«Cuando la gente grita y se mueve en la grada, vibra hasta la arena». Pablo Herrera ha jugado en las mejores playas del mundo, de Copacabana a Fort Lauderdale, en Florida, o hasta en Gstaad, en los Alpes suizos. Donde no hay playa, se crea para el voley. Pero jamás pensó el español en que un día lo haría bajo la Torre Eiffel. «Es el mejor marco para nuestro deporte, sencillamente increíble», añade alguien que sabe de lo que habla, puesto que es e
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La Isla del tesoro, escrita por Robert Stevenson, empezó como una obra coral. La ideó su autor como un juego, un pasatiempo durante el lluvioso verano de 1881 en Escocia. Cada miembro de la familia debía escribir una parte, en bloques de 15 minutos. Cuando llegó el turno a su hijastro Lloyd Osbourne, que era aficionado a la pintura, dibujó un barco hundido y continuó con el mapa del tesoro. El padre de Stevenson, por su parte, escribió el contenido del cofre, que su hijo trasladó, palabra por palabra, a la obra, publicada por capítulos, uno por semana, en la revista Young Folks. El éxito, sin embargo, llegaría mucho después. El tesoro del Atlético de Madrid, comprado en gran parte por un fondo de inversión estadounidense, es también el fruto de una controvertida obra familiar, la de los Gil. Una obra contaminada en su origen, ya que la apropiación del club comandada por Jesús Gil fue una «apropiación indebida», aunque el delito estuviera prescrito, como dejó claro el Tribunal Supremo. A continuación, sin embargo, fue desarrollada con eficacia por su hijo Miguel Ángel Gil, al que lateralmente afectaban las sentencias, además de la discreción necesaria de quien debía ponerse a cubierto de su apellido. Como el hijastro de Stevenson, se encontró con la isla, pero dibujó e interpretó con acierto el mapa del tesoro.
Para lo demás estaba Enrique Cerezo, la cara amable de la corte madrileña, el «conseguidor» perfecto en un tiempo en el que había que llegar a acuerdos importantes con las instituciones, a pesar de ser señalado también en los primeros fallos judiciales como mano derecha del patriarca. El imponente Metropolitano es obra de su saber estar donde se debe estar, del mismo modo que la futura Ciudad del Deporte, para la que puso la primera piedra junto a José Luis Martínez-Almeida, un alcalde atlético, incluso demasiado atlético. El círculo lo cierra Diego Simeone, un personaje irreverente, hecho a la medida del ecosistema rojiblanco y convertido en el mesías a través del que todo puede perdonarse.
Jesús Gil.
El resultado es un tesoro inmensamente mayor del que adquirió Jesús Gil con un puñado de monedas falsas, hoy en el fondo del cofre. Justo es reconocerlo como justa es la reclamación de los socios que entienden que se les arrebató lo que les pertenecía. Agotadas las vías para revertir aquella oscura operación, con una parte de responsabilidad de la administración en los tiempos de la chapucera conversión de los clubes en sociedades anónimas deportivas, la única reparación posible para los fieles aficionados rojiblancos es el crecimiento y el cuidado del Atlético, y eso todavía está en manos de un Gil, porque la realidad es que el capital únicamente cuida del capital.
El desarrollo de la Ciudad del Deporte
Un fondo de inversión busca la rentabilidad, que no siempre depende de la dialéctica compra-venta. La rentabilidad pasa por el crecimiento y el crecimiento necesita inversión, algo muy positivo para el Atlético. El riesgo es entrar en una deriva de cambios de propiedad, aunque esa no parece ser la estrategia de Apollo, un gigante de la inversión interesado en todo el negocio circundante que crecerá con el desarrollo de la Ciudad del Deporte, a partir de 2026, en terrenos cedidos por el Ayuntamiento durante 75 años. Golf, escalada, tirolina y hasta una playa artificial para hacer surf serán algunos de los servicios. «El Atlético pasará a ser una empresa de entretenimiento con un club de fútbol», dice un especialista que ha asesorado a fondos en el sector deportivo. Quizás si el club hubiera esperado a su desarrollo, la valoración habría sido aún mayor, pero el Atlético necesita de Apollo para su financiación.
Miguel Ángel Gil, Enrique Cerezo y Robert Givone, socio de Apollo.ATM / EFE
La operación es diferente a la que realiza un inversor, un propietario que quiere desarrollar un proyecto, algo que no implica necesariamente el éxito, y la prueba son las desastrosas adquisiciones del Valencia por parte de Peter Lim o del Málaga por el jeque qatarí Al-Thani. La permanencia de MAG y Cerezo en sus puestos debería ser, pues, una garantía de continuidad en la gestión a corto plazo. De una participación accionarial por encima del 50% a quedarse con el 10%, según el acuerdo, MAG pasa de ser dueño y CEO a CEO y accionista. Cerezo pasa del 15% al 3%. Apollo adquiere el 57% de un club valorado en 2.500 millones de euros, lo que supone una inversión de 1.425 millones por parte del fondo.
Un 'adviser' para Apollo
La mayoría accionarial le permitirá plena autonomía en la toma de decisiones y es ahí donde el tiempo demostrará cuál es el grado de influencia de MAG, principalmente, y Cerezo en la dirección futura del club. Algunas personas cercanas a Apollo sugieren que Miguel Ángel Gil podría no ser únicamente el CEO del Atlético, sino una pieza clave para las inversiones en deporte que el fondo norteamericano planea realizar en el futuro en el sector del deporte. Apollo Global Management, creado en 1990 y que en la actualidad gestiona más de 800.000 millones de dólares en activos, creó la vertical Apollo Sports Capital hace menos de dos meses. El Atlético es su primera gran operación, pero espera realizar otras en el futuro próximo, y para eso el excelentemente relacionado MAG, de 62 años, puede ser un buen adviser.
Desde la discreción que evita el desgaste de la primera línea, el CEO del Atlético es capaz de estar en buenas relaciones con personajes enfrentados, como Javier Tebas, presidente de LaLiga, y Nasser Al-Khelaifi, presidente del PSG y de la European Football Clubes (EFC), antigua ECA. De LaLiga es vicepresidente y en la EFC forma parte del bureau. Durante la reunión fundacional del nuevo organismo, en Roma, estaba a la derecha del qatarí. Después de bajarse de la Superliga junto a los equipos ingleses, es, hoy, uno de sus más firmes opositores, lo que le sitúa, asimismo, en buena sintonía con Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA.
La gran parte de las acciones vendidas a la vertical deportiva de Apollo proceden de Holdco, el holding en el que se integraba el paquete de Miguel Ángel Gil y Cerezo. Si de los 2.500 millones en los que ha sido valorado el Atlético, se descuentan los 500, aproximadamente, de deuda, para MAG la venta de sus acciones, un 40% del valor del club, al retener el 10%, podría reportarle en torno a los 800 millones, con independencia de los plazos y formas de pago. Cuando Jesús Gil se apropió del club, hace 33 años, su valor era de 12,5 millones de euros. El mapa de su hijo lo ha multiplicado por 200.
Nasser Al-Khelaifi esperó a Joan Laporta en el hall del hotel, en Roma, como se espera a un matador de toros, al triunfador de la feria. A los abrazos siguieron las bromas con el presidente del Barcelona, acompañado por el vicepresidente Rafa Yuste. Los enemigos de Florentino Pérez, el Cid de la Superliga, confraternizaban con su gran aliado, que se mueve en un peligroso equilibrio. La realidad es que Laporta necesita las dos barajas por tres razones. La primera es porque, aunque aumenten los ingresos del Barcelona, nada supondría el fin de la crisis económica del club azulgrana como una Superliga, escindida o apadrinada por la UEFA. La segunda es porque necesita la benevolencia del organismo que preside Aleksander Ceferin por el cumplimiento del Fair Play, el Camp Nou y hasta el caso Negreira, en el largo plazo. La tercera es porque visualizarse en un decorado beligerante con el presidente del Madrid siempre suma en un curso que acaba con elecciones.
A Laporta no le asustan los ejercicios de funambulismo. Al contrario, es un especialista. Ya los ha practicado con LaLiga de Javier Tebas, condescendiente con sus palancas. Tebas desea la ruptura del Barça con la Superliga, incluso la ha dado por hecha, pero nada hace presagiar un posicionamiento oficial de ese tipo, no por ahora. Sobre todo, si existe un canal abierto entre la UEFA y A22 Sports Management, la sociedad que explota la Superliga, con la posibilidad de un acuerdo futuro. Lo único que podría provocar un giro radical de Laporta sería un horizonte electoral complejo, pero restan meses y no aparece un opositor amenazante. En el Madrid, pues, observan sus movimientos con calma.
Al-Khelaifi preside la Asociación de Clubes Europeos (ECA), que en su congreso de Roma cambia de nombre a Clubes de Fútbol Europeos (EFC). Integrada en la sociedad UC3, junto a la UEFA, el martes aprobaron la estrategia comercial para las competiciones masculinas durante el periodo 2027-33, como si la Superliga no existiera. Ese hecho no es óbice para que otras negociaciones continúen. Laporta es uno de los más interesados. Asistió anoche a la cena en Roma, pero no a las sesiones de la Asamblea, al no ser el Barcelona miembro del EFC. Una forma de estar sin estar.
Las 'palancas' y la UEFA
El dirigente acude después de presentar unas cuentas con dos caras, que deberán lograr el beneplácito de sus socios compromisarios, a los que Laporta seduce con facilidad. La buena cara es que han aumentado los ingresos en la temporada 2024/25 hasta los 964 millones, 100 más de lo presupuestado y 216 por encima de la anterior, gracias al nuevo contrato con Nike, el merchandising y el ticketing de Montjuïc. La previsión es alcanzar los 1.075 millones este curso, con la apertura del Spotify Camp Nou.
Aunque el club haya dado números rojos en 17 millones, la tendencia es buena. El problema es que Crowe, el auditor, ha corregido las pérdidas de 2023/24, que pasan de 90 millones a 180, por la pérdida de valor de Barça Studios, una de las mágicas palancas de Laporta. De una valoración de 400 millones en 2023 se ha pasado a 178, 226 millones menos.
Ello cuestiona uno de los ejes de la reconstrucción económica del dirigente, aprobada por LaLiga pero no por la UEFA, que multó al club por la palanca de la venta de derechos futuros. De 60 millones de sanción, el organismo de Ceferin la rebajó a 15 con la condición de cumplimientos futuros del Fair Play. Esa multa ha elevado las pérdidas del pasado ejercicio y podría lastrar el actual si el perdón del organismo decayera.
Laporta y Al-Khelaifi, el miércoles en Roma.EFE
Laporta se encontró de nuevo en Roma con el presidente de la UEFA, con el que ya estuvo la pasada semana, en el palco de Montjuïc, o en la gala del Balón de Oro, con el Barça en pleno. Donde no va Florentino, allí está el presidente azulgrana. El premio de France Football, con patrocinio de Qatar, tuvo en Ousmane Dembélé a su ganador y en Al-Khelaifi a su triunfador.
El sapo de Figo
Laporta estaba muy interesado en la presencia de Ceferin en Montjuïc, aunque eso implicara tragarse el sapo de Luis Figo. Pocos días después, la UEFA daba su aprobación al Barcelona-Villarreal en Miami, aunque en su razonamiento fuera crítica con el fondo y se acogiera a un vacío legal. El derecho puede ser muy creativo.
Ahí no acaban, sin embargo, los favores de Ceferin que puede necesitar el Barcelona. Con la apertura del nuevo Camp Nou pendiente, los criterios para disputar la Champions son más exigentes que en la Liga, por lo que la UEFA hará su propia peritación con vistas a la segunda fase de la competición, que se inicia en marzo.
En el largo plazo permanece, además, la amenaza del caso Negreira, aún en instrucción. Si hubiese condenas en el ámbito penal, la UEFA, a la espera de sentencia en España, podría activar el artículo 4.2 del Reglamento de la Champions y expulsar al Barça. En la partida de Roma, pues, había que estar con la baraja indicada.
«Nunca amamos a alguien en concreto. Amamos tan sólo la idea que nos formamos de alguien». El madridismo que ama a José Mourinho, y que empieza por su presidente, lo hace por lo que dejó escrito Fernando Pessoa: ama lo que Mou significó en una etapa crítica. Un tiempo que fue de los aplausos en el Bernabéu a Ronaldinho por parte de un señor con bigote a ver el propio estadio arrasado por el paso de un Atila con zapatillas de ballet. Era Pep Guardiola. Mourinho también lo padeció, pero acabó por llevar a la implosión a su antónimo hasta derrotarlo, hecho que inflamó el orgullo de buena parte del madridismo, aunque fuera a costa de minar el campo con la irreverencia y la ira. El portugués se marchó, desgastado por su propia cruzada, pero la ira se quedó entre nosotros. La nostalgia no siempre es por amor.
La saudade, la nostalgia, es un sentimiento muy portugués. Está presente en los personajes de Pessoa como en los de Eça de Queiros u otros grandes escritores lusos, aunque Mourinho tenga poco que ver con el introspectivo Bernardo Soares, protagonista del Libro del desasosiego. Mou es The Special One, el mejor actor del fútbol, aunque ya sólo un gran entrenador en su invierno.
La nostalgia por el pasado de blanco es mayor por parte de una legión de fieles madridistas que por el propio técnico, cuya saudade es únicamente de sus tiempos de gloria. La realidad es que no los vivió en el Bernabéu, y no sólo por los títulos. También por el feeling. Mou se sintió en su salsa en la Premier, porque en Inglaterra era el personaje de una comedia. Aquí lo convertimos en el personaje de una tragedia, algo muy español. El error fue nuestro.
La superioridad moral del Barça
La era de Mourinho en el Madrid no fue únicamente la de los insultos o el juego extremo y duro. También la de la rebelión frente a un Barça que, además de dominar en el campo, se había situado en una posición moral de superioridad. Era el marketing de los valors. El caso Negreira y los audios de Piqué con Rubiales para repartir el oro de Arabia demostrarían que quienes predican desde atalayas morales suelen tener los pies en las cloacas.
El reencuentro del Madrid con Mou, el miércoles en Lisboa, evoca, pues, esa nostalgia en un tiempo que se asemeja en algunos aspectos al momento en el que llegó el portugués al banquillo del Bernabéu. La crisis deportiva y el dominio del Barcelona durante la temporada pasada invocan la necesidad de invertir la tendencia, aunque para ello haya que «poner una bomba». Es lo que dijo Mou en privado ante la superioridad, entonces, de los azulgrana. La puso. Los resultados fueron evidentes, al destruir al rival, aunque sin conseguir todos los objetivos esperados. Los efectos colaterales, con deterioro de la imagen del club y división, también.
El Madrid ha escogido para salir de su crisis actual a un mourinhito, después de destituir a otro de los entrenadores que, como futbolista, más conexión tuvo con el portugués. Sin embargo, como dijo Arbeloa en la más atinada de sus declaraciones, si intentara imitar a Mou, fracasaría. En lo suyo es único, el «puto amo».
Mourinho, durante un partido del Benfica.ALESSANDRO DI MARCOEFE
Veremos a ese Mourinho antes, durante y después del partido de Champions, porque el personaje necesita más que nunca de sus artes, dado el desequilibrio que existe, hoy, entre el Benfica y el Madrid, por irregular que esté el conjunto blanco. La primera indirecta la dejó al expresar su sorpresa por el hecho de que entrenadores sin experiencia accedieran al banquillo de grandes clubes. Arbeloa no respondió. Acertó.
Asesor en la distancia
«No cuenten conmigo para telenovelas», manifestó el portugués cuando le preguntaron si estaba entre las soluciones para el Madrid, después de la destitución de Xabi Alonso. La realidad es que no ha estado en el debate de las alternativas, aunque jamás haya dejado de ser como un sueño húmedo para Florentino Pérez, en especial en noches de tormenta. El contacto entre ambos ha permanecido, en ocasiones hasta como un asesor en la distancia.
Florentino encontró el éxito después de Mou. De hecho, el mayor de su era, con las tres Champions de Ancelotti, en dos etapas, y las tres de Zidane, dos apuestas suyas y dos personajes de su cabecera. Pero ni el francés ni el italiano hicieron seguidismo de su línea argumental en las guerras del presidente y el club. Tampoco en el maniqueísmo y la división. La que aparecía entre madridistas y «pseudomadridistas» fue acuñada por Mou.
Al portugués le ha ido peor desde que dejó el Madrid. Lo mejor de su carrera, las Champions con Oporto e Inter, fueron anteriores. Volvió a ganar la Premier con el Chelsea, un club con una afición a fuego, donde su estilo encajaba a la perfección, pero no alcanzó la gloria en uno de sus destinos más esperados, Old Trafford, y tampoco encontró el momento para ocupar el banquillo de Portugal. La Eurocopa conquistada en 2016 habría sido uno de sus grandes hits. En cambio, la conquistó alguien que no se parece en nada a Mou. Fernando Santos se había escapado, realmente, de un libro de Pessoa.
Arbeloa, entrenador del Madrid.J.J.GuillénEFE
El Benfica es su último destino, por el momento, pero no un destino más, porque Mou es benfiquista de corazón. Se trata del club de sus orígenes, en el que se formó. El entrenador, que hoy cumple 63 años, fue la baza electoral del actual presidente del Benfica, el ex jugador Rui Costa. Una gran figura para el banquillo del club que más estado de opinión crea en el país. Los resultados no han llegado, lejos del Oporto, líder. Las lesiones han minado a un Benfica en el que Mou hizo voto de prudencia al llegar, pero nadie puede ir contra su naturaleza.
Eso es lo que dijo Arbeloa con respecto a sus futbolistas tras la victoria en La Cerámica, un test de calidad que salvó el técnico. La declaración tiene una parte de sensatez y otra de capitulación para un entrenador que quiera desarrollar su obra. Como si el Madrid fuera El libro de la selva, aunque Vinicius no se parezca en nada a Mowgli ni en esa selva resuene, hoy, un grito como el de Mou, para lo bueno y para lo malo.