El aficionado ‘neutral’ se pasó las 24 horas entre el sensacional PSG-Bayern y el Atleti-Arsenal haciendo de menos a la segunda semifinal. El aficionado ‘neutral’ tuvo el partido que anunciaba, un partido táctico definido por dos penaltis, el que adelantó a los gunners un penaltito de esos que te recuerdan dónde está el poder. El aficionado ‘neutral’ no se entera. El aficionado ‘neutral’ que criticaba era, curiosamente y en su mayoría, hincha de un equipo al que se ha cargado el Atleti dos veces este curso y de otro que no vio pasar hace un año a un Arsenal peor que el actual. El aficionado ‘neutral’ no importa nada, es un mero cliente en un deporte donde lo único trascendente es el sentimiento.
La gente que ve al fútbol por el espectáculo es necesaria. Lo pienso cada vez que, antes de los partidos, veo a decenas de cataríes, japoneses y venezolanos salir de la tienda del Metropolitano cargados de bolsas de a 100 euros la pieza. Son necesarios porque pagan los fichajes de Lookman y Pubill aunque no los reconocerían si coincidieran con ellos en el ascensor. Son plancton. Alimentan, pero son intrascendentes. ¿A cuántos de los cientos de miles de hinchas de Atleti y Arsenal, de esos que hoy se acuestan aún temblando, les importa un comino que un tipo en Denver se haya divertido? A ninguno. Si ahora me cruzo con uno de esos y me dice que se ha aburrido, acabo en comisaría. El fútbol de élite no son highlights.
Si la Champions, ese sueño maldito que el Atleti no suelta, es gigante no es por lo que divierte sino por lo que emociona, por lo que exige, por lo que duele. Los del Cholo, inferiores en lo individual pero impecables en lo competitivo, se levantaron en una segunda parte admirable ante un rival que cada jugador que sacaba del banquillo valía 100 millones y un árbitro loco por la música (inglesa).
El aficionado rojiblanco dormirá pensando en el palo de Griezmann, las de Lookman, el tiro de Nahuel… pero, sobre todo, dormirá soñando con Budapest. Noche tras noche hasta el martes. Porque está ahí, a un cara o cruz en Londres. Y, pase quien pase, el aficionado ‘neutral’ verá a uno de estos dos estupendos equipos en la final. Así debe ser porque el fútbol es mucho más que un show. Si quiere espectáculo, que se vaya al zoo, que hay monos y focas. A Budapest ya irán otros. Bien orgullosos.
Quien no ha tenido una pareja o un amante que siempre llega tarde, que te desespera en la espera. Cien veces decides irte y cien veces decides quedarte, porque crees que el final de la noche será único. Cuando no acude, lo maldices, pero sabes que volverás al mismo lugar, con la misma excitación, en la siguiente cita. Esa pareja o amante es el Madrid. Lo saben todos los que formaron la larga procesión secular al Bernabéu, esperanzados en una remontada que esta vez no se produjo, porque la cita exigía pasión, claro, pero a las mejores pasiones las acompañan las caricias, y nadie del Madrid se las ofreció a la pelota. El Arsenal lo hizo lo justo, suficiente no sólo para pasar a semifinales de la Champions, también para ganar en el Bernabéu. El Jueves Santo no va a impedir las maldiciones, aunque el fútbol tenga querencia por las estaciones de la Semana Santa: martirio y resurrección. El creyente Ancelotti tiene difícil la segunda. Ha empezado su via crucis. [Narración y estadísticas (1-2)]
El entrenador había hablado, entre medias sonrisas, de la cabeza, el corazón y los cojones. La máxima de las cuatro C la acuñó Seve Ballesteros. Ancelotti se olvidó de citar la primera: la calidad. El Madrid no la encontró en ningún momento, como si esta vuelta de cuartos fuera la metáfora y la hipérbole, ambas a la vez, de la temporada. La sobreexcitación no ayudó. De hecho, el Madrid empezó el partido por el final. Necesitaba tres goles para igualar la eliminatoria, tres goles en 90 minutos, y escogió la montonera. Está bien algo de descontrol, pero si es para descontrolar al contrario en la salida de toriles, en un arranque a fuego. Pasado ese tiempo, es necesario el juego.
El problema no es que el Madrid no lo encontrara en el Bernabéu, es que prácticamente no lo ha hecho en toda la temporada. El choque fue el collage de todos sus problemas estructurales a los que Ancelotti no ha encontrado solución desde la marcha de Kroos. La entrada de Modric, tardía, no sirve de nada porque no es el mismo Modric, y porque el croata no siente ya la jerarquía de antaño. Ceballos pasa por el centro del campo como unos padres por la habitación de un adolescente. Pone las cosas en su sitio, nada más.
Demasiados centros
Esta eliminación, esta derrota y esta impotencia va a pesar sobre la figura del italiano, cuando al via crucis le quedan dos paradas decisivas: la final de Copa y el clásico en Montjuïc, ambas ante el Barcelona, con ventaja en la Liga. Después de haber perdido ya dos este curso ante los azulgrana, el mayor aliado del Madrid es la estadística, porque es difícil perder cuatro. Ese Barça necesitaba un estímulo nuevo en el vestuario la temporada pasada y lo encontró. A Florentino Pérez le corresponde reflexionar acerca de si lo necesita el Madrid, con todo el respeto por el entrenador que más títulos ha ganado en la institución. Difícil análisis.
Ancelotti optó por lo esperado, con Valverde en el centro del campo, aunque ello supusiera dar el lateral a Lucas Vázquez. Pese a sus lagunas defensivas, fue de los más activos en su despliegue ofensivo, aunque una vez en los tres cuartos, el Madrid abusó de los centros, frontales muchos de ellos y fáciles de defender para el Arsenal. Ni un balón comprometido tuvo que sacar Raya de la portería del Arsenal en todo el primer tiempo. Courtois, en cambio, detuvo un 'penaltito' cometido por Asencio, cantado como un gol en el coliseo blanco, a Saka, un Panenka confundido, y otro disparo cruzado de Martinelli tras una contra.
Poco más hicieron los de Arteta, a la espera de que pasaran los minutos frente a la frustración blanca. Es el equipo de la Premier menos goleado, el que mejor defiende. Se siente cómodo en esa situación. La impresión es que mostró menos de lo que tiene, porque no lo necesitó, en el aspecto ofensivo. En una de sus triangulaciones se encontraron Odegaard, Mikel Merino y Saka para elevar sobre Courtois y redimirse del penalti. El efecto psicológico, pasada la hora, lo emborronó el propio Arsenal, con un error de Saliba que ofreció el gol a Vini.
Los futbolistas del Arsenal festejan el 1-2 en el Bernabéu.EFE
Nada cambió, en realidad, porque no había ideas con que cambiarlo, mientras el Arsenal, inteligente, intentaba jugar más tiempo en campo del Madrid, alejarlo de su área y refugiarse en largas posesiones. El control que pretendía Ancelotti, sin conseguirlo pese a dar entrada a Ceballos o Modric, lo tuvo siempre Arteta, un entrenador español de nueva generación que se presenta a lo grande en el mejor escenario posible. Martinelli culminó, a la contra, lo que el juego decía. Sólo se trataba de esperar el momento.
A Arteta le aguarda el PSG de Luis Enrique. El PSG en el que ya no juega Mbappé, que llegaba después de una patada de impotencia ante el Alavés. La impotencia continuó. El francés vino para ganar Champions después de ganar todo el dinero posible. Tendrá que esperar. Se movió por todas partes, pero sin la precisión adecuada, y dejó el campo lesionado. Tampoco acometió escaladas individuales, como intentó Vinicius desde el inicio, pero siempre perdedor frente a Timber, Saliba o Declan Rice, goleador en la ida y pletórico en la vuelta. La cruz que porta Ancelotti es también su cruz.
El Atlético amagó con lograr el título con un partido de desempate en 1974, estuvo a segundos de conseguirlo en 2014 y un poste le privó de hacerlo en 2016. El Arsenal ha visitado el último escalón sólo en una ocasión, pero una tempranera expulsión de Lehman, su portero, fue el primer clavo de su ataúd ante Barcelona de Rijkaard. Fue aquella Champions League de 2006 que Messi no celebró porque un desgarro le sacó de la convocatoria y él decidió quedarse en el vestuario.
Ganar una Champions es muy difícil. Comprende una cantidad de intangibles entre los que están, además del juego, la suerte, el estado anímico y, claro, la historia. "La historia la queremos hacer nosotros", dijo Julián Álvarez sobre la aún lejana posibilidad de alcanzar el partido de Budapest. "No sé si pesa en ese ámbito, pero creo que tenemos un buen equipo, hemos hecho un buen campeonato", respondió, por su parte, Piero Hincapie, lateral del Arsenal.
Es el duelo hispanobritánico una semifinal de aspirantes, de equipos que han rozado la gloria. Los rojiblancos son los que más veces la han disputado sin haberla conseguido, lo han hecho las tres mencionadas. Dos subcampeonatos tienen el Reims y el Valencia y con uno hay 18 equipos, entre los que está el propio conjunto inglés.
Rice, en el entrenamiento previo al duelo con el Atlético.AFP
La estadística que debe servir de acicate a ambos es que hay más ganadores de Champions que finalistas que nunca la han conseguido. Son 24 equipos los que han logrado la Orejona, con el PSG como último en hacerlo y salir del grupo de aspirantes. El Bayern, rival de los franceses en la otra semifinal, la ha conquistado en seis ocasiones, pero ha perdido cinco finales, las mismas que el Benfica. El club que más ha perdido es la Juventus, con siete.
"Es lindo soñar, por qué no pensar en eso, siempre pensamos en positivo. ¿Por qué no soñar si no cuesta nada?". Es Nico González un hombre de fe, un futbolista que nunca ha vivido las decepciones que sí han sufrido tanto Diego Simeone como Koke Resurrección. La segunda casi hace que el técnico argentino abandonara su puesto por el duro golpe sufrido. De hecho tuvo que ir el propio Miguel Ángel Gil a Buenos Aires a ayudar al Cholo para superar un "duelo" del que no se habría repuesto. "Ahí interpreté que no había manera (de dejar al Atlético) venga quién venga. En ese momento hubo novias que querían seducirme", reveló Simeone en una entrevista al club.
El pasado y el fútbol son dos elementos crueles, que no pagan siempre, que no son justos y que no deben nada a nadie. Así lo ven los rojiblancos. "No siento que se le deba una Champions al Atlético. El fútbol no te debe nada, la vida no te debe nada", apuntó Llorente, que, curiosamente, sí ganó una Champions en 2018, pero como jugador del Real Madrid. Precisamente, fueron los blancos los dos últimos verdugos del Atlético, en 2014 y 2016, mientras que el papel de villano en 1974 le tocó al Bayern Munich, que arrasó al equipo de Adelardo y Reina en el partido de desempate por cuatro tantos en el mítico estadio de Heysel, en Bélgica.
Griezmann remata de cabeza en un entrenamiento.AFP
Tampoco Oblak, uno de los capitanes de la plantilla, y sufridor de una de las dos finales perdidas en la época del Cholo, cree que Europa es un deudor del Atlético. "El fútbol no lo veo así, lo que debe o no debe. La vida no siempre es justa y si piensas así, a cada uno de nosotros le falta algo. Estamos vivos y con opciones de pelearlos", dijo el probable portero titular en esta eliminatoria ante un Arsenal que no es el equipo que arrasó a los rojiblancos en el Emirates en el pasado octubre.
Un Arsenal diferente
Están los ingleses en un periodo convulso de su temporada. Los gunners han dilapidado 12 puntos de ventaja en la Premier ante el Manchester City y, aunque no han perdido ningún partido en esta Champions, han mostrado signos de debilidad ante el Sporting de Portugal en los cuartos de final. "Tenemos que vactuar como si ahora hubiéramos empezado la liga y volver a nuestros inicios, que hicimos un buen trabajo desde el principio", ha pedido Hincapie, que también añadió que es consciente de que las cosas se "vuelven difíciles" tan pronto avanzan las competiciones.
Uno de los dos volverá a tener una oportunidad de cumplir un sueño, aunque Simeone quiere bajar el suflé: "Soñar está bien, pero la realidad es lo que pasa en la tierra". Koke, el otro futbolista que tiene la doble herida europea espera que se puedan restañar las suyas y la de Griezmann. "Si se puede despedir con la Champions sería increíble para todos. Más allá de su despedida, es nuestra máxima motivación", concluye.