Marco Bezzecchi acabó la carrera tremendamente emocionado. No en vano, el desenlace del Gran Premio de Italia de 2026 hizo historia. Por primera vez, Aprilia logró un triunfo en domingo en MotoGP en el hogar de su gran rival, Ducati. Y lo hizo rozando el pleno. Jorge Martín fue segundo y Ai Ogura estuvo a punto de desbancar a un Pecco Bagnaia que, al final, se las arregló para mantenerse en el tercer escalón del podio, después de haber ido de más a menos en una carrera que, de hecho, llegó a liderar durante varias vueltas.
"La verdad, he querido darlo todo para la afición en casa. Las últimas vueltas fueron duras, las Aprilia y Bezzecchi hicieron un trabajo fantástico, pero el equipo ha hecho una labor fantástica y nos merecíamos este resultado", apuntó Bagnaia tras la carrera. "Estoy muy contento, porque el equipo ha trabajado de manera increíble. He estado buscando recuperar la confianza, y me ha costado, así que tenemos que seguir. Marco ha estado impresionante, le doy la enhorabuena. Para él, ganar en Mugello es especial, pero tenemos que continuar con esta progresión", aseveró por su parte un Jorge Martín que se resarció del cero cosechado en Montmeló.
"Me siento increíble. Es algo con lo que soñaba desde que era pequeño y lo he conseguido. Gracias, Mugello, de todo corazón. Espero que os hayáis divertido", sentenció finalmente un Marco Bezzecchi que celebró su victoria incluso con Kimi Antonelli, vigente líder del Mundial de F1 y responsable del banderazo final en una carrera en la que Marc Márquez se mostró combativo, si bien evidenció que aún la falta rodaje para recuperar su mejor forma.
El de Cervera fue finalmente séptimo, por detrás de un Acosta que peleó con él hasta el límite y rozó el cuarto puesto pero que tuvo que conformarse finalmente con el sexto. Raúl Fernández, tras un fallo en la salida, fue octavo, Fermín Aldeguer, noveno, Joan Mir, duodécimo, Maverick Viñales, decimoséptimo y Álex Rins, finalmente, tuvo que abandonar por una caída.
Una carrera frente a una petrificación. La historia corrió del lado francés y, tras el fallo de Gabriel, sacudió a Luis Enrique y detuvo a Mikel Arteta. Pesó más el argumento del asturiano de repetir que la ilusión del vasco de ganar la primera. Pesó más el fútbol ofensivo del PSG: 75% de posesión, 21 disparos y 11 saques de esquina, frente a la muralla del Arsenal: 7 disparos, 3 paradas frente a 0 y sólo 285 pases. "Esto es aún más fuerte que el año pasado porque sabíamos antes del partido lo difícil que sería jugar contra el Arsenal", dijo el asturiano.
Lo fué. Se venía de lograr el primer título tras masacrar con cinco tantos a un Inter de Milan desdibujado. Y en Budapest había que remontar a un Arsenal que sólo había recibido seis goles en esta Champions. "La final fue muy difícil", expresó Luis Enrique. Y aburrida. Porque los británicos quitaron el alma al encuentro confiando en su poderío defensivo. "Han metido la ocasión que han tenido y han defendido el resto del partido. Nosotros no hemos cambiado el plan y al final hemos ganado", desgranó Fabián sobre lo que se encontraron tras verse por debajo en el marcador.
"Sólo quedaba pedirle a Dios que nos ayudara", pidió Pacho. Y debió de escuchar. Y es verdad que también lo merecieron. Porque Vitinha y Barcolá pudieron evitar hasta la prórroga, pero el balón no quiso entrar como tampoco en el disparo al poste de Kvaratskhelia. "Ha sido un gran final sobre todo a balón parado. Les deseo lo mejor porque es un gran equipo", añadió el central sudamericano pese a que fueron ellos los que consiguieron contrarrestar la principal arma de los gunners esta temporada. Han sido 29 goles, sin contar penaltis, 25 en Premier League y cuatro en Champions. Pero los defensas galos conocían perfectamente cómo proteger a Safonov.
No fue el ruso el parapenaltis que dio la Intercontinental al equipo francés ante el Flamengo de Luis Enrique. Cuatro detuvo en aquella tanda frente a ninguno en esta. Sólo tuvo que acompañar con la mirada los lanzamientos de Eze y Gabriel. De hecho, como si su sangre fuera de hielo, no mostró el guardameta la alegría de sus compañeros tras el fallo del central brasileño. Comedido incluso hasta en el podio de los ganadores.
Allí quien retrajo su protagonismo que no su alegría fue Luis Enrique. En un tercer plano se colocó cuando Marquinhos elevó la orejona al cielo. "Hemos demostrado que lo deseábamos de verdad desde el primer día de esta temporada. El entrenador dijo que es aún más difícil ganar dos veces", declaró el capitán brasileño, que terminaría con la copa por sombrero. Sorprendió que el segundo que levantó la orejona no fue un jugador, tampoco un técnico, sino un Al Khelaifi que ha dado con la tecla con el técnico asturiano.
"Esto como que sólo se lo he visto hacer al Madrid no tengo ni idea de cómo va. La primera fue histórica, la segunda lo va a ser más, el PSG necesitaba meterse en el grupo de los mejores equipos, ahora estamos ahí", expresó un entrenador que logra su tercera orejona y empata con Zidane, Guardiola y Bob Paisley. Es la segunda consecutiva para él y para el club, una hazaña que sólo ha conseguido el equipo blanco desde que la Copa de Europa mutó en Champions League.
Quieren más
Si alguien piensa que la obra del asturiano en el PSG termina aquí, está muy equivocado. "Estos jugadores son diferentes, los tengo que parar de entrenar y siguen, cuando alguien disfruta de lo que hace no tiene mérito. Para mí, este equipo va a competir el año que viene seguro", desveló el entrenador y luego le secundó uno de los jóvenes a los que él le dio la alternativa. "Esto no ha terminado. La segunda ya está aquí, vamos a seguir trabajando. ¡Vamos a ganar la tercera Champions!, gritó Doué, uno de los más desatados en las celebraciones del equipo francés.
Conseguido el objetivo, la vista se desviaba a las celebraciones, que resultaron un auténtico caos el año pasado. Tanto Marquinhos como el propio PSG en sus redes sociales han pedido "tranquilidad" a sus aficionados a la hora de celebrar este histórico título. Pero no dio tiempo y en París, al cierre de esta edición, ya se habían producidos varios altercados y decenas de arrestos. "Una nueva estrella brilla sobre París! Bravo al PSG que hace soñar a toda Europa. Francia está orgullosa", escribió el presidente francés, Emmanuelle Macron en sus redes. Siempre que esa estrella no caiga sobre las calles de la capital de su país.
Los San Antonio Spurs triunfaron este sábado por 111-103 en el campo de los Oklahoma City Thunder en el séptimo y decisivo partido de las finales del Oeste y, tras destronar a los vigentes campeones, se citaron con los New York Knicks en las Finales de la NBA.
El francés Victor Wembanyama lideró con 22 puntos otra gran actuación grupal de los Spurs, que volverán a las Finales NBA por primera vez desde 2014, cuando se coronaron campeones tras doblegar a los Miami Heat.
Wembanyama, el número uno absoluto en el draft de 2023 y MVP de estas finales del Oeste, rompió a llorar al finalizar un partido de enorme intensidad, en el que los Spurs completaron una extraordinaria remontada en una serie que hace tres días les veía abajo 2-3.
El francés firmó 22 puntos, siete rebotes y dos asistencias en 41 minutos, pese a cometer cinco faltas, y fue uno de los siete jugadores de los Spurs con dobles dígitos en anotación.
Julian Champagnie aportó veinte puntos (seis triples), Stephon Castle metió 16 puntos, con seis rebotes y seis asistencias, De'Aaron Fox anotó quince, Dylan Harper contribuyó con doce y Keldon Johnson y Devin Vassell, con once cada uno.
Los Thunder entregaron el cetro de campeón pese a los 35 puntos y nueve asistencias de Shai Gilgeous Alexander, que acabó agotado tras casi 43 minutos en pista.
Cason Wallace metió catorce de sus 17 puntos en el cuarto período y el banquillo de OKC sostuvo al equipo con doce puntos de Jared McCain y Alex Caruso y once puntos y diez rebotes de Jaylin Williams, pero los hombres de Mark Daigneault, sin Jalen Williams, echaron de menos a Chet Holmgren (cuatro puntos, cuatro rebotes y solo dos tiros intentados).
Las finales del Oeste no alcanzaban un séptimo partido desde 2018, cuando los Golden State Warriors de Steph Curry doblegaron a los Houston Rockets, y a las de este año no les faltó tensión y nivel.
Los Spurs, que se habían aferrado a la serie el pasado jueves con una contundente victoria en San Antonio, saltaron al campo del Paycom Center sin miedo, decididos a luchar y tutear la agresividad defensiva de OKC.
Y arrancaron de la mejor manera, al tomar una tempranera ventaja de catorce puntos en el 27-13. Fue el banquillo de OKC en mantener a los Thunder en el partido, al aportar doce de los 25 puntos de los campeones en el primer segmento.
Gilgeous Alexander dio la cara para OKC con 19 puntos en la primera mitad y su equipo alcanzó su primera ventaja al final del segundo período, pero los Spurs cerraron el cuarto con un 7-0 que les permitió llevarse a los vestuarios un margen de tres puntos.
Los Spurs hacen daño desde el arco
En el sexto partido, los Spurs arrollaron a OKC en el tercer segmento con un parcial de 20-0. Este sábado también pisaron el acelerador con un espectacular 16-2 culminado con un triple de Wembanyama para el 76-65 con poco más de cinco minutos por jugar en el tercer cuarto.
OKC recibió los golpes de unos Spurs hambrientos y agresivos, pero consiguió encontrar respuestas a nivel ofensivo y Jaylin Williams, con un triple espectacular cuando se le acababa el cronómetro de los 24 segundos,volvió a equilibrar el choque.
OKC llevó al límite a Wembanyama a nivel defensivo y le cargó de faltas, pero la maquinaria ofensiva de los texanos no dejó de aportar. El equipo de Mitch Johnson arrancó el cuarto período con un festival de triples, en el que también participó Wemby con un tiro de tres puntos con paso atrás que volvió a dar nueve puntos de ventaja a su equipo.
Cason Wallace, a base de triples, apoyó a SGA en el desesperado intento de remontada de los Thunder, que se dieron una oportunidad al colocarse a seis puntos con dos minutos en el cronómetro.
En un final muy apretado, OKC llegó a tener el balón con 103-109 en el marcador, pero se le acabó la gasolina. El triple de SGA se quedó corto y los Spurs sellaron una extraordinaria victoria para volver a las Finales.
Homenaje a Popovich
Wembanyama, MVP de las finales del Oeste, aseguró este sábado tras clasificarse para las Finales de la NBA con los San Antonio Spurs que tiene que "hablar rápido" con Gregg Popovich, al que definió como "el jefe" y que dirigió a su equipo durante 29 temporadas antes de dejar el cargo tras sufrir un derrame cerebral.
"No sé, es el hombre con más experiencia como entrenador, y vivió muchas cosas, es el jefe, pasa por cosas que ni podemos imaginar. Tengo que llamarle, tengo que verle, hablarle, porque no hay manera en la que pueda entender cómo se siente. Tengo que hablarle rápido", aseguró Wembanyama en la rueda de prensa posterior a la victoria.
Los Spurs triunfaron en el Paycom Center de OklahomaCity y volaron a sus primeras Finales desde 2014.
Popovich, de 77 años, dirigió a los Spurs durante 29 temporadas, en las que ganó cinco anillos, antes de abandonar el banquillo en 2025 tras sufrir un derrame cerebral. El legendario entrenador sigue vinculado a la franquicia en un rol de asesor.
"Es la oportunidad de una vida, no sabes si va a volver. Es un sueño hecho realidad", admitió Wembanyama.
"Todo el trabajo que haces es por este tipo de emociones. Quiero ganar, es como si mi vida dependiera de eso", insistió.
La segunda victoria consecutiva en la Champions League del PSG provocó una nueva oleada de violencia y vandalismo en las calles de París, con triple epicentro en el Parque de los Príncipes, en el mercado de Las Halles y en los alrededores del Arco del Triunfo, donde hubo varios arrestos y un policía resultó herido en fricciones con los hinchas.
Unos 8.000 policías en la capital y 22.000 en todo el país intentaron contener el delirio colectivo, con el recuerdo aún reciente de los 563 detenidos, 692 incendios, dos muertos y 200 heridos de diversa consideración durante las celebraciones de la primera victoria en el 2025.
El ministro de Interior Laurent Nuñez supervisó el dispositivo policial sin precedentes y confirmó una veintena de detenciones incluso antes de que acabara el partido, con 1.600 controles, fricciones en varios de la ciudad y la incautación de más de un centenar de bengalas, fuegos de artificio y morteros caseros.
La policía informó de la presencia de "grupos de riesgo" e "individuos encapuchados" con barras de hierros y objetos arrojadizos en la zona del mercado de Les Halles y en los Campos Elíseos, donde varios comercios fueron vandalizados pese a las valla instaladas por la policía y la protección con madera de los escaparates.
Otro punto caliente durante toda la noche fue la puerta de Saint-Cloud, en las inmediaciones del Parque de los Príncipes, donde se produjeron también enfrentamientos con la policía, que tuvo que usar gases lacrimógenos para dispersar a la multitud.
A diferencia del 2025, cuando la goleada de 5-0 del PSG contra el Inter de Milán fue calentando el ambiente, la ciudad entera contuvo el aliento hasta el último penalty fallado por el Arsenal, que produjo una explosión de júbilo y de fuegos de artificio. Miles de aficionados pudieron ver la final en pantallas gigantes en el estadio del Parque de los Príncipes, donde se espera nuevamente una celebración con Luis Enrique y sus pupilos a su regreso a París.
Una tanda de penaltis, tan injusta como cruel, acabó con el sueño del Arsenal de haber ganado la Champions. Es la segunda vez que la pierde y, sinceramente, no la ha merecido. El PSG sólo ha ganado de penalti y le vi jugar el peor partido en mucho tiempo.
Un árbitro alemán, manejado por el poder de Qatar en la UEFA, con el tal Rosetti de ordeno y mando, se comió a propósito un penalti de Nuno Mendes, ante la incursión de Madueke. El tal Subert ni que no quiso ni verlo en el VAR, que hubiera sido lo justo. .
Se vio la mano de Ceferin y el sumo capo de la Champions actual, el casi jeque de Europa Al Nasser. Tenía que ganar el PSG. Con Florentino acompañándoles en la farsa.
El alemán Daniel Siebert no dejó nunca de pitar falta tras falta al Arsenal y sospechosamente, cuando el equipo londinense tenía posibilidad de contragolpe. Fue un arbitraje canallesco.
Arteta se dejó influir por el temprano gol de Havertz, que nadie esperaba. Metió al Arsenal en una maldita jaula, que no era necesario. Sólo esperaba un nuevo rebote y gol. Havertz tardo en disparar para hacer el segundo, cuando casi expiraba el primer período.
Pero Arteta, como Simeone y tantos otros, se empeña en defender un gol como si fuera oro. Nunca lo es. En la única jugada brillante de Kvaratskhelia, Mosquera hizo un penalti estúpido. El alemán lo pitó inmediatamente, sin VAR.
Quedaba mucha segunda parte y se demostró que lo que habría hecho Arteta había sido una imbecilidad . Con los pases largos hacia el área, la omnipresente presencia de Gyökeres , ayudado por Havertz, hasta el PSG se descompuso .
Al PSG se le notaba mucho peor físicamente. No tuvo el Arsenal el rematador final y no le pitaron el dichoso penalti. Ganó el equipo de Luis Enrique sin Dembelé, que fue como un balón de playa , que se desinfló casi siempre, y Kvaratskhelia que sólo hizo una jugada.
Terrible para Arteta. Pero tardó mucho en empeñarse en un partido defensivo. No quitó a Saka , que parecía un "zombie" , cuando su retaguardia, sin duda es la mejor del mundo.
No hablo de los penaltis, porque es un escándalo que una final se juegue todavía a la suerte de los dados. Es patético. El casos que con penaltis o sin ellos, arbitrajes o sin ellos, El equipo de Qatar es el jeque de Europa. El de Emiratos no tiene tanto predicamento para ganar una final .
El rey Luis II de Francia era conocido como el Tartamudo, un monarca al que a menudo ridiculizaban en la corte y que tuvo escasa trascendencia política. La de Luis Enrique en el fútbol del país galo es colosal. La segunda Champions del PSG, conquistada de forma consecutiva y en circunstancias adversas, con sus mejores ases, Dembéle, Kvaratsjelia y Vitinha, fuera de la tanda de penaltis, cimenta el calado del proyecto del asturiano en París y dispara la euforia desde las Tullerías hasta la Bastilla, porque este nuevo rey Luis II lo es de todos.
En sus tres años en el Campo de los Príncipes, ha sumado dos títulos y ha alcanzado unas semifinales en la competición que da sentido a las colosales inversiones realizadas por los propietarios qataríes, todas deficitarias hasta la llegada de Luis Enrique a su banquillo, fuera con Neymar, Messi, Sergio Ramos o hasta Mbappé.
Estas dos Champions han coincidido con las dos temporadas sin el astro francés, después de su llegada al Bernabéu. Una lectura dolorosa para el futbolista, pero también aleccionadora para todos, incluido el Madrid, cuyo presidente, Florentino Pérez, observó la victoria del PSG en el palco del Puskas Arena. El PSG sería mejor con Mbappé, por supuesto, pero no sería el mismo equipo. Mbappé es el síntoma del cambio, de la reconstrucción por una vía distinta a la seguida hasta la llegada del técnico. El fútbol la premia, incluso en la ruleta rusa de los penaltis.
Para Luis Enrique esta era en París tiene también algo de resurrección personal, en lo vital y lo futbolístico. Después de la tragedia que supuso perder a su hija Xana, el regreso a la selección resultó un fracaso, eliminado en octavos del Mundial de Qatar por Marruecos, precisamente en los penaltis. Una eliminación de las pesan, acompañada de decisiones erráticas, de la que no es fácil reponerse. La apuesta del PSG era de riesgo, convertido en una trituradora de entrenadores, pero el riesgo es uno de los rasgos que definen a este surfero del fútbol, que suma ya tres Champions, si se añade la conquistada con el Barça.
Lo que ha hecho Luis Enrique en el PSG es similar a lo que realiza Mikel Arteta en el Arsenal, aunque sin Champions y sin riesgos. Con una propuesta a contraestilo de lo que ha sido este equipo, ha ganado la Premier para el club 22 años después y lo ha llevado a su segunda final de la historia en el gran torneo europeo, que se jugó la mayor parte del partido cómo deseaba el vasco. Con su planteamiento, Arteta hizo peor al PSG, bloqueado, sin soluciones, muy lejos del de las semifinales contra el Bayern. Le faltó ser mejor en lo ofensivo y le faltó ser Luis Enrique.
Han pasado las mejores estrellas, se han gastado cientos de millones y han desfilado una enorme cantidad de entrenadores. Hasta que el PSG ha decidido contratar no a un entrenador sino a un artista. Luis Enrique ha dibujado una obra de arte utilizando una técnica vanguardista. Nadie escatima esfuerzos. Nadie. Y una vez arriba, el lienzo es de los futbolistas. Su primer cuadro fue puro surrealismo, un sueño. Éste ha sido más minimalista, pero el resultado ha sido el mismo. En los penaltis, sí, pero la orejona se queda en París. [Narración y estadísticas, 1-1]
Ni en los mejores sueños de Al Khelaifi, en el palco junto a Ceferin, habría estado el encontrar a un técnico que no sólo te ha dado títulos, sino que te ha llevado a otra dimensión futbolística. Lo hizo, además, cuando se libró del lastre de Mbappé. Dos Champions después, en una discusión imaginaria, Luis Enrique siempre tuvo razón.
Y eso que la final de la Champions League saltó por los aires en el minuto 5. En la jugada más tonta, un despeje y un rebote, ante el jugador más listo de la clase. Kai Havertz recogió ese balón perdido para enfilar a Safonov tras una carrera de 40 metros en solitario. La reventó a su escuadra y se colocó el duelo donde nunca hubiera soñado el ordenador de Arteta. En ese mundo de estadísticas, que te dice que al Arsenal sólo le han remontado un partido en toda la temporada, tuvo que intentar desenvolverse el PSG.
Los jugadores del Arsenal celebran el tanto de Havertz.Armin DurgutAP Photo/Armin Durgut
Los franceses decidieron monopolizar el esférico, pero la libertad de sus movimientos estaba más que estudiada por la doble línea de cinco muy junta que colocó Arteta para defender su ventaja. Hablábamos de hormigón armado, habría que añadir también trincheras y ayudas constantes. Ergo, la final dependía de inspiraciones individuales más que de movimientos de balón, pese a que Vitinha fue el que más intentó que el esférico circulara de lado a lado para intentar encontrar una grieta en esa argamasa gunner.
Lo increíble es que, la más clara de la primera mitad, volvió a corresponder al punta alemán del Arsenal. Tras una preciosa pared con Odegaard por el perfil izquierdo, el delantero vio de nuevo a Safonov en su mirilla, pero cuando disparó, apareció Marquinhos como una exhalación para dar aire al PSG y esperanza a los aficionados al fútbol. Una ventaja de dos goles a la mejor defensa de Europa, apenas 6 encajados en 14 partidos, provocaría un colapso en las esperanzas francesas. Encima sería poco antes del descanso, doble golpe moral salvado.
De los franceses a nivel ofensivo poco que decir en 45 minutos pese a ser el equipo más goleador del torneo con 44 tantos. Una internada de Nuno Mendes que terminó con un cabezazo fuera de Fabián quizás fue lo más peligroso. Hubiera sido más si el español hubiera permitido el remate a Kvaratskhelia, mejor colocado en la acción. El único tiro a puerta también perteneció a Fabián, pero fue muy lejano y escorado y, pese a los problemas de Raya para atajarlo, pocas opciones tenía de ser el empate del encuentro.
Luis Enrique debía virar la final del cemento al talento. El que tienen sus jugadores de ataque y a los que el balón les llegaba siempre con el Arsenal muy bien plantado. Así que, lo importante era mayor velocidad de balón y jugar al primer toque. Ese momento llegó en el 64 y lo protagonizaron los dos delanteros más talentosos. Una pared entre Kvaratskhelia y Dembélé terminó con el derribo del georgiano por Mosquera dentro del área. Penalti y el técnico asturiano reclamó con sentido una segunda amarilla que Siebert no concedió. Marcó el mosquito y el partido volvió a empezar con sólo media hora por jugarse.
Demebele celebra su tanto de penalti.Armin DurgutAP Photo/Armin Durgut
Ahora Arteta debía decidir qué partido jugar, porque Luis Enrique iba a seguir empujando hacia Raya, como demostró Kvaratskhelia poco después con una contra estrellada en el poste. Y el vasco respondió metiendo a Gyokeres para lanzar un mensaje a los suyos de que sólo defendiendo no se gana una final de Champions. Los londinenses mostraron algo más de intención, poca, y se fueron medianamente contentos a la prórroga, porque Vitinha les perdonó a un minuto del final del encuentro y Barcolá en el añadido.
Prórroga soporífera
El Arsenal agotó los cambios al inicio de la prórroga. Arriesgado, pero efectivo para un equipo que ha estado exprimiéndose hasta casi el final de temporada cuando consiguió abrochar la Premier. Con ellos también mudó la iniciativa ante un PSG al que se vio algo cansado y, por momento, partido. Parte de culpa la tuvo Madueke, eléctrico y retando a Nuno en cada carrera. Le ganó una que pudo ser penalti, pero Siebert prefirió dejarlo pasar. Poco dejó la primera parte de la prórroga salvo el susto de Hincapié, cuando su equipo no tenía cambios.
Sorprendió que en la segunda casi ninguno lo intentara. Descaradamente, ambos equipos se encaminaron a los penaltis salvo por algún error del rival que nunca llegó. En la pena máxima Raya pudo ser el héroe al devolver la esperanza a los británicos tras el fallo de Eze, pero Gabriel lanzó a las nubes el quinto y definitivo y cerró la posibilidad de hacer historia. De la forma más cruel. Pena máxima para los británicos y gloria a Luis Enrique y al PSG.
"Una vez cada 100 años surge una oportunidad como esta y tienes que aprovecharla. Yo no lo hice", se lamentaba Alex de Miñaur; la puerta se le había cerrado, tardará en abrirse.
Lo que está ocurriendo en Roland Garros este año no tiene nombre todavía, pero lo tendrá: el milagro de... Pongan el nombre de quien quieran. El que quieran. Carlos Alcaraz no pudo participar por culpa de la muñeca; Jannik Sinner se derrumbó en segunda ronda bajo un calor sofocante; y Novak Djokovic cayó ante Joao Fonseca. En el pasado Open de Australia, siete de los ocho mejores tenistas del mundo llegaron a cuartos de final. Ahora, antes siquiera de haberse disputado los octavos de final, sólo quedan dos, Alexander Zverev y Félix Auger-Aliassime.
Un vistazo al cuadro obliga a frotarse los ojos. En octavos está Jesper de Jong, holandés número 101 del mundo que ni siquiera llegó a entrar en el cuadro principal: cayó en la última ronda de la fase previa y sólo la retirada de Arthur Fils le permitió recibir una invitación. En octavos está Zachary Svajda, un estadounidense en el puesto 83 del ranking ATP que sólo había jugado algún que otro US Open gracias a las ‘wildcards’. Y en octavos está, entre otros, Pablo Carreño, hoy el 89 del mundo, que a sus 34 años valoraba la retirada entre dolores antes de rejuvenecer en el más extraño de los torneos. Este domingo (13.00 horas, Eurosport) se enfrenta a Rafa Jódar, que no deja de ser un debutante en París, otra rareza.
En todo el cuadro no queda ningún campeón de Grand Slam y sólo quedan dos tenistas que saben qué es jugar una final ‘grande’, Zverev y Casper Ruud. Es una oportunidad "de las que se presentan cada 100 años", como decía De Miñaur, pero también es una presión que aplasta.
El caso de Zverev
Especialmente para Zverev. Tres finales de Grand Slam ha jugado, tres derrotas. US Open, Roland Garros, Australia. Es ahora o nunca. Lo sabe él y lo sabe todo el público, que le señala como único favorito en pie. "Yo siempre me presiono muchísimo porque quiero ganar por fin mi primer título de Grand Slam, pero ahora la presión también viene de fuera. Sé que todo el mundo piensa que si no gano esta vez probablemente no lo haré nunca", acepta el alemán que, si vence hoy a De Jong (no antes de las 15.30, Eurosport), se enfrentará en cuartos de final al ganador del duelo español. A los 28 años, con el cuadro más abierto de este siglo, es la suya porque...¿Si no es él, quién?
THOMAS SAMSONAFP
Como le pasó a De Miñaur, en general las piernas tiemblan, las manos sudan, las ideas se nublan. Después de su duelo de tercera ronda, por ejemplo, Ruud confesó que las circunstancias le pesaron y, de ahí, sus dos sets perdidos. "Es un torneo muy abierto y creo que eso es refrescante para todo el mundo, porque habrá un nuevo campeón de Grand Slam dentro de una semana", comentó quien se quedó a un paso del título en 2022 y 2023 -ante Nadal y Djokovic- y después aseguró que lo tiene que ver como algo positivo: "Voy a intentar utilizar la experiencia que tengo de haber llegado lejos en Grand Slams y ver hasta dónde me lleva".
Precisamente su rival en octavos será Fonseca, que como Jódar es uno de los jóvenes señalados para asaltar la historia. Los dos se han alejado de esa opción -"Sólo puedo ir partido a partido", decía el español-, pero el brasileño además supe a quién arrojarle todo ese peso. "Con Jannik y Djokovic fuera la oportunidad es para los jugadores que llevan más tiempo en el circuito, como Zverev o Ruud. Yo solo estoy pensando partido a partido"’. Partido a partido. La frase que todos repiten esta semana como si pronunciarla en voz alta fuera la única manera de no pensar en lo que hay al final del camino.
Hay un Roland Garros al alcance de quien se presente ante la oportunidad. Antes de empezar la segunda semana, abundan los nervios, pero el próximo domingo alguien vivirá el mejor momento de su vida.
En unas semanas se cumplen 30 años de uno de esos momentos deportivos que un país recuerda para siempre. Jefferson Pérez (Cuenca, Ecuador, 1976) con la zapatilla rota, lograba la primera medalla olímpica para Ecuador, aquel imperecedero oro en los 20 kilómetros marcha en Atlanta 96 que el menudo atleta completaría con la plata de Pekín 2008 y tres títulos mundiales. Con motivo de la celebración de la quinta edición del Gran Premio de Madrid Marcha este domingo en la Gran Vía, que le rendirá merecido homenaje, Jefferson pasea estos días dándose un baño de multitudes con la comunidad ecuatoriana en España, que reconoce al icono, aquel niño que vendía periódicos en las calles de su ciudad, a más de 2.600 metros de altitud: "Mi oro cambió para siempre la mentalidad de Ecuador".
Hoy Pérez, empresario de éxito, conferenciante y presidente de la Federación de Atletismo de Ecuador, comprueba cómo ya no es rareza -"Me giro y encuentro a ocho compañeros, a ocho hermanos olímpicos ya medallistas. Y les doy las gracias por no dejarme solo, era muy pesada esa carga"- y cómo el destino tiene guiños fantásticos. Con orgullo, cuenta la historia de Daniel Pintado, el marchador campeón olímpico en París que era un niño de su misma ciudad que prometió a su madre imitar a Jefferson algún día cuando ella lloraba al ver aquel oro por la televisión.
Pregunta.- Ese niño huérfano, que se ganaba la vida en las calles, ¿hubiera imaginado todo esto?
Respuesta.- Mi padre era militar y, antes de morir, él siempre me llevaba a lo más alto de la casa y me hacía ver los aviones. Me decía: 'Un día, tú tienes que ser piloto y dominar los cielos'. Desde niño me empezaron a inculcar siempre metas altas, pero también esfuerzo, perseverancia. Me inyectaron el bichito de intentarlo, intentarlo... La vida me dio la oportunidad de conocer todos los continentes, de ganar eventos por todo el mundo y me di cuenta de que lo más extraordinario es la amistad que puedes generar en diferentes lugares, conocer las culturas, sus tradiciones, sus costumbres. Es lo que te enriquece.
P.- ¿Cómo fue su infancia?
R.- Mi vida ha sido una catarata permanente de necesidades. Nací ochomesino. Pero la vida me fue poniendo ángeles. Cada vez que tuve una crisis, golpeaba puertas y siempre aparecía un ángel. No para solucionarme el problema, sino para darme herramientas para poder superarlo. Recuerdo vender periódicos en las calles. Imagínate, un niño de siete u ocho años, a 2.600 metros de altitud, corriendo entre tres y cuatro horas. No estoy diciendo que eso se deba hacer, por favor, pero naturalmente eso me hizo desarrollar la tolerancia al esfuerzo. Eso, cuando más tarde intenté llegar a unos Juegos o estudiar, fue mi ángel. Siempre le digo a la gente: 'Golpeemos puertas'. Y si una puerta no se abre, no importa, sigue golpeando más puertas, más puertas. Y no esperes que alguien te diga: 'Te doy la solución'. Espera que te den las herramientas.
P.- ¿Esa altitud fue clave después también en su carrera?
R.- En 1996 nosotros entrenábamos por la mañana a 2.500 metros de altura, hasta las 9. Desayunábamos y viajábamos media hora, a 4.000 metros y volvíamos a entrenar. Comíamos y otras dos horas en coche para llegar a nivel del mar. Ahí teníamos nuestra tercera jornada de entrenamiento. Así varios días. Y luego lo hacíamos nuevamente, pero invertido. Hoy se puede hacer todos esto así con una cámara hiperbárica. Nosotros no teníamos tecnología, pero sí el instinto.
Jefferson Pérez, en Madrid, durante la entrevista con EL MUNDO.ÁNGEL RIVAS
P.- ¿Por qué eligió la marcha?
R.- Por pura curiosidad, porque yo era corredor. Nosotros terminábamos de entrenar y los marchistas seguían. Me llamó la atención y un día le pregunté al entrenador. Me invitó al entrenamiento. Pero la clave fue cuando él me habló acerca de la biomecánica. Imagínate, en los años 80. Me hablaba de desplazamiento, de acción-reacción del cuerpo, de peso, de la masa. Me enamoró.
P.- ¿Cómo recuerda aquel oro de Atlanta?
R.- Ah, fue un momento grandioso de mi vida. A veces sólo vemos el momento final, esos instantes. Pero todo el trayecto recorrido muchas veces es lo que desconocemos. Llegar a la meta para mí fue encontrar mucha paz, mucha gratitud, mucha emoción. Romper el 'celofán', porque normalmente la gente en Ecuador solía decir: 'Otras Juegos más y no va a pasar nada'. No ganábamos ni una medalla y desde ese momento se rompió eso. La gente empezó a decir: 'Podemos intentarlo'. Dos después tarde tuvimos al primer ecuatoriano llegando al Everest sin oxígeno. Unos años más tarde, Ecuador se clasificó para su primer Mundial de fútbol. Hoy, cuando escucho a los deportistas de mi país, me emocionan. No sólo van a participar, quieren ganar, ser protagonistas. Ese fue el principal cambio en la mentalidad del ecuatoriano.
Jefferson Pérez, llegando a la meta, en Atlanta 96.AP
P.- Su rivalidad con los españoles marcó una época.
R.- Fue maravillosa. REcuerdo primero a Jordi Llopart, a José Marín. Luego vino la siguiente generación, Dani Plaza, David Domínguez, Valentín Massana. Y después Paquillo, fueron muchos años compitiendo con él, un deportista de mucho nivel. y ahora, finalmente, María Pérez, entre otros más.
P.- ¿Cómo ha encontrado a la comunidad ecuatoriana en España?
R.- Es muy emocionante ver a chicos que vinieron jóvenes, o que ya nacieron aquí y han encontrado unos estudios, un trabajo, una vida. Lo único que pedimos son oportunidades. Somos gente de trabajo, gente de bien, pero no te puedo negar que, como en todos sitios, siempre existen por ahí algunos que hacen quedar mal a una nación. Le doy las gracias a España por abrirnos las puertas a todos los latinos. A veces nos puede costar entender las costumbres locales, pero cuando ya pasa un tiempo, asumimos, las respetamos y nos adaptamos.
P.- La rivalidad en la marcha se mantiene entre Ecuador y España, dos países con tanta tradición...
R.- Es interesante, porque no sólo nos une una lengua, también nos une un deporte, una especialidad. Tuve una reunión con la Federación Española y la idea es mantener esa relación mutua, intercambiar información, tecnología, organización, nos permita a los países mejorar.
Llegará un día en el que Martín Landaluce mire atrás y vea esta derrota como un triunfo. Fue su llegada a la élite, la confirmación de su madurez. Este sábado cayó ante el argentino Juan Manuel Cerúndolo por 6-4, 6-7(7), 7-6(4), 6-7(4) y 7-6(8), pero de qué manera lo hizo. En el tercer partido más largo de la historia de Roland Garros -cinco horas y 49 minutos-, remontando todo lo remontable, peleando cada punto, sin rendirse. Al final, un par de errores en el super tie-break le cerraron las puertas de los octavos de final, pero lo vivido tiene valor. Para su formación, a sus 20 años, fue una derrota excelente.
Desde el primer minuto, el partido fue un intercambio igualadísimo en el que ninguno lograba imponerse. Cuando Landaluce aceleraba su derecha con potencia, Cerúndolo respondía con bolas altas, altísimas, para forzarle el error. Cuando Cerúndolo sacaba con más fuerza, Landaluce se adelantaba en la pista en sus segundos servicios para sembrar la duda. El español se enredó más con su revés, especialmente el cruzado, pero encontró mayor fortuna en la red. Cerúndolo, en cambio, brillaba en la defensa desde el fondo y le sobraban piernas para llegar a la mayoría de dejadas. Ninguno era mejor que el otro y, en ese contexto, todo dependía de los momentos. Hasta tres muertes súbitas disputaron con un balance también equilibrado y así, después de casi seis horas de juego, llegó el super tie-break decisivo.
En él, un extraordinario golpe paralelo de derechas le puso en disposición de vencer (8-6), pero a partir de ahí todo fueron errores. Tanto él como Cerúndolo aguantaron el sobreesfuerzo sin quejas: no hubo ni una sola llamada al fisioterapeuta, ni tan siquiera un gesto de dolor, pero con el paso del tiempo los dos fueron acumulando fallos y al final la fortuna abandonó al español.
EFE
En su orgullo quedarán grabadas, de todas formas, las dos veces que estuvo muerto y las dos en las que resucitó. Tanto en el segundo como en el cuarto set, Landaluce lo tuvo todo perdido y supo sobreponerse. En el segundo salvó hasta tres bolas de set antes de forzar el tie-break y decidirlo; en el cuarto levantó un break en contra cuando Cerúndolo ya sacaba para cerrar el partido. Tiene 20 años y acaba de jugar casi seis horas en Roland Garros sin bajar los brazos. El futuro puede esperar, pero ya ha sabe de qué es capaz.