La fiesta y el luto

La fiesta y el luto

Era la guerra. El 12 de marzo de 1945, un bombardeo masivo a cargo de un enjambre de aviones que atosigaban el cielo destruyó prácticamente el 100% de los edificios del centro de Dortmund. La ciudad se reconstruyó. Era la vida. El Borussia también se rehízo. Era el fútbol. Y, el 30 de mayo de 2024, el equipo, atendiendo al fútbol, aferrándose a la vida, y acercándose a la guerra, firmó un contrato de patrocinio con Rheinmetall, la principal empre

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La Decimoquinta hazaña

La Decimoquinta hazaña

Un gol de cabeza de Carvajal en un córner picó de muerte a una abeja que había desplegado una potencia asombrosa durante el primer tiempo. Había deslumbrado como un torrente de fútbol. Pero si perdonas en las ocasiones claras, el Madrid siempre te va a matar.

Quizás no me crean, pero en pleno desplome madridista, que ya era víctima de la fiebre amarilla, dije que tenía que ver al Borussia en el minuto 60, cuando sus fuerzas hubieran expirado y co

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Real Madrid, una y otra vez

Real Madrid, una y otra vez

Ahora el Bernabéu sucumbe al brilli brilli y los cánticos rebotan contra la cubierta. Pero yo recuerdo aquel estadio lúgubre y murmurante que tantos talentos ha consumido. Vinicius fue superando cada una de las pruebas a la que somete Madrid. La noche, por supuesto, pero también ese murmullo de pesadilla que desde hace décadas ha puesto a prueba a los que se atreven a encarar. Es un verbo interesante, encarar. El extremo del Madrid no sólo encara

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El destino de Carvajal hacia la sexta de Gento y el cambio táctico de Ancelotti: "Salimos vivos... Y aquí está"

El destino de Carvajal hacia la sexta de Gento y el cambio táctico de Ancelotti: “Salimos vivos… Y aquí está”

El destino es extraordinario. Daniel Carvajal Ramos puso la primera piedra de la ciudad deportiva de Valdebebas el 12 de mayo de 2004. Hace 20 años. Tenía 13 y jugaba en el alevín de la cantera blanca. Y Daniel Carvajal Ramos anotó el gol que entregó al Real Madrid la Decimoquinta Liga de Campeones y a él, a Nacho, a Modric y a Kroos (una con el Bayern), su sexta Copa de Europa, igualando la leyenda de Paco Gento. Nadie tiene más. Seis ganó Gento en una década prodigiosa entre los 50 y los 60. Seis han ganado estos futbolistas en otros diez años que ya son historia del fútbol.

«¡Reyes de Europa, somos los Reyes de Europa!», cantó la afición del Madrid cuando Vinicius, camino del Balón de Oro, puso el 0-2, su segundo tanto en las dos finales de Champions que ha disputado. Pero vayamos al principio.

«Mucho miedo y mucha preocupación», admitía Carlo Ancelotti en la previa. «Cuando lo tienes tan cerca, el miedo a perder aparece», insistió. Quizás fue ese miedo, algo extraño en un Madrid que ha ganado tanto, o quizás, más probable, fue una salida errónea al partido. Una mala ejecución de la idea del cuerpo técnico y una actitud lejos de lo necesario para hacer daño a su rival, pero el conjunto blanco no existió en la primera parte de Wembley.

«¡Calma! ¡Calma!», se desesperaba Carletto en la banda, con Carvajal como destinatario de la mayoría de sus proclamas al tenerle pegado a la línea de banda. «¡Calma, por favor!», le pedía al defensa y también a Rüdiger y a Toni Kroos.

El Madrid estuvo totalmente desconectado durante el primer tiempo. Acumuló una posesión superior al 60% y encadenó pases simples durante largos segundos, pero no estuvo acertado cuando quiso enfocar la portería del Dortmund y vio cómo su rival se hacía grande a la contra, en un pim, pam, pum que sólo se quedó sin gol por las manos de Courtois y el palo de Fullkrug. El Madrid sufrió un Madrid. Casi, porque sobrevivió de nuevo al borde del precipicio. Cinco remates, dos de ellos a puerta, para dejar sin aliento a la grada blanca, que llenó la mitad de Wembley mientras en la otra los fans alemanes dejaban sus gargantas en las nubes.

El cambio táctico de Ancelotti

Tras el descanso, al Madrid le costó ajustar sus piezas. Desde la banda, Carlo y Davide Ancelotti seguían desesperados intentando colocar a sus futbolistas. Los blancos, que empezaron el duelo en un claro 4-4-2, cambiaron en el minuto 54 al clásico 4-3-3, con Rodrygo y Vinicius en las bandas y Bellingham de nueve. Sirvió, vaya si sirvió, aunque hubo momentos de discusiones y dudas.

Vinicius no terminaba de entender a quién tenía que cubrir en defensa y Bellingham no se situaba en punta, algo que desquició a Ancelotti. El italiano, enfadado, con las manos en la cabeza y con su hijo al lado intentando también dar instrucciones en la distancia, terminó llamando a ambos a la banda para aclarar las cosas. Solucionado.

El cambio táctico definió la final. El cuadro madridista elevó su nivel, acorraló al Dortmund y navegó hacia una nueva Copa de Europa. Vinicius, en banda, provocó el córner que terminó en el 0-1 de Carvajal y Bellingham, en punta, asistió al brasileño en el segundo tanto.

El adiós de Kroos

Sólo quedaba disfrutar. Y Ancelotti, sabio de las emociones, ejecutó la sustitución que todo el mundo pedía. Introdujo a Modric y retiró del campo a Kroos, que se despidió para siempre del Madrid. Saltos de alegría, puño en alto, beso al escudo y la sonrisa de quien se va en lo más alto del fútbol mundial, Eurocopa mediante. Todos sus compañeros fueron a saludarle en su camino hacia la banda y Ancelotti le regaló un abrazo eterno de admiración. No le quería soltar, como todos. «Es un momento un poco triste, pero él quería terminar así», dijo el italiano.

«Es una felicidad inmensa. El partido era muy complicado. Salimos vivos de la primera parte sabiendo que tendríamos nuestro momento... y aquí está», explicó Carvajal. «Es la más especial porque me toca como capitán», admitió Nacho, que insistió en el ADN del club: «Es saber mantenerse en momentos complicados. Y aquí estamos, una noche mas y una Copa de Europa más».

Todavía en el césped, Ancelotti reconocía que «ha sido más difícil de lo que esperábamos». «Hemos sufrido mucho en la primera parte, en la segunda hemos estado mejor, hemos tenido menos pérdidas», añadió, explicando sus conversaciones con Vinicius: «Le he empujado porque creo que la primera parte hemos sido un poco vagos y ellos han jugado a lo que querían. Salían al contraataque y han tenido mucho peligro».

El niño que puso la primera piedra, la estrella de Sao Gonçalo que superó todas las presiones del mundo y el alemán que fue leyenda en Madrid tienen otra Copa de Europa.

El arrojo sin premio de un gran Dortmund: entre el ritual de Füllkrug y las lágrimas de Sabitzer

Actualizado Sábado, 1 junio 2024 - 23:35

Justo antes de saltar a la hierba, como cada noche, Niclas Füllkrug se activó con ese gesto tan característico en sus orejas. Algo así como un encendido automático con el que se aísla del ruido exterior y orienta sus cinco sentidos hacia lo único importante. Era el partido más importante de su vida y debía cumplir con la rutina. El delantero alemán, con un remate al palo y un gol anulado, vivió el lado más amargo del fútbol en Wembley.

El empeño de Füllkrug fue también la frustración de Edin Terzic, que no dudó en acercarse a felicitar a Carlo Ancelotti justo antes de que Slavko Vincic decretase el final. La desesperación de la leal hinchada borusser, a la que sólo hubo que reprochar esos abucheos fuera de tono ante Vinicius. El fútbol debería mostrarse menos cruel con Mats Hummels, autor de una final impecable. O con Marco Reus. Once años después de la final ante el Bayern, otra vez en Wembley, el capitán tampoco pudo saldar su deuda con la Champions.

No existían palabras de ánimo para unos futbolistas que habían cumplido lo que su técnico les reclamó en la previa. Arrojo ante el eterno campeón. Lloraba inconsolable Marcel Sabitzer ante las cámaras mientras las banderas amarillas aún flameaban. Si existe forma humana o divina de derribar al Madrid en una final, el Borussia apuró casi todas. Suyo fue el dominio, en lo táctico y anímico, a lo largo de 70 minutos. Pero en esa hora bruja, la que distingue a los grandes equipos de los inmortales, el Real jamás perdona.

Inmovilizar al espontáneo

Deberán volver con orgullo al Westfalenstadion, convencido de que sólo así era posible. Desde el primer minuto, para lo que la afición blanca resultaba casi una rutina, en el fondo del Dortmund se disfrutaba como un acontecimiento extraordinario. Dos horas antes del pitido inicial, cuando aún bullían los madridistas en Borough Market, el fondo alemán ya se teñía de amarillo y negro. La ovación a Jürgen Klopp rivalizó con los abucheos a José Mourinho cuando ambos aparecían por los videomarcadores. El vínculo con el equipo, tan estrecho, llegó al delirio en el momento en que los futbolistas hicieron esperar al árbitro para agradecer el incondicional apoyo.

Nada pudo objetarse a la combatividad del Dortmund. Si Sabitzer ni siquiera titubeó para inmovilizar al tercer espontáneo que había invadido el césped, lo demás vendría de añadidura. El Madrid había localizado el flanco débil en torno a Ian Maatsen, que sufría las acometidas de Dani Carvajal y Fede Valverde, pero el Dortmund casi siempre supo competir. Incluso pese a un Nico Schlotterbeck más atribulado que de costumbre. Al joven central quisieron tranquilizarlo antes de que se ganara una ridícula amarilla por protestas.

Superada la media hora, Davide Ancelotti tuvo que sujetar a su padre por la manga, porque el Madrid no podía tolerar tantos minutos a merced del rival. Justo antes del descanso, Gregor Kobel quiso entrar en calor con todo tipo de estiramientos. El Madrid, perdido en la presión, romo en la zona de tres cuartos, no había asomado por sus dominios.

En busca de respuestas

El entusiasmo del fondo germano se redoblaría en los instantes previos a la reanudación. Primero, con una pancarta con el lema Auf geht's Dortmund. Kampfen und siegen (Vamos, Dortmund. A luchar y ganar). De inmediato, no menos de dos docenas de bengalas emponzoñaron el ambiente. Cumplido el minuto 50, los suplentes de Ancelotti, que ni habían calentado al inicio junto al resto, saltaron a la banda. Luka Modric, siempre atento de reojo, parecía particularmente inquieto.

Fue llamativa la desesperación de Ancelotti, braceando como nunca en el área técnica y girándose hacia el banquillo en busca de respuestas. Su larga charla con Davide en el ecuador presagiaba algo, aunque el primer cambio llevaría la rúbrica de Terzic. El último hurra de Reus para infortunio del inspiradísimo Karim Adeyemi.

Había llegado el momento en que el Madrid inclina la historia sólo con el escudo. Füllkrug, que se había batido con bravura frente a Nacho, desatendió sus obligaciones en el primer palo ante Carvajal. El primer clavo en el ataúd del Dortmund, que ya no levantaría cabeza. El éxtasis había cambiado de fondo. En el blanco reclamaron aModric. Se contaban, exactamente, 86.212 espectadores en Wembley. Y hubo que esperar al minuto 85 para disfrutar del croata. Una vez más mereció la pena.

Guardián blanco entre el centeno

Actualizado Sábado, 1 junio 2024 - 23:43

El rey de Europa no quería confiarse. Porque sabe desde antiguo que el exceso de intimidad con la leyenda pierde a los héroes. Por eso luchó hasta el final contra su condición de favorito. Por eso cuando advertía contra el riesgo escondido entre el centeno alemán, en realidad se estaba asustando a sí mismo. Porque ha desarrollado tal dependencia de la épica que se siente incómodo en la facilidad. Este Madrid de época se ha enamorado de su propia

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El Real Madrid más puro extiende su imperio en Wembley: 15 Champions para querer como se quiere a los 15 años

El Real Madrid más puro extiende su imperio en Wembley: 15 Champions para querer como se quiere a los 15 años

Quince años tiene mi amor, cantaba el Dúo Dinámico en 1960, año en el que el Madrid ganaba su quinta Copa de Europa, la última levantada por Alfredo di Stéfano, el jugador fundacional de esta pasión eterna. Quince Champions tiene mi amor, podrían cantar los aficionados que se dejan sentir desde Trafalgar a Cibeles, plazas que evocan a imperios del pasado tomadas, hoy, por el imperio de las emociones. Esos hinchas se preguntan por qué quieren al Madrid de esta manera irracional, como irracional fue su forma de sobreponerse en Wembley a las ocasiones de un Borussia Dortmund mejor durante una hora en un frenético final, en el clímax más deseado. No hay respuesta para ello, porque es como querer a los 15 años, como querer después de 15 Champions. Es puro Madrid. [0-2: Narración y estadísticas]

Para saber más

Para saber más

La relación que tiene el Madrid con esta competición es como la que se tiene con un amor juvenil al que jamás se ha dejado de querer, y en el que cada encuentro despierta las sensaciones que dan sentido a una vida. Es imperfecto, como lo fue su juego en Wembley, pero merece la pena, vaya si lo merece. Todo lo demás importa, claro, la Liga, la Copa o las mil Supercopas que se alargan como los culebrones, pero nada despierta la misma erótica, lo hace sentirse poderoso e invoca la grandeza.

Se apreciaba en la mirada de sus jugadores cuando saltaron a calentar en Wembley, no sólo en la de los más veteranos, también en la de Bellingham, como si hubiera interiorizado una condición distinta. Cuando eso sucede en un equipo o en un ejército, el adversario o el enemigo saben que están ante algo diferente. Lo sabía el Dortmund, emergente y optimista, hiriente en el ataque, con las ocasiones de su parte en el primer tiempo, pero no lo suficiente cuando se viene encima un muro emocional en el que los pequeños se hacen gigantes, como Carvajal, con su pierna de hierro y su barba de templario. El salto del primer gol fue el salto del renacer que los demás no comprenden, pero temen. Edin Terzic había visto a los suyos tan cerca del gol que empezaba a mirar al césped porque los veía ya tan lejos del título.

Los tuvo en sus botas inicialmente el equipo alemán, porque conocía mejor su plan de partido: no dejar correr al Madrid y correr todo lo posible en las transiciones. El conjunto de Ancelotti no podía sentirse sorprendido. Le ha ocurrido muchas veces. Mitad suficiencia, mitad sorpresa, apareció en el césped como si ya hubiera ganado la 15 y únicamente esperara el pasar del tiempo para levantar la 'Orejona'. Mal asunto. La superioridad existe, pero su vida es de un minuto, el tiempo que tardas en perderla.

Estático, sin velocidad de balón, el Madrid buscó a Vinicius en el espacio y poco más, un Vinicius motivado, pero empeñado en habitar en el desfiladero del riesgo. Una entrada al portero Kobel le costó la primera amarilla, y las palabras de más una mirada del colegiado Vincic que pudo acabar en catástrofe. Los buenos árbitros cuentan hasta diez. A Vini le iría bien hacerlo. Se lo debieron repetir en el vestuario, porque regresó determinado, arabesco y goleador, finalmente. Está en el camino que desea, ahora que llega Mbappé, después de otro gol en una final de Champions. Es un camino de oro.

Courtois, ante Adeyemi, en una de las primeras oportunidades de la final.

Courtois, ante Adeyemi, en una de las primeras oportunidades de la final.INA FASSBENDERAFP

La presión alta era tan tibia y las pérdidas de balón tan constantes por parte de los de Ancelotti que los alemanes decidieron dar un paso adelante que no habían imaginado tan fácil. El mando y las anticipaciones del veterano Hummels habían sido suficiente al principio frente a los intentos del brasileño. El otro, Rodrygo, no existía. Tampoco Bellingham, al trote.

Adeyemi, un diablo por la izquierda, aprovechó uno de los pocos errores de Carvajal para buscar un uno a uno que le hizo dudar, y eso permitió corregir al defensa a tiempo. Füllkrug recibió en el área y giró sobre sí mismo para enviar la pelota al palo bajo la mirada batida de Courtois. El belga tuvo que poner poco después sus mejores manos ante Adeyemi y Sabitzer. En el Madrid se miraban y se preguntaban qué pasaba. De esa forma se fueron al vestuario, con un único consuelo: estaban vivos. La respuesta era sencilla: alguien había preparado muy bien la final.

Carvajal celebra su gol al Borussia Dortmund.

Carvajal celebra su gol al Borussia Dortmund.Kiko HuescaEFE

Las correcciones del descanso devolvieron el equilibrio al juego y contrariaron al Dortmund, al adelantar Ancelotti la posición de Bellingham, en un 4-3-3. Kroos provocó con una falta la primera parada de su portero y el ímpetu de Carvajal puso algo que el Madrid necesitaba, pero de nuevo fue el Dortmund quien más cerca estuvo del gol gracias a Füllkrug. Courtois seguía de guardia.

Era necesario aumentar la intensidad, aunque pocos parecían capaces, con algunos superados por la altura de la temporada, caso del propio Bellingham, pese a que estuvo cerca del gol. Vinicius buscó la profundidad y dejó una maniobra de tapete de billar sobre la línea, pero fue Carvajal quien atacó el balón parado con decisión, al elevarse y anticiparse a las torres del Dortmund. El centro había sido de Kroos. Mucho mejor que cualquier carta de despedida. Salió del campo entre aplausos para ceder su lugar a Modric. Han sido la pareja de baile, el Fred Astaire y Ginger Rogers de un Madrid de época.

Carvajal remata ante Füllkrug, en la acción del gol del Madrid.

Carvajal remata ante Füllkrug, en la acción del gol del Madrid.INA FASSBENDERAFP

El Dortmund no fue ya capaz de sobreponerse al estallido que desató el gol de Carvajal, una implosión de los blancos, con llegadas del defensa, poseído, Camavinga y, finalmente, Vinicius hasta el gol. Era el 'momento Madrid', el momento de la 15, el momento de jugar como cuando se tienen 15 años, pero con toda una vida por detrás y toda una larga vida por delante. La 16 espera.

El último baile de Kroos y Modric: “¡Pass, Luka, pass!”

Actualizado Sábado, 1 junio 2024 - 23:27

El 12 de agosto de 2014, los 30.000 aficionados presentes en el Cardiff City Stadium disfrutaron, aún sin saberlo, de un acontecimiento histórico. Luka Modric y Toni Kroos saltaban juntos al césped para disputar un partido con el Real Madrid. El primero de una sucesión de 335. Casi una década exacta en la sala de máquinas del gran jerarca de la Champions. La época más gloriosa del Madrid, cerrada bajo el arco de Wembley con un abrazo para el recuerdo cuando Carlo Ancelotti decretó el cambio entre ambos.

Para saber más

Para saber más

Pass, Luka, pass!", reclamaba Kroos durante aquel primer partido, aquella la final de la Supercopa de Europa ante el Sevilla, resuelta con un doblete de Cristiano Ronaldo (2-0). Apenas unas semanas después de proclamarse campeón del mundo en Maracaná, el alemán mostraba una autoridad impropia para un debutante. Xabi Alonso, seducido por Pep Guardiola, acababa de abandonar la nave y él debía asumir el mando. En el inicio de la jugada, como primera opción para el pase de Sergio Ramos o Pepe, el alemán comandó el ataque en perfecta sintonía con Modric, evidenciando el error del Bayern, que le había dejado escapar a cambio de 30 millones de euros.

Kroos y Modric decidieron paladear las horas previas a la final ante el Dortmund como si no se tratase de una última vez. Tras el entrenamiento del viernes apuraron una sesión de disparos desde la frontal, la mayoría imposibles para Kepa Arrizabalaga. A sólo unos metros, Carlo Ancelotti asistía a la escena con el orgullo del padre que ha visto triunfar a los hijos en la vida. Su dinastía, a nivel numérico, se traduce en 46 títulos en el Bernabéu, con 213 victorias, 61 empates y 61 derrotas.

Di Stéfano-Gento, Maldini-Costacurta

A partir de hoy, con Kroos fuera y Modric deshojando la margarita, el Madrid buscará en el mercado, consciente de que será casi imposible encontrar reemplazos de igual valía. De modo que Aurelien Tchouaméni y Eduardo Camavinga, tras dos años de febril aprendizaje, tendrán que dar otro paso adelante. "Por encima de todo destaco su lectura del juego, su serenidad con la pelota y su colocación. Son muy inteligentes en el modo en que se posicionan", destacó el ex viernes el futbolista del Mónaco, baja por lesión en la final.

En la Champions, Kroos y Modric han alzado cinco de los 10 títulos en juego. Un hito con el que igualan a otro binomio mítico, el formado por Alfredo di Stéfano y Paco Gento, que comandaron las cinco primeras Copas de Europa para gozo de Santiago Bernabéu (1956-1960). Este dominio en el máximo trofeo también les permite equipararse -casi en la mitad de tiempo- con Alessandro Costacurta y Paolo Maldini, caudillos de la defensa del Milan, que levantaron cinco Orejonas entre 1989 y 2007. Un escalón por debajo figuran Xavi Hernández y Andrés Iniesta, campeones cuatro veces con el Barça, en compañía de Leo Messi (2006-2015). Además, el bagaje del alemán y el croata durante sus 82 partidos juntos en la Champions se cifra en 53 victorias, 14 empates y 15 derrotas, con 173 goles a favor por 83 en contra.

"Mis favoritos para ganar el Balón de Oro serían Jude [Bellingham], Vinicius y Kroos, aunque no sea en ese orden», anticipó Modric en los micrófonos de la Cope. Cuando le insistieron, el ex mediocentro del Tottenham terminó mostrando sus preferencias: "Por relación de cercanía, amistad y tiempo que llevamos juntos me gustaría que fuese Toni".

¿Por qué gana el Madrid? La pregunta sin respuesta

¿Por qué gana el Madrid? La pregunta sin respuesta

La humanidad lleva siglos intentando explicar con palabras, y sin éxito, fenómenos que sólo se pueden entender cuando los vives. El amor, el dolor, la belleza, el Real Madrid... ¿Quién puede atrapar lo irracional en unas frases? El Madrid ganó de nuevo. Fue inferior muchísimos minutos, se vio arrollado en la primera parte y le salvaron Courtois, el palo y el tembleque de Adeyemi. Pero ganó. Por supuesto, que ganó. ¿Por qué? Y yo qué sé. Nadie lo

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Badosa recuerda quién es antes de perder ante Sabalenka en una Philippe Chatrier abarrotada

Actualizado Sábado, 1 junio 2024 - 16:36

«Estoy en el camino. Es un proceso largo, pero estoy intentando disfrutar del camino. Mi tenis está ahí y, si me respeta la espalda, ojalá pueda volver arriba», reclamaba Paula Badosa y en ese condicional está ahora su carrera. Si le respeta la espalda, si le aguanta el físico, si su cuerpo le permite seguir. La española, ahora 139 del ranking WTA, ya confesó que estaba jugando infiltrada en Roland Garros, como hizo en el Masters 1000 de Roma, que su fractura en la cuarta vértebra le martiriza, pero si puede convivir con ese dolor, le sobra tenis para discutir a las mejores. Aquella Badosa que fue número dos del ranking WTA en 2022 sigue sobre la pista.

En tercera ronda del Grand Slam francés lo confirmó ante la bielorrusa Aryna Sabalenka, su mejor amiga en el circuito y su mejor rival, pues comparten estilo de juego. Perdió por 7-5 y 6-1 en una hora y 16 minutos, pero demostró que no se ha olvidado de moverse, de golpear, de luchar como hizo antes de que empezara su calvario. «El año pasado estaba en casa viendo Roland Garros por la tele, tumbada en el sofá, y estoy agradecida por esta oportunidad. He jugado un buen primer set», analizaba y en efecto.

BERTRAND GUAYAFP

El marcador engaña, como tantas otras veces, pero Badosa pudo vencer a la actual número dos del mundo, la campeona del último Open de Australia. En el primero tuvo un 3-5 con saque a favor para llevarse el periodo. Hasta ese momento se había visto una Badosa pletórica. Al contrario que en sus duelos de primera y segunda ronda ante Katie Boulder y Yuliya Putintseva, entró en la pista con una concentración plena. El patrón de juego estuvo definido desde entonces: dos tenistas pegando golpes desde el fondo de la pista, a ver quién pegaba más duro, a ver quién pegaba más fuerte. Sabalenka, maestra en la materia, cometió algunos fallos y Badosa le castigó y le castigó y le castigó. Con el saque como condena y no como privilegio, la española convirtió las tres opciones de break que tuvo mientras la bielorrusa dejaba pasar hasta ocho en ese periodo.

El momento de Sabalenka

Luego el partido cambió por completo. Frente a la cima de la victoria, Badosa se frenó y, ante el abismo de la derrota, Sabalenka aceleró. La actual número dos de la lista, la única que discute el dominio de Iga Swiatek, demostró los motivos de ese estatus y a base de golpes, ¡bum!, ¡bum!, ¡bum!, ¡bum!, lo giró todo. Del 3-5 se pasó al 7-5 y Badosa, ya desanimada, sólo pudo salvar la honra en el segundo set. Pese a todo se mostró serena. «En ese momento decisivo me han empezado a caer winners por todos los lados, me he puesto un poco nerviosa y una jugadora del nivel de Alyna te hace pagar estos fallos», reconoció la española, tranquila tras el encuentro. Si en las dos rondas anteriores había pasado de la angustia a la euforia y de la euforia al cabreo, este sábado fue en el primer set la Badosa concentrada que levantaba títulos.

Le ayudaba no tener nada que perder, pues no era la favorita. La ayudaba verse en un escenario como la Philippe Chatrier, una pista central que no pisaba desde la primera ronda de hace dos años ante Fiona Ferro, una pista central que se llenó para animarla. Ahora disputará el dobles mixtos con su pareja, Stefanos Tsitsipas, parte de su recuperación, según indicó. «Tenemos una relación muy bonita. El tenis puede ser muy duro y se vuelve más humano, más divertido, si lo compartes con alguien a quien quieres», exponía Badosa, atada ahora mismo a un condicional. Si el físico le aguanta, le sobra tenis para discutir a las mejores.