Las tensiones del Barcelona exigen decisiones antes de la decisión de la UEFA. Al club lo sostiene, hoy, el equipo de Xavi, mientras se mueven posibles alternativas por si cae el dirigente.
El joven y seductor Joan Laporta se sentía como William Wallace, con los colores de guerra azul y grana en los pómulos, depositario de una misión emocional y nacional, porque sólo entiende como nación a Cataluña. Tan identificado decía estar con el p
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Cuando Florentino Pérez llegó al Madrid, hace un cuarto de siglo, habló, textualmente, de «evangelizar» al mundo con el madridismo, como si el mandato que había recibido de los socios fuera una misión. Hubo quienes calificaron la declaración de irreverente, porque las metáforas en el contorno de la Iglesia siempre resultan sensibles, aunque la realidad es que los fines a los que se refería aquel Florentino tenían que ver más con el universalismo que con la religiosidad. La expansión del club es parte de su obra, una obra colosal, pero corre el riesgo de ser devorada por su propia ira, si no analiza con atención el resultado de su reelección, la misma ira que le ha llevado a despreciar a críticos y a candidatos, y a observar enemigos en todas partes. El madridismo, hoy, quiere debate.
El Madrid no es sólo el club más valioso según Forbes, como ha repetido el presidente durante la campaña. Es el club más amado del mundo, aunque en los últimos años haya sido gobernado como si se tratara del más odiado. Eso no hace más grande al Madrid. Al contrario, lo empequeñece, porque su hábitat es Atenas, no las Termópilas.
Los socios han decidido renovar la confianza en Florentino, porque su legado es mayor que sus errores y porque su dimensión trasciende la de un presidente, es mesiánica. Pero le han dejado una advertencia en las urnas, al conceder a su rival el 35% de los votos, en una votación casi de récord pese a las dificultades logísticas en la capital y la peregrinación a Valdebebas.
Florentino Pérez, entre seguidores tras votar.EFE
El que aparecía omnipresente y sin mácula, como un Santo Padre del madridismo, ya no escucha amén a todo lo que predica. Quizás sea el momento de que regrese a los Evangelios, como el Papa León XIV en su discurso en Madrid: «La realidad simplemente es la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra».
Confeso madridista, el Papa visita el día después el Bernabéu, donde será recibido por el reelegido Florentino en su nueva catedral. Pocas cosas hay de las que se sienta más orgulloso, junto a las siete Champions, porque los futbolistas van y vienen, pero los estadios, las grandes obras patrimoniales, quedan. No olviden que es y será siempre un constructor. Le ocurre lo mismo con la ciudad deportiva de Valdebebas.
La remodelación del Bernabéu es la responsable de que el Madrid viva un presente de tensión económica, como describió Paula María en las páginas de este periódico, que obliga a soluciones de riesgo para el futuro. Eso genera más estrés al presidente que el caso Negreira, los arbitrajes o la búsqueda de un entrenador, porque enjuicia su reputación de gran empresario. Todo lo demás es coyuntural.
La conversión del Madrid en algo que todavía desconocemos es el peligro que ha señalado Enrique Riquelme durante una campaña muy eficaz por parte del aspirante, en la que ha sorteado las presiones que siempre se tienen cuando se compite contra un prohombre de la economía, fuera por los avales, la composición de su junta directiva o las apariciones en televisión. De hecho, lo único que ha hecho Riquelme ha sido replicar al Florentino que sedujo a los socios con Figo, intercambiado por Haaland, y salpimentado con el madridismo de quienes tienen cuentas pendientes con Florentino, como Hierro y Raúl. La iniciativa fue suya en todo momento.
Riquelme atiende a los medios tras la votación.EFE
Riquelme sabía que la victoria era una utopía, pero el resultado le ofrece, a los 37 años, un camino para ganar el futuro. Para ello necesita convertirse en una oposición activa, ofrecer el debate que el Madrid no ha tenido, y eso implica tiempo y dedicación. Durante la campaña, dijo que si ganaba las elecciones dejaría la operativa diaria de Cox Energy, su empresa, para dedicarse a la gestión del Madrid. Ahora no tiene sentido, pero desaparecer del ecosistema madridista, tampoco. El proceso que viene, el de la reconversión, necesita masa crítica.
En 2030, cuando concluya este mandato, Riquelme tendrá 41 años. Florentino alcanzó la presidencia con 53. Al final del nuevo mandato, que coincidirá con el Mundial en España, Marruecos y Portugal, y una final a la que aspira el Bernabéu, tendrá 83.
Se trataría del final perfecto para su obra si se cumpliera el siguiente relato: una reconversión societaria consensuada que diera nuevos ingresos, una deuda estructurada en el largo plazo y un proyecto deportivo reconstruido. Florentino no ha hablado de final, pero es evidente que se encuentra ante la decisión de cómo quiere cerrar su ciclo, si con la obra por bandera, una obra que necesita de todos para reconducirse con acierto, o con la ira.
Para empezar, el porcentaje de votos de su victoria no le permitiría llevar con seguridad la propuesta de una reforma societaria a un referéndum, como es su intención. Para sacarla adelante, como cualquier cambio estatutario, son necesarios dos terceras partes de los votos.
Mourinho, en el banquillo del Benfica.MUNDO
La llegada de José Mourinho señala inicialmente el camino de la ira, pero eso no dependerá del portugués, un entrenador capacitado pese a los últimos años, sino de cómo interprete el Evangelio el Santo Padre.
Muy rápido para Mohamed Attaoui. Por ahora. A los 22 años y después de una fulgurante aparición en el atletismo, tiene tiempo para mejorar. El problema es que en el 800 va a tener una competencia brutal, con una de las mejores generaciones de los últimos tiempos.
Emmanuel Wanyonyi, de Kenia, es su líder y el nuevo campeón olímpico, a los pocos días de cumplir 20 años. Con 1:41.19 hizo la tercera mejor marca de todos los tiempos y se quedó a 28 centésimas del récord del mundo, en una prueba en la que hubo plusmarca de América, la del canadiense Marco Arop (1:41.20), y de Estados Unidos, a cargo de Bryce Hoppel (1:41.67). Jamás cuatro hombres habían bajado de 1.42. Moha fue el quinto (1:42.08). Es su siguiente barrera.
El español iguala el quinto puesto de Adrián Ben en Tokio, pero en pruebas muy diferentes. Ben acabó entonces en 1:45.96 en una final en la que el oro se ganó por encima de 1:45. "Me voy súper contento". Sabía Attaoui por qué lo decía. En esa coyuntura ofreció el máximo de lo que ha conseguido, metido en una criba histórica que le va a llevar a las mejores carreras en el circuito de la Diamond League y a las finales, si no se malogra. Está en buenas manos, afincado en Suiza y dirigido por Thomas Dreissigacker. Eso significa gloria y dinero.
Más piernas
"No he cometido errores, al contrario de lo que me pasó en la semifinal. Lo he dado todo y he tomado las decisiones correctas. Pero al final me han fallado un poco las piernas, a pesar de que casi he estado en mi marca personal. Corría contra grandísimos rivales. Esto me da muchos ánimos para seguir trabajando y entrenando", añadió este atleta nacido en Marruecos, pero afincado en Torrelavega desde los seis años, edad a la que llegó a España con su familia. Empezó atrás, pero en la cuerda para ahorrar metros, aunque la velocidad no le permitió realizar el 'cambio', porque el 'cambio' estaba activado desde el principio por Wanyonyi y Arop.
El 800 en el que tomaba parte Attaoui confirmó la expectativa que proclamaban los ránkings. No sólo el de la temporada, sino el de siempre. De los 10 atletas más rápidos de la historia en el 800, cuatro estaban en la pista, y no por lo que hubieran hecho en el pasado, sino este mismo 2024. Eran el argelino Djamel Sedjati, el francés Gabriel Tual, Wanyonyi y el español. Ahora lo está también Arop. Los tres primeros habían conseguido correr por debajo de 1:42. El español está a a cuatro centésimas, después de su récord de España (1:42.04). Ayer era una carrera para hacerlo, pero le faltaron piernas.
La marca la batió en la reunión de la Diamond League en Mónaco, en unos meses mágicos antes de París. La primera sorpresa la dio al colgarse la plata en el Europeo de Roma, celebrados el mismo año que los Juegos por los ajustes de fechas y campeonatos que provocó la pandemia. Las referencias de los podios, por tanto, hay que tomarlas con cautela. Las marcas, en cambio, valen lo que dicen.
Yulenmis Aguilar, durante la final de jabalina.AFP
Moha pulverizaba los 1:43.65 de Saúl Ordóñez, anterior récord de España. Eso es darle un bocado a una marca, que es como ha aparecido este atleta en el atletismo español y como lo hizo en las series de París. En la semifinal en la que no supo ubicarse y fue, en su opinión uno de sus peores 800, hizo 1:43.69. La impresión, pues, es que tiene margen de mejora si consigue dominar algunos aspectos de la estrategia de carrera, con menos tráfico en el 800 que en el 1.500, pero sin tiempo y metros para corregir los errores.
Attaoui había subido al podio continental ya como sub'23, aunque inicialmente en los 1.500. La transición, incluso la compatibilidad con el 800, era más habitual en el pasado. El ejemplo es el presidente de la World Athletics, Sebastian Coe, que ha seguido las pruebas en Saint Denis. Sus 1.41.73 son todavía la sexta marca de todos los tiempos del único atleta con dos títulos olímpicos en 1.500. Coe y Steve Ovett alternaban las distancias, mientras que las generaciones posteriores se inclinaron por hacerlo en el 1.500 y el 5.000, desde Hicham El Guerrouj a Jakob Ingebrigtsen.
A Coe correspondió el honor, como anfitrión, de ver a David Rudisha bajar de 1:41 (1:40.91) en Londres, en los Juegos de los que era anfitrión. Entonces, en 2012, un récord del mundo del futuro, como lo había sido el de Coe en 1981. Hoy, un desafío para esta nueva generación del 800 de la que Attaoui forma parte.
Águeda Marqués, tras la final de los 1.500.AFP
Más lejos de esa élite está Yulenmis Aguilar, pese a concluyó sexta en la final de jabalina (62.78) y obtuvo, asimismo, diploma olímpico. Esa marca difícilmente puede llevarla a un gran podio. Había lanzado este año 63.90, pero no pudo repetirlos en París. Thierry Ndikumwenayo, por su parte, sabía que el podio de los 5.000 estaba mucho más lejos que para Attaoui o Yulemnis, pero al menos tuvo el foco de liderar la prueba hasta que sucumbió al poder de los etíopes y a un poder superior, el del noruego Jakob Ingebrigtsen, que pasó al vuelo a los atletas de la altiplanicie africana para redimirse de su derrota en el 1.500. Águeda Marqués, undécima en la de 1.500, no alcanzó el diploma, pero sí marca personal (4.00.31). Eso es competir.