La antítesis de Mbappé gana la Champions. Luis Enrique la representa y ha construido un PSG a su imagen y semejanza. No es un título contra el jugador del Madrid, por caprichoso que sea el destino, pero la realidad es que Mbappé se había convertido en la metáfora de una forma de hacer las cosas que el fútbol suele penalizar. El asturiano ha deconstruido la obra de Al-Khelaifi, aunque fuera contratado por el propio lobbysta qatarí, empezando por su su mascarón de proa, para volver a construir algo distinto, aunque comparta parte de las piezas. Esta Champions no es, pues, únicamente la primera del PSG. Es la victoria del PSG sobre el propio PSG, la de su presente sobre su pasado, la del equipo sobre la individualidad llevada al absurdo.
Luis Enrique es, hoy, uno de los personajes más amados de Francia, que vuelve a tener una Champions después de la ganada por el Olympique de Marsella del turbio Bernard Tapie. Emmanuel Macron le espera en el Elíseo como aguardaba a Mbappé, pero sin el servilismo de entonces. El asturiano ha convertido su irreverente personalidad en un atractivo en un país que ama cualquier representación del contrapoder. Es su nuevo sans-culotte.
El carácter del asturiano no es complejo, es frontal, algo muy positivo en términos futbolísticos si es posible convencer a los futbolistas, convertidos entonces en cruzados de una idea. La prueba es la forma en la que encararon la final ante un Inter colapsado por la voluntad ajena, determinados desde el primer minuto. El equipo que dejó en el camino al Barcelona fue un guiñol en manos de Luis Enrique. La final fue una de las de mayor desequilibrio de la historia.
No estamos, pues, ante un modelo de liderazgo pactista y conciliador, no. El PSG necesitaba un cambio conceptual del mismo modo que en el Barça urgía una evolución en el juego, después del endogámico adocenamiento que sucedió a la marcha de Guardiola. Esas dos cosas, que habrían sido consideradas anatema, hizo Luis Enrique para levantar dos Champions con 10 años de diferencia. La selección necesitaba lo mismo, pero la tragedia personal, los penaltis y la confusión lo impidieron, aunque parte de lo que recogió De la Fuente empezó ya con su trabajo.
Entra el asturiano en el selecto club de los entrenadores que han ganado el título con dos equipos distintos, y lo hace tras la reconstrucción más difícil que puede afrontar cualquier ser humano. La suya es, pues, una Champions llena de lecciones.
La Liga del Madrid empezó como la Liga de Bellingham, en formato Cristiano, y los que tenían que saltar del banquillo. Lo hizo ya en San Mamés, en la primera jornada, donde marcó el inglés y se lesionó Militao. Una estrella que asomaba y un banquillo que no fallaba, la ecuación perfecta para un equipo, siempre que sea manejada con temple, como es el caso de Ancelotti. Los resultados avalan al italiano, el tipo que mejor convive con la crítica con
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A sus 74 años, Alejandro Blanco dice que no le cuesta levantarse cada día para dedicarse al deporte 24-7. Reelegido para un sexto mandato al frente del Comité Olímpico Español (COE), asegura no arrepentirse de nada. Las aplastantes mayorías, una tras otra, le dan la razón.
Pregunta. Confiese su secreto.
Respuesta. Defender la independencia del deporte, lo que me ha ocasionado problemas con responsables políticos, porque siempre he creído que el único partido al que se debe el deporte es España.
Pregunta. También defiende a los presidentes, algunos en situaciones complejas, como Luis Rubiales.
Respuesta. Cierto. Defender públicamente a los presidentes de las federaciones, protegerlos, porque hacen una gran labor, en general, es mi máxima. Luego, en mi despacho, les doy mi punto de vista, pero en privado, lo que me supuso alguna ruptura. Pero hay algo más...
Pregunta. Continúe.
Respuesta. Si algo he hecho bien ha sido bajar el aura del olimpismo a la tierra. Lo que había antes de mi llegada [2005] es todo lo contrario a lo que yo creo. Esa filosofía de estar por encima de todo no sirve. Tienes que bajar al nivel de los deportistas. Si no los recibes aquí, en este despacho, si no vas a los entrenamientos, a las galas de pequeñas federaciones, a las competiciones de categorías inferiores... es que no entiendes nada, no sabes lo que es el deporte.
Pregunta. Pues diga usted qué deporte necesita España para el futuro.
Respuesta. El deporte, hoy, no es únicamente lo que se percibe en la competición. Es salud, es negocio, es igualdad, es integración... y necesitamos unir todo eso en una gestión más eficaz. Unir a deportistas, entrenadores, clubes, pero también a Gobierno, ayuntamientos o comunidades autónomas, porque el deporte es una competencia transferida, no lo olvidemos. En mi opinión, el COE es el único organismo que puede hacerlo por su independencia. Aquí la única bandera es la de España. El Estado tiene la ley y tiene el dinero, pero con la cantidad de competiciones que hay en la actualidad, salvo que seas un país de petrodólares, no hay presupuesto público que lo aguante. Por eso hemos de ir hacia un modelo público-privado, que implique a las empresas, que revise la fiscalidad, entre otras cosas. Nosotros vamos a recoger opiniones y proponer al Gobierno un modelo diseñado con total lealtad.
Pregunta. ¿Ese modelo lo debería gestionar el COE, en su opinión?
Respuesta. En los países más desarrollados deportivamente reposa en los comités olímpicos nacionales.
Pregunta. ¿Se trata del principal objetivo de este mandato?
Respuesta. Es uno de ellos, siempre en paralelo al trabajo que se hace en el COE desde mi llegada, hace ya 20 años, en el que el deportista y sus necesidades son la prioridad. Para mejorarlas vamos a poner en marcha un viejo proyecto, y es la puesta en marcha de la Universidad del Deporte en Madrid, que será una sede más de la UCAM, junto a las de Murcia y Cartagena. Abrir en Madrid nos permite muchas cosas, además de culminar la obra de José Luis Mendoza y su mujer, Lola. Podremos ayudar a los deportistas en formación y en puestos de trabajo. Habrá formación universitaria y profesional.
Pregunta. ¿Qué le faltó a Madrid para tener unos Juegos Olímpicos?
Respuesta. Tuvimos tres grandes candidaturas. La de 2020, que yo presidí, fue la mejor valorada por la comisión del COI. En cambio, perdimos en la votación de forma aplastante. Al año siguiente, nos dieron la razón en cuanto a los criterios que se debían seguir. Madrid es, hoy, la ciudad más preparada del mundo para organizar unos Juegos, pero hay que ver cuáles son los criterios de futuro con Kristy Coventry, al nueva presidenta del COI. Ahora toca esperar.
Pregunta. Tampoco salió adelante la candidatura Barcelona-Pirineos.
Respuesta. Es la razón por la que decidí continuar tras mi tercer mandato. Existía un gran acuerdo entre las comunidades de Cataluña y Aragón, y el COI creía en el proyecto, ya con un sistema nuevo de designación, del que no había podido disfrutar Madrid, pero cuando todo estaba consensuado, la decisión de una persona lo impidió.
Pregunta. No dice usted el nombre de Javier Lambán... Es extraño que se le escapara a usted un consenso. No había otra figura como la suya para arreglar la guerra del fútbol.
Respuesta. El fútbol de España funciona, y ahí están los resultados, campeones de todo en hombres y mujeres. Funcionan los clubes, los técnicos... pero hemos tenido una situación convulsa en la Federación. Yo siempre he defendido a los presidentes, como le dije antes, aunque me provocara disgustos personales. Ahora el organismo necesita tranquilidad para mejorar la imagen del fútbol. Tenemos un Mundial en 2030 y no podemos equivocarnos en guerras y enfrentamientos. Nos jugamos mucho como país.
Pregunta. ¿Se arrepiente de algo?
Respuesta. No. Es difícil mirar atrás y valorar decisiones sabiendo lo que ha pasado después. Eso no funciona.
Pregunta. ¿Ni siquiera de decir que en París se superarían las medallas del 92?
Respuesta. Lo repetiría, porque lo decían los resultados de nuestro ciclo. Cuando ves todas las opciones que se perdieron los últimos días, te dices: «Es imposible». No, es deporte.
Ave, César, los que van a ganar te saludan. El César de la Champions no es el César de Roma, al que ofrecían su muerte delincuentes y gladiadores en el coso del Capitolio. La gente del Madrid no piensa jamás en la muerte, ni siquiera con los dos pies en el cadalso, como volvió a estar ante el Bayern, porque su único 'memento mori' es la victoria, la cumpla la estrella de Vinicius o la buena estrella de Joselu en su 'momento Champions', en su 'momento Mbappé'. [Narración y Estadísticas, 2-1]
Una transformación indescifrable la de este antidivo como indescifrable es este equipo. De Lisboa a Kiev, el rastro de sus conquistas es como el perímetro de un imperio, la Roma del fútbol. El apolíneo templo de Wembley aguarda, pues, al Madrid de los increíbles, al Madrid Imperator.
La vida y la muerte, la victoria y la derrota juegan con nosotros, nos escogen, pero no hay nadie a quien el destino quiera tanto como al Madrid, como prueban sus 14 triunfos en 17 finales, no siempre en partidos dominados, en ocasiones asediado, como en Saint Denis o en el Etihad, y al borde de la eliminación, que es como estaba en el Bernabéu cuando Neuer, dueño de un acto pletórico, fue un niño en el patio del colegio. Joselu, el más pillo de la clase, lanzó el balón a la esperanza, a dos minutos del final, y a Wembley, cuando todos mueren menos el Madrid.
Al Bayern le quedan las quejas, y seguramente con razón, por un polémico final en el que se hizo un lío incomprensible el colegiado Marciniak, al pitar antes una acción que debería haber dejado continuar y en la que el balón acabó en la red de Lunin. Para eso está el VAR. Pero la realidad es que el equipo bávaro perdió el partido por sus errores en los momentos de temblor del Bernabéu que nadie sabe explicar. Ni Tuchel ni Guardiola. Nadie.
EL MIEDO A LOS ERRORES
Al Bayern le gustan las mismas cosas que al Madrid. Le gusta correr. Si algo le importaba, sin embargo, es que no lo hiciera el rival, porque cuando eso sucede, el Bernabéu es como un desfiladero por el que no se desboca simplemente un equipo de fútbol. Es un alud, un alud blanco. Las precauciones mandaban, pues, sobre los atrevimientos, con dos futbolistas más capaces de estar en su sitio frente a un ataque posicional que los que lo hicieron en la ida. Se trataba de De Ligt y Pavlovic. Tuchel no tenía prisa ni obligaciones por el resultado, y tenía miedo.
También Ancelotti, que no tuvo reparo en reconocerlo, pese a las bromas de Carvajal. Ningún inteligente esconde el miedo. Lo siente, lo observa, lo analiza y lo combate. Ancelotti no podía hacerlo como Tuchel en el Bernabéu, por lo que lo hizo mediante la seguridad en los pases.
Una pérdida era un apretón del rosario, y en esto es mejor mirar a la pelota que al cielo. Cuando eso ocurre, mal asunto. El Madrid sabía que debería llevar el peso del juego y la instrucción es que siempre empezara en Kroos, un tipo con aspecto de no perder nunca las llaves de casa. Asegurar las transiciones y arriesgar solo cuando el balón llegara a Vinicus y Rodrygo.
El show de Vinicius
Vinicius, en un lance del juego.MariscalEFE
Lo hizo Vinicius nada más sonar el silbato y perder la primera pelota el Bayern. Levantó los brazos y se dirigió a la grada en busca de la acústica que provoca el techo cerrado del Bernabéu. Estaba inyectado, quizá demasiado, pero era lo que el momento pedía. Vini, centrado o en la banda, iba a demostrar quién es, y quién es en la Champions, lo que no ha podido hacer Mbappé, ya eliminado.
Empezó por un lanzamiento al palo que Rodrygo remachó al cuerpo de Neuer. Nada más empezar la segunda parte buscó el uno a uno en la izquierda. Ni Laimer ni Kimmich, dos jugadores excepcionales, pudieron, ni por separado ni juntos, frente al brasileño. Otra vez Rodrygo desperdició el regalo de su compatriota, pero Vini no paró hasta provocar lo mejor de Neuer y, finalmente, lo peor, su error fatal.
La segunda consigna de Ancelotti era cerrar las bandas a Sané y Gnabry, en las que Carvajal y Mendy empezaron por no ceder ni un palmo. Gnabry encontró un aclarado gracias a Musiala en el arranque, aunque mal solucionado. Poco después fue al banquillo, lesionado, para dejar su lugar a Davies. Diablo por diablo, era más diablo en segundo, como demostraría con el 'zigzag' y el latigazo que cambiaba el decorado.
Musiala y el diablo Davis
Que se equivoque el contrario, pensaba Tuchel, al que no le importaba un partido largo, larguísimo, mientras estuviera en la eliminatoria. Renunció a cualquier tipo de presión alta y esperó a que aparecieran los espacios. No llegarían para el Bayern hasta la segunda parte y cuando eso ocurrió aparecieron Musiala y Harry Kane.
Pocos se mueven igual en ese territorio. Tuchel cambió la posición de Musiala, de la banda, donde jugó en Múnich, a la mediapunta. Lo poco que el Bayern podía filtrar con intenciones partía de sus botas, muy poco durante el primer tiempo. Apenas una volea de Kane pudo encontrar el equipo alemán en ese tramo, un pobre balance ofensivo.
La estirada del Madrid en el segundo y el desgaste acumulado los permitieron y fue Musiala el primero que provocó lo mejor de Lunin en un disparo a quemarropa. Estaba claro que el Bayern había encontrado caminos hasta enconces cerrados. Kane se unió a su compañero para encontrarlos. En el caso del inglés hablamos de un delantero centro que es mucho más, con movimientos y cambios de juego propios de un centrocampista cuando se retrasa unos metros. Cumple ese rol en el equipo bávaro como en la selección inglesa. La acción en la que cedió para la carrera de Davies fue un ejemplo.
Ancelotti buscó entonces en el banquillo soluciones, con Joselu y Brahim, como soldados de reemplazo que siempre están en su sitio, dispuestos para la misión. El cazagoles que llegó sin jerarquía para llevar el 9 las encontró en el miedo ajeno, por dos veces, para citarse con el sorprendente Borussia Dortmund en la final del 1 de junio y llevar más allá los límites de este imperio que pocos comprenden y tantos aman.