Intentó quedarse con Velasco Carballo o que crearan una asociación de ex árbitros con sueldo para él. Ante la negativa, pidió una indemnización
Sánchez Arminio y Enríquez Negreira, en 2006.
José María Enríquez Negreira, epicentro de un estallido sin precedentes en el fútbol español por haber cobrado del Barcelona 6,9 millones de euros mientras era vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros (CTA), intentó sobrevivir por todos los medi
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Esta es la España que sí sabe ganar, frente al anfitrión, frente a la atmósfera o contra las adversidades. Es la España de los antidivos, como lo era Fermín López, autor de dos tantos para remontar en la final, hace unos meses y lo es Sergio Camello, un futbolista comprado por el Rayo al Atlético a precio de saldo, que cerró la final con dos goles en la prórroga como lo hacen los grandes, sutil y mortal. Es la España que conoce bien Santi Denia, aunque no lo hagamos los demás, un entrenador de silencios, pero un entrenador independiente, fuera ante Luis Rubiales, al que no aplaudió en la Asamblea de la vergüenza, o ante quien sea. El título olímpico premia una forma de ser y de hacer que no está de moda, pero, hoy, es de oro.
La victoria del fútbol masculino llega en un clima depresivo para los equipos españoles, a la espera de las mujeres del waterpolo, una selección de época. Las selecciones olímpicas de fútbol, en cambio, son efímeras debido a la normativa, que sólo permite menores de 23 años con tres excepciones, pero la que se impuso a Francia (3-5) en el Parque de los Príncipes se ha ganado que su recuerdo permanezca, como lo hizo la del 92. El oro del fútbol se ha hecho esperar 32 años. Está de vuelta.
Ese oro regresa en un año especial, el mismo en el que España ha conquistado la Eurocopa para lograr un doblete que únicamente consiguió Francia hace 40 años, al ganar en su Eurocopa y en Los Ángeles'84. El primer título lo levantó en el mismo Parque de los Príncipes donde pierde esta final y a costa de España, en cuya portería Arconada tuvo un fallo que marcó injustamente de por vida a un portero colosal. Del mismo modo empezó la final olímpica, cuando Arnau Tenas no pudo despejar un disparo de Millot que acabó por introducir en su portería. Maldito destino.
Seis goles en el torneo
Un gol nada más empezar para inflamar a Francia, desbocada y vertical en su arranque. Es lo que hace porque es lo que tiene, no más. Thierry Henry no pudo contar con Mbappé, el capricho de Emmanuel Macron, pero tampoco con futbolistas en edad de ser olímpicos, como Leny Yoro, fichado por el Manchester United. También a Santi Denia le habría gustado contar con Lamine Yamal, pero los precedentes aconsejaban cautela. El pacto con el Barça y la absoluta de que fuera Fermín quien jugara ambos torneos resultó providencial.
Con dos goles en la final, seis en el torneo, Fermín es el futbolista de los Juegos, aunque el marroquí Rahimi sume dos tantos más. No han sido, además, goles de granero, sino claves, fuera ante Japón, Marruecos o Francia. En el Parque de los Príncipes lo hizo para empatar y adelantar a España con las llegadas al área que lo convierten en un futbolista indescifrable. Se mueve entre las líneas con una intuición natural para caer en el espacio de la muerte. Los compañeros lo buscan como lo hace la pelota. Cuando llega, pega, no titubea. Primero marcó por el centro y después a la caza de la segunda jugada, tras el rechace del portero Restes, siempre al primer toque. Un control puede ser una duda.
Los dos goles llegaron como consecuencia de lo que España necesitaba para cambiar la tendencia del partido: tener la pelota y asociarse. Si jugaba a la carrera y el choque, era peor que Francia, con el gigante Mateta en el área; si jugaba a la pelota, era mejor que el adversario. Lo sabía Henry. Por eso reclamó al público que llenara el estadio y no dejara de animar. Que donde no llegara el equipo lo hiciera la atmósfera. Cumplieron los franceses, pero el público olímpico, más festivo, no es el que acude a los partidos del PSG.
Fermín anota el 1-2 en el Parque de los Príncipes.AFP
Si en el primer gol de España fue Baena quien encontró a Fermín en el espacio dejado por los centrales -con mucha dificultad para seguir los movimientos de un jugador que no da referencias- en el segundo la acción fue más coral, síntoma de una España ya dominadora. Cubarsí lanzó a Miranda, cuyo centro fue rematado por Abel Ruiz. Al rechazo llegaba Fermín, mitad halcón, mitad hiena. Llegados en el margen de siete minutos, Francia sintió el efecto y España lo aprovechó para poner más distancia, gracias a una falta muy bien lanzada por el jugador del Villarreal y mal interpretada por el portero galo.
El valor de las canteras
El gol y la asistencia señalan, asimismo, a Baena como uno de los jugadores del torneo. Es, junto con Fermín, el otro de los campeones olímpicos que disputó la Eurocopa. El doblete de ambos sólo tiene un precedente en la historia, y es el del portero francés Albert Rust en 1984. En la absoluta era suplente de Joël Bats. La juventud del fútbol español que ya se proyectó en la Eurocopa, con Lamine Yamal o Nico Williams, continúa en estos Juegos, con el propio Fermín o Cubarsí, oro olímpico a los 17 años y el futbolista más joven en París. Yamal lo fue de la Eurocopa que también conquistó. Ambos torneos dejan un mensaje positivo para las canteras y, en concreto, para la del Barcelona. La crisis no ha podido con ella. También para la del Atlético, donde creció Camello.
Henry movió el banquillo nada más iniciarse la segunda mitad, en la que Francia aceleró en la velocidad y la presión, pero con escasa claridad. Un lanzamiento al palo y dos disparos de Kone permitieron a Arnau Tenas redimirse del error que abría la final, otro jugador de la cantera azulgrana, pero nada pudo hacer ante la falta lanzada por Olise, que acabó en la red sin que nadie la tocara, dada la falta de contundencia de la defensa española.
La celebración española del 1-3, obra de Baena.AFP
Ya sin Fermín, exhausto, y Baena, los dos mejores españoles del torneo y de la final, sobre el campo, España quiso administrar sus salidas y jugar con su ventaja, el reloj y los nervios de Francia. Estar en tu área es un peligro constante. El ligero contacto de Miranda con Nkambadio acabó en el VAR. Fue un penaltito. Mateta, pese a la presión, no dudó.
La prórroga aparecía como el peor escenario, sin los mejores ya sobre el campo y con Francia rearmada moralmente, en mitad de los temblores del cemento del Parque de los Príncipes. España respondió a los tambores con dos notas de violín de Camello ante el portero, una en cada parte de la prórroga. Las notas de una balada de oro.
«Cuando pierde da la mano, sin envidias ni rencores...», dice el himno del Madrid, el himno antiguo, como antiguo es el concepto del señorío. Hace tiempo que estamos en otros tiempos. El Madrid pierde el Balón de Oro, que consideraba hecho para Vinicius, y en lugar de dar la mano al vencedor, llama a Barajas para que no suban el catering al avión y se pague lo que se deba. Una decisión impropia de una institución que no representa a un futbolista
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Vinicius juega contra todos y contra todo. Contra los rivales. Contra el racismo. Contra la irregularidad de su propio equipo. Contra sí mismo. Demasiados desafíos, quizás, pero desafíos estimulantes, sea en el gol, la protesta o el bailecito junto al banderín, como si lo hiciera junto a una garota. Ese Vini en estado puro es el que ha conocido el Benfica, con dos goles de categoría en esta eliminatoria, uno de Da Luz y otro en el Bernabéu, la ira por un presunto insulto, las miradas provocadoras y la samba. La Champions ya lo conoce, la Champions que ya ha ganado y lo aguarda, en octavos, no solo contra Sporting de Lisboa o Manchester City, posibles rivales del Madrid. Contra todos.
Hay algo de narcisismo en el brasileño y en eso tiene a quien parecerse. En esto del fútbol, sobra. Que se lo pregunten a José Mourinho. Special One, en la victoria o la derrota, jugó al escondite y Prestianni jugó a no jugar para que lo hicieran los suyos, después de una sanción que era como un pacto a dos, Benfica-UEFA. Una vez descargada la atmósfera, había que jugar, y para eso este Madrid tiene problemas. No es una novedad.
Dificultad en la construcción
La dificultad en la construcción del juego se ha convertido ya en un problema sistémico que enlaza las últimas noches con Ancelotti con la era de Xabi el breve y la itinerancia de Arbeloa, enjuto e hierático, como un personaje de El Greco. Como el 'Caballero de la mano en el pecho', ante la duda se señala el escudo. Todos sabían y todos saben lo que pasaba, pero todos dijeron «¡señor, sí señor!»
También lo sabe Mou, un especialista en hacer malo a los contrarios. En el Bernabéu elevó la presión, hecho que agravó los problemas del Madrid en la salida de la pelota, y ajustó muy bien a los suyos en el repliegue. En esas circunstancias y sin Mbappé, lesionado, era más necesario que nunca encontrar a Vini.
El brasileño asumió el rol, pero en la banda encontró a lo mejor del Benfica. Dedic ya redujo mucho las opciones de Vini en Da Luz, aunque sin poder impedir la explosión de su gol en la ida. En el Bernabéu fue un hueso, aunque no siempre pudiera detener al brasileño, letal en el desenlace, y un peligro en el despliegue de los portugueses.
El bosnio es, a sus 23 años, un futbolista muy interesante, al que seguir. No es la única arma del Benfica, con el otro Araujo en la zona de los centrales, Richard Ríos en los medios, el incansable Barreiros, Rafa Silva y el rápido Schjelderup o el tormento de Pavlidis, que exploró con intención los espacios libres entre los centrales y Trent. El inglés es el guante del Madrid a balón parado, pero a su espalda no está de más dejar unas crucecitas.
La del Benfica es una nómina muy lejos de la del Madrid por calidad, pero la sensación de equilibrio que ha dejado se debe a su entrenador y a la falta de un entrenador estable en el Madrid. Poco más se le puede pedir a Arbeloa, que sigue con la mano en el pecho y ha alcanzado los octavos, que ya estaban en el guion, tras pasar por un inesperado play in. Al menos, no es un pecho frío.
Los imposibles de Courtois
El Benfica se adelantó en el marcado porque mejor fue su puesta en escena frente a un Madrid incómodo. Quizás una atmósfera cargada le habría ido menor para inyectarle adrenalina. Pavlidis encontró metros en la derecha y su centro lo interceptó Asencio, pero para inventar un remate peligrosísimo a su propia puerta. Courtois reaccionó al fuego amigo como lo haría más tarde al fuego real, enemigo, ante un disparo durísimo y colocado de Ríos. El rechace, sin embargo, encontró de frente a Rafa Silva, que en dos tiempos logró lo que ya era inevitable.
Con la eliminatoria igualada, las dudas que el Madrid se trajo de Pamplona, ya sin liderato de la Liga, y un rival sin miedo escénico alguno en el Bernabéu, la situación era peliguada. El gol de Tchouaméni, a los dos minutos, fue, pues, como un Lexatín, pero en vena. El único error en una entrega hasta entonces del Benfica dio la oportunidad al Madrid de atacar el área con más gente. Valverde progresó hasta el fondo y Tchouaméni se frenó, con toda la intención. El pase del uruguayo lo encontró en la posición perfecta. El golpeo fue preciso, medido.
Sólido y asistente Valverde
El gol no es ajeno al francés, como ha demostrado en el pasado, pero su posición, hoy, más atrasada, le aleja de la zona erógena. No hay quien lo mueva. En esta eliminatoria y durante toda la temporada, es de lo más respetable. También lo fue Valverde, cuyas conducciones no necesitan de la regularidad del equipo. Suyas fueron las dos asistencias.
El empate dio al Madrid más tranquilidad y más balón, pero el hombro de Gonzalo le privó de una ventaja mayor después de que Güler encontrar la red tras un quilombo. Lo conservó tras el descanso, aunque la crecida del Benfica, que se sostuvo sin cambios casi hasta el final, aumentó el compromiso, hasta que un robo permitió a Valverde encontra a Vini en el espacio. Corrió y definió, preciso, para llevar la calma al Bernabéu e irse al banderín. No bailó una Samba para tí. Es una samba contra todos.