La Supercopa no es la Europa League, ni quiere del mismo modo al Sevilla. Una tiene en sus vitrinas, una de siete oportunidades ganadas en el torneo de sus amores. La última se escapa por un larguero, en el último penalti, en el límite al que llevó al equipo más poderoso del momento. El City de Guardiola hubo de sufrir, tuvo que remontar y expresar toda la efectividad posible en la tanda para derrotar al ejemplar equipo de José Luis Mendilibar. Guardiola se lleva el cuarto trofeo del año para Manchester. Los sevillistas regresan de Atenas sin copa, pero con más orgullo si cabe del que llegaron.
En-Nesyri ofreció la esperanza. Fue una vez en el partido el En-Nesyri del Marruecos que tocó los cielos de Qatar. Hasta su antesala volvió a elevarse para romper otra vez la jerarquía, la lógica, entre Aké y Akanji. No hay torre que resista su envite cuando es un envite de fe, la misma que le faltó después, en una segunda, tercera y hasta cuarta ocasión, pero las perdió ante Ederson.
La previa no decía que el Sevilla era mejor. El partido, tampoco. Pero ahí estaba el primer gol y un marcador que predisponía a la resistencia, porque a los equipos de Guardiola es posible ganarles, pero no ganarles la posesión de la pelota.
El City la tuvo desde el principio, a pesar de la salida intensa de los de Mendilibar, en busca de la sorpresa que puede ofrecer la presión alta. Casi lo consiguen nada más empezar por una duda de Akanji. Apenas lo repitieron, porque el control de los citizen los metió en su campo. El gol de En-Nesyri propició que, además, lo hicieran a gusto, convencidos. Fue gracias a una jugada aislada, que nació en un pase largo de Bono para superar las líneas y activar rápidamente a Acuña en la banda. El centro del argentino fue tan medido como violento el testarazo del marroquí. Haaland lo hubiera querido para sí mismo. Desconsolado, lo observaba desde la otra costa.
Guardiola, mientras, se atusaba la barba de marino. Lo que más gusta al técnico de los suyos no funcionaba. El City dominaba pero no encontraba pasillos interiores por los que lograr superioridades. Para eso le faltaban tres piezas clave en el Pireo: De Bruyne, Bernardo Silva y Gündogan. El primero espera el quirófano, el segundo era, asimismo, baja y el tercero está en el Barcelona. Ha llegado Kovacic, titular, que hace un trabajo impagable, pero un trabajo distinto. Ni Foden, ni Palmer, ni Grealish interpretan ese rol, pese a que Rodri busca y busca los pases interiores. El mediocentro no encontraba la movilidad necesaria en las piezas, por lo que el equipo de Guardiola abuso de los desbordes y los centros, aunque sin encontrar a Haaland, muy bien vigilado por Badé, con la ayuda de un incansable Navas. Era lo que el Sevilla quería, bien parado defensivamente.
Bono tuvo que utilizar los puños más de lo deseado, pero sus acciones más decisivas fueron ante dos remates de Aké, al principio y al final. El primer tiempo acabó con un dominio que desesperaba a Mendilibar en la banda. Pedía a sus hombres que salieran de la cueva. Seguramente, les insistió en el vestuario, porque lo hicieron nada más volver al terreno de juego, con robos y contras que pudieron darle más ventaja en el marcador. En-Nesyri, esta vez, empequeñeció ante Ederson cuando lo tenía todo a favor tras un centro de Ocampos, lanzado en la banda tras salvar la entrada de Walker.
De pronto, el Sevilla había descubierto uno de sus caminos preferidos, vertical como gusta a Mendilibar. Con Oliver Torres en el trámite y Ocampos como un puñal, En-Nesyri era siempre el objetivo, pero ya no era aquel En-Nesyri del Mundial, ya no.
La nueva dinámica sorprendió al City pero también abrió espacios desconocidos en el partido y el equipo inglés tiene quien sabe aprovecharlos en las llegadas. Gvardiol, llegado este año al City, había empezado en la banda, pero acabó por el centro, que es donde mejor puede aprovechar sus cualidades. Pese a ser un central, su visión en la conducción del balón es impagable. Filtró balones como lo había hecho Rodri, que descubrió la parábola para poner al joven Palmer frente al gol.
Había tiempo para más, pero Mendilibar administró la resistencia para llegar a los penaltis que tantas veces han visto a Bono salir a hombros. la Supercopa no quiso, tampoco el City, al que el larguero de Gudelj dio el título. El orgullo fue cosa de dos.
Como es comprensible cuando aún no ha cumplido 21 años, Carlos Alcaraz carece de estabilidad en algunos partidos. Le sucedió en octavos de final ante Jan-Lennard Struff y volvió a ocurrirle en cuartos frente a Andrey Rublev. Tras un primer set brillante, quedó sometido en el segundo. Bien es cierto que el ruso elevó el rendimiento, en particular con su saque, casi inabordable por mucho que Alcaraz fuese a recibirlo casi pegado a los anuncios, pero también cabe achacar el desenlace a una desconexión del defensor del título y doble ganador del torneo. Aún corto de competición tras su ausencia en Montecarlo y Barcelona por la dolencia en el antebrazo derecho, le falta gestionar mejor los momentos de los partidos, sostener el relato de su tenis sin consentir abruptos giros de guion. Rublev se impuso por 4-6, 6-3 y 6-2 y se clasificó para semifinales.
En menos de 24 horas, el Masters 1000 de Madrid se ha quedado sin sus dos ídolos. Tras la despedida del torneo para siempre de Rafael Nadal, con el público madrileño aún bajo una profunda melancolía, Alcaraz vio cómo Rublev dejaba en 14 victorias consecutivas su triunfal secuencia en el torneo y provocaba su primera derrota en la capital desde que cayese ante Nadal en la segunda ronda de 2022. Por si los daños fueran pocos a la hora de restar atractivo a la competición, Jannick Sinner, el mejor jugador del año, decidió no disputar su partido de cuartos frente a Felix Auger-Aliassime, pensando en Roland Garros.
El bicampeón del torneo y defensor del título había encontrado en el difícil partido frente a Jan-Lennard Struff, un rival que siempre le resulta incómodo, una plataforma de lanzamiento hacia el objetivo máximo en este torneo, que no es otro que revalidar la corona. Hasta entonces, hasta esa tercera ronda, Alcaraz realizaba una especie de autoexamen, calibraba ambiciones y riesgos, pendiente de esa lesión en el brazo derecho de la que aún no se ha desembarazado.
Buen primer set
Una vez cautivado por las emociones de un partido que él solo se complicó, Alcaraz lo quería todo. Bajo techo ante la tímida lluvia previa al partido, tardó poco en provocar la primera brecha en el marcador, impulsado por un magnífico passing shot cruzado de revés. Andrey Rublev, su rival en cuartos, es puro temperamento y tiene tendencia a mostrarse demasiado monocorde. No fue así este miércoles.
Al otro lado, un tenista de amplio registro, que puede jugar de muchas maneras. En Madrid sigue sacando punta al saque abierto liftado en el lado de las ventajas, con el que desesperó, entre otros, a Novak Djokovic en las semifinales de hace dos cursos. Alcaraz ya había derrotado a Rublev en la fase de grupos del último torneo de maestros, el único cruce entre ambos antes de la cita de este miércoles.
Cada uno de los contratiempos iniciales, por pequeños que fueran, encontraban una respuesta valiente del español. Miren sino. 5-4 arriba, tras haber contado con dos bolas de set al resto en el juego anterior. Doble falta y 15-30 para Rublev. Alcaraz sirve y termina pronto la jugada con volea de derecha. Tardaría poco en certificar el primer parcial.
Todo cambió de manera radical a partir del segundo set. Se diluyó progresivamente Alcaraz mientras crecía su rival. Triste, decaído, tal vez limitado en su físico, al murciano no le alcanzó con el apoyo de una grada ya en estado de orfandad, sin ningún español en los cuadros individuales del torneo.
"Tenía la sensación de que iba a ser grave, pero mantuve la esperanza hasta que tuve los resultados de la resonancia. No he llorado. Sé cuáles eran mis opciones antes del accidente y sé que ahora no son las mismas, pero aún hay una, y mientras la tenga lo intentaré. Me siento fuerte". Con una compostura admirable y su imborrable sonrisa, Lindsay Vonn, que algo sabe de renaceres, afronta el penúltimo percance de una carrera marcada por el éxito y también por las lesiones.El fin de semana sufrió una espeluznante caída en Crans-Montana, a apenas una semana del comienzo de los Juegos de Invierno. Fue trasladada en helicóptero y se confirmó después la rotura de los ligamentos de su rodilla izquierda. Aún así, la esquiadora estadounidense competirá, a sus 41 años, en la que será su quinta presencia olímpica.
Vonn ya estaba protagonizando una historia de película. El pasado mes de diciembre, en el descenso deSt. Moritz, a sus 41 años y 55 días, se convirtió en la mujer más veterana que jamás venció en una prueba de la Copa del Mundo. Nada menos que 21 años después de su primer triunfo. Y tras haber vuelto del calvario de lesiones por el que decidió poner punto y final a su carrera en 2019.
Hace dos años decidió que fuera punto y aparte. Un último baile con el objetivo puesto en Milán-Cortina D'Ampezzo, en el colofón, con medalla o sin ella (sería su cuarta olímpica), a la carrera de una de las mejores esquiadoras de todos los tiempos. Con su prótesis de titanio en la rodilla derecha y los entrenamientos dirigidos por el neozelandés Chris Knight, todo parecía dispuesto para aumentar su leyenda. Hasta que le volvió a visitar la fatalidad en una prueba, la de Suiza, que después se suspendió por el mal tiempo.
Lindsey Vonn, tras la caída sufrida en Crans Montana.JEAN-CHRISTOPHE BOTTEFE
"Quiero hacer el descenso del próximo domingo y el supergigante (del jueves 12). Y no descarto hacer la combinada (por parejas). Hoy fui a esquiar, con una rodillera. Mi rodilla estaba estable y tengo confianza en que puedo competir", sorprendió a todos este martes Vonn en una rueda de prensa en Cortina d'Ampezzo.
"Me rompí completamente el ligamento cruzado anterior, con un edema óseo, que es común cuando sufres esa lesión. También tengo dañado el menisco, aunque no sabemos si fue fruto del accidente o era previo", explicó la esquiadora, Premio Princesa de Asturias de los Deportes en 2019.
De pie, apoyado sobre la barandilla metálica, Oriol Tort saludaba con un leve movimiento de cabeza desde la distancia a los periodistas que salían de presenciar los entrenamientos del primer equipo del Barcelona. No existía ciudad deportiva alguna y en los campos de tierra que se ubicaban dentro del recinto del Camp Nou solían entrenarse los juveniles del Barcelona. Con su cigarro en la mano, podía confundirse con el guarda del recinto, pero en realidad era el guarda del talento. Discreto pero irónico, le gustaba alejarse del protagonismo y el ruido, aunque dejaba frases con retranca en algún corrillo: «Si hacemos bien nuestro trabajo, uno de estos juveniles podría jugar ahí, en el primer equipo, sin que notarais la diferencia». «Pero tenemos que hacerlo bien...», insistía, con su media sonrisa. El tiempo ha mejorado la sentencia del bueno de Tort, con Lamine Yamal, de 17 años, y Pau Cubarsí, que acaba de cumplir 18, dos juveniles, asentados en el Barça de Hansi Flick y en la selección de Luis de la Fuente. En algo se equivocaba: la diferencia se nota.
Para saber más
Tort había llegado al Barcelona en 1959, como entrenador de infantiles, antes de que existiera la Masía, y desde 1980 hasta su fallecimiento, en 1999, fue el director de la cantera azulgrana. Cuarenta años en el club, más de la mitad de su vida. Recorría los campos de Cataluña, porque decía que había que ver jugar a los niños en su ambiente, para descubrir potenciales talentos. Guardiola, Sergi, Amor,Iván de la Peña, Pujol o Xavi fueron algunos de los que captó para el club azulgrana, aunque le gustara relativizar su trabajo: «No somos descubridores, sólo ayudamos a los jugadores a descubrirse a sí mismos».
La captación era, pues, el momento clave, mágico, según Tort, en el que había que observar los pequeños detalles que podían hacer a un jugador especial. En Jordi Roura observó un desborde eléctrico, cuando jugaba en su pueblo, Llagostera, en Girona. La Masía fue su destino, donde coincidió y trabó amistad con Guardiola, Tito Vilanova y Aureli Altimira, que acabaron por formar la peña 'Els golafres', los glotones. El desborde le llevó hasta el primer equipo, el incipiente 'Dream Team' de Johan Cruyff, pero una grave lesión durante la Supercopa de Europa contra el Milan, en 1989, acabó con su carrera. Con 25 años estaba retirado y empezaba su andadura como técnico. De segundo de Carles Rexach en Japón, a asistente de Guardiola en el primer equipo azulgrana, segundo de Tito Vilanova y, finalmente, entrenador interino tras la terrible muerte de su amigo. Con la llegada del Tata Martino al banquillo, el club presidido entonces por Josep Maria Bartomeu lo nombró director del fútbol formativo, en 2014. Estaba en el sitio de su descubridor, donde se convertiría en el padre de la nueva generación, la 'Quinta de Lamine'.
FC BARCELONA
"Qué raro corre este niño"
«Cuando lo fiché tenía siete años. Fuimos a verlo y primero que pensé fue: 'Qué raro corre este niño'. A esa edad, todos corren detrás de la pelota, es difícil ver cosas, hay que captar los detalles. Todos menos Lamine, que se apartaba, no iba al bollo. Era como si quisiera desmarcarse, como un profesional. Hacóa cosas extrañas. Me llamó la atención. Después hizo un control distinto a los demás, y le dije a Aureli: 'Lo fichamos'», explica Roura, en conversación con este periódico. Altimira, uno de sus inseparables desde los tiempos de la Masía y persona de confianza, compartía con Roura y otros técnicos las sesiones de captación.
«Son la piedra angular de este trabajo. Nosotros no buscábamos las condiciones físicas ni nada de eso, sólo el talento, las cosas que pueden hacer a un jugador diferente y que a esa edad ya puedes observar, porque son innatas. Todo los demás, el físico y el trabajo táctico, ya lo pondremos nosotros después», continúa, como si todavía lo viviera, porque «esto es una profesión, un trabajo, pero también es pasión»
Cambios con Laporta
Roura ya no hace ese trabajo, porque el regreso de Joan Laporta provocó un cambio en la estructura técnica. «Estábamos renovados, pero de pronto estábamos fuera. Puedo entender que un nuevo presidente ponga a gente suya, de confianza, pero creo que fallaron las formas, se podría haber hecho de otra manera», recuerda, aunque sin darle más importancia. Con Roura también salieron Altimira y García Pimienta, entrenador del filial, además de Carles Folguera, director de la Masía durante más de 20 años. Un año después, dejó el club el director deportivo Ramon Planes, hombre clave en las llegadas de Pedri y Araujo.
Además de Deco y Bojan Krkic, Laporta nombró director de la cantera a Alexanko, siempre en la sintonía de Cruyff y después de Laporta. Sin embargo, promocionó y protegió a dos figuras esenciales en la estructura de las categorías inferiores, Sergi Milà y Marc Serra. Una forma de hacer política y amiguismo, pero sin perder el método. Entre ambos, suman más de 30 años en el club. Milà es responsable de la metodología del fútbol base y el coordinador de fútbol 11. La responsabilidad le ha apartado de los banquillos, después de dirigir al juvenil A, y en la Ciutat Esportiva hay quien se pregunta si no se ha cortado la carrera de un gran entrenador. Serra, por su parte, es el coordinador de fútbol 7, el fútbol-probeta que todos, Roura el primero, consideran esencial en el éxito de la cantera azulgrana. «Lamine, Cubarsí, Bernal o Gavi proceden del fútbol 7», recuerda. Los tres primeros ganaron la Liga Promises de 2019, en Nueva York, con un 6-1 al Madrid.
«El fútbol 7 es más interactivo, favorece la asociación, se toca más el balón y nos permite empezar a trabajar en el entendimiento del juego. Que los niños pasen de jugar a la pelota a jugar al fútbol. Queremos que se perfilen para recibir, que anticipen en su cabeza el pase que darán antes de que les llegue el balón, que sean mentalmente rápidos. El fútbol moderno es velocidad, pero no sólo de piernas», continúa Roura, que pone en valor el trabajo de Serra. El Barcelona rechazó, cortésmente, el ofrecimiento de este periódico para que tanto Serra como Milá ofrecieran sus impresiones acerca de su trabajo.
Esperando a Toni Fernández
A diferencia de otras épocas, en las que el Barça creaba centrocampistas que parecían clonados, una endogamia que llegó a preocupar a nivel interno, la generación de Roura tiene de todo: portero, defensas, centrocampistas o delanteros. «Pues claro... Es que cuando oigo hablar del ADN Barça me pregunto: ¿Y esto que quiere decir? ¿Qué no podemos contraatacar? ¿Qué no podemos jugar en largo cuando nos presionen arriba? El Barça tiene su identidad, asociada a la técnica y a la posesión, pero para ganar hay que ser vertical. Flick lo ha entendido bien», insiste el técnico. Algunos de los frutos de su trabajo están todavía por llegar, como Toni Fernández, de 16 años, un delantero de poderoso desborde, que comparte las categorías inferiores con su primo Guille. El portero del filial, el estadounidense Diego Kochen.
«Un buen ejemplo es Cubarsí, un central que es vertical y supera líneas con sus pases -continúa Roura-. El puesto es muy difícil en el Barcelona, porque si tienes espacio a tu espalda y has de iniciar el juego, casi nada. Lo fiché con 10 años, del Girona. Era agresivo, con carácter. Su progreso táctico al llegar con nosotros fue impresionante. Tiene cara de niño, pero es duro, con mala leche. A veces le decía: 'Pau, ríete un poco, esto sólo es fútbol'».
"Balde, hay que apretar"
Recorrer los campos era el día a día de Roura, como antes lo fue de Tort. «En la captación has de ser rápido. Ver, decidir y fichar, todo en el momento. Si no, llega otro club y lo hace». Le ocurrió con Marc Casadó. «Estaba en el equipo de la Damm, uno de los que mejor trabaja la formación. Tenía 13 años y me llamó la atención por su colocación, siempre iba a la cobertura. En cambio, no pensaba que llegaría a un nivel físico como el que tiene ahora, brutal». A Alejandro Balde, en cambio, le tuvo que insistir para dar ese salto. «Jugaba en el San Gabriel y lo trajimos muy pequeño para el fútbol 7. Era técnico, hábil, pero un día le llamé y le dije: 'Con jugar bien no vale, hay que apretar'».
«El método es común, pero cada chico necesita sus tiempos y tiene sus circunstancias. Lamine vivía en Mataró, podía seguir en casa, pero como el entorno del barrio podía ser complicado, lo llevamos a la Masía», continúa Roura. Más protección necesitó Fermín, al que decidió fichar al presenciar un torneo de infantiles en Tarragona. «Jugaba en el Betis y, nada más verlo, me di cuenta de que tenía cosas, pero también un problema: era muy pequeño. No obstante, me dije: 'Es igual, lo fichamos'. Pasaba el tiempo y no crecía, no rompía. Las dudas crecían entre los técnicos y hasta su familia, que se planteó si debía volver a casa. Yo les pedí a todos un poco más tiempo, tenía esa intuición. Finalmente, dio el salto que yo esperaba», recuerda Roura, para el que cada jugador necesita sus tiempos. «Es necesario un trato personalizado, es otro de los secretos», aclara.
Mientras ahora intenta traslada todo ese conocimiento a los jóvenes entrenadores a través del proyecto 'Best Version 1', Roura dice estar «orgulloso» por el trabajo realizado. «A partir de ahí -finaliza-, todo depende de que el primer entrenador les de la alternativa. Koeman, Xavi y Flick lo han hecho. En eso el Barça también es diferencial». Diferencial y, en una de las épocas más difíciles de su historia, también una prueba de vida.