforzado en mantener el empate. Un plan de partido que desespera al valencianismo y que en casi ninguna ocasión ha dado frutos. La fortuna es que los nervios del rival provocaban que sus intentos de dentellada toparan en hueso. Eso acabó al inicio de la segunda parte.

Darder sacó el guante para poner un córner al segundo palo donde, solo y sin ni siquiera tener que saltar, apareció Samu Costa para rematar. Había llegado el error que siempre aparece cuando el Valencia se empequeñece.

Como la derrota dejaba a Valencia con pie en el descenso, mientras Corberán echaba mano de Danjuma, Rioja y Javi Guerra, apareció Dimitrievski. Salvó un golpeo de Virgili y otro a bocajarro de Muriqi. El Valencia era incapaz de hilvanar más de dos toques y empezaba a temblar.

En ese momento trenzó la mejor jugada. Buscaron una y otra vez el duelo de Rioja contra Mojica hasta que el sevillano encontró el hueco para poner un centro a Guerra al área que peinó de cabeza al segundo palo donde apareció Sadiq para empatar. Primer remate con peligro del nigeriano, no por fallón, sino porque antes no había pisado el área pequeña.

El duelo se abrió y si Dimitrievski atajó otro tiro a quemarropa de Virgili, Ramazani echó fuera un pase de Sadiq con Leo Román vencido. El Mallorca tuvo las dos últimas ocasiones, con un remate de Llabrés en el segundo palo al que llegó forzado y otro de Samu Costa. Tuvo el Valencia la réplica en el último minuto del tiempo añadido en un centro de Gayà que, por centímetros, no llegó a empujar Danjuma. No quiso complicarse el colegiado Soto Grado, pero el pisotón de Maffeo al capitán valencianista pudo haber dado al Valencia un penalti que le hubiera sabido a gloria. Así, toca sufrir.

Matarazzo, un nuevo Toshack para la Real: "Necesitábamos alguien de fuera que nos dijera qué no hacíamos bien"

Matarazzo, un nuevo Toshack para la Real: “Necesitábamos alguien de fuera que nos dijera qué no hacíamos bien”

Cuando en 1985 la directiva de la Real Sociedad estimó que la exitosa etapa de Alberto Ormaetxea en el banquillo había acabado, pese a los dos campeonatos de Liga, puso sus ojos en un técnico sin mucho cartel. No era el preferido, pero contactaron con el entrenador que había dirigido al Sporting de Portugal y, sobre todo, compaginando su labor con la de futbolista, había llevado al modesto Swansea City galés de la cuarta división inglesa a la Premier. John Benjamin Toshack es una leyenda en Guipúzcoa y no solo por sus éxitos, la Copa de 1987 y los subcampeonatos de Liga y Copa un año después, sino por la huella que dejó en el club y en los realzales.

Desde diciembre, y especialmente desde que Marrero fue un muro y Pablo Marín metió el último penalti de la tanda ante el Atlético en La Cartuja, el 'vasco de Gales' tiene sucesor en el corazón de los aficionados. Nadie lo esperaba cuando en diciembre, Erik Bretos, el director deportivo, puso su nombre sobre la mesa ante la necesidad de destituir a Sergio Francisco. La Real estaba a dos puntos del descenso con una plantilla pensada, con la base de Zubieta, para pelear por Europa. «Quizá necesitábamos alguien de fuera que nos dijera qué no hacíamos bien», reconoció el presidente Jokin Aperribay. Justo lo mismo que en 1985.

Esta vez, la apuesta sería un americano, nacido y criado en Nueva Jersey, licenciado en matemáticas aplicadas en Columbia y con apenas dos años de experiencia en la Bundesliga. Si alguien temía que fuera un Ted Lasso, -el personaje que representa a un entrenador de fútbol americano de Kansas, protagonista de una exitosa serie, que llega a la Premier sin saber nada de fútbol-, pronto comprobó que no era el caso. Pellegrino Matarazzo (Wayne, 1977) tiene el alma atravesada por el balón desde que veía con su padre al Nápoles de Diego Armando Maradona. Puede que su nombre no sonara, y menos después de un año fuera de los banquillos, pero Bretos ya había visto en él todo aquello que le haría encajar en Anoeta.

Ni táctica ni big data ni trabajo físico exigente. Su camino para rescatar a la Real y llevarla al éxito ha pasado por la mente y el corazón de sus jugadores. Si Toshack se los ganó haciéndoles divertirse con balón en los entrenamientos, Rino ha estimulado su confianza. «Es cercano, vacila, habla contigo...», describía Álex Remiro. En eso sí se parece a Ted Lasso. «Pero es enorme e impone cuando se enfada», añadía Turrientes en estas páginas.

«A los jugadores hay que darles confianza y claridad, después ellos van solos». Esta reflexión ha sido la clave de la transformación que ha logrado el técnico, que no duda en reconocer que una de sus mayores fortalezas es la «habilidad» para adaptarse. La Real no necesitaba tanto su faceta táctica y matemática como la emocional. Sus conversaciones, uno por uno, con los jugadores le hicieron llegar a Oskarsson o a Sucic, pero también a Turrientes, Soler o Guedes. Todos han dado con el americano su mejor versión.

Del club y de su gente tampoco se olvida. «Sientes su voluntad de conectar con nuestra cultura y nuestra historia. Viene a contribuir», relatan desde dentro. Porque además de preparar entrenamientos, partidos y estar al lado de sus futbolistas con dedicación plena, conecta con los donostiarras tomándose dos copas de vino y unos pintxos en el Casco Viejo con sus ayudantes el día después de una victoria, descubriendo el placer de dormir la siesta o de dar paseos de tres horas como forma de calmar los nervios, como hizo antes de la primera final de su carrera. También pone empeño en aprender español -su lengua materna es el italiano, el inglés y habla alemán- y algo de euskera por respeto a su afición, «que tienen un fuerte sentido de quienes son», reconocía en una entrevista a los medios del club.

Matarazzo con su jugador Duje Caleta-Car tras ganar la Copa.

Matarazzo con su jugador Duje Caleta-Car tras ganar la Copa.J. BRETÓNAP

Esa faceta psicológica ha hecho volar a sus futbolistas y ha hecho añicos en apenas cuatro meses algunas maldiciones. El 13 de enero en El Sadar tumbó una que se arrastraba desde 1989: la Real no superaba una tanda de penaltis. Lo hizo ante Osasuna y también para proclamarse campeón de Copa.

Matarazzo ha dado gloria a la Real, pero también ha escrito su nombre en la élite del fútbol que, como jugador, le despreció. Tras acabar la carrera, se marchó a Italia, al pueblo natal de su madre, Ospedaletto D'Alpinolo, cerca de Salerno, para perseguir un sueño. Un agente le prometió una prueba en la Salernitana que nunca llegó y, tras meses entrenando entre olivos, firmó por el Nocerina.

Sin suerte en Italia, volvió a Estados Unidos antes de volver a probar después en Alemania. Deambuló por clubes de cuarta hasta llegar al Nuremberg en 2010. Jugaba de pivote con su 1,98 de estatura y parecía «de madera», como confesaba en The Guardian, pero veía el juego. Por eso se sacó el título de entrenador. Para llegar al UEFA Pro tuvo que solicitarlo dos veces, pero logró entrar en la misma promoción que Julian Nagelsmann.

Trabaron amistad y el hoy seleccionador alemán le llamó para ser su segundo en el Hoffenheim. Saltó al Stuttgart para llevarlo a la Bundesliga en 2019 y regresar al Hoffenheim para guiarlo de nuevo a la Europa League en 2024. Sin embargo, la relación se rompió y el italoamericano se quedó sin banquillo.

Los viajes con su hijo por Japón o Costa Rica llenaron algunos de esos meses, en los que vio cómo Mauricio Pochettino se convertía en seleccionador de Estados Unidos, un puesto para el que había sonado su nombre. Entonces la Real le llamó. «Congeniamos en todas las reuniones. Conocía el equipo, cuáles eran los puntos de mejora y por dónde pasaba la evolución. A partir de ahí, no tuvimos dudas», confesaba el presidente. Rino, tampoco. Ya ha superado el logro de Jesse Marsch, otro americano campeón... pero en Austria. Nada equiparable.

La Copa de la Real: un doblete en el 'fútbol moderno' alimentado en Zubieta

La Copa de la Real: un doblete en el ‘fútbol moderno’ alimentado en Zubieta

Cuando en 1987 la Real Sociedad alzó el título ante el Atlético en la tanda de penaltis en La Romareda, ninguno de los jugadores que se han proclamado campeones había nacido. Como ellos, miles de aficionados realzales que tampoco pudieron estar en La Cartuja para ver a su equipo proclamarse campeón en abril de 2021 de la Copa de 2020. La maldita pandemia le birló el éxtasis.

De aquellos que ganaron el título al Athletic sin el apoyo de la grada en 2021, solo cinco volvieron a experimentar anoche una sensación con la que soñaban como canteranos en Zubieta. El sueño de toda Guipúzcoa. Remiro, Zubeldia, Elustondo, Barrenetxea y el gran estandarte, Oyarzabal, son líderes de una plantilla que gana la cuarta Copa para la historia del club, pero que lleva dos finales en cinco años, un paseo por Europa de la mano de la Champions y la pelea continua por seguir dando guerra en cualquier competición continental. Y eso lo ha logrado con una mezcla casi perfecta de sangre txuri-urdin y peloteros diferenciales. La agitó Imanol Alguacil, hasta que el fútbol le agitó la magia, y ha vuelto a hacerlo Rino Matarazzo, un tipo que ni habla castellano pero que tiene el aura de aquel Toshack recién llegado a la Liga.

El americano ha dado confianza a una espina dorsal donde no se mira la edad, aunque quizá sí la procedencia. Porque la savia de la cantera fluye por Gorrotxategi, Beñat Turrientes, Marrero o Jon Martín. Junto a ellos aparece un abanico de jugadores con galones que han florecido en el Reale. Dos campeones de Copa en el 99, Carlos Soler y Gonçalo Guedes, han avivado a un equipo al que le costó el rodaje de inicio de temporada. Tanto que se cobró la cabeza de Sergio Francisco e hizo zozobrar un proyecto hasta en la competición que conduce al título que hoy festejan en Sevilla.

El camino ha sido sufrido, más de lo esperado. Pese a no haber cruzado con ningún ogro por el camino, pasaron tantas penurias a las que se sobrepusieron que la Copa ya tuviera grabado en su peana su nombre. El castigo de no jugar competición europea les llevó hasta Negreira y Reus en las primeras rondas, para luego subir en Elda. Cuando parecía abocado a una prórroga, un centro de Guedes lo convirtió en la victoria Pablo Marín en el añadido. No sería más fácil acabar con Osasuna. Forzaron la prórroga otra vez con el tiempo cumplido y hasta tuvieron que sobreponerse a un penalti fallado por Oyarzabal que hubiera evitado los lanzamientos. El fallo de Zakharyan hizo a todo Anoeta temerse lo peor, pero llegó la clasificación a cuartos. Otra vez ante un vecino: el Alavés. Nueva agonía. Un toma y daca que resolvieron Guedes y Oskarsson en los últimos 15 minutos de un duelo eléctrico.

En semifinales, a doble partido, el reto era increíble. El derbi, el Athletic copero buscando plantarse en otra final y con la vuelta en San Mamés. Para entonces, la Real ya había empezado a carburar con Matarazzo. Oyarzabal, de penalti, en Donosti y Turrientes asaltando San Mamés metían a la Real Sociedad en otra final, la octava de su historia, y daban a los realzales la oportunidad de ver, casi 40 años después, a su equipo levantar una Copa. Bakero, López-Ufarte, Beguiristain, Zamora, Górriz o Arconada estuvieron anoche en las botas de Barrenetxea, Aramburu, Zubeldia, Remiro o Marreno, tanto da.

Esta Copa, que acompañará en las vitrinas a la del Club Ciclista de San Sebastián de 1909, a la de La Romareda de 1987 y a la de 2020, a las Ligas del 81 y el 82, a la Supercopa, abre, además, de nuevo las puertas de Europa, de la Europa League y de la exótica Supercopa de España. Pero, sobre todo, vuelve a dejar boquiabiertos a los chavales de Zubieta que sienten que, algún día, pueden ser campeones.