Si Griezmann nunca se hubiera ido al Barça, nadie discutiría que es el mejor jugador de la historia del Atleti. Habiéndose ido, tampoco hay mucho debate. Lo diferencial de su carrera en este equipo, ya para siempre su equipo, no son los 500 partidos, los 212 goles (más que nadie), las 100 asistencias… Es la historia de amor. El fútbol se mueve siempre en dos líneas, la emocional y la racional, que discurren en paralelo hasta que algunos genios, muy pocos, logran forzar que se crucen en una intersección gloriosa. En la primera línea, el mejor para mi abuelo fue Ben Barek; para mi padre, Gárate; para mí, Futre; para otros, Escudero, Collar, Mendonça, Luis, Simeone, Fernando Torres… Antoine parecía abocado a ser el rey de la segunda, un sensacional futbolista que renunció a un reino que tenía conquistado porque se despistó con uno más rico, que no mejor (para él).
Se fue. Se fue mal. Volvió. Volvió peor. Con una afición poco dispuesta a perdonar y algunas humillaciones indecentes por parte del club, como aquel esperpento de las suplencias forzadas para no pagar por su recompra al Barça. Durante muchos meses, la redención no parecía en su horizonte, pero aguantó como ya no aguanta ninguna estrella de su calibre. Tragó, calló, trabajó, volvió. Volvió a lo grande.
Cualquier otro se habría rendido y hecho las maletas rumbo a Estados Unidos en 2022 sin ruido alguno en vez de en 2026 entre lágrimas. Suyas, de Koke y de un estadio que prometió no volver a quererle, pero hoy le adora. Por suerte, en las mejores historias de amor las promesas no sirven de nada y la perfección, sobrevalorada, las aboca a una breve dedicatoria en la tumba: “Se conocieron, se enamoraron y pasaron la vida juntos”. Es bonito, no me malinterpreten, pero convierte las relaciones en algo mucho más simple de lo que casi siempre son.
Demasiada gente cree que el amor gira en torno a encontrar a la persona adecuada, pero es mentira. Tan importante como el quién es siempre el cuándo. Miles de relaciones no surgen o se rompen cada día por cuestión de minutos, de un autobús que se escapa, la vida es un permanente “¿qué hubiera pasado si…?”. Griezmann no supo querer en su primera etapa, pero tuvo la fortuna de tener una segunda oportunidad. ¿Azar, empeño, destino? Un poco de todo. Decidió aprovecharla y la película quedó completa.
Griezmann se despide como el mejor jugador de la historia del Atlético, Antoine se marcha como uno de nosotros. Lo primero se lo podrá arrebatar otro, lo segundo es eterno.








