Los dos finalistas podrán alcanzar el 40% de las localidades cada uno para el encuentro del 6 de mayo en el estadio de La Cartuja de Sevilla. Se disputará a las 22:00 y será retransmitido por TVE y Movistar.
Luis Rubiales con las delegaciones del Real Madrid y OsasunaRFEF
La Federación Española de Fútbol (RFEF) ha mantenido este lunes la primera reunión con los finalistas de la Copa del Rey, Real Madrid y Osasuna. En el encuentro, la entidad les ha ofrecido a ambos conjuntos parte de su cupo de entradas, con el fin de que cada uno de ellos pueda alcanzar el 40% de las localidades del encuentro que tendrá lugar el 6 de mayo en el estadio de La Cartuja de Sevilla.
Al igual que ocurrió en la temporada pasada, la RFEF ha anunciado que “está dispuesta a ceder un importante porcentaje de entradas que estaba fijado inicialmente en un 33%”.
La entidad también ha hecho oficial que los dos equipos disponen de 48 horas para solicitar dicho cupo y ha confirmado que el coste de las localidades oscilará entre los 39 y los 231 euros. Estos precios han aumentado con respecto a la anterior final de la Copa del Rey, en la que el Betis logró el título contra el Valencia. En esa ocasión, las entradas iban desde los 30, para las de visibilidad reducida, hasta los 222 euros.
LOS DETALLES DE LA FINAL
Hasta el momento del encuentro se conoce que comenzará a las 22 horas, que las puertas del estadio se abrirán tres horas antes y que se realizarán actuaciones musicales antes del inicio del partido.
La final será retransmitida en España por TVE y Movistar+, con más de 165 países conectados. Además, contará con la tecnología del fuera de juego semiautomático y las decisiones que tome el VAR serán comunicadas a través del videomarcador y de la U televisiva que rodea el terreno de juego.
Tienen los clásicos un aroma a partido añejo, histórico, como su propio nombre indica. Por ello el Comité Técnico de Árbitros ha recurrido a un colegiado con esas características para afrontar la final de Copa del Rey en La Cartuja entre dos transatlánticos que magnificarán cada posible error de un equipo arbitral que parte con un líder respetado dentro de su colectivo. Y la historia de Ricardo De Burgos Bengoetxea (Bilbao, 1986) está a la altura.
Tenía cinco años cuando su tío Francisco le pidió a Adolfo Suárez que no se moviera de su escaño. Era un 23 de febrero de 1981 y este cabo fue uno de los que participó en el frustrado golpe de Estado del teniente coronel Antonio Tejero. Su hermano, Ernesto De Burgos Núñez y padre de Ricardo, fue árbitro profesional entre 1976 y 1982. El joven decidió obviar el subfusil y el puro que llevaba su tío en aquella negra fecha y, con buen criterio, eligió agarrar el silbato y seguir la carrera de su padre, que llegó a arbitrar hasta 69 partidos en Primera División. El trencilla le sigue llamando tras cada partido para tranquilizarle y explicarle cómo ha salido todo.
De Burgos Bengoetxea ascendió a Primera División en 2015 y lo hizo junto a José María Sánchez Martínez, curiosamente dos de los mejores árbitros actualmente de LaLiga EA Sports, aunque De Burgos no esté entre los cinco que hay en el grupo Élite de UEFA y sí el murciano. Llegó tras arbitrar dos temporadas en Segunda B (26 partidos) y cuatro en Segunda (86 duelos) hasta el ansiado Levante - Celta del 23 de agosto de 2015 en el que debutó oficialmente en la máxima categoría.
Si ese fue uno de sus mejores momentos con el silbato en la mano, uno de los peores se produjo en su primer clásico. El colegiado expulsó a Cristiano Ronaldo en la final de la Supercopa de España de 2017 tras un forcejeo con Umtiti. Le mostró la segunda amarilla tras haberle sacado otra por celebrar un tanto sin camiseta. Admitió en una entrevista que "fue un momento complicado" y que le costó "volver a salir al campo", pero que esa experiencia le ha hecho más fuerte en su profesión.
Su turno
Para el CTA era el turno de Richi, como se le conoce cariñosamente, puesto que, aunque debió pitar la final del año pasado, al haberse colado el Athletic, no pudo hacerlo al pertenecer al colegio vasco. La eliminación de la Real allanó un camino que tanto Luis Medina Cantalejo como el Comité técnico lo tenían claro, pese a los rumores de que este encuentro sería para César Soto Grado. Desde el CTA hay "gran confianza" en un colegiado de carácter "dialogante" que ha sacado partidos muy complicados en los últimos años "con gran nivel".
De hecho, De Burgos es el que tiene que afrontar el famoso derbi sevillano en el que lanzan un palo a Joan Jordán y también el encuentro en el que Vinicius recibe los insultos racistas en Mestalla, en el que el brasileño termina expulsado.
No hay corporativismo
El vasco califica a los árbitros como el equipo número 21 de LaLiga y es completamente contrario al corporativismo que, dicen, existe entre los trencillas. "Yo quiero que me corrijan si me he equivocado", expresó en una entrevista previa respecto al uso del VAR y la polémica y la desconfianza que genera en cada jornada. Aunque ninguna como la del caso Negreira del que asegura es lo "que más daño" ha hecho a su colectivo.
Fan del parchís y de tomar alguna que otra cerveza con los amigos y compañeros cuando la temporada lo permite, éste será el tercer clásico que arbitre en sus 10 años en Primera División. El primero, pese a la expulsión de Ronaldo, se lo llevó el Real Madrid y los dos últimos, otra final de Supercopa en 2023 y uno de liga en la misma temporada, fueron para el FC Barcelona.
Es, sin embargo, el Atlético de Madrid el equipo al que más veces ha pitado, 34. Mientras que el Barcelona es el tercero con 31 y el Real Madrid es sexto con 25 de los 380 partidos en los que ha estado en el campo. El balance de los culés con De Burgos son de 25 victorias, un empate y cinco derrotas mientras que los blancos están en 17-4-4. Internacional desde 2018, ya ha dirigido algún partido de la Nations League, pero le falta rematar con algún gran torneo.
El buen patrón que interpreta Javier Bardem, un empresario de provincias, en la comedia de Fernando León de Aranoa, tiene una dimensión incomparable a la de los grandes patrones del fútbol con los que ha cohabitado Carlo Ancelotti. De los Agnelli y Silvio Berlusconi a Roman Abramovich, Nasser Al-Khelaifi y Florentino Pérez. Si embargo, con el buen patrón, grande o pequeño, encaja siempre el buen y fiel empleado, el buen entrenador. El italiano tiene un Máster en patrones que le ha permitido desarrollar el arte de la flotabilidad, con un instinto clave para encontrar el punto de equidistancia exacto entre la jerarquía y la independencia.
El resultado ha sido una cosecha escasa en Ligas (seis en 22 años al frente de Juventus, Milan, Chelsea, PSG, Bayern y Madrid), pero casi tantas Champions (cinco, tres en el club blanco). Es, pues, una pieza única, hecha a la medida del complejo ecosistema madridista, donde no se buscan equipos de autor porque es un club de autor. Florentino lo sabe, y ello genera inquietud cuando el ciclo da síntomas de agotamiento, pese a la heroica reacción en la final de Copa frente al Barcelona en La Cartuja. La heroica es para los días festivos y el Madrid actual necesita manos de entrenador, ambas, la izquierda y la derecha, de lunes a domingo.
Florentino Pérez.Jose BretonMUNDO
Las siete Champions conquistadas por el presidente, en sus dos etapas, han sido con Vicente del Bosque, Zinedine Zidane y Ancelotti. Buenos entrenadores en el sentido amplio, aunque las salidas de los dos primeros dejaron aristas que esta vez no se producirían con el italiano, más dolido en el final de su primera etapa. Del salmantino prescindió Florentino tras ganar una Liga, en mitad del motín del Chistu, para subir al Madrid a un tiovivo de entrenadores que lo llevó a la viñeta del Atlético de Jesús Gil. Con el tiempo, el dirigente reconocía, a regañadientes, que fue una de las decisiones equivocadas de su primera etapa, más allá de la falta de sintonía con Del Bosque. Era mutua. Lo es.
La deriva del equipo esta temporada hizo que la cúpula pensara en un plan alternativo que los hechos no han cambiado. Con la Liga todavía pendiente, aunque sea observada como un Everest, y un clásico en Montjuïc, Ancelotti levanta la ceja y se agarra al flotador, aunque resignado a un desenlace que no desea cruento. Tampoco el club.
Xabi Alonso, en el banquillo del Bayer Leverkusen.Christopher NeundorfEFE
Xabi Alonso, en la cabeza del presidente, quiere construir equipos de autor, y por eso intentó descubrir lo mejor de José Mourinho, lejos de los prejuicios y el ruido, y fue en busca de la ciencia de Pep Guardiola. El Bayer Leverkusen lo es. Tiene la ventaja de conocer el club, a Florentino y la Liga. Como el hijo que vuelve a casa de los padres, no tiene que preguntar dónde están las galletas y el café. Pero no busca equidistancias, exige, decide y actúa. El pulso que mantuvo frente a Hacienda, «con muchos riesgos», según los habituales del Tribunal Supremo, es una prueba de su carácter. Si no lo cree, no hay pacto posible.
El presente del Leverkusen no es como el de la temporada pasada, fuera ya de las semifinales de Champions y sin opción al título en la Bundesliga. Al frente del club de la Bayer, el CEO español Fernando Carro tiene claro que, si llama Florentino, la salida de Xabi Alonso no será un problema. Carro es un negociador hábil y pragmático, y habla el mismo lenguaje que José Ángel Sánchez, primer ejecutivo del Madrid. Dejó el poderoso grupo Bertelsman para hacer carrera en el deporte y sabe bien con quién hay que estar a buenas.
A falta de tres jornadas para concluir la Bundesliga, el Bayern aventaja en ocho puntos al Leverkusen. Es ya virtual campeón. Cuando el Madrid juegue el clásico en Montjuïc, el 11 de mayo, más que probablemente ya estará todo decidido. Tanto Ancelotti como Xabi Alonso esperan decisiones con un año de contrato por delante. No hay, pues, ni urgencias ni malas relaciones, al contrario, lo que permite escoger el momento o no hacerlo. Si llega, el dilema será quién dirigirá al equipo blanco en el Mundial de clubes, un objetivo estratégico del Madrid, y más tras los fracasos del curso, además de convertirse en parte de la pretemporada. Tiene sentido que sea el elegido para el nuevo curso.
Carlo Ancelotti.Manu FernandezAP
Florentino es de los que cree que el entrenador es un mal necesario del fútbol y la realidad es que sólo se ha sentido identificado con un técnico-autor. Fue Mourinho. Un entrenador para una circunstancia, competir frente al Barça de Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia, y elevar la deteriorada autoestima del madridismo. Lo consiguió, aunque con devastadores efectos colaterales para la imagen del Madrid. No estamos ante lo mismo, pero sí frente a un Barcelona creciente, que ha ganado tres de tres clásicos y dos títulos directos al Madrid esta temporada. «Sólo hay un entrenador que puede soportar eso con Florentino, y es Ancelotti», afirmaba alguien que trabajó muy cerca del presidente antes de la final de Sevilla. El castigo ha aumentado.
La historia dice que ninguna de las veces que Madrid y Barcelona se han enfrentado en cuatro o más ocasiones en una misma temporada, alguno de los dos ha hecho el pleno de victorias. Si seguimos, pues, la estadística, ello llevaría a una victoria blanca o un empate en Montjuïc, aunque siempre hay una primera vez para todo, incluso para hundirse con el salvavidas puesto.
Dio la sensación de que la valentía del Real Madrid en la previa de la final de la Copa del Rey duró lo que suelen durar todas las polémicas en España: hasta que diga el PSOE. Según el relato publicado el club estaba calentando el avión para volver a Valdebebas hasta que unas llamadas pseudogubernativas le convencieron de que el mundo, enlutado por la desgracia papal, merecía el alivio cómico de ver un partido más de Lucas Vázquez y Rodrygo Goes intentando sacar el balón jugado por la banda derecha.
El Madrid tendrá que aprender a convivir con la frustración de que la única consecuencia del caso Negreira haya sido la proliferación de bravuconadas como la de los árbitros de la final a 24 horas del partido. Es lo que hay: ni ha pasado ni va a pasar nada más. Con tino lo subrayó el realizador, colando en mitad del partido un plano grisáceo de Feijóo, Illa y Laporta. De todos los del palco, escogió a esos tres. Sólo después se recreó el cámara en las gesticulaciones de María Jesús Montero, como retando a un diputado pepero en una sesión de control del Congreso pero con Felipe VI al lado en vez de Yolanda Díaz.
Del partido no cabía esperar nada, toda vez que el Madrid había decidido ni siquiera ejercitarse el día anterior. No habría cambiado mucho, o quizá lo habría empeorado. Superado el ridículo de la primera parte, el esfuerzo y la presión de la segunda no se había visto en ningún momento de la temporada. A la final le habían dado la vuelta Mbappé y Tchouameni, los dos únicos silbados por el Bernabéu. Apoyados por Arda Güler, el único junto a Endrick abroncado en público por Ancelotti. Las viejas recetas casi siempre funcionan. Lo resetearon entre la incapacidad de Vinicius para cerrar el partido -solía correr en el minuto 120 igual que en el 1, y desde ahí destrozaba los partidos- y un error incomprensible de Courtois. Lo mantuvo vivo González Fuertes, el del VAR, advirtiendo el piscinazo de Raphinha que había castigado alegremente el sonriente De Burgos.
No quedaba ya un antimadridista en el mundo que no pensara que ganaría el Madrid robando. Ni un madridista que se fiase de un guion tan obvio. Pensé que perderíamos en penaltis con doble toque de Valverde. Brahim se encargó de que no hiciera falta.