La victoria del Paleolítico lleva al Madrid a la final. No es extraño que la represente Valverde, futbolista de empuje y fuerza, condensadas en el misil que las baterías antiaéreas del Atlético midieron mal. El primero, Oblak. El uruguayo ha pasado de ser un futbolista con dificultades para adaptarse a lo que quería Xabi Alonso a una pieza clave, aunque sea como lateral, para un entrenador que lo que quiere, hoy, es sobrevivir. La fuerza siempre ayuda, aunque no deja de ser un síntoma de que la evolución pretendida por el tolosarra se ha detenido. El otro es observar los saques en largo de Courtois en busca de Gonzalo y la segunda jugada, un argumento primario, lejos del fútbol sofisticado que busca quien pretende confeccionar equipos de autor, como el Bayer Leverkusen.
El paso a la final mantiene la débil línea de crédito de Alonso, pero le aboca a un duelo terrorífico contra el Barça. Ninguno de los dos finalistas son actualmente los del clásico del Bernabéu. El domingo, en Yeda, estará expuesto al tremendo fuego enemigo, recuperado en la medida en la que lo ha hecho Raphinha, y muy pendiente del fuego amigo.
Las bajas en defensa, que obligaron al Madrid a acabar con Tchouaméni y Carreras como centrales, no excusan al Madrid de los problemas que atravesó en la salida de balón. No es únicamente una cuestión de piezas, sino de juego, voluntad y seguridad. La presencia de Güler en el banquillo era, asimismo, otra prueba de que los principios de Xabi Alonso han cambiado o se han adaptado a las circunstancias. Mal asunto.
El Madrid resistió, muy cerquita de Courtois, porque al Atlético le faltó calidad para definir ante portería y llevar su dominio, total, al marcador. Para eso no bastaba la energía de Marcos Llorente, incansable. Necesitaba al Julián Álvarez de verdad, no al que saltó al terreno de juego, o más tiempo a Baena, sustituido por Simeone, desesperado y desesperante.
El mesías del Atlético, que juega todos los partidos, intentó desestabilizar a Vinicius desde la banda, pero el brasileño no necesita ayuda. Esta out. Muy lejos de Oblak, era un futbolista sinsentido: no tenía capacidad para salir a la contra y no sabe presionar. El día sin Mbappé y sin los pitos del Bernabéu, ante una grada mitómana que todo lo aplaude, era su oportunidad. La aprovechó Rodrygo. La siguiente, el domingo.
Mbappé llegó para esto, aunque no esperara encontrarse esto. Para marcar, para ser decisivo, para cambiar la realidad incluso en el lugar que más a menudo la desafía. En la Copa, el Bernabéu observó cómo quien la cambiaba era el Celta, ya con Mbappé fuera del campo y el miedo en la hierba, el banquillo, la grada y el palco. El miedo que no ha tenido tiempo de conocer Endrick, a sus 18 años, no todavía. Encoraginado, revuelto sobre sí mismo, devolvió la vida a todos, de Mbappé a Ancelotti, al Madrid entero, y cerró la noche de tacón, a lo grande.
El desenlace es una prueba de vida para el equipo, pero también un síntoma de que el Madrid, pese a su clasificación para los cuartos de la Copa, no está como debe ni como quiere su entrenador, con ración doble de chicles. La purga que sucedió a la Supercopa, con hasta seis cambios en el once, no le dio los efectos esperados, con errores de bulto de Camavinga y Asencio que llevaron a la prórroga, y únicamente Mbappé con el estandarte en alto, pero para entonces ya sentado en el banquillo, como Vinicius. El destino señaló a Endrick, que apenas había gozado de oportunidades, y miró de reojo a Ancelotti. El gol de Valverde, antes del final torero del brasileño, fue como la descarga de la presión.
El adolescente Endrick es imberbe, como casi todo el Celta. Lo malo de esos equipos es que los descompone cualquier circunstancia. Lo bueno, en cambio, es que no sienten todavía el peso de la responsabilidad, de la jerarquía, como le ocurre al Madrid, atenazado. Eso explica una eliminatoria muy cargada emocionalmente. Para los gallegos, fue demasiado encajar un gol después de reclamar un penalti. Todo sucedió como en la rápida secuencia de un thriller que acaba con el movimiento de un pistolero. Mbappé cambió de ritmo en el área del mismo modo que se desefunda. Lo hizo en carrera para ganar ese espacio decisivo a Javi Rodríguez y disparar a quemarropa. Decisivo, esa es, hoy, la palabra que lo define, la palabra más esperada en la grada. El problema es que llega entre incertidumbres, sobre Ancelotti y sobre el resto. El partido fue la metáfora del momento, marcado desde el inicio por el impacto de la Supercopa.
Ese mismo Mbappé asomó ya en Yeda, pero sin la compañía suficiente frente a la supercantera en la se acompañan todos, y de la que salieron Mingueza o Ilaix Moriba, dos de los mejores con el Celta en el Bernabéu. La Copa era una empresa tremenda, pero el equipo gallego no la afrontó como un Everest, sino como una oportunidad. Supo cómo defender en el inicio y cómo desplegarse entre las dudas que dejaba el Madrid, aunque sin Iago Aspas le faltara su Galicia Calidade en el área. Cuando Camavinga falló, Bamba no lo hizo frente a Lunin; cuando Asencio derribó al propio Bamba en el área, Marcos Alonso fue preciso, quirúrgico en el penalti para llegar a una prórroga que era un martirio en el Bernabéu.
Mucho antes, nada más empezar, había alcanzado el Celta el área con claridad. Lunin salió a los pies de Swedberg, el sueco cayó con un leve contacto del ucraniano y Munuera Montero, muy cerca, no lo estimó suficiente. El VAR, con Hernández Hernández, tampoco le pidió revisarlo. La duda, al menos, merecía hacerlo. Con la cabeza en la protesta, el gol de Mbappé sacó al equipo gallego de un partido que hasta entonces había manejado con comodidad frente a un Madrid lento, al que cerró los espacios con un 5-4-1 muy efectivo. Los hombres de Ancelotti jugaban en exceso al pie, sin la velocidad de balón suficiente. Los tiros de Modric y Tchouaméni habían sido sus escasas opciones hasta que Brahim encontró una aproximación, resuelta por Iván Villar bajo palos.
De un Madrid desfigurado por los cambios podían esperarse imprecisiones. Ceballos y Modric aparecieron en el once, con Tchouaméni pero en el centro del campo, sin Bellinghgam ni Valverde. Ancelotti recurrió a todos ellos, y a todo lo que tenía, al observar la incapacidad para sujetar el resultado, pero la solución de verdad no le llegó está vez de la jerarquía, sino de un joven guardado en el desván que entra en la lucha en el momento indicado. Como Mbappé.
Poco antes de iniciarse la temporada, Diego Pablo Simeone sentía que debía reencontrarse consigo mismo, con el Cholo del pasado. Eran ya 14 años, una larga travesía que empezó en el desierto, llevó a las gentes del Atlético incluso a abandonar la casa de sus padres, el Calderón, y acabó por convertirlo en mucho más que un entrenador, en un líder, en un mesías para las tribus rojiblancas. Un rol que el argentino interiorizó, pero que es imposible desempeñar cuando el líder se siente vacío, sin energía, sin capacidad de transmitir sus ideas y sus sentimientos, dos conceptos indisolubles en el personaje.
De esa forma se lo confesaba a personas de su entorno, preocupado, hasta que buscó el modo de recluirse y, mediante la introspección, volver a conectar con el Cholo. No fueron 40 días y 40 noches, como Moisés en su cita con Dios, pero fueron suficientes para que Simeone encontrara su Sinaí. Tras su descenso para proseguir el camino hacia la tierra prometida de la Champions, la caída en la Copa ha sido como la metáfora del Becerro de Oro. Desorientado y otra vez cuestionado por parte de quienes tanto lo adoran, necesita, al igual que Moisés en el Éxodo, regresar a su imaginario monte sagrado.
El líder adorado y cuestionado
Simeone es un entrenador excepcional, dicho sea con el viento en contra de la derrota ante la Real Sociedad y con independencia de los gustos futbolísticos. La final de La Cartuja fue como un revés del destino para el Atlético, con errores en cadena poco habituales, escenificados en el primer gol, y decisiones desde el banquillo, como la retirada de Lookman, que reabren los debates en torno al líder y debilitan la fe, al igual que los israelitas en su travesía, asediados por el hambre y la sed. En el fútbol sólo las sacian los títulos.
El argentino es la personificación de las principales emociones del fútbol, expresadas sin filtros en el campo, y que nos devuelven a la identidad en su forma más primitiva. A la tribu, a los nuestros. Es un concepto sagrado para el argentino. Hace un tiempo, mientras almorzaba en un restaurante argentino próximo al Cerro del Espino con su pareja, dos niños se acercaron a pedirle un autógrafo. El Cholo los miró, sonriente pero escrutador, y les preguntó el nombre. Una vez hubo firmado, les sorprendió: «Pero vosotros sois del Madrid, ¿verdad?» Los niños se quedaron mudos hasta que uno de ellos admitió con la cabeza. Simeone volvió a sonreír y, mientras les entregaba los autógrafos, les dijo: «Pues lo que tenéis que hacer es defended a vuestro equipo a muerte».
Simeone se queja durante la final.Jose BretonAP
La evolución del personaje desvela que se siente cómodo en el relato construido, se gusta, pese a las dudas que en momentos le asaltan. Las crisis existenciales las tienen los inteligentes. Las expresiones espontáneas han llegado a convertirse en eslóganes, como el «sí se puede» o el «partido a partido». A medida que esa dimensión crece, lo hacen las necesidades de dar respuesta a lo que tu gente espera, y eso no es sencillo. Sobre todo, cuando aparecen las derrotas, como en Sevilla.
«La gente no necesita mensajes, necesita ganar», manifestó el entrenador rojiblanco, lacónico, con el rostro ajado, exhausto como todo su equipo. El desgaste que arrastraba el Atlético, con muchos más minutos acumulados durante la temporada que su rival en la final, tras la batalla europea con el Barcelona, días atrás, no era únicamente físico. Era mental.
Los signos del zodiaco
Las emociones que la razón no explica encajan bien con lo místico, desde lo religioso a lo profano, desde la fe hasta la superstición. Simeone las explora todas. Vestir de negro tiene un sentido. Cambiar al azul cobalto, como hizo durante una Champions, también. El negro lo utilizó en el primer título conquistado, la Europa League de 2012, y desde entonces ha sido fiel a la vestimenta, incluso repite las prendas y zapatos con las que gana. Seguidor de la astrología, se fija en el signo del zodiaco de sus futbolistas. Las apelaciones del técnico a Dios son, asimismo, habituales. El pasado Viernes Santo, un día antes de enfrentarse al Barcelona, acompañó al Cristo de Medinaceli, junto a su pareja Carla Pareyra, en la procesión por el centro de Madrid.
En Sevilla, el técnico estuvo acompañado por toda su familia, el clan del Cholo al completo, con su madre y sus sobrinos. La implicación de un Simeone, Giuliano, en la serie de errores que dieron lugar al primero gol realista, a los 14 segundos, fue, para alguien supersticioso, como una señal, fatal señal.
Musso ve la tarjeta amarilla tras el penalti.CRISTINA QUICLERAFP
Musso fue otro de los implicados. El portero repitió fallo con el penalti cometido. Suplente de Oblak, el argentino habría disputado la Copa aunque el esloveno no viniera de una lesión, porque Simeone es un tipo de códigos. Lo mismo hizo Pellegrino Matarazzo con Marrero, el héroe de la final para la Real Sociedad. Musso, sin embargo, se había ganado algo más durante este periodo de ausencia de Oblak. El Cholo antepuso meritocracia a jerarquía al colocar a su compatriota bajo los palos ante el Barça cuando el esloveno ya tenía el alta. Si hubiera seguido en el mismo nivel, es muy posible que hubiera mantenido a Musso frente al Arsenal, dentro de 10 días. La Copa lo cambia todo, devuelve a cada uno a su lugar.
A Simeone, también, a su introspección, señalado de nuevo, pero esta vez con la sensación de saber lo que sucedió. Su frase lo demuestra: «El partido estaba en los 90 minutos». El argentino dijo que necesitaban la Copa, pero no sólo por ser un título, sino por lo que podía reforzarles en su verdadera obsesión: la Champions. Después de perder la segunda ante el Madrid, en Milán, Simeone se planteó el adiós. Ahora no puede dudar. Necesita volver a su Sinaí, reafirmarse en sus mandamientos, convencer de ellos a los suyos y reemprender el camino de la tierra prometida.