La delicada situación de Joao Félix en el Atlético se tensó aún más a última hora del martes, cuando el portugués admitió que le “encantaría jugar en el Barça”. En declaraciones a un periodista italiano, el delantero reveló que el club azulgrana “siempre” ha sido su “primera opción”.
Sólo unas horas después de ejercitarse con normalidad junto a sus compañeros en el Cerro del Espino, sin resentirse de sus molestias físicas, Joao hizo público su deseo. “Siempre fue mi sueño desde niño. Si sucede, será un sueño hecho realidad para mí”, ratificó el luso, con contrato en el Atlético hasta 2027.
Los problemas con Diego Simeone, que ya el curso pasado le relegó en sus rotaciones en favor de Antoine Griezmann, Álvaro Morata, Ángel Correa y Memphis Depay, no parecen haberse resuelto en el arranque de la pretemporada. De hecho, Joao ya protagonizó un incidente durante la primera sesión en Los Ángeles de San Rafael, cuando terminó pidiendo explicaciones al director deportivo, Andrea Berta. Sólo unas horas más tarde, las cámaras captaron al ex jugador del Benfica arrojando su peto al suelo tras quedarse fuera de un ejercicio colectivo.
A la espera
Ante este panorama, el club rojiblanco sigue esperando una oportunidad para buscar acomodo a su futbolista, cedido el pasado enero al Chelsea, donde tampoco pudo ofrecer su mejor nivel. El interés del PSG o Aston Villa aún no se ha concretado, por lo que el cuerpo técnico del Atlético se mantiene a la expectativa.
El desencanto de Simeone con un jugador por el que se pagaron 127 millones de euros en 2019 resulta más que evidente. Mientras se decide su próximo destino, Joao sigue citado para la doble sesión de entrenamiento del miércoles, previa a la gira rojiblanca por Corea del Sur, México y Estados Unidos.
El deseo del internacional portugués podría encajar en el clima de entendimiento que ha unido a Atlético y Barcelona en los últimos meses, especialmente tras las operaciones de Griezmann y Memphis. Sin embargo, tampoco conviene olvidar la delicada situación financiera por la que atraviesa el actual campeón de Liga, que además cuenta en su línea de ataque con jugadores de la talla de Robert Lewandowski, Ousmane Dembélé, Ansu Fati o Raphinha.
El cortador de céspedOpinión
JULIÁN RUIZ
Actualizado Sábado,
16
septiembre
2023
-
18:53Simeone, ante Thierry, en la zona técnica de Mestalla.EFECrónica Hugo...
Sólo tenía 18 años cuando Pablo Barrios (Madrid, 2003) perdió a su madre. Circunstancia que le obligó a madurar, que le obligó a crecer antes, quizá, de lo que debería. Y desde entonces "todo lo que consigue es para ella". No son pocas cosas a sus 21 años. Titular indiscutible con el Atlético de Madrid, convocado con la selección absoluta de Luis de la Fuente y, lo más importante por ahora, campeón olímpico en los Juegos de París 2024.
Esa madurez, ese poso, es el que muestra sobre el campo desde que se ha convertido en vital para Diego Simeone. "Es una de las grandes apuestas del club y del cuerpo técnico, base de presente y de futuro", explican fuentes rojiblancas. Pese a haber sufrido dos lesiones musculares, el madrileño es el octavo jugador más utilizado por el Cholo, con 1.219 minutos. "Está haciendo un camino muy bueno", dijo el técnico argentino y añadió: "Aprovechó la oportunidad para empezar a crecer, tiene un montón de cosas positivas que nos hacen bien como equipo".
Barrios ha sentado a Koke, su ídolo. "Ojalá tenga su carrera", llegó a desear el canterano en una entrevista previa. El capitán aún le supera en minutos, 1.535, pero la dinámica es que el joven sea quien dé la alternativa al maestro en el verde y no al revés. En los últimos cinco partidos, en la planilla, como le gusta decir al Cholo, salía el 8 y no el 6. "Koke apadrina a todos los jóvenes y de él está pendiente", explican desde el club sobre un jugador que, aunque para el Cholo no haya titulares indiscutibles, él sea lo más parecido.
Carácter y liderazgo
Además del rendimiento, hay cierta cábala, factor que nunca desdeña Simeone a la hora de tomar sus decisiones. "Cuando estuvo lesionado, el equipo lo notó", apuntan. Los rojiblancos no han perdido esta temporada con Barrios en el campo. Hablamos de 12 victorias y tres empates. Su ausencia se ha debido a una microrrotura en su pierna derecha y a un edema en el sóleo, lesiones de las que volvió rápidamente.
Quizás nada de esto habría ocurrido si Pablo Barrios no se hubiera salido del mapa en marzo de 2022 durante un derbi ante el Real Madrid en los octavos de la Youth League (2-3 en el Alfredo Di Stéfano). Dos golazos y una asistencia después, ese niño que salió de Valdebebas con 14 años como capitán del infantil A del Madrid, llamaba a la puerta del primer equipo rojiblanco. "Son decisiones que toma la gente... ha salido bien la jugada", contó en una entrevista previa.
Salió del Moratalaz para llegar a la cantera blanca y, tras ser descartado, triunfar en la del Atlético. "Desde que irrumpió en la primera plantilla lo ha hecho derribando puertas", apuntan desde el club. En todos los equipos dicen de él que siempre ha mostrado mucho carácter y gran liderazgo. Tuvo que mostrarlos cuando comenzó a vestirse junto a Álvaro Morata, Stefan Savic o Antoine Griezmann para sumar casi 1.000 minutos en su primera temporada con los mayores, aunque siguiera con contrato de canterano. De hecho, su debut fue en octubre de 2022 en una derrota ante el Cádiz en el Nuevo Mirandilla.
La amistad con Riquelme
Aunque Koke es su espejo, Griezmann es el jugador que más le ha impresionado en un terreno de juego porque pone "su calidad al servicio del equipo". La calidad y los goles, faceta que Simeone ha pedido a Barrios que mejore y en la que el canterano está en ello disparando de fuera del área y llegando desde segunda línea. Lo mismo que le reclama a Rodrigo Riquelme, su gran amigo en el Atlético desde que coincidieron juntos en la academia. En el vestuario se muestra poco hablador, pero cercano, con la madurez propia del que sufre un golpe que le hace crecer antes.
El penúltimo escalón de Barrios fue su convocatoria a la selección absoluta para disputar el partido de la Nations League ante Suiza tras la baja de Martín Zubimendi. Directo desde la sub-21, el centrocampista disputó 11 minutos en la victoria española (3-2). Le avalaba su reciente oro olímpico en los Juegos de París, competición en la que fue titular en todos los partidos menos en la derrota ante Egipto. Las cábalas, ya saben.
Berlín no es Madrid, ni Viena, ni Johannesburgo ni Kiev. Ni falta que hace. Berlín es Berlín, y desde este domingo el nombre permanece ya para siempre en la historia de un país, España, como la ciudad donde la selección culminó una epopeya maravillosa, la de su cuarta Eurocopa, tejida desde la diversidad más bonita, desde la fe, ciega, en un imposible, desde la humildad, sincera, de quien se reconoce en el compañero, más allá de su color y el de su camiseta, desde la convicción, firme, de que el camino era el correcto, desde la seguridad, en fin, de que esto era real. Vaya que sí. España, la reina, recupera el trono de Europa 12 años después, nadie tiene más Eurocopas, cuatro, nadie la quiso más en Alemania, expulsando en su camino a cuatro campeonas del mundo, ganando los siete partidos, llevándose todos los trofeos individuales (el mejor joven y el mejor jugador) deleitando la vista unas veces y mordiendo los labios otras, como ayer, cuando desmanteló a Inglaterra en un cuarto de hora sublime, pero se levantó con la mandíbula firme del gol del empate. [Narración y estadísticas (2-1)]
España ha sido el equipo más completo, el mejor. Luis de la Fuente ha construido una familia que, además, observa el futuro con una sonrisa, pues los niños, los fabricantes del primer gol, son insultantemente jóvenes, y el corazón del grupo ronda los 27 años. Ríe hoy España y mira a los que nunca le dieron ni el pan ni la sal, pero los mira con el corazón limpio, sin reproches. España es campeona de Europa con todas las letras, nadie se ha acercado siquiera a ella desde el pasado 15 de junio, cuando debutó en este mismo estadio, en esta misma ciudad, Berlín, que no es Madrid, ni Viena, ni Johannesburgo ni Kiev. Berlín es Berlín, qué carajo.
El Olímpico vio a una selección madura, respetuosa, tranquila, con los niños sentados en el sofá sin pedir de comer en casa ajena, pero mirándose con la picardía de quien no va a aguantar mucho y termina levantándose sin permiso para coger una chuchería. Eso hicieron Lamine Yamal y Nico Williams nada más comenzar la segunda parte, desmontar el partido con una trastada, y de ahí nació el partido que enseñó, escrito está, todas las versiones de este equipo: la brillante, hasta el empate, y la madura, desde él, para levantar el trofeo con una sonrisa mestiza, millenial, una sonrisa que reconoce al diferente como igual, una lección de fútbol, y de vida, para todo un país.
Enredados en la tensión
En fin, que el saque de inicio correspondió a Inglaterra. El balón fue directamente a Pickford sin pasar por nadie, y el portero del Everton mandó una pelota larguísima que salió por línea de fondo. Ese saque lo hizo España en corto, de Unai Simón a Le Normand, y la jugada salió limpia para morir, como todas las de la primera parte, en la maraña que los ingleses montaron en el balcón de su área. Fueron las dos primeras jugadas del partido, algo así como una presentación de intenciones.
Dos no se pelean si uno no quiere, y como hubo uno que no quiso, pues no hubo pelea en la primera parte. Inglaterra salió a que no pasara nada. Pero nada era nada. Ella estaba dispuesta a no atacar, y se metió tan atrás que impidió a España hacerlo. Enredados los dos equipos en la tensión propia de una final, en lugar de un partido de fútbol aquello devino en una partida del Risk, por no recurrir al tópico del ajedrez. Cada movimiento de España era contrarrestado por Inglaterra. Southgate empleó a Foden para perseguir a Rodrigo, y a Mainoo para atosigar a Fabián. Rice vigilaba con el cogote los movimientos de Dani Olmo.
Como quiera que los extremos no podían recibir en ventaja, la cosa se atascó de mala manera. No hubo que contabilizar ni una sola parada de los porteros. España tuvo más el balón, sí, pero fue para nada, mientras que Inglaterra se fue acomodando en esa monotonía en la que metió la noche. Ninguno de los entrenadores había inventado, quizá no había que hacerlo (Southgate metió a Saw en lugar de Trippier, pero vaya), y ninguno de los jugadores quiso pasar a la historia como el tipo que se equivocó en una final. Jugaron todos con miedo, agarrotados, y de ese modo salió un tostón muy serio hasta el descanso.
Nico Williams festeja el 1-0 ante Pickford.AFP
Inglaterra no quería jugar, y España no quería arriesgar, confiada en que el paso de los minutos validase el día más de descanso que había tenido por jugar su semifinal el martes. El partido, así las cosas, necesitaba que ocurriese algo. Lo que fuera, algo que agitase las cosas en cualquier dirección. Y lo que ocurrió fue que Rodrigo se marchó llorando al vestuario, lesionado, y el faro de España se quedó sin luz. En su lugar apareció Zubimendi, en otra demostración más de que, si falla el titular, aquí juega el suplente. Sin más. Pero claro, en el caso del mejor mediocentro del mundo, la baja podía ser más grave.
No dio tiempo a reflexionar mucho sobre ello pues a los dos minutos llamaron a la puerta los niños con el ímpetu de quien quiere jugar a la pelota en el parque. La cogió Lamine en su banda, tiró la diagonal hacia dentro amagando con la cintura, atrajo la basculación de los ingleses y descargó, justo a tiempo, para la llegada de Nico, que cruzó abajo, imposible para Pickford y sus florituras. Pudo sentenciar Olmo un minuto después, con Inglaterra grogui, pero el caso es que lo que necesitaba el partido, ya había ocurrido, y encima había sido bueno para España.
Ya por delante, la selección, claro, empezó a jugar más suelta y mereció sentencia. Quitó Southgate a Kane, inmóvil, pero el cambio que le dio la vuelta al partido fue la entrada de Palmer. En una mala salida a la presión de Cucurella, Inglaterra armó su mejor ataque y un disparo incontestable del futbolista del Chelsea igualó el partido a falta de 20 minutos, ya con Oyarzabal por Morata en el campo. Pero esta España es mucha España. Agarró de nuevo la pelota, tranquilizó al personal y fue acumulando ocasiones hasta que Cucurella, un catalán que vive en Londres, encontró a Oyarzabal, un vasco sin complejos, para poner el punto y final a una preciosa historia de amor por el fútbol y por la vida. La vida de todos para todos. La vida en España.