Pilar Pasanau, la primera española en dar la vuelta al mundo en vela en solitario: “Tenía alucinaciones, oía voces en mitad del océano”
Hay una pregunta que Pilar Pasanau se hizo en algún punto del Índico, noche cerrada y piloto automático, que resume qué es navegar completamente sola durante más de un año: ¿Quién me está llamando? «Tuve alucinaciones auditivas. Alguien me estaba llamando, decía mi nombre. Sabía perfectamente que no había nadie, pero escuchaba voces igual», reconoce con la naturalidad de quien cuenta algo rutinario. «Antes, en otras regatas largas, ya había tenido alucinaciones visuales. Veía tierra cuando todavía estaba muy lejos. Es el efecto del cansancio y la falta de sueño, no es algo tan raro».
Pasanau tiene 57 años y acaba de completar la Mini Globe Race: más de 50.000 kilómetros alrededor del mundo, en solitario, hacia el oeste, en un barco pequeñísimo, de apenas 5,80 metros de eslora. Tardó 190 días y 16 horas. Llegó cuarta, a 19 horas del tercer puesto. Y se convirtió en la primera mujer española en terminar una regata de vuelta al mundo sin ayuda. «Eso son solo estadísticas. Yo navego por amor, no por palmarés», proclama, aunque también es cierto que luchó con todas sus fuerzas por subirse al podio.
- ¿Cuántas horas dormía?
- El primer día intenté no dormir para marcar diferencias. Luego, cuando me metí en el grupo de delante, dormía al caer el sol, porque de día me cuesta un montón. Al final me acostumbré a un horario, a una especie de rutina. El cuerpo se adapta a todo. Mira, cuando acabé una etapa y desembarqué en las islas Marquesas, en la Polinesia Francesa, me agarró un mareo brutal justo al pisar el muelle. Me tuve que tumbar en el suelo. Me había habituado tanto al movimiento del barco que había perdido el equilibrio en tierra.
- ¿Qué comía?
- En puerto compraba fresco: verduras, fruta... Luego intentaba cocinar algo. Cuando llevas un año con conservas y liofilizado, el estómago al final te lo rechaza. Había días que no me apetecía nada, que no podía. Me obligaba a comer. Tampoco soy muy comedora; por ejemplo, al acabar cada etapa no tenía caprichos en ese sentido. Lo que más deseaba era una ducha con agua caliente y una cama seca que no se moviera.
El aviso de piratería en Indonesia
- ¿Cuál fue el tramo más duro?
- En el Pacífico estuve 40 días sin pisar tierra, pero es un océano que casi no tiene barcos, no hay tráfico, podía descansar. Fue más complicado el Índico, por ejemplo, porque hay muchísimos cargueros y cambios de tiempo radicales. En Indonesia hubo una alerta de piratería, pero se quedó en nada. En realidad casi fue peor el prólogo, la etapa de calificación. Fuimos del sur de Portugal a Lanzarote, no conocía el barco y lo pasé fatal. Había estado centrada en arreglar el barco y buscar patrocinios, y cuando me eché a la mar no entendía nada. Se me cayó el spinnaker, lo rompí. Pensé: ¿qué hago aquí? Incluso quise dejarlo, pero al llegar me dijeron que había llegado segunda y eso me picó el orgullo para seguir.
- ¿Cómo se distraía?
- Con un Starlink tenía conexión a internet la mayor parte del tiempo, aunque apenas la utilizaba. Al principio me ponía música, pero luego dejé de hacerlo. Principalmente leía; me leí hasta 30 libros, de todo tipo: novelas, ensayos sobre karma o yoga ashtanga.
Pasanau fue capitana de la marina mercante durante años. «Es como tener dos vidas paralelas: una en el mar y una en tierra», recuerda sin ánimo de regresar. El último trabajo fue estresante. Un episodio con piratas en Malabo, Guinea Ecuatorial, acabó de inclinar la balanza. Decidió dejarlo. Ahora es autónoma del mar: skipper, docencia náutica, lo que llegue.
Tiene una deuda importante porque completar la Mini Globe Race cuesta unos 120.000 euros y los patrocinadores no llegaron para todo. El barco que utilizó, el Peter Punk, está ahora en Antigua, con el compromiso de que alguien lo traiga a Barcelona para venderlo. «Esa etapa se ha terminado. No lo voy a hacer otra vez», proclama, aunque ya tiene nuevos proyectos, como mínimo un par. El otro, para 2030, es la vuelta en solitario hacia el este, la dirección normal. «Tenemos más mar que tierra en el planeta», concluye. «¿Por qué no aprovecharlo?»





























