Unos de los grandes nombres del Everest, Tom Hornbein, ha fallecido este sábado a los 92 años a tan solo unos días de que se cumplan 60 años de su impresionante hazaña en la cima del mundo en 1963.
El escalador norteamericano fue, junto a Willi Unsoeld, el primero en ascender el Everest por la arista oeste, vía que abrió y que solo han conseguido conquistar otros ochos alpinistas en toda la Historia.
El ascenso de Hornbein y Unsoled está considerado uno de los más impresionantes logros conseguidos en la montaña más alta del mundo. Por ello, el barranco de hasta 50º de inclinación que llega hasta la cima por esta cara de la montaña pasó a llamarse corredor Hornbein.
Antes de lograr esta gran proeza, Hornbein ejercía de anestesista, profesión que retomó tras coronar el Everest. Este trabajo lo complementó con la enseñanza en la universidad y con la investigación, la cual iba orientada al estudio de los efectos de la altitud en el cuerpo humano y más concretamente en la sangre.
Hornbein, que murió en su casa de Colorado, siempre será recordado como uno de los mejores montañeros de la historia por su hazaña, por su afán aventurero y por su coraje para adentrarse en lo desconocido.
Carlos Alcaraz aterrizó en Seúl el jueves, atendió a fans coreanos en el aeropuerto, visitó la sede de Hyundai, ofreció una rueda de prensa amabilísima -muchas preguntas de broma, ninguna sobre su separación de su ya exentrenador Juan Carlos Ferrero- y este sábado (08:00 horas, Movistar) se enfrentará a Jannik Sinner en una exhibición de una hora y media. Gane o pierda, este domingo se marchará de la ciudad con dos millones de euros más, según publicó La Gazzetta dello Sport.
Unas horas después, Alcaraz llegará a Melbourne, se entregará a numerosos actos publicitarios -entre ellos un partido a un punto con un aficionado-, se enfrentará en las siguientes dos semanas a los mejores tenistas del mundo en siete partidos de esfuerzo máximo e intentará levantar su primer Open de Australia. Si lo logra, con el propio Sinner como amenaza, ingresará 2,4 millones de euros, no mucho más de lo que ya tiene asegurado en Seúl. De hecho, si es subcampeón apenas recibirá la mitad.
JUNG YEON-JEAFP
Siempre ha habido encuentros de exhibición en el tenis. Antes de la Segunda Guerra Mundial, jugadores históricos como Bill Tilden o Suzanne Lenglen ya disputaban partidos amistosos y recibían notables cantidades por ello, aunque entonces prevalecía la excusa proselitista: descubrieron el tenis a muchos que no lo conocían. En las décadas posteriores hubo auténticos profesionales de las exhibiciones, como Bjorn Borg, pero con la madurez de los circuitos ATP y WTA la tendencia fue decreciente. Roger Federer y Rafa Nadal también disputaron en 2006 un lucrativo encuentro en Seúl, por ejemplo, pero en sus agendas apenas había huecos para informalidades.
En los últimos años, en cambio, la moda de las exhibiciones ha vuelto con fuerza. Pese a que el calendario tenístico es cada vez más exigente por medidas como la ampliación de los Masters 1000 a dos semanas, los mejores tenistas no paran de disputar encuentros de esta índole por todo el mundo por un motivo muy claro: se pagan exageradamente bien. Lejos de las obligaciones que implica la organización de un torneo -y de la dificultad de entrar en el universo ATP-, empresas y gobiernos de todo el mundo ven en el formato de exhibición una forma de promoción y no dudan en gastar lo que haga falta.
La defensa de Alcaraz
Gracias a ello, Alcaraz, que según los extenistas del podcast Nothing Major tiene un caché superior a los 1,5 millones de euros, puede ganar en una única temporada entre ocho y 10 millones únicamente a través de las exhibiciones. En los últimos años, el número uno ha tenido que escuchar críticas por la falta de descanso que esto implica, pero la recompensa no es poca cosa.
«Es un formato muy diferente. Es muy distinto jugar una exhibición que un Grand Slam oficial, con 15 días seguidos de una concentración muy alta y una exigencia física enorme», declaró hace unos meses Alcaraz a BBC Sports, y añadió: «Los jugadores elegimos las exhibiciones porque consisten en simplemente divertirse y eso es genial». El año pasado, el español participó en las exhibiciones previas al Open de Australia en enero, se midió en marzo a Frances Tiafoe en Costa Rica, en octubre disputó el multimillonario Six Kings Slam de Arabia Saudí y en diciembre volvió a verse con Tiafoe en Nueva Jersey y se midió a João Fonseca en Miami.
Los torneos pequeños, los perjudicados
Para él y el resto de jugadores, el riesgo de estas exhibiciones es mínimo y el beneficio, alto. Para el tenis es otra cosa. Los Grand Slam van incrementando sus premios para no quedarse atrás, pero la tendencia afecta con mayor fuerza a los torneos pequeños. Las exhibiciones impiden que los mejores tenistas incorporen citas ATP 250 como las que se disputan estas semanas -Brisbane, Hong Kong, Adelaida, Auckland- en sus preparaciones y, sobre todo, les roban protagonismo.
La mirada del público, que durante toda la temporada ya está centrada en los duelos entre Alcaraz y Sinner, no puede extenderse a torneos más humildes ni cuando ambos están fuera de la competición oficial. En la pista es normal que haya alegría durante las exhibiciones; en los despachos crece la preocupación.
En el segundo día de competición del Campeonato de Europa de Natación en Piscina Corta que se disputa en Lublin (Polonia), llegó la primera medalla española. Y fue de oro. Carmen Weiler lo obtuvo en los 200 espalda.
No pudo imitarla Carles Coll en los 100 braza. Tenía consistentes opciones de metal. Pero acabó en quinta posición con 56.42, algo lejos de su récord de España batido en las series (56.28) y a 15 centésimas del podio, que cerró el austriaco Luka Mladenovic (56.27) con el turco Huseyin Emre Sakci en segunda posición (56.22). El fenómeno neerlandés Caspar Corbeau fue el único que bajó de los 56 segundos (55.85).
Cumplió Iván Martínez, octavo en los 200 espalda con 1:51.58 en una prueba dominada por el irlandés John Shortt, soberbio récord mundial júnior con 1:47.89.
Weiler, 21 años, paradigma del cosmopolitismo, nacida en Bangkok, criada en Singapur y discípula de Sergi López en la estadounidense Virginia Tech, culminó, física y tácticamente, una actuación perfecta. Graduó esfuerzos desde una superioridad incontestable que le dio una seguridad absoluta en su desempeño. Fue a más metro a metro para acabar apoteósicamente en 2:01.66, récord de España. Mejoraba de largo su primado anterior de 2:02.16. La británica Katie Shanahan, segunda con 2:02.79, no tuvo nunca opción alguna de victoria. Micho menos la francesa Pauline Mahieu (2:03.02).
Weiler, estrella júnior, campeona de esa categoría en 50 metros en 2021, conquistó un oro que ninguna otra nadadora española tocaba desde Jessica Vall en 2017, en Copenhague, en los 200 braza. El resto de las pruebas de espalda la aguardan.