La cautelarísima a Dani Olmo es una medida muy política, en todos los sentidos, para la que los servicios jurídicos del CSD han tenido que forzar los argumentos sin entrar en cuestiones jurídicas más profundas y peligrosas. Política porque política se hace también en el deporte, donde ahora están enfrentados el padre de la norma por la que se impedía la inscripción del jugador, Javier Tebas, y el secretario de Estado, José Manuel Rodríguez Uribes
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Unos misiles que se dirigen a unos niños mientras juegan al fútbol aparecían estampados en la camisa que el boxeador Wassem Abu Sal lució durante la ceremonia inaugural. Una bandera palestina tatuada en el pecho podía apreciarse en el pecho de Yazan Al-Bawwab durante las series de 100 espalda. El nadador levantó la mano con el signo de la victoria mientras la grada de La Defénse Arena secundaba su causa. Ninguno progresó, eliminados, pero dejaron su mensaje, del mismo modo que lo hizo el primer palestino olímpico, Majed Abu Maraheel, en los Juegos de Atlanta, en 1996.
El tiempo era distinto, un tiempo de esperanza tres años después de los acuerdos de Oslo por los que se creaba la Autoridad Palestina. Abu Maraheel ofreció entonces un mensaje de paz, alejado de las hirvientes reivindicaciones actuales bajo los bombardeos israelíes. Entonces no imaginaba el destino trágico que le aguardaba, fallecido en Gaza semanas antes de iniciarse los Juegos de París por falta de asistencia sanitaria para los tratamientos que recibía por sus problemas renales. En su nombre y en el de más de los 36.000 fallecidos en Gaza, unos 340 deportistas profesionales, hablan sus sucesores. La paz es su medalla, la medalla de la utopía.
"Francia no reconoce a Palestina como país [al contrario que España], así que estoy en París para mostrar esta bandera", dijo al señalarse el pecho Al-Bawwab, sin problemas para contestar a todo lo que le preguntaran en la zona mixta de La Defénse Arena. Era su pequeña victoria. Más esquivo se mostraba el israelí Adam Maraana, que tomó parte en las mismas series de 100 espalda, el domingo, pero sin enfrentarse directamente: "No dejen que les engañen con la desinformación".
"No nos tratan como a seres humanos, así que estar aquí nos sirve para demostrar que somos iguales a todos los demás, que merecemos otro trato", insistió el nadador palestino. "Quiero mostrar el mundo la dignidad de toda Palestina", afirmó, por su parte, el púgil que llevó la bandera sobre la embarcación más aplaudida en el Sena, junto a la francesa.
"Curar heridas del pasado"
Mensajes muy distintos a los que dejó Abu Maraheel en 1996: "Con mi presencia ya ganamos la medalla de oro. Esto ayudará a curar heridas y borrar algunas imágenes amargas del pasado". Lamentablemente, en Oriente Medio el pasado siempre vuelve, de la Guerra de los Seis Días, la del Yom Kippur o las matanzas de Sabrá y Shatila a la masacre de Hamás y los bombardeos en Gaza. En 1996, el Comité Olímpico Internacional (COI) admitió en su seno a Palestina, pese a no ser reconocida por la comunidad internacional, en base a su independencia jurídica, hecho por el que Abu Maraheel compitió en Atlanta, eliminado en la primera ronda de los 10.000 metros, en la que acabó decimoprimero.
Pero los Juegos no acabaron ahí para el primer atleta y abanderado olímpico de Palestina. Abu Maraheel explicó su mensaje a todos los periodistas internacionales que pudo. "Corro por la paz y nada más que por la paz", declaró en el Atlanta Journal. Además, se reunió con miembros de la comunidad judía de la ciudad y familiares del atentado de Múnich'72, donde fallecieron 11 miembros de la delegación israelí y varios terroristas del grupo palestino Septiembre Negro, que habían sido invitados por el comité organizador.
Nacido en un campo de refugiados
Era un personaje ideal para explicar la realidad palestina, porque su vida era la historia de su pueblo en carne hueso. Había nacido en 1963, en el campo de refugiados de Nuseirat, en la Franja de Gaza, donde sus padres se instalaron tras huir de Beersheba. Empezó a trabajar como obrero de la construcción en Erez, por lo que a diario realizaba el trayecto a la carrera, una veintena de kilómetros en la que sólo se detenía en los 'checkpoints', que acabaron por ser su mejor entrenamiento.
Empezó a jugar en el Al Zaytoon, club de fútbol local, pero pronto se decantó por el atletismo. Después de ganar una carrera en la que Yasir Arafat era el encargado de entregar los premios, el líder palestino le preguntó si estaría interesado en formar parte de su séquito de seguridad cuando visitaba Gaza. De esa forma comenzó una relación que le llevó a simpatizar con Fatah, aunque alejado siempre de las posiciones más radicales. Ni siquiera después de que su hijo fuera herido en una incursión israelí en Gaza, cambió su mensaje.
'Wild card' del COI
Jamás dejó el deporte, empeñado en formar atletas palestinos que pudieran seguir su ejemplo, pero por méritos propios, no por razones diplomáticas, a través de las wild card del COI. De los ocho deportistas palestinos en París, siete han llegado por esa vía.
Los bombardeos israelíes obligaron a Abu Maraheel y su familia a ir a un campo de refugiados. Su estado de salud se había deteriorado debido a la insuficiencia renal de la que era tratado hasta que fue imposible debido al deterioro de la sanidad en la Franja. Familiares y allegados intentaron llevarlo a Egipto, pero fracasaron y Abu Maraheel falleció el 11 de junio, un mes antes de los Juegos, en el campo de Nuiserat, el mismo lugar donde nació tras la huida de sus padres, como si nada hubiera cambiado tras una vida entregada al deporte y a la paz.
Sentir las miradas encima sin mirar a nadie. Un difícil ejercicio de concentración que ya era apreciable cuando Jon Rahm apareció en el putting green, la última zona de calentamiento. Fueron minutos, al contrario que sus rivales. Un último contacto con la hierba bajo un sol oblicuo, menos húmedo que los anteriores. Refugiado del ruido en sus auriculares, no embocó ninguna. No importaba, ahí no.
Salió disparado, entre gritos de "¡Rahm!, ¡España! o ¡Europe!" A ninguno respondió, a ninguno escuchó. Estaba en modo concentración, en modo recorrido, perfecto hasta la mitad del campo, que cerró con cuatro golpes de ventaja. En el hoyo 11 llegó el problema; en el 14, el hundimiento del que no pudo reponerse. Fue quinto.
"No sé cómo explicarlo", se repetía una y otra vez Rahm, abatido. "Cuando lo tienes tan cerca, es muy doloroso perder de este modo", insistía, sin querer hablar de futuro, de una nueva experiencia olímpica en Los Ángeles 2032: "Ahora no me habéis de futuro. Me va a costar reponerme de esto". Admitió que los errores afectaron a su concentración, pero, en su opinión, "el problema no estuvo en el hoyo 11 o 12, sino en el tercer golpe del 14".
+4 en los nueve últimos
La concentración ha sido un elemento clave en el crecimiento de Rahm, desde los tiempos en los que la Federación lo sancionaba por explotar en el green, golpear los palos y las bolsas. Incluso fue obligado a trabajar con golfistas discapacitados, una especie de servicio social que siempre ha reconocido como clave en su vida. Eso cambió a Rahm y alumbró al campeón que se observó en París durante una primera parte del recorrido perfecta, fuera en el tee como en el green.
En los 10 primeros hoyos tan sólo se fue fuera de la calle en dos ocasiones, algo que solventó sin superar nunca el par. Birdie a birdie, con cuatro en cinco hoyos consecutivos, firmaba un -5 en los primeros nueve hoyos. En los siguientes nueve, un +4. Partió con -14 y acabó en -15. Había dicho que era necesario estar seis golpes por debajo del par. Acertó en el diagnóstico, no en el tratamiento. Sólo arañó uno al campo.
La mayor dificultad del último tramo no explica la diferencia, porque la crisis llegó antes, con dos bogeys en los hoyos 11 y 12, donde las jornadas anteriores había realizado par y birdie. Marcado por esos errores, en el hoyo 14, un par 5 y, por tanto una oportunidad para el birdie, incluso para el eagle, que había logrado en la primera jornada, acabó por realizar un doble bogey.
Scheffler, Fleetwood y Matsuyama, en el podio.EFE
Ese tramo fatal no sólo le hizo perder el liderato con el que había arrancado la jornada, igualado en el hoyo 12 por el británico Tommy Fleetwood, también las posiciones de podio. Cuando salió del doble bogey era quinto, empatado con el francés Víctor Pérez, una de las sorpresas del torneo olímpico de golf, que realizó un recorrido de -8 el último día.
Después de uno de sus errores, Rahm agitó el palo, gesto de desesperación que jamás había hecho hasta entonces en todo el recorrido. Necesitaba volver a su estado del principio frente a un desenlace en desventaja. Un putt larguísimo le permitió hacerlo en el hoyo 15 y empatar con -17 con el japonés Hideki Matsuyama en la tercera plaza. El oro estaba a dos golpes, demasiado en dos hoyos. El bronce, en disputa. Un nuevo bogey en el 17 le dejó a merced de un birdie en el hoyo más difícil. Volvió a hacer girar su palo, desencajado. Mal asunto. El resultado fue un nuevo bogey. Miró al césped. Desencajado, tampoco quería mirar a nadie.
El número uno del ránking
Los 18 hoyos del Golf National, tomado por una peregrinación cuyas intenciones nada tenían que ver con la que tomó el cercano Palacio de Versalles, siguieron al español, convertido ya en un icono, hasta el final. Unas 80.000 personas, más de las que acudieron a la Ryder Cup en este mismo campo o de las que caben en el estadio de Saint Denis. El polémico fichaje por el circuito saudí LIV lo ha apartado de determinados focos, pero su carisma sigue intacto.
Rahm no pudo devolver tanto cariño en forma de oro y vio cómo lo ganaba el estadounidense Scottie Scheffler, el hombre al que Rahm, de ganador a ganador, le puso la chaqueta verde este año en Augusta. El estadounidense, el mejor del ránking este año, fue de menos a más en el torneo olímpico para acabar con el récord del campo en la última jornada (-9) y una tarjeta global de -19. La plata fue para Fleetwood (-18) y el bronce para Matsuyama (-17). Dos golpes malditos separaron, pues, a Rahm del podio, aunque los golpes malditos en París fueron muchos más.
Xabi Alonso pone su primera pica como entrenador del Madrid. No es una pica en Flandes, de las que tanto sabe el imperial Madrid, mucho más que real, no todavía. Pero una pica en un clásico no es una pica cualquiera. Una pica que es como una punción en el nervio ciático del Barcelona, porque no lo quiebra únicamente en el partido, también en el argumento, la 'línea maginot' de Hansi Flick, que ha cambiado la precisión por el corte de mangas, la butifarra. Mal asunto. Una pica que refuerza a este Xabi intervencionista, que cambia el sistema para incluir a Camavinga y retira a Vinicius, histérico e irrespetuoso en el cambio y en el desenlace, con la tangana entre banquillos. Una pica en la semana de la sobrada de Lamine Yamal con Ibai Llanos. Hay días para estar calladito, pero eso se aprende con los años. Una pica que amplía el liderato de un Madrid todavía en vías de desarrollo, pero con la pica de la autoridad bien fijada en el vestuario. Es un principio. [Narración y estadísticas (2-1)]
Un cuarto centrocampista fue la decisión de Xabi Alonso, al alinear a Camavinga junto a Tchouaméni, Bellingham y Güler. La maniobra, sin embargo, fue compatible con un hecho capital: mantener al turco en el centro, con todo el campo en panorámica. En el Metropolitano lo escoró a una banda, lo que implica un lado ciego, y eso penaliza las opciones del jugador que, hoy, posee más visión en la transición ofensiva del Madrid. Para otras cosas no es todo lo duro que el entrenador desearía, y la prueba es la pelota que le arrebató Pedri al borde del balcón de Courtois y que permitió al Barcelona, merced al remate de Fermín, volver al partido con lo mínimo tras el primer gol de Mbappé. Fue un espejismo, porque este Barça era como un muñeco de trapo zarandeado, roto su espinazo con ese primer tanto, y en el que pesan tanto las bajas, muchas, como las dudas.
Mbappé se benefició en el mismo lugar que no pudo hacerlo, desesperado, la pasada temporada. Ha cambiado el francés, veloz como el guepardo que mide los tiempos y salta en el momento justo, y preciso y seco en el remate. El penalti errado, mejor dicho, detenido por Szczesny, no quita una coma a lo anterior. Pero también ha cambiado el Barça, inseguro en lo que hace, lo que convierte su sistema en un caladero de goles para el contrario.
Xabi Alonso, durante el clásico.Sergio PérezEFE
Mucho antes pudo adelantarse el Madrid, por un error de Fermín que encontró en la misma línea a Mbappé, pero con un taco de la bota por delante. Una anulación justa del VAR, la segunda, pero tan ridícula como la norma. Cuando cualquier ley se lleva al extremo, acaba en el absurdo. Por fortuna, cambiará próximamente. La primera actuación del videoarbitraje, con acierto, fue para indicar a Soto Grado que revisara el penalti señalado sobre Vinicius. Después de dos decisiones contra el Madrid, bien señaladas, no le pidieron que revisara el segundo gol del Madrid, obra de Bellingham, en el que el codo de Huijsen toca en Cubarsí. Soto Grado estimó que formaba parte de la disputa. Sigan. La cuarta del VAR llegó por la imprudencia de Eric García, al levantar la mano mientras caía en el área. No tuvo trascendencia.
Si en el primer tanto del Madrid Bellingham encontró a Mbappé habilitado en la línea por Balde, en el segundo, con independencia de la polémica, se puso de manifiesto la falta de contundencia de la defensa azulgrana, un poema. Para entonces, poco antes del descanso, Szczesny ya había realizado tres grandes intervenciones, frente a Mbappé y Bellingham. Ninguna, sin embargo, como el penalti que detendría al francés para convertirse en el mejor jugador de los suyos. Hasta entonces, Courtois había encajado un tanto, pero sólo había tenido que hacer paraditas. Indicativo de quien estaba mejor sobre el terreno de juego. De ese modo fue hasta el final, con una última parada del polaco en una falta de Rodrygo.
Lamento de Lamine en el Bernabéu.AP
Los dos equipos buscaron en la presión alta su oportunidad y las encontraron, especialmente el Barça con su gol, pero con independencia de esa acción, un islote al que Fermín se subió como un náufrago, el resto de disputas y balones divididos fueron para los madridistas, sobre todo en el primer tiempo. Fue evidente entre Militao y Ferran Torres o Carreras y Lamine Yamal. El primero recordó sus buenos marcajes al azulgrana como jugador del Benfica. Sin Lewandowski ni Raphinha, lesionados, el equipo azulgrana necesitaba más de su jugador-franquicia, pero Lamine, en el clásico de sus polémicas palabras, fue menos.
Vinicius fue más, clave en la jugada del segundo tanto blanco, hasta que ofició su habitual autodestrucción cuando vio que era uno de los cambios elegidos por Xabi Alonso. El entrenador no le dirigió ni la mirada. Carvajal, Rodrygo y Brahim entraron en el campo, algo que no podía igualar el banquillo del Barça, un erial debido a las bajas.
Vinicius, agarrado junto al banquillo.Bernat ArmangueAP
La activación que buscó Lamine tras el descanso no sirvió para hacer la diferencia que se espera de un futbolista llamado a tantas cosas. Más activado se mostró Pedri, perdido en busca de socios hasta el extremo en cada jugada, hecho que le costó la expulsión. Quizás hay que hablar más del canario como el verdadero futbolista jerárquico del Barça, digan lo que digan los goles y se repartan como se repartan las pelotas doradas, como caramelos para niños caprichosos. En el Bernabéu hubo dos, que alternaron sus numeritos, antes, durante y después del primer clásico de Xabi Alonso en todos los sentidos. El Barça que dominó los cuatro clásicos en el último año de Ancelotti es, tras las caídas ante PSG y Atlético, su primera pieza de caza mayor.