A Manuel Pellegrini (Santiago, Chile; 1953) te lo puedes encontrar algún sábado en una mesa esquinada en el Milonga’s, un restaurante argentino en el barrio del rival, Nervión, desde el que casi puede verse el azulejo del Ramón Sánchez-Pizjuán. Vino de malbec, lomo bajo al punto de la casa y en el móvil, apoyado en el vaso de agua, algún partido de LaLiga. Firma servilletas, se hace fotos con los niños que se lo piden y se despide con timidez de los camareros. Es un hombre pausado, de voz baja y enfados hacia dentro.
“Es una herida profunda que tardará en cicatrizar. La menor preocupación es la parte mía. Mi preocupación es seguir ganando con el Betis. Tengo un año más firmado”, dijo en la primera rueda de prensa tras la dolorosa eliminación frente al Sporting de Braga la semana pasada en la Europa League. La herida, al parecer, va a tener que suturarla otro.
“La primera forma de un fracaso es pensar en el futuro sin mirar al presente”, declaró enigmáticamente el presidente Ángel Haro. Luego sentenció antes del partido en Girona: “Espero que ganemos, ya no vale otra cosa”. El Betis ganó en Montilivi y lo hizo gracias al regreso de Isco. Si el centrocampista hubiera estado bien, si hubiera tenido continuidad, quizá el tramo final del equipo verdiblanco habría sido otro.
“No saco nada con tener una orquesta con los diez mejores guitarristas si no tengo un pianista”, dijo Pellegrini cuando fue despedido del Real Madrid tras sumar 96 puntos y quedar segundo por detrás del Barcelona. Isco apenas ha jugado 50 minutos esta temporada y el fútbol de su equipo lo ha pagado. El juego del Betis se convirtió por momentos en una gimnasia previsible. Ahí aparece uno de los argumentos contra la continuidad de Pellegrini. Su fútbol ha perdido frescura, le ha faltado cintura en la zozobra y sus ideas no tenían la plantilla adecuada para sostenerse.
Llegó al Betis en el verano de 2020. Aterrizó en un club nervioso, con demasiadas mudanzas en el banquillo y poca personalidad en el rectángulo. Su primer trabajo fue ordenar el vestuario. El segundo, bajar la ansiedad en los despachos. El tercero, instalar una rutina competitiva en un equipo que vivía más pendiente de las sacudidas emocionales que de lo que ocurría sobre la hierba. Pellegrini, con su seriedad y su flema, le dio al Betis paciencia y regularidad.
Primer éxito
La Copa del Rey de 2022 avaló pronto el trabajo. Con una media de 60 puntos en Liga, el club enlazó cinco clasificaciones europeas consecutivas. Alcanzó en 2025 su primera final continental, la Conference perdida 1-4 contra el Chelsea. Se convirtió además en el entrenador con más victorias en la historia del Betis y en el técnico con más partidos dirigidos por la entidad en Primera y en Europa. Los datos bastan para medir su importancia en la historia reciente del club.
La eliminación en casa contra el Braga alimentó nuevas dudas y agrandó la sensación de desgaste. El equipo parece haber tocado techo con él y empieza el crespúsculo. Ya no sorprende, ya no muerde y no ha estado a la altura en los momentos decisivos. Ya nadie le concede demasiado valor a haber llegado a la cima. Pesa no haber sabido pinchar en ella la bandera.
La plantilla de esta temporada ha estado descompensada y el míster no ha sabido mover las piezas adecuadas para reparar los desconchones. Se ha percibido incluso una leve sombra de conformismo. El mediocentro volvió a ser un abismo. Deossa y Amrabat llegaron para reforzar un lugar capital en su sistema y no han logrado darle al equipo jerarquía ni una lectura limpia de los partidos. Pellegrini ha convivido con ese hueco durante demasiados meses y el equipo se le ha caído en los momentos más sensibles del curso.
Antony es lo que en Manchester ya se intuía, un talentoso intermitente. El club hizo un esfuerzo económico importante para quedárselo tras una cesión que dejó goles, asistencias y un impacto sentimental inmediato. Este curso ha seguido siendo un puntal ofensivo, pero le han faltado balones que alimentaran su ataque. Su tramo final está siendo irregular. Las molestias físicas y la pérdida de contundencia le han quitado influencia.
Antony, en un partido con el Betis.EFE
Sorprende también la gestión de vestuario de Pellegrini. Nunca ha sido un entrenador invasivo, dicen desde dentro. Su autoridad es sobria y delegada. Su método descansa en la jerarquía natural de la plantilla. Él ordena lo táctico y entrega buena parte del pulso interno a los veteranos. Esa fórmula le dio paz al grupo durante mucho tiempo, pero en las fases de tormenta deja un equipo más entregado a sus inercias. En esa grieta aparecen algunas críticas de los futbolistas, porque la calma de Pellegrini se ha traducido en cierta distancia con sus propios jugadores. Ya no todos compran sus mensajes y algunos echan en falta más pasión desde la línea de cal.
De Pellegrini quedará la obra que deja. Ha hecho competir al Betis con una seriedad que el club no encontraba desde hacía mucho tiempo. Deja al equipo en un exilio extraño, en La Cartuja, mientras el Benito Villamarín se remodela y el club imagina un futuro que solidifique las buenas sensaciones que ha dejado el chileno en Heliópolis. El estadio provisional encaja casi como una metáfora de este momento deportivo. Buscando un tiempo nuevo sin haber cerrado del todo el anterior. Pellegrini deja algo valioso en medio de esa mudanza. Deja una medida de exigencia, una pausa por encima del arrebato y un aroma a fútbol clásico, pragmático y lacónico que casa muy bien con los colores verde y blanco.







