Jesús Navas lleva meses jugando con dolor. Quiere aguantar, al menos, hasta diciembre, pero la cadera se ha convertido en un calvario diario. Si el sufrimiento no lo evita, este domingo disputará su derbi número 28, convirtiéndose en el futbolista que más partidos Sevilla-Betis ha disputado. Joaquín sumó 27. La figura de Navas es inseparable de la historia reciente de su club. El niño de Los Palacios, que el próximo mes cumplirá los 39 años, debutó como un extremo veloz, infatigable y preciso. Su largo camino hasta la leyenda está lleno de títulos, sacrificios y lealtad al blanco y al rojo.
En mayo de 2024, en vísperas de la Eurocopa, con el Sevilla sumido en una crisis institucional y deportiva, Navas anunció su salida del equipo al final de la temporada. En la carta mostró su sorpresa y su pena por la falta de comunicación por parte del club respecto a su renovación. Aclaró que, a pesar de lo que se había especulado, no tenía la decisión tomada desde hacía meses y que no había recibido ninguna llamada de la directiva para ofrecerle continuar en el equipo. Navas mencionó lo difícil que era para él despedirse, dado su fuerte vínculo emocional con el club y la afición, y lamentó que no hubiera una respuesta del club para intentar retenerlo. Era una traición a su compromiso.
El feo gesto fue reprobado inmediatamente por los aficionados, que achacaron la falta de tacto de José María del Nido Carrasco con el capitán al caos de la entidad, a los recortes y a la mala planificación de la plantilla. A pesar de las tensiones iniciales, el club finalmente recapacitó y decidió renovarle el contrato. Ese giro inesperado en las negociaciones, cuando ya parecía rota la relación, permitió que Navas llegara a la Eurocopa como jugador nervionense, siendo campeón, y que estuviera en los planes del nuevo entrenador, Francisco Javier García Pimienta. Una prórroga de apenas unos meses que está complicándose por las lesiones. Navas apenas ha jugado 198 minutos en lo que va de temporada.
El aprendizaje con Guardiola
El palaciego fue pieza clave en los años dorados del Sevilla a mediados de los 2000. Llevó al club a conquistar la Copa de la UEFA en dos ocasiones consecutivas (2006 y 2007), además de otros títulos como la Supercopa de Europa y la Copa del Rey. En 2013, Navas tomó la decisión más difícil de su carrera: abandonar el Sevilla para unirse al Manchester City.
Allí aprendió a jugar más atrás, aprendió a defender y asumió un nuevo rol en el campo. Fue un 2 de abril del 2017, en el Emirates Stadium. Se enfrentaban el Arsenal de Arsene Wenger y el City de Pep Guardiola. El de Sampedor, que aquella temporada debutaba como entrenador blue, tenía lesionados a Zabaleta y Sagna. El canterano sevillista apenas contaba para su nuevo entrenador, pero decidió darle la titularidad como lateral derecho. Empataron a dos. «Jesús es un tipo magnífico y estoy muy feliz con su actuación ante Alexis Sánchez, que es uno de los mejores extremos del mundo», dijo Pep tras el partido.
En 2017, tras cuatro temporadas en Inglaterra, Navas decidió regresar a casa. Ya era un jugador diferente, menos explosivo, más defensivo, con mucho más campo que ocupar. Bajo su capitanía, el Sevilla levantó la Europa League en 2020, la sexta en la historia del club. Con casi 700 partidos disputados, Navas ha roto todos los récords posibles en la entidad sevillista, convirtiéndose en el jugador que más veces ha vestido la camiseta del club.
Fundamental en la convivencia
El equipo no atraviesa un buen momento. La falta de efectividad en ataque y una defensa insegura han llevado al Sevilla a un momento difícil. En este contexto, Navas sigue siendo fundamental en la convivencia de un vestuario renovado, con muchos futbolistas jóvenes y jugadores que no conocen ni la Liga ni la esencia nervionense. Delante tienen un ejemplo, un espejo y un guardián de los valores sevillistas.
«Es mi último derbi y estoy con muchas ganas de disfrutarlo y de darle una alegría a la afición», dijo Navas en rueda de prensa. Si el dolor lo permite, será el primer adiós de un futbolista ovacionado que echará tanto de menos el Sánchez-Pizjuán como el Sánchez-Pizjuán lo extrañará a él.
El silencio resignado de 55 millones de hinchas se instaló en el pub The Torch con el cruce certero de Mikel Oyarzabal en el minuto 86. Los diez millones de pintas de cerveza, repartidas entre los 3,5 millones de espectadores que se congregaron en 35.000 pubs como este a la sombra de Wembley, no bastaron para acabar con la sequía de trofeos internacionales de Inglaterra que dura ya 58 años
Jim Mason, de 32 años, se mordía la camiseta con el número 10 de Bellingham temiendo lo peor, entre el mar de banderas con la cruz de San Jorge que ondeaban en The Tordjen: "España ha sido mejor desde el principio, pero nosotros íbamos a más, y pensábamos que Jude podía marcar en cualquier momento la diferencia. Y si no él, Palmer, Watkins o Toney, capaces de dar la sorpresa".
"Conviene recordar que medio país pedía la cabeza de Southgate después del empate a cero con Eslovenia", recordaba Mason. "Saltaba a la vista que Harry Kane no estaba en forma, y a Bellingham se la he visto cansado y no ha jugado a su nivel en los últimos partidos".
"Lo bueno era que esta vez no partíamos como favoritos", apuntaba por su parte Geena Payne, en el momento en que Palmer, el gran "tapado" de la noche, levantaba a los hinchas de sus asientos con el 1-1. "No hemos pecado de triunfalismo ni nos hemos dejado contagiar el espíritu de superioridad, como nos ocurrió con las "Leonas" inglesas cuando perdimos con la Roja en el mundial femenino".
Connor Evans, 71 años, fue testigo del último trofeo internacional conquistado por Inglaterra en 1966, en aquel legendario triunfo por 4-2 frente a Alemania Occidental en la final de la copa del mundo. Su hijo Aaron decidió darle una sorpresa y pagar 422 libras (500 euros) por una mesa familiar en el BoxPark de Wembley, junto al estadio donde vio jugar en su día a Bobby y Jack Charlton, a Bobby Moore y a Geoff Hurst.
El ruido atronador del inmenso local, con el coro socorrido del "Sweet Caroline", no echó para atrás a Connor, que reconocía estar "listo para la nueva batalla", al cabo de 58 años... "Teníamos entonces un equipo con grandes jugadores como ahora. Nos faltó hace tres años ante Italia ese impulso final que distingue a los campeones, pero estamos ya muy cerca".
La final de Eurocopa supuso 48 millones de libras extras (55 millones de euros) en los pubs y bares de la islas británicas, según estimaciones de Emma McClarkin, directora ejecutiva de la British Beer and Bar Association. En una medida prevista ya por el anterior Gobierno conservador, antes de la derrota electoral, los locales lograron permiso para extender el "toque de queda" de alcohol del domingo hasta la una de la madrugada del lunes.
El "premier" laborista Keir Starmer, gran aficionado al fútbol e hincha del Arsenal, acudió a Berlín con la esperanza de contagiar sus aires de reciente vencedor a la selección. Starmer escribió una carta personal de agradecimiento al entrenador Gareht Southgate "en el nombre de toda la nación" y transmitiéndolo su orgullo por llegar a la final: "Como hace tres años, y pase lo que pase, debes saber que has unido el país y que todos estamos contigo".
"Lo último que necesitas es un comentario de un político diciendo lo que debes o no debes hacer", agregó Starmer. "Has llegado hasta aquí por tu trabajo duro y porque te lo has ganado a pulso (...) Todos debéis estar orgullosos de lo que habéis logrado, y espero que sintáis la fuerza de los millones que estarán dando cada patada al balón por vosotros".
Keir Starmer fue comparado con Southgate por su propio biógrafo, Tom Baldwin, trazando una paralelismo entre la reciente contienda electoral y la finalísima de Berlín: "Como Southgate, Starmer se ha distinguido por la cautela. Como Southgate, ha redibido muchas críticas por no arriesgar más. Esa estrategia le dio un buen resultado político. Y lo cierto es que el fútbol y la política tienen mucho en común, pero también grandes diferencias".
El Príncipe Guillermo, que viajó a Alemania con su hijo George (mientras Kate Middleton reaparecía en Wimbledon junto a Charlotte) fue más escueto en su mensaje a Southgate: "We believe!" ("¡Creemos!"). Guillermo, hincha del Aston Villa, ensalzó la actuación y el gol de Ollie Watkins ante Holanda, en un intento subliminal de apostar por él en la alineación final.
El rey Carlos, que nunca se había distinguido como "futbolero", se apuntó a la fiebre posando recientemente junto al actor Idris Elba en un despliegue de camisetas blancas, y mandándole de paso a Southgate una consigna seguramente compartida por millones de británicos en la hora "H"...
"Si pudiera incitarle a asegurar la victoria antes de que necesitemos goles maravillosos en el último minuto o tengamos que enfrentarnos al drama de los penaltis. Estoy seguro de que el estrés de la nación, el ritmo cardíaco colectivo y la presión sanguínea se verían grandemente aliviados. ¡Buen suerte, Inglaterra!"
En Escocia, eliminada en la fase de grupos, la hinchada se puso del lado español por su histórica rivalidad en el fúbtol y rugby con los vecinos del sur. El diario independentista The National sacó en portada a Rodri, vestido con la roja, y dando una patada en el culo a un hincha inglés disfrazado de balón.
En un sarcástico editorial, la publicación escocesa daba públicamente su apoyo a España en estos términos: "Todos los veranos, llenan vuestras playas. Se beben vuestra cerveza. Alborotan vuestras plazas. Toman desayunos fritos en vez de probar vuestra maravillosa comida. Se jubilan en vuestros pueblos y exprimen vuestros servicios públicos. ¡Es el momento de la venganza!".
Las banderas y las camisetas rojas habían arropado horas antes a Carlos Alcaraz en su triunfo en la pista central de All England Club sobre Novak Djokovic. El doble campeón de Wimbledon, abucheado el viernes por el público por predecir que "el domingo será un gran día para España", no se amedrentó ante el micrófono y llegó a decir: "Yo ha he hecho mi trabajo, ahora les toca a los del fútbol".
La puntilla de la noche la puso Gary Lineker en la BBC: "¡Felicidades, España!" (en versión original).
La clasificación de la República del Congo para el inminente Mundial desempolva el recuerdo de su lejana aventura de Alemania 1974, cuando aquel país, entonces con el nombre de Zaire, fue el primero del África negra en jugar una fase final de la Copa del Mundo. Antes sólo se habían producido dos presencias africanas. La primera, Egipto en 1934, tras ganar en eliminatoria única al Mandato Británico de Palestina, lo que terminaría siendo Israel. Luego hubo muchas ediciones sin representante del continente, bien por renunciar a disputar una plaza con Asia o incluso un tercio de plaza con Asia y un repescable de Europa, bien por el boicot en cadena a Israel en 1958... Para México 1970, ya con una plaza fija para África, se disputó una larga y seria fase de clasificación que ganaría Marruecos, que después no quedó mal: perdió por 2-1 con Alemania (finalista en la edición anterior y semifinalista en esta), por 3-0 ante Perú (con la mejor generación de su historia) y empató 1-1 con la Bulgaria de Asparukhov.
Los dos participantes del continente hasta ese momento representaban un fútbol que podríamos definir como europeizado: Egipto, de tanta influencia inglesa hasta la crisis del Canal de Suez, y Marruecos, durante mucho tiempo protectorado de Francia y España. Ahora se trataba de Zaire, un país subsahariano, del África negra, selvática, legendaria y misteriosa a los ojos del mundo de entonces.
Zaire fue el nombre que tuvo aquel país entre 1971 y 1997, antes conocido como Congo Belga, derivado del río que lo atraviesa y nutre. El dictador Mobutu Sese Seko lo rebautizó como Zaire, palabra equivalente a fuerza o energía, con la que era denominado también el río Congo por algunas tribus. Lo decidió así en el marco del proceso de "autenticidad", un distanciamiento del pasado colonial que impuso la sustitución de nombres europeos por los de lenguas autóctonas. Él mismo, que nació como Joseph-Désiré Mobutu, mutó su nombre en Mobutu Sese Seko Nkunku Ngbendu Wa Za Banga, traducible por "guerrero resistente que todo lo conquista dejando el fuego a su paso". Oficial ambicioso, llegó al poder en 1965 tras traicionar a quienes le auparon y se sostuvo férreamente hasta su muerte. Falleció con una fortuna de 5.000 millones de dólares en Suiza, equivalente en su momento a la deuda externa del país.
Zaire contrató como seleccionador al yugoslavo Blagoje Vidini, uno de esos sabios trotamundos futbolísticos que extendieron los modos de la Escuela del Danubio por el mundo. Había sido un buen portero, medalla de plata en Melbourne 1956 y de oro en Roma 1960. Jugó en Yugoslavia hasta que, a los 30 años, le permitieron fichar por el Sion, y se retiró en la incipiente liga norteamericana. Mobutu lo contrató porque había clasificado a Marruecos para México 1970, y aquí repetiría el éxito: Zaire apartó en eliminatorias de ida y vuelta a Togo, Camerún y Ghana para finalmente salir ganador de la liguilla triangular definitiva, con Marruecos y Zambia como rivales. Marruecos se sintió tan atracado por el árbitro en su visita a Zaire que se retiró, negándose a recibirlos después en su campo.
Su presencia constituyó una explosión de exotismo en Alemania 1974. No se sabía apenas nada del fútbol de aquella región del mundo, salvo por algunas figuras portuguesas nacidas en sus provincias africanas, los mozambiqueños Coluna y Eusébio, al fin y al cabo ciudadanos de un país de tradición futbolística europea. Aparte de ellos estaban las singularidades del maliense Salif Keita, que tras triunfar en Francia fichó por el Valencia en el verano de 1973, y del propio zaireño Kialunda, un gigantón líbero del Anderlecht, asiduo a los campeonatos europeos de clubes. Aun siendo el mejor jugador del país, no fue seleccionado. Los clubes tenían entonces la potestad de impedir que sus extranjeros fueran a sus selecciones. El Anderlecht le exigió a Mobutu 18 millones de francos para cederlo y este prefirió ahorrárselos. Tenía 34 años, había pasado del Anderlecht al AS Vita Club (entonces llamado Roi Léopold), pero se mantenía en gran forma y era todo un personaje. Era propietario de un establecimiento nocturno en el distrito de Matongé, llamado Le Vatican, punto de reunión de escritores, pintores, diplomáticos, políticos y periodistas. Allí reinaba él, apodado como "el Papa de Matongé".
La selección se compuso íntegramente con jugadores de la liga local. Salieron de Kinshasa como héroes, despedidos por miles de aficionados, pasaron un mes de concentración en Suiza y finalmente llegaron a Alemania por el aeropuerto de Fráncfort, desde donde se corrió el rumor de que en el equipaje llevaban carne de mono. Toda su estancia iba a estar acompañada de una curiosidad malsana, con el visible deseo en las informaciones de buscar ángulos extravagantes.
El primer rival fue Escocia, el escenario el Westfalenstadion de Dortmund, y la asistencia, 25.800 espectadores. Los escoceses tenían un buen equipo, con varios de los mejores jugadores de su historia. El capitán era Billy Bremner y el ataque lo formaban Kenny Dalglish, Joe Jordan, Dennis Law y Peter Lorimer. Los zaireños, unos perfectos desconocidos para el resto del mundo, llamaron la atención por el colorido de su vestimenta: verde chillón la camiseta, amarillo aún más chillón el pantalón, y en el pecho una circunferencia dorada que encerraba la cabeza igualmente dorada de un leopardo. Fuertes, altos, elásticos, rápidos, salieron del trance con un sobrio 2-0, goles de Lorimer (26') y Jordan. Las críticas fueron bastante buenas.
A la espera del segundo partido, contra Yugoslavia, que ocupaba en el campeonato la plaza que nos ganó a nosotros en el desempate, llegó a la concentración un grupo de hechiceros, los más destacados de cada etnia, con su cargamento de amuletos. Vidini les prohibió la entrada, y ellos respondieron con una conferencia de prensa en la que le acusaron de estar del lado del siguiente rival, su país de nacimiento. Para el seleccionador, desde luego, se trataba de un trance difícil, que se complicó aún más por el ambiente surgido en el seno del equipo esos días. Mobutu les había prometido un coche y una casa a cada uno si se clasificaban, pero veían que la promesa se desvanecía. Tampoco les daban dietas, alegando que el gasto de los vuelos y estancias agotaba las posibilidades económicas de la Federación. A medida que se enteraban de cómo vivían y eran tratados los jugadores de otras selecciones se fueron enfadando. Muchos salieron ante Yugoslavia decididos a hacer patente su descontento, con el equipo dividido entre los que querían boicotear el partido y los que no. Y sobrevino la catástrofe.
El escenario fue el Parkstadion de Gelsenkirchen, ante 31.700 espectadores, que presenciaron una masacre. Yugoslavia, ávida de goles por si al final del grupo se decidía por el goal average (como así sería), aprovechó las facilidades para firmar un estrepitoso 9-0. En 18 minutos ya habían entrado tres. El hombre de confianza enviado por Mobutu al Mundial ordenó a Vidini que sustituyera al meta titular, Kazadi Mwamba, por Tubilando Ndimbi, el preferido del presidente. Al poco fue expulsado por una patada a destiempo el defensa Ndaye Mulamba. Al descanso se llegó ya con 6-0. Kakoko Etepé, la gran figura del país (le llamaban "el Rey del Balón"), se negó a salir de nuevo al campo y hubo de ser sustituido por Mayanga Mapu. Finalmente encajaron nueve. La buena imagen del debut se derrumbó.
Dos días después aparecieron tres oficiales de la guardia personal de Mobutu que, tras hacer salir del hotel a los periodistas, al entrenador, al médico y al personal auxiliar, se encerraron con los jugadores para trasladarles un mensaje presidencial: si ante Brasil perdían por más de tres goles, no regresarían con vida al país y sus familias correrían peligro.
La selección de Zaire, antes del partido contra Escocia.GETTY
El 22 de junio cerraron su participación, de nuevo en el Parkstadion de Gelsenkirchen. Acudieron 36.200 espectadores. En aquel Brasil jugaban Pereira y Leivinha, que más adelante actuarían en el Atlético de Madrid, y tres supervivientes del equipo campeón de México 1970: Piazza, Jairzinho y Rivelino. Seguía también el seleccionador, Zagallo. La situación del grupo era curiosa: todo lo que no jugó Zaire fueron empates, de modo que Escocia y Yugoslavia tenían cuatro puntos y Brasil llegaba con dos. Se le daba por ganador ante Zaire, claro, pero ¿por cuántos goles? Le bastaba ganar por tres para quedar por delante de Escocia; no tenía necesidad de escalar los nueve de Yugoslavia. Por fortuna para los muchachos de Zaire, la cosa quedó exactamente en tres.
Pero aún sufrirían el último escarnio, a cuenta de su defensa Mwepu Ilunga. Quedaba poco para el final, y gana Brasil ya por 3-0 cuando hay una falta cerca de la frontal del área de Kazadi Mwamba, regresado a la titularidad y autor de un partido asombroso, mezclando paradas mágicas con salidas suicidas. Los zaireños forman la consabida barrera. El rumano Rdulescu Rainea hace el gesto y pita para autorizar el saque, y antes de que ninguno de los dos posibles lanzadores arranque, Mwepu Ilunga sale de la barrera como una exhalación y pega un zapatazo al balón que lo manda al otro campo. La jugada provoca estupefacción en el árbitro y en los brasileños, e hilaridad en los telespectadores de todo el mundo, confirmando los prejuicios: unos comedores de monos en manos de hechiceros y perfectos ignorantes. En la BBC, John Motson lo definió como "un extraño momento de locura africana". Mwepu fue amonestado y el posterior saque no tuvo consecuencias.
Habían salido como héroes y regresaron con sordina, pero al menos vivos, sin sufrir represalias. Mobutu ya estaba entretenido con un nuevo juguete: la preparación del Ali-Foreman, por el que puso 15 millones de dólares, aquel célebre Rumble in the Jungle que se disputaría en octubre de ese mismo año en Kinshasa. Mwepu se hizo popular en todo el mundo; se hicieron camisetas con su nombre y rostro y hasta fue invitado al programa humorístico de la ITV de David Baddiel y Frank Skinner, donde explicó que conocía de sobra la norma y que lo hizo como protesta contra Mobutu. Nadie le creyó.
En 2014 le entrevistó el periodista español José David López en la revista Panenka. Dijo que ya quiso quitarse de en medio en el partido ante Yugoslavia, "pero el árbitro se equivocó. Los blancos nos veían a todos iguales y expulsó a Mulamba por la patada que yo di". En el momento de la falta reaccionó así por un instinto de autodefensa ante la posibilidad del cuarto gol brasileño. "Lo hice a propósito. Por supuesto que conocía las normas del juego. Había jugado muchos años al fútbol, ¿cómo no iba a saberlas? No tenía razón ninguna para continuar jugando. Quería marcharme del partido, intentaba forzar mi expulsión. Los jugadores brasileños y la gente se rieron, me sentí muy enfadado con ellos en ese momento. No sabían la presión que estábamos sufriendo nosotros. Fue muy doloroso".
Vivía en extrema pobreza. Falleció al año siguiente, a los 66 años.