En el laberinto del tenis de Jannik Sinner, Carlos Alcaraz no encontraba la salida hasta que su entrenador, Juan Carlos Ferrero, le empezó a guiar. «¡Esto es muy largo, Charly, pero hay que buscarlo! ¡Constante! ¡Constante!», reclamaba el técnico en el primer set cuando todo parecía caerse y Alcaraz no sabía cómo sostenerlo. «¡Me equivoco todo el rato, tío!», se quejaba el tenista. Al final tenía razón Ferrero. Las semifinales fueron muy largas,
Hazte Premium desde 1€ el primer mes
Aprovecha esta oferta por tiempo limitado y accede a todo el contenido web
Es verano y en la playa de Castro Urdiales, tan amplia, tan larga, un chaval corre, corre y corre con una colchoneta bajo el brazo cuando de repente se arrebata: la lanza delante y se tira encima sin parar siquiera. ¿Se ha vuelto loco? No. Es uno de los mejores pilotos de skeleton del mundo y, de alguna manera, como puede, está entrenando.
«Estoy intentando poner un raíl en la pista de atletismo de Castro, pero mientras utilizo un trineo con ruedas de patines o me invento cosas, como tirarme a la colchoneta en la playa. También hago visualizaciones tirado boca abajo en el sofá. No somos un país de hielo, hay que echarle imaginación», reconoce Adrián Rodríguez, que entre el jueves y el viernes disputó su tercer Mundial y acabó vigésimo tercero, la segunda mejor posición de un español, sólo por detrás del vigésimo puesto de Ander Mirambell en 2017. El año próximo, de hecho, Rodríguez debería seguir los pasos de Mirambell como olímpico en los Juegos de Milán-Cortina d'Ampezzo.
Mirambell, Mirambell, Mirambell; él se inventó el skeleton en España, él lo organizó todo y ahí sigue, haciéndolo crecer, como entrenador. Hace ya más de seis años, Mirambell organizó un casting para buscar pilotos y apareció Rodríguez, aún no sabe muy bien por qué.
"Conocía el skeleton por la Wii"
«Desde pequeño había hecho atletismo: al principio crosses, luego triple salto y finalmente, a partir de los 16 años, velocidad. Llegué a dos finales del Campeonato de España de 200 metros [su mejor tiempo, 21.45 segundos]. Un día me llegó un mensaje por Whatsapp de mi club de atletismo con una noticia del Marca que decía que la Federación Española buscaba nuevos pilotos de skeleton. Yo sólo conocía el skeleton por la Nintendo Wii. Pinché, vi que cumplía los requisitos y me presenté. Ahora estoy en mi sexta temporada», recuerda Rodríguez, de 28 años, que ha tenido compañía en el último Mundial: Clara Aznar, de sólo 18 años, debutó con un vigésimo séptimo puesto.
¿Recuerda su primera bajada de skeleton?
Perfectamente. Tuve la suerte de debutar en Sankt Moritz, que es la cuna de este deporte, una pista de hielo natural. Sin correr, me tumbé en el trineo y Ander me empujó hacia abajo. Pasé muchos nervios, pero me enamoré de la sensación de velocidad, de la adrenalina.
Una dura caída hace un año
Desde aquel día, Rodríguez ha ido mejorando en el skeleton, pero hace justo un año, en el Europeo de Europa de Sigulda, en Letonia, vivió el susto de su vida. Su trineo no giró en la salida de la curva 11 y salió volando a más de 110 km/h. «No esperaba ningún problema justo en esa curva, pero toqué el techo, fue un susto muy grande. Por suerte no me rompí nada», rememora quien también trabaja como profesor de Ciencias de la Actividad Física de la Universidad Europea del Atlántico en Santander, que reconoce que España todavía está muy lejos de optar a las medallas en skeleton.
La Federación Española de Deportes de Hielo está potenciando la especialidad, pero faltan sponsors y, por supuesto, instalaciones. El mayor éxito fue la creación hace dos años una pista de arranque de skeleton en el Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Madrid, donde Rodríguez entrena como mínimo una vez al mes. Pero imaginar un circuito en los Pirineos o en Sierra Nevada es utópico.
«Hemos mejorado porque cuando Ander empezó no había nada, pero todavía falta. Es muy difícil competir con países que viajan con ingenieros mientras los españoles ajustamos las tuercas nosotros mismos. También el trineo, la variedad de cuchillas... piensa que los mejores entrenan en túneles de viento, como en la Fórmula 1 o en MotoGP. Estamos muy lejos de eso», reclama Rodríguez que a su vez cuenta con algo que envidian alemanes, suizos, austriacos o canadienses, es decir, los mejores de su disciplina. «Alucinan cuando me ven en Instagram entrenando en la playa», finaliza.
Por fin, la sonrisa de Antía Jácome. En el hangar de España en el canal de Vaires-sur-Marne ya sólo había miradas al suelo, malas caras, el ánimo hundido hasta que la española empezó a palear. Después de decepciones y hasta hundimientos, 44 segundos para la ilusión. Jácome arrancó entre las mejores y entre las mejores se mantuvo hasta que al final... ¡Casi!
Su cuarto puesto en el C1-200, otro para la delegación española, que ya acumula 17 en estos Juegos Olímpicos de París no era lo esperado, pero a ella le supo a gloria. "No podía haber dado más de mí, la verdad. No tenía más en este cuerpo. Me hubiera gustado subir al podio, pero me voy con un buen sabor de boca", comentaba Jácome, que venía de un desencanto, el sexto puesto junto a María Corbera en el C2-500 y de un ciclo olímpico más que complicado.
Porque Jácome, revelación en los Juegos de Tokio, quinta con sólo 21 años, apuntaba a todo cuando sus entrenadores desde que se mudó de Pontevedra a Sevilla, Marcel y Georgina Glavan, ficharon por China sin avisar y se quedó sola. De camino a París tenía que rehacer su preparación y su vida. Y decidió mudarse nuevamente, esta vez a Mallorca, para empezar a trabajar con Kiko Martín en Lago Esperanza, en Pollença. La siguió su pareja, el también piragüista Pablo Martínez, y su compañera en la canoa, Corbera.
"Tengo que darles las gracias porque no puedo tener un entorno mejor. Cuando me quedé sin entrenador hicieron lo impensable para que yo consiguiese una medalla y no ha podido ser, pero estoy segura de que algún día será", anunciaba Jácome, que reclamaba unos días de vacaciones antes de encarar unos Juegos de Los Ángeles 2028 a los que llegará con 28 años, el mejor momento para conseguir, entonces sí, su medalla olímpica. "He sido quinta y he sido cuarta, ahora me toca dar ese pasito más", proclamaba.
«Cuando hemos cruzado la meta, Diego [Domínguez] me ha dicho: 'Somos bronce'. Y yo no me he atrevido a contestarle. Hemos estado ahí mirando la pantalla durante horas, deben haber sido segundos, pero a mí me han parecido horas. Y nos han colocado cuartos. Bufff, menudo bajón. Sólo hemos dicho: 'Hostia'. Pero luego han rectificado y el subidón ha sido el doble», relataba Joan Antoni Moreno sobre la medalla española más ajustada de estos Juegos Olímpicos de París: el bronce en el C2-500. Al contrario de lo que ocurrió en el K4-500 que lidera Saúl Craviotto, la pareja sobre la canoa salió por detrás, cruzó el ecuador de la prueba en cuarta posición, pero fue remontando y... a la foto-finish.
Para saber más
Al acabar, sólo había un puesto claro: el oro para China, que voló, con el dúo formado por Hao Liu y Bowen Ji. El resto de las embarcaciones se quedaron mirando las pantallas gigantes que desvelarían la clasificación. Primero se aclaró la plata: para Italia, con Gabriele Casadei y Carlo Tacchini. Y luego hubo un lío incomprensible
En un primer momento, los jueces dieron el bronce a Hungría y colocaron a España en cuarto lugar. Ahí hubo el chasco, los brazos caídos. Después situaron a ambos países empatados, dos bronces, y empezó la celebración de Domínguez y Moreno. Y finalmente los españoles acabaron solos en el tercer puesto del cajón. Hasta seis barcos acabaron en el mismo segundo. Una locura. «¡Buah! Yo no sé cómo voy a acabar el día con esta voz», aseguraba Domínguez ya completamente ronco apenas media hora después de subir al podio. Era el peaje a pagar por la celebración con sus familias -«¡Campeones, campeones, oeoeoé!», en las gradas- y sobre todo con su entrenador, Kiko Martín, que rompió a llorar.
El recuerdo de Benavides y el madridismo de Domínguez
Martín había dirigido la carrera de Sete Benavides que fue bronce en Londres 2012, pero no pudo vivirlo en el momento: se le entregó la medalla nueve años más tarde después del positivo por dopaje del lituano Jevgenij Shuklin. Esta vez sí, el técnico pudo disfrutar de ver a sus pupilos en el podio.
Ebrahim NorooziAP
De alguna manera, para todos fue una sorpresa. De 24 y 21 años, la pareja de Joan Antoni Moreno y Diego Domínguez, uno mallorquín y procedente de la gimnasia y el otro madrileño iniciado en el lago de la Casa de Campo, andaban sin proyecto olímpico hasta que el pasado octubre se unieron en el C2-500. Bastó una reunión y la apuesta de Domínguez por abandonar la capital de España e irse a vivir a la isla con Moreno y Martín. Clasificarse para los Juegos de París parecía una quimera porque en su categoría ya estaban Tano García y Pablo Martínez, campeones del mundo en 2022, pero los derrotaron en el duro selectivo español, los volvieron a derrotar en la última prueba de la Copa del Mundo y se convirtieron en olímpicos contra todo pronóstico.
«Nadie creía en nosotros, pero nosotros sabíamos de qué éramos capaces. ¿Has visto los bíceps de mi compañero? Estábamos convencidos de que podíamos estar aquí y conseguir una medalla», desvelaba Domínguez, el más hablador, tan madridista que aseguraba que su regata había sido «100% ADN Real Madrid, hasta el final». «A ver si Florentino nos ha visto y nos llama. Sería bonito presentar esta medalla en el Bernabéu, ¿no?», preguntaba con intención el ya medallista olímpico.