Josimar Dias 'Vozinha' es el nombre propio del empate de Cabo Verde ante España. Siete paradas. Ferran Torres, Oyarzabal, Laporte... se toparon con el guardameta caboverdiano. MVP del partido. 40 años, sin equipo tras acabar contrato con el Chaves portugués, con un valor de mercado de 50.000 euros y un crecimiento en redes sociales digno de la máxima exposición del Mundial.
"Trabajamos mucho para conseguir esto. Sabíamos que jugábamos con una de las mejores selecciones del mundo, pero también conocemos nuestra calidad. Estamos muy contentos", aseguró tras el partido en Dazn.
Un Vozinha que suma 89 partidos internacionales con Cabo Verde y que, a sus 40 años, fue titular en el primer partido de la historia de su país en un Mundial. Y, con España delante, una de las favoritas a ganar el título, firmó una actuación que le puso en el mapa.
Siete paradas. Tres de ellas de mérito. A Ferran Torres y Oyarzabal sacando la mano arriba y a Laporte estirándose abajo al palo largo para rozar el balón con la yema de los dedos para sacar el balón a córner.
Figura principal del 0-0 con el que España tropezó en su primer partido del Mundial y en el que Cabo Verde hizo historia.
Valdano
"Mi padre quería llamarme Valdano, por Jorge Valdano. Pero las autoridades no lo permitieron", contó el guardameta a ESPN antes del torneo.
Nació el 3 de junio de 1986 en Mindelo, Cabo Verde, y recorrió un camino en el fútbol singular. Salió de su país para jugar en Angola, Moldavia, Portugal, Chipre y Eslovaquia. En 2012 debutó con la selección absoluta de Cabo Verde y en su partido número 89 fue el 'MVP' en un Mundial.
Actuación que firmó sin tener contrato para la próxima temporada. Finalizada su vinculación con el Chaves, de segunda división portuguesa, no tiene firmado ningún acuerdo para continuar en un club cuando acabe el Mundial.
Su valor de mercado, según la web especializada Transfermarkt, 50.000 euros, en el grupo de menor valor de jugadores del Mundial.
Un valor decreciente que contrasta con su exposición en redes sociales. De poco más de 200.000 seguidores antes del partido a rozar los dos millones en su cuenta oficial de Instagram instantes después del encuentro. Vozinha, héroe de Cabo Verde a los 40 años.
«Empezar bien un torneo es muy importante para ganar en confianza y tranquilidad, pero si no es así, calma». Fueron premonitorias las palabras de David Raya el sábado. España cedió un empate ante Cabo Verde que nadie esperaba. Y lo hizo mostrando debilidades donde más cualidades tiene: en ataque. Finura, acierto, claridad, cada jugador lo definió a su manera pero, aunque intentaran disfrazarlo elogiando el partido de los africanos, la decepción era muy evidente. España, por primera vez desde que Luis De la Fuente armó este grupo, se enfrenta a un dilema, cuanto menos, emocional. La selección se había construido a raíz de un desastre en Escocia en marzo de 2023 y, desde ese momento, sumaba victorias y títulos: una Nations League a los pocos meses y una Eurocopa después. Incluso una final más, que se llevó Portugal en penaltis. Pero una decepción de este calibre no se recordaba desde Qatar.
Aquel duelo de octavos de final supuso la eliminación de España en la tanda de penaltis ante Marruecos, encerrado como Cabo Verde para ahogar el juego que, entonces, proponía Luis Enrique. Desde entonces, la selección no había vuelto a empatar a cero en un gran torneo y solo Serbia fue capaz en septiembre de 2024 en el pequeño Maracaná de Belgrado de dejarla sin goles, en este caso en la clasificación para la Nations League. Ese golpe no fue importante, aunque fuera el primer partido en que lució como campeón de Europa, y ahora ante Cabo Verde necesita digerir este golpe.
Las incontables ocasiones de la Selección para marcar gol en el España 0-0 Cabo Verde del Mundial 2026EL MUNDO
«No sé cómo nos va a condicionar este empate. No nos genera ansiedad, porque somos profesionales. Nuestro planteamiento ante Arabia iba a ser el mismo aunque hubiésemos ganado. Los cálculos matemáticos que se hacen no se suelen dar», advirtió Unai Simón, que considera el partido como «extraño». No es normal que España se mostrara tan atascada y fallona. Para muestra un dato: Oyarzabal, máximo goleador de la España de Luis de la Fuente y 9 indiscutible, no tocó un balón hasta pasado el minuto 30, algo que no pasaba en un Mundial desde 1966.
Gavi, junto a Moreira, durante el partido.AP
«A todos nos viene a la cabeza que este partido lo teníamos que haber ganado. Pero es que el fútbol es así. No recuerdo el último partido en el que no marcamos, porque siempre lo hacemos», insistió el guardameta, que en este debut se enteró de su titularidad dos horas antes.
Habrá quien mire al planteamiento del seleccionador, a la elección del once, al momento de los cambios y la decisión de no mandar a Lamine Yamal al campo hasta el minuto 70, cuando el equipo empezó a ser presa de la precipitación y el individualismo. Aún así, sus jugadores creen en él. Ni Oyarzabal ni Rodrigo ni Unai Simón se atrevieron a matizar ni una sola decisión del seleccionador, al que se le vio en una imagen insólita: en charla continua con su segundo, Juanjo González. Como si les costara encontrar la solución al atasco que les estaba creando Cabo Verde. «El planteamiento ha sido el correcto. Solo nos ha falto finura en el área y ajustar en los minutos finales, cuando ya estábamos volcados», dijo el meta vasco. «La lección es que hay que meterlas», resumió Rodri.
En la misma línea, De la Fuente. «Son muy organizados y se han metido los diez en la frontal del área. Nos ha faltado circulación para desequilibrar, pero cuando no quiere entrar, no entra. Aquí cuesta mucho ganar», admitió el riojano, que bien podría haber llevado el mismo parche de debutante que lució en la manga Lamine Yamal, el ídolo que esperó todo el estadio hasta el minuto 70.
En el primer balón que tocó, ya lanzó un aviso a Sidny Lopes Cabral de lo que le esperaba, lo que Bubista, el seleccionador rival, entendió. Sacó del campo al lateral del Benfica, que había visto una amarilla en la única falta de Cabo Verde en todo el partido. Así de limpios fueron y así de poco les exigió España.
Una España que queda en una posición incómoda y que debe afrontar la situación inédita de pegar un patinazo indisimulable y, por tanto, asumir sus consecuencias. La incógnita es saber cómo va a digerir la concentración un mal inicio de Mundial, uno más, que abrirá múltiples debates y generará un clima no tan benévolo con el equipo como el que merecidamente ha tenido hasta ahora en virtud de sus resultados.
Habrá muchas críticas, y desde el viaje que por carretera completaron ayer para volver a Chattanooga la expedición ya trata de ordenar las ideas para unificar el mensaje de ahora en adelante. En Sudáfrica, en 2010, el Mundial con el que tanto se compara a este equipo, tras la derrota contra Suiza hubo tambores de guerra y la voz conciliadora de Vicente del Bosque ayudó a reconducirlo todo sin un grito más alto que otro. En los próximos días será fácil comprobar qué línea adopta el equipo ante una novedad como la que producirá el empate de ayer.
Más intensidad que buen juego en Seattle en este inicio del grupo G de dos de las selecciones que, teóricamente se repartirán los dos primeros puestos. Laureles de duelo clásico, pero fútbol espeso en el que dos acciones aisladas valieron los tantos, uno en cada tiempo. Lukaku devolvió la pujanza a una Bélgica que se quedó sin fuelle ante una Egipto que dispuso de más ocasiones claras. [Narración y estadísticas, 1-1]
Son las eternas promesas en los grandes Campeonatos Mundiales, más los belgas que los egipcios, pero en el fútbol se sigue esperando un golpe encima de la mesa. Ambas llegan invictas de las fases de clasificación y aunque el combinado de Salah ha mostrado su potencial en repetidas ocasiones en la Copa África, con siete entorchados, sus apariciones en los Mundiales se saldan con 0 victorias.
Los diablos rojos en cambio, han amagado con triunfar con más ahínco tanto en Eurocopas como en Campeonatos del Mundo. Fueron terceros en Rusia 2018, con Lukaku, aún superviviente en esta selección de Rudi García, como máximo goleador con cuatro tantos. En este primer duelo del grupo G, el técnico francés, en cambio, optó de inicio por la movilidad de De Ketelaere con De Bruyne por detrás.
Bélgica mostró desde el inicio que tiene algo más que Egipto. Doku y Trossard son un incordio por las bandas y Onana abarca mucho campo en medio. La vuelta de Courtois, además, les otorga una seguridad bajo palos que les permite crecer de abajo a arriba. No obstante, Salah y Marmoush tienen la suficiente calidad como para incordiar a cualquier defensa mundial como mostró el ex del Liverpool sacando una pronta amarilla a Castagne.
Los egipcios celebran el tanto inicial.Manu FernandezAP Photo/Manu Fernandez
En la siguiente jugada, el líder de los faraones cedió para que Ashour batiera a Courtois con un disparo desde fuera del área en el que el belga debió hacer algo más. El gol bajó el bloque de los africanos y obligó a los belgas a mover el balón rápido para intentar encontrar una rendija hacia la portería de Shobeir. No obstante, el que apareció fue el portero madridista para sacar, esta vez sí, un gran disparo de Ziko.
Ninguna rendija mostraron los egipcios en la primera mitad. De hecho, el peligro se intuía más en las contras africanas que en los lentos ataques de los diablos rojos. Echó de menos Bélgica a un Doku más preciso, tanto en el regate, como en el disparo. Dispuso de uno tras una dejada de De Ketelaer, que podría haber empatado el duelo al descanso.
La segunda mitad comenzó con una doble ocasión egipcia, que podría haber complicado mucho las aspiraciones belgas. Salieron con más ímpetu los que llevaban un marcador favorable que los que tenían que remontar. El fallo de Ashour, el goleador del primer tiempo, fue imperdonable. Bélgica respondió con un magistral golpe franco de De Bruyne quien, puede haber perdido físico, pero el toque lo mantiene como cuando estaba en el Manchester City.
Delantero de toda la vida
Quien no ha perdido el olfato goleador es el máximo anotador belga de los Mundiales. Aunque no fue su bota la que introdujo el esférico, su presencia en el área pequeña entre centrales provocó el tanto en propia puerta de los egipcios. No llevaba ni un minuto en el campo. Su presencia cambió la dinámica del encuentro, pero no dio tiempo a completar la remontada.
Finalmente, el marcador no se movió y ambos equipos dieron por bueno este punto en el arranque. Irán y Nueva Zelanda esperaban en un horizonte esperanzador.
Se empezará a escuchar en la grada del estadio Arrowhead de Kansas City en la garganta de miles de argentinos un cántico que encierra su deseo de conquistar este Mundial americano. Esta vez no será solo por darle a Leo Messi la gloria que le faltaba, como ocurría en Qatar, ni por hacer salir a la calle a una generación que apenas recuerda unas cuantas imágenes de la final en el Azteca del 86 y que lloró amargamente la derrota contra Alemania en Brasil hace una década. Quieren ver a Argentina lograr la cuarta estrella, sí, pero en ese campeonato hay además de un deseo de venganza que aparece en la segunda estrofa de la cumbia que ha versionado Palmito: «Y 32 años después/ La Scaloneta va a vengar/la Copa que le robaron al 10/la que no nos dejaron levantar».
Ese presunto robo ocurrió en el Mundial de Estados Unidos de 1994, un 25 de junio. Los argentinos sufrieron el golpe más duro: vieron caer a Maradona justo cuando la albiceleste había armado un equipo que, ahora sí, estaban convencidos de que podía volver a ser campeón. Se iban a quitar la espina que les dejó el gol de polémico penalti de Alemania en el minuto 83 de la final del Italia 90 y venían de ganar dos Copas América consecutivas, en 1991 y 1993. Además, volvían a tener al Pelusa liderando, pero también a Cáceres, Batistuta, Ruggeri, Redondo, Simeone, Caniggia o Ariel Ortega.
Aquella Argentina que entrenaba Alfio Coco Basile, reflejó su autoridad en el primer partido ante Grecia con una victoria 4-0, con el hat trick de Batistuta y el redondeo del marcador de Maradona, con una celebración gritando a cámara que pasó a las historia. «Yo había marcado tres goles en mi primer partido en un Mundial y Diego se llevó toda la gloria», bromeaba años después el histórico delantero de la Fioretina. Era un grupo que empezaba a divertirse.
Ante Nigeria, el siguiente rival, fue Cannigia quien le hizo dos goles (2-1) y parecía que el liderato del grupo estaba encarrilado, aunque tenían que ganar a la Bulgaria de Hristo Stoichkov, un equipo que acabaría haciendo historia para su país.
Maradona salió del campo aquel partido en Boston de la mano de una enfermera: le tocaba pasar el control antidoping. Con él, el central Sergio Vázquez, que se había quedado en el banquillo por molestias. Años después ha relatado cómo Maradona entró al vestuario haciéndole bromas. Ni un atisbo de tensión. Días después, la FIFA anunció el positivo del 10 por un «cóctel casero» de estimulantes, entre los que destacaba la efedrina.
«Me cortaron las piernas, a mí , a mi familia y a los que me rodean. Nos sacaron del Mundial, de la ilusión, y a mí del fútbol. No quiero otra revancha, tengo los brazos caídos y el alma destrozada. Quiero que les quede claro a los argentinos que no drogué. No corrí por la droga. Corrí por el corazón y la camiseta».
AFA
Las palabras de Maradona fueron una bomba que hundió a la albiceleste. Nadie en la calle dudó de él, pero se sigue pensando que la AFA no le defendió con suficiencia. Quizá porque ellos sí dudaron. Diego había sido suspendido por el Comité de Disciplina de la Federación Italiana durante 15 meses porque, en junio de 1992, dio positivo por cocaína después de un partido del Nápoles contra el Bari. Fue el último control de los 25 al que se tuvo que someter esa temporada, pero su fútbol lo pararon en seco sus adicciones.
Fue Bilardo quien lo resucitó con 31 años llevándoselo al Sevilla, donde se encontró con Simeone y jugó 26 partidos de Liga y cuatro de Copa del Rey. Marcó siete goles entre las dos competiciones (Celta, Sporting, Albacete, Zaragoza y Rayo, Mérida y Alcázar). Pero la relación se quebró por sus broncas con Bilardo y, a mediados de 1993, se fue a Newell's Old Boys. En el club de Rosario las lesiones no le dejaron tener continuidad, aun así, pudo volver a jugar con Argentina la clasificación para el Mundial de Estados Unidos.
Lo hizo trabajando duro con su preparador físico, Fernando Signorini, pero también echando mano de un hombre polémico: Daniel Cerrini. A él se dirigieron todas las miradas cuando anunciaron el positivo. Se dudaba de que no le hubiera administrado ese cóctel de estimulantes a espaldas de los propios médicos de la AFA. Su presidente, Julio Grondona, no pidió la contraprueba, algo que aún se recuerda, como también que Joao Havelange, que vio a su Brasil campeón del Mundo, lo convirtió en su vicepresidente en la FIFA. «Alguien nos tuvo miedo y nos echó», recordaba Maradona años después.
El mal fue enorme. El astro fue expulsado del campeonato y nunca más volvió a vestir la camiseta nacional. La asistencia para el segundo gol de Caniggia fue su último servicio a la patria.
Al escándalo siguió la conmoción, y la selección no pudo recuperarse. «Perdimos nuestro faro», confesaba en una entrevista hace un año a la revista FourFourTwo el lateral Roberto Sensini. La marcha de Diego a una de las favoritas a ganar el Mundial sin liderazgo y obligada a reconstruirse mentalmente para volver a competir. No pudo hacerlo. Perdió 2-0 ante Bulgaria, quedó segunda de grupo y se cruzó con la Rumania de Gica Hagi, Belodedici y Popescu que, con un 3-2, le mandó de regreso a Buenos Aires en octavos.
Hay quien ve en la Scaloneta la unión, y la calidad, que tenían aquellos jugadores y, por eso, creen que vengarán aquella afrenta, empezando por ganar a Argelia. Un duelo desequilibrado, pero con el recuerdo del tropezón ante Arabia en Qatar.
«No le gusta hablar. Tenéis que aceptarlo como es porque nunca cambiará. Él es así». Las frases son de Kylian Mbappé y hacen referencia a Michael Olise (Londres, 2001), el futbolista de moda que hoy, ante Senegal, debutará en el Mundial mientras los ojos de los despachos más importantes de Europa, incluido el del Real Madrid, no se despegan de él. El tímido extremo derecho del Bayern Múnich apunta a titular en el estelar ataque galo junto a Dembélé, Mbappé y Doué. Casi nada.
Olise nació en Londres, de padre nigeriano (exjugador en la selección de cricket del país africano) y madre franco-argelina. Pudo elegir entre cuatro selecciones (Inglaterra, Nigeria, Francia y Argelia), pero siempre lo tuvo claro. «Desde pequeño, mi sueño es jugar para Francia», aseguró cuando debutó con la sub'18 francesa. Nigeria, eso sí, intentó varias veces convencerle, incluyéndole en la lista de reservas para partidos oficiales y esperando que las raíces paternales le hicieran decidirse. Pero no.
En 2024, Thierry Henry le convocó para los Juegos Olímpicos y le dio las llaves de la selección nacional gala tras su gran final de curso en el Crystal Palace. Fue la gran estrella del equipo, pero perdió la final ante la España de Fermín, Pubill, Cubarsí, Eric García o Baena, entre otros.
Curiosamente, un mes antes de ese encuentro, justo antes del inicio de los Juegos, el Bayern se adelantó a otros grandes de Europa e hizo oficial su fichaje a cambio de 53 millones de euros y 6 más en variables. Una apuesta contundente que el conjunto bávaro no piensa abandonar ahora que los cantos de sirena del fútbol continental se ciernen sobre el fino atacante.
El interés del Madrid
Tal y como informó este periódico, Olise es deseado por el Madrid, y durante los últimos días también se ha deslizado el interés del PSG. En el Allianz ya trabajan en la ampliación de su contrato y no dejan de enviar mensajes directos al Madrid: «Por 150 millones no conseguirían ni una pierna de Olise. Ni por 200. No tiene precio», fue la declaración que un directivo alemán realizó al diario L'Equipe esta semana.
Olise ha participado en 88 goles en 96 partidos durante las últimas dos temporadas del Bayern, brillando durante la liguilla de Champions y ante el Madrid en los cuartos de final antes de perder contra el PSG en aquella loca semifinal. «Puede que Michael sea tímido cuando coge un micrófono, pero tiene una visión de la vida y del fútbol. Su propia visión, y por eso a veces fuera del campo la gente no le entiende. Habla con el balón», asegura Thierry Henry.
En los últimos meses, los aficionados han comprobado el carácter especial de Olise. Salta al campo vestido de calle para pisar el césped apenas dos pasos y se vuelve a vestuarios, no quiso salir en la mayoría de fotos de la celebración de la Bundesliga del Bayern y se mostró muy cortante con la prensa. «¿Reyes de Europa?», contestó tras eliminar al Madrid. «No sé», respondió esta semana al ser preguntado por «una estrella de Brasil», algo que sentó mal en la concentración de la 'canarinha'.
"Es introvertido"
«Es introvertido, es escaso en palabras, pero es una gran persona», le defendió Mbappé esta semana. En el vestuario francés ha caído bien, aunque tiene sus manías y una 'adicción' al ajedrez online, algo cada vez más común entre los futbolistas: «Tengo 1400 de ELO, pero quiero llegar a 1500».
Por costumbre, sigue entrenando con un pantalón más largo a pesar del calor de Boston y continúa dando largas a los periodistas. «Tiré y marqué», contestó tras su hat-trick ante Irlanda del Norte. Le da un poco igual todo y aunque ha mejorado su nivel de francés, no quiere demostrarlo. «Ahora hablamos francés juntos y lo habla muy bien, pero los periodistas no lo saben porque no quiere hablar con ellos», bromeó Mbappé estos días.
Olise es inglés por acento y estilo de vida. Estuvo en la cantera del Chelsea desde los siete hasta los 14 años, pasó brevemente por el Manchester City y terminó accediendo al profesionalismo gracias al Reading, en unos años que ralentizaron su llegada a la elite pero le dieron todavía más peso. Más barro. Tres años en el Reading, en Segunda División, otros tres en el Crystal Palace y fichado por el Bayern. No es el aterrizaje de una gran estrella juvenil, pero «a su manera», como decía Henry, le ha servido para alcanzar el éxito.
«No soy una persona muy emocional. No reacciono como reaccionan los demás», señaló en una entrevista con una revista de moda 'Highsnobiety', una de las pocas, poquísimas, que ha hecho antes de este Mundial donde ha recibido miles de peticiones.
Su particular carácter se traslada también a las redes sociales. Mientras las jóvenes estrellas de hoy son muy activas, Olise apenas publica nada. No tiene foto de perfil, no añade comentarios a las fotografías que publica ni comenta las fotos de sus compañeros. «Él es así», añadió Mbappé en rueda de prensa. Un futbolista especial con un carácter especial que en Estados Unidos puede poner un cierre extraordinario a su temporada de explosión.
Queda claro que, si no puedes ganar ni a Cabo Verde, el índice de posibilidades de conquistar el Mundial cae hasta el infierno. Siempre aparece el argumento de que la España campeona del mundo en Sudáfrica perdió su primer partido ante Suiza.
En cualquier caso, entre la propaganda informativa, fomentada por los propios jugadores y, sobre todo, por un seleccionador al que el ego empieza a corroer como si fuera kryptonita, hay demasiado triunfalismo.
Hace apenas unas horas, De la Fuente subrayaba con vehemencia: "Tenemos al mejor centro del campo, con el Balón de Oro, Rodri, y con Zubimendi, que también puede ganarlo". Me quedé estupefacto. ¿Hasta dónde ha llegado a creerse este técnico sin carisma?
Habla mucho de la familia, como si fuera su propia mafia. Esa retórica se le ha quedado pasada de moda. Lo cierto es que a Rodri ni se le espera por culpa de su lesión; Fabián Ruiz es sólo un centrocampista cumplidor, un jugador vulgar al que hizo actuar por la derecha cuando en el PSG juega habitualmente por la izquierda, su perfil natural.
Por no hablar de Oyarzabal, que hoy parece una versión agotada de sí mismo. España no tiene goleadores. Lamine Yamal tampoco ejerció de Mesías. Incluso a De la Fuente le faltó valentía, con una de sus decisiones de "entrenador iluminado": la absurda inclusión de Gavi, además por la banda izquierda. Eso demuestra que el seleccionador cree gozar de una especie de inmunidad futbolística.
Pedri fue un jabato inteligente. El único que parecía saber jugar al fútbol, con la ayuda de un espectacular Cucurella, que aparecía allí donde estaba el balón. En cuanto al caso de Ferran, quizá le hayan sentado mal las llamadas de Luis Enrique. También se ha quedado seco.
De la Fuente juega con un sistema que se ha quedado viejo. Demasiado toque, demasiados jugadores por dentro y muy poca velocidad. Además, los futbolistas han llegado tiesos físicamente. Es el camino perfecto hacia la esterilidad ofensiva.
Cabo Verde se limitó a correr, defenderse y demostrar que posee un físico de gigantes. No creo que haga mucha fortuna en el Mundial, aunque nunca se sabe. No hay que olvidar que dejó fuera a Camerún para clasificarse.
Francamente, seguro que España mejorará. Pero la pregunta es: ¿hasta dónde? No hay un goleador de referencia. Y con Laporta en la grada, De la Fuente sintió pánico a la hora de sacar a la inevitable Lamine Yamal.
Las cosas no son como empiezan, sino como acaban. Y hasta aquí la única obviedad que puede ayudar mínimamente a sobrellevar el fiasco, gigante, del estreno de España en este Mundial. Volvió la selección a estrellarse contra un muro, a jugar en horizontal y a no encontrar soluciones ante un equipo hundido. Volvió a tiempos aparentemente olvidados desde 2022, cuando aquella eliminación contra Marruecos supuso la culminación de un modelo agotado. Volvió España a ser una desesperación, un lamento, un quiero y no puedo ante un rival muy inferior, en este caso Cabo Verde, que se atrincheró y esperó a que pasaran los minutos mientras la gran candidata se daba cabezazos contra la pared una vez y otra, y otra, y otra más, hasta hacerse daño. [Narración y estadísticas (0-0)]
España es una de las favoritas, y lo sigue siendo, para ganar, pero este susto en el estreno ha de servirle para revisarse a sí misma. Probablemente sin histerias, pues tuvo opciones, cómo no, de llevarse el partido, pero sí con un sentido crítico que los éxitos han podido diluir por el camino. Le faltó precisión, le faltó imaginación, le faltó un plan B, ese famoso plan B que ha traído De la Fuente y que no solventó un estreno decepcionante, le faltó también mala leche... Le faltó, en fin, un poco de todo, y mal haría en esconderse detrás de que un gol lo hubiera cambiado todo. Seguramente sí lo hubiese cambiado todo, pero no hubo gol. Y son las certezas las que mandan. Sin gol, no hay (casi) nada más.
El primer partido de un torneo como este siempre es difícil. Las más de dos semanas previas de concentración se hacen largas, las expectativas, el simple hecho de hablar sobre ellas, va haciendo el efecto de una gota malaya en el interior del futbolista, que termina por tener un sentimiento contradictorio a través del cual experimenta el deseo de comenzar y el miedo a lo que sucederá. Por eso el debut tiene un significado especial, y aunque no siempre avanza lo que vendrá después (basta volver a Sudáfrica 2010) sí establece un punto de partida. Y el de este lunes no ha sido bueno.
El de España fue la incomodidad. Cabo Verde anunció en la previa que sería un equipo valiente, pero era mentira. Como no podía ser de otro modo vistas las diferencias, abismales, con España, decidió meterse atrás, arremolinarse alrededor de su portero e ir tapando vías de agua mientras le durase el oxígeno. Lo de pasar del centro del campo era ya demasiado pedir para una selección tan diminuta en el panorama internacional que poco más puede ofrecer que el entusiasmo y el sacrificio.
Ante todo esto compareció España algo nerviosa, con Gavi como la única novedad en el once. Desplazó el jugador del Barça a Alex Baena, a quien según van pasando las oportunidades se le va agotando el crédito concedido en virtud de su inmensa calidad. Más allá de nombres, España no supo enfrentarse al muro hasta el último cuarto de hora de la primera parte. Es más, se vio al equipo algo tenso, con conversaciones entre Pedri y Rodri sobre quién y cómo debía saltar a la presión, o llamadas de atención de Unai Simón para que el equipo se juntase visto que no estaban ajustando bien las marcas. El grupo tuvo que reorganizarse mínimamente en la pausa de hidratación, un esperpento silbado por el público que entendía, como todo el mundo, que no hacía falta. Dentro del estadio, cerrado, había unos agradables 20 o 22 grados que hacían innecesario este tiempo muerto institucionalizado.
Cubarsí no llega a rematar un balón en la última jugada del partido.ROBERTO SCHMIDTAFP
El caso es que el paréntesis sirvió para que España espabilara un poco. A lomos de Cucurella, el hombre del partido desde mucho antes de comenzar, terminó acumulando un puñadito opciones claras de gol que no lo fueron, bien de milagro bien por culpa de Vozinha, el portero de Cabo Verde, que juega en el Chaves de la segunda división portuguesa y que terminó como MVP del partido. Ferran la estrelló en el larguero a pase del nuevo lateral izquierdo del Madrid y, en el rebote, Pedri vio cómo el guardameta le sacaba un buen disparo. Ferran, al borde del descanso, y Laporte, en un córner, estuvieron a punto de desnivelar el marcador, que era lo único que podía desliar la madeja. Fueron, estas sí, opciones muy claras. Pero no hubo gol.
Semejantes atascos tienen poca solución. El uno contra uno, del que España carece sin Lamine y Nico, el bajón físico de Cabo Verde, que al descanso ni se intuía, o acelerar el ritmo de la pelota y mover al oponente de un lado para otro. Eso fue lo que intentó España a la vuelta del descanso, pero no hubo manera. Sin el impulso del final de la primera parte, sin ocasiones, España volvió a ese balanceo insoportable de un lado para otro, al ritmo cansino de la pelota, a los pases a cero por hora, a la intrascendencia.
De la Fuente esperó hasta el tiempo muerto para mover el cotarro y hacer lo que todo el mundo estaba esperando. Si Lamine estaba para jugar, como se había dicho, no había más tiempo que perder. El futbolista más desequilibrante del equipo debía estar en el campo para desatascar aquello. Entró, y junto a él Mikel Merino, en lugar de Fabián y de Gavi. Quedaban 20 minutos para arreglar el desaguisado. ¿Y qué pasó?
Para empezar, que el público se puso a chillar todo lo que no había chillado hasta ese momento cada vez que el chico tocaba la pelota. Para seguir, que el seleccionador de Cabo Verde quitó al lateral izquierdo, con tarjeta amarilla, al que empezó a retar Lamine una y otra vez. Si España ya estaba volcada encima de su rival, la entrada del extremo terminó de hacer aquello un frontón. Un frontón tan disparatado que Rodri estaba de extremo izquierdo, Laporte de delantero centro, Ferran aparecía y desaparecía, más bien lo segundo, a cada rato... Pero ni una opción más de gol, nada que llevarse a la boca. Entró Olmo, pero tampoco cambió nada. Lamine lo intentó, pero claro, los milagros han de esperar.
Al son de Viva la vida de Coldplay, todo la selección de Cabo Verde dio la vuelta al césped del estadio de Atlanta porque habían logrado una proeza: resistir al asedio de España, que no cumplió las expectativas y acabó cediendo un empate que nadie se esperaba, salvo los animosos caboverdianos que no dejaron de animarles en la grada. Habían hecho historia. Ni Lamine Yamal, que saltó al campo en el minuto 70 bajo una sonora ovación después de no poder mantenerse sentado en el banquillo durante toda la primera parte, fue capaz de tumbar su muro.
"Hay que meterlas", resumió Rodrigo, lamentando que el equipo, pese a la paciencia, no hubiera encontrado cómo romper las líneas de los africanos. "Se han metido atrás, hemos generado, pero es difícil contra un equipo tan físico y replegado. Ante eso, dependemos para abrirlos de la inspiración y el acierto. Hay que meterlas", repitió el capitán.
De la Fuente habló de "finura" y "frescura", algo que, de manera muy evidente, le faltó a España durante todo el partido. "Son muy organizados y se han metido los diez en la frontal del área. Nos ha faltado circulación para desequilibrar, pero cuando no quiere entrar, no entra. Aquí cuesta mucho ganar", repitió antes de lanzar una advertencia: "El día de Arabia estarán mejores". Más le vale, o España empezar a verse fuera del Mundial en el que Lamine y Nico, dos de los héroes de la Eurocopa, tuvieron que salir al campo al rescate.
Al extremo del Barça lo llamó De la Fuente en el 68 y lo puso en el campo tras la pausa de hidratación de la segunda parte, esa suerte de tiempo muerto que se ha inventado el fútbol y que no sirvió para resetear a España.
En el primer balón que tocó Lamine ya lanzó un aviso a Cabral de lo que le esperaba, lo que Bubista entendió. Sacó del campo al lateral del Benfica, que había visto una amarilla en la única falta de Cabo Verde en todo el partido. Se asoció con Llorente en la siguiente jugada y levantó los brazos pidiendo al estadio que despertara. Porque tiene una acústica espectacular pero estuvo mudo en muchos momentos. Los caboverdianos eran los únicos que ponían el ambiente. Mucha camiseta roja, mucho dorsal con el 19, pero poca pasión. Esa solo la ponían los africanos porque, en realidad, españoles que hubieran viajado a Atlanta para este partido había poquísimos. Una familia de Guijuelo, que estará en los dos partidos de Atlanta mientras hace turismo por los estados cercanos. "Son nuestras vacaciones", contaron a El Mundo. 500 dólares pagaron por unas entradas que a los aficionados de Cabo Verde le financió en parte su federación para reducirlo hasta los 180 dólares, algo muchísimo más asequible.
A quien le cogieron manía fue a Cucurella. No hay nadie que no le conozca. Su melena le hace un futbolista al que nadie confunde. Por eso la afición de Cabo Verde se sumó a esa 'costumbre' que arrastra el lateral español desde aquella polémica mano ante Alemania en la Eurocopa. A eso se ha acostumbrado el nuevo jugador del Real Madrid. Su fichaje sacudió las horas previas al partido, pero a De la Fuente le importó poco, quizá porque el propio jugador naturaliza cualquier cosa que le pasa con suma tranquilidad. Era titularísimo en España cuando jugaba en el Brighton, al firmar con el Chelsea y ahora que va a correr la banda del Bernabéu. Quizá el Real Madrid esté haciendo cálculos sobre cuándo podría a empezar a cobrar los 9.321 euros por día que paga la FIFA a los clubes por cada jugador en el Mundial. No dará para cubrir los 55 millones del traspaso, pero puede ser una ayudita.
Cucurella, en un duelo con Ryan Mendes.Erik S. Lesser
El lateral fue el único que entendió muy bien el partido que planteó Cabo Verde, el único posible: ahogar a España. Encerrados y ordenados detrás de la línea de mediocampo, no había manera de encontrar un hueco. Oyarzabal, el delantero de De la Fuente, dio el primer pase casi a la media hora, algo que no ocurría desde 1966.
Si Ferran o Pedri lograban pisar área, aparecía Vozinha, el portero cuarentón que fue elegido MVP del partido. Cucurella entendió que retar a Steven Moreira era la única forma de intentar abrir grietas en una muralla. Altísimo en ataque, fue probando y probando. Sacó primero el primer centro de Cabo Verde, con la cadera, y luego ya vivió en el lateral del área de los 'tiburones azules'. Desde ahí probó con un disparo a puerta que se fue alto, por encima del larguero.
Como quienes estuvieran viendo el partido en España, no pararon de llevarse las manos a la cabeza, especialmente cuando Cucurella, al filo del 40, voló para convertir de un cabezazo atrás un pase de Rodrigo en una asistencia a Ferran, que estrelló el balón el larguero y el rechazo lo empujó Oyarzabal para que, otra vez, Vozinha se llevara los aplausos. No había manera de que España abriera la lata.
Como al inicio de la segunda parte, mientras calentaba Lamine, no llegó el gol, la grada buscó su diversión con la ola mientras De la Fuente se quitaba la corbata, cariacontecido, y sus jugadores, muy desacertados, habían acumulado más de medio millar de pases sin encontrar el camino al gol. Bubista había preparado muy bien la lección.
Con Lamine volvió a aparecer Cucurella, de cabeza picado segundo palo, en el minuto 82, pero el lateral fue perdiendo protagonismo en ataque y dio un paso atrás en cuanto apareció en el campo Nico Williams para el empujón final. Pero aún le dio para una asistencia en el área que no logró después de que Cabo Verde tuviera su mejor ocasión en testarazo del central Dynei en el 90.
El esperado baño de goles fue un baño de realidad para España, que conserva los nombres pero no las piernas. Las más importantes, las de Lamine Yamal y Nico Williams, los futbolistas diferenciales en la Eurocopa conquistada hace dos años como mascarón de proa de una España vertical, mortal en las transiciones. La que se enfrentó a Cabo Verde era otra, la que resucita a los fantasmas del pasado, la que cayó en Rusia contra los locales o en Qatar frente a Marruecos. La España del parabrisas, como decían quienes denostaban el juego de posesión. Hoy tienen toda la razón, porque la posesión llevada al absurdo es un parabrisas. La salida desesperada de Lamine y Nico, que no estaba en la hoja de ruta, no fue únicamente una urgencia, fue un síntoma de debilidad.
Las piernas de otros que jugaron tampoco son las mismas. Las de Rodri, por ejemplo, lento, con más pérdidas de las habituales. Tampoco las de Laporte, ni las de Gavi, inoperante en la banda izquierda, aunque de eso también hay que pedir explicaciones al entrenador. No es extraño después del regreso de lesiones o de temporadas irregulares.
Luis de la Fuente ha mantenido al grupo ganador, a los suyos, porque tiene un colectivo cohesionado, pero ha arriesgado con los estados de forma. En un torneo corto y exigente como el Mundial son capitales. El razonamiento del técnico es que había tiempo para recuperar a los futbolistas, dado que el arranque era asequible. El primer partido ha hecho con la teoría lo mismo que De la Fuente con su corbata: al suelo.
El empate compromete a la selección y va a obligar a De la Fuente a tomar decisiones, porque Arabia, el siguiente rival, no es Cabo Verde. Que se lo pregunten a Messi. También va a obligar al seleccionador a convivir con una presión que hasta ahora no ha conocido, prácticamente siempre con el viento a favor en el campo, salvo por los aplausos a Rubiales en el inicio de su etapa.
Cabo Verde no es Suiza, ante la que España perdió en Sudáfrica, ni Rusia o Marruecos. Ni siquiera la Honduras del 82. En el puesto 67 del ránking FIFA, Cabo Verde pertenece a ese Tercer Mundo del fútbol al que Gianni Infantino ha dado entrada en este Mundial de los mil partidos. Una decisión muy criticada, pero a la que España, con la boca de favoritismo, ha dado sentido. Gane o no el Mundial, suya es la primera sorpresa del torneo.
La última vez que escribí un artículo sobre la selección española me quedé solo en este país pidiendo que no echaran a Luis Enrique, lo que demuestra que no tengo ni idea de fútbol porque, de hacerme caso, el asturiano no podría haber firmado la mejor etapa de su carrera en el PSG. Con Luis Enrique, España arrancó el Mundial de Catar ganando 7-0 a Costa Rica. El fútbol tiene esa costumbre infantil de convertir cada goleada en una profecía, con lo que empatar a cero con una selección que juega su primer Mundial es claramente una demostración de fragilidad, de dudas, de que vas a echar al entrenador en el avión.
En España, después de un 0-0 con Cabo Verde, no se analiza un partido, se redactan obituarios. Felipe VI, en representación de todos, calificó el partido de "asequible", porque hay algo profundamente español en enamorarse sin motivo, como si los mundiales se ganaran por acumulación de entusiasmo. El país tiene una memoria prodigiosa para repasar los triunfos y una habilidad prodigiosa para olvidar leyes no escritas como que los mundiales son especialistas en humillar certezas.
España jugó uno de esos partidos incómodos en los que el rival parece haberse aprendido tu guion muchísimo mejor que tú. Cabo Verde tenía la tranquilidad de quien ya ha conseguido el milagro de estar. El resto de milagros los consiguió un portero de cuarenta años de la Segunda portuguesa. Parecer favoritos es siempre una carga más pesada porque juegas dos partidos. Uno contra el rival y otro contra la decepción de no parecer lo suficientemente favorito.
Ahora, el principal enemigo vuelve a ser España. No la selección, sino España. El país. Nosotros. Usted y yo que diremos que si Florentino Pérez, inquieto por no tener a ningún jugador del Real Madrid en la selección acabó desestabilizando a Cucurella, como otrora Rubiales creyó que se le había descentrado Lopetegui antes de descentrarse él. Y que si el jet lag, y que si como dice Llorente, los aviones nos fumigan, o por lo menos a nosotros.
Lo difícil no es celebrar una exhibición. Lo difícil es recordar que los mundiales no se ganan el día en que todo sale bien, sino en el que todo sale fatal y aun así sigues adelante.