Messi debe ser eterno para Argentina. Nadie osa jubilarlo y, como él sabe que el final se acerca, ha decidido volver a disfrutarlo como aquel niño que arrancó en un potrero en Rosario. Tiene un idilio con los dioses del fútbol, conoce sus códigos, cuándo te alienta, cuándo te pone a prueba y cuándo te manda para casa. El 10 no siente que esté para alejarse. Cómo lo va a hacer si en un partido a una semana de cumplir los 39 años se endulza con su primer hat-trick mundialista y hace caer de un plumazo un sinfín de registros históricos. [Narración y estadísticas: 3-0]
Argentina se ha postrado a sus pies. Sí, Argentina, no la selección, todo el país. Eso es lo que canta la grada que le acompaña en este último baile. Scaloni ha creado en torno a él un ecosistema perfecto para su supervivencia, jugadores que se parten el alma por él sin rechistar, entendiendo lo que necesita "para hacer que se sienta cómodo", decía Alexis McAllister. Porque cuando uno tiene al lado a un Dios, solo tiene que creer en él con una fe ciega, y Messi lo devuelve llevándoles a la gloria. Fueron tres goles que, sin ser 9, le colocan como máximo goleador histórico con 16 tantos igualado con Miroslav Klose.
El capitán salió sonriendo al campo y se fue provocando las lágrimas de felicidad de Scaloni y, con él, todo su país. El fútbol en general. En esta Copa del Mundo no hay presión ni deudas históricas que cobrarse, hay que disfrutar. Para eso se juega, lo mismo en un partido entre amigos que en un Mundial. Al final eso es lo que hace Messi, jugar entre amigos y, por eso, anoche en Kansas fue más Leo que Messi.
Eran 200 partidos con la camiseta albiceleste, 27 en campeonatos del Mundo y, aunque las carreras ya no puedan ser tantas, la cabeza y el toque no lo pierde. En el minuto cinco la cazó un pase de Lautaro Martínez para batir a Luca Zidane. No subió al marcador porque el goleador del Inter estaba adelantado, pero fue una señal de por dónde quería el 10 llevar el partido ante una Argelia que, lejos de encerrarse, se alejó del área y trató de inquietar. Por eso Mazza, el medio del Leverkusen, encontró la orilla izquierda del área a Chaïbi para cruzar un disparo que atajó Dibu Martínez, titular con su falange fracturada. Tampoco subió al marcador, aunque enseñó que los argelinos querían partido.
Antes de que nadie se inquietara, apareció De Paul, el escudero, para enhebrar un balón buscándolo que no llegó a atajar Boudaoui y que hizo regresar a las dulces sensaciones del mejor futbolista del siglo XXI. Messi se giró, encaró hacia la frontal e hizo lo que todo el mundo esperaba, armar un zurdazo que dobló las manos de Luca Zidane. El Arrowhead, como si fuera Rosario, se vino abajo. Y entonces desapareció Messi, la estrella, y apareció Leo. Exteriorizó lo que ese gol significaba y se le escaparon las lágrimas. Sexto mundial, a una semana de cumplir los 39 años, jugando en el Inter Miami, marca por quinta vez en una Copa del Mundo, iguala a Cristiano, y sobre todo, constata que aquel estado de gracia que nació en el estadio Lusail de Qatar sigue vivo. Con Messi, Argentina quiere la cuarta.
Lo entendió hasta el colegiado Szymon Marciniak que le perdonó la amarilla, con destellos naranjas, cuando pisó a Mandi a la media hora. En ese momento, ya se movía por el campo a su antojo, sin defender, mirando las jugadas en el área de Emiliano Martínez desde lejos, pero siendo la brújula que catalizaba el juego y hacía rugir al estadio. Con él en el campo, quienes visten la camiseta de las rayas albicelestes se sienten superhéroes.
Argelia no se rindió y, cuando se encaraba el descanso, le arrebató la comodidad a Argentina. Sin pelota, hay que correr más. Chaïbi, el extremo del Eintracht, se convirtió en un problema para la espalda de Montiel y para Cuti Romero e hizo atajar al Dibu, poniendo a prueba su dedo facturado.
Pero el fogueo se acabó en el arranque de la segunda mitad. Luca Zidane puso una mano abajo para sacarle al segundo a Lautaro Martínez, sin saber que lo peor estaba por llegar.
El banquillo argentino había taponado el hueco que dejaba su equipo en la banda derecha, con Molina por Montiel para frenar a Chaïbi, y buscó la pólvora de Julián Álvarez. Pero a Messi, ni tocarlo. En el minuto 60 se entendió por qué. Él sacó un córner rechazado por la defensa argelina, pero recuperado para armar un disparo por McAllister. Zidane paró, pero escupió la pelota al punto de penalti donde apareció Messi para rebañarla. Un gol de killer que le colocaba en el mismo pedestal que Ronaldo Nazario. Con eso parecía que iba a ser suficiente, pero aún probó con un tiro lejano, reclamó un penalti y se permitió una conducción impecable para, tras una pared con Nico González, lograr un triplete legendario. Nunca había marcado un hat trick en un Mundial y, desde anoche, comparte cajón Guillermo Stábile (1930), Gabriel Batistuta (94 y 98) y Gonzalo Higuaín (2010). Daba igual lo que ocurriera en el partido a partir del minuto 80, cuando Scaloni lo mandó descansar. Había demostrado de sobra que Leo Messi no cede la corona.