La capital y centro de poder del que fuera un imperio celebra un levantamiento popular. Puede parecer contradictorio, pero pocos lugares como Madrid conjugan los resortes del poder con el pulso popular, desde que, en el siglo XVI, Felipe II trasladar
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Al grito de "¡presenten armas!", el Madrid lo hizo, con Mbappé y Vinicius como fusiles erguidos, preparados. El Atlético, no. Dos disparos y retirada, una peligrosa retirada. La vigilia en la Liga del gran duelo de la Champions, el miércoles en el Metropolitano, deja mejores sensaciones para los blancos que para los rojiblancos, por el estado de sus grandes argumentos ofensivos, resolutivos ante un Rayo tan ambicioso como débil. En el primer 'round' del Bernabéu frente al Atlético, apenas aparecieron. El gol de Mbappé suma en el marcador, en la tabla y en la moral. El de Vinicius, soberbio, la inflama, aunque fuera en el marco de un acto corriente.
Ambos estaban en el once. Como Bellingham, como Rodrygo. Las rotaciones, pocas, la mayoría obligadas y atrás, con una sorpresa: Lunin. Lucas Vázquez aparecía en el lateral derecho, donde es necesario administrar a Valverde, que sólo jugó unos minutos, y Alaba lo hacía en el centro por el griposo Rüdiger. Modric, que siempre toma buenas decisiones, volvía al centro en un buen día de Tchouaméni, más firme que en mucho tiempo. Hay que preguntarse si es por su mejora o por la compañía de la versión croata de Astérix. Guste más o menos, es el lugar de Tchoauméni, no el de su compatriota Camavinga, que tiene en su dinamismo un interesante desorden si es para desordenar al contrario, no a los suyos. Mejor, pues, lejos de lo que Luis Aragonés llamaba "pasillos de seguridad". Cuando saltó al campo, el francés lo hizo un paso por delante, en la zona de los interiores.
Un Rayo al ataque
La propuesta del Rayo, innegociable para Íñigo Pérez, dejaba buenos caladeros al Madrid a la espalda de su adelantada defensa. Los exploró Vinicius, fuera en la conducción, el regate o la asistencia. La que le dio a Mbappé acabó en gol, porque el francés dispara como si utilizara un látigo. El tanto del día, y de muchos días, fue, en cambio, el que el brasileño consiguió a continuación. Vini arrastró al central fuera de su zona a la que regresó para burlar a Ratiu y superar a Batalla, todo sin soltar la pelota.
Sin el lesionado Mumin, al que sus compañeros dieron aliento en sus camisetas, al Rayo le sentaba mejor pisar el campo del Madrid, incluso su área, que el propio. Vini y Mbappé eran demasiado para Lejeune y Aridane, porque el segundo no aporta lo mismo que el ausente. Si además el entrenador manda la línea hacia arriba, hay momentos en los que únicamente se pueden apretar las cuentas del rosario.
Lunin es un portero contrastado, pero cuando se aparece poco en la portería, siempre se pasa un examen, y más si el trabajo es sustituir a un cíclope. En esa tesitura, son clave las primeras acciones, la primera parada. Fueron, al menos extrañas. Una salida penosa del ucraniano pudo costarle el primer gol al Madrid, pero Aridane cabeceó alto cuando tenía toda la portería delante. Cuando detuvo el balón Lunin a disparo de Ratiu, un lateral tremendo en su despliegue, su rechace fue hacia la zona prohibida y Gumbau volvió a disparar. Asencio desvió lo justo. Entre el central y el portero pudieron, asimismo, liarla, en una cesión hacia atrás que encontró a Lunin superado y pudo acabar en la red. También el Madrid se encontraba más preciso del centro del campo en adelante. No es casual que ahí estuvieran los 'titularísimos'.
Las dos caras de Vini
El zapatazo de Pedro Díaz llegó cuando el Rayo había pasado por sus mejores minutos sin frutos, sobre la campana del descanso. La pelota entró claramente después de golpear el larguero. El VAR lo ratificó para hacer el partido largo, sin que el Madrid pudiera cerrarlo. Íñigo Pérez lo entendió, del mismo modo que Ancelotti, que movió el banquillo para guardar el resultado. Todos los que saltaron al campo, menos Brahim, fueron de corte defensivo. Lo dejaron Mbappé y Bellingham, que no tuvo precisamente su día, mientras Vinicius se enredaba y se ganaba una tarjeta.
Por esa senda tiene un problema el brasileño, y tendría muchos en el Metropolitano. Por la de la primera parte, en cambio, será un peligro. Es su perversa dualidad. También la del Madrid, mejor en el homenaje al fallecido médico del Barcelona, Carlos Miñarro, y al colegiado David García, de Segunda federación, que en la parodia de los árbitros.
Los rescoldos de la comparecencia de Florentino Pérez han sumido al madridismo, a su masa social, en la incertidumbre, en algunos casos incluso en el desasosiego. La constatación, inequívoca, de que el presidente ha iniciado un camino incierto hace que sus detractores, pero sobre todo sus partidarios, se planteen una pregunta: y ahora, ¿qué? Con el horizonte de unas elecciones aún sin convocar, nada mejor, quizá, que acudir a la historia para descifrar el futuro.
El Madrid por encima de cualquiera: de su estrella, de su entrenador o hasta de su presidente. La conclusión se desprende de las palabras del propio Florentino, cuando repite que el club pertenece a sus socios. Pero unos socios que sólo el ser superior puede conducir por el camino de los éxitos y la prosperidad, con desprecio por quienes intenten cuestionarlo. Es como si el poder le hubiera llevado a confundir el rol de presidente, de representante de la masa social, con el de un mesías, un caudillo o un rey avalado por el derecho divino, el Rey Sol del Madrid.
Un proceso de megalomanía de los que hay muchos ejemplos en la historia, también en el fútbol y en el propio Madrid, pero tras el que subyace la debilidad de un dirigente que ya no es el mismo de antes. El madridismo se ha sentido cómodo y agradecido con Florentino, autor de una obra colosal, pero después de su desnudo en una rueda de prensa para la historia, se pregunta con dolor si nos encontramos ante el final de un ciclo y teme por la autodestrucción que generalmente los acompaña, por escuchar en el Versalles blanco après moi, le déluge. Después de mí, el diluvio.
Y es en estos momentos de zozobra cuando un vistazo a la esencia del club es más pertinente que nunca. Una esencia resumida en que, cuando alguien ya no puede servirle más, por el paso del tiempo, por el desgaste, por lo que sea, el Madrid le dice adiós. Y no se detiene en demasiados homenajes, sean para el mejor presidente de la historia o sean para su máximo goleador de todos los tiempos, al que este presidente, por cierto, le dijo: «Si te quieres ir, trae 100 millones». Y se fue. Sin sentimientos. Sin sobreactuaciones. El presidente aplicó ahí la naturaleza con la que ha dirigido a un Madrid que, como siempre, no se detuvo. Siguió ganando. Porque Cristiano no fue el primero.
Florentino Pérez señala al auditorio.EFE
Santiago Bernabéu falleció a los 83 años, cuatro más de los que tiene el actual presidente, a causa de un cáncer. Lo hizo en el cargo, que detentó durante 35 años, convertido en un «líder moral», como lo define Del Bosque. Florentino siempre lo ha citado como su alter ego y ha replicado o mejorado algunos de sus logros, con siete Champions en lugar de seis Copas de Europa, pero como líder empresarial, no moral. La presidencia de Bernabéu no fue ajena a polémicas, incluso a enfrentamientos con el Régimen, fuera por la creación de la Copa de Europa o la construcción del estadio, ni a los problemas económicos que acompañaron su final. Pero se fue, y el Madrid siguió ganando.
La mayor de todas esas polémicas fue la que acabó con Di Stéfano fuera del Madrid. El argentino era la primera piedra sobre la que se edificó un imperio. Pero tras las cinco primeras Copas de Europa, la derrota en la final de Viena ante el Inter, en 1964, provocó que Di Stéfano criticara la táctica del entrenador, Miguel Muñoz. Bernabéu no lo toleró: «Que este hijo de puta no vuelva». El argentino no regresó al Madrid hasta después de su muerte. Y el Madrid siguió ganando. Por cierto, cuando Vinicius cuestionó el cambio de Xabi Alonso en el clásico, el que estaba en el camino de salida era ya el entrenador.
MÁS ACIERTOS QUE ERRORES
Con aquella decisión, Bernabéu estableció un principio que no llegó a sufrir porque jamás lo transgredió, pese a cometer errores como despreciar el fichaje de Johan Cruyff. El propio Muñoz fue alguien de quien también prescindió en un agrio final del técnico. Y el Madrid siguió ganando. Florentino ha utilizado ese principio, el del Madrid primero, con mano de hierro frente a otras leyendas del club como, queda dicho, Cristiano, Casillas o hasta Ramos. Entendió que, pese al coste emocional, era lo adecuado para el Madrid, y los aciertos fueron mayores que los errores. Sin embargo, la impresión es que no está dispuesto a hacer, hoy, ese análisis consigo mismo, ni es fácil que lo hagan en un club donde ha desaparecido la masa crítica: el florentinismo puede ser más radical que Florentino. Basta con escuchar a Arbeloa.
Los paralelismos pueden encontrarse, asimismo, en otros clubes. José Luis Núñez, que presidió el Barcelona durante más de 20 años, guarda muchos con el dirigente blanco. También constructor, llegó a un Barça en bancarrota y lo salvó económicamente. Fichó a los mejores jugadores del mundo, Maradona o Schuster, y se jactó de que el Barça era más importante que Cataluña. La palabra que más repetía era «soci»; la que más dijo Florentino en la rueda de prensa fue «socios». Para ambos fue la coartada de su poder, pues es fácil manejar Asambleas paniguadas.
LA IMPORTANCIA DEL BERNABÉU
El dirigente blanco, a su llegada, dominaba el tablero de las grandes operaciones del fútbol, uno de los escenarios donde hoy es apreciable su pérdida de influencia y reflejos, como si su tiempo hubiera pasado. La Superliga, que intentaba emular la creación de la Copa de Europa con Bernabéu como impulsor, fue la prueba, el gran fracaso estratégico.
La intención de Pérez no es abandonar el Madrid. Al contrario, pretende reforzarse mediante la voluntad expresada por las urnas y enrocarse. A su favor, que no existe una oposición activa y organizada, aunque él teme que pueda articularse al amparo de dos años en blanco, sin títulos, y algún mecenas que ponga el dinero del aval. La democracia del Madrid es autocracia económica. Hasta que eso se concrete, a nada temen tanto los presidentes como a su propio estadio, desde Núñez o Gil a Florentino. No es el Senado, representado por Asambleas controladas. Es el Coliseo ingobernable. La verdadera democracia está, hoy, en el Bernabéu, que mira su historia y concluye que nadie es más importante que el Real Madrid. Tampoco Florentino Pérez.