Sevilla y Betis empataron a cero tras un partido con más literatura que fútbol. Un encuentro espeso, impreciso y sin profundidad que no convenció a ninguna de las dos aficiones.
Tangana entre jugadores en el Sevilla BetisCRISTINA QUICLERAFP
Defensas adelantadas, centro del campo como una piscina municipal, repleto y desordenado, y ataques tibios. Se notó el resacón juventino en los primeros minutos del Sevilla FC. El Real Betis contestaba con paciencia, sin riesgos, a la espera de su oportunidad. El fútbol era severo, con la complicidad de Gil Manzano. Muy disputado, con muchos parones, sin vistosidad ni peligro. Un derbi, al fin y al cabo. Con esa mezcla de rigor y miramientos.
José Luis Mendilibar y Manuel Pellegrini jugaron con piezas simétricas. Pape Gueye e Ivan Rakitic frente a Guido Rodríguez y William Carvalho. Dos hormigoneras en el círculo central. Rafa Mir asumió la punta en los nervionenses. En la primera mitad anduvo desaparecido, desasistido por Papu Gómez y por Lamela, que deambulaban demasiado lejos del área, imprecisos y erráticos. En la escuadra verdiblanca, Borja Iglesias hacía la guerra por su lado. Sin espacios ni fluidez, su amenaza era tierna. Al descanso los equipos se fueron sin ocasiones. El encuentro era una balanza estática.
Antes del pitido medianero, en el minuto 40, Óliver Torres centró a Rafa Mir que, adelantándose a su marcador en el área pequeña, llegó a rematar. Claudio Bravo contestó con una estupenda manopla a bocajarro. Que la mejor ocasión de los primeros 45 minutos sucediera en fuera de juego describe un partido en exceso abotargado, aburridamente parejo. Boxeando con sombras. Es difícil ganar temiendo perder.
Entró Rodri por Luiz Henrique tras el refrigerio. Papu Gómez le puso un buen balón a Mir en boca de gol, pero el ariete remató sin sangre al lateral de la red. Óliver Torres se retiró lesionado. Suso entró ovacionado tras su mágico gol a la Juve. El fútbol seguía su particular cuesta abajo. Pases horizontales y contención. En los nervionenses, sólo Papu parecía despierto. Caracoleaba, abanicaba a Sabaly y la pedía en su costado. El juego seguía trabado. Batallitas entre futbolistas. Mucha chispa y poco fuego.
Las largas posesiones del Betis, dirigidas por Canales, nunca terminaban en el área de Dmitrovic. Eran melodías elaboradas, pero faltaba un estribillo tarareable. En el 63, Suso disparó tras una buena contra de los blanquirrojos. Claudio Bravo respondió bien. También a su propio rechazo, que cazó Lamela, quedándose con el balón tras el susto. El portero chileno, sin mancharse demasiado, aplacaba el entusiasmo de los anfitriones. Pasaban los minutos sin demasiado encanto.
Sin premio
Mendilibar se aburrió de sí mismo y sacó a En-Nesyri y a Bryan Gil para agitar el partido. El delantero marroquí encabezó un contraataque claro, pero falló en el pase a Lamela. Mejor ejecutado, la jugada hubiera rozado el gol. Pero no era la noche. El Sevilla, en cualquier caso, controlaba el partido desde hacía ya unos minutos. Arañaba con las yemas. Mordía con las encías. Lo intentaba, pero el Betis defendía con comodidad. Pezzella y Luiz Felipe hacían su trabajo con frialdad funcionarial. A quince minutos del final, los visitantes dieron un paso al frente. Rodri asumió riesgos y Juanmi le siguió el rollo.
Miranda y Joaquín saltaron al césped. El capitán verdiblanco fue recibido con hostilidad. Una retirada no es un armisticio. Acuña y Navas dieron oxígeno a los laterales sevillistas. Quedaban diez minutos y el cero a cero parecía cincelado en mármol. Los cambios no soliviantaron demasiado el juego. Las elaboraciones lentas, la impredecibilidad de un vinilo girando: ninguna. En mitad del desierto, una entrada terrible de Miranda a Navas explotó en tangana. Tras consultar el VAR, Gil Manzano sacó roja al recién entrado lateral bético.
Siete minutos de descuento. Donde no llegaba el fútbol, estaba llegando el corazón, la rivalidad, el peso de los colores. Pero ni así puedo moverse el tanteo. El juego era opaco, los futbolistas se dieron por vencidos, y el reparto de puntos enfrío la noche sevillana. Un derbi que no pasará a la historia, pese a llegar en un buen momento para ambos clubes.
Rafa Nadal, el eterno ídolo español en el mundo del deporte, vivió muchos cambios tras su retirada profesional hace ya más de un año. El que fuera doble campeón olímpico y ganador de 22 títulos de Grand Slam -que se dice pronto- pasó de vivir cada momento del tenis a no coger una raqueta desde esa despedida, según él mismo confirmó en Con mucho De..., un podcast de su marca NDL Pro-Health.
Su día a día se caracteriza ahora, precisamente, por la poca rutina: "Intento organizarme el día para pasar tiempo en casa y después ponerme la mayor parte del trabajo por las mañanas. El entreno suelo ponerlo de 8:30h a 10h, que si lo dejo para última hora siempre hay excusas para no cumplir. Y estoy haciendo un poquito de todo, manteniendo algunas rutinas de cuando jugaba al tenis para cuando decida volver a jugar un poquito". Los viajes también los ha visto reducidos, pasando de tener "giras de a veces tres semanas o un mes y medio fuera a viajes de ida y vuelta, de un día o de tres".
El mallorquín estas exigencias también las redujo en el plano de la alimentación, donde confiesa que "casi diariamente me permito algún capricho". Nadal es fanático del chocolate, "el de leche, desgraciadamente", por lo que una vida alejada de las pistas le permite ahora darse algún lujo más de este tipo. Lo que sí que no dejó pese a su adiós a las pistas son los complementos alimenticios de NDL Pro-Health, una marca propia que creó junto a Cantabria Labs. "Sigo consumiendo los geles antes y después del entrenamiento. El magnesio para la recuperación y el de articulaciones también lo tomo cada mañana. Este proyecto con Cantabria Labs me motiva, una marca que va para toda la población -no solo la deportista-, y que ayudan a que uno se sienta mejor, en todos los sentidos".
Cocinar, de vez en cuando, también se convierte en otra pasión, especialmente cuando son platos que disfruta como "el pescado, el arroz de pescado, la sopa de pescado o la paella. Eso sí que me gusta sobre todo cuando estoy con amigos en el mar", apunta.
El mar es la tranquilidad para Nadal, y por ello sale todas las veces que puede: "Lo que me aportó siempre el mar fue desconexión. Para mí estar dos días ahí era una desconexión completa. Estás con la gente que quieres y apartado de lo que es el exigente día a día. A mí el mar me da una sensación de libertad y tranquilidad que me ayudó mucho".
Además de este mar que tanto aporta al extenista, otro deporte que le apasiona es el golf, al que se aficionó "especialmente cuando era profesional porque me permitía hacer algo que me divertía fuera del tenis, que era deporte, y con un riesgo mínimo de lesión". El fútbol a Rafa le encantaba -de hecho, uno de los momentos que guarda con más cariño es el partido al que asistió de la final del mundial de España, en Sudáfrica-, pero no lo jugaba durante su carrera ante el mayor riesgo de lesión.
Planes a futuro y proyectos presentes
Sobre llegar a ser futuro entrenador, Nadal actualmente comentó que no lo ve. "Creo que tengo demasiadas cosas para pensar en eso, pero es cierto que el tenis es una parte de mi vida con lo cual no digo que no a lo que pueda pasar en unos años", concretó.
Aunque, pese a que no tenga la mirada puesta en su futuro como entrenador, el inquieto extenista no pierde el tiempo. "Soy una persona a la que no le ha gustado nunca estar sin hacer nada. Me gusta explorar nuevos retos, como la academia y la fundación", comentaba.
De la Fundación Rafa Nadal, que creó el extenista junto a su familia para ayudar a jóvenes desfavorecidos con el deporte y la educación como pilares de los proyectos, lo que más emociona a Rafa es el "acompañamiento a las personas, sobre todo niños y niñas que tienen un futuro difícil. Creo que la responsabilidad que debemos tener las personas a las que la vida nos ha sonreído es devolver algo a quienes no tuvieron nuestras oportunidades".
Por su parte, sobre la escuela de tenis Rafa Nadal Academy en la que buscan "formarlos, educarlos de la mejor manera posible y entrenarlos al máximo nivel", Nadal tuvo unas palabras de cariño hacia Casper Ruud, que precisamente pasó por la academia. "Me alegré mucho con su victoria en Madrid. Que su primer gran título fuera aquí fue bonito, especial. Tiene una familia fantástica, he compartido mucho con él y es un chico muy correcto, muy buena gente. Le deseo lo mejor", concluyó contándole a Alba Lago, la presentadora de Con mucho De..., un podcast de entrevistas solidarias de NDL Pro-Health.
Holanda tardó mucho en desarrollar su fútbol. Hasta Alemania-1974 no había participado más que en dos Mundiales, Italia-1934 y Francia-1938, y en ambos cayó al primer partido. Desde la guerra hasta los setenta sólo tuvo un jugador destacable, Faas Wilkes, un interior zurdo superclase, largo y delgado, profesional en varios equipos de Italia, y también aquí, en el Valencia y en el Levante. La selección oranje renunció a él a raíz de salir del país como profesional, así eran las cosas entonces. Todavía en la segunda mitad de los sesenta, un equipo holandés era en la Copa de Europa una especie de cheque al portador. El Madrid se cruzó con el Feyenoord en la 1965-1966 y Puskas, ya con 39 años, gordo hasta para bodeguero, le marcó sus últimos cuatro goles europeos.
Y de repente, el boom. En 1970 ganó la Copa de Europa el propio Feyenoord; los tres años siguientes lo haría el Ajax, con un joven Cruyff a la cabeza. Pero si el equipo de Rotterdam alcanzó el título desde un estilo clásico, lo del Ajax fue una revolución: el fútbol total, con jugadores intercambiando posiciones y apareciendo por cualquier lado. Delgados (hasta entonces se valoraba al jugador macizo, por las cargas), melenudos, desenfadados en el vestir, se les vio como una prolongación en el fútbol de la revolución beatle, cuyo adelantado fue el irlandés George Best en el Manchester United. Fue un fútbol rupturista en el fondo y en las formas. Aquel Ajax, y su traslación vestido de naranja a la selección holandesa, representó fielmente el espíritu de su tiempo, el zeitgeist de Hegel: exaltación de la juventud, ansia de derrocamiento del viejo mundo, espíritu de alegre insurrección…
Para saber más
Eso incluía abanderar la libertad sexual. Rinus Michels, a la sazón entrenador del Barça (que fichó a Cruyff para la 1973-74), lo había sido antes del Ajax. Le hicieron seleccionador sin que tuviera que dejar el club catalán. Holanda se había clasificado un poco por los pelos para el Mundial porque su predecesor, el checoslovaco František Fadrhonc, no daba con la mezcla entre el Ajax y el Feyenoord. Michels lo conseguiría, y además iba a incorporar una novedad llamativa: permitió que durante la larga concentración previa al campeonato las esposas y novias de los jugadores hicieran un par de convivencias con ellos, en días de asueto con noche de hotel incluida. Aquello violaba un tabú ancestral, pues regía la convicción de que la práctica del sexo debilitaba. Los entrenadores lo proscribían para la segunda mitad de la semana, los boxeadores se abstenían desde tres semanas antes de un combate, muchos ciclistas lo evitaban durante toda la temporada de verano. Conocí a un boxeador que sufría infaliblemente una polución la noche antes de cada combate y decidió acostarse con la parte delantera de los calzoncillos rellena de alcanfor, como remedio casero.
Y ahora los jugadores de Holanda iban a la Copa del Mundo con las mujeres o novias. Lo de las novias añadía escándalo en la España de entonces, aún franquista, con su nacionalcatolicismo a cuestas. Aquí el sexo antes del matrimonio era pecado según la Iglesia y milagro según la población joven masculina.
La fiesta
Michels eligió como sede del equipo la ciudad de Hiltrup, a 70 kilómetros de la frontera de Holanda y cerca de los campos de su grupo. Se alojaron en el Waldhotel Krautkrämer, en un paraje tranquilo, con bosque y lago. Un remanso de paz.
Holanda pasó la primera fase con buena nota e iba a deslumbrar en el primer partido de la segunda con un estrepitoso 4-0 sobre Argentina. Una exhibición plena, el mejor partido del campeonato, ante una de las candidatas al título. De aquel equipo varios jugadores pasaron con éxito por España: Carnevali, Heredia, Wolff, Ayala y un jovencísimo Kempes. Wolff seguía asustado al cabo de los años: «Defendían con 11 y atacaban con siete. Intercambiaban posiciones, no sabías por dónde iban a aparecer». Después vino el 2-0 ante la RDA, la Alemania Oriental. La RDA había ganado en la primera fase a su vecina, la RFA, campeona de la Eurocopa de 1972, con base en el Bayern de Beckenbauer, Breitner, Hoeness o Müller.
La selección naranja estaba eufórica. Se veían imbatibles. Era domingo, hubiera tocado encuentro con las parejas, pero Michels no lo programó esta vez. Había detectado que el contacto entre ellas extendía rumores y envidias, y la final estaba encima. A cambio autorizó una fiesta con recital del grupo holandés The Cats y, tras la cena, no se respetó el toque de queda de las 11 de la noche. Sólo Michels se fue pronto a la cama. El sábado había tenido que dirigir al Barça en la final de Copa (sin Cruyff, los extranjeros no jugaban entonces esa competición), madrugó para estar en el Holanda-RDA y estaba agotado. Y como cuando el gato no está los ratones bailan, alguien corrió la voz de que en la piscina cubierta del hotel había tres chicas desnudas, coladas como groupies de The Cats, y allí acudieron poco a poco casi todos.
Cruyff estaba hablando con una pelirroja cuando vio a alguien haciendo fotos, saltó y se la emprendió a golpes hasta descubrir que era el hijo del propietario, no un periodista. No supo, ni él ni nadie, que entre los testigos sí había un periodista, de nombre Guido Frick, redactor del Stuttgarter Nachrichten. Se había camuflado en el hotel como representante de spätzle, un tipo de pasta, con idea de hacer un reportaje al final del campeonato; de repente se encontró con aquello y decidió sacrificar el resto de su estancia a cambio de publicar en su periódico una información titulada: «La Superestrella Cruyff te invita a un baño nudista», que salió el martes 2. Aquello no trascendió, los jugadores ni se enteraron y jugaron despreocupados el miércoles 3 contra Brasil, y ganaron 2-0. Eran jóvenes, habían descansado la juerga, hicieron un buen entrenamiento el martes y estaban ya en la final.
Pero se había cerrado una tormenta sobre sus cabezas.
El escándalo
El mismo día del partido contra Brasil, replicó la historia el Bild-Zeitung, que pagó 4.000 marcos al Stuttgarter Nachrichten por nuevos detalles, y añadió otros de cosecha propia, conformando un reportaje de cinco páginas con firma de Klaus Schütz, que fabuló haberse infiltrado como falso camarero. Tituló: «Cruyff, champán, chicas desnudas y un baño refrescante». El Bild no era un pequeño periódico de provincias, sino un monstruo con siete ediciones en Alemania y cuatro millones de compradores, líder absoluto de la prensa sensacionalista internacional. El relato saltó fronteras, ocupó telediarios y desató la ira de esposas y novias. La calma de Hiltrup se convirtió en un terremoto.
Para proteger el descanso, las habitaciones se habían dejado sin teléfono; sólo había una cabina en el hall que, al regreso de los jugadores de su partido para ver el Alemania-Suecia, que cerraba el otro grupo, ya estaba colapsada. Fueron terribles ese día y los siguientes, con acusaciones al director del hotel, continuos llamamientos a la cabina y disputas por la lista de espera. Cruyff tuvo preferencia, no sólo porque era el divo, sino también el más señalado en el reportaje. «Cruyff sudó más en esa cabina que en cualquier entrenamiento», escribiría años después Auke Kok, en su libro 1974, cuando fuimos los mejores.
Danny Cruyff se sintió particularmente humillada. Su marido encabezó el titular y fue señalado como cabecilla de la fiesta. Al fin y al cabo, en aquella selección todos obedecían su voz. Él había sido la causa de que no fuera seleccionado el mejor meta del país, Van Beveren, del Eindhoven, con el que tenía mala relación. Y llegó a enfrentarse a la Federación a causa del patrocinio. Holanda vestía Adidas, pero él estaba patrocinado por Puma. Jugó la clasificación con la banda gruesa de esta marca en las mangas, en lugar de las tres de Adidas. Y en el Mundial, tras una durísima negociación, aceptó ponerse la camiseta de Adidas, pero le quitó una de las tres rayas. Era el primero para el elogio en las buenas y el primero para las críticas en las malas. Y en aquel momento estaba en las peores.
En el otro grupo pasó Alemania y la final se jugó el domingo 7, sólo cuatro días después de la publicación, con el ambiente del grupo radicalmente alterado. Michels estuvo durísimo en la comparecencia previa ante la prensa alemana, que añadió a ese fuego toda la leña posible: «Se han atravesado líneas rojas inimaginables», bramaba. Latían, además, los rescoldos de la guerra, sólo 30 años atrás, cuando Alemania ocupó Holanda e hizo allí desastres, sobre todo a partir del desembarco de Normandía. Llegó a provocar una hambruna terrible, en la que varios jugadores habían perdido familiares.
La final
Alemania ganó aquella final, y eso que Holanda empezó de maravilla. Sacó de centro, jugó el balón, lo entretuvo con 15 pases de distracción hasta que arrancó Cruyff, perseguido por Vogts, y al llegar al área le entró imprudentemente Hoeness, volteándolo. El penalti lo lanzó Neeskens a su manera, con un disparo homicida por el centro. Recuerdo que vi aquel partido en Goyán, Galicia, a la orilla del Miño, recién licenciado de la mili, con un compañero de quinta que era del pueblo, y su hermano sentenció: «Gol del Barça, ganamos uno cero».
Y tenía razón, pues Cruyff provocó el penalti y Neeskens, que lo transformó, estaba ya fichado por el club catalán para la temporada inminente. El primer jugador alemán que tocó el balón fue el meta Maier, para sacarlo con la mano del fondo de la portería. Pero el resto del partido sería otra cosa. Vogts apretó a Cruyff por todo el campo, el equipo no se movió como venía haciéndolo, no fluyó el juego, se había perdido la sincronización de movimientos. Las mentes estaban espesas. El juego alemán, hecho de eficacia, se impuso y ganó 2-1.
Cruyff no estuvo en Argentina-1978. La razón la desvelaron los gemelos Van der Kerkhof en su autobiografía: desde aquella cabina de tortura le había jurado a Danny, para salvar el matrimonio, que nunca más iría a una concentración larga. Sin él, Holanda llegó a la final y hasta rozó el título con un tiro al palo de Rensenbrink en el descuento, pero cayó en la prórroga. Otra final perdida.
La Naranja Mecánica pasó a la historia como un campeón sin corona. Un equipo legendario, al que una noche de descompresión disoluta aireada por el tremendista Bild se le cruzó en el peor momento.
Una vez osé preguntarle a Cruyff por esto. No le hizo gracia y fue breve: «Alguien contó algo a alguien y a partir de ahí se fabricó una historia».