La Real Sociedad ha comunicado este sábado que ha llegado a un acuerdo con el técnico estadounidense Pellegrino Matarazzo para que sea el nuevo entrenador de su primer equipo hasta el final de la temporada 2026-2027
El club ha informado que el domingo presenciará el encuentro del Sanse, el filial, y el lunes, a partir de las 16:00, será presentado oficialmente en el Estadio de Anoeta. Todo ello en una semana en la que el técnico interino ha sido Jon Ansotegi, entrenador del segundo equipo, quien ha saldado la semana con una victoria y un empate.
Matarazzo nació en 1977 en New Jersey, y comenzó su carrera como técnico en los equipos de fútbol base del FC Núremberg. En 2017 pasó al Hoffenheim, donde fue técnico ayudante del primer equipo junto a Julian Nagelsmann logrando la clasificación y compitiendo en la UEFA Champions League. Dos años más tarde se estrenó como primer entrenador, cogiendo las riendas del VfB Stuttgart, equipo al que ascendió esa misma temporada a la Bundesliga.
Una vez dejó el Stuttgart, donde logró estabilizar al equipo en la élite, volvió al Hoffenheim, equipo que dirigió durante casi dos temporadas, logrando la clasificación a la UEFA Europa League. Ahora llega a la Real para enderezar el rumbo y darle un nuevo impulso al equipo en una temporada en la que no le está saliendo nada al equipo realista.
Los donostiarras, tras el empate ante el Levante, han cerrado el 2025 con 35 puntos en 36 encuentros divididos en dos campañas: números de descenso. En el presente curso, los donostiarras cuentan con 17 puntos tras las primeras 17 jornadas, un bagaje muy pobre para una entidad con un presupuesto récord de 180 millones de euros.
Fruto de la tormenta, Sergio Francisco cayó la semana pasada tras perder en Anoeta ante el Girona, y el club prefirió pensar y dar tiempo a su sucesor. Tal es así, que el ítalo-estadounidense ha sido el elegido en una carrera en la que también salieron nombres como Thiago Motta, Marco Rose o García Pimienta, y tendrá el parón de Navidades para adaptar y moldear la plantilla a su gusto con el objetivo de salvar la temporada.
Matarazzo suele jugar con una línea defensiva compuesta por tres centrales, algo muy distinto al modelo Zubieta que impone el club desde categorías inferiores. Tendrá que trabajar con un vestuario tocado y con jugadores muy lejos de su mejor versión para darle una vuelta de tuerca a una temporada que no pinta nada bien para la parroquia txuri urdin.
«No paro de ver las imágenes de mi lesión en los Juegos Olímpicos de París, no tengo más remedio, me las ponen allí donde voy, ¿y qué le voy a hacer? Lo tengo asimilado, lo tengo muy trabajado», reconoce Carolina Marín. Su dolor en aquellas semifinales trágicas vendrá a la memoria cuando se hable de ella en el futuro, pero tiene que haber otros recuerdos. Su palmarés enumera un oro olímpico, tres Mundiales y siete Europeos; su legado va más allá. De repente, de la nada, una española dominó Asia en bádminton. En Huelva, su ciudad, donde lleva días recibiendo homenajes, se sienta con EL MUNDO para repasar siete momentos de su carrera ya terminada.
1. UNA NIÑA EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS
Antes de ser conocida en el mundo, en España o incluso en su Huelva, Marín ya lucía especial en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid, donde se instaló a los 14 años. Contaba su entrenador Fernando Rivas que tenía una ambición impropia.
«Cuando llegué a Madrid ya quería ser la mejor en todo, campeona olímpica, número uno, todo lo que fuera posible. Nunca me conformaba y creo que eso fue lo que me empujó hacia arriba. Tenía dudas por dentro, pero por fuera siempre me mostraba muy segura. Ya entonces, desde los 15 años, empecé a trabajar con psicólogos para controlar los miedos, las inseguridades, los nervios», rememora Marín, que fue bronce en un Mundial júnior, debutó en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 con 19 años y al año siguiente ganó el Grand Prix Gold de Londres, el equivalente a un Grand Slam en el tenis.
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«Con Fernando creamos nuestra metodología, fuimos originales, hicimos nuestro propio camino. Si hubiera intentado imitar lo que hacían las asiáticas, tantas repeticiones, siempre hubiera ido por detrás», analiza.
2. EL PRIMER MUNDIAL: NACE EL MILAGRO
«Redunda su nombre, Carolina María Marín Martín, cumpliendo un cometido: la Historia ya no podrá olvidarlo», empezaba así este periódico la crónica de un éxito improbable. En 2014, en Copenhague, la española levantó su primer título en un Mundial y prometió más. «A principios de aquel año aprobé la selectividad y decidí dejar los estudios para centrarme en el bádminton. No es fácil dar ese paso, pero ahora sé que fue acerté», apunta Marín, que meses antes ya había ganado su primer Europeo. Acababa de cumplir 21 años y pasó de ser una rareza, una europea en la élite, a ser la rival más temible.
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«Diría que todo cambió en la segunda ronda de aquel Mundial 2014. Gané a la china Wang Yihan, que era la número tres del mundo, y en Asia empezaron a mirarme con otros ojos. Hasta ese momento nadie me hacía caso. A partir de entonces cada vez que jugaba tenía 10 cámaras de televisiones asiáticas alrededor. 'Cuidado, que viene la española'. Hablaban de mi carácter. Cuando iba a los torneos ya era diferente. Para mí era importante ese respeto, ahí noté que me había hecho hueco en el bádminton».
«Aquel oro fue el mejor momento de mi carrera. Para mí fue maravilloso que mis padres estuvieran allí, pero detrás de todas mis medallas siempre ha habido una angustia. Antes del Mundial de 2014 me hice una luxación de hombro y no podía levantar el brazo; antes del Mundial de 2015 me rompí el quinto metatarsiano del pie derecho; y antes de los Juegos de Río tuve un problema en el sacro. Estuve los cuatro meses sin poder hacer un buen entrenamiento. He tenido momentos de felicidad, pero mi camino nunca ha sido un camino de rosas», admite Marín, que asegura que aquel oro le cambió la vida.
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«En el bádminton ya era conocida, pero después de los Juegos me di cuenta de que ya no sería anónima en España, que la gente me reconocía por la calle. Eso te cambia un poco la forma de actuar. Es bonito, pero siempre hay ese momento en el que alguien quiere una foto y no entiende que estás en algo personal».
4. EL TERCER MUNDIAL: ¿LA MEJOR DE LA HISTORIA?
«Después de aquellos Juegos fue el único momento en el que noté un vacío. Ya había ganado todo lo que soñaba desde niña; al volver de Río me costaba sacar motivación. Me senté con mi entrenador y pensé: '¿Y si me propongo ser la mejor de la historia?'», narra Marín, quien venció después de haber vencido, lo más difícil.
En 2018, en Nankín (China), se impuso en la final a la india Pusarla Sindhu, la rival más importante de su vida, también amiga, y se hizo con su tercer Mundial. Hasta ese momento ninguna jugadora había conquistado tres títulos, pero la española considera que eso no la convierte en la mejor de la historia en lo suyo.
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«Me faltó un segundo oro en los Juegos . Pero igualmente yo ya no me quiero ni considerar ni la mejor ni nada de la historia. Ya no pienso así. Me quedo con que di todo lo que estaba en mis manos, exprimí mi cuerpo más allá de lo imaginable».
«El fallecimiento de mi padre fue el peor momento de mi vida, que a nadie le quepa duda. Las dos lesiones de rodilla que sufrí antes de París no fueron tan malas porque sabía que las podía superar. Me siento orgullosa de haber superado tantos obstáculos. La vida me ha puesto piedras grandes en el camino y siempre he querido tirar adelante. Al fin y al cabo he sido una privilegiada por haber vivido de mi deporte», proclama.
«Fue muy cruel», lamenta, y añade: «Había hecho la preparación más dura de toda mi carrera. Antes de empezar no confiaba en mí plenamente, pero una vez ya en semifinales la verdad es que tenía mucha confianza. Después tuve que trabajar mucho con mi psicóloga para entenderlo, para superarlo. Fue duro, evidentemente». En el momento de la lesión Marín tenía 31 años y por ello se agarró a un objetivo, un último objetivo. Huelva, su ciudad, había conseguido la organización del Europeo de 2026 y qué mejor lugar para retirarse, sobre la pista, con su gente. Tampoco pudo ser.
Después de un 2025 de dolores continuos, a principios de este año se volvió a operar y jugar de nuevo ya se convirtió en una quimera. «Hasta la última operación me costaba andar, iba coja. Sentía dolor desde que me levantaba hasta que me acostaba. Ahora tengo que ir con cuidado, no puedo salir a correr 10 kilómetros, pero puedo caminar y eso ya es vida», se congratula.
7. VIVIR DESPUÉS DEL BÁDMINTON
«¿Qué voy a hacer? Lo voy a hacer todo», resume Marín sobre lo que viene ahora. Desde la adolescencia su vida ha consistido en perseguir un volante con su raqueta y ahora brilla el sol y el mundo es infinito y no hay nada que la detenga. «Quiero probar todos los deportes que pueda, porque solo hacía bádminton. Quiero conocer mundo, no tenía tiempo libre. Quiero probar cosas diferentes. Estas primeras semanas las dedicaré a mi familia y a mis amigos, a recuperar las horas que no he tenido con ellos y después tengo el futuro abierto. No he decidido nada», asegura Marín, que en los últimos tiempos estudió a distancia Fisioterapia en la Universidad Católica San Antonio de Murcia y Dietética y Nutrición en la Universidad Alfonso X el Sabio, pero que parece improbable que vaya a ejercer.
EFE
Su vida laboral se intuye en los despachos, sean donde sean. «Ahora mismo puedo vivir tranquila. No voy a estar en el sofá de mi casa sin hacer nada, pero he tenido cabeza y he sabido invertir bien. Creo que con mi retirada he tomado la decisión acertada. Debía priorizar mi salud. Soy muy joven y ahora me toca vivir», finaliza.
El orgullo no evita un posible año blanco. Sería un año más, si no hay vuelco en la Liga, porque los apetitos de la aristocracia no los colma la Supercopa de Europa, único botín del Madrid en el pasado curso, aunque en puridad perteneciera al anterior. Son los dos años de Mbappé, determinado y goleador en Múnich, pero insuficiente. La estrella necesita equipo, lo que es el Bayern. El equipo necesita más del estrella. Es la enseñanza para el nuevo ciclo, algo que tampoco va a evitar el orgullo mostrado en el Allianz. Todo indica que el gol de Luis Díaz, tercero del Bayern, cierra la era de Arbeloa el breve. No hay culpa en su gestión. Tampoco mérito. Que pase el siguiente.
La sentencia llegó después de una controvertida expulsión de Camavinga, excesiva en el juicio del colegiado Vincic. No se puede dejar a un equipo en inferioridad por eso. Ello no exime de responsabilidad al francés, infantil y arriesgado en los tiempos. El gol decisivo llegó prácticamente en la acción siguiente, al que se añadió el definitivo de Olise (4-3). Al Madrid le queda la queja. Está en su derecho, pero el menor tiempo posible. Que no haga como Laporta. No le da coartada para lo sucedido esta temporada. En el Bernabéu el verano empieza en abril.
El error grosero de Neuer
Todos los porteros coinciden en la importancia de la primera parada. Las sensaciones de sentir el balón entre las manos. Detenerlo, apretarlo, ponerlo en juego. Neuer tuvo que empezar por lo último, fuera en el saque de centro o a los 38 segundos. Es el mejor del mundo con los pies, dicen en su gremio, amante de los pases de riesgo. El que falló no tenía ninguno. Fue grosero. Güler desenvolvió el regalo sin nervios, como el niño que ya conoce su contenido. Los nervios eran todos para el hombre de hielo. A Neuer le faltaba una parada, la primera antes de un gol. Cuando pudo hacerla, le falló el paso, le falló la mano. El Madrid había descubierto ya el talón del Aquiles de la portería. No lo rermató a tiempo.
A Lunin le pasó algo parecido. No es el Aquiles del Madrid, aunque sabe bien el oficio. Antes de poder sentir la seguridad de la pelota, sin embargo, olvidó lo fundamental, petrificado bajo palos. La acción exigía la autoridad del portero y es algo que el ucraniano no consiguió en el juego aéreo en todo el partido, especialmente en los saques de esquina, como el que provocó el empate del Bayern, a los pocos minutos del primer gol de Güler. Los alemanes dejaban a su Aquiles en su área pero metían en la contraria un caballo de Troya repleto de futbolistas. El tanto de Pavlovic, con vocación de gol olímpico en el golpeo de Kimmich, no sólo dejó en evidencia al portero, también a los centrales.
Los jugadores del Bayern celebran su clasificación para semifinales.Lennart PreissAP
La igualada devolvió la eliminatoria al punto de partida del encuentro, pero no suponía un empate a dudas. Ni los errores de Neuer y Lunin eran comparables ni lo es su jerarquía. El capitán del Bayern es el Courtois de su equipo, una baja crucial en el Madrid, porque sus manos valen Champions, en París o en Londres. Hasta el inicio del segundo tiempo no pudo el portero alemán sentir las sensaciones que buscaba, en una sensacional intervención ante Mbappé. Para entonces, el marcador era favorable al Madrid, con la eliminatoria igualada, en un contexto distinto.
La precisión de Güler
Habría necesitado esa mano cuando Güler puso su mirada semiestrábica sobre la pelota y después en el arco. La alineación del turco era una de las decisiones que debía tomar Arbeloa, en la recomposición del centro del campo, dada la ausencia de Tchouaméni, la boya del equipo. No dudó. Acertó. Posicionado a la izquierda, con Bellingham junto a Valverde en el mediocentro, el turco fue clave, por su visión, pero también por su trabajo. La salida de Camavinga, en la segunda mitad, llevó a Valverde a la derecha. El francés cometió un error infantil, al retener un balón tras una falta y vio la segunda amarilla. Todo indica que el colegiado no lo recordaba. A partir de ahí, todo se precipitó.
Camavinga abandona el campo, expulsado.EFE
Los errores y los goles agitaron el partido desde el principio, pero el Madrid se adaptó con inteligencia, replegado, muy junto, para cerrar los espacios al Bayern y buscar la dureza en los giros de Upamecano y Tah. Eran robles entre los zigzag de Mbappé. La estrategia era activar al francés y a Vinicius en las contras. Lo de siempre. Mejor Mbappé que el brasileño. El debate del futuro también le va a afectar. Cuando se asociaron, llegó el tercer gol del Madrid, a la carrera, limpia.
El Bayern no encontraba la misma claridad, como si el Madrid hubiera cerrado la cremallera sobre la línea del área. Valverde se multiplicaba y Mendy era como una roca ante Olise, que sólo se sintió libre en el último gol, una rúbrica ya sin valor para la eliminatoria. La alineación del defensa francés fue un acierto de Arbeloa, tenía todo el sentido. El problema, en cambio, era Harry Kane. Un nueve que está en todas partes y en todas toma buenas decisiones. Acabó por encontrar el claro para disparar y engañar a Lunin.
La segunda parte siguió en el intercambio de golpes, pero con más equilibrio y con Neuer en su sitio. Nada se movió hasta la expusión de Camavinga, como una punción en un partido que iba hacia la prórroga, con los dos equipos a la espera. Al Madrid le sentó fatal. Luis Díaz hizo todo lo que no había podido hacer frente a Trent, más firme que de costumbre, y su disparo acabó en un gol que lleva al Bayern a las semifinales de la Champions, en las que se medirá al PSG de Luis Enrique, y pone a Florentino Pérez a pensar en el futuro, porque este presente ha sido un disparate.