Intratable, insaciable, implacable, Mikaela Shiffrin alcanzó en el eslalon de Gurgl (Austria) su victoria número 99 en la Copa del Mundo de Esquí Alpino. Todos los elogios anteriores se repiten, acumulativos, reiterativos, para incorporarse con los mismos epítetos a la suma de triunfos de la maravilla de Veil (Colorado).
Al mismísimo borde de la centena de máximos podios, la estadounidense añadió un grado más a la escala de Shiffrin, una tabla a la que sólo accede ella. Nadie en la actualidad se le aproxima ni remotamente. Todos, ellos y ellas, se encuentran mucho más allá del horizonte visible. Incluso del intuido. Si alguien pica alguna vez tan alto, será dentro de muchísimos años. Puede que ni siquiera los nietos de Mikaela, que todavía no tiene hijos, puedan verlo.
Ya vencedora de la primera manga, Shiffrin apuntaló en la segunda su victoria. Esquió, como siempre, segura, elegante, fluida, no dando pie a las dudas o los sobresaltos. El próximo día 30, en el eslalon gigante de Killington, en el estado de Vermont (USA), tiene la posibilidad de convertirse, a los 29 años, en centenaria.
La prueba conoció un bonito resultado con la albanesa Lara Colturi, segunda, y la suiza Camille Rast, tercera, ambas en sus primeros podios en la Copa del Mundo. Colturi, una estrella juvenil, campeona mundial júnior, que cumplió 18 años el día 15, es turinesa de nacimiento y se siente, según sus palabras, “totalmente italiana”. Pero su madre, Daniella Ceccarelli, oro olímpico en supergigante en Salt Lake City2002, es la directora técnica de la Federación albanesa.
Hace mucho tiempo que la llamada "corrección política", un ideológico cajón de sastre, un indigesto potaje ético, un freno para el pensamiento y un cepo para la palabra ha degenerado en lo pueril, lo absurdo y lo grotesco.
Las alturas y las bajuras de los poderes públicos han creado un pegajoso observatorio inquisitorial. Desde él se ejerce una vigilancia cargada de tales sutilezas protectoras, dignificantes y reivindicativas, que una inocente des
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La carrera empezó y terminó a la vez. Mathieu van der Poel tomó la cabeza desde el primer metro y, al completar el último, lograba su séptimo título mundial de ciclocross. Igualaba así a Eric de Vlaeminck. Recién cumplidos el 19 de enero los 30 años, aún tiene tiempo de superar al belga y añadir algún color más a los siete del arcoíris.
Dominó desde lejos a Wout Van Aert, que salió desde la cuarta fila, y eso, en los estrechos trazados del ciclocross, es una gran desventaja a la hora de remontar. Wout perdió 46 segundos en la primera vuelta. En la tercera de las ocho, ya sólo tenía por delante al neerlandés. Y cruzó la línea 45 segundos más tarde. Todo concluyó, en el apartado cronométrico, igual que comenzó. El plato fuerte fue como los entrantes. Y, aunque sólo había ojos para la pareja estelar, hay que decir, para ser justos con el resto, que el bronce lo agarró el belga Thibau Nys, y que Felipe Orts acabó decimotercero.
Sol y frío en Liévin, al norte de Francia. Poco y duro barro. Los corredores terminaron más salpicados que rebozados. Wout van Aert, que cumplió esos mismos 30 años en septiembre, campeón en 2016, 2017 y 2018, se inclinó ante Van der Poel por tercera vez esta temporada en la, también, tercera coincidencia de ambos. Estaba en desventaja. Reapareció en diciembre tras un descanso forzoso desde que, el 3 de septiembre de 2024, camino de los Lagos de Covadonga, se cayese en la Vuelta, en la que ya había ganado tres etapas, y se dañase severamente la rodilla derecha. Y, aunque sin Van der Poel en liza, se apuntó un par de victorias en enero, no ha estado realmente en disposición de mirarle a los ojos al neerlandés a la hora de pelear por el título mundial.
Der Poel contra Van Aert
Pero el contencioso no ha caducado. Desde la edad juvenil, el dúo, casi una pareja en sus paralelismos y en la estrechez de su relación, ha protagonizado una de las mayores rivalidades en la historia del ciclismo. Quizás la mayor, dado que, en su compartida superioridad, y a diferencia de otras modalidades más repartidas jerárquicamente, han hecho del ciclocross un territorio propio y excluyente.
Cuando ambos están en liza, en forma y en plazo, los demás no existen, meras figuras de atrezzo. El de Liévin ha sido su enfrentamiento número 188, con ventaja estadística para Van der Poel. En la desigual, pero profusa colección común de victorias, semejante rivalidad ha desembocado en una forma de fraternidad y mutua dependencia. Los dos se miran en la única cara de un mismo común.
Su condición de estrellas absolutas del ciclismo en carretera ha ensanchado, después de romperlos, los horizontes del ciclocross y atraído a las frías campas nuevos y entusiastas feligreses. Aficionados a la bicicleta tradicional que, de otro modo, alejados de los circuitos belgas y neerlandeses, y de sus desconocidos especialistas puros, le hubieran dedicado a la "cabra" invernal muy poca o ninguna atención. En Liévin, el circuito, al que se accedía previo pago, estaba a reventar.
Terminados el barro, la hierba y la arena, Mathieu y Wout se reincorporan al asfalto. Les esperan, piafando, Pogacar, Vingegaard, Evenepoel y compañía. Aguardamos impacientes a todos.
Vladímir Putin ha tenido recientemente un par de alegrones de dispar calibre, pero significativos cada uno en lo suyo. Como consecuencia de la situación en el Estrecho de Ormuz, Donald Trump autorizó el viernes, aunque se trate de una "medida limitada y a corto plazo", la compra de petróleo ruso. Pocos días antes, Varvara Voronchikhina se convertía en el primer deportista ruso, hombre o mujer, que, después de 12 años, y desde un podio, miraba ondear la bandera de su país y escuchado su himno. La joven de 23 años se colgó el oro en el eslalon supergigante, categoría de esquí de pie, en los recién clausurados Juegos Paralímpicos de Milán-Cortina.
A partir de los Juegos de Invierno de Sochi2014, la corte de Putin cayó en desgracia. A causa del dopaje de Estado y, más tarde, de la invasión de Ucrania, los deportistas rusos (y bielorrusos) dejaron de ser considerados como tales para pasar a competir en calidad de neutrales, sin bandera ni himno propios.
El himno y la bandera rusos son los mismos que los de la fenecida Unión Soviética. Sólo se cambiaron algunas partes de la letra del himno, en las que fueron eliminadas las referencias a Lenin y el comunismo. Cuando se desplomó la URSS en 1991, no se convirtió Rusia en un país nuevo. En la nostalgia y la rabia siguió siendo el viejo. No tan grande como para reproducirlo, pero sí lo suficiente como para imitarlo.
El Comité Olímpico Internacional (COI) mantiene el veto a una nación tramposa y agresora. El Paralímpico, en cambio, la acoge en su regazo, con la bendición del Tribunal de Arbitraje Deportivo. Un contraste derivado en contrasentido y rematado en contradicción. El COI impidió, en los Juegos "normales", a un piloto ucraniano de skeleton competir con un casco, llamado "de la Memoria", en el que figuraban imágenes de 24 compatriotas deportistas muertos en una guerra que dura ya cuatro años. No quiso politizar el evento en atención a la regla 50 de la Carta Olímpica, que prohíbe ese tipo de gestos. El Comité Paralímpico sí lo ha hecho al blanquear, siquiera temporalmente y en una competición "especial", a un país al margen del orden internacional.
El oro de Voronchikhina, que nació rusa y no soviética, fue muy celebrado en los propagandistas medios estatales y oficiales. También se lo colgó Putin, que nació soviético y soviético morirá.