Pau Gasol quiso ofrecer su apoyo a Jenni Hermoso y al fútbol femenino después de los hechos vividos por la jugadora durante la celebración por el Mundial de fútbol femenino. El ex jugador de baloncesto, que acudió este viernes a Manila, donde se celebra la fase final del Mundial de Baloncesto, confió en que “los organismos tomen las decisiones que tengan que tomar”.
“Es una cuestión de valores humanos, de sociedad y de país. La imagen en ese momento, que tenía que haber sido de orgullo, al final fue una imagen de vergüenza y de decepción. Me supo bastante mal”, afirmó .
Gasol intervino en la presentación del próximo campeonato del mundo en Alemania en 2026 y lamentó que la victoria de la selección femenina de fútbol en el Mundial de Australia y Nueva Zelanda, el pasado 20 de agosto sobre Inglaterra, haya quedado en segundo plano por el comportamiento de Luis Rubiales en el palco y el beso a Jenni Hermoso en el podio.
“Sentí rabia en ese momento. Me afectó de manera negativa. Un momento tan bonito y tan histórico como que la selección femenina de España se proclame campeona del mundo y que los titulares se dirijan a las acciones del presidente de la Federación Española de Fútbol…”, añadió.
Gasol aseguró que esperaba una disculpa que no llegó. “Estaba expectante, a ver cómo ser resolvía… Esperaba que se pudieran tomar ciertas medidas y aceptar responsabilidades. Aceptar que “me he equivocado y lo lamento”. Es una cuestión de representación de un país y liderazgo”.
Además, el mítico jugador de baloncesto no dudó en mostrar su “apoyo a las jugadoras, a Jenni Hermoso, al fútbol femenino, al deporte femenino y a la figura de la mujer”. Y confió en que “los organismos tomen las decisiones que tengan que tomar”.
El calor del Amazonas es un pálido recuerdo que entristece: el último gol de Italia en un Mundial se remonta al 15 de junio de 2014. Lo marcó Balotelli contra Inglaterra en Manaos, ilusionándonos con la idea de que el viaje a Brasil nos daría alguna satisfacción. En cambio, la Italia de Cesare Prandelli perdió los siguientes partidos de la fase de grupos, contra Costa Rica y Uruguay, y se fue rápidamente de vacaciones. Desde ese momento en adelante, la FIFA perdió nuestro rastro. 12 años de desastre.
A decir verdad, la crisis había comenzado cuatro años antes en Sudáfrica, cuando Lippi encalló en los escollos neozelandeses y eslovacos. Pero subestimábamos el problema, que era mucho más profundo y que excluiría por tiempo indefinido a la selección del torneo más bonito. En 2030 habrá jóvenes padres de familia que nunca habrán visto a Italia superar una primera ronda y, sobre todo, chicos recién sacados el carné, mayores de edad, que desconocen la sensación de vivir un verano mundialista. Las redes sociales, despiadadas, muestran las imágenes de Jannik Sinner de niño esquiando en los días en que la Italia de fútbol se divertía imaginando remontadas que la llevaran a enfrentarse a Brasil o Argentina.
Paradójicamente, Italia ha sabido mejorar su estatus a nivel europeo, no solo con la magnífica hazaña de Wembley en la Eurocopa 2021, sino también con la final de 2012 con Prandelli y la discreta Eurocopa con Antonio Conte como seleccionador en 2016. Pero el Mundial se ha convertido en una novela por entregas, de la que esperamos ansiosamente cada nuevo capítulo para luego quedarnos puntualmente consternados.
A veces, quizá sea mejor ni siquiera conocer el final de la historia. En Bosnia se intuía tras la imprudente entrada de Bastoni que privó a Gattuso de su defensa central y dejó al equipo con diez. Pero perder una eliminatoria en los penaltis, a domicilio y con un arbitraje no precisamente favorable, puede pasar.
En cambio, no pueden ser casualidades la sucesión de acontecimientos y el colapso del estatus: entre las veinte primeras selecciones del ranking de la FIFA, solo falta Italia en el Mundial de 2026. Por lo tanto, no es del todo cierto que la ampliación del formato de Infantino, aunque valorice a realidades casi amateur como Curazao, haya penalizado a Italia. En todo caso, le ha obligado a enfrentarse a sus límites sin resolver.
El fracaso de 2017
En 2017 se culpaba del fracaso al entonces seleccionador, Ventura, quien, en la práctica, nunca volvió a enderezar el rumbo de su carrera tras la doble eliminatoria contra Suecia. Piensen en cómo cambian las percepciones: Italia quedó entonces segunda en el grupo, por detrás de España, que no era precisamente un rival cualquiera, y fue eliminada por unos centímetros de mala suerte, entre un autogol de De Rossi y un poste de Darmian. Y, sin embargo, ya en aquel caso, comprensiblemente, se invocó la revolución federativa.
En cambio, siguiendo las costumbres habituales, el presidente, Carlo Tavecchio, no tiró la toalla, aunque dimitiría por otras razones un año y medio después. De hecho, volvió a la carga llamando a Roberto Mancini para que dirigiera el renacimiento. Una operación técnica que luego heredaría su sucesor, Gabriele Gravina. Todos recordamos cómo fue: lloramos de alegría por el abrazo entre el seleccionador y Gianluca Vialli en Londres, celebrando una obra maestra en la Eurocopa que no lográbamos desde 1968, y luego de vergüenza en Palermo cuando Italia fue derrotada por Macedonia del Norte en el partido decisivo para el Mundial.
Por absurdo que parezca, el título de Wembley nos hizo creer durante unos meses que habíamos vuelto a ser grandes, posponiendo el enfrentamiento con la verdad: el colapso estructural viene de lejos y encontró confirmaciones evidentes en el fracaso de la selección de Spalletti en la Eurocopa 2024. Que Suiza nos diera una paliza parecía técnicamente lógico, al igual que parecía inevitable encajar un 7-1 ante Noruega y encontrarnos de nuevo enzarzados en la repesca en esta clasificación. Los demás mejoran y ganan, nosotros nos quedamos mirando a ellos y a América.
Hubo razones para disfrutar del festival de Ferrari en Austin, donde Charles Leclerc y Carlos Sainz aseguraron el segundo doblete rojo de 2024 tras el GP de Australia. Sin embargo, la emoción genuina, la que ha arrastrado a 430.000 aficionados este fin de semana al Circuito de las Américas, se gestó en el duelo entre Max Verstappen y Lando Norris. Un duelo al sol de Texas, donde el aspirante pretendía arañar tres puntos al tricampeón merced a un ajustadísimo adelantamiento a cuatro vueltas para la meta. En el ápice de la curva 12 se tomaba cumplida revancha tras su drama del pasado 30 de junio en el Red Bull Ring. Sin embargo, los comisarios castigaron su maniobra con cinco segundos. El podio pasaba a Verstappen, cuarto en la meta, por apenas nueve décimas. El golpe de gracia para la moral de McLaren.
A falta de cinco carreras, Norris queda ya a 57 puntos del liderato. Demasiado ante Mad Max, un genio favorecido por los dioses y las leyes. Ni con la superioridad mecánica de su MCL-38, el bisoño Norris se siente capacitado para desafiar al gran tirano. El consuelo del Mundial de Constructores, cada semana más cerca, se quedará algo corto para McLaren. Una oportunidad como puede que sólo se dé una vez en la vida.
Mientras tanto, Ferrari brindará con tequila en Texas, porque Leclerc se pasó 56 vueltas cuidando sus ruedas y conversando afablemente con Bryan Bozzi, su ingeniero de pista. Todo salió rodado desde la salida. Entonces se sentían los 46º C sobre el asfalto, más que suficiente para calentar las gomas medias, pero Norris estuvo frío y timorato. En la primera curva, en lugar de un candidato al título, se vio a un rookie dejar vía libre a Verstappen por el interior. Leclerc, que lo vio venir, aprovechó para tomar la cabeza, mientras Sainz asediaba al líder del Mundial. Ferrari, cuyas buenas perspectivas se vislumbraron desde la única sesión libre del viernes, agradecía los favores.
"Huele a gasolina"
Sin embargo, en la novena vuelta, las luces rojas saltaron en el monoplaza de Sainz. "No tengo potencia a la salida de las curvas. Huele a gasolina", alertó el madrileño, mientras rodaba tercero, con dos segundos sobre Norris. Cuando todo parecía perdido, los ingenieros de Frederic Vasseur mantuvieron la calma hasta ajustar la entrega del motor. El doblete, por tanto, pasaba por desestabilizar Verstappen con la estrategia adecuada.
En la vuelta 22, Sainz se anticipó con un cambio a las gomas duras, pensando quizá en el undercut con el que Kevin Magnussen había destrozado a Pierre Gasly. McLaren seguía a la expectativa, reservando sus bazas. Quizá demasiado. El liderato provisional de Norris suponía un simple espejismo, porque el adelantamiento de Leclerc a Piastri compendiaba el arrebatador brío del SF-24.
Verstappen ya había pasado también a los duros, aunque tampoco podría amenazar ya el doblete rojo. Su única misión, desde la vuelta 32, sería contener a Norris, empeñado en destrozar los cronos con sus gomas nuevas. Tras devorar sus seis segundos de desventaja, el británico enfilaba hacia el podio como un disparo. Calculó con mimo su movimiento, pero los jueces, ante el asombro general, dieron otra vez la razón a Verstappen.
Norris cede el paso a Verstappen en la primera vuelta.AP
Aún peor marchó el domingo para Lewis Hamilton, decimoséptimo en la parrilla, cuyo intento de remontada se perdió en la grava de la curva 19. Un drama para Mercedes, que había llegado a Austin con muchos humos, pero que en la Q3 ya había perdido también a George Russell, por un accidente que le obligaría a partir desde el pit-lane. El rictus de Toto Wolff durante el periodo de safety car se agrió aún más tras una irregularidad de Russell ante Valtteri Bottas en la curva 12, penalizada con cinco segundos por los comisarios.
Alonso, decimotercero
El vacío de las Flechas de Plata, sumado a la habitual incomparecencia de Sergio Pérez, pudo ser aprovechado por dos novatos como Franco Colapinto y Liam Lawson. No por azar, el neozelandés y el argentino saborearon sendos adelantamientos ante Alonso. Síntoma inequívoco de que donde no le alcanza a Aston Martin sí llegan Williams y Visa Cash App.
Alonso había ganado una posición en la parrilla gracias a las reparaciones en el coche de Russell, pero nadie en el box de Mike Krack iba a llevarse a engaño. Las simulaciones de sus ingenieros les retrasaban hasta la decimotercera plaza, por detrás de los Haas y los Williams. Sin puntos al alcance, el único cometido del asturiano sería recopilar datos para el futuro. Para cuando esas actualizaciones aerodinámicas estrenadas en Austin sí le permitan competir con la dignidad debida. Porque las computadoras de Aston Martin dieron en el clavo: Alonso cruzó decimotercero la línea de meta.
Esto se ha acabado después de un clásico de circunstancias en el que el Madrid no necesitó del mejor Madrid, sólo de su espíritu, frente a un Barça que no es capaz de sujetar sus goles, ni en Montjuïc ni en el Bernabéu, ni en la Champions ni en la Liga. Continúa en su Sinaí, en una travesía del desierto que pronto abandonará Xavi. El abrazo a Ancelotti es el abrazo del adiós. Los brazos de Bellingham, en cambio, acabaron en cruz. Al inglés corresponde la estampa de esta Liga, que queda sentenciada de la misma forma que empezó, aunque este último acto le deba casi todo a un antidivo, Lucas Vázquez, como a los del Etihad. En ese equilibrio entre el brillo y el trabajo está el éxito de este Madrid, un campeón virtual en casa camino de otro Grial. [Narración y Estadísticas, 3-2]
Lamine Yamal arrancó de la misma forma y en el mismo lugar en el que se fue del campo ante el PSG con la cara de quien pregunta qué he hecho yo. Marcar la diferencia. En el Bernabéu, que ya le había aplaudido vestido de rojo, continuó para quitarle la razón al entrenador por su errática decisión en la Champions. Si alguien así se va del campo, vayámonos todos. Su juventud, como la de Cubarsí, es la única prueba de vida que deja este Barça, obligado a reinventarse frente a un Madrid robusto, por juego, por caja y por estadio.
Camavinga sufrió a Lamine Yamal porque el azulgrana tiene la velocidad que hace sufrir a cualquiera. Con una tarjeta cargó al francés, al que Ancelotti había decidido volver a colocar en el lateral, en un cálculo de puntos y de esfuerzos en el que lo único que había que hacer era no perder. La Liga estaba mentalmente ganada y había que poner lo mejor en la Champions. Ahora, con 11 puntos de ventaja sobre 18 posibles, lo está virtualmente.
DEPRIMIDO Y DESESPERADO
El Barça no se encuentra en ninguna de esas situaciones. Está entre deprimido y desesperado. La victoria en el Bernabéu era la única forma de mantener viva una quimera y de no convertir lo que resta de temporada en un tormento. Le queda la queja, con o sin razones, en el penalti o sobre la línea de gol, ayer en el Bernabéu, pero eso no le ofrece coartada para sus errores. está donde merece.
Los equipos hechos para los títulos no saben jugar por nada. Los jugadores, tampoco, y menos los implicados en la Eurocopa y Copa América que vienen. Un mal asunto para Xavi. Ya dijo que se va, ya sabe que se va, con Rafa Márquez preparado en el piso de abajo, pero la forma de acabar puede ser todavía peor si los futbolistas no se entregan con la profesionalidad debida. Veremos.
Esa desesperación convertida en necesidad llevó al Barcelona a imprimir una presión altísima nada más salir. Obtuvo frutos frente a un Madrid contemplativo, en el que Lucas Vázquez volvía a la derecha después del estajanovista esfuerzo de Carvajal en Manchester. Camavinga en la izquierda y Tchouaméni como central auxiliar un día más. Modric y Kroos volvían a encontrarse en la titularidad como tiempo atrás. El croata, en su mejor versión.
Error de Lunin
Encontró frutos el Barça, aunque el fruto que buscaba llegaría a balón parado. Es paradójica la eficacia que el Madrid mostró bajo el bombardeo de córners en el Etihad y, en cambio, el primer balón volado en paralelo a la portería acabó en la red después de un error de bulto del último héroe de la Champions. Lunin hizo una salida en falso y Christensen remató antes de que venciera la parábola. Pudo llegar otro en el área local en un balón que se paseó ante la mirada de los defensas de Ancelotti. Después del extremo ejercicio de concentración realizado ante el City, es posible que se produjera una descomprensión también en lo mental. Posible y humano.
La falta de tensión defensiva, de hecho, llevó al Madrid a tener que sobreponerse por dos veces a los goles del Barcelona. Si en la primera parte fue un balón parado, en la segunda fue un centro de Lamine Yamal el que encontró a todas las piezas fuera de sitio. Ferran Torres jugó al engaño ante Lunin y su rechace lo cazó Fermín, uno de los cambios de Xavi que entró a fuego en el partido. Acierte o no, Fermín siempre percute.
Acierte o no, Lucas Vázquez siempre cumple. Esta vez, no obstante, hizo mucho más que cumplir, al ser clave en las dos acciones que permitieron al Madrid materializar los dos empates y sujetar la Liga con holgura. Primero, al ser objeto de un penalti con dosis de pillería por parte de Cubarsí; después, al llegar al área como le gusta para rematar a la red de Ter Stegen. Como socio para transformar la pena máxima o para recibir la asistencia tuvo a Vinicius, 'titularísimo' también en los días de cálculo. A Lucas le quedaba una, la asistencia en el 91 a un Bellingham que fue como un Cristo resucitado siempre en el día más señalado. Su estampa es la del título.