Tras la insólita y tensa comparecencia ofrecida este martes, Florentino Pérez reaparecerá este miércoles en televisión para conceder su primera entrevista pública después de anunciar elecciones anticipadas a la presidencia del Real Madrid. El dirigente madridista hablará en exclusiva con Josep Pedrerol en el programa El Chiringuito, en una emisión especial que arrancará a las 21:00 horas en laSexta.
La entrevista llega apenas un día después de una rueda de prensa que dejó numerosas incógnitas y que estuvo marcada por el tono desafiante del presidente blanco. “Lamento decirles que no voy a dimitir”, aseguró Florentino Pérez nada más iniciar su intervención ante cerca de un centenar de periodistas. Incluso fue más allá al afirmar que “me tendrán que echar a tiros”, dejando clara su intención de continuar al frente del club.
La comparecencia se produjo apenas 48 horas después de que el FC Barcelona conquistara LaLiga tras imponerse 2-0 al Real Madrid en el Clásico, en un contexto de fuerte presión deportiva e institucional sobre la entidad madridista.
Durante su discurso, Florentino negó de manera contundente los rumores sobre un supuesto deterioro de su estado de salud, incluyendo informaciones que apuntaban a un “cáncer terminal”. “Mi salud es perfecta”, afirmó el presidente, quien insistió en que continúa al frente tanto del Real Madrid como de su empresa y aseguró sentirse “más fuerte que nunca”, una expresión que ya había adelantado Pedrerol horas antes en el programa.
Además de anunciar la convocatoria electoral, Pérez justificó la decisión denunciando la existencia de campañas destinadas, según él, a perjudicar tanto su imagen como la del club. El dirigente también cargó contra determinados sectores de la prensa y defendió la necesidad de proteger el actual modelo de gestión del Real Madrid y los intereses de sus socios.
Se espera que en la entrevista de esta noche Florentino Pérez responda a muchas de las cuestiones que quedaron en el aire tras su polémica aparición pública y profundice en la situación deportiva, institucional y social que atraviesa actualmente el club blanco.
Hace unos meses que Jota, cantante de Los Planetas, preguntó a Álvaro Rivas por qué se había hecho del Real Madrid si su padre era del Atlético. «Hasta ese momento, nunca lo había verbalizado», admite el cantante de Alcalá Norte, antes de razonar su respuesta. «Cuando yo nací, mi madre murió en el parto. Hacerme del Madrid fue un detalle con mi abuelo materno, que era muy del Madrid y vecino de Chamartín. De un modo inconsciente tomé esa elección para darle cariño a mi familia materna», desarrolla Rivas, en conversación con EL MUNDO. En febrero de 2007, días antes de cumplir 12 años, Álvaro vio en el Vicente Calderón junto a su padre el primer gol de Fernando Torres en un derbi. Sin embargo, mañana no querrá compañía para disfrutar de la ida de octavos de Champions. «Ni de broma voy a verlo con él. En estas ocasiones preferimos harcelo por separado», añade el autor de La vida cañón, uno de los grandes himnos de 2024. En un momento de distanciamiento entre los clubes, con Florentino Pérez y Miguel Ángel Gil enfrentados a propósito de los árbitros, el caso de Rivas ilustra la rivalidad ciudadana. La de un derbi agitado por las vaivenes históricos y marcado por los extremos.
Estos días, en la sede del Partido Popular de Madrid se suceden las escenas de sano pique deportivo. «Debido a mi cargo, a mí se me respeta bastante. Es cierto que en el PP hay mucho madridista, pero como soy un liberal convencido, allá cada cual con sus decisiones y sus errores», bromea Alfonso Serrano, secretario general de los populares madrileños. Durante su época de portavoz, Serrano inició una tradición que mantiene hasta hoy. «Tras alguna gran victoria, las reuniones del grupo parlamentario arrancan con el himno del Atleti», desvela Serrano, apoyado por el alcalde, José Luis Martínez-Almeida y con la frontal oposición de Carlos Díaz-Pache, portavoz en la Asamblea.
Una marcada división interna en el PP que derriba algunos tópicos sobre el extracto social de las aficiones. «Hemos superado los estereotipos y ahora vivimos un fenómeno totalmente transversal, que trasciende el barrio y la ciudad, la clase social o los niveles de renta. Aun así, creo que el madridista es más prepotente y el aficionado del Atlético, más dado a saborear la victoria. La pasión de un partido en el Metropolitano no tiene nada que ver con el ambiente del Bernabéu, donde además de apoyar y disfrutar, lo que la gente quiere es exigir a su equipo», relata Serrano.
«Romantización excesiva»
La bipolaridad entre un Madrid supuestamente favorecido, desde los tiempos del franquismo, por las instituciones, frente a un Atlético sufridor, bohemio y canalla, también es puesta en cuestión en nuestros días. «Eso del adalid de las causas perdidas supone una romantización excesiva. Nos gusta montarnos muchas películas, pero no creo que haya tanta profundidad. ¿Por qué somos del Atleti? Porque es el equipo que nos emociona. Pero no tiene nada que ver con las victorias o las derrotas. Como decía Luis Aragonés: "Si el Atlético es El Pupas, ¿los demás qué son, El Costras? La grandeza va por otro lado, no por el número de copas expuestas en una vitrina», apunta a este periódico Juanan Cantelar, socio fundador de Los 50, una asociación que lucha por recuperar la verdadera historia del club rojiblanco.
El veredicto de Cantelar sobre la presunta filiación franquista del gran rival ciudadano derriba algunos mitos. «A Franco no le gustaba el fútbol, pero cuando el Madrid empieza a ganar Copas de Europa, ese éxito le viene fenomenal como instrumento de propaganda de la Dictadura. Por tanto, no oculta una cierta simpatía por ellos, dado el aperturismo que suponía en un momento de aislamiento internacional. ¿Esto quiere decir que el Madrid fuese un club franquista? Sólo hay que analizar las cosas a la luz de su momento».
Tampoco conviene olvidar que el mismísimo Santiago Bernabéu, durante su etapa como futbolista, traicionó al Real Madrid para disputar la temporada 1920-21 con los colchoneros. Y que, pese a su sincera amistad con Javier Barrios, presidente del Atlético, siempre consideró al vecino con mucha más antipatía que al Barça, cuya enemistad fue posterior y de carácter sociopolítico. «Obviamente había rivalidad, pero también otro tipo de valores», completa Cantelar. «En 1964, el Atlético jugó unas semifinales de la Recopa contra el Nuremberg en el Bernabéu y la opinión general del madridista era que ganara el vecino. De igual modo que entre la afición rojiblanca no se veían con odio los títulos de Copa de Europa del Madrid», sostiene el autor de 95-96: El año del doblete (Alborada, 2005).
Santiago Bernabéu y Vicente Calderón, en una imagen de 1975.EFE
A estas muestras de mutuo respeto, Cantelar añade el gol de Rubén Cano en Belgrado, que otorgaría el billete a España para el Mundial de 1978, cuando Juanito salió «a abrazar como un loco a un jugador al que odiaba a muerte en el campo»; la cesión de Ramón Grosso en 1963, cuando el Atlético coqueteaba con el descenso; o la fotografía de Alfredo Di Stéfano con la camiseta rojiblanca en 1955, durante un partido homenaje a Adrián Escudero. Entonces, muchos madrileños adquirían los carnets de socio de ambos equipos para ver cada domingo a uno. «No había un clima de antimadridismo, ni viceversa», finaliza Cantelar, subrayando que ahora vivimos «en una escalada de violencia», con un ambiente «muy encanallado».
Este feo panorama, sin embargo, se matiza en boca de Miguel Aguilar, director literario de Debate, Taurus y Random House. «Aún tengo grabado un derbi en los 90, cuando a la salida del estadio vi a un tipo a quien estaban zurrando con una cadena. Ni siquiera recuerdo si eran Ultras Sur los que pegaban y alguno del Frente Atlético quien recibía. O viceversa. Esa violencia tan exacerbada, afortunadamente, se da mucho menos. Ahora hay otra más gestual, como esta moda de colgar monigotes en los puentes de la M-30», apunta este confeso madridista, en cuya memoria aún permanecen el doblete de Raúl en el Calderón en 1997, el cabezazo de Sergio Ramos en la final de Lisboa o la inmortal jugada de Karim Benzema en las semifinales de 2017, el último derbi disputado en el Calderón.
«Identificación con la hinchada»
A juicio del prestigioso editor, tanto Diego Simeone como Carlo Ancelotti juegan un papel «muy representativo» en la historia de sus clubes. La pasión del argentino conecta con el Metropolitano, mientras la mano izquierda de Carletto siempre ha encandilado a Chamartín. «Admiro la identificación del Atlético con su hinchada. Ganar una Liga al Madrid de Cristiano Ronaldo y el Barça de Leo Messi tuvo un mérito asombroso. Jugar dos finales de Champions, también. Mantenerse tanto tiempo es algo que muy pocos han conseguido. Pero no me quedaría con muchas características de Simeone. Hay una broma que suelo hacer a mis amigos colchoneros: El Cholo debería fichar por el Madrid sólo para que pudiéramos destituirlo en la segunda jornada».
El reciente mensaje de Simeone a propósito de los árbitros, apuntando a favores que se remontan a más de un siglo, tampoco ha pasado desapercibido entre sus fieles. «Si alguien no tiene motivos para quejarse del trato arbitral es el Madrid. En los derbis tenemos ejemplos a manos llenas. Soy un firme defensor del VAR, porque reduce el margen de error y convierte en más legítima cualquier victoria o derrota», desvela Serrano. Por el contrario, Rivas observa con «bastante distancia» las polémicas. «El caso Negreira pinta bastante feo, pero también hay que asumir que todo ha salido a la luz cuando ya no tiene consecuencias deportivas. Por mucho que quieras amañar o inclinar el campo hacia un lado, el deporte siempre se va a imponer», cierra el músico, recuperado de sus cuatro cirugías para corregir una rara infección intestintal.
Florentino Pérez cumplió este domingo 79 años. Le felicitamos. Los habrá celebrado entre la satisfacción del aniversario y la amargura de estar atravesando su peor momento desde que accedió a la presidencia del Real Madrid.
Se ha visto obligado a renunciar a la Superliga, en cuya creación y sostén empeñó su prestigio personal y el peso del club. Innegables y justificados. Acabó siendo un error de cálculo y una sobreestimación de lo que significa el Madrid. Pese a su magnitud, no se abren por principio ante él las puertas, ni caen los muros.
A Florentino le han negado los jueces los conciertos y los aparcamientos. El equipo, sin títulos recientes y justo de talento, no parece, entre la sonora o la sorda irritación de la parroquia, capaz de corregir el rumbo. Un gol victorioso en Balaídos, en el minuto 94 y de carambola, no mueve al optimismo, sólo al respiro momentáneo. El Madrid sí que va partido a partido. Los jugadores, frágiles piezas en un tablero quebradizo, se lesionan por inercia a causa de una preparación insuficiente o equivocada. La cantera no es una apuesta, sino una necesidad y, como tal, un albur.
Un entrenador joven y brillante fichado por tres años, apenas duró la mitad del primero, en medio del silencioso desamparo de un presidente decepcionado o arrepentido. Su sucesor, surgido de las fértiles ergástulas de la casa, equidista del criterio y los bandazos.
En calidad de responsable máximo y exponente por igual de la culpa y el mérito, en algunos pecados lleva Florentino la penitencia. Pero en otros es víctima de la ignorancia y la ingratitud de una parte de la afición arrastrada al exabrupto por sus pasiones. Por las bajas, si es que reservamos las altas a la memoria serena y no secuestrada por el olvido o contaminada por la visceralidad más elemental y gregaria. En el Bernabéu se ha pitado a los más grandes jugadores propios, pero nunca se ha pedido a grito pelado la dimisión de un presidente. Y, por añadidura, de quien puede estar sujeto a críticas, como cualquier personaje público, pero no a discusión respecto a su gigantesca talla directiva.
Florentino, aturdido, desorientado, debe de contemplar el panorama con perplejidad y tristeza. Las circunstancias no le aconsejan convocar la Asamblea extraordinaria, prevista para este mes, acerca del aún tímido cambio societario del club. Al borde de fechas decisivas, en el Madrid se escribe con tinta invisible en una página en blanco. A esa incógnita desnuda la llamamos futuro.