Las claves de por qué el independentismo se agarra a Laporta y la fallida candidatura alternativa que urdió el PSC

Las claves de por qué el independentismo se agarra a Laporta y la fallida candidatura alternativa que urdió el PSC

Huérfano de poder institucional en Cataluña, donde lo ocupa y lo gestiona casi todo el PSC de Salvador Illa; con ERC y Junts enfrentados entre sí, sin un liderazgo político claro -ya que la ultra Sílvia Orriols sigue siendo vista por el establishment como un fenómeno pueblerino-, y un gran vacío emocional por llenar tras el fracaso del procés, el nacionalismo encontró en Joan Laporta una figura redentora. El paraguas azulgrana donde reagruparse, darse mimos y rearmarse moralmente a base de goles, a la espera de tiempos más favorables para su causa -como hizo tantas veces en su historia-, recuperando y actualizando el símbolo del Barça cual club-Estado y ejército desarmado de Cataluña que planta cara al «palco del Bernabéu» y el Madrid DF (Distrito Federal) de Florentino Pérez e Isabel Díaz Ayuso.

La contundente victoria de Laporta ante Víctor Font, un tipo robótico y con alma de director de oficina provincial de La Caixa, consagra el regreso del nacional-barcelonismo, espoleado además por las victorias deportivas de la brillante Generación Lamine.

Aunque sin la efervescencia independentista de sus años de juventud y delgadez, Laporta entendió la importancia de las emociones y los símbolos para una parte significativa de la sociedad catalana, que otorga al Barça una dimensión espiritual y conectada a la propia existencia de Cataluña. Razón por la cual, Laporta cultivó ese perfil de gamberro tocanarices -mitad Berlusconi de la Barceloneta, mitad boixos nois otoñal-, que se enfrenta sin complejos a «la caverna madrileña», con su «inventado caso Negreira», y otros «poderes fácticos» del maligno deep state español.

Un relato conspiranoico que raya la parodia, pero que le ha permitido a Laporta, bajo el lema de resonancias trumpistas «Defensem el Barça» -la apelación a un club asediado por enemigos externos-, conectar con el estado de ánimo del socio culé. Tapando así todas las sombras de corrupción y de dudosa gestión económica durante su presidencia: además de por el caso Negreira, está siendo investigado por su implicación en una presunta estafa de 4,7 millones de euros a una familia en relación con negocios en China y el club Reus Deportiu.

Ninguno de estos procesos, ni el divorcio con Messi, rebajaron el apoyo de los socios y de un independentismo político que en todo momento dejó claro que su candidato era Laporta. Una de las primeras llamadas que recibió tras ganar las elecciones fue la de Carles Puigdemont. La relación de Laporta con el fugado de la justicia, con el economista Xavier Sala i Martín haciendo de puente, siempre ha sido muy estrecha.

En 2020, en la anterior campaña electoral, Laporta se entrevistó con Puigdemont en Perpiñán y recibió su aval como «candidato de país». Otro apoyo decisivo para Laporta ha sido el del magnate de la comunicación Jaume Roures, fundador de Mediapro y uno de los cerebros en la sombra del procés, quien en 2022 salvó al club de la bancarrota con la compra del 24,5% de Barça Studios a través de una de sus empresas (Orpheus Media) a cambio de 100 millones de euros.

Durante la última campaña electoral y en diferentes declaraciones, Laporta tampoco rehuyó la cuestión política y esa etiqueta de candidato indepe: «la independencia de Cataluña siempre la tenemos que tener presente». Y solventó con la facilidad del tahúr con años de mili en el casino del fútbol la contradicción que supone tener como asesor áulico -sin cargo oficial- y mandamás a su excuñado Alejandro Echevarría, otrora miembro de la Fundación Francisco Franco, con valores catalanistas de los que hace gala la institución. Le bastó decir el Barça «no es sectario» para cerrar el tema.

Aún así, para quien el factor Echevarría podía suponer reparos éticos o retortijones patrióticos, la fotografía de Laporta junto al ex presidente de la Generalitat Jordi Pujol -otra figura recuperada y rehabilitada- despejó toda duda sobre la vinculación de Laporta con la causa nacional y abrió el camino a su incontestable victoria sobre Font. Incluso el ministro de Cultura, el colauista Ernest Urtasun, fiel a la herencia soberanista del PSUC y de la izquierda caviar de Sant Gervasi, se fotografió con Laporta rompiendo la imparcialidad que se espera de un miembro del Gobierno en unas elecciones de un club tan importante.

La victoria de Laporta también se vio favorecida por la renuncia del PSC a articular una candidatura alternativa que permitiera alejar al Barça de Junts y el independentismo. La falta de un candidato de garantías -pensaron en Jordi Roche, ex presidente de la Federación Catalana de Fútbol-, la conexión íntima de Laporta con el sentimiento más primario de la afición culé, los éxitos deportivos desde la llegada de Flick y la inauguración del remodelado Camp Nou desbarataron el proyecto de Illa.

Otro factor clave fue el fichaje de Álvaro Echevarría -hermano del cuñadísimo- como director de la Oficina del presidente de Telefónica, Marc Murtra, militante del PSC y amigo de Illa. Esto habría reconducido la relación con los socialistas de esta familia tan influyente y decisiva en la suerte del laportismo y el Barça. El resultado es que un presidente de dudosa solvencia gestora y ética arrasó en las urnas y regala a un independentismo a la baja algo más que una victoria moral.

La valentía del Madrid sólo duró un rato: la clave era no entrenar

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Dio la sensación de que la valentía del Real Madrid en la previa de la final de la Copa del Rey duró lo que suelen durar todas las polémicas en España: hasta que diga el PSOE. Según el relato publicado el club estaba calentando el avión para volver a Valdebebas hasta que unas llamadas pseudogubernativas le convencieron de que el mundo, enlutado por la desgracia papal, merecía el alivio cómico de ver un partido más de Lucas Vázquez y Rodrygo Goes intentando sacar el balón jugado por la banda derecha.

El Madrid tendrá que aprender a convivir con la frustración de que la única consecuencia del caso Negreira haya sido la proliferación de bravuconadas como la de los árbitros de la final a 24 horas del partido. Es lo que hay: ni ha pasado ni va a pasar nada más. Con tino lo subrayó el realizador, colando en mitad del partido un plano grisáceo de Feijóo, Illa y Laporta. De todos los del palco, escogió a esos tres. Sólo después se recreó el cámara en las gesticulaciones de María Jesús Montero, como retando a un diputado pepero en una sesión de control del Congreso pero con Felipe VI al lado en vez de Yolanda Díaz.

Del partido no cabía esperar nada, toda vez que el Madrid había decidido ni siquiera ejercitarse el día anterior. No habría cambiado mucho, o quizá lo habría empeorado. Superado el ridículo de la primera parte, el esfuerzo y la presión de la segunda no se había visto en ningún momento de la temporada. A la final le habían dado la vuelta Mbappé y Tchouameni, los dos únicos silbados por el Bernabéu. Apoyados por Arda Güler, el único junto a Endrick abroncado en público por Ancelotti. Las viejas recetas casi siempre funcionan. Lo resetearon entre la incapacidad de Vinicius para cerrar el partido -solía correr en el minuto 120 igual que en el 1, y desde ahí destrozaba los partidos- y un error incomprensible de Courtois. Lo mantuvo vivo González Fuertes, el del VAR, advirtiendo el piscinazo de Raphinha que había castigado alegremente el sonriente De Burgos.

No quedaba ya un antimadridista en el mundo que no pensara que ganaría el Madrid robando. Ni un madridista que se fiase de un guion tan obvio. Pensé que perderíamos en penaltis con doble toque de Valverde. Brahim se encargó de que no hiciera falta.

El apretón deportivo de los nacionalistas: pactos de Sánchez, independencia de la pelota vasca, oficina a la carta en la Generalitat y decorado del caso Olmo

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El atxiki es la acción de atrapar levemente la pelota con la mano, acompañarla, en lugar de golpearla limpiamente, como exige el reglamento de la pelota vasca. Difícil de observar, es la argucia que utilizan, con disimulo, algunos pelotaris. El nacionalismo, en cambio, no necesita disimular ni esconderse, ya no. Los pactos de Gobierno de Pedro Sánchez le han dado instrumentos de los que carecía en el pasado, fuera con PSOE o PP en la Moncloa. Lo

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