El técnico afronta la eliminatoria con la obsesión de evitar lo sucedido el curso pasado. En Inglaterra observan cambios tras la llegada del poderoso Haaland
“¡Deus vult!” La conclusión divina con la que el Papa Urbano II cerró, en 1095, el discurso en el que llamaba a los defensores de la cristiandad a la lucha por recuperar Tierra Santa, acabó por convertirse en el grito de guerra de los cruzados. «Dios
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El salto de Caeleb Dressel, Adam Peaty o Simone Manuel dejó de ser un salto desde los poyetes al agua para convertirse en un salto desde el podio al vacío. Cuando ya habían conquistado su objetivo, sucumbieron. La depresión que sucede al oro atrapó a campeones que regresan de ese pozo oscuro para volver a subirse a los poyetes. La natación concentra a la mayoría, o al menos a la mayoría que ha decidido explicar su proceso y contribuir de ese modo al debate de la salud mental, de la que la gimnasta Simone Biles se convirtió en icono, al decir basta en Tokio. En París vuelve, asimismo, a ese mismo lugar.
Antes de Dressel, Peaty o Manuel, fue el mejor nadador de todos los tiempos, Michael Phelps, el que confesó las depresiones que seguían a los éxitos: "He pasado por al menos tres o cuatro periodos de depresión después de los Juegos en los que llegué a poner en peligro mi vida". Sólo antes de la cita en que se despidió, Río 2016, se decidió a explicarlo, hecho que contribuyó enormemente a su terapia. Las palabras de Phelps, como las de Biles, han contribuido a que los deportistas atrapados por la depresión no se sientan estigmatizados: ¿Si los mejores son débiles, por qué no podemos serlo los demás?
Dressel no fue el Phelps de Pekín, pero fue el mejor nadador de Tokio, con cinco oros. El británico Peaty se ha consagrado como el bracista de referencia contemporáneo, tras hacer frente a la tiranía japonesa en la especialidad, y Simone Manuel fue la primera nadadora de raza negra en ganar un oro, en Río. No era un oro cualquiera. Los mecanismos de sus depresiones son diferentes, como se aprecia en sus explicaciones, incluso con episodios autodestructivos, como es el caso de Peaty, pero existe un punto de partida y de llegada común: oro-infierno.
Los psicólogos alertan reiteradamente de los riesgos excesivos de la presión de la alta competición para la salud mental, aunque en este caso el mal llega tras superar las presiones y alcanzar el objetivo. "Después de programar tu mente para ganar y ganar, cuando ya lo has logrado, te preguntas qué sentido tiene ahora tu vida. Si no tienes una respuesta, se genera un vacío", afirma uno de los profesionales que trata a varios deportistas españoles. No es un shock postraumático. Es el shock post-oro.
Los deportistas individuales están más expuestos que los de equipo, en general, aunque fue uno de los mayores héroes españoles del agua, el portero del glorioso waterpolo español Jesús Rollán, el que se quitó la vida tras una depresión sufrida en silencio después de ganarlo todo y retirarse. La natación es, en teoría, una de las prácticas más recomendadas para combatir los estados depresivos, no sólo porque baja los niveles de cortisol, la hormona del estrés, y aumenta la serotonina, que es la de la felicidad, sino por la secuencia de su respiración. Pero cualquier ejercicio terapéutico puede convertirse en traumático al situarlo en el umbral de la alta competición, puro estrés, cortisol en vena.
Rafa Muñoz decía en una entrevista a este periódico que "cuando sumerges la cabeza en el agua, estás muy solo". El especialista en mariposa cordobés fue una de las grandes apariciones de la natación española, el Hugo González de hace unos años, campeón europeo y medallista mundial. La depresión lo atrapó peligrosamente. La solitud de la especialidad, sin embargo, no explica el enigma, la maldición que persigue a tantos campeones de la piscina. Antes de Phelps, la sufrieron el australiano Ian Thorpe o la estadounidense Missy Franklin, dominadores de su tiempo, entre otras estrellas de la piscina.
Insatisfacción, saturación, frustración... Son los mecanismos que, según sus explicaciones, desataron las depresiones de Dressel, Simone Manuel y Peaty, respectivamente, aunque la declaración que mejor revela el estado en el que se encontraron es la del primero: "Me sentía perdido". "Quería dejar el agua, que realmente es el único sitio en el que me encuentro a gusto", añadía el estadounidense. Una contradicción que mostraba la ruptura de su propio equilibrio mental: odiaba aquellos que más le había satisfecho. "Creo que fui justo conmigo, porque gané cinco medallas, pero sentía que debía haber sido más rápido en algunas pruebas", concluía.
El diagnóstico médico de Simone Manuel fue el siguiente: "Síndrome de exceso de entrenamiento". "Ansiedad, insomnio, depresión... Pasé por la etapa más difícil que he afrontado en toda mi vida", confesó la estadounidense, que volvió a dominar el 50 libre en los trials previos a París. El caso de Peaty empezó por una lesión y después un divorcio, episodios que no encajaban en el decorado de un triunfador. "Nada se arregla con las medallas si no pones orden en tu vida. No sirven para nada", se decía, mientras se refugiaba en el alcohol o se buscaba a sí mismo en los Evangelios. Caeleb, un nombre bíblico, también lo ha hecho. París aguarda su resurrección, del vacío al podio.
Las siglas ADN corresponden al ácido desoxirribonucleico, el contenedor de la carga genética que se transmite en el desarrollo de los seres vivos. El elemento fundamental de este ácido son los nucleótidos, las moléculas del interior de las células. En el caso del ADN se trata de la adenina, la guanina, la timina y la citosina. La ciencia no considera a un equipo como a un ser vivo, pero la realidad es que pueden establecerse paralelismos en su de
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El origen del mote de los 'indios' para los aficionados del Atlético de Madrid no sería, hoy, políticamente correcto. Empezó en los años 70 en la capital para aludir a sus jugadores latinoamericanos, como Panadero Díaz, Cacho Heredía o Ayala, la mayoría con sus largas melenas setenteras. Era un mote racista, fuera en los tiempos que fuera, del mismo modo que existe un componente racial en la palabra 'cholo', con la que se alude a su entrenador. El 'cholo' es el mestizo o el indígena que adopta la forma de vida del blanco, según el país en el que se utilice, y no siempre con el cariño con el que acompaña a Simeone. El Atlético de los 70, sin embargo, no tenía tantos jugadores sudamericanos como el actual. Seis argentinos (Musso, Nahuel Molina, Giuliano Simeone, Correa, De Paul y Julián Álvarez), más el uruguayo Giménez, central y capitán. Enrique Cerezo dice que el «Atlético no se entiende sin argentinos». Son parte de la idiosincrasia que Simeone encarna en carne y hueso, y que vuelven a encontrarse ante su montaña prohibida. Velan el siguiente asalto a la Champions sin pensar en la caída en Getafe, sólo en el deseo de que no sea un Everest inalcanzable, sino el Machu Picchu que permite pasar de lo terrenal a lo divino.
Para tener opciones de hollar la cima, los 'indios' deben eliminar a los 'vikingos', como se aludía a los madridistas en la misma época por los alemanes Netzer, Stielike y Breitner, además del danés Jensen, en la batalla de las tribus de la capital, algo más difícil que ascender el Camino del Inca. Lo intentarán en un Metropolitano que podría ser el Metropolitano de la Boca, como se conoce al puerto de Buenos Aires, y donde volverán a verse pinturas de guerra y plumas. Los 'indios' del Atlético no sienten ya el mote de forma peyorativa. El Madrid carga la atmósfera emocional que quiere Simeone, aunque las atmósferas muy cargadas pueden confundir el fútbol. El entrenador las invoca, ataviado como un bailarín de tango, de negro riguroso. El tango, en cambio, es una combinación de aceleración y pausa. Como el fútbol.
El duelo con el Madrid tiene un sentido finalista, aunque la final está lejos, todavía en octavos. Tiene sentido, porque es el equipo que le venció en dos de las tres finales de su historia, y le apartó, en semifinales, de una cuarta. Ello implica un bloqueo mental que el Atlético debe superar. También su gente. También Simeone, al que la caída en Milán, en 2016, le hizo dudar sobre su futuro. Desde entonces, la Champions no es únicamente un objetivo. Es una misión.
El Atlético necesita su Wembley
El Atlético es el único de todos los equipos que han perdido tres finales de Champions o más que no ha ganado el torneo. La Juventus cayó en siete finales, pero levantó dos títulos, hecho que ahonda en su fatalismo, aunque sin urgencias históricas. También Madrid y Barcelona perdieron tres finales, pero los blancos, reyes del torneo, suman 15 títulos, por cinco de los azulgrana, que cayeron dos veces con tics fatalistas, los palos en Berna o los penaltis en Sevilla, antes de cambiar su destino en Wembley, en 1992. El Atlético aguarda su Wembley.
Simeone, durante la ida en el Bernabéu.JUANJO MARTINEFE
Son más de una veintena los argentinos que han conquistado el gran trofeo europeo. El primero, Di Stéfano, lo hizo suyo nada más empezar. En la actual plantilla del Atlético sólo hay uno, Julián Álvarez, con un City en el que no llegó a ser titular. En cambio, los rojiblancos cuentan con hasta seis campeones del mundo, el propio Julián, De Paul, Molina, Correa y Griezmann, al que la larga cohabitación con argentinos y uruguayos le hizo aficionarse al mate, y Lemar, hoy en la segunda unidad. Es el equipo con más integrantes de la gesta de Argentina en Qatar, después de River. En el Monumental no han olvidado la calidad de Julián.
El salto del futbolista al Atlético ha disparado el seguimiento que en Argentina ya se hacía del equipo, especialmente desde la llegada de Simeone. Es conocido entre los hinchas como el Asadito Mecánico, tras tomar parte del apodo de la gran Holanda de Cruyff, la Naranja Mecánica, a la que la albiceleste derrotó en la final del Mundial del 78, en el Monumental, aunque sin el mejor futbolista de su historia. Los componentes del Atlético utilizaron el sobrenombre en las redes en su regreso por Navidad.
«La atención por el Atlético es histórica, porque existe una larga tradición de representatividad argentina. En el pasado, por exigencia, era un salto más sencillo para los jugadores de acá desembarcar en el Atlético que en el Real. Una estación intermedia. En aquellos años para sufrir y, desde la reconstrucción del 'Cholo', para soñar», explica Cristian Grosso, editor de Deportes de La Nación y uno de los periodistas más influyentes.
"El 'Cholo' siempre provoca algo"
«Simeone tiene una debilidad por el jugador argentino, por su carácter, y ya desde el principio fichó a Cata Díaz, a Demichelis, aunque no llegara a debutar, a Augusto y otros muchos en una década», prosigue Grosso, que, no obstante, alude a los sentimientos encontrados que despierta el técnico en su propio país: «El Cholo no pasa jamás desapercibido, es un personaje pintoresco, que siempre provoca algo. Genera odios y amores también en Argentina, pero todos están pendientes. Unos, por ver si fracasa; otros, felices con su éxito».
Julián Álvarez celebra un gol en Mestalla.JOSE JORDANAFP
Para el periodista argentino, el Atlético es el reflejo de su entrenador: «También provoca, a su alrededor siempre pasan cosas. El Atlético garantiza partidos intensos, y eso conecta bien con lo argentino».
«Que el Atlético sea el equipo con más campeones del mundo, junto con River, pero con los más determinantes, salvo Messi, influye, claro. Sobre todo, la presencia de Julián Álvarez, que merece párrafo aparte. La expectación es enorme, mientras todos se preguntan si Simeone le hará ver a Guardiola que se equivocó», concluye Grosso. En el Bernabéu lo hizo, con un soberbio gol, pero en un Atlético demasiado precavido, que perdió la ocasión de castigar a un Madrid herido. El Metropolitano cargará o no de razones la respuesta.