El astro logra el título que le faltaba en la tanda de penaltis tras en una trepidante final del Mundial, en la que Francia remontó dos goles y uno más en la prórroga gracias a un hat-trick de Mbappé
Por Messi no llora Argentina como lloró por Evita. Por Messi celebra después de tanto discutirlo en un país donde se discute todo, después de un título deseado y sufriente, porque la calidad, sea de Messi o de Kylian Mbappé, es un instante, un instante de tortura o de gozo. El Mundial es, hoy, el nirvana argentino tras tanta inflación, tanto corralito, tanto peronismo trasnochado y tanta mierda. Este título reúne a su gente en torno al astro, en Lusail como en Buenos Aires, Córdoba o Mendoza, de la forma que dijo Víctor Hugo Morales cuando cantó el gol de Maradona a los ingleses: “Como un puño apretado“. Messi es el Maradona que cierra en Qatar el relato de un dios del estadio, aprieta ese puño y abre en canal el corazón doliente de Argentina.
El astro se sobrepone, además, al destino trágico que aparece en la idiosincrasia argentina tanto como el fútbol. Lo canta el tango, está en la vida de Evita, Gardel o Maradona. Por dos veces vio cómo remontaba Francia, dos goles en el tiempo reglamentario, uno más en la prórroga, todos de un Mbappé que se rebeló contra la realidad como un digno heredero de su compañero en el PSG. Messi dice adiós a este escenario ya conquistado por el francés, en Rusia. Le aguarda la reconquista.
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Es imposible comprender para los europeos esta forma de sentir la selección, la celeste y blanca, con peregrinaciones sin entrada sea donde sea. “La sangre tiene razones que hacen engordar las venas”, escribió el cantautor Atahualpa Yupanqui. Las venas inflamadas de sus jugadores y su gente, que empezaron a ganar la final en los himnos, y eso es mucho cuando el rival es la Marsellesa. El desenlace de una final colosal los llevó al desfiladero emocional, al paredón de los penaltis, donde no falló su capitán, tampoco Mbappé, pero sí los franceses frente a Dibu Martínez, un portero retador.
La derrota habría hecho a Messi sentirse incompleto. Ahora está en paz, con los suyos pero también consigo mismo y con la historia. Puede irse de la selección, aunque jamás lo hará de la memoria, después de una carrera en la que ha ganado todo lo posible. En adelante, únicamente tendrá un problema: vivir como un dios. Para muchos fue una tortura. Es su siguiente partido. A sus 35 años, le restan todavía unos pocos en la cancha, aunque como futbolista de club, de un ‘club-estado‘. El PSG podrá darle otra Champions, quizás, pero nunca será el Barça en el que creció y encontró el ecosistema perfecto. Esta Argentina solidaria le ha devuelto las sensaciones de la victoria, sensaciones perdidas. En lugar de con el juego, con la solidaridad, la resistencia y la decisión hasta la suerte suprema, sin un solo error en la tanda, la segunda superada en el Mundial tras la vivida contra Holanda.
MEJOR ARRANQUE QUE FRANCIA
Argentina fue inicialmente mejor que Francia en todo, inyectada por su intensidad. Sin la energía de otros tiempos, Messi alumbró cada maniobra ofensiva de un equipo solidario e intenso, que sacó del campo a un rival superior en lo individual. La campeona del mundo en Rusia jugó más de una hora con el ritmo diletante de la soberbia, superada en los duelos individuales y sin encontrar a Mbappé hasta el final, pero vaya final. La derrota de Francia no es su derrota, con tres goles en una final mundial y un acierto más en la tanda, donde el fallo de Coman, segundo lanzador, fue una losa. Le siguió el de Tchouaméni. Montiel puso la sentencia.
Lionel Scaloni es otro de los ganadores, el hombre tranquilo en un país en taquicardia. Un entrenador que ha encontrado el equilibrio sobre una montaña rusa. En la final, tomó una decisión de riesgo, al incluir a Di María entre los titulares. Sólo lo había sido contra Arabia, el día de la derrota. En Lusail, fue el futbolista decisivo. Un quiebro sobre Dembélé, en la izquierda, provocó el penalti del azulgrana. Lo tocará más o menos en el área, fue una estupidez. Messi se situó entonces en el punto que tanto lo atormentaba en el pasado. Hiperventiló. Marcó. Era su cuarta pena máxima en el Mundial. Mr. Penalti es, además, el mejor jugador del torneo.
Di María completó su partido con el segundo gol, al finalizar una contra magistral de Argentina lanzada por Messi con un toque mágico. Julián Álvarez progresó y encontró al goleador al otro lado de la costa. Contemporáneo de Messi, Di María, de 34 años, se santiguó varias veces antes de dejar el campo, sustituido. Había más de un dios al que dar gracias. No sería la última oración.
LOS CAMBIOS DE DESCHAMPS
Francia entró en colapso antes de haber aparecido. A Mbappé, defendido siempre con ayudas, le llegó un balón, un amago, la nada. Didier Deschamps agitó el banquillo en busca de soluciones desesperadas. Retiró a Dembélé y Giroud, poco antes del descanso, para apostar por la velocidad de Thuram y Kolo Muani. Más tarde dejaría el campo Griezmann. La maniobra dio sus efectos. Kolo Muani fue objeto de penalti por parte de Otamendi y Coman robó a Messi y lanzó al área a Mbappé para, en un minuto, igualar el partido. Argentina sintió el vértigo, pero Dibu Martínez detuvo el gol del título a Kolo Muani.
Mbappe transforma el penalti del 3-3.Alberto EstevezEFE
La prórroga era una prueba durísima para Argentina, que necesitaba minutos para reponerse. Lo hizo y en una contra, Julián Álvarez lanzó al cuerpo de Lloris. Messi marcó tras el rechace con suspense. El destino, sin embargo, quería más del astro antes de concederle la eternidad con la túnica árabe del organizador qatarí. Un servilismo innecesario. Montiel sacó unas manos que dejaron de nuevo a Mbappé ante el punto de penalti y que llevaban a más penaltis. Ninguno falló, ni Messi ni Mbappé. Lo hicieron los demás, los que menos sintieron este Mundial como si se les fuese la vida. Son argentinos, son campeones del mundo, de la resistencia y la esperanza.
LaLiga EA Sports
Novena jornada (4-0)
ORFEO SUÁREZ
@OrfeoSuarez
Madrid
Actualizado Sábado,
7
octubre
2023
-
18:20Doblete del inglés ante un débil equipo navarro en...
El 8 de septiembre de 1989 abría sus puertas el remodelado estadio de Montjuïc, construido con motivo de la Exposición Universal de 1929, para acoger la Copa del Mundo de atletismo, un torneo test para la instalación que debía ser el epicentro de los Juegos Olímpicos de Barcelona, tres años más tarde. El 23 de octubre se publicaba el primer número de EL MUNDO. El paralelismo no es baladí, porque la vida de nuestro periódico, nacido ya con la Transición política consumada, es la de la gran Transición del deporte español y su eclosión, con los Juegos de Barcelona'92 como punto de inflexión.
La Transición hacia una era de éxitos en la que España ha tenido un campeón olímpico de 1.500 metros, Fermín Cacho, y una campeona olímpica de salto de altura, Ruth Beitia. Un tiempo en el que la otrora selección de las frustraciones ha ganado tres Eurocopas y un Mundial de fútbol, hito repetido por la selección femenina como metáfora de las conquistas sociales de la mujer. España ha alcanzado esa misma cima en el baloncesto -con su gran referente, Pau Gasol, como campeón de la NBA-, el balonmano, el waterpolo o el tenis, al levantar en seis ocasiones la Copa Davis. Ha visto a uno de sus ciclistas, Miguel Indurain, ganar cinco Tours y, después de dominar con numerosos pilotos la montura de las dos ruedas, con Marc Márquez como último grande, ha llevado a otro, Fernando Alonso, hasta lo más alto de la Fórmula 1, deporte que ejemplifica la competencia del primer mundo: tecnología, dinero y poder. Ha visto al Barça conquistar su primera Champions, meses antes de los Juegos, y repetir cuatro veces, y al Real Madrid romper un maleficio de más de 30 años y mejorar, con nueve títulos, los seis de su era fundacional. Ninguna otra actividad como el deporte ha experimentado un despegue internacional semejante en estos 35 años, más de la mitad compartidos con uno de los personajes más valorados repetidamente por la sociedad española. Es Rafa Nadal. Es un deportista.
Rafa Nadal, en una eliminatoria de Copa Davis.
La primera portada y el récord de Powell
La inauguración del estadio de Montjuïc fue accidentada, debido a una lluvia torrencial. La salida de EL MUNDO, que en su primera portada incluía una fotografía del entonces entrenador del Real Madrid, John Benjamin Toshack, como prueba de su sensibilidad por el deporte, no fue ajena a los avatares de última hora en el parto de cualquier periódico, según recuerdan los fundadores. El encuentro de uno y otro, estadio y periódico, se produjo en los Juegos, con los que EL MUNDO se volcó, al incluir entre sus enviados especiales a algunas de sus firmas ajenas al deporte, como Manuel Hidalgo o Alfonso Rojo. La iniciativa se convertiría en un hecho diferencial, continuada después por columnistas como los desaparecidos David Gistau y Raúl Rivero, o el reportero Pedro Simón. La creatividad, seña de identidad del periódico desde su creación, era puesta al servicio de las coberturas del deporte, como ocurrió cuando Mike Powell batió el récord de salto de longitud, en 1991. Los 8,95 metros fueron representados, centímetro a centímetro, en la cabecera de todas las páginas hasta completar la distancia. Y con el periodismo de investigación como prioridad, tampoco EL MUNDO ha perdido la ocasión de dedicar sus medios a indagar los casos de corrupción de los que el deporte no ha podido escapar.
El día de la inauguración de los Juegos, el 25 de julio de 1992, no llovía. Lucía el sol. Felipe VI, entonces príncipe, fue el abanderado de una delegación que desató la euforia en Montjuïc y en todo el país, una euforia que no se detuvo hasta que Los Manolos despidieron los Juegos con aquel 'Amigos para siempre'. Al día siguiente de la apertura, llegaba el primer oro. Lo hacía en bicicleta, en el Velódromo de Horta, gracias a José Manuel Moreno. Los oros continuaron, hasta 13, y el resto de medallas, hasta 22. La cifra no ha podido superarse más de 30 años después, hecho que demuestra la magnitud de lo conseguido entonces en una España en la que se había instalado el estado de optimismo. El país conseguía erigirse en actor global principal durante más dos semanas para trasladar al mundo la imagen de una España moderna y plenamente democrática. La lucha contra el terrorismo de ETA, que habría respetado el periodo de los Juegos a cambio de algún tipo de pacto, era entonces el frente ante el que el Gobierno de Felipe González traspasó los límites, con EL MUNDO como principal denunciante de esos excesos.
El éxito de Barcelona no sólo constató la eficacia del Programa de Ayuda al Deporte Olímpico (ADO), en el que se implicó a las principales corporaciones del país, sino que cambió la mentalidad de los deportistas españoles. Es el punto de partida del canto «¡Yo soy español, español, español!». La carrera suicida de Fermín Cacho, un atleta de Soria, en la recta de Montjuïc hasta el oro es la metáfora de esa transformación. También el remate de Kiko a la red en la final del Camp Nou. Todos los que vinieron después, Pau Gasol, Nadal, Andrés Iniesta o Alonso, son herederos de esa nueva mentalidad.
DEPORTISTAS, LOS MEJOR VALORADOS
El impulso del 92 fue, pues, clave y el deporte español tomó una línea de crecimiento que no siempre fue en paralelo a las de la política o la economía. Los años siguientes a los Juegos fueron los del tardofelipismo, una de las peores crisis de reputación para esa España emergente, fuera por los GAL o por los casos de corrupción. La corrupción atraparía también a los gobiernos del PP, con Gürtel como epicentro, hasta convertirse en un mal sistémico de la política española con independencia del color. Ello explica que algunos de los personajes mejor valorados por la sociedad española hayan sido deportistas, como Vicente del Bosque, el seleccionador de fútbol del título mundial, o Nadal, muy por encima de los líderes de los partidos políticos o inquilinos de La Moncloa. El deporte ha sido la buena cara del país, el mascarón de proa de lo que se llamó Marca España.
El año 92 no fue mágico únicamente por los Juegos. Dos meses antes, el Barça conquistaba su primera Copa de Europa en Wembley, tras derrotar en la prórroga a la Sampdoria italiana con un gol de Ronald Koeman. Después de dos finales perdidas, fue un título clave no sólo por lo que históricamente representaba, al dejar atrás el club azulgrana muchos complejos y frustraciones, sino por lo que iba a significar para el futuro del Barcelona y del fútbol español. Wembley avaló la osada y contracultural apuesta de Johan Cruyff e hizo posible el 'Dream Team', ganador de cuatro Ligas consecutivas. Con un imberbe Josep Guardiola en sus filas, toda su obra posterior como entrenador es heredera de aquellas enseñanzas. Guardiola mejoró al 'Dream Team', construyó el mejor Barça de la historia, por los títulos y por su juego, y aportó la clave de bóveda, el triángulo Xavi-Iniesta-Busquets, a la España que lo ganaría todo tiempo después.
El primer día de competición de los Juegos, el 26 de julio, Miguel Indurain subía al podio, pero lejos de Barcelona, en los Campos Elíseos de París, como ganador de su segundo Tour consecutivo. Era el de su confirmación el mismo año en el que había ganado también el Giro. España tenía un corredor que no parecía español. No era el escalador que espera su oportunidad en los Alpes o los Pirineos. No. Era un corredor total, fuera en la montaña o en la contrarreloj. Tres Tours más, hasta sumar cinco de forma consecutiva, convertían al navarro en uno de los mejores de la historia del ciclismo, capaz de marcar una era en su deporte. La era Indurain fraguó durante los primeros años de El MUNDO, volcado en su seguimiento.
El navarro no era el primer español en conseguirlo, puesto que pioneros como Ángel Nieto o Severiano Ballesteros también marcaron su tiempo en el motociclismo y el golf, respectivamente. En el ámbito colectivo, lo había hecho también el Real Madrid de las seis Copas de Europa, las cinco primeras sin interrupción, como los Tours del navarro. Sin embargo, Indurain lo conseguía en el momento del despegue para el deporte español, el inicio de los años 90.
aRANTXA Y cONCHITA SE AVAZAN A SU TIEMPO
Meses antes del nacimiento de EL MUNDO, Arantxa Sánchez Vicario ganaba Roland Garros frente a Steffi Graf. Tenía 17 años y todo un porvenir que se hizo realidad en los años 90. Si bien no pudo ganar en el All England Club, sí lo hizo su contemporánea Conchita Martínez en 1994. La obra de Arantxa y Conchita, el carácter y la técnica, se produjo en un tiempo en el que deporte femenino no gozaba del impulso institucional actual, y en el que el altar de los grandes campeones parecía reservado exclusivamente a los hombres. Ambas habrían merecido más reconocimiento. Arantxa ganó en Roland Garros antes de que volviera a hacerlo ningún español en categoría masculina desde Andrés Gimeno, en 1972. Sergi Bruguera lo hizo cuatro años más tarde que la menor de la saga de los Sánchez Vicario para abrir un tiempo de dominio en la tierra de París que no se remite únicamente a los 14 títulos de Nadal. Bruguera, en dos ocasiones, Carlos Moyá, Albert Costa, Juan Carlos Ferrero y Carlos Alcaraz suman otros seis, 20 en total para España en 31 años.
La tierra era el reino de los españoles, hecho que permitió la conquista de la primera Copa Davis, en 2000, en un Palau Sant Jordi en el que entraron los camiones cargados de arena para tener una superficie ad hoc. España derrotó a Australia y curó una herida histórica, ya que los pioneros que comandaba Manolo Santana cayeron sobre su hierba en 1965 y 1967. Rafa Nadal, con 14 años, era el abanderado de España en aquella final. Cuatro años más tarde, en la Cartuja de Sevilla, formaba parte del equipo. Al segundo título, ante Estados Unidos, le han seguido cuatro más, con o sin Nadal, en el formato antiguo y en el formato Piqué.
Esos seis títulos de Copa Davis en el siglo XXI, el equivalente al Mundial del tenis, demuestran que este deporte ha sido y es más que Nadal, aunque la descomunal obra del mallorquín, con 22 títulos de Grand Slam, haya fagocitado a sus contemporáneos. Ningún otro deportista y quizás ningún otro personaje de la vida pública española ha estado tanto tiempo en la cima como él. Nadal forma, junto a Alonso y los miembros de las grandes generaciones de las selecciones de fútbol y baloncesto, desde Pau Gasol y Navarro a Casillas e Iniesta, un conjunto de campeones españoles que alcanzaron la cumbre mundial en paralelo, hecho que da forma a la Edad de Oro de nuestro deporte. Alonso acabó con la era Schumacher, enlazó dos títulos, en 2005 y 2006, y pese a no volver a ganar el Mundial en sus pasos por McLaren o Ferrari, despertó la pasión por la Fórmula 1 en España. Su aportación es especialmente cualitativa.
España ya sabía lo que era alcanzar una plata olímpica en baloncesto, hace 40 años en Los Ángeles, pero la generación que nació en 1999 con el título del Mundial sub'19 marca un punto de partida distinto. Los júniors de oro no dejaron de ganar, con sus clubes o con la selección, sumaron más platas olímpicas y, sobre todo, alcanzaron la cima mundial con el título en Japón, en 2006. Cuatro Europeos y otro Mundial, ya con sus herederos, les siguieron mientras la NBA los reclamaba, y no para ser pajes de estrellas, como le ocurrió en los 80 a Fernando Martín. Pau Gasol lo demostraría con dos anillos de campeón con los Lakers.
eL caso rubiales
El mismo año que los 'júniors' de oro ganaban el Mundial sub'19 en Lisboa, la selección de fútbol se impuso en el Mundial sub'20 de Nigeria. Casillas y Xavi formaban parte de ese equipo, el eje Madrid-Barça que se trasladaría a la selección absoluta hasta el triunfo en el Mundial de Sudáfrica, en 2010, título que nuestro fútbol observaba como un Everest inalcanzable. El gol de Iniesta, «Iniesta de mi vida», es parte ya de la historia de España, un país que pudo sacar a las calles su bandera sin señalarse, sin complejos. Un país unido, por una vez, por obra y gracia del fútbol, que nos hizo creernos los mejores del mundo. Las mujeres lo consiguieron 13 años después, aunque la vergüenza por el beso no consentido de Luis Rubiales a Jenni Hermoso les arrebatara parte de los focos. El caso Rubiales supuso una de las peores crisis de reputación para nuestro país en los últimos años y abrió en canal a una Federación de fútbol incapaz de erradicar la corrupción, buena parte de los casos denunciados por este periódico.
El tiempo, sin embargo, disipa las sombras para dejar ver el avance del fútbol femenino en nuestro país, con el Barcelona como mejor equipo del planeta. La mujer ya había demostrado su avance en la arena olímpica, con una selección de waterpolo que lo ha ganado todo, el oro finalmente en los Juegos de París, y más medallas en categoría femenina que masculina en varias de las últimas citas bajos los aros. Una conquista que hacen todavía más global los atletas paralímpicos, como prueban sus últimos resultados en París. La mejor conquista de España en la vida de EL MUNDO.