La federación de este país permite que cualquier persona que se identifique a sí misma como mujer compita en la categoría femenina.
Avi Silverberg, el haltera que ganó la competición masculina.@icons_women
La división sobre la participación de deportistas trans en competiciones femeninas vivió un polémico episodio en Canadá, donde el entrenador de halterofilia, Avi Silverberg, decidió inscribirse en el concurso femenino de levantamiento en banca para más de 84 kg y batió el récord de la categoría. Ocurrió en el torneo Heroes Classic de Lethbridge (Alberta) y se trataba de una forma de protestar contra las normativa de autodeterminación de género de la federación canadiense de Halterofila.
El caso ha sido destapado por ICONS Women, un grupo que defiende las categorías femeninas protegidas en el deporte, que publicó en su cuenta de Twitter el vídeo de la participación de Silverberg, con barba, vestimenta y apariencia completamente masculina.
Las reglas canadienses de este deporte permiten que cualquier persona que se identifique a sí misma como mujer compita en la categoría femenina, con independencia de si se ha sometido a un tratamiento hormonal o no. Aunque no tienen que revelar información personal, hay algunos requisitos que deben superar en el pesaje, que Silverberg debió burlar.
El entrenador levantó 167,5 kilos y batió en más de 20 el récord del concurso, en poder de una haltera trans, Anne Andres, que también estaba presente en el evento y protestó tachando a Silverberg de “cobarde e intolerante” y denunció su mala intención al inscribirse.
En su queja, Andres afirma que ella cumple con la normativa para participar en las competiciones femeninas: “Me operé y puedo demostrar sin ninguna duda que he superado todos los pasos”, “me preocupo por las mujeres en el deporte porque soy una mujer en el deporte”, escribió junto a un vídeo.
Según ICONS Anne Andres ha ganado ocho de las nueve competiciones de categoría femenina en las que ha participado. El organismo asegura que la halterófila transexual alimentó la polémica en las redes al publicar un vídeo en enero en el que aseguraba que no entendía las diferencias de fuerza en la parte superior del cuerpo entre hombres y mujeres.
Luka Modric es una leyenda, el fútbol un juego extraordinario y el destino caprichoso e impredecible. El veterano centrocampista, quién sabe si en su último gran torneo con Croacia, falló un penalti pero marcó en la siguiente jugada para mantener vivo a su país en la Eurocopa hasta el minuto 98, cuando Zaccagni, héroe italiano, anotó el empate que dio el pase a los transalpinos y eliminó a los balcánicos. Fue un duelo agónico, de pura supervivencia. [Narración y estadísticas (1-1)]
Dalic decidió jugarse la vida con su centro del campo de siempre, ese que ha llevado a su país a una final y un tercer puesto en dos Mundiales consecutivos: Brozovic, Kovacic y Modric. La generación dorada merecía protagonizar su último baile de la mano. Y lo hicieron.
Después de un arranque prometedor en el que dominaron la posesión y tuvieron algunos acercamientos en las botas de Sucic y Kramaric, los italianos vieron que no tenían por qué tener miedo, que el empate les podía valer pero que su fútbol daba para más. Barella y Jorginho, capos del Inter y el Arsenal, asumieron su papel y domaron la pelota y a su rival.
Los balcánicos, agónicos y precipitados, tuvieron el balón por momentos, pero estuvieron nerviosos y sin ideas. El conjunto de Spalletti, sin embargo, dejó muy en lo alto el valor del papel que ha hecho España en este grupo. Los italianos son un gran equipo al que sólo le falta un gran nueve, lo que históricamente siempre ha tenido.
Dominar, pero no correr
Retegui, atacante del Genoa, tuvo las mejores ocasiones del primer tiempo. No llegó a un par de centros de Di Lorenzo y en el 20 dirigió un cabezazo que rozó el palo izquierdo de Livakovic, avisando a una grada croata que no dejaba de cantar. Un minuto más tarde, Brozovic apareció milagroso para desviar su volea. Sufría mucho Croacia. En el 26, Livakovic sacó ante Bastoni la ocasión más clara del choque. Un cabezazo a un metro al que el guardameta respondió con agilidad.
Croacia superó el arreón y, consciente de sus limitaciones, volvió a bajar las pulsaciones del duelo. Con ese centro del campo no puede correr, necesita dominar. Y si no domina, puede caer.
La entrada de los jóvenes Sucic y Pasalic no le dio a Dalic lo que quería. Deseó sangre, pero tuvo apatía. No aparecieron entre líneas y Kramaric no tenía el cuerpo suficiente para pelear con los centrales transalpinos. El choque empezaba a pedir a Budimir o Petkovic, gigantes croatas. Todo mientras Livakovic volvía a evitar el primero, esta vez desde los pies de Pellegrini.
El disparo de Zaccagni que valió el 1-1 en Leipzig.EFE
El descanso confirmó los presagios de Dalic, que dio entrada a Budimir en lugar de Pasalic. El del Osasuna se situó como referente para dar una opción en largo y Kramaric volvió a la banda izquierda, su lugar natural. Ahí creció el cuadro balcánico y ahí nació el 1-0, fruto de un golpe del destino que sólo puede ofrecer el fútbol.
Gigante en cada pelea
En el 51, Kramaric, dentro del área, disparó a puerta y la mano de Frattesi desvió el balón. No lo vio Makkelie, pero sí el VAR. Un penalti clarísimo que Modric, en su batalla contra su propio final, quiso lanzar, asumiento la responsabilidad de toda su generación. Quién iba a ser. El croata buscó el lado izquierdo de Donnarumma, pero éste adivinó su idea y rechazó el lanzamiento. Locura italiana para seguir mirando a octavos de final. Pero el fútbol es increíble, imprevisible, y Modric, que podría estar hundido por la situación, se redimió para anotar el primer tanto del duelo en la siguiente jugada. Sucic puso un centro templado, Budimir remató, Donnarumma lo detuvo y el rechace lo envió a gol el centrocampista del Madrid.
El fútbol dio la vuelta en un segundo. De repente, Italia se quejaba y temblaba con balón y Croacia cantaba que seguía viva. Modric, MVP, se hizo grande, gigante en cada pelea por el balón, Brozovic ocupó espacios como si fuera 2018 y el equipo mordió, elevado por una afición que convirtió Leipzig en Zagreb.
Con el paso de los minutos, Italia se recompuso y fue consciente de su situación. Creció otra vez con el balón y asedió la portería de Livakovic en un tramo final catatónico. En Croacia, ya sin estrellas, sólo quedaron secundarios con oxígeno achicando balones. Parecían aguantar, pero una arrancada de un imperial Calafiori asistió a Zaccagni para que el de la Lazio anotara un golazo por la escuadra. Italia vivió, Croacia murió y depende ahora de una carambola milagrosa.