Mientras sus compinches Claver, Chacho o Rudy van retirándose, ahí sigue el madridista, en busca de sus cuartos Juegos. El lunes nacerá Almudena, su tercera hija. «Que llegue con la clasificación bajo el brazo», bromea el día antes de la semifinal del Preolímpico contra Finlandia (20:30 h., Teledeporte)
«¡Qué equipazo tenemos!». Es lo único que el aliento le permitía decir a Dani Olmo cuando escuchó el silbato del árbitro y España estaba en semifinales de la Eurocopa. Tenía ganas de ser titular, de demostrar en Alemania, en un estadio familiar, que puede catalizar el ataque de la selección. Le tocó hacerlo por una desgracia, pero enseñó, una vez más, de lo que es capaz. Marcó el primer gol, apretó los dientes y en el 119 de la prórroga puso un centro a la cabeza de Merino para echar al anfitrión por primera vez en la historia de la selección y jubilar a Toni Kroos. El castigo para el alemán por haber lesionado a Pedri nada más comenzar el partido.
Del canario se acordó el primero quien salió para sustituirle. «Es el campeonato de todos. Esperemos que lo de Pedri sea sólo un golpe. Esta victoria es para él y vamos a por las semifinales», aclaró en plena recuperación. «En las últimas jugadas, cuando el cuerpo no puede vas con el corazón», admitió. "Estoy muy orgulloso de este grupo, nunca me falla", avanzó Luis de la Fuente en la rueda de prensa, antes de dejar una frase para la historia. Le preguntaron sobre la dureza alemana, especialmente en esos primeros minutos. "Yo jugué al fútbol en los 80, mirad las entradas que había ahí. ¿Qué quieres, que te den besos? Esto es fútbol", cerró.
También estaba «muerto» Mikel Merino, que marcó en su territorio. En Stuttgart debutó como internacional y ha emulado en unos cuartos de final a su padre, que marcó en Copa de la UEFA con Osasuna. «Este estadio tiene algo especial para nosotros», admitió.
Tampoco se olvidará Pedri de este duelo ante Alemania. Seis minutos estuvo en el césped. Una dura entrada de Kroos le provocó un esguince lateral interno en la rodilla izquierda que, pasara lo que pasara, le obliga a decir adiós a esta Eurocopa. Las lágrimas del canario fueron un golpe emocional para la selección. De la Fuente se había decantado por mantenerlo en el once y sobre él se volcó Kroos, que antes de la lesión ya le avisó con otra entrada de que no le iba a conceder ni un metro. Anduvo sobreexcitado el alemán, que también le despachó un pisotón a Lamine Yamal que el colegiado inglés Anthony Taylor tampoco castigo con amarilla.
La piña con Pedri
Su salida del campo noqueó durante algunos minutos a los jugadores españoles, que tardaron en recuperar la tensión. Desde el banquillo saltaron a arroparle y cuando se marchó al vestuario para valorar el alcance de la lesión, comenzó una peregrinación. Raya, Merino, Fermín, Ferran... todos con el permiso del seleccionador fueron a arropar a su compañero, que pudo ver con la rodilla inmovilizada la segunda parte desde el banquillo.
No era el guión que había dibujado la selección, aunque Olmo cumplió a la perfección su papel, marcó y España puso contra las cuerdas a una Alemania contundente que nadó contra corriente. «No han sido juego sucio», aclaró Unai Simón, que cuando llegó el gol de Merino tenía la mente en los penaltis. «Era imposible no hacerlo. Miraba que estaba Kross, Müller...», explicó.
Grandes tiradores y una grada entregada. El 80% del Arena de Stuttgart era blanco, el resto un rojo que quería ser animoso, pero le costaba hacerse escuchar. Lo intentaron, pusieron una bandera de Haro, el pueblo del seleccionador, en el banquillo y una camiseta con el número 3 que lucía el seleccionador, como lateral izquierdo, en sus tiempos de corto. Alentaron, pero el rugido alemán estalló con el gol de Wirtz casi con el tiempo cumplido.
La grada plagada de leyendas
En la grada sufrieron los ex internacionales como Pujol, Gerard Piqué, a pie de césped durante el calentamiento, Iker Casillas o Dani Parejo, que se fundieron con los aficionados durante toda la mañana, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que viajó a Stuttgart junto a la ministra de Deportes, Pilar Alegría. Vivió junto al canciller alemán Olaf Scholz estos cuartos de final en un estadio mítico para la Mannschaft porque en él disputó el primer partido tras la Segunda Guerra Mundial y también como selección reunificada.
Le pedía el jefe del Ejecutivo español a la selección que fuera «fiel a la verticalidad y al ansia de balón que hemos tenido hasta ahora». Sánchez no coincidió con Pedro Rocha, a quien la UEFA otorga la máxima representación de España y estuvo junto a Ceferin. Apenas un saludo protocolario entre ambos. Después Rocha se lanzó al césped a festejar con el seleccionador y los jugadores la clasificación para semifinales. Mientras, Nico y Lamine bailaban con la grada. Habrá una tarde de juegos más.
Pedía a gritos España los penaltis, sangraba, dolorida, maltrecha, achatada primero por unos cambios desafortunados y después por una máquina de armar ruido, Alemania, a la que con de empujones y centros le bastó para acariciar las semifinales. Pedía a gritos España los penaltis, suplicaba por ellos, boqueando tras un ejercicio de supervivencia en la prórroga, olvidada una primera hora más que aceptable. Pedía a gritos España los penaltis, herida de muerte ante un rival enfebrecido, donde hasta Toni Kroos, triste adiós el suyo debiendo estar en el vestuario antes de tiempo, aguantaba los gemelos en la boca. Pedía España a gritos los penaltis cuando Dani Olmo, el mejor, encontró milagrosamente la cabeza de Mikel Merino, que remató de forma inverosímil una pelota maravillosa para sepultar a la anfitriona, primero, y disparar, después, el sueño de España, que pedía a gritos los penaltis, que rogaba por ellos, que imploraba por ellos, pero que estará en semifinales tras una tarde inolvidable y agónica en Stuttgart, donde incluso el árbitro se inhibió en una mano de Cururella que tenía toda la pinta de penalti. [Narración y estadísticas (2-1)]
Fue un partido para mayores, un partido para los papás, un partido donde los niños no terminan de sentirse cómodos, lógico en un proceso de aprendizaje como el de Nico y Lamine, dos chicos algo abrumados por el ambiente y por la magnitud del escenario y del momento, asombrado además el equipo de inicio por la bravura local, personificada en dos entradas bastante feas de Kroos en el inicio del choque. Una mandó a Pedri a la camilla con (seguramente) un esguince de ligamento en su rodilla. Otra, en forma de pisotón, dejó a Lamine cojeando un rato. No vio ni amarilla.
Era el momento de sufrir. Igualados en casi todo, como anunciaban las estadísticas previas, España miró de frente al partido y bajó al barro propuesto por Alemania en los primeros minutos. También fue fuerte a la pelota y, cuando la cosa se calmó, aceptó el intercambio de golpes. Alemania lo intentó descolgando a Gündogan para meterse a la espalda de Rodrigo y Fabián y, desde ahí, poner la pelota a la carrera de Sané y Musiala, con Havertz por allí pululando. Lo consiguió alguna vez, del mismo modo que España encontró la vía para girarse y encarar a los centrales alemanes. En un lado, fue Unai Simón el que cerró todos los caminos, no con grandes paradas, pero sí con una seguridad infinita en cada balón. En el otro lado, fueron las imprecisiones las que condenaron al equipo de Luis de la Fuente, entregado en esta Eurocopa a unos niños esta vez cohibidos.
Nico no encaró a su lateral ni en la primera, ni en la segunda ni en la tercera. Lamine sí lo hizo, tarde pero lo hizo, y se encontró con dos robos de Raum que le dejaron pensativo. Si Alemania dispuso de un remate de Havertz, España dispuso de uno de Pedri, antes de irse, y otro de Fabián, además de un par de escaramuzas que terminaron en ese nada producto de la precipitación. En el reparto de amarillas le tocó a Le Normand, que se quedó en el vestuario en el descanso para dar paso a Nacho. De la Fuente estaba viendo el mismo partido que los demás, algo que no ocurriría luego. Las piernas debían seguir fuerte y una amarilla era un peligro. Lo mismo pensó Julian Nagelsmann de Emre Can.
LOS CAMBIOS
La segunda parte empezó con el gol, y claro, así cualquiera. Se descolgó Morata de su sitio, con la complacencia de Tah, se giró y encontró a Lamine, que más allá de regatear, sabe jugar al fútbol, y como ayer lo primero no le salía, levantó la cabeza y vio la llegada de Dani Olmo, que la empujó con delicadeza. Sobrevino el arreón alemán, sólo faltaba, y eso era la prueba del algodón de la madurez del equipo. Nagelsmann no esperó y metió a Füllkrug para empezar a tirar centros y buscar el jaleo.
Sufrió España, cómo no hacerlo, pero decidió que, si había que enfangar el partido, pues se hacía. Se dedicó a hacer cosas muy futboleras: perder tiempo, parar el partido, desmayarse, hacer cambios despacio, tardar en sacar... Ese tipo de cosas, tan despreciadas siempre por los estetas y tan necesarias para ganar títulos cuando no se puede jugar bien y hacerlo bonito. Y esa parte estuvo bien, porque era lo que tocaba, pero lo que no tocaba, quizá, era dejar al equipo sin la posibilidad de amenazar al contragolpe. Así se quedó tras los cambios.
Olmo grita el 1-0 en Stuttgart.AP
Sufrió España, cómo no, en algunos centros laterales, pero siguió a lo suyo, remangada, defendiendo, corriendo detrás de la pelota y sudando para llegar a la meta. La estrelló Füllkrug en el poste, sí, y rugió el estadio, sí, y entró Müller, sí, y todo fue un barullo, una guerra, una pelea, una tienda de grillos ensordecedora y de ahí sacó Alemania, en un centro, en el enésimo centro, el empate en el minuto 89, cuando Kimmich le ganó el salto a Cucurella y Wirtz remató en la frontal del área.
Final agónico
Seguramente merecido, porque se echó encima de España y no paró hasta conseguirlo, y seguramente también la selección pagó así las decisiones de De la Fuente, que con sus cambios dejó al equipo sin la posibilidad de amenazar al contragolpe. A falta de 10 minutos quitó del campo a Morata y a Nico para meter a Oyarzabal y a Merino, y el equipo se encogió, sin opciones de estirarse para respirar. Cuando le cayó el empate, el panorama para la prórroga era feo.
Merino festeja el gol de la victoria en el minuto 119.AFP
Con un equipo mucho más pesado, se la había jugado a mantener ese 1-0 y no le había salido bien. Media hora por delante parecía mucho, y encima ya sin la inercia del que viene de atrás, sino con la de quien se ve alcanzado casi en la meta. Con Alemania también cansada, sí, pero con la sensación, en el ambiente del estadio, de que si alguien podía marcar era la anfitriona. Estuvo a punto de hacerlo de nuevo Wirtz llegando al descanso de la prórroga, pero su disparo se fue fuera por poco, igual que uno anterior de Oyarzabal. España pedía los penaltis a gritos. Deshecha, suplicaba por ellos. Los anhelaba. Los hubiese firmado con la sangre que salía de su sudor. Hasta que apareció Mikel Merino.
Alemania empezó con un convencimiento: futbolísticamente era inferior a España. Reconocerlo es una virtud, contrarrestarlo es un tormento. Es la razón por la que la Alemania de Nagelsmann, a la que tanto le gusta correr, empezó por asegurar la pelota y por pegar. Es sintomático que lo hiciera Kroos, uno de los tipos más inteligentes que han pasado por un centro del campo. No es su palo, pero ante esta dinámica España no había más palo que los pal
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El último balón que jugó Toni Kroos como futbolista profesional iba a morir en los guantes de Unai Simón. Un envío de seda con la bota derecha, aunque demasiado sencillo para el portero del Athletic. Ya había tocado 101 veces el jerarca alemán, aunque sin desbrozar el camino para una Alemania que sólo generó peligro en el juego aéreo. Kroos capitalizó las acciones de estrategia y asumió el liderazgo de una selección lejos de su mejor fútbol, pero que sólo inclinó la rodilla en el quinto minuto del añadido. Tras el pitido final de Anthony Taylor, las cámaras registraron ese gesto de resignación, ese abrazo sincero con Álvaro Morata, el capitán español, donde se extinguía el fútbol para uno de los mejores centrocampistas de las últimas décadas. El homenaje postrero, a través de la megafonía, supuso el único consuelo para la hinchada local. Tras 114 internacionalidades con Alemania, Kroos tuvo que decir basta tras el inolvidable cabezazo de Mikel Merino.
La resolución de un agónico partido en el Stuttgart Arena, con la mayoría de protagonistas absolutamente extenuados. Medio roto por los calambres, Kroos también logró apurar hasta el minuto 125, aunque la tarde bien pudo cambiar mucho antes para él. Porque si en los 350 minutos previos había cometido apenas dos faltas, en solo seis ya igualó su registro con una contundencia inusitada. La que opuso la pierna sobre la rodilla de Pedri fue proporcional a la que aplicó en las protestas contra el árbitro. No conforme, un par de jugadas después, el pisotón sobre Lamine Yamal preludió el primer cambio de Luis de la Fuente. De nada sirvieron las quejas del seleccionador al cuarto árbitro, porque Anthony Taylor dejó sin amonestación dos acciones que hubiesen merecido amarilla.
A lo largo de la última década en el Real Madrid, Kroos no se había caracterizado por su agresividad en los balones divididos. De hecho, tras 457 partidos entre Liga y Champions sólo recibió 36 amarillas y una roja por doble amonestación. Tampoco por las airadas protestas. Sin embargo, en este torneo donde desde el inicio quedó clara la voluntad de castigar a quien se encarase con el árbitro, Taylor pasó de puntillas por los constantes quejas del mediocentro.
La precisión en el pase
Para disfrutar de la habitual influencia de Kroos sobre el juego hubo que esperar un rato más. El que tardó en volver a su posición en la izquierda. Durante el primer tiempo, nadie en Stuttgart entregó más pases buenos (39), ni dio mayor sensación de peligro en las acciones de estrategia. No obstante, la maquinaria de Julian Nagelsmann seguía atascada. Kroos, líder del torneo en pases para romper línea de presión (125), no encontaba manera de engrasar el ataque. Los únicos momentos de inquietud para Unai Simón llegaron con las incorporaciones por la derecha de Joshua Kimmich, que aprovechaba algún despiste de Nico Williams.
El dominio de Kroos durante las cuatro jornadas previas cabía en un dato. Su 95% de acierto en los pases suponía la mejor cifra en una Eurocopa desde 1980. Durante aquella final en el Olímpico de Roma, Alemania alzaría su segundo Trofeo Henri Delaunay y España sufriría su primera experiencia traumática ante un equipo anfitrión. El 0-0 frente a Italia en el Giuseppe Meazza supuso el primer capítulo de cinco partidos donde ni siquiera pudo marcar un gol frente a la selección local.
Un pisotón de Kroos a Lamine saldado sin tarjeta.EFE
El tercero también lo iba a vivir precisamente contra Alemania. Aquel 17 de junio de 1988, un doblete de Rudi Völler decidiría el 2-0 para la selección de Franz Beckenbauer, aunque también supondría el preámbulo de una fantástica racha para España, que no se dejó ni una sola derrota en los seis siguientes partidos. Incluida la semifinal del Mundial 2010 en Durban, cuando Kroos entró pasada la hora de juego en el puesto de Piotr Trochowski. Fue el séptimo de sus 113 partidos con la Nationalmannschaft. El primero de sus cinco ante España, a quien él mismo tumbó en noviembre de 2014. Su disparo lejano en el 89 decidiría el amistoso en Balaídos.
Ese preciso minuto resultó letal para La Roja en Stuttgart. El consabido bombardeo de balones aéreos hizo posible el enésimo milagro germano. A los 21 años y 63 días, Florian Wirtz se convirtió en el goleador más joven para Alemania en una eliminatoria del torneo. Kroos, con 34 años, seis meses y un día, ya acusaba el cansancio y el lastre de una amarilla por agarrón sobre Dani Olmo. La media hora de la prórroga se iba a hacer demasiado larga para él. Sentado sobre el césped, ante la impaciencia del rival, Kroos paró el juego en un par de ocasiones para realizar estiramientos. El peor augurio para Alemania. Su primera derrota como local ante España tras ocho partidos invicta.
El partido empezó como una película de Jackie Chan: entrada terrorífica de Kroos a Pedri sin ver la tarjeta, pisotón del mismo a Yamal también sin cartulina y una patada de karate de Rüdiger a Olmo que bien podría haberlo mandado a la enfermería y que a todos nos hizo presagiar lo peor: fijo que lo siguiente va a ser que Rüdiger le va volver a pellizcar un pezón a Morata sin consecuencias, como en el derbi -me dije-, pero no.
Alemania salió como e
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Hay veces en las que Carlos Alcaraz batalla contra su propia mente. La complacencia le ataca, se entrega al espectáculo, incluso llega a distraerse. Ocurre en los partidos plácidos, en las primeras rondas, cuando su tenis es mucho mejor que el tenis del rival. Pero cuando las victorias le exigen al máximo es infalible. Hasta 13 veces en su vida ha disputado un quinto set en un Grand Slam y ha ganado en 12 de ellas, una estadística bárbara. La última ocasión fue este viernes en tercera ronda de Wimbledon ante Frances Tiafoe, donde ganó por 5-7, 6-2, 4-6, 7-6(2) y 6-2 en casi cuatro horas de tensión.
¿Podrá Alcaraz acercarse a los 24 'grandes' de Novak Djokovic, a los 22 de Rafa Nadal o a los 20 de Roger Federer? El debate es osado y el listón está en los cielos, alto, altísimo, pero a sus 21 años se puede sostener que lo logrará con su carácter como argumento. Para tumbar a Alcaraz en una plaza histórica, en Melbourne, París, Londres o Nueva York no sólo hay que jugar mejor, también hay que hacerlo rápido, en tres sets, porque en el desenlace es letal.
Tiafoe, de hecho, hizo este viernes casi todo lo que tenía que hacer. Talento generacional con una biografía 'hollywoodiense' -su padre era responsable de mantenimiento del club de tenis de Maryland, en Estados Unidos, y él aprendía viendo las clases de los niños ricos-, llevaba un año para el olvido, con más derrotas que victorias, y de repente, ¡tachán! Ante Alcaraz se convirtió en un virtuoso. Con su más fuerte saque, su derecha enroscada y mucha capacidad para subir a la red, sorprendió con un resto hasta ahora escondido.
El tie-break decisivo
Alcaraz apareció en la pista central del All England Club pensando que el desafío era romperle el servicio a Tiafoe y descubrió que, en realidad, lo más difícil sería mantener el suyo propio. En el cómputo total del encuentro, el estadounidense gozó de más bolas de break que Alcaraz -10 contra ocho- y eso que el último set ya estaba deshecho.
El triunfo se decantó en el tie-break del cuatro periodo. Hasta ese momento, el español había sido dominado en los intercambios e incluso había sentido cierta desesperanza. Las cosas no le salían, lamentaba en las conversaciones ante su equipo. Había vencido en el segundo set, aprovechando la alegría de Tiafoe por su remontada en el primero, pero en el tercero estuvo muy perdido. Sólo le quedaba trabajar, aguantar, sufrir. Y lo hizo. En el cuarto set no concedió opciones de rotura y en la muerte súbita desplegó su mejor juego.
Demoledor en el saque, jugó como quiso con los nervios de Tiafoe y lo puso a bailar por toda la pista. El estadounidense, ahora número 29 del ranking mundial, lamentó la oportunidad perdida y en el quinto set sólo pudo empezar a encajar la eliminación. Como le ocurrió dos años atrás en las semifinales del US Open, había llevado a Alcaraz al borde del abismo, pero finalmente había caído él.
Alcaraz, rápido para ver el fútbol
"¿Cómo va España?", preguntó Alcaraz al acabar el encuentro que le impidió ver la primera parte de los cuartos de final de la Eurocopa contra Alemania. Había pedido a la organización de Wimbledon que le colocaran en el primer turno para poder seguir el fútbol, pero la dilatación de su partido le arrebató ese placer. Igualmente recogió rápido sus raquetas y corrió al vestuario para enchufarse al móvil.
"Hoy ante Frances he tenido muchos problemas, muchos. Siempre es un gran desafío jugar contra él, se merece estar entre los mejores y luchar por los títulos grandes. He tenido que ir adaptando mi juego para encontrar soluciones, para ponerle en problemas. En los tie-breaks siempre intento ser más agresivo, jugármelas todas, eso he hecho en el cuarto set y ha salido bien", analizaba el número tres del mundo, que se enfrentará el domingo en octavos de final al vencedor del partido entre Ugo Humbert y Brandon Nakashima que se tuvo que suspender por la lluvia cuando el francés podía sentenciar en el cuarto set.
Por orden de llegada, por grado de apropiación y cercanía a la amorosa victoria, en la cumbre del ciclismo mundial, Remco Evenepoel,Tadej Pogacar,Primoz Roglic y Jonas Vingegaard se enzarzaron en la disputa de una contrarreloj primorosa en su interés, su intensidad y su emoción. No tanto en su trascendencia estricta, porque las diferencias, en 25,3 kms., no podían ser grandes entre ellos.
Pero, en lo escueto de su lenguaje cronométrico, el resultado certificó que, a expensas de que la carretera y sus azares se pronuncien más adelante de modo diferente, hay cuatro hombres para tres puestos de un podio aún sin determinar. Cuatro hombres a los que, realmente, sólo les mueve el afán de ocupar su cima, aunque Pogacar, en el conjunto de posibilidades teóricas, parece el destinado para ello.
La primera gran referencia la estableció Kévin Vauquelin al bajar de los 30 minutos (29:44). Lo dejó atrás por 76 centésimas Victor Campenaerts. Quienes salieron después no rebajaron ese tiempo hasta que los Fab Four entraron en liza. Desde el primer momento, y en los tres puntos intermedios, situados en los kms. 8,6; 14,4 y 19,9, Evenepoel, Pogacar y Vingegaard realizaban los mejores tiempos. Bueno, en el tercero, Roglic se adelantó a Vingegaard y ese cambio dictaminó la clasificación final.
En su primer Tour, Evenepoel (28:52) fue el único que, a 52,6 kms. por hora, bajó de los 29 minutos. Pogacar (a 12"), Roglic (a 34") y Vingegaard (a 37") bajaron de los 29:30. Las espadas están en todo lo alto. Remco aspira a lo máximo, pero debe pasar la reválida de los grandes puertos. Pogacar permanece como máximo favorito y no admite más dudas que, tras el Giro, pueda acusar la tercera semana. Vingegaard parece, a medida que acumula kilómetros, ir adquiriendo la forma que le permita enfrentarse a Pogacar y, quizás, a Evenepoel. En cuanto a Roglic, es la solidez personificada, y descartarlo en el vértice de la baraja sería un atrevimiento.
La modalidad de contrarreloj es paradójica. Los corredores actúan por separado. Pero, en la ausencia de acompañantes o intermediarios, se enfrentan directamente. A distancia, pero unidos, defendiendo cada uno su suerte, por un cronómetro neutral, objetivo, insobornable. Justo.
Juan Ayuso (decimoquinto, a 1:18) y Carlos Rodríguez (decimoséptimo, a 1:27) no nos dejaron satisfechos. Conservan, sin embargo, en la general, sus puestos en el Top-10. Ayuso es quinto, a 2:16. Rodríguez, séptimo, a 2:31. Tal como están las cosas, no ofrecen quejas. Ayuso, por otra parte, tiene por delante una doble tarea: mantener el tipo y echar una mano a Pogacar.
Jude Bellingham se ha salvado. El Comité Disciplinario de Control y Ética de la UEFA (CEDB) le ha multado con 30.000 euros y un partido de sanción por su gesto ante Eslovaquia en los octavos de final de la Eurocopa. Eso sí, la sanción no es inmediata y podrá cumplir ese encuentro durante el próximo año. De esta forma, el centrocampista británico podrá jugar los cuartos de final del torneo ante Suiza y, si ganan, las semifinales y una futura final.
Según el organismo, Bellingham incumplió las normas básicas de conducta de la UEFA, estipuladas en su artículo 11, cuando después de su gol a Eslovaquia se dirigió a una zona de la grada y se llevó las manos a la entrepierna. Después de la polémica, el inglés aseguró que se trató de "un gesto de broma hacia algunos amigos cercanos que estaban en el partido. Tengo mucho respeto al partido que hizo Eslovaquia".
Por otra parte, la UEFA ha sancionado con dos partidos al central turco Demiral, que celebró sus dos goles a Austria realizando un gesto que se corresponde con el movimiento de los 'Lobos Grises', un movimiento de extrema derecha turca. Según la UEFA, la sanción al defensa es por no cumplir "con los principios generales de conducta, por violar las reglas básicas de conducta decente, por utilizar acontecimientos deportivos para manifestaciones de carácter no deportivo y por desprestigiar el deporte del fútbol".
La policía sudafricana ha hallado el cadáver del ex campeón mundial de salto de altura Jacques Freitag tras su desaparición el mes pasado, según informaron los medios locales.
Las informaciones señalaban que el deportista, de 42 años, que ganó el título mundial en 2003 en París y compitió en los Juegos Olímpicos de 2004, había sido tiroteado. Su familia declinó hacer comentarios.
Salto de altura de Jacques Freitag en los Juegos Olímpicos de 2004, en Atenas.DAVID J. PHILLIP | ap
La policía dijo que había encontrado el cadáver en un descampado cercano a un cementerio de la ciudad de Pretoria.
Chrissie Lewis, su hermana, había pedido ayuda en las redes sociales para encontrar a Freitag, que desapareció en la madrugada del 17 de junio tras salir de casa de su madre.