Si una afición pita hasta el éxtasis a Kylian Mbappé, el mejor jugador del mundo, que ha marcado 41 goles en 41 partidos, está todo dicho. Eso no lo he visto nunca en ningún lugar del mundo. Por tanto, la afición tiene lo que se merece: un fracaso.
La intoxicación mediática para ganar notoriedad a base de machacar al astro francés roza el pecado mortal. Creo que anoche Mbappé disputó su último partido con el Real Madrid. Probablemente lo veremos en Inglaterra, donde no se pita a los propios, incluso cuando rinden por debajo de lo esperado.
La desconexión de Mbappé comenzó cuando, en un error histórico, Florentino Pérez nombró entrenador a Álvaro Arbeloa. El técnico —apodado "el espartano"— percibió pronto que Mbappé no estaba cómodo con él y el jugador asumió que se encontraba ante el peor entrenador de su carrera. La apuesta se volcó entonces hacia Vinicius Júnior.
Es probable que Arbeloa presuma algún día de haber sido el técnico que dejó varias veces en el banquillo a Mbappé. Una decisión mezquina y difícil de justificar. El bochorno es mayor si se añade la ausencia total de autocrítica por parte del presidente, pese a los "logros" de su técnico: eliminación de la Copa, de la Champions y de la Liga. Un balance difícil de defender.
Al menos, la sensación es que queda poco para poner fin a esta etapa. El equipo transmite una imagen preocupante: juego lento, sin ideas, sin estructura táctica ni imaginación.
El Oviedo, sin ir más lejos, dejó espacios y distancias que cualquier rival de mayor nivel habría castigado con severidad. El partido se convirtió casi en una despedida encubierta de Santi Cazorla en el Bernabéu, mientras el jugador se abrazaba con todo el mundo, incluidos utilleros, en una escena más emocional que competitiva.
Queda poco para que termine esta pesadilla, aunque una vez más Florentino Pérez logra escapar de la crítica directa. Sus dos últimas temporadas también quedarán para el recuerdo.
Cabría preguntarse si Emilio Butragueño sigue considerando a Florentino ese "ser superior" que una vez proyectó. La imagen reciente del presidente —nerviosa, desbordada y hasta grotesca— dista mucho de la que en otro tiempo imponía respeto.
Incluso ha dado alas a figuras emergentes como Enrique Riquelme, al que algunos descalificaban por su acento sudamericano y que ahora se atreve a dirigirse de tú a tú al presidente para pedir más tiempo y reclamar espacio.
El trasfondo de las recientes intervenciones públicas de Florentino, especialmente entre martes y miércoles, ha reabierto además un viejo conflicto empresarial entre ACS y Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola.
Todo se remonta a cuando la empresa de Florentino intentó entrar en el capital de Iberdrola. Tras varios procesos judiciales, ACS no logró acceder al consejo de administración. Ahora, en un giro llamativo, Riquelme —impulsado por su éxito en el negocio de las energías renovables en México junto a Galán— aparece como figura emergente con influencia creciente.
También ha ganado peso en ese entorno David Mesonero, mano derecha de Galán y casado con Inmaculada Galán, la hija mayor del presidente de Iberdrola. El movimiento apunta a una estructura cada vez más sólida en torno a la eléctrica.
En ese contexto se entiende el tono agresivo de Florentino en sus últimas apariciones: percibe una amenaza real de incursión en el Real Madrid por parte de este entorno empresarial. Una suerte de revancha histórica: ACS intentó en su día influir en Iberdrola, y ahora el movimiento podría ser inverso.
Florentino es consciente de que estos grupos manejan recursos suficientes —más de 200 millones de euros— para aspirar a la presidencia del club, aunque carecen todavía de una estructura deportiva consolidada.
El presidente defiende su posición con uñas y dientes, apelando constantemente a los socios como propietarios del club. Sabe que lo que está en juego no es solo la presidencia, sino el control de un negocio gigantesco y, sobre todo, el legado de su gestión.
El temor es claro: que los llamados "iberdrolos" puedan alterar el modelo del club, incluso abrir la puerta a escenarios que hasta ahora el madridismo ha rechazado, como fórmulas de propiedad más abiertas o mercantilizadas, al estilo de otros grandes clubes europeos.
Pese a la tensión, Florentino cuenta con un poderoso respaldo: su posición en ACS, una empresa con una cartera que roza los cien mil millones de dólares. En última instancia, como siempre, la historia la escriben el dinero y el poder.