Si el Barça aprieta, no hay Valverde que anime el vestuario del Madrid después del Clásico. Le caen seis. Es tan superior ahora mismo en España que ni siquiera necesita a Lamine y Raphinha para jugar a un deporte diferente a sus rivales; también tiene ausencias el equipo blanco, todo hay que decirlo. Las más graves, un entrenador y un director deportivo. Ni siquiera los antis, que vivimos con pánico crónico a que el cielo se derrumbe sobre nuestras cabezas en forma de Champions inverosímil o gol de Darth Vader en el descuento, auguramos una resurrección inminente. El posible regreso de Mourinho genera más expectación cómica que miedo. Si el antimadridismo está tranquilo, miren a Mbappé, algo huele a podrido en Chamartín.
La superioridad aplastante de los de Hansi Flick, un equipo divertidísimo pero aún incompleto, dice mucho del deprimente estado de una Liga española que afronta las tres últimas jornadas plagada de partidos de la basura en la mitad alta de la tabla. Parece la NBA en marzo. El Barça es campeón con total merecimiento, como lo fue el curso pasado, pero las eliminatorias contra equipos serios, ni siquiera élite (Inter en 2025, Atleti ahora), recuerdan que aún está lejos de la cima europea.
No es culpa del modelo del alemán, como se apresuran a señalar los oportunistas cada vez que le acribillan al espacio. El PSG va camino de repetir Champions con la misma idea y el Bayern, otro kamikaze, ha sido su única amenaza, pero jugar con tanto riesgo exige una calidad individual extrema en todos los futbolistas que el Barça aún no alcanza. La tiene arriba, claro, con un top 3 fabuloso (Lamine, Raphinha, Pedri) y Fermín amenazando con sumarse, pero le faltan un nueve, un cinco (quizás Bernal) y, sobre todo, defensas con el nivel suficiente para ayudar a Cubarsí a cubrir latifundios sin casi ayudas. No es lo mismo ser suicida cuando los que vuelven a la carrera son Nuno Mendes y Hakimi que cuando son Cancelo y Eric García (¿Koundé vive?). Y su problema es que, por más que a los periodistas afines les encante fabular con fichajes de 100 millones, esos jugadores tienen precios que hoy no puede pagar.
El último salto de los azulgrana es complicado... pero al menos es posible. Tras él, el Madrid no sabe a dónde va y el Atleti no parece tener intención de ir a ningún lado, feliz en su adosado en el extrarradio. El Barça no ha ganado la Liga, la ha conquistado sin visos de soltarla en un largo tiempo.
Prato es una ciudad próxima a Florencia de belleza oculta tras el apodo «La Manchester de la Toscana» por su industria textil. Allí nació en 1956 Paolo Rossi, que con los años bien podría haber recitado aquello de «yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí...». La suya fue una peripecia futbolística sin igual, con abrupta caída de la cima a la sima para regresar de forma imprevista y fulgurante con tres partidos en seis días que le colocaron para siempre en el Olimpo de los grandes.
Hijo de futbolista fallido, fue un niño fan de Kurt Hamrin, exquisito extremo sueco de la Fiorentina. Jugó en el Santa Lucía de Prato hasta que con 12 años entró en el San Michele Cattolica Virtus, de Florencia, de donde a los 16 lo captó la Juventus, birlándoselo en sus propias barbas a la Fiorentina. Era un extremito fino y frágil. Con 19 años le cedieron al Como, en la Serie A. Jugó poco por problemas de menisco, el equipo descendió, y entonces la Juve acordó con el Vicenza, de la Serie B, un curioso contrato en régimen de copropiedad. Allí el entrenador, Giovanni Fabri, le colocó en punta. Le faltaban estatura para el cabeceo y cuerpo para el choque (1,74 y 66 kilos), pero era escurridizo, veía el gol y, por decirlo todo, el titular estaba lesionado. Fue un hallazgo: marcó 21 goles y el Vicenza subió a la Serie A. En la siguiente temporada marca 24, se proclama capocannoniere y el seleccionador, Enzo Bearzot, le lleva al Mundial Argentina1978, pese a que no ha tomado parte en la clasificación. Italia hará un gran papel, será la única selección que gane a la campeona, Argentina, con un gol de Bettega en perfecta pared con Rossi. Terminará cuarta. Rossi, que hizo tres goles, vuelve consagrado y con el apodo de Pablito, ocurrencia de Giorgio Lago, desde Il Gazzettino de Venecia.
La Juve intenta recuperar su mitad, no hay acuerdo y se acude a la solución de 'sobres cerrados'. Giampiero Boniperti, presidente de la Juve, escribe la cantidad de 875 millones, que cree suficiente, pero Giusy Farina, su homólogo del Vicenza, se descuelga con 2.600 millones, cantidad que escandaliza a Italia, y se lo queda. En la 1978-79 marca 15 goles, pero el Vicenza desciende y, como Pablito no era jugador de Serie B, se lo cedió al Perugia para la 1979-80. Allí llevaba 13 goles en 28 partidos cuando se hundió el suelo bajo sus pies.
El domingo 23 de marzo de 1980 la policía irrumpió en varios campos para detener a 32 futbolistas de la Serie A y la Serie B. A los suplentes, en el descanso; a los sustituidos, nada más salir del campo; a los que jugaron el partido completo, al final. Todo simultáneo. También se detuvo a bastantes directivos. En total fueron 44 arrestos. Tremendo.
Ocurrió que el propietario del restaurante romano La Lampada, frecuentado por futbolistas del Lazio, y el frutero que le proveía, de nombres Alvaro Trinca y Massimo Cruciani, habían incitado a los jugadores clientes a amañar apuestas en el Totonero, réplica clandestina e ilegal del Totocalcio, equivalente a nuestra quiniela. El núcleo inicial de laziales fue captando jugadores de otros clubes en un efecto mancha de aceite. Trinca y Cruciani pagaban por anticipado con dinero adelantado por la mafia, pero no siempre los resultados salían como los complotados habían prometido y se les empezó a montar una pelota con sus prestamistas. Los jugadores les decían que a veces no era tan fácil, que haría falta más dinero para implicar a otros... Trinca y Cruciani les amenazaron con revelar todo, incluso iniciaron filtraciones a la prensa, hubo una encuesta, fueron citadas hasta 48 personas entre directivos y futbolistas, pero no prosperaba y los jugadores hablaban de fantasía periodística. Hasta que Cruciani, harto y agobiado por sus prestamistas, fue a la policía y cantó La Traviata.
Italia organizaba la Eurocopa ese verano, así que el caso exigía una sentencia rápida y severa en un país que toma la guerra como un juego y el fútbol como una guerra, y la justicia deportiva fue expeditiva. A cuatro clubes se les descendió a la Serie B, entre ellos el Milan, cuyo presidente y portero, Felice Colombo y Enrico Albertosi, una gloria nacional, fueron suspendidos de por vida. Los otros 32 jugadores encausados se repartieron 50 años de suspensión. A Paolo Rossi le cayeron tres por amaño de un Avellino-Perugia que se quedarían en dos tras apelación. Sólo él, Lionello Manfredonia y Bruno Giordano reaparecerían tras la sanción. Para el resto fue el fin.
Le repescó la Juve, pero no podía jugar ni amistosos. Pasó la 1980-81 en blanco y sólo pudo reaparecer a tres jornadas del final de la 1981-82 en el campo del Udinese, donde la Juve ganó 1-5 con un gol suyo. Jugó dos partidos más y terminó la Liga, ganada por la Juve. Bearzot, que le quería en el inminente Mundial de España, le hizo jurar que no había delinquido y después le dijo: «Te haré redescubrir el amor al fútbol y el clamor del público».
Portada de la Gazzetta sobre el escándalo del Totonero.E. M.
Y, en efecto, le metió en la lista, no sin escándalo, pues dejó fuera al capocannoniere de la Roma, Roberto Pruzzo, capocannoniere del año. También faltó Evaristo Beccalossi, del Inter, así que el equipo viajó a España con mucha prensa en contra. Le tocó el grupo A, en Galicia, con Polonia, Perú y Camerún. Bearzot blindó al equipo en el parador de Pontevedra, con limitaciones a la prensa, y un partido de preparación en Braga contra el filial, ganado por un magro 0-1, desató las críticas. El presidente de la Federación, Federico Sordillo, declaró: «Si sé que iba a ver esto me hubiera ahorrado el viaje». A ello siguió el tradicional escándalo por las primas, cuestión que llegó hasta el Parlamento del país. Se les acusó de pedir el triple de lo que pedían.
Italia debutó con un 0-0 ante Polonia, con tiro al larguero de Marco Tardelli. Digamos que fue un empate tolerable, pero no los otros dos: 1-1 ante Perú y 1-1 ante Camerún. Hubo titulares del tipo: «Camerún somos nosotros», «Bearzot, ¿no te da vergüenza?», «¡Azzurri, despertaos!». Antonio Matarrese, presidente de la Lega Calcio, dijo: «Si bajo al vestuario me lío a patadas en sus culos». Un periodista bromeó con la amistad entre Rossi y Antonio Cabrini, que compartían habitación, diciendo que «se quieren tanto que no sé quién es el chico y quién la chica», lo que fue tomado por la tremenda en la prensa de otros países y desató una tormenta. El grupo decretó un silenzio stampa, de riguroso estreno. Sólo hablaría, por imposición de la FIFA, el capitán Dino Zoff, de natural lacónico. Bearzot sí habló cada día, tratando con flema de poner paz.
Italia pasó con los mismos puntos que Camerún, que también empató los tres, sólo que tuvo un agregado de 2-2 y Camerún de 1-1. Ese gol más les clasificó como segundos. La primera fue Polonia por su 4-1 a Perú.
La segunda fase se jugaba en grupos de tres, de los que el campeón iría a la semifinal. A Italia le correspondían Argentina y Brasil, en Barcelona. Se la daba por eliminada. Rossi no había marcado; se le consideraba un peso inútil.
Pero, sorpresa general, Italia ganó a Argentina 2-1 en el viejo Sarriá. Fue el día del célebre marcaje de Claudio Gentile a Diego Maradona; la web de la FIFA le adjudica 23 faltas, cantidad inverosímil. Fueron seis, según SofaScore, y 23 el número total de faltas de Italia, de las que ocho las sufrió Maradona. En el 56' marca Tardelli y en el 67' Cabrini, un medio y un lateral aparecidos en ataque por sorpresa. Argentina se vuelca, pero no marca hasta el 87', en un golpe franco de Ramón Díaz que pilla a Zoff colocando la barrera. Es 29 de junio. Italia tiene seis días hasta su partido con Brasil y prefiere regresar a Pontevedra tras una victoria que consideran doble: sobre Argentina y sobre la prensa propia. Pero Paolo Rossi sigue sin marcar.
El 2 de julio Brasil gana a Argentina 3-1 en el Camp Nou y la elimina, confirmándose como gran favorito con ya cuatro victorias y un marcador agregado de 13-3. Italia vuelve a Barcelona para enfrentarse el día 5 a la verdeamarela, a la que ha de ganar o ganar. El empate clasifica a los brasileños. Eso sí: Brasil llega con sólo tres días de descanso; Italia ha tenido seis.
El delantero, en el partido contra Brasil.E. M.
Y Rossi explota. En un efecto bote de ketchup se desquita con tres goles. Partido gigantesco con este desarrollo: 1-0, Rossi, 8'; 1-1, Sócrates, 12'; 2-1, Rossi, 25'; 2-2, Falcão, 68'; 3-2, Rossi, 74'. Pablito ha vuelto: primer gol, cabeceando picado un centro de Cabrini; segundo, robando un mal pase y batiendo a Waldir Peres; tercero, cazando un rebote tras córner. En el 88', Zoff salva ante un tiro de Oscar. Italia elimina a Brasil. Matarrese baja exultante al vestuario, pero Zoff le expulsa. Il Corriere della Sera se desdice: «Brasil somos nosotros».
Tres días después, el 8, Italia se enfrenta a Polonia, sin Zbigniew Boniek. Rossi marca los dos goles. El 11 se juega la final en el Santiago Bernabéu ante Alemania. En el palco, el rey Juan Carlos I y el presidente italiano Sandro Pertini celebran sin protocolo. Rossi marca el 1-0; Tardelli el 2-0; Alessandro Altobelli, el 3-0. Alemania marca el gol de la honrilla en el 83' por medio de Paul Breitner, que ni celebra.
Paolo Rossi, Pablito, en la cumbre. Campeón del mundo, máximo goleador con seis tantos, mejor jugador del torneo y Balón de Oro de France Football ese año. Todo gracias a seis goles en seis días inolvidables para él y para el fútbol italiano.
Dejaría la Juve con 138 partidos y 44 goles, dos Ligas, una Copa y una Recopa, para cerrar su carrera con una temporada en el Milan (26 partidos y tres goles) y otra en el Hellas Verona (27 y siete). Cerró con 341 partidos y 134 goles en clubes, más 48 y 20 con la selección. Se perdió un tercer Mundial, México 1986, por lesión, aunque fue convocado. Trabajó en Sky en marketing deportivo, lo que me permitió charlas con él desde mi puesto en Canal +, de las que guardo dos ideas firmes: su protesta constante de inocencia y una convicción manifestada en muchas ocasiones: «Jamás, por bien que se hagan, se pueden acercar los entrenamientos al ritmo y la exigencia de la verdadera competición».
Fue comentarista en los principales canales italianos durante mucho tiempo, hasta su muerte en Siena, con 64 años, a causa de un cáncer de pulmón. Está enterrado en Perugia.
Una carrera y una vida cortas y azarosas, pero suficientes para hacerse eterno.
Hay deportes que huelen a pub, a cerveza ale, a shepherd’s pie, a moqueta, a madera vieja. Hay deportes puramente ‘british’. Lo son los dardos, las carreras de caballos, el cricket, incluso el rugby, pero sobre todo el snooker. La modalidad estrella del billar nació en las tabernas del Reino Unido, alimentado por una cultura nacional de paño verde, tiza y silencio casi religioso, y cuesta imaginarlo fuera del país. Pero algo está pasando. En el Crucible Teatre de Sheffield, el templo donde cada año se disputa el Mundial, se está dando un fenómeno extraño: los campeones ya no hablan inglés.
En 2025, el chino Zhao Xintong hizo historia al ganar el Mundial y, la semana pasada, su compatriota Wu Yize siguió sus pasos. Dos años seguidos. Un dominio que también se da en categoría femenina, con Bai Yulu, y que empiezan desde las primeras rondas. En el último campeonato participaron 11 de los 32 participantes eran chinos, un récord total. Los británicos están perdiendo su sitio ante una generación de jóvenes asiáticos que está reescribiendo la historia. ¿Qué está pasando?
El pionero que cambió todo
Para entenderlo hay que retroceder al 3 de abril de 2005. Ese día, un adolescente chino de 18 años recién cumplidos llamado Ding Junhui entró como wildcard en la final del Abierto de China y derrotó al mismísimo Stephen Hendry, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Ese mismo año ganó el Campeonato del Reino Unido ante Steve Davis, seis veces campeón del mundo y ese mismo año desató un ‘boom’ inmediato en su país. Más de 200 millones de aficionados chinos siguieron sus partidos. "Ding fue una especie de Yao Ming", explica Sergio Gutiérrez, comentarista de Eurosport y una de las voces de referencia del snooker en España. "No fue el primer profesional chino, pero sí el primero que despuntó y rompió de manera brutal. Y el día que gana ese primer título de ranking, hay un niño de ocho años viendo el partido con su padre. Ese niño se llama Zhao Xingtong, el primer campeón del mundo chino".
La historia tiene un hilo perfecto. Ding abrió la puerta. Zhao la cruzó. Y Wu la ha derribado este año. Pero detrás de esa narrativa hay algo mucho más calculado: una inversión millonaria, una decisión de Estado
El proyecto de un país
"Esto se explica como casi todas las grandes historias en la vida", dice Gutiérrez. "Es un proyecto muy rentable de las autoridades chinas, que llevan formando niños desde los 7 u 8 años en academias desde hace prácticamente 20 años". Con el ‘efecto Ding’, China identificó en el snooker lo que había visto antes en el tenis de mesa, el bádminton o el atletismo: un deporte de precisión, técnica y disciplina mental donde el talento bruto, convenientemente canalizado desde la infancia, podía producir campeones en serie. Y además, una oportunidad de imagen. Cuando Zhao Xingtong ganó el Mundial en 2025, lo primero que hizo fue envolverse en una enorme bandera china que le entregó Victoria Shi, dueña de una de las academias más importantes de Sheffield. Era un triunfo personal, sí. Pero sobre todo un triunfo de país.
DARREN STAPLESAFP
El modelo tiene dos fases. La primera, en China, donde una red de academias públicas selecciona y forma talento precoz con entrenadores frecuentemente británicos. Y la segunda, en Sheffield o Londres, donde los jóvenes talentos se integran en academias como la de Shi y asaltan el circuito profesional. La clave está en que ya no llegan solos: llegan a una comunidad. "Lo que antes les costaba 20 años de adaptación, ahora les cuesta tres. Les ayudan con los pasaporte, con trámites como abrirse una cuenta bancaria y les enseñan cómo funciona en los torneos", señala Gutiérrez.
La biografía del nuevo campeón, Wu Yize, resume precisamente ese camino. Con 11 años, su padre lo llevó desde Lanzhou hasta Yushan, donde está la academia del entrenador anglo-australiano Roger Layton. Con 15 años hizo un máximo de 147 puntos -la puntuación perfecta- en 4 minutos y 32 segundos, más rápido que el récord del mítico Ronnie O'Sullivan en partido oficial, con 18 años se fue a vivir a Reino Unido y, con 22, ya es campeón del mundo.
DARREN STAPLESAFP
David Alcaide, histórico del billar español y colaborador técnico de Eurosport, apunta otro ingrediente: la disciplina. "Siempre que he estado por el Reino Unido y he entrado a alguna academia, están allí horas y horas y horas, viviendo allí. Imagínate, para un chino sin hablar inglés ir al Reino Unido es muy duro. No creo que lo hagan sólo por dinero. Lo hacen por un objetivo".
La respuesta británica: ¿es tarde?
Ronnie O'Sullivan, la mayor leyenda del snooker, lo dijo hace poco con su habitual tendencia al drama: "Dentro de diez o veinte años no va a haber nadie con mi aspecto jugando al snooker". La hipérbole esconde un problema real que se debate con urgencia en el Reino Unido. Los clubs de snooker tradicionales, ese ecosistema de paño verde y poca luz donde se forjaron generaciones de campeones, están desapareciendo. Los jóvenes británicos no entran. El snooker les parece un deporte de sus abuelos.
La respuesta ha llegado en dos frentes. El primero, institucional: el Gobierno británico acaba de alcanzar un acuerdo con las autoridades de Sheffield para reformar el Crucible Theatre con una inversión de 45 millones de libras, garantizando que el Mundial se quede en Sheffield hasta 2045. China quería llevarse el torneo. El dinero público lo salvó. El segundo frente es más estructural: cada vez se oyen más voces que reclaman academias públicas para formar talento británico, el mismo modelo que ha aplastado a sus jugadores. Por lo menos en el último Mundial, dos jóvenes ingleses -Stan Moody y Liam Pullen- debutaron en el Crucible. Stan Moody fue el primer adolescente británico en hacerlo desde Jack Trump en 2007. Pero son dos. Los chinos son legión. Y siguen llegando.
Parque de los Príncipes. 10 de mayo de 1995. Prórroga de la final de la Recopa de Europa. Minuto 120. Nayim, a 50,5 metros de la portería, ve adelantado a David Seaman. Golpea el balón en el aire y, con una parábola perfecta, supera al guardameta para hacer al Real Zaragoza campeón. 31 años y dos días han pasado de aquella noche en la que los maños entraron en el Olimpo del fútbol europeo. 31 años y dos días en los que la realidad del club del león ha cambiado por completo y le sitúa ahora muy cerca de abandonar el fútbol profesional.
A falta de tres jornadas para el final de la Segunda División, el Real Zaragoza se encuentra a cuatro puntos de la salvación tras acumular siete jornadas consecutivas sin ganar y habiendo desaprovechado un sinfín de tropiezos de sus rivales directos. Una tendencia repetida de forma constante por el conjunto maño durante toda una campaña que, si una racha milagrosa no lo impide, será la de la consumación de un descenso temido desde hace años.
Porque el fracaso actual del Real Zaragoza no es el resultado de una campaña aislada en la que todo ha salido mal, que también. Son las consecuencias de una gestión nefasta en el apartado deportivo, que ha terminado por aniquilar a un club histórico con plantillas incompetentes, muy alejadas del nivel de una entidad de este calibre.
Desde su entrada en 2022, la propiedad, en manos de un grupo inversor liderado por Jorge Mas, dueño también del Inter de Miami de Leo Messi y David Beckham, apostó por sanear las cuentas de un club en ruinas y elevar su imagen con la construcción de un nuevo estadio que, con dinero público, ya está en marcha. Lo logró, pero, por el camino, descuidó el equipo con fichajes de jugadores descartados por equipos de Primera División (Paul Akoukou o Valery Fernández), apuestas desconocidas (Samed Badar, cedido en Polonia tras pagar más de tres millones de euros por él, o William Agada) o jugadores de renombre en la categoría, pero que nunca han estado cerca de su nivel (Raúl Guti, Sinan Bak o Ager Aketxe, ya vendido).
Son algunos de los nombres de los futbolistas que conforman una plantilla sin alma, a la que ni siquiera su capitán, Francho Serrano, pese a estar armado de pasión ante su falta de calidad, puede reanimar. Tampoco han podido lograrlo los nueve entrenadores que ha tenido el club en estos últimos cuatro años, con una media de duración en el cargo de cinco meses.
Es la crónica de un naufragio del que han sido testigos todos los aficionados del Real Zaragoza, que en cada jornada llenan el estadio modular en el que juega el equipo mientras culmina la construcción de la Nueva Romareda. Un partido tras otro en el que la afición no puede encontrar algo de fútbol que echarse a la boca mientras clama, hambrienta, ante una propiedad de la que se desconoce su identidad exacta. «Los propietarios no conocen la ciudad y nadie sabe quiénes son. No hay una cara visible, solo unos gestores que han demostrado no estar a la altura», explica José Manuel Fábregas, presidente de la Federación de Peñas.
Él será uno de los miles que sostendrán al león en 1ª RFEF y le empujarán para que su vuelta sea rápida, porque, como asegura, «Zaragoza nunca se rinde».
Hay una frase que define las situaciones que han marcado la temporada del vestuario del Real Madrid, acabada definitivamente después de la derrota contra el Barça en el clásico del Camp Nou. Un año sin títulos y dos cursos con Kylian Mbappé en plantilla en los que los blancos sólo han levantado la Supercopa de Europa y el Mundialito en la segunda mitad de 2024.
Vayamos a la frase. Cuando después de la Supercopa de EspañaÁlvaro Arbeloa sustituyó a Xabi Alonso al frente del banquillo del conjunto blanco, el técnico salmantino recibió las opiniones y consejos de aquellos que habían experimentado antes que él lo que era el día a día de Valdebebas. Personas que sabían de primera mano lo que ocurría en esas cuatro paredes de la Ciudad Real Madrid.
Fueron varias llamadas de teléfono y mensajes de Whatsapp en los que preguntó y le respondieron, en los que hubo intercambio de impresiones. Y una recomendación sobrevoló más que otras en el análisis de ese duopolio Mbappé-Vinicius que había agrietado la etapa de Alonso: "Pégate a Vini", le dijeron al otro lado del teléfono. No como orden, sino como consejo.
Es importante entender la ascendencia del brasileño en el grupo para comprender el desarrollo de estos últimos meses en el Madrid, enfatizados desde esa frase por el técnico del primer equipo. Su importancia y su influencia, constatada en el brazalete que llevó en el clásico y en la necesidad del club de que actúe como pacificador del vestuario. "A Vini le quieren todos", admiten fuentes cercanas a la plantilla. "No se lleva mal con nadie, ni siquiera con Mbappé", insisten. Sus compatriotas brasileños, Camavinga, Bellingham, Valverde, Carvajal, Courtois, Trent, Brahim... Durante estos últimos años, y especialmente a base de goles y asistencias en eliminatorias y finales de Champions, Vinicius se ha ido ganando la confianza de sus compañeros. Su carácter dentro del campo, algo inestable por momentos, ha podido enfadar puntualmente a alguno, pero todos le han defendido cuando han tenido que hacerlo.
Fuera del campo, ha organizado cenas de equipo o torneos de pádel en momentos del curso sin tantos partidos, siendo de nuevo el referente del vestuario en ese sentido. Ante la salida de futbolistas clave para el grupo, como Modric, Kroos, Nacho, Lucas o Joselu, el brasileño, tercer capitán, ha sido el encargado de intentar poner pegamento entre todas las piezas.
Y claro, llegamos entonces al adiós de Ancelotti y a la llegada de Xabi Alonso. La relación entre el tolosarra y Vinicius es de sobra conocida y no hace falta pararse demasiado a recordarla, pero sí merece una mención justo después del análisis de la importancia de la figura del brasileño en el vestuario.
Vinicius iba a ser suplente en las semifinales del Mundial de clubes, inició en el banquillo en el debut del Madrid en esta Champions y rotó durante las primeras jornadas de Liga. Mientras Mbappé era titular indiscutible, el enfado del brasileño comenzó a recorrer el vestuario antes incluso de su cambio contra el Barça en el clásico de octubre.
Dos grupos
A partir de ahí, parte de la plantilla que había levantado dos Champions con Vinicius como indiscutible se alejó de Alonso. Otros, eso sí, se quedaron a mitad de camino, provocando las grietas profundas que desembocaron en las tensiones de las últimas semanas. "En cuanto a la relación con el entrenador, hay dos grupos", admitían en el mes de diciembre fuentes cercanas a la plantilla. Algunos futbolistas eran partidarios de las ideas de Xabi, como Mbappé o Tchouaméni, pero otros, cercanos a Vinicius, asumían que lo mejor para la cohesión interna era cambiar de entrenador.
Ese cambio de técnico marcó a la plantilla. Unió de nuevo a gran parte del grupo con el entrenador, potenciado también por los elogios de Arbeloa a las estrellas del equipo. Mensajes muy claros y directos que tenían un objetivo evidente: recuperar la confianza del vestuario.
Pero cuando llegaron las derrotas, el grupo se volvió a romper a todos los niveles. Jugadores enfadados con Arbeloa por sus pocos minutos, como Carreras, Ceballos, Carvajal o Camavinga, futbolistas molestos con compañeros por su actitud, la plantilla renegando de Mbappé por su viaje a Italia, pesos pesados como Tchouaméni y Valverde peleándose... Ya no había dos grupos, sino una descomposición evidente en la que Vinicius, ayer primer capitán en el Camp Nou, está intentando poner paz. "Necesitan un tiempo sin verse y más autoridad", aseguran desde Valdebebas.
En la solución a esos problemas aparece ahora Jose Mourinho, pero el club también ha vuelto a mirar a Vinicius, clave en la reestructuración del grupo. Una responsabilidad de la que parece alejarse Mbappé, ausente ante el Barça por su lesión muscular y muy lejos de ser fuera del campo el líder que con sus goles parece dentro. El club, que también está disgustado con el galo por esta segunda parte del curso, parece renegar de ese liderazgo. El mensaje a Mourinho, o al siguiente, parece ser el mismo: "Pégate a Vinicius".
Sabe cabuchear el terreno para sembrar ajos, cosechar espárragos, levantar surcos con el azadón y plantar lechugas y cebada. El rey de la Montaña del Giro de Italia aprendió a cultivar cuando era un crío y ayudaba su padre en las fértiles tierras de San Martín de la Vega, regadas por el Jarama. El sacrificio propio del agricultor ha moldeado a Diego Pablo Sevilla. El madrileño ha tenido que esperar hasta los 30 años para recoger los frutos de una labor ardua. Su reconocimiento ha llegado en los verdes campos de Bulgaria, donde arrancó la Corsa Rosa, que este martes regresa a la actividad tras su primera jornada de descanso.
El espíritu aventurero de Sevilla ha acaparado los focos en este Giro. Una rentable visibilidad para su equipo, el Polti VisitMalta. En las tres primeras etapas disputadas en Bulgaria siempre ha estado escapado. Él se siente más cómodo en solitario que en el pelotón. En la jornada inaugural saltó tras el banderazo de salida y se marchó junto al italiano Manuel Tarozzi, estuvieron fugados durante 124 kilómetros. En la segunda etapa adoptó idéntica estrategia y abandonó el grupo junto a Mirco Maestri, su compañero en el equipo. Casi 200 kilómetros de una aventura que finalizó a falta de 27 km, poco antes de la caída que obligó a abandonar a Marc Soler, Adam Yates y Jay Vine y de la primera ofensiva de Jonas Vingegaard. Siguió el mismp patrón el pasado domingo, escoltado por Tarozzi (otra vez) y por el también italiano y compañero Alessandro Tonelli. El trío estuvo fugado 174,6 km y fue neutralizado a sólo 400 metros de la meta, en Sofía. En total, el español ha estado fugado 493 km, más del 90 % del tiempo de la carrera.
La combatividad del madrileño le ha otorgado la maglia azzurra que distingue al líder de la clasificación de la Montaña. Ha coronado en primera posición cinco de los seis puertos disputados en Bulgaria, suma 42 puntos, muy por delante de los 12 de Tarozzi y de los nueve de Vingegaard. Una primera plaza que ensalza la figura de un corredor que estudió Grado Superior de Técnico Superior en Animación de Actividades Físicas y Deportiva (TAFAD) y se formó en la academia de Alberto Contador. Destacó en el ciclocross y desde juvenil ha estado unido a la estructura del grupo del campeón pinteño, una escuadra que en los últimos años ha estado patrocinada por Specialized, Polartec, Kometa y Polti VisitMalta.
Sevilla se estrenó como profesional en 2018 y en su palmarés no figura ningún triunfo. Esta temporada ganó la clasificación de la Montaña de la Tirreno-Adriático.
El propósito del madrileño y de la dirección técnica del equipo es conservar la maglia azzurra hasta el próximo viernes, con la irrupción de primer final en alto. «Llevar el maillot de la Montaña es un sueño. Ganar este Premio será difícil, pero hasta ahora nos estamos dejando ver, dando visibilidad al equipo y a los sponsors, que creo que es algo importante», dice el ciclista madrileño. Alberto Contador, en Eurosport, ha añadido: «Hemos hecho cálculos y creemos que puede llegar como líder de la Montaña hasta la etapa del Blockhaus». El nuevo reto de Sevilla, el agricultor del Giro.
Para Joan Laporta, la temporada 2025-26 que está encarando ya su recta final estará marcada casi a partes iguales por la gloria y el retorno. El Barcelona ya tiene en el bolsillo el título de Liga, el segundo consecutivo desde la llegada de Hansi Flick al banquillo azulgrana. El nuevo traspiés (2-0) del Real Madrid en su visita al Spotify CampCamp Nou le ha otorgado el campeonato en un escenario y circunstancias soñadas por muchos culés: celebración en propia casa y ante el rival por antonomasia.
La masa social barcelonista, tras una temporada notable (sólo se falló en el tramo decisivo de la Champions) está al lado de un máximo dirigente que, en las últimas elecciones, sencillamente arrasó a su rival, Víctor Font, obteniendo el 68,18% de los votos emitidos. Una resultado para la historia del club catalán. Hasta el próximo 30 de junio, el presidente será Rafael Yuste, quien anoche aseguró: "Sin el presidente Laporta no estaríamos aquí celebrando este título".
A partir de ahí, este abogado barcelonés tomará posesión del que, muy posiblemente, será su último mandato. De acuerdo con los estatutos del club, solo pueden encadenarse dos mandatos consecutivos y, a partir de allí, esperar a unos nuevos comicios para optar a volver a la presidencia. Algo que nos llevaría, si no hay un adelanto de las elecciones posteriores a las de 2032, a un año 2038 en el que Laporta estará cerca de los 76 años. Por ahora, puede presumir no solo de la gloria deportiva que ha ido acumulando el primer equipo de fútbol a lo largo de las dos últimas temporadas, de la mano de un Hansi Flick que, de hecho, fue una apuesta muy personal para tomarle el relevo en el banquillo a un Xavi que acabó teniendo una salida un tanto convulsa del club.
Flick, por supuesto, le devolvió ese voto de confianza de la mejor manera posible. Primero, deslizando, una vez convocadas las elecciones, que su continuidad al frente del primer equipo azulgrana podía verse muy condicionada por quien fuera el vencedor de las mismas. Y, segundo, votando sin tapujos a favor de Laporta el día de los comicios.
Joan Laporta, eufórico, tras ganar las elecciones a la presidencia del Barça.J. MonfortAP
Una jornada que, de hecho, tuvo como escenario un Spotify Camp Nou que constituiría uno de los retornos más sonados bajo la dirección del ahora presidente electo. Por mucho que los tiempos se fueran retrasando una y otra vez hasta que, por fin, llegó el día, la ilusión que ha desatado entre los socios y aficionados barcelonistas este regreso a casa ha sido del todo incontestable. Y eso que tuvo que producirse de manera escalonada y que, de hecho, el tercer graderío está aún en obras y la instalación de la cubierta no llegará en principio hasta el año que viene.
Otro retorno realmente sonado que ha protagonizado el Barça este mismo curso, antes de que se convocaran las elecciones, y, por tanto, aún bajo el mandato de Laporta, es el de reincorporarse a todas luces a la disciplina de la UEFA tras haber coqueteado con el ahora finiquitado proyecto de la Superliga encabezado por el Real Madrid de Florentino Pérez.
En los últimos tiempos, de hecho, los dos únicos clubes que oficialmente seguían formando parte de un proyecto destinado a implantar en el fútbol europeo un modelo similar al que encarna la Euroliga en el mundo del baloncesto, eran los dos grandes de la Liga española. Tras el anuncio oficial de desvinculación, que suponía una reincorporación al manto tanto de la UEFA de Ceferin como de la ECF, la asociación de clubes europeos que encabeza el qatarí Nasser Al-Khelaïfi, presidente del PSG y que, de hecho, siempre se mostró tremendamente beligerante con eso proyecto, al máximo dirigente madridista no le quedó otra que dar por liquidada dicha iniciativa.
A decir verdad, mucho antes de que se produjera ese anuncio oficial ya pudo a verse a Laporta tremendamente distendido con Al-Khelaïfi cuando el Barça y el PSG midieron sus fuerzas en la fase de liguilla de la Champions. Una actitud que llevaba a prever que el presidente azulgrana escenificaría a la práctica un alejamiento tanto de Florentino Pérez como del Real Madrid que, a la postre, ha terminado cristalizando en un rotura completa de las relaciones entre la entidad barcelonista y el club blanco.
Un hecho que, a su vez, ha supuesto también un sensible aumento de la beligerancia madridista en las investigaciones del denominado caso Negreira. Hasta tal punto, que el propio Florentino Pérez, a finales del año pasado, tal vez previendo lo que acabaría sucediendo, cargó duramente contra el club azulgrana en el transcurso del tradicional encuentro navideño con los medios.
Por último, la segunda Liga consecutiva del Barça también llama la atención por encontrarse con el lastre de no tener 'fair play' financiero en los últimos ejercicios. Según los datos macroecónomicos del club, desvelados por el New York Times, la deuda alcanza los 1.450 millones de euros, 2.500 contando con la financiación del nuevo Spotify Camp Nou.
A falta de tres largas jornadas, el Real Madrid finiquitó su temporada en el Camp Nou. La peor visita en el peor momento. El conjunto blanco entregó definitivamente el título al Barça en una nueva demostración de desidia y defectos que no hacen sino reflejar su paupérrimo momento. Eliminado de la Champions en cuartos, de la Copa en octavos y alejada la Liga hasta los 14 puntos con nueve por jugar, los de Arbeloa, con Mbappé en Madrid, despidieron su curso.
Y es que el día no empezó bien para los blancos. Por la mañana, el club anunció su lista de convocados y en ella no estaba Mbappé. El francés, aquejado de unas molestias en el cuádriceps de la pierna derecha, había entrenado con el resto del grupo el viernes y el sábado, pero en la última sesión se retiró cinco minutos antes del final y avisó de que no estaba en condiciones de viajar.
La ausencia de Mbappé dolió en el vestuario, que sigue sin entender demasiado bien la gestión que ha hecho el galo de su lesión. El club aseguró que estaba haciendo «todo lo posible» para estar en el clásico, pero no pudo ser y se quedó en la capital, desde donde subió una imagen a sus redes sociales apoyando al equipo, ya con 2-0 en el marcador. «Veremos si puede jugar en estas dos semanas», se resignó Arbeloa ante los medios.
Ya en Barcelona, los blancos sufrieron la ira de algunos aficionados culés, que lanzaron piedras, botellas y latas sobre el autobús provocando la rotura de una de las lunas del vehículo. El suceso no pareció motivar al grupo madridista, que recibió dos goles en los primeros 17 minutos para certificar su K.O. liguero. En el césped, ni un gesto de ánimo, ni una indicación, ni una conversación sobre cómo presionar o cómo salir jugando. Nada. El Madrid fue un ente en la Ciudad Condal, preso de sus propios defectos y de su actitud ante un Barça que subió marchas en el inicio para homenajear al padre de Flick, fallecido en las horas previas.
Sólo Vinicius, capitán en un clásico por primera vez en su carrera ante las ausencias de Carvajal y Valverde, intentó hablar con los suyos, aunque muy tímidamente. El brasileño, como el resto, estuvo lejos de su mejor nivel y se enfrentó a la grada cuando ésta cantó «Vinicius, Balón de Playa», señalando el jugador las 15 Copas de Europa que ha ganado el Madrid.
El brasileño protestó un penalti a Bellingham en la segunda parte, se encaró con Olmo, siguió respondiendo a la grada y se enfrentó a Raphinha tras un encontronazo entre su compatriota y Trent.
El Madrid entra ahora en el terreno de la reflexión y de la negociación. Una que tendrá a Jose Mourinho, visto como solución a sus problemas, como el gran protagonista. «Entendemos la frustración de la gente. Lo único que podemos hacer es mirar al futuro, creo que el club buscará mejorar y sabemos que el Madrid siempre vuelve», dijo Arbeloa, que admitió que «seguramente tengamos una conversación» sobre el futuro del entrenador salmantino.
Loa al más grande de los grandes como el Barcelona. Ganador de Liga con la estrecha colaboración del Madrid y del Comité de árbitros. Para la Champions no da.
Y el Madrid esta auténticamente muerto , con el certificado de defunción del peor entrenador de la historia madridista: Arbeloa. El enterrador.
Un partido aburrido, que poco más de los 10 minutos, el Madrid ya estaba difunto. El cadáver se paseó por el Camp Nou como un zombie, un muerto viviente ante un Barcelona que sabía que hoy iba a ganar la Liga oficialmente. Estaba además un elemento de la funeraria como el doctor Tebas.
Es inútil recalcar que Hernández Hernández volvió a reconocer que es barcelonista. Canalllesca intervención de Media- Pro , fiel colaborador del Barça. Ni repitieron el trompazo de Olmo a Asencio, cuando este metió un gol de farsa. Y así bastantes.
El Madrid actual, salvo Courtois y un poco Tchouameni, es esperpéntico. Mbappé ya está en Inglaterra. Qué horror de las dos estrellas fugaces como Bellingham y Vinicius, el gran astro de Florentino. ¡Madre mía!.
Para que se acuerden , Mbappé es que el Pichichi de la Liga y de la Champions. Pero se borró . No jugó.
Sabía que no iba a jugar de titular. Arbeloa otra vez quería humillarlo, como casi la mitad del equipo, pero el francés vio que la prueba final era con el mediocre Gonzalo y el hombre que vive de sombras, Brahim. Adiós, Real Madrid de Arbeloa.
Antes de terminar el despropósito de entrenamiento y después de verlo, Mbappé decidió no hacer el ridículo como el actual equipo de Florentino.
Hay una un cantidad notable de tontos contemporáneos que han picado lo de "Out Mbappé" , organizado por un grupo barcelonista. Es un disparate más del manicomio blanco.
Y punto final. No hay más que decir. O quizá escribir una novela, pero no viene a cuento . El Madrid está muerto , ¿que va a hacer ahora su presidente Florentino Pérez?
Va el Madrid con su bandera, dice el himno del Madrid, el viejo himno del que pocos de sus futbolistas saben interpretar el significado. Esa bandera ondea, hoy, boca abajo, sin victoria y sin honor, en el mismo lugar en el que el Barça alza la Liga, la segunda consecutiva, firme en las convicciones que nacen del liderazgo de Hansi Flick, ansioso como un adolescente ante su primer amor e impío sobre las ruinas de un imperio. [Narración y estadísticas, 2-0]
El clásico del Camp Nou no era únicamente la ocasión de sellar un título cantado ante el rival que da sentido a la propia existencia azulgrana, porque no habría més que un club sin el Real Madrid. Era la oportunidad de encender la pira en la que están sus futbolistas, pecadores, pero no responsables del pecado original.
Tampoco lo es Arbeloa, porque la verdadera hoguera a la que no quería echar a sus jugadores es su banquillo. Los males del Madrid tienen que ver con el extravío del principio de autoridad en un club donde el desgaste del líder máximo es evidente. The tone on the top, dicen los británicos. El tono en la cúpula, el tono que tiñe todo lo demás. El que llega al vestuario de Valdebebas no es, hoy, el adecuado. Florentino Pérez necesita recuperar el de sus mejores tiempos, porque esta no es una crisis estacional.
El tiempo dirá si el clásico del Camp Nou, histórico por ser el primero en el que uno de los dos contendientes define el título, es o no el de un cambio de ciclo, y no hablamos de un ciclo deportivo. El Barça ha fijado la autoridad en el vestuario, un buen lugar, como ha sido la mayor parte de su historia, porque siempre lo ha definido el juego. A Joan Laporta le corresponde el acierto en la elección del alemán, pero no es un personaje con auctoritas. Le falta altura. El día de la muerte de su padre, Flick decidió quedarse en Barcelona y dirigir a los suyos. Una elección muy personal y que merece respeto, pero que, en cualquier caso, refuerza su figura.
Sin rebelión personal
Muy cerca de Flick estaba Lamine Yamal, de rosa. Lesionada la gran estrella, acompañaba a sus compañeros a pie de campo. Mbappé, por su parte, notó unas molestias el día anterior al clásico y fue baja. Más molestias, más sospechas. El vodevil de la semana, entre tortas, mentiras y reproches, ha convertido al vestuario del Madrid en el camarote de los hermanos Marx. Era difícil hacer de eso un equipo para jugar en el Camp Nou. Lo único que cabía esperar era la rebelión personal, jugar por la propia dignidad. Apenas se apreció en Brahim, como un náufrago, y en Courtois, reaparecido para evitar un escarnio mayor. El resto era como un ejército entregado, entre el deshonor y la cobardía.
El regreso de Courtois, un capitán en un lugar que se ha quedado sin capitanes, buscaba ese efecto. En el primer lanzamiento del Barça con intenciones, Courtois no fue Courtois. Ni un reproche en el gol de Rashford para el portero, hábil el inglés en el engaño al perfilarse para el lanzamiento de falta. Ni una exclamación por una intervención de otro mundo, aunque las paradas del gigante llegarían después, ante el propio Rashford o Ferran, cuando el choque amenazaba una goleada sangrante.
La vergüenza callada de Arbeloa
Arbeloa presenciaba todo impertérrito, en su pose habitual, mientras soportaba la mofa del público. Siente una vergüenza que no puede explicar. Se irá con sus silencios a un despacho del club. Perdió a Valverde por la pelea con Tchouaméni, mantuvo al francés porque el club no lo apartó, sólo le multó, y a las calamidades se sumaron los problemas de Huijsen en el calentamiento. Eso le obligó a llamar a Asencio, uno de los futbolistas con los que no había contado y más opuestos al entrenador.
De ese Madrid roto por las bajas y por la ignominia no podía esperarse el juego, pero tampoco apareció la intensidad. La del Barcelona era constante, sin necesitar de su mejor versión, ni su mejor alineación. Sin Lamine y Raphinha, que apareció en el último tramo, y Lewandowski, con escasos minutos, el Barça formó en el once sin la delantera de la primera obra de Flick. Fermín ofreció su energía en la izquierda; Rashford, el gol y la velocidad, y Ferran puso muchas más cosas, siempre en movimiento, inyectado y preciso, el mejor azulgrana. Provocó la falta del primer tanto y anotó el segundo, que plasmó todo el contraste entre Barça y Madrid. Olmo tocó preciso de tacón y Ferran se comió el espacio de Asencio y Rüdiger, ambos con una pasividad pasmosa.
Brahim, el único
Gonzalo no afinó en una llegada, Vinicius amagó y nada más, Bellingham se perdió y Brahim se cansó. Las llegadas del Madrid fueron las llegadas de la impotencia ante las que el Barça decidió ser práctico y esperar a las contras y a la fiesta por la vigesimonovena Liga. La Champions está en el debe de Flick, y eso lo sabe el propio técnico, pero su trabajo se impone en España, a cubierto de su inglés en las ruedas de prensa, con una generación muy joven. Laporta dice amén.
En el Madrid se dicen otras cosas de los entrenadores y la Champions le ha sonreído como a ningún otro. No es un mal plan, pero nadie sabe si es posible repetirlo, porque estos futbolistas no son los de antes. El Madrid no es el Barça ni Florentino quiere a un Flick, pero necesita alguien que reconstruya a un equipo para sostener un imperio. José Mourino puede hacerlo a su manera, pero el portugués también deja ruinas a su paso.