El central fue expulsado por una entrada sobre Brais Méndez y el lateral por protestar cuando peleaban por el empate en San Sebastián.
Ramos, durante el partido.ANDER GILLENEAAFP
Drama en el Sevilla. El conjunto hispalense cayó ante la Real Sociedad y acumula 7 jornadas seguidas sin ganar en Liga, situándose sólo cuatro puntos por encima del descenso. Después de una terrible primera parte, el equipo de Diego Alonso consiguió resucitar durante un tramo del segundo tiempo, recortó distancias y a punto estuvo de empatar cuando En-Nesyri se encontró con el larguero. Sin embargo, el tramo final consumó su derrota y la polémica de la que está siendo protagonista.
Después de los goles de Dmitrovic en propia puerta, Sadiq y En-Nesyri, Sergio Ramos fue expulsado por una dura entrada sobre Brais Méndez. Al principio el central había visto la segunda amarilla, pero la sala del VAR avisó a Ortiz Arias y éste, después de consultar la pantalla, le sacó la roja directa en mitad de un enfado tremendo del banquillo sevillista. Se trata de la primera expulsión de Ramos desde que volvió al club del Pizjuán.
En las protestas, el colegiado castigó también a Jesús Navas, que también recibió una roja directa tras hacerle gestos al juez de línea, y el Sevilla se quedó sin sus dos futbolistas más experimentados.
El Sevilla no gana en Liga desde el 26 de septiembre contra el Almería y es ahora 15º en la tabla. Al cuadro andaluz sólo le salva que los equipos de la zona baja de la clasificación no consiguen sumar de tres en tres.
En 2007, en la borrachera aperturista que para China supusieron los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, el Gobierno entonces presidido por Hu Jintao presentó su proyecto estrella para el Everest. Primero construiría una autopista hasta el campo base norte de la montaña más alta del mundo y, después, un hotel con spa, un museo y un helipuerto. A 5.150 metros de altitud, una ciudad de vacaciones. Los vaivenes políticos en el país y las protestas en el Tíbet entre 2010 y 2012 hicieron que los planes se encogieran -ni siquiera se puso la primera piedra del resort-, pero igualmente se asfaltó una pista desde la ciudad de Shigatse hasta los pies del Himalaya. ¿El resultado?
El pasado viernes, una tormenta sorprendió a más de 500 senderistas en los caminos entre el Everest y el Cho Oyu, y durante varios días se realizaron labores de rescate, con un fallecido que lamentar. Fue una tragedia, una concatenación de adversidades, pero sobre todo fue la demostración de que no hace falta hollar el techo del mundo para estar en peligro. Basta con acercarse.
«China construyó infraestructuras con la intención de controlar el Tíbet, empezó a llevar allí a vivir población de la etnia mayoritaria y a montar una especie de parque temático turístico alrededor del Everest, el Cho Oyu, el Makalu y el Lhotse, los cuatro 'ochomiles' de la zona. En festividades como la Golden Week, su Semana Santa, miles de senderistas chinos sin experiencia ni aclimatación se plantan a 5.000 metros de altitud con un cortavientos y unas zapatillas de ciudad. Y luego caen dos metros de nieve en una tormenta y pasa lo que pasa», cuenta Sebastián Álvaro, montañero, escritor y director de Al filo de lo imposible en TVE durante 27 años, que conoce bien la zona porque allí rodó un documental sobre la mítica expedición de George Mallory y Andrew Irvine en 1924.
DEPARTAMENTO DE BOMBEROS DEL TÍBET.EFE
Según sus cálculos, las informaciones oficiales que hablan del rescate de cientos de personas en apenas 48 horas tienen que ser imprecisas porque «allí no hay equipos de alta montaña». «Nunca sabremos qué ha ocurrido de verdad», apunta. «Desde Tingri, el poblado más cercano, enviaron a unos cuantos bomberos que no tienen experiencia y que están superados por toda la gente que acude al campo base norte del Everest», analiza Álvaro. Y los datos le dan la razón.
Medio millón de visitantes
Tal y como se vanagloria el propio Gobierno chino, el año pasado se superó por primera vez el medio millón de visitantes en lo que llaman la «zona escénica del Everest», una cifra exagerada. Aunque tiene una superficie que duplica la española, el Tíbet apenas cuenta con tres millones de habitantes y sus servicios públicos son mínimos. No hay cifras de accidentes -mucho menos de fallecidos- pero es muy posible que haya habido desgracias anteriores en la región.
AFP
Lejos de la indignación mundial que provocan las colas en el techo del mundo, en los últimos años se han multiplicado las caminatas alrededor de la base y, con ellas, los peligros. «En el lado chino del Himalaya hay un altiplano que apenas tiene vegetación y en las agencias de turismo del país se vende como una zona amable para hacer caminatas. Los chinos van allí con muy poca conciencia y muy poca preparación. Y, de repente, se encuentran a 5.000 metros. Hay que pensar que el pico más alto de la Unión Europea es el Mont Blanc, que tiene 4.800 metros», subraya Sergi Unanue, dueño de la agencia Mundo Recóndito, vecino de Pekín durante un año y autor del libro Un sendero entre las nubes, sobre la Gran Ruta del Himalaya. «Hay un riesgo muy evidente al hacer que zonas tan extremas del mundo sean tan accesibles. De la parte china no se habla tanto porque no viajan tantos extranjeros, pero también ocurre en la parte nepalí», añade Unanue.
Mover el campo base, misión imposible
En el sur del Himalaya, en Nepal, también se ha intensificado la actividad a los pies de las grandes montañas, aunque no se han lamentado tragedias desde la avalancha que en 2015 causó la muerte de 22 personas en el campo base sur del Everest. Cada año se informa de entre tres y cinco fallecimientos por edemas cerebrales causados por el mal de altura, pero la siniestralidad es baja si se tiene en cuenta que anualmente unos 30.000 montañeros visitan la zona. Aunque ya son muchos, en Nepal difícilmente se vivirá la turistificación extrema que se da en China. Los presupuestos de los dos países no tienen nada que ver, la orografía de ambas zonas es muy distinta y los turistas proceden de lugares diferentes.
En la zona nepalí, mientras las agencias de viajes que dirigen los sherpas consideran que el negocio está en las alturas, los trekkings al campo base sur son mayoritariamente organizados por compañías extranjeras y sus clientes llegan más preparados. Suelen estar bien informados, contar con consejo y ayuda de estas empresas en cuanto a material o comida y normalmente invierten tiempo suficiente para aclimatarse -entre 10 y 12 días para hacer la ruta-.
Este invierno, el Gobierno de Nepal, presidido por Ram Chandra Poudel, anunció que había acabado la llamada «autopista al Everest», y numerosos medios internacionales así lo publicaron, pero no dejaba de ser una pista entre Katmandú y Surke, cerca de Lukla, un trayecto que los turistas ya solían hacer en avioneta. En principio, la zona es más segura, aunque la amenaza se cierne sobre el campo base sur en forma de deshielo. Por culpa del calentamiento global, el glaciar de Khumbu sigue fracturándose y eso aumenta el peligro sobre el campamento. Hay un proyecto para moverlo 300 o 400 metros más abajo, pero falta presupuesto y logística. No hace falta hollar el techo del mundo para estar en peligro. Basta con acercarse.
No hay salvación matemática ni para el Valencia ni para el Rayo Vallecano después del empate en Mestalla. Es cierto que están cerca, pero la apretada clasificación no les concede tregua y el valencianismo no se fue aliviado con el punto. Al contrario, clamó contra sus jugadores y volvió a pedir la cabeza del entrenador por no tener suficiente latido.[Narración y estadísticas: 1-1]
Arrancó el equipo de Corberán sobreexcitado. No era una final, no de las que ansía la parroquia de Mestalla, pero lo pareció. Las gargantas atronaban a pesar de que Dimitrievski no tardó en aparecer para rozar con los dedos un centro del Pacha Espino a Nteka, que ya se relamía. Era la primera vez que le cogía la espalda a Renzo Saravia y, dos minutos después, el uruguayo apareció para empujar un balón de Pedro Díaz desde la orilla derecha cuando el lateral valencianista lo arrolló. No dudó Quintero en señalar el punto de penalti, ni Nteka en agarrar la pelota. Enfrente, un viejo amigo que echó mano de sus artimañas para que angoleño estrellara el lanzamiento en la cepa del palo. El estadio respiraba y se agarraba a la zancada de Javi Guerra, a quien no ataba la medular vallecana. Por eso pudo conducir hasta pisar el área y armar un disparo que lamió el palo de Batalla.
El partido era de ida y vuelta, aunque fue bajando de revoluciones y se complicó para los valencianistas cuando Lejeune, sin oposición que le obligara siquiera a saltar, cabeceó un córner que dibujó Gumbau en el minuto 20.
Al Valencia, que perdió a Saravia por lesión, le costó reaccionar. No hilvana jugadas ni peligro. Al contrario, Tárrega sufría para sujetar a Nteka, al que Dimitrievski le quitó el segundo gol segándole el balón en los pies en un mano a mano que hizo contener la respiración a todo Mestalla.
La reacción llegó. La dirigió Guerra, primero lanzando a Rioja cara a cara con Batalla hasta que apareció Mendy para robarle el gol. Después, convirtiendo un saque de banda de Rioja en un centro desde la línea de fondo que empujó Diego López en el 40. Todo empezaba de nuevo.
En la segunda mitad, el empuje de inicio fue del Valencia, sin criterio y permitiendo al Rayo crecer. La reacción del banquillo valencianista enfureció a la grada, porque sacó del campo a Javi Guerra. Repitió Corberán el once y lo cambios, echando mano de Ramazani, que no se enganchó, de Ugrinic y de un Sadiq que tampoco apareció.
Iñigo Pérez, pese a que buscó toda la pólvora de Pathe Ciss, De Frutos y Alemao, dominó el juego sin ser incisivo y sin poder poder arañar más de un punto, que sirve. A Mestalla, no. Por eso gritó al unísono «Carlos, vete ya».