La fractura social que la Francia de 1998 apenas pudo aplazar: Zidane, Le Pen y un amistoso como detonador

La fractura social que la Francia de 1998 apenas pudo aplazar: Zidane, Le Pen y un amistoso como detonador

El Mundial de Francia1998 fue el de la definitiva apertura de la FIFA más allá de la vieja Europa y Sudamérica. Selecciones de otros continentes habían ido apareciendo en ediciones previas de la Copa del Mundo, pero podría decirse que como exotismos presentados con cuentagotas, como poco más que una cortesía por guardar las apariencias. Francia1998 tuvo una sincera vocación de universalidad, para lo que dio un salto de 24 a 32 participantes a fin de que esa apertura no mermara la representación europea y sudamericana. Acudieron cinco selecciones africanas, cuatro asiáticas y tres de la CONCACAF, que engloba a las Américas del Centro y el Norte. Únicamente Oceanía se quedó sin representación, pues sólo le fue adjudicada 'media plaza' y su campeón de zona, Australia, tuvo que jugar una repesca con el mejor eliminado de la asiática, Irán, que se hizo con el puesto. Esa apertura al mapamundi fue la herencia de Havelange, que en este Mundial dejó su puesto a Blatter. Al llegar se propuso mejorar el fútbol por otras latitudes y lo consiguió. No es que su mandato fuera ejemplar, pero en esto acertó. También hubo apertura en los árbitros, con el mismo número de ellos por confederación que el de países clasificados, más la presencia, en esto sí, de un australiano.

Para saber más

Un Mundial de diversidad en una Francia que ya venía siendo diversa en la calle y más todavía en su selección, con abundancia de jugadores que, por decirlo así, no tenían ningún abuelo francés. Eran nacidos en el país, pero hijos de una primera generación de inmigrantes venida de las colonias. Como ocurrió en Alemania con los turcos, en Inglaterra con los jamaicanos de la 'generación Windrush' y como está ocurriendo aquí ahora, una parte de la población francesa vio aquella primera irrupción surgida tras la posguerra como una ventaja en forma de mano de obra necesaria para el desarrollo del país, pero otra lo consideró una invasión masiva que ponía en peligro la identidad y las costumbres de la población autóctona.

Eso alimentó el desarrollo del FN (Frente Nacional), presidido por JeanMarie Le Pen, que rechazaba toda inmigración que no fuera europea. No quería piel oscura ni religión musulmana y se encontraba con que en un Mundial disputado en su propio país 'la grandeur' de Francia iba a ser defendida por lo que él consideraba un arrejuntado de gentes de cualquier procedencia, nada representativo de la historia y las gentes de lo que él consideraba la Francia legítima. Cuando se hizo oficial la lista de convocados lanzó su queja a los cuatro vientos en la convención del partido en SaintGilles: "Es artificial que se haga venir a extranjeros y luego se les bautice como el equipo de Francia". Tildó a los jugadores de "representantes de la Francia del papeleo, no de la verdadera Francia", y se quejó de que muchos de ellos no cantaban 'La Marsellesa' cuando, alineados antes del partido, era tocada por la banda o emitida por la megafonía, "no sé si porque no quieren o porque visiblemente la desconocen". Por supuesto, prometió revisar esa situación cuando alcanzara el poder, cosa que nunca ocurriría.

Mintió o estaba mal informado, porque de todo aquel grupo sólo uno podría encajar, y por los pelos, en su descripción: Desailly. Cierto que había nacido en Ghana, pero había llegado al país a muy temprana edad, adoptado por un diplomático senegalés, y se había criado, escolarizado y hecho futbolista en Francia. El resto había nacido en la metrópoli o en las colonias. Sus orígenes eran realmente diversos: había descendientes de árabes, caribeños, subsaharianos, caucásicos, sudamericanos y hasta uno, Karembeu, procedente de una lejana isla del Pacífico Sur. Del grupo de 22 seleccionados, Le Pen hizo un expurgo y solo le salieron cinco hijos de padre y madre 'franceses auténticos', de raza blanca y religión católica.

Se armó un gran revuelo, los aludidos se indignaron y hasta el siempre contenido Zidane, ya el jugador favorito del país, tomó la palabra. Nacido en Marsella, en el barrio de La Castellane, polo de inmigración, declaró: "Nací en Francia y estoy orgulloso de ser francés. Mi padre nació en Argelia y estoy orgulloso de ser argelino".

Llegado el campeonato, Francia ganó 3-0 a Sudáfrica, 4-0 a Arabia, 2-1 a Dinamarca (primera fase), 1-0 a Paraguay (octavos), 4-3 en penaltis tras 0-0 en el tiempo reglamentario a Italia (cuartos), 2-1 a Croacia (semifinal) y 3-0 frente a Brasil en la final, con dos cabezazos de Zinedine Zidane. Seis victorias, un empate, 15 goles marcados y sólo dos encajados. Un gran equipo que llenó de orgullo al país, arrojado a la calle en el mismo instante del pitido final para festejar el título en perfecta hermandad de gentes y razas. En los Campos Elíseos se concentraron millones de personas y el presidente Chirac celebró la felicidad de "esta Francia multicolor y ganadora". Dos años después, en Rotterdam, esa selección multirracial que tanto se le había atragantado a Le Pen ganó la Eurocopa tras una final emocionantísima ante Italia, en la que el negro Wiltord empató en el 93' y el mestizo Trezeguet hizo el 21 en la prórroga. Nuevas muestras de alegría colectiva, aunque en menor escala, como corresponde a la de una Eurocopa frente a un Mundial. Aquel grupo de jugadores llegó a significar para Francia algo así como los Beatles para Inglaterra en los sesenta.

El equipo de Francia, antes del primer partido, el 11 de junio.

El equipo de Francia, antes del primer partido, el 11 de junio.GETTY

En ese estado general de optimismo creció la idea de organizar en París un primer choque entre Francia y Argelia, una especie de abrazo que borrara traumas del pasado. Argelia había sido provincia francesa hasta 1962, cuando alcanzó la independencia después de una larga y sucísima guerra de ocho años. Es un recuerdo del que ningún francés está contento. De resultas de la pérdida de aquella tierra, un millón de argelinos de raza blanca, descendientes de los colonizadores (en mayoría de procedencia alsaciana y conocidos como 'pieds noirs' por las botas negras que calzaban para montar a caballo) emigraron a Francia o se dispersaron por Italia, España u otros destinos. Se sintieron traicionados por la metrópoli y en su seno surgió la OAS, 'ejército secreto' que elaboró hasta una docena de atentados fallidos contra el presidente De Gaulle.

También se fueron a la metrópoli 150.000 argelinos magrebíes, que por haber trabajado o colaborado con los 'pieds noirs' se hicieron indeseables al resto. Los argelinos antifranceses les conocen como 'harkis', término desdeñoso que equivaldría al 'botifler' catalán. Aquel contingente fue el núcleo de una población de origen argelino y musulmán que nunca ha terminado de crecer en Francia. Felices con su rescate la primera generación, más incómoda la segunda, progresivamente más inquietos y reivindicativos los nietos, insatisfechos por su nivel de vida y sus escasas posibilidades de progresar en comparación con sus coetáneos de origen autóctono.

Ese FranciaArgelia fue programado en París para el 6 de octubre de 2001 en el Estadio de Francia, situado en SaintDenis, localidad a sólo 10 kilómetros de París. Allí están enterrados los reyes de Francia, pero el tiempo la fue convirtiendo en un suburbio industrial y luego en espacio de viviendas modestas, en su mayoría ocupadas por descendientes de emigrantes, en su mayoría argelinos. En un intento de dignificar el lugar, se estrenó para el Mundial1998 un estupendo estadio capaz para 78.000 espectadores con vocación de sede oficial para la selección del gallo.

Quiso la desgracia que 25 días antes del partido se produjera el 11S, aquel ataque contra las torres gemelas de Nueva York, lo que instaló de forma automática una mirada de desconfianza a todo lo musulmán en Occidente. Cada argelino francés pasó a ser considerado sospechoso de algo y menudearon las exigencias de identificación y los registros por parte de la policía.

EL DÍA DE LA INFAMIA

Así se llegó al partido, que se iba a jugar a estadio completo con inmensa mayoría de argelinos de origen y de sentimiento, nietos reivindicativos de los viejos y sumisos 'harkis'. En las vísperas la policía detectó un crecimiento insólito de venta de banderas y bufandas con los colores de Argelia, presagio de lo que podría ocurrir, y hasta se sugirió una suspensión del partido, pero se descartó. Zidane hizo declaraciones previas con la mejor voluntad: "Si tuviera que elegir un partido que saliera empatado, sería este. El equipo francés hará todo lo posible por ganar, pero si terminamos empatados no lo lamentaré mucho". Era difícil que empataran, dicho sea de paso. Argelia ocupaba el puesto 73 en el ránking FIFA, mientras Francia venía de encadenar Mundial1998, Eurocopa2000 y Copa Confederaciones2001.

Calentando ya sobre el terreno, el francés Patrick Vieira le dijo al argelino Mehdi Meniri: "Hoy jugáis vosotros como locales". Y es que las banderas argelinas copaban el colorido del estadio. Formados los equipos, sonaron los himnos. El Kassaman argelino fue seguido con respeto y devoción. Cuando sonó La Marsellesa, no pudo escucharse por una pitada estruendosa que sobresaltó a toda Francia, y eso que se había escogido una intérprete francotunecina. Durante el partido, la multitud abucheó las jugadas de Francia, incluidas las intervenciones de Zidane. Francia, muy superior, se puso 3-0 con goles de Candela, Petit y Henry. Justo antes del descanso, Belamdi marcó el 3-1 en un golpe franco y provocó una estruendosa explosión de júbilo. En la segunda mitad Argelia salió al ataque, ante el entusiasmo general, pero en el 55' Pires hizo el 4-1 en un contraataque. A esas alturas del partido, Zidane ya había sido retirado por el seleccionador.

En el 74, un joven con una bandera argelina salta al campo, la policía intenta retirarle, pero salta otro, otro, otro más, decenas, cien... El partido tiene que ser suspendido a falta de un cuarto de hora por jugar. En todo el país quedó una sensación ominosa. El proyecto de abrazo y perdón entre comunidades había sido un disparo por la culata. Una cámara captó los reproches de Thuram reconviniendo a un muchacho argelino, uno de tantos invasores del campo: "¿No te das cuenta de lo que haces? ¿No te das cuenta de que refuerzas todos los prejuicios que hay sobre ti? ¡Luego vas a quejarte y a decir que no entiendes nada!". (Thuram, de raza negra y natural de Guadalupe, se distinguió siempre por criticar el supremacismo de la Francia blanca, pero con la palabra y la pluma). La ministra de Juventud y Deporte, MarieGeorge Buffet, fue alcanzada y agredida en su palco, aunque no sufrió daños por la intervención rápida de la seguridad.

Fue la gran oportunidad para Le Pen, que se lanzó a la campaña electoral con el lema 'Restaurar el orden en Francia'. El líder de la ultraderecha francesa lograría romper su techo en las elecciones de 2002, en las que alcanzó la segunda vuelta. Fue derrotado por Chirac, que endureció la ley de protección del himno.

Lo que el fútbol había unido en el cielo lo desunió en el infierno. Como le escuché decir a Valdano, "el fútbol ofrece alegrías, pero no soluciones". No se le puede pedir tanto.

México 1970 o cómo la delantera de los cinco dieces conquistó el mundo

México 1970 o cómo la delantera de los cinco dieces conquistó el mundo

Campeón en Suecia-1958 y Chile-1962, despojada en Inglaterra-1966 mediante juego violento, Brasil se clasificó para México-1970 de la mano de João Saldanha, de 52 años, exjugador de corta carrera en el Botafogo, luego afamado periodista deportivo y miembro del Partido Comunista por más señas. La clasificación fue brillante, con dobles victorias sobre Paraguay, Colombia y Venezuela, sumando 23 goles y encajando dos.

Pero con problemas. El general Emílio Médici, jefe de la dictadura militar de turno, quería en la selección a Dadá 'Maravilla'. Diré que este era un jugador singular. Hijo de madre soltera suicidada cuando él tenía cinco años, tuvo una infancia callejera salpicada de delitos y arrestos. No le interesó el fútbol hasta que se vio en el correccional de Fenabem, ya con 20 años. Era un prodigio físico: hacía los 100 metros en 10 segundos, y saltaba 0,90 desde parado y 1,50 en carrera. Apareció en el Campo Grande con 21 años y a los 23 saltó al Atlético Mineiro. Carecía de control y regate, pero su velocidad, salto e instinto le proporcionaban ocasiones de remate y muchos entraban por desconcierto del portero ante su mal golpeo. Se autodenominó 'Peito-di-Aço', (Pecho de Acero), y decía cosas divertidas: "Con Dadá en el campo no hay portería en blanco", "Hay tres poderes: Dios en el cielo, el Papa en el Vaticano y Dadá en el área." "Chuto tan mal que si un día marco desde fuera del área despedirán al portero." En 1969 sumó 40 en 43 partidos para el Mineiro, ninguna broma, pero era un perfecto inútil para todo lo demás. Médici reclamó que fuera convocado, y Saldanha respondió: "Yo no convoco a los ministros, él no convoca a los jugadores".

Además tuvo un feo incidente. Brasil celebró la clasificación con un amistoso ante el Flamengo, que ganó, y su entrenador, Dorival Knipel, declarado enemigo de Saldanha hizo a los suyos dar una vuelta olímpica. Lo digirió tan mal que el día siguiente fue a la sede del Flamengo con un revólver para ajustar cuentas con Knipel, que afortunadamente no estaba.

Pero el problema definitivo lo tuvo con Pelé. Había surgido Tostão, seis años más joven, y felizmente recuperado de una lesión de retina. Era 'El Pelé Blanco' y jugaba en su misma posición, por detrás del punta. Como Pelé ya perdía velocidad, Saldanha le pidió que se emplazara arriba, como referencia, pero no quiso. En un amistoso contra Bulgaria le dejó en el banco y le sacó en el segundo tiempo con el 13 a la espalda, todo un sacrilegio. El partido acabó 0-0 y fue despedido.

La llegada de Zagallo

Se eligió a Zagallo, compañero de Pelé en los títulos de Suecia-58 y Chile-62. Se encontró con cuatro 'dieces' de inmensa categoría y en gran forma: Pelé, Tostão, Rivelino, muy técnico y formidable chutador, y Gerson, un interior cerebral. Los cuatro se movían por la misma zona. La revista Placar reveló un encuentro en la habitación de Pelé en el hotel Palmeiras organizada por Clodoaldo, de fuerte liderazgo, con Tostão, Rivelino, Gerson y el propio Pelé. Ahí acordaron cómo organizarse, con el extremo Jairzinho por la derecha. Rivelino sería extremo izquierdo, con diagonales hacia el interior, alternando con Tostão, Pelé se movería libre y Gerson marcaría el ritmo. A aquella línea (Jairzinho-Gerson-Tostão-Pelé-Rivelino) se la llamaría 'la delantera de los cinco dieces'. Jairzinho era extremo puro, sólo fue un 'diez' muy al principio y ya al final de su carrera, pero lo de 'cinco dieces' sonaba mejor y quedó.

Zagallo retrasó al medio Piazza a la defensa, junto al duro Brito, para mejorar la salida, y confió el eje a Clodoaldo. Los laterales fueron Carlos Alberto, capitán y superclase, y el seguro y fuerte Everaldo. De portero, Félix, al que le cayó el papel de patito feo. Ese sería el equipo, con Paulo César Lima por ausencia de Gerson ante Inglaterra y Rumanía. Eso sí: llevó a Dadá, para contentar a Médici.

La preparación la diseñó un oficial de marines, Lamartine DaCosta, que recetó 92 días en ejercicios físicos duros, sin apenas balón, en altitud y un uso insistente del 'test de Cooper'. Los últimos 60 días, ya los hicieron en Guanajuato, México, a 2.800 metros. Un martirio para Pelé. Tenía 29 años y había mantenido su privilegiado físico sin casi entrenar, sólo jugando, pues el Santos le explotó en constantes giras. Un día cazó al defensa Fontana murmurando con un militar: "Pelé es bueno para el fut-voley, pero no para el trabajo serio". Se indignó, hubo que separarles y costó convencerle para que no exigiera su expulsión.

La parada de Banks

El estreno es el 3 de junio en el Jalisco, de Guadalajara (1.566 metros), ante Checoslovaquia. Mucha gente opina que una victoria en el Mundial favorecerá a la dictadura, que está haciendo barbaridades, y no hay fervor en torno al equipo. Para los jugadores es una liberación reconvertirse de nuevo de marines en futbolistas. Empiezan despistados, las conexiones no funcionan, y en el 11' Petrá abre el marcador para los centroeuropeos. En el 24' hay un golpe franco cerca del área que Rivelino transforma con un cañonazo homicida por el palo del meta Viktor. 1-1. No ha pasado mucho tiempo cuando Pelé lanza desde su propio campo un tiro que sorprende a todo el mundo; Viktor retrocede a la carrera, no llega, pero el balón se escapa junto a la escuadra. Es un momento mágico. Desde entonces se llamará 'el gol de Pelé' a los intentos de ese tipo, que proliferaron. En el 59' sí marcará, matando con el pecho un pase de Rivelino para cruzar de forma imparable. En el 61' Jairzinho agranda la distancia y luego cierra en el 83'. 4-1.

El día 7 y en el mismo escenario, toca Inglaterra, campeona vigente. Los jugadores soportan horas de proyección de diapositivas en las que Parreira, un innovador, les hace ver foto a foto los secretos tácticos del rival. El partido, bravo y tenso; una imprudencia de Lee, que patea la cabeza de Félix por llegar tarde al balón, es respondida pronto con un estacazo de Carlos Alberto, pie de hierro en bota de seda. Banks le hace a Pelé la parada de todos los tiempos, en un cabezazo desde la frontal del área chica, picado, que salva manoteando a bocajarro por encima del larguero. El gol no llega hasta el 59', tras una cadena de regates de Tostão por la izquierda con envío a Pelé, que en el punto de penalti doma la pelota, atrae a defensas y abre para la llegada de Jairzinho, que cruza.

El grupo se cierra el día 10 con un 3-2 ante Rumanía. Pelé hace dos goles (19' y 67'), uno de ellos al modo de Rivelino ante Checoslovaquia, tirando duro por el hueco que deja Jairzinho en la barrera apartándose en el momento oportuno. El otro lo consigue el propio Jairzinho en el 22'.

Los cuartos, el 14 y de nuevo en el Jalisco, enfrentan a Brasil con Perú, que entrena Didí, campeón del mundo y director de juego en 1958 y 1962. Un referente en el país, donde muchos se quejan de que no sea seleccionador nacional por negro y haya tenido que ir a exportar el 'jogo bonito' a Perú. Se clasificó para el Mundial dejando a Argentina, lo que inspiró al compositor Félix Figueroa una canción, 'Perú Campeón', que se sigue cantando allí. En su presentación remontó a Bulgaria un 0-2 para ganar 3-2 con un ataque constante y creativo... Luego batió 3-0 a Marruecos y no se le tuvo en cuenta la caída ante la Alemania de Maier, Beckenbauer, Overath, Seeler y Müller. El 14 de junio, de nuevo en el Jalisco, disputó contra Brasil el más bello partido del campeonato, que ganaron los brasileños por 4-2, con goles de Rivelino, Tostão (2) y Jairzinho. Fue una gozada.

El recuerdo del Maracanazo

La semifinal, que Havelange maniobró para que se jugara también en el Jalisco, donde el público estaba definitivamente enamorado de Brasil, les enfrentaba a un fantasma familiar: Uruguay. Sólo hacía veinte años del 'Maracanazo', todos los jugadores habían crecido escuchando a sus mayores hablar de ese trauma y las vísperas estuvieron cargadas de una tensión incómoda, con decenas de periodistas pululando por la concentración.

El desafío es el 17 de junio. Uruguay se maneja con soltura y se adelanta en el 19' por medio de Luis Cubilla, y digamos que Félix no estuvo exento de culpa. A Brasil se le nota agobiado e impreciso, aunque en el 43' empata Clodoaldo, que se ha adelantado inesperadamente y llega sin ser detectado al área para marcar a pase de Tostão.

En el descanso, Zagallo está indignado. Se sube a la mesa de masajes, les abronca por cobardes, enrojece... "La mejor charla de un entrenador que vi nunca", diría luego Clodoaldo. El equipo sale con otro son, convencido de su superioridad. Jairzinho, en el 76' y Rivelino, en el 89', fijan el resultado en 3-1. Rivelino lo celebra con una alegría salvaje, como si expresara la liberación de todo un país. Pelé deja una jugada para la historia, al regatear a Mazurkiewicz sin tocar el balón. Lástima que tampoco fue gol.

El título, en propiedad

Todo desemboca el 21 de junio en el Azteca, a 3.200 metros. Enfrente está Italia, que ha ido de menos a más. Pasó el grupo con 1-0 ante Suecia y sendos 0-0 con Uruguay e Israel; en cuartos barrió a México (4-1), y en semifinales dejó fuera a Alemania con una prórroga inolvidable, la media hora más emocionante en la historia de la Copa del Mundo.

Al llegar al campo dejan solo a Pelé, que echa una cabezada en el vestuario, como hacía en los partidos importantes. Cuando regresan está despierto. Y todos a jugar. Brasil ataca y en el 18', Rivelino bombea hacia el segundo palo y allí aparece Pelé, a la espalda de Burgnich, para sacudir un frentazo inapelable. Sigue apretando Brasil, pero en el 37', en un contraataque, Félix y Brito se lían y el balón queda suelto en la frontal para Boninsegna, que marca a puerta vacía.

Parece que hay partido, pero no. La segunda mitad de Brasil es magnífica. Juegan los mismos once que ante Uruguay, sin cambios aquel día, tampoco ahora. Esos últimos 45 minutos del campeonato valoran aquel feroz entrenamiento de marines. Juegan con frescura ante una Italia que boquea y se agarrota. Gerson hace el 2-1 en el 66' con un gran tiro cruzado, Jairzinho el 3-1 en el 71', llegando al área chica remolcando a Facchetti, y en el 86' llega la firma, una jugada que nace por la izquierda, hacia donde Jairzinho ha arrastrado a su marcador, pasa por Pelé, que temporiza y cede para la llegada en carrera de Carlos Alberto y éste sentencia con un tiro raso y duro al segundo palo. Luego salta tras la portería, celebrando ese gran gol suyo que es de todos y de todo el fútbol: 4-1.

Carlos Alberto recoge la Jules Rimet, entregada en propiedad a Brasil por su tercer título. (Desgraciadamente ya no existe, porque unos cacos la fundieron). La mira con veneración, la besa, la alza. Luego se desata el delirio. Los jugadores son asaltados, su ropa vuela, Rivelino sufre un colapso y le sacan como se puede... Pelé es alzado a hombros y alguien coloca sobre su cabeza un gran sombrero mexicano. Es O Rei, no hay duda, y esa imagen simboliza el regreso de lo mejor del fútbol, después de Inglaterra-1966, último Mundial en blanco y negro, en el que habían mandado el fútbol sucio y los malos arbitrajes.

¿Se puede ir del infierno al cielo en seis días? La asombrosa resurrección de Paolo Rossi en España'82

¿Se puede ir del infierno al cielo en seis días? La asombrosa resurrección de Paolo Rossi en España’82

Prato es una ciudad próxima a Florencia de belleza oculta tras el apodo «La Manchester de la Toscana» por su industria textil. Allí nació en 1956 Paolo Rossi, que con los años bien podría haber recitado aquello de «yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí...». La suya fue una peripecia futbolística sin igual, con abrupta caída de la cima a la sima para regresar de forma imprevista y fulgurante con tres partidos en seis días que le colocaron para siempre en el Olimpo de los grandes.

Hijo de futbolista fallido, fue un niño fan de Kurt Hamrin, exquisito extremo sueco de la Fiorentina. Jugó en el Santa Lucía de Prato hasta que con 12 años entró en el San Michele Cattolica Virtus, de Florencia, de donde a los 16 lo captó la Juventus, birlándoselo en sus propias barbas a la Fiorentina. Era un extremito fino y frágil. Con 19 años le cedieron al Como, en la Serie A. Jugó poco por problemas de menisco, el equipo descendió, y entonces la Juve acordó con el Vicenza, de la Serie B, un curioso contrato en régimen de copropiedad. Allí el entrenador, Giovanni Fabri, le colocó en punta. Le faltaban estatura para el cabeceo y cuerpo para el choque (1,74 y 66 kilos), pero era escurridizo, veía el gol y, por decirlo todo, el titular estaba lesionado. Fue un hallazgo: marcó 21 goles y el Vicenza subió a la Serie A. En la siguiente temporada marca 24, se proclama capocannoniere y el seleccionador, Enzo Bearzot, le lleva al Mundial Argentina1978, pese a que no ha tomado parte en la clasificación. Italia hará un gran papel, será la única selección que gane a la campeona, Argentina, con un gol de Bettega en perfecta pared con Rossi. Terminará cuarta. Rossi, que hizo tres goles, vuelve consagrado y con el apodo de Pablito, ocurrencia de Giorgio Lago, desde Il Gazzettino de Venecia.

Para saber más

La Juve intenta recuperar su mitad, no hay acuerdo y se acude a la solución de 'sobres cerrados'. Giampiero Boniperti, presidente de la Juve, escribe la cantidad de 875 millones, que cree suficiente, pero Giusy Farina, su homólogo del Vicenza, se descuelga con 2.600 millones, cantidad que escandaliza a Italia, y se lo queda. En la 1978-79 marca 15 goles, pero el Vicenza desciende y, como Pablito no era jugador de Serie B, se lo cedió al Perugia para la 1979-80. Allí llevaba 13 goles en 28 partidos cuando se hundió el suelo bajo sus pies.

El domingo 23 de marzo de 1980 la policía irrumpió en varios campos para detener a 32 futbolistas de la Serie A y la Serie B. A los suplentes, en el descanso; a los sustituidos, nada más salir del campo; a los que jugaron el partido completo, al final. Todo simultáneo. También se detuvo a bastantes directivos. En total fueron 44 arrestos. Tremendo.

Ocurrió que el propietario del restaurante romano La Lampada, frecuentado por futbolistas del Lazio, y el frutero que le proveía, de nombres Alvaro Trinca y Massimo Cruciani, habían incitado a los jugadores clientes a amañar apuestas en el Totonero, réplica clandestina e ilegal del Totocalcio, equivalente a nuestra quiniela. El núcleo inicial de laziales fue captando jugadores de otros clubes en un efecto mancha de aceite. Trinca y Cruciani pagaban por anticipado con dinero adelantado por la mafia, pero no siempre los resultados salían como los complotados habían prometido y se les empezó a montar una pelota con sus prestamistas. Los jugadores les decían que a veces no era tan fácil, que haría falta más dinero para implicar a otros... Trinca y Cruciani les amenazaron con revelar todo, incluso iniciaron filtraciones a la prensa, hubo una encuesta, fueron citadas hasta 48 personas entre directivos y futbolistas, pero no prosperaba y los jugadores hablaban de fantasía periodística. Hasta que Cruciani, harto y agobiado por sus prestamistas, fue a la policía y cantó La Traviata.

Italia organizaba la Eurocopa ese verano, así que el caso exigía una sentencia rápida y severa en un país que toma la guerra como un juego y el fútbol como una guerra, y la justicia deportiva fue expeditiva. A cuatro clubes se les descendió a la Serie B, entre ellos el Milan, cuyo presidente y portero, Felice Colombo y Enrico Albertosi, una gloria nacional, fueron suspendidos de por vida. Los otros 32 jugadores encausados se repartieron 50 años de suspensión. A Paolo Rossi le cayeron tres por amaño de un Avellino-Perugia que se quedarían en dos tras apelación. Sólo él, Lionello Manfredonia y Bruno Giordano reaparecerían tras la sanción. Para el resto fue el fin.

Le repescó la Juve, pero no podía jugar ni amistosos. Pasó la 1980-81 en blanco y sólo pudo reaparecer a tres jornadas del final de la 1981-82 en el campo del Udinese, donde la Juve ganó 1-5 con un gol suyo. Jugó dos partidos más y terminó la Liga, ganada por la Juve. Bearzot, que le quería en el inminente Mundial de España, le hizo jurar que no había delinquido y después le dijo: «Te haré redescubrir el amor al fútbol y el clamor del público».

Portada de la Gazzetta sobre el escándalo del Totonero.

Portada de la Gazzetta sobre el escándalo del Totonero.E. M.

Y, en efecto, le metió en la lista, no sin escándalo, pues dejó fuera al capocannoniere de la Roma, Roberto Pruzzo, capocannoniere del año. También faltó Evaristo Beccalossi, del Inter, así que el equipo viajó a España con mucha prensa en contra. Le tocó el grupo A, en Galicia, con Polonia, Perú y Camerún. Bearzot blindó al equipo en el parador de Pontevedra, con limitaciones a la prensa, y un partido de preparación en Braga contra el filial, ganado por un magro 0-1, desató las críticas. El presidente de la Federación, Federico Sordillo, declaró: «Si sé que iba a ver esto me hubiera ahorrado el viaje». A ello siguió el tradicional escándalo por las primas, cuestión que llegó hasta el Parlamento del país. Se les acusó de pedir el triple de lo que pedían.

Italia debutó con un 0-0 ante Polonia, con tiro al larguero de Marco Tardelli. Digamos que fue un empate tolerable, pero no los otros dos: 1-1 ante Perú y 1-1 ante Camerún. Hubo titulares del tipo: «Camerún somos nosotros», «Bearzot, ¿no te da vergüenza?», «¡Azzurri, despertaos!». Antonio Matarrese, presidente de la Lega Calcio, dijo: «Si bajo al vestuario me lío a patadas en sus culos». Un periodista bromeó con la amistad entre Rossi y Antonio Cabrini, que compartían habitación, diciendo que «se quieren tanto que no sé quién es el chico y quién la chica», lo que fue tomado por la tremenda en la prensa de otros países y desató una tormenta. El grupo decretó un silenzio stampa, de riguroso estreno. Sólo hablaría, por imposición de la FIFA, el capitán Dino Zoff, de natural lacónico. Bearzot sí habló cada día, tratando con flema de poner paz.

Italia pasó con los mismos puntos que Camerún, que también empató los tres, sólo que tuvo un agregado de 2-2 y Camerún de 1-1. Ese gol más les clasificó como segundos. La primera fue Polonia por su 4-1 a Perú.

La segunda fase se jugaba en grupos de tres, de los que el campeón iría a la semifinal. A Italia le correspondían Argentina y Brasil, en Barcelona. Se la daba por eliminada. Rossi no había marcado; se le consideraba un peso inútil.

Pero, sorpresa general, Italia ganó a Argentina 2-1 en el viejo Sarriá. Fue el día del célebre marcaje de Claudio Gentile a Diego Maradona; la web de la FIFA le adjudica 23 faltas, cantidad inverosímil. Fueron seis, según SofaScore, y 23 el número total de faltas de Italia, de las que ocho las sufrió Maradona. En el 56' marca Tardelli y en el 67' Cabrini, un medio y un lateral aparecidos en ataque por sorpresa. Argentina se vuelca, pero no marca hasta el 87', en un golpe franco de Ramón Díaz que pilla a Zoff colocando la barrera. Es 29 de junio. Italia tiene seis días hasta su partido con Brasil y prefiere regresar a Pontevedra tras una victoria que consideran doble: sobre Argentina y sobre la prensa propia. Pero Paolo Rossi sigue sin marcar.

El 2 de julio Brasil gana a Argentina 3-1 en el Camp Nou y la elimina, confirmándose como gran favorito con ya cuatro victorias y un marcador agregado de 13-3. Italia vuelve a Barcelona para enfrentarse el día 5 a la verdeamarela, a la que ha de ganar o ganar. El empate clasifica a los brasileños. Eso sí: Brasil llega con sólo tres días de descanso; Italia ha tenido seis.

El delantero, en el partido contra Brasil.

El delantero, en el partido contra Brasil.E. M.

Y Rossi explota. En un efecto bote de ketchup se desquita con tres goles. Partido gigantesco con este desarrollo: 1-0, Rossi, 8'; 1-1, Sócrates, 12'; 2-1, Rossi, 25'; 2-2, Falcão, 68'; 3-2, Rossi, 74'. Pablito ha vuelto: primer gol, cabeceando picado un centro de Cabrini; segundo, robando un mal pase y batiendo a Waldir Peres; tercero, cazando un rebote tras córner. En el 88', Zoff salva ante un tiro de Oscar. Italia elimina a Brasil. Matarrese baja exultante al vestuario, pero Zoff le expulsa. Il Corriere della Sera se desdice: «Brasil somos nosotros».

Tres días después, el 8, Italia se enfrenta a Polonia, sin Zbigniew Boniek. Rossi marca los dos goles. El 11 se juega la final en el Santiago Bernabéu ante Alemania. En el palco, el rey Juan Carlos I y el presidente italiano Sandro Pertini celebran sin protocolo. Rossi marca el 1-0; Tardelli el 2-0; Alessandro Altobelli, el 3-0. Alemania marca el gol de la honrilla en el 83' por medio de Paul Breitner, que ni celebra.

Paolo Rossi, Pablito, en la cumbre. Campeón del mundo, máximo goleador con seis tantos, mejor jugador del torneo y Balón de Oro de France Football ese año. Todo gracias a seis goles en seis días inolvidables para él y para el fútbol italiano.

Dejaría la Juve con 138 partidos y 44 goles, dos Ligas, una Copa y una Recopa, para cerrar su carrera con una temporada en el Milan (26 partidos y tres goles) y otra en el Hellas Verona (27 y siete). Cerró con 341 partidos y 134 goles en clubes, más 48 y 20 con la selección. Se perdió un tercer Mundial, México 1986, por lesión, aunque fue convocado. Trabajó en Sky en marketing deportivo, lo que me permitió charlas con él desde mi puesto en Canal +, de las que guardo dos ideas firmes: su protesta constante de inocencia y una convicción manifestada en muchas ocasiones: «Jamás, por bien que se hagan, se pueden acercar los entrenamientos al ritmo y la exigencia de la verdadera competición».

Fue comentarista en los principales canales italianos durante mucho tiempo, hasta su muerte en Siena, con 64 años, a causa de un cáncer de pulmón. Está enterrado en Perugia.

Una carrera y una vida cortas y azarosas, pero suficientes para hacerse eterno.

El durísimo día en que la mejor selección de la historia se rompió en 1.000 pedazos: "El entrenador es arrogante, asqueroso y ridículo"

El durísimo día en que la mejor selección de la historia se rompió en 1.000 pedazos: “El entrenador es arrogante, asqueroso y ridículo”

La historia de la Copa del Mundo está jalonada de goleadas estruendosas, pero ninguna provocó el terremoto del 1-7 de Alemania en Brasil2014 sobre la Verdeamarela, ocurrido el 8 de julio de ese año del Señor. No hace falta enfatizar lo que es Brasil en la historia de la Copa del Mundo. Único país que ha participado en todas las ediciones, ha ganado cinco de ellas (1958, 1962, 1970, 1994 y 2002) y tiene admiradores por todas partes. Su presencia no sólo embellece, justifica la existencia de la competición. En 2014 le tocó por segunda vez albergarla y la torcida dejó de hablar de La Penta en favor de La Hexa, tan seguros estaban. Y eso que en las dos ediciones precedentes habían caído en cuartos.

Para saber más

Brasil se debatía entre el jogo bonito y un fútbol severo y correoso, duda nacida desde que en España1982 cayera una generación gloriosa ante Italia y aún no resuelta. Dunga, mascarón de proa de la segunda tendencia ya desde su tiempo de jugador, fue el seleccionador del pinchazo en Sudáfrica2010. Se ofreció el puesto a Muricy Ramalho, cuatro años consecutivos mejor entrenador del campeonato local, pero algo vería y prefirió excusarse con su contrato por el Fluminense. Entonces se eligió a Mano Menezes, un apóstol de la preparación física. En la Copa América de 2011 cayó ante Paraguay; luego perdió la final olímpica de Londres2012 con Japón. El presidente de la Federación, José María Marín, le impuso al meta Cavalieri y al delantero Fred para el Superclásico, que se ganó en los penaltis, pero no le sirvió de nada. João Havelange, presidente de la FIFA de 1974 a 1998 y por ende gran santón del fútbol brasileño, dijo literalmente que era «un imbécil» y abogó por la recuperación de Luiz Felipe Scolari. Así se hizo. Menezes dejó a Brasil decimotercero del ránking FIFA, donde ni antes ni después ha estado nunca. Las encuestas dieron un 66 % de aceptación de Scolari, que en el ínterin fue seleccionador de Portugal con buen papel, pero después había pinchado en el Chelsea, la liga uzbeka y el Palmeiras.

Quedaban dos años y el viejo Felipão se puso a la tarea. Había sacado a Brasil campeón en 2002 con Cafú, Roberto Carlos, Dunga, Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho entre otros. Ronaldinho podría haber estado aún, pero en la primera citación llegó tarde y borracho, y quedó borrado. La prueba de fuego fue la Copa Confederaciones, en el verano previo al Mundial, que la verdeamarela jugó como anfitriona y se hizo con el título ante España, campeona de Sudáfrica2010, con un rotundo 3-0. Pintaba bien.

Puesto que como organizador no disputó la clasificación, Brasil programó diez amistosos, con una derrota y nueve victorias, seis de ellas ante rivales de poca enjundia. La presidenta Dilma Rousseff llegó a decir que su gobierno era «estándar Felipão». El viejo ídolo Tostão dio voz a los escépticos: «Me choca que ganar la Copa Confederaciones, un torneo de preparación y sin gran nivel técnico, sea motivo de tanta euforia, de que todos los jugadores se conviertan en estrellas y tengan que ser titulares en el Mundial».

Scolari sufrió un revés: Diego Costa, nacido en Brasil pero nacionalizado español y jugador del Atlético, eligió jugar con España, lo que le enfadó: «Está dando la espalda a un sueño de millones, el de representar a nuestra selección pentacampeona en un Mundial en Brasil».

Como había previsto Tostão, Felipão hizo la lista final sobre la base del equipo de la Confederaciones, lo que excluyó, aparte de a Ronaldinho, a notables como Kaká, Robinho, Philippe Coutinho, Filipe Luís y Lucas Moura. Su idea era un equipo presionante y acometedor, con la inventiva reducida a Neymar. Muy firme en sus ideas, cuando dio la lista ya adjudicó los números del 1 al 23, anunciando en los once primeros sus titulares.

El marcador, al final del partido.

El marcador, al final del partido.AFP

La fase de grupos la pasó con 3-1 a Croacia, 0-0 ante México y 4-1 a Camerún. Neymar hizo cuatro goles. El juego no gustó, cundía un desencanto que venía a sumarse al enfado por los precios y por la certeza de que los políticos habían robado a manos llenas en las obras. El partido de octavos contra Chile en el Mineirão de Belo Horizonte tuvo vigilancia especial del Ejército. Hubo empate, 1-1 tras prórroga, y sólo gracias a que el chileno Mauricio Pinilla estrelló en ella un tiro en el larguero pasó la Verdeamarela por penaltis. En cuartos tocó Colombia. Brasil ganó 2-1, pero sufrió una baja fatal: Neymar sufrió un rodillazo bárbaro de Juan Camilo Zúñiga en la espalda que le fracturó la tercera vértebra lumbar.

Brasil estaba en semifinales, pero los partidos eran forcejeos. En octavos hubo 51 faltas; en cuartos, 54. Ahora tocaba Alemania, y no iban a estar ni Neymar ni el central milanista Thiago Silva, el capitán, suspendido por tarjetas.

Por su parte, Alemania había tomado el rumbo contrario. La fascinación por la España del tiquitaca, ganadora de la Euro2008, el Mundial2010 y la Euro2012, había llevado al seleccionador Joachim Löw a desarrollar un juego basado en principios similares. Lo suyo lo conocimos aquí como tikitaken. Pasó el grupo ante Portugal, Ghana y Estados Unidos, batió a Argelia en octavos y a Francia en cuartos. Reunía en su media a Sami Khedira, Bastian Schweinsteiger y Toni Kroos, con Mesut Özil de enganche y los potentes Thomas Müller y Miroslav Klose en el ataque. Poco a poco se adaptaba al nuevo modo, tan distinto de su clásico subanpisenestrujenbajen. Este día se iba a coronar.

El partido empezó con una presión de Brasil, que salió concienciadísima, pero arriba faltaba ingenio para abrir brecha. En el 10, una salida de los alemanes termina en córner que saca Kroos, el balón sobrevuela un grupo de jugadores que pugna en el primer palo y le cae a Thomas Müller, en la frontal del área chica, que remata con el pie. Un descuido increíble y 0-1.

Brasil sigue en el mismo son hasta que se desata un cataclismo. En el 22, Alemania toca y sube, llega en una buena jugada combinativa, Klose remata, rechaza el meta Julio César, el propio Klose caza el rebote y marca. Es su gol número 16 a lo largo de cuatro Mundiales, despegándose de Ronaldo Nazário, con el que estaba empatado a 15. Así, con 36 años, se consolida como máximo goleador histórico en la Copa del Mundo. 0-2. En el 24, Özil lanza a Philipp Lahm por la derecha y éste envía a Kroos, que desde la frontal lanza un zurdazo imparable: 0-3. Nada más producirse el saque de centro, Sami Khedira roba el balón a Fernandinho, avanza, combina con Kroos y éste marca el 0-4, con Julio César neutralizado por la jugada. Han pasado 69 segundos entre los dos goles de este hombre, que establece una marca única en la historia de la Copa del Mundo. Sigue la tortura y en el 29 Khedira protagoniza un contraataque que coronará él mismo tras combinar con Özil. 0-5. En siete minutos el partido ha pasado de 0-1 a 0-5. Los voluntarios que asisten a los periodistas lloran. Telefoneo a Santi Giménez, enviado al partido de As, que entonces dirigía yo, y me dice: «Me parece estar asistiendo a la caída de Constantinopla».

Aficionadas brasileñas, el día de aquel partido.

Aficionadas brasileñas, el día de aquel partido.EFE

En el descanso Löw está muy serio y preocupado, pide a sus chicos concentración, que repriman la euforia, que no provoquen. La consigna es seguir igual. Scolari hace de tripas corazón y apela al honor. Brasil sale a adecentar el marcador, hay dos buenas llegadas de Paulinho, comparecido en relevo de Hulk, un descargador de muebles impostando un puesto en la delantera de Brasil. Paulinho es más sutil y le saca dos paradas a Manuel Neuer, pero no pasa de ahí. Alemania sigue concentrada y, aunque ha bajado un punto su velocidad, aún caza dos goles más, ambos por medio de André Schürrle, que ha entrado en el 58 por el veterano Klose. El 0-6 llega en el 68, rematando un buen centro de Lahm; el 0-7 en el 78, de formidable volea a pase de Müller. Todo el estadio está atónito. Oscar marca el gol de la honrilla ya en el descuento, al cazar un buen pase de Marcelo y quebrar a Jérôme Boateng. De inmediato, el pitido final.

Nelson Rodrigues dejó escrito que el Maracanazo fue la Hiroshima de Brasil; siendo así, el Mineirazo, como pasó a conocerse, fue Nagasaki. Con el pitido final, en el estadio es atacado el humorista Marcelo Adnet, identificado como amigo de Scolari, y hay detenidos, aunque la cosa no llega a mayores. En muchas ciudades hay quema de autobuses, asaltos a tiendas, ataques a edificios públicos, policías a caballo, balas de goma... A la mañana siguiente el panorama es de desolación. Se diría que un Ángel de la Muerte había matado con una ráfaga venenosa a todos los primogénitos de Brasil. A la derrota en el partido se une otra en la estadística: con 223 goles, Alemania supera los 221 de Brasil en la historia del Mundial.

Lo de los dos goles de Kroos en 69 segundos creará comentarios picantes por la simbología del número, y lo resucitará el jugador en un tuit felicitando el año 2017 sustituyendo los números uno y siete por las bañaderas brasileña y alemana. Todo Brasil se indignó, y hasta Marcelo le exigió respeto en un tuit de respuesta; él replicó: «Demasiada atención para un pequeño chiste». La revista Lance se lo recordaría cuando en 2018 fueron eliminados por Corea. Saludó las Navidades con un «Feliz 2018» sobre las banderas alemana y coreana.

Scolari no puede alegar nada en su defensa y se convierte en el enemigo público número uno. El vicepresidente de la Federación, Delphim Peixoto, dice que debería jubilarse, no entrenar nunca más en Brasil: «Fue terco en todos los momentos, desde la convocatoria a la elección del sistema táctico». Ronaldo Nazário carga contra el seleccionador: «Siempre eligió la táctica equivocada». Wagner Ribeiro, agente de Neymar, tacha al seleccionador de «arrogante, asqueroso y ridículo». Romario pide cárcel para José María Marín y califica a todos los federativos de ladrones y mafiosos. La prensa brasileña habla de vergüenza nacional. El resto del mundo muestra una respetuosa estupefacción excepto, claro, en Alemania («Os amamos», titula el Bild) y en Argentina, donde se detecta tanta euforia como en el país ganador. Olé titulará con burla: sobre una foto de Scolari en la que muestra los cinco dedos de la mano izquierda y dos de la derecha, titula: «HEXA+1».

Brasil afronta el partido por el tercer puesto con muchos cambios, pierde con Holanda 3-0 y hasta parece un alivio. La final la gana Alemania a Argentina, logrando así su cuarta estrella. Un consuelo para Brasil. ¡Sólo hubiera faltado que los argentinos se consagraran en su suelo!

En cuanto a Scolari, salió eyectado del puesto y encontró acomodo en el Grêmio para enseguida saltar nada menos que a China, que a algunos les pareció incluso demasiado cerca. Allí arrasó en títulos con el Guangzhou Evergrande, tras lo que regresó a Brasil para seguir entrenando clubes locales. Se retiró hace dos años, con 27 títulos oficiales, más que ningún colega sudamericano. Pero su bonita camisa de ganador sufrió un gran girón en forma de siete.

El partido de fútbol más salvaje: "La exhibición más estúpida, espantosa, repugnante y vergonzosa de la historia de este juego"

El partido de fútbol más salvaje: “La exhibición más estúpida, espantosa, repugnante y vergonzosa de la historia de este juego”

"Buenas noches. El partido que están a punto de ver es posiblemente la exhibició

Para saber más

n de fútbol más estúpida, espantosa, repugnante y vergonzosa en la historia de este juego". Así presentó David Coleman en la BBC la emisión en diferido del Chile-Italia del Mundial Chile 1962. Y es que, en efecto, aquel partido fue una ignominia.

Chile organizó aquel Mundial, de obligado regreso a América tras dos en Europa, tras pugna con Argentina, de más enjundia futbolística y mejor dotada de estadios. Carlos Dittborn, presidente de la Asociación de Clubes chilena, hizo de su debilidad una ventaja con el argumento de que llevar el Mundial a su país "sería llenar una función básica de la FIFA, fomentar el desarrollo del fútbol en esa región, que lo merece y desea". Y ganó contra pronóstico por 28 votos a 10.

Poco se sabía de Chile en los grandes foros futbolísticos y en cualesquiera otros. Aplastado entre los Andes y el Pacífico, poco visitado, distaba de ser una potencia en fútbol. Jugó en Uruguay 1930 y Brasil 1950, sin destacar. En la Copa América su máximo fue un segundo puesto en la de 1955, jugada en su suelo. Sólo habían tenido un jugador de renombre, Jorge Robledo Oliver, hijo de chileno e inglesa y criado en Inglaterra. En la temporada 195152 fue máximo goleador inglés, con 32 goles en 33 partidos. John Lennon, fan del Newcastle y suyo, inmortalizó uno de esos goles en un dibujo infantil que desempolvaría para la portada de su álbum Walls and Bridges. En 1953 fichó por Colo Colo, adonde llegó sin hablar palabra de español, y completó su carrera en Chile. Con 36 años, llevaba dos retirado.

Chile vivía volcada en la preparación del evento cuando el 21 de mayo de 1960 sufrió un devastador terremoto, que se cobró 5.000 vidas y dejó a dos millones de personas sin hogar. Concepción y Talca, designadas como subsedes, quedaron arrasadas. Los gastos para el Mundial parecieron entonces superfluos ante la magnitud de la reconstrucción, pero el país perseveró, inspirado por una frase de Dittborn: "Puesto que nada tenemos, todo lo haremos", regada desde carteles por todo el país. La FIFA contribuyó con 20.000 dólares y Chile estuvo a punto en 1962, con cuatro sedes. El Estadio Nacional de Santiago alcanzó los 75.000 espectadores. Pero Dittborn no pudo disfrutarlo, porque una pancreatitis se lo llevó poco antes del inicio. Se le recuerda como un héroe nacional.

Todo el país había derrochado esfuerzo, recursos e ilusión en este proyecto, concebido como su apertura al mundo. Así que es muy de entender el impacto que produjo el artículo publicado por Il Resto del Carlino, diario de Bolonia, firmado por su redactor Corrado Pizzinelli tras un viaje al país previo al campeonato.

Los agentes se llevan al italiano Salvatore del campo.

Los agentes se llevan al italiano Salvatore del campo.GETTY

Título: "Santiago, el confín del mundo"; subtítulo: "La infinita tristeza de la capital chilena"; sumarios: "En ningún otro lugar uno se siente tan perdido y solo como en la ciudad huésped del Campeonato Mundial de fútbol". "Para los extranjeros es imposible huir de la nostalgia". "Los jugadores se resentirán de este clima depresivo".

Lo que sigue es el texto, recortado por su extensión, pero sin merma de su sentido esencial:

"Desde que estoy en Chile tengo la curiosa sensación de llevar el mundo sobre las espaldas. Se le siente encima igual que la tristeza de los habitantes, y ello provoca un malestar curioso que se agrava por los enormes saltos de la temperatura. Ayer en la mañana el termómetro marcaba cuatro grados; a las catorce horas, más de veintinueve. La sangre se torna torpe y parece faltar en las venas. Y después de permanecer algún tiempo en Chile uno se siente extraño a todo y a todos. El virus de la lejanía más abandonada, más solitaria, más anónima, se mete en el ánimo de todos y creo que ello incidirá en el estado anímico de los atletas. (...). Desde que estoy en Chile me parece estar condenado a vivir en esa tierra triste y fantástica en la que se desarrolla la acción de ese libro no olvidado, premio Goncourt, de Julien Gracq, 'La orilla de las Sirtes'.

La tristeza brota en todas las conversaciones, como una doliente espera y resignación; no demora en apoderarse del ánimo del europeo más activo y lleno de buen humor (...). Esta capital es el símbolo triste de uno de los países más subdesarrollados del mundo y afligido por todos los males posibles: desnutrición, prostitución, analfabetismo, alcoholismo, miseria... (...). Chile es terrible y su capital, Santiago, su más doliente expresión, tan doliente que pierde en ello sus características de ciudad anónima. Barrios enteros practican la prostitución al aire libre: un espectáculo desolador y terrible, que se desarrolla a la vista de las 'callampas', un cinturón de casuchas que circundan las ya pobres de la periferia y habitadas por la más doliente humanidad (...). Que se entienda bien: no son de origen indio. El 98 o 99 por ciento de la población chilena es de origen europeo, lo que nos hace pensar que Chile, en el problema del subdesarrollo, no debe colocarse en el nivel de Asia y África porque aquí, por la formación de su población, la degeneración es mucho más grave que en los casos citados. Los habitantes de esos continentes no progresan, los de Chile se retrasan.

Santiago es campeón en los problemas más terribles de América Latina y es necesario señalar que si la actual clase dirigente, organizando el actual campeonato del mundo, buscaba para sí buena propaganda para las próximas elecciones, no cabe duda de que ha cometido el más craso error (...). Hay una huelga de médicos, que se niegan a prestar atención a quien quiera que la solicite; está la extraña lucha por las aguas del Lauca, que Bolivia reivindica para sí; existe la situación del campesinado, donde hay trabajadores agrícolas por doce liras; están los problemas de la luz eléctrica y el agua potable de Santiago. No es en absoluto una ciudad fascinante, sin grandes monumentos ni recuerdos históricos, sin palacios que destaquen.

Y todo esto se da en Santiago, tal vez por símbolo de todos los problemas de Chile, de esta estrecha franja entre mar y montaña que tiene 3.500 kilómetros de largo, que comienza en el norte con el desierto y termina en el sur con los hielos del polo, con el océano al oeste y la cordillera de los Andes al este, que la separan, al igual que el polo y el desierto, del resto del mundo (...)."

La crónica fue rebotada a Chile, por su principal diario, El Mercurio, con el consiguiente revuelo. Para más inri, Italia y Chile compartían grupo, con sede en Santiago. Los jugadores italianos, que poco o nada supieron del asunto, se vieron metidos en un avispero desde el día de su llegada. El diario Última Hora les tildaba de "fascistas, mafiosos, maníacos sexuales y drogadictos". Las declaraciones cordiales y las protestas de inocencia no les sirvieron de nada. Visitaron el cementerio de la capital para depositar coronas de flores en las tumbas de los héroes nacionales, pero fue inútil. El país entero hervía contra ellos, que se movieron con constante escolta del Ejército.

Se estrenaron el 31 de mayo (0-0 ante Alemania), con todo el Estadio Nacional a favor de los teutones. Fue un partido duro, con las patadas alemanas clamoreadas y las italianas reprobadas con furia.

El 2 de junio tocó el inevitable Chile-Italia. Chile había batido a Suiza; aseguraría la clasificación a cuartos ganando a Italia, pero más importante era reparar la ofensa nacional. Paolo Mazza, seleccionador italiano, no saca a los mejores, sino a los que se atreven a salir. Hay seis cambios respecto al equipo de Alemania, en puridad seis deserciones, entre ellas la de Omar Sívori, argentino nacionalizado, Balón de Oro de 1961. Los elegidos son todos bravos, decididos. De salida intentan endulzar el ambiente con ramos de claveles blancos que acercan al público, pero son rechazados con insultos, escupitajos y objetos arrojadizos.

Bueno, pues en la guerra, como en la guerra, pensarían. Salen pegando, los chilenos responden doblando la apuesta ("sólo falta que vengan a pegarnos en nuestra casa", fue el razonamiento común) y el árbitro inglés Ken Aston asiste atónito a aquella ordalía de patadas para la que nada le ha preparado antes el duro pero noble y respetuoso fútbol inglés. "No me vi arbitrando un partido, sino una guerra", diría después. Más adelante idearía las tarjetas como ayuda arbitral para ocasiones así.

En el 7' cree que puede frenar la histeria expulsando a Giorgio Ferrini, medio defensivo apodado "La Diga" ("El Dique") por su capacidad para pintar la raya, que ha respondido a un planchazo de Honorino Landa con una patada por detrás. No es la peor fechoría vista hasta el momento, pero Aston decide expulsarle. Se niega a salir; Aston trata de sacarle del brazo, él se resiste; acaba entrando una docena de policías con sus pesados abrigos (era invierno) y sus gorras de plato para llevárselo. Luego sigue el festival. Las patadas nublan el sol. El duelo Humberto Maschio (otro argentino italianizado) y Jorge Toro, habitantes del medio campo, hubiera asustado a Ilia Topuria. Todos pegaban, todos recibían, y Aston se movía como un pánfilo, sólo estricto, y hasta lo ridículo, a la hora de fijar el punto de saque de cada falta.

La Policía trata de separar a los futbolistas al término del partido.

La Policía trata de separar a los futbolistas al término del partido.E. P.

El otro gran foco estaba en la banda izquierda chilena, el duelo entre Leonel Sánchez, la estrella local, y Mario David, un acreditado duro. Después de varios entreveros hay una jugada en la que Leonel cae, retiene el balón entre las rodillas y David le patea ardorosamente hasta que el chileno se levanta y le tumba con un académico crochet de izquierda. Aston se hace el despistado. David se tomará la revancha en el 43', aprovechando un balón alto para soltar una patada voladora en la sien a Leonel. Esta vez Aston no tiene más remedio que expulsarle.

Italia juega toda la segunda parte con nueve, en táctica romana de tortuga erizada, pegando a todo el que se acerca y recibiendo en la misma proporción cuando pretende salir. El duelo Maschio-Toro sigue siendo estelar. El marcador no se mueve hasta el 73', en un cabezazo de Jaime Ramírez a la salida de una falta. Lo cierra en el 87' Toro, con un tirazo desde fuera. Es admirable que haya llegado hasta ahí con ese poderío en el disparo. Era de hierro. Cuando Aston pita el final, se organiza un tumulto con jugadores y asistentes, todos como gallos de pelea. La policía irrumpe; tarda en disolverlo.

Italia queda eliminada, pese a ganar el último día a Suiza. Había ido sintiéndose aspirante, pero la dichosa crónica les mandó al matadero. Chile ha lavado la ofensa, eso era lo principal, y aunque pierde el tercer día contra Alemania, pasa. Luego gana en cuartos a la URSS con un gran golpe franco de Leonel Sánchez a Lev Yashin, cae en semifinales ante Brasil y es tercero al batir en la final de consolación a Yugoslavia. Buen papel. Y tiene a Leonel Sánchez en el grupo de seis máximos goleadores del torneo, junto a Garrincha, Vavá, Draan Jerkovi, Valentin Ivanov y Albert Brülls.

Pero quedó flotando en el aire una sensación ominosa por lo que aún se recuerda como "La Batalla de Santiago". El partido más feroz en la historia de la Copa del Mundo.

Sparwasser, Hoeneß y el partido que condensó la Guerra Fría: "Cuando muera, bastará que en mi lápida pongan: 'Hamburgo, 1974'"

Sparwasser, Hoeneß y el partido que condensó la Guerra Fría: “Cuando muera, bastará que en mi lápida pongan: ‘Hamburgo, 1974′”

La "Guerra Fría" marcó las relaciones entre bloques (Estados Unidos y Europa occidental por un lado; la URSS y la Europa del Este por el otro) desde el final de la II Guerra Mundial (1945) hasta la caída del Muro de Berlín (1989). El gran público lo siguió especialmente a través de la carrera espacial y los Juegos Olímpicos, y en una sola ocasión en el fútbol, cuando la RFA y la RDA se enfrentaron en el Mundial de 1974. Tras la guerra, Alemania fue dividida en cuatro zonas de ocupación; la mitad occidental quedó administrada por Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y la oriental, por la URSS. A partir de 1955, los tres primeros dejaron su parte en manos de un gobierno democrático, dando lugar a la República Federal de Alemania, RFA. Por su parte, la URSS convirtió su lado en un país satélite, denominado República Democrática Alemana, RDA. Hasta Tokio 1964 aún acudirían juntas a los Juegos Olímpicos como "Alemania Unificada", pero en fútbol vivieron separadas desde 1949.

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En los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 les tocó enfrentarse, pero no trascendió. El fútbol era y es un deporte menor en el océano olímpico. Expulsado tras Ámsterdam 1928 por su contaminación profesional, creó su propia Copa del Mundo en 1930, haciendo vida aparte. En Berlín 1936 fue readmitido con la condición de sólo llevar "amateurs", lo que daría ventaja durante muchos años a los países de la Europa del Este, que no reconocían el profesionalismo. Compensaban a sus futbolistas con buenos empleos en el Estado (ejército, policía, ferrocarriles, administración...) a los que apenas tenían que acudir, y fungían de "amateurs" aunque gozaran de las mismas ventajas en tiempo y atenciones que los profesionales de Europa occidental. Sus selecciones olímpicas utilizaban a los mejores, mientras las restantes presentaban jóvenes en formación. Desde Helsinki 1952 hasta Moscú 1980, ambos inclusive, las selecciones de la Europa comunista ganaron 17 de las 21 medallas de fútbol, entre ellas todas las de oro. Eso acabó cuando, a partir de Los Ángeles 1984, esfumándose ya el tabú del profesionalismo en el mundo olímpico, se derivó el campeonato de fútbol a una categoría sub-23, con admisión de dos de mayor edad.

De modo que no se prestó atención al enfrentamiento entre las dos Alemanias en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. Ganó la RDA por 3-2. Ya jugaba un tal Jürgen Sparwasser con la RDA, mientras en la RFA emergía un joven Uli Hoeneß, que marcó un gol ese día. No hubo ruido de Guerra Fría. Aquel encuentro quedó diluido en un mar de sucesos, entre los que destacan el asalto terrorista al pabellón israelí y los siete oros de Mark Spitz.

Más sonó el cruce en la Copa de Europa 1973-74 entre el Dinamo de Dresde y el Bayern de Múnich. Fuera de Alemania no se siguió con especial atención (el Bayern aún no había ganado ninguna Copa de Europa; la de ese año iba a ser la primera), pero sí en las dos mitades del país. Al partido de ida en Múnich (24 de octubre de 1973) viajaron mil aficionados de Dresde... previa selección del Ministerio de Seguridad, que dirigía el feroz Erich Mielke. Las expediciones deportivas al exterior de los países de la órbita soviética eran muy controladas para evitar tentaciones de fuga. Con el equipo viajaban agentes de la Stasi y se hacía un gran cribado de los acompañantes. Tener familiares en Occidente era causa excluyente y se prohibían los contactos con autóctonos. Aquellos mil hinchas seleccionados viajaron en tren el mismo día, comieron juntos, regresaron juntos.

El partido resultó interesante y movido: 1-0, 2-0, 2-1, 2-2, 2-3; descanso con bajada del presidente muniqués, Wilhelm Neudecker, que en la fecha cumplía 60 años, para aumentar la prima a 12.000 marcos; y tras la reanudación, 3-3 y el 4-3 final, marcado por Gerd "Torpedo" Müller. Para la vuelta (7 de noviembre), el Bayern no viajó la víspera por temor a que le intoxicaran la comida y le espiaran las charlas tácticas. Durmió en Hof, junto a la frontera de la RDA, a 280 kilómetros de Dresde. Pretextó ante la UEFA, que obligaba a la presencia en la ciudad del partido en la víspera, "problemas de aclimatación por la diferencia de altitud entre las ciudades", excusa ridícula, porque Múnich sólo está 400 metros más alta que Dresde, menos que Madrid respecto a cualquier ciudad de la costa. Pero en el campeonato de selecciones juveniles de la UEFA de 1969, disputado en Leipzig, se dieron muchos casos de diarreas entre los chicos de la RFA, lo que despertó sospechas. Ahora, cuando el Bayern, ya en Dresde, fue al lugar designado para celebrar la reunión del equipo, encontró micrófonos camuflados.

Los 1.600 hinchas muniqueses viajaron en tren especial y en la ciudad se les mantuvo aislados. En cuanto a los locales, hubo 8.500 abonados del club, 8.000 entradas vendidas libremente y 35.000 reservadas a personal de seguridad. También aquí el marcador fue llamativo: 0-1, 0-2 (ambos de Hoeneß), 1-2; descanso; 2-2, 3-2 y 3-3 (Müller), con lo que se clasificó el Bayern. Cuatro meses después sería campeón tras ganar en Bruselas la final con desempate ante el Atlético.

Esos eran los antecedentes cuando la RFA y la RDA se cruzaron en el Mundial 1974. Los duendecillos del fútbol les colocaron en el mismo grupo, junto a Australia y Chile. La RFA ganó a ambas; la RDA, que jugó sus dos partidos hostigada por el público local, venció a la primera y empató con Chile. Se enfrentaron en la tercera jornada, ya clasificadas, con el primer puesto en juego. Australia y Chile empataron su partido, jugado antes, a las 16:00, en Berlín.

Se daba por ganadores a los occidentales, campeones de la Eurocopa de 1972. Sus principales nombres aún resuenan: Sepp Maier, Berti Vogts, Franz Beckenbauer, Paul Breitner, Müller, Günter Netzer, Hoeneß... Por comparación, los de la RDA parecían insignificantes, aunque cuatro de ellos formaran parte del Magdeburgo, campeón de la Recopa cinco semanas antes ante el Milán de Gianni Rivera. La RDA fue un poderío en deportes olímpicos (ganó la pugna con la RFA en este campo por 280 medallas a 159 al cabo de siete ediciones), pero no en fútbol. Se examinaba a los chicos y a las chicas, se determinaba para qué deporte tenían más aptitudes y se les encaminaba hacia él, sin tener en cuenta sus preferencias, de manera que el fútbol no allegaba tantos practicantes como donde imperaba la libre elección. El Bild hizo un despliegue de euforia preventiva: "Por qué ganamos hoy", tituló, y el subtítulo aludía a Múnich 1972: "Ahora sí les daremos una paliza alineando a los profesionales y no sólo al equipo nacional amateur". Su informe comparaba jugador por jugador, ensalzando a los propios y rebajando a los rivales.

Sparwasser (derecha) durante un homenaje a Pelé.

Sparwasser (derecha) durante un homenaje a Pelé.AP

Sparwasser era uno de los cuatro del Magdeburgo. Había nacido en 1948 en Halberstadt, Sajonia, hijo del entrenador del equipo local. En 1963 entró en la cantera del Magdeburgo, debutó con los mayores en la 1964-65 y se consagró en la 1966-67 con sus 22 goles en 27 partidos para el ascenso a la Oberliga. Era un medio de ataque o segundo punta de buena planta, 1,80 y 78 kilos, rápido y decidido ante el gol. Fue internacional desde 1969.

El partido fue espeso por el nerviosismo de los locales, sobre los que recaía toda la presión, y el juego prudente de la RDA. El único gol llegó en el 77', exactamente a las 21:03 del día 22 de junio de 1974, fecha para la historia del fútbol. El meta Jürgen Croy recogió el balón y lo envió con la mano, adelantado, a Eberhard Hamann, que inició un contraataque rápido por la banda derecha y, al pasar la divisoria, soltó un gran pase de 40 metros hacia la media luna del área; Sparwasser lo persiguió en oblicuo desde el "callejón del diez": "Fue una locura echar a correr, porque iba a confluir con Vogts, Horst Höttges y Bernard Cullmann. Pero tuve suerte: quise controlar con el pecho, el balón me dio en la nariz y les despistó. Vencí la entrada deslizante de Höttges y en lugar de tirar de primeras me acerqué a Maier y le batí. Lo celebré con una voltereta, aún no sé por qué. Es la única vez que lo hice". No fue ese el gol favorito de su carrera, sino uno que le marcó al Sporting de Portugal en la semifinal de la Recopa.

Cambió con Breitner su camiseta, hoy expuesta en la Casa de la Historia de Bonn. A la noche sufrió el primer impacto de la fama: tres compañeros y él pidieron permiso al vigilante de su hotel, en Quickborn, para una escapada a la Reeperbahn, la calle golfa del barrio de St. Pauli. Se lo permitió a los otros; a él, no: "Te reconocerán y perderé mi empleo".

Fue un gol espléndido, relampagueante (12 segundos de la mano de Croy a la red), un gol para la historia, pero le iba a servir más a la RFA que a la RDA. Por ganar el grupo, la RDA se las tuvo que ver en la siguiente fase con Holanda, Brasil y Argentina, mientras la RFA tuvo rivales más fáciles: Polonia, Suecia y Yugoslavia. Él vio la final, ganada por los alemanes occidentales a Holanda, en su casa de Magdeburgo: "A los cinco minutos llegó un telegrama, dirigido a 'Jürgen Sparwasser, Magdeburgo', sin más señas. Decía: 'Spari -mi mote-, te damos las gracias. Toda Alemania te da las gracias'". Beckenbauer incluso sugirió que se creara una medalla número 23 para otorgársela.

Aquel gol no le hizo feliz. Corrió el bulo de que le habían regalado un coche y una casa ("nos dieron 2.500 marcos por pasar de grupo, eso fue todo") y la imagen de enchufado de las autoridades le persiguió por los campos. Tuvo una oferta del Bayern, pero no hubiera podido salir, y menos con su mujer. Siguió en el Magdeburgo hasta 1979, cuando una lesión de cadera le retiró con tres Oberligas, cuatro Copas, una Recopa y 133 goles en 298 partidos, más 15 en 53 en la selección. Quiso formarse en pedagogía deportiva, pero las autoridades se empeñaron en que entrenara al Magdeburgo y, para forzarle, le impidieron hacer la tesis doctoral. Su hija, embarazada, pidió permiso para salir del país y eso le colocó en posición de sospechoso. Aunque tuvo que inscribirse en su día en el Partido Comunista para ser olímpico en Múnich 1972, no fue un devoto del régimen.

En 1988 encontró la ocasión de escapar, no mucho antes de que cayera el Muro de Berlín. Se la propició un torneo de veteranos en Saarbrücken, cuando su mujer había conseguido permiso para viajar a Lüneburg a ver a su nieto; ya se estaban aflojando los controles. "Era el 8 de enero. Aproveché un descuido del vigilante y salí. Me temblaba el corazón. Me había citado con una conocida, apareció y respiré". El Bild, que compró la historia, le alojó en un hotel de Hamburgo. La RDA, para la que era un símbolo, le tildó oficialmente de traidor. Le contrató el Eintracht Frankfurt como segundo técnico de Karl-Heinz Feldkamp, al que siempre estuvo agradecido. Luego entrenó al Darmstadt 98 y a otros equipos modestos, presidió la VdV, el sindicato de futbolistas. Jubilado, vive en Bad Vilbel, cerca de Frankfurt. Y dice jocoso: "Cuando muera, bastará que en mi lápida pongan 'Hamburgo, 1974' para que todo el mundo sepa quién está ahí".

La historia de Zaire, el primer equipo del África negra en un Mundial: cuando la vida depende de ganar o perder

La historia de Zaire, el primer equipo del África negra en un Mundial: cuando la vida depende de ganar o perder

La clasificación de la República del Congo para el inminente Mundial desempolva el recuerdo de su lejana aventura de Alemania 1974, cuando aquel país, entonces con el nombre de Zaire, fue el primero del África negra en jugar una fase final de la Copa del Mundo. Antes sólo se habían producido dos presencias africanas. La primera, Egipto en 1934, tras ganar en eliminatoria única al Mandato Británico de Palestina, lo que terminaría siendo Israel. Luego hubo muchas ediciones sin representante del continente, bien por renunciar a disputar una plaza con Asia o incluso un tercio de plaza con Asia y un repescable de Europa, bien por el boicot en cadena a Israel en 1958... Para México 1970, ya con una plaza fija para África, se disputó una larga y seria fase de clasificación que ganaría Marruecos, que después no quedó mal: perdió por 2-1 con Alemania (finalista en la edición anterior y semifinalista en esta), por 3-0 ante Perú (con la mejor generación de su historia) y empató 1-1 con la Bulgaria de Asparukhov.

Para saber más

Los dos participantes del continente hasta ese momento representaban un fútbol que podríamos definir como europeizado: Egipto, de tanta influencia inglesa hasta la crisis del Canal de Suez, y Marruecos, durante mucho tiempo protectorado de Francia y España. Ahora se trataba de Zaire, un país subsahariano, del África negra, selvática, legendaria y misteriosa a los ojos del mundo de entonces.

Zaire fue el nombre que tuvo aquel país entre 1971 y 1997, antes conocido como Congo Belga, derivado del río que lo atraviesa y nutre. El dictador Mobutu Sese Seko lo rebautizó como Zaire, palabra equivalente a fuerza o energía, con la que era denominado también el río Congo por algunas tribus. Lo decidió así en el marco del proceso de "autenticidad", un distanciamiento del pasado colonial que impuso la sustitución de nombres europeos por los de lenguas autóctonas. Él mismo, que nació como Joseph-Désiré Mobutu, mutó su nombre en Mobutu Sese Seko Nkunku Ngbendu Wa Za Banga, traducible por "guerrero resistente que todo lo conquista dejando el fuego a su paso". Oficial ambicioso, llegó al poder en 1965 tras traicionar a quienes le auparon y se sostuvo férreamente hasta su muerte. Falleció con una fortuna de 5.000 millones de dólares en Suiza, equivalente en su momento a la deuda externa del país.

Zaire contrató como seleccionador al yugoslavo Blagoje Vidini, uno de esos sabios trotamundos futbolísticos que extendieron los modos de la Escuela del Danubio por el mundo. Había sido un buen portero, medalla de plata en Melbourne 1956 y de oro en Roma 1960. Jugó en Yugoslavia hasta que, a los 30 años, le permitieron fichar por el Sion, y se retiró en la incipiente liga norteamericana. Mobutu lo contrató porque había clasificado a Marruecos para México 1970, y aquí repetiría el éxito: Zaire apartó en eliminatorias de ida y vuelta a Togo, Camerún y Ghana para finalmente salir ganador de la liguilla triangular definitiva, con Marruecos y Zambia como rivales. Marruecos se sintió tan atracado por el árbitro en su visita a Zaire que se retiró, negándose a recibirlos después en su campo.

Su presencia constituyó una explosión de exotismo en Alemania 1974. No se sabía apenas nada del fútbol de aquella región del mundo, salvo por algunas figuras portuguesas nacidas en sus provincias africanas, los mozambiqueños Coluna y Eusébio, al fin y al cabo ciudadanos de un país de tradición futbolística europea. Aparte de ellos estaban las singularidades del maliense Salif Keita, que tras triunfar en Francia fichó por el Valencia en el verano de 1973, y del propio zaireño Kialunda, un gigantón líbero del Anderlecht, asiduo a los campeonatos europeos de clubes. Aun siendo el mejor jugador del país, no fue seleccionado. Los clubes tenían entonces la potestad de impedir que sus extranjeros fueran a sus selecciones. El Anderlecht le exigió a Mobutu 18 millones de francos para cederlo y este prefirió ahorrárselos. Tenía 34 años, había pasado del Anderlecht al AS Vita Club (entonces llamado Roi Léopold), pero se mantenía en gran forma y era todo un personaje. Era propietario de un establecimiento nocturno en el distrito de Matongé, llamado Le Vatican, punto de reunión de escritores, pintores, diplomáticos, políticos y periodistas. Allí reinaba él, apodado como "el Papa de Matongé".

La selección se compuso íntegramente con jugadores de la liga local. Salieron de Kinshasa como héroes, despedidos por miles de aficionados, pasaron un mes de concentración en Suiza y finalmente llegaron a Alemania por el aeropuerto de Fráncfort, desde donde se corrió el rumor de que en el equipaje llevaban carne de mono. Toda su estancia iba a estar acompañada de una curiosidad malsana, con el visible deseo en las informaciones de buscar ángulos extravagantes.

El primer rival fue Escocia, el escenario el Westfalenstadion de Dortmund, y la asistencia, 25.800 espectadores. Los escoceses tenían un buen equipo, con varios de los mejores jugadores de su historia. El capitán era Billy Bremner y el ataque lo formaban Kenny Dalglish, Joe Jordan, Dennis Law y Peter Lorimer. Los zaireños, unos perfectos desconocidos para el resto del mundo, llamaron la atención por el colorido de su vestimenta: verde chillón la camiseta, amarillo aún más chillón el pantalón, y en el pecho una circunferencia dorada que encerraba la cabeza igualmente dorada de un leopardo. Fuertes, altos, elásticos, rápidos, salieron del trance con un sobrio 2-0, goles de Lorimer (26') y Jordan. Las críticas fueron bastante buenas.

A la espera del segundo partido, contra Yugoslavia, que ocupaba en el campeonato la plaza que nos ganó a nosotros en el desempate, llegó a la concentración un grupo de hechiceros, los más destacados de cada etnia, con su cargamento de amuletos. Vidini les prohibió la entrada, y ellos respondieron con una conferencia de prensa en la que le acusaron de estar del lado del siguiente rival, su país de nacimiento. Para el seleccionador, desde luego, se trataba de un trance difícil, que se complicó aún más por el ambiente surgido en el seno del equipo esos días. Mobutu les había prometido un coche y una casa a cada uno si se clasificaban, pero veían que la promesa se desvanecía. Tampoco les daban dietas, alegando que el gasto de los vuelos y estancias agotaba las posibilidades económicas de la Federación. A medida que se enteraban de cómo vivían y eran tratados los jugadores de otras selecciones se fueron enfadando. Muchos salieron ante Yugoslavia decididos a hacer patente su descontento, con el equipo dividido entre los que querían boicotear el partido y los que no. Y sobrevino la catástrofe.

El escenario fue el Parkstadion de Gelsenkirchen, ante 31.700 espectadores, que presenciaron una masacre. Yugoslavia, ávida de goles por si al final del grupo se decidía por el goal average (como así sería), aprovechó las facilidades para firmar un estrepitoso 9-0. En 18 minutos ya habían entrado tres. El hombre de confianza enviado por Mobutu al Mundial ordenó a Vidini que sustituyera al meta titular, Kazadi Mwamba, por Tubilando Ndimbi, el preferido del presidente. Al poco fue expulsado por una patada a destiempo el defensa Ndaye Mulamba. Al descanso se llegó ya con 6-0. Kakoko Etepé, la gran figura del país (le llamaban "el Rey del Balón"), se negó a salir de nuevo al campo y hubo de ser sustituido por Mayanga Mapu. Finalmente encajaron nueve. La buena imagen del debut se derrumbó.

Dos días después aparecieron tres oficiales de la guardia personal de Mobutu que, tras hacer salir del hotel a los periodistas, al entrenador, al médico y al personal auxiliar, se encerraron con los jugadores para trasladarles un mensaje presidencial: si ante Brasil perdían por más de tres goles, no regresarían con vida al país y sus familias correrían peligro.

La selección de Zaire, antes del partido contra Escocia.

La selección de Zaire, antes del partido contra Escocia.GETTY

El 22 de junio cerraron su participación, de nuevo en el Parkstadion de Gelsenkirchen. Acudieron 36.200 espectadores. En aquel Brasil jugaban Pereira y Leivinha, que más adelante actuarían en el Atlético de Madrid, y tres supervivientes del equipo campeón de México 1970: Piazza, Jairzinho y Rivelino. Seguía también el seleccionador, Zagallo. La situación del grupo era curiosa: todo lo que no jugó Zaire fueron empates, de modo que Escocia y Yugoslavia tenían cuatro puntos y Brasil llegaba con dos. Se le daba por ganador ante Zaire, claro, pero ¿por cuántos goles? Le bastaba ganar por tres para quedar por delante de Escocia; no tenía necesidad de escalar los nueve de Yugoslavia. Por fortuna para los muchachos de Zaire, la cosa quedó exactamente en tres.

Pero aún sufrirían el último escarnio, a cuenta de su defensa Mwepu Ilunga. Quedaba poco para el final, y gana Brasil ya por 3-0 cuando hay una falta cerca de la frontal del área de Kazadi Mwamba, regresado a la titularidad y autor de un partido asombroso, mezclando paradas mágicas con salidas suicidas. Los zaireños forman la consabida barrera. El rumano Rdulescu Rainea hace el gesto y pita para autorizar el saque, y antes de que ninguno de los dos posibles lanzadores arranque, Mwepu Ilunga sale de la barrera como una exhalación y pega un zapatazo al balón que lo manda al otro campo. La jugada provoca estupefacción en el árbitro y en los brasileños, e hilaridad en los telespectadores de todo el mundo, confirmando los prejuicios: unos comedores de monos en manos de hechiceros y perfectos ignorantes. En la BBC, John Motson lo definió como "un extraño momento de locura africana". Mwepu fue amonestado y el posterior saque no tuvo consecuencias.

Habían salido como héroes y regresaron con sordina, pero al menos vivos, sin sufrir represalias. Mobutu ya estaba entretenido con un nuevo juguete: la preparación del Ali-Foreman, por el que puso 15 millones de dólares, aquel célebre Rumble in the Jungle que se disputaría en octubre de ese mismo año en Kinshasa. Mwepu se hizo popular en todo el mundo; se hicieron camisetas con su nombre y rostro y hasta fue invitado al programa humorístico de la ITV de David Baddiel y Frank Skinner, donde explicó que conocía de sobra la norma y que lo hizo como protesta contra Mobutu. Nadie le creyó.

En 2014 le entrevistó el periodista español José David López en la revista Panenka. Dijo que ya quiso quitarse de en medio en el partido ante Yugoslavia, "pero el árbitro se equivocó. Los blancos nos veían a todos iguales y expulsó a Mulamba por la patada que yo di". En el momento de la falta reaccionó así por un instinto de autodefensa ante la posibilidad del cuarto gol brasileño. "Lo hice a propósito. Por supuesto que conocía las normas del juego. Había jugado muchos años al fútbol, ¿cómo no iba a saberlas? No tenía razón ninguna para continuar jugando. Quería marcharme del partido, intentaba forzar mi expulsión. Los jugadores brasileños y la gente se rieron, me sentí muy enfadado con ellos en ese momento. No sabían la presión que estábamos sufriendo nosotros. Fue muy doloroso".

Vivía en extrema pobreza. Falleció al año siguiente, a los 66 años.

Las mil y una anécdotas del Mundial de México'86: los 'vis a vis' con las mujeres, el Bisolvón y los spaguettis que Lobo Carrasco tiró en la mesa del presidente

Las mil y una anécdotas del Mundial de México’86: los ‘vis a vis’ con las mujeres, el Bisolvón y los spaguettis que Lobo Carrasco tiró en la mesa del presidente

Desde que en Brasil 1950 quedamos cuartos, todo lo posterior fue desdichado: Suiza 1954 y Suecia 1958, no clasificados; Chile 1962 e Inglaterra 1966, caídos en la primera fase; México 1970 y Alemania 1974, no clasificados; Argentina 1978, caídos en la primera fase; España 1982, corramos un tupido velo... Sólo en México 1986 vimos, por fin, algunos brotes verdes.

Para saber más

La ola comenzó con el 12-1 a Malta que nos clasificó para la Eurocopa Francia 1984, en la que fuimos segundos. La fase de clasificación para México la pasamos sin angustia. El Barça llegó a la final de la Copa de Europa, el Atlético a la de la Recopa y el Madrid a la de la Copa de la UEFA, lo que contribuyó a darnos sensación de fortaleza, aunque sólo el Madrid ganara la suya. Emergía la Quinta del Buitre y seguía el seleccionador del 12-1 a Malta, Miguel Muñoz, cuya lista incluyó siete del Madrid, cinco del Barça, tres del Athletic, dos del Atlético y el Sporting, y uno del Zaragoza, el Betis y el Sevilla. Veintidós, con la precaución de llevar tres porteros. Cometió un serio error: ir sin cuarto central. La pareja Goikoetxea-Maceda era soberbia, pero junto a ellos sólo fue Gallego, un mediocentro de muy buen pie y estaca si hacía falta, adaptable a líbero. Sanchís, el central de la Quinta, estaba lesionado. Muñoz desdeñó a Salva, del Barça, habitual en el equipo.

Se programó una concentración en Santa Cruz de Tlaxcala, 45 días de encierro a 2.300 metros de altitud, en una antigua fábrica de hilaturas llamada La Trinidad, convertida en centro vacacional de la Seguridad Social mexicana. Perdido en la nada, era ideal para la paz y el aburrimiento, con México D.F. a dos horas de autocar. La Federación alojó a las esposas o novias de los jugadores en el D.F. y cada semana organizaba una excursión allí de los casados o emparejados en lo que llamaron "el autobús del semen", para dos horas de intimidad con sus parejas en una especie de vis a vis carcelario. Los solteros se quedaban más aburridos y solitarios que nunca.

Una sola línea de teléfono, cartas, billar, ping pong y paseo por la carretera al anochecer. Ese era el cuadro, pasto de problemas entre jugadores y periodistas y de los jugadores entre sí. Muñoz programó partidos entre titulares y suplentes, haciendo muy visibles los respectivos papeles, y los segundos, al ver cara a cara su destino, se desahogaban con entradas furiosas. Así que, pensando que si tenían que lesionar a alguien que fuese de otro equipo, cambió el plan por dos partidos en Guadalajara (uno contra el local, otro contra el Atlas) y dos en Tlaxcala, ante el Puebla y la sub'21 mexicana. Eso sí: en ambos casos separó las aguas y jugaron el primer partido los titulares y el otro los suplentes, lo que profundizó el ánimo lúgubre de estos. El viaje a Guadalajara llevó dos horas de autocar hasta México D.F. y dos más de vuelo, pero a todos les pareció una liberación del encierro.

Para aliviar el tedio, la Federación organizó una comida de convivencia a la que invitó a Rocío Jurado, de gira por allí. Asistieron las mujeres de los jugadores, todos los directivos y trabajadores de la Federación y hasta los ex jugadores Lángara e Iborra, flecos sueltos de la Guerra Civil instalados allí. Sólo faltaron los periodistas, en solidaridad con sus compañeros de la radio Antena 3, expulsados del hotel porque uno de ellos había insinuado que a un federativo se la pegaba su mujer. De aquella juerga se contó y no se acabó. Hubo descuidos en la dieta y a algunos jugadores les alcanzó el "mal de Moctezuma". Los más afectados fueron Calderé, al que se le complicó con una bronquitis y hubo de ser internado, Tomás, Gallego y Gordillo.

Butragueño, en el partido contra Dinamarca.

Butragueño, en el partido contra Dinamarca.E. M.

Por fin, el 1 de junio (habían llegado a Tlaxcala el 11 de mayo) llegó el primer partido. Fue en Puebla (12:00), ante Brasil, nada menos. La alineación era casi la que se venía cantando desde los inicios: Zubizarreta; Tomás, Goikoetxea, Maceda, Camacho; Míchel, Víctor (por Calderé), Francisco, Julio Alberto (por Gordillo); Butragueño y Julio Salinas. En el minuto 53 Míchel caza el balón tras un córner, su remate pega en la cara inferior del larguero, bota dentro, sale, y el australiano Bambridge no da gol. Sí dará once minutos más tarde el de Sócrates, recogiendo un rebote en el larguero; estaba adelantado cuando se produjo el disparo previo, pero...

Un fotoperiodista cazó la foto perfecta y la vendió a Interviú por 10.000 dólares. Demostraba inequívocamente que el balón había entrado, pues el sol del mediodía proyectaba su sombra dentro. Un español buscavidas, que se pegó a la selección por el procedimiento de hacerse amigo de Manolo el del Bombo, cameló al fotógrafo para que le diera una copia, de la que sacó muchas más que iba vendiendo a 10 dólares. Era un cara que pedía autógrafos a los jugadores y luego hacía camisetas con ellas para venderlas.

A la derrota se sumó una noticia pésima: Maceda no podría seguir jugando. Había llegado mal curado de una lesión de rodilla, entrenaba con pantalón largo para que los periodistas no vieran que la llevaba vendada. Al día siguiente al partido se le puso más grande que la cabeza. No podía seguir. Regresó a España.

Repuesto de su "mal de Moctezuma" y de su bronquitis, Calderé pudo estar en el banquillo el segundo día (7 de junio, ante Irlanda del Norte, en Zapopan, 12:00). Ganamos 2-1 y jugó 25 minutos, henchido de felicidad. Pero al día siguiente tuvo el susto de su vida: dio positivo en el antidopaje. Resultó que por la bronquitis le habían dado Bisolvón, que llevaba una sustancia prohibida. El médico asumió el error y la FIFA exoneró al jugador. Se sintió como si volviera a nacer.

En Tlaxcala los suplentes no aguantan más. Lobo Carrasco tira su plato de espaguetis en la mesa de Muñoz y los directivos porque les han servido antes y a él le han llegado fríos. Poli Rincón hace un amago de marcharse, bajando incluso la maleta a la recepción. Se sabía vetado. ("Un célebre conductor de programa deportivo me quiso hacer su informador dentro del grupo. Me daba mil euros por día, 89.000 pesetas, una barbaridad. Pero le dije que no, y él presionó a Muñoz para que no jugara". No dice el nombre, pero no hace falta. Fallado ese tiro, el informador encontró otro que aceptó la oferta).

España gana 3-0 el tercer partido (Argelia, Monterrey, 12:00), con un calor de mil demonios, y pasa como segunda de grupo. Acabado el partido, Muñoz decide no regresar a Tlaxcala sino dormir en México D.F. para a la mañana siguiente volar a Querétaro y ver el Dinamarca-Alemania (16:00), del que saldrá nuestro rival de octavos, a jugar precisamente allí. El vuelo de Monterrey al D.F. se retrasa cuatro horas y Muñoz decide anular el hotel del aeropuerto y seguir por carretera hasta Querétaro para no llegar tarde al partido. Son tres horas en autocar. En Querétaro hay dos hoteles de la organización: uno lo ocupa Alemania y está lleno; en el otro hay plazas, pero se desaconseja que dos selecciones compartan hotel y Dinamarca se agarra a eso. Aparece uno al que llegan rendidos, a las dos de la mañana, y resulta que en cada habitación hay un ejército de cucarachas. Se amotinan, se hacen llevar al hotel de Dinamarca, lo toman por asalto y se acuestan.

Eloy, fallando el penalti decisivo ante Bélgica.

Eloy, fallando el penalti decisivo ante Bélgica.E. M.

Presenciaron el Dinamarca-Alemania, ganado por los primeros, con los que deberán enfrentarse en octavos... después de cuatro días compartiendo hotel. Los daneses protestan, pero los españoles se han hecho fuertes y, por complicidad de idioma y carácter con los empleados, se apoderan de las zonas comunes.

Llega el partido, esperado con aprensión. Es el 18 de junio en Querétaro (16:00). Dinamarca ha ganado a Escocia, Uruguay y Alemania; viene como una moto. El balón es de Lerby y Laudrup, ElkjaerLarsen amenaza... Se masca el gol danés, que se retrasa hasta el 33', de penalti, y lo suponemos inicio de la goleada. Pero cerca del descanso Butragueño caza un pase horizontal en la defensa danesa y marca el 1-1. Un alivio. Muñoz sustituye a Julio Salinas por Eloy, buscando su velocidad; sigue el dominio danés y en la primera salida hay un córner que Camacho cabecea en semipifia y el balón va a la frente de Butragueño, que lo percute a la red: 2-1 en el 56'. Dinamarca se lanza y en el 69', en otra salida de España, Butragueño le hace un regate descatalogado a Olsen, que le derriba. Penalti transformado por Goikoetxea y 3-1. Dinamarca se ofusca, Tomás está cumbre ante ElkjaerLarsen, España ya cree y en el 80' Eloy se escapa, cede a Butragueño y este remata a placer el 4-1.

En el 90', nuevo penalti a Butragueño, que transforma él mismo en su cuarto gol. El 5-1 en el marcador coge por sorpresa a la multitud de madrileños que en aquellos años ocupaba de noche las terrazas de la Castellana. Se desata un grito espontáneo: "¡Oa, oa, oa, el Buitre a la Moncloa!" (había elecciones inminentes) y muchos se bañan en la fuente de Cibeles. Ahí nació la costumbre de celebrar los triunfos del Madrid en esa plaza. Al día siguiente, sobre los goles en el Telediario, alguien pulsó una tecla con el rótulo "Vota PSOE". RTVE lo atribuyó a un error humano...

Se despertó la euforia para el partido de cuartos, contra Bélgica, tenida en menos que Dinamarca, pero lo afrontamos con una seria merma: Goikoetxea no puede jugar por tarjetas y tiene que salir Chendo, lateral, en el centro de la defensa junto a Gallego. La cita es en el Cuauhtémoc de Puebla, el 22 de junio (16:00). Tenemos el público a favor, por hispanidad, por el partido de Dinamarca y porque allí habían jugado Pirri y Asensi, dejando muy buena imagen.

En el 33', Ceulemans, acreditadísimo cabeceador, gana a Chendo por arriba y marca. Bélgica se encierra y Muñoz sustituye al lateral Tomás por Señor, un interior de ataque. La presión es continua. En el banquillo, Rincón se come los puños y mira a Muñoz como diciéndole "sácame", pero el míster no se decide. Está vetado por el dichoso comentarista. En el 63' entra Eloy, de nuevo por Julio Salinas. Por fin, en el 83', a la salida del enésimo córner, Señor clava un disparo raso, imparable.

La prórroga sigue en el mismo son, con Bélgica nadando como náufrago hacia la orilla de los penaltis, que al fin alcanza. Allí marcarán Señor, Chendo, Butragueño y Víctor, pero Eloy falla el segundo ("se me hizo eterno el caminar desde el centro del campo hasta allí"), mientras Míchel era reservado por Muñoz para el sexto. Por nuestra parte, Zubizarreta no detiene ninguno. Fue desesperante verle volcarse una y otra vez blandamente, casi como un saco mal asentado, al lado contrario del balón.

Estábamos fuera. La concentración argentina lo celebró, según confesión posterior de Valdano, porque nos temían más que a Bélgica en la semifinal.

Aquello de "jugamos como nunca y perdimos como siempre" valió más que nunca. Por encima de conflictos y errores, la programación de entrenamientos había resultado, el equipo cuajó y había roto el techo de la fase de grupos, que no se traspasaba desde 1950. Fue un leve apunte de que los tiempos estaban cambiando.

Cuando España se quedó fuera del Mundial 74, el drama de toda una generación: "Se ha perdido otra guerra"

Cuando España se quedó fuera del Mundial 74, el drama de toda una generación: “Se ha perdido otra guerra”

Tras quedarnos sin acudir a México 1970, la Federación, presidida por José Luis Pérezpayá (ex futbolista de cierto fuste conocido como Pérez Payá, que una vez en el cargo decidió unir sus apellidos), contrató como seleccionador a Ladislao Kubala, leyenda de nuestro fútbol en los cincuenta. Húngaro, fugado del comunismo, emblema del régimen y del Barça, jugador legendario y ahora entrenador entusiasta y locuaz («chicos bien, moral óptima», era su latiguillo favorito). Entró en 1969, con la eliminación para México 1970 ya consumada, y se estrenó con un España-Finlandia patriótico, en La Línea de la Concepción, con el Peñón al fondo. Tuvo excelentes resultados al principio, sobre todo una gran victoria ante Alemania en Sevilla y otra sobre Italia en Cagliari. Pero pinchó en el intento de asalto a la Eurocopa 1972: nos eliminó la URSS, ganándonos en Moscú y empatando en Sevilla con un sensacional partido de su meta Rudakov.

Para saber más

Ahora tocaba el asalto a Alemania 1974, que reuniría a 16 selecciones. El sorteo nos colocó en el grupo VII de la zona europea, con Grecia y Yugoslavia como rivales. Grecia no era gran cosa. Aunque el Panathinaikos había llegado, con Ferenc Puskás como entrenador, a la final de la Copa de Europa de 1971 (cayó ante el Ajax de Johan Cruyff), su selección ocupaba el puesto 23 en Europa, según el ránking del respetado periódico L'Équipe. Otra cosa era Yugoslavia, país hoy desmenuzado en Eslovenia, Croacia, Serbia, BosniaHerzegovina, Montenegro, Kosovo y Macedonia del Norte. En aquel tiempo era una potencia deportiva en muchas especialidades, entre ellas el fútbol, y tenía a uno de los mejores jugadores del continente en ese momento, el extremo izquierdo Dragan Daji. Desde el inicio estaba claro: eran ellos o nosotros.

Empezamos mal: un 2-2 el 19 de octubre de 1972 en el Estadio Insular de Las Palmas. Se buscó en Canarias un clima supuestamente incómodo para los yugoslavos, pero a Kubala se le ocurrió la «genialidad» de colocar como delantero centro a Marcial, un exquisito centrocampista, para nada adaptable a esa posición. Yugoslavia nos ganaba 1-2 en el minuto 90, había estrellado un tiro en el palo... pero en el descuento un gol salvador de Asensi palió el desastre. La visita de Grecia a Yugoslavia, el 18 de noviembre, se saldó con victoria yugoslava, 10, sin mucha más historia.

El 17 de enero de 1973 España visita a Grecia sin margen de error. Kubala dispone partidos en los campos del San Andrés y el Sabadell, de tamaño similar al Nikolaidis de Atenas, y ordena que no se riegue el césped, en previsión de lo que encontraríamos allí. El partido se juega a las dos de la tarde y lo ganamos 2-3 gracias a una tarde gloriosa del extremo valencianista Óscar Rubén Valdez, que marca dos goles y tres cuartas partes del otro. Grecia nos devuelve visita el 21 de febrero, en La Rosaleda malagueña. Ganamos 3-1 sin problemas.

La visita a Zagreb

Pero arrastramos el empate inicial y ahora hay que visitar a Yugoslavia. Se juega el 21 de octubre en el Maksimir de Zagreb, estadio del Dinamo, a reventar, y con un despliegue de bengalas y carracas desconocido aquí. En las repletas gradas se perciben pequeños grupúsculos de españoles. España hace su mejor partido del grupo, tiene varias ocasiones y hasta un tiro al poste. Termina 0-0, con lo que compensamos el ya lejano 2-2 del Insular.

Sólo queda la visita de Yugoslavia a Grecia y las cuentas son claras: si Yugoslavia pierde, empata o gana por un gol de diferencia, España irá al Mundial. Si gana por tres o más, se habrá clasificado. Si gana por dos, habrá que jugar un Yugoslavia-España de desempate, en fecha y lugar a concertar.

Sospechas en Atenas

El Grecia-Yugoslavia se juega el 19 de diciembre de 1973 en el Karaiskakis de Atenas. Las vísperas son asfixiantes, llenas de rumores y sospechas contra los griegos en general y su portero en particular, Kalassidis, de los que se insiste en que están vendidos. Las revistas Barrabás y Fútbol In publican que el presidente y el secretario de la Federación, PérezPayá y Andrés Ramírez, viajan con un maletín de 30.000 dólares, equivalentes a 1.500.000 pesetas, para contrarrestar la supuesta oferta de los yugoslavos al portero y a su figura, Domazos. A saber. También viaja Kubala, que lo presenciará junto a Puskas. El partido es a las dos menos cuarto de la tarde, de nuevo la hora de la comida, y nos sentamos a verlo con la impotencia del que ha puesto su vida en manos de otros, o del azar, que nunca se sabe lo que es peor.

El desánimo ha cundido tanto en Grecia que el aspecto del campo es desolador: de los 45.000 asientos sólo están cubiertos 6.000, un tercio de ellos por yugoslavos. Al cuarto de hora Yugoslavia gana 0-2. El meta local, Kalassidis, parece transparente. En España muchos apagan la tele, en la seguridad de que estaba vendido y se iba a llevar un carro. Pero Yugoslavia amaina su avalancha inicial, Grecia reacciona, marca el 1-2 sorprendiendo a Mari, cegado por el sol; luego es expulsado el delantero centro yugoslavo Duan Bajevi por una agresión, y Yugoslavia encaja otro gol al borde del descanso. Así que 2-2 y Yugoslavia con diez para todo el segundo tiempo. Ya está. Los desertores vuelven a encender el televisor. Quizá mejor que no lo hubieran hecho.

Yugoslavia se crece: en el minuto 62, un jugadón de Aimovi acaba tras varios rebotes en gol de Surjak. Luego aprieta. Los minutos van pasando a nuestro favor con exasperante lentitud: 83, 84, 85, 86, 87, 88, 89... Y en el último suspiro, a 15 segundos del pitido final, una volea de Karasi bota en el suelo y se cuela: 2-4. Habrá desempate.

El seleccionador griego, Alketas Panagoulias, se indignó: «Es una vergüenza. Yo envié al campo a once futbolistas distintos de los que he visto después», y dimitió, anunciando que no quería saber nada más del fútbol griego. El país quedó abochornado por la sospecha de venalidad en todos o algunos de sus futbolistas; el Gobierno abrió una investigación, los jugadores fueron multados con 800 dólares por cabeza y se anunció que la mayoría de ellos no volvería a la selección nacional.

El desempate, en Frankfurt

Pero había que desempatar, en suma. Era lo que había. Yugoslavia quería hacerlo enseguida y en Grecia; Kubala se negó por no preparar el equipo a toda prisa. España propuso enero, pero Yugoslavia hacía pausa invernal... Al final decidió la FIFA: 13 de febrero de 1974, en Frankfurt, la misma ciudad en que cuatro meses exactos después tenía que albergar el partido inaugural, que enfrentaría a Brasil, campeón vigente, contra, precisamente, el ganador de ese partido. Las agencias de viajes publicitan sus ofertas: «Tres días, del 12 al 14 de febrero, vuelo regular de Iberia, habitación con baño, traslados. Entrada al campo en tribuna cubierta». Todo pagadero en plazos mensuales de 1.290 pesetas.

El 31 de enero Kubala da una lista de 22 futbolistas: Iribar, Reina y Deusto; Sol, Gallego, Benito, Jesús Martínez, Capón y Uría; Costas, Juan Carlos, Claramunt, Pirri, Asensi y Marcial; Amancio, Rexach, Gárate, Quini, Galán, Valdez y Rojo. Se concentran el 4 de febrero en Eurovillas, una urbanización cerca de Madrid, a la que los periodistas acudimos en tropel. El día 6 hay un amistoso contra el Torrejón, en el que juegan los «posibles» (una hora sin descanso y resultado de 7-0), y el 8 otro contra el Atlético de Madrid, en el Manzanares, a las 18.30 horas, para coincidir con la luz del atardecer en Frankfurt a las 19.30. Para darle un carácter de «ensayo general con todo», el Atlético vistió de azul noche y pantalón blanco, como la selección yugoslava lo haría días más tarde.

Kubala pretendió disputarlo a puerta cerrada, pero se acumuló tal multitud que hubo que permitir la entrada por miedo a un motín. En el primer tiempo jugaron los «probables», exactamente los mismos once que lo harían cinco días después en Frankfurt (Iribar; Sol, Benito, Jesús Martínez, Uría; Juan Carlos, Claramunt, Asensi; Amancio, Gárate y Valdez). Ganó la selección 3-1, los tres de Amancio. En la segunda mitad salieron los «posibles», todos los demás, incluidos los dos porteros, que se alternaron. Hubo empate a dos, goles de Pirri y Galán para la selección. Aquel era un buen Atlético: el de Reina, Ovejero, Panadero, Ufarte, Luis, Salcedo, Irureta, Alberto, Becerra... Sin Gárate ni Capón, claro, seleccionados con España.

Kubala hace seis descartes: Reina, Gallego, Pirri, Galán y Chechu Rojo. Sorprenden especialmente los de Pirri («necesito hombres que marquen al contrario», argumenta) y Chechu Rojo, en mejor forma que Valdez. El equipo viaja el lunes 11, a las 15.30, previo entrenamiento matinal en el Bernabéu. Hay un segundo vuelo el 12, una romería. Van todos los federativos, muchos directivos de club, varios presidentes, una nubecilla de técnicos y figuras como Santana y Julio Iglesias, gente de lo más variopinto.

Kubala decide entretener la tarde de la víspera con una sesión de cine y escogen Papillón, las peripecias de un convicto francés escapado de una prisión caribeña, basada en la novelarelato de Henri Charrière, un best seller. La tarde se agrió por una angina de pecho del masajista Ángel Mur padre (su hijo le sucedió). Parece un golpe de mal fario. Sus tareas habría de hacerlas el masajista de la selección alemana, Eich Denser. No era lo mismo, claro. Mur padre se repuso y vivió hasta los 93 años posteriormente.

El partido se juega a las 19.30 horas. En el Waldstadion hay 15.000 españoles, en su mayoría emigrantes que han roto la hucha para ver a España clasificarse. Pero son el doble de yugoslavos, porque Frankfurt y su entorno tenían una gran inmigración yugoslava. El resto, hasta 62.000, es público local, dispuesto a disfrutar de este aperitivo mundialista. Los españoles cantan el «Que viva España», cómo no, de Manolo Escobar. Aquí, todos ante la tele. Se podría haber pasado lista y comprobar que no faltaba nadie.

La ilusión duró 13 minutos, los que tardó Josip Katalinski en marcar. Una falta desde la derecha lanzada al segundo palo, Katalinski cabecea, Iribar rechaza como puede y el balón le cae al propio Katalinski, que en un escorzo incómodo lo caza en el aire y marca.

Y después, la nada. Kubala sólo reacciona en el 73', metiendo a Marcial y Quini por Juan Carlos y Amancio, sin que se note la menor reacción. Todo es soso, aburrido, decepcionante, absurdo. Suena el pitido final y apagamos la tele con un ánimo lúgubre.

"Se perdió otra guerra"

«Ridículo en Frankfurt», «Desastre», «El peor partido en la era Kubala», «Se perdió otra guerra» son algunos de los titulares. Ya se decía que Kubala ganaba batallas, los amistosos, pero perdía guerras. Él acusaba a la prensa del «pecado latino»: presentar al equipo antes del partido como un «monstruo con dos cabezas y siete colas» y tirarlo a la basura cuando perdía.

Katalinski, nacido en Sarajevo (BosniaHerzegovina) en 1948, era jugador del eljezniar. La resonancia de su gol le valió el traspaso al Niza, donde a los cuatro años le retiró una lesión de rodilla con 30. Fue un líbero con buen físico (1,81 y 80 kilos), limpia técnica y gran salto. Para Yugoslavia jugó 43 partidos con 10 goles; en el eljezniar, 240 y 32, y en el Niza, 103 y 28. Retirado, fue directivo del eljezniar e invirtió con acierto en hoteles en Cabo Antibes y Fréjus. Falleció en Sarajevo en el año 2011, con 63 años, víctima de un cáncer. Su nombre quedó grabado en piedra en la memoria de los aficionados españoles de la época.

El oscuro legado de Inglaterra 1966: arbitrajes, polémicas y una generación castigada por el alzhéimer

El oscuro legado de Inglaterra 1966: arbitrajes, polémicas y una generación castigada por el alzhéimer

"(...) Y quiero terminar diciendo: cuando tras el partido de ayer el capitán inglés alzó con sus dos manos la Jules Rimet, el cuervo de Edgar Allan Poe declaró a los periodistas acreditados: 'Nunca más, nunca más'. Y, de seguro, como las próximas Copas van a ser disputadas en terreno neutral, nunca más Inglaterra conseguirá imponer su fútbol sin imaginación, sin arte, sin originalidad." Así cerraba Nelson Rodrigues, célebre escritor y periodista brasileño, su elegíaca crónica final de la Copa del Mundo de 1966, ganada por Inglaterra. Tanta irritación tuvo una causa que ya podía adivinarse desde la elección de árbitros: un obsceno enjuague de Stanley Rous, exárbitro él mismo y presidente de la FIFA por ese tiempo. Un gran hombre que ordenó la redacción del Reglamento en 1938 con todas las reformas introducidas desde 1863 y una sencillez que favoreció su expansión universal. Pero, según Pedro Escartín, el santón arbitral de nuestra historia, "en 1966 le pudo más el impulso inglés que su respeto por el fútbol y estropeó su legado". Al menos consiguió ser nombrado 'sir'.

Para saber más

Se anunció que habría dos árbitros por país: en el caso de Inglaterra, Finney y Howley. Pero a la hora de la verdad aparecieron dos más, McCabe y Dagnall, más tres —Taylor, Clement y Crawford— que hicieron de linieres. Aún habría que añadir al escocés Phillips y al irlandés Adair, que arbitraron, y al galés Callaghan, como linier, sin que sus selecciones participaran. En el conjunto de sus tres partidos, Brasil se encontró siete británicos en la suma de los tríos arbitrales. En el primero, ante Bulgaria, Pelé salió tan golpeado que no pudo jugar el segundo, contra Hungría; en el tercero y decisivo, con un trío arbitral íntegramente británico, el portugués Morais completó su demolición, le dejó inútil, Brasil perdió y se quedó fuera. Había acudido al Mundial como gran obstáculo para Inglaterra, que sentía el derecho y la obligación de ganarla, porque acababa de celebrarse (1963) el centenario de la creación del fútbol.

En vista del revuelo por las designaciones en la fase de grupos se anunció que la de los árbitros de cuartos de final se haría en plenario del Comité de Árbitros, seis miembros, entre ellos Escartín. Pero se les convocó a las diez de la noche del 20 de julio para reunirse a las nueve de la mañana del 21 en Londres. Escartín estaba en Sunderland como informador del Chile-URSS, y también el ruso Latychev, delegado permanente en ese grupo. Al sueco Lindeberg le pilló en Sheffield. En ningún caso había tren que llegara a Londres antes de las once de la mañana, así que la reunión se limitó a Rous, su fiel Aston, presidente del Comité, y el malayo Ko. Para el Inglaterra-Argentina pusieron un árbitro alemán, Kreitlein; para el Alemania-Uruguay, un inglés, Finney. Kreitlein expulsó al capitán argentino, Rattin, que protestó insistentemente por las reiteradas faltas de Stiles sobre Onega; en cuanto a Finney, con 0-0 dejó pasar un puñetazo bajo el larguero de Schnellinger a un balón que se colaba, gesto perfectamente captado por las fotografías; luego aprovechó el enfado y las intemperancias de los uruguayos para dejarlos con nueve.

Aquellos sucesos abrieron una herida en Sudamérica que sangró durante años y explican la irritación de Nelson Rodrigues. Y a todo ello habría que sumar dos manos ignoradas en el área inglesa en la semifinal contra los portugueses y el gol fantasma de Hurst en la prórroga de la final contra Alemania.

El irritado escritor ha venido teniendo razón hasta ahora. Fuera de su isla, los inventores no han vuelto a ganar la Copa del Mundo. En México, con gran parte aún del equipo campeón, cayeron en cuartos ante Alemania, dulce revancha. Luego fueron incapaces de clasificarse para Alemania 1974 y para Argentina 1978. Regresaron después, pero nunca han vuelto a ganar un Mundial, ni siquiera han sido finalistas. Tampoco han ganado ninguna Eurocopa.

Aquella Inglaterra tuvo ayudas, desde luego, pero también fue un gran once (Banks; Cohen, Jackie Charlton, Wilson; Stiles, Moore; Ball, Hunt, Bobby Charlton, Hurst y Peters) con tres jugadores extratipo: el meta Gordon Banks, el medio defensivo y capitán Bobby Moore, y el delantero centro móvil Bobby Charlton, el mejor de todos. A ellos podría sumar al interior goleador Jimmy Greaves, pero sufrió un corte en la pierna durante el tercer partido del grupo, ante Francia, y le sustituyó hasta la final, y no sin polémica, Geoff Hurst, autor de tres goles en la misma. Un logro que nunca había conseguido nadie antes y que sólo Mbappé ha igualado después.

Sólo Hurst sigue con vida. El resto nos han ido dejando con una coincidencia inquietante en la mitad del equipo titular: el alzhéimer. Sería grosero conectarlo con la maldición de Rodrigues; más bien prefiero mirarlo como un último servicio al fútbol de un buen grupo de jugadores que, en su despedida, dejó una voz de alarma que el fútbol finge escuchar, pero no lo hace. Preferimos mirar para otro lado.

Una imagen del polémico gol de Hurst.

Una imagen del polémico gol de Hurst.E. M.

Jackie Charlton, central, con 85 años; Ray Wilson, lateral izquierdo, con 83; Nobby Stiles, medio, con 78; Martin Peters, extremo, con 76; y Bobby Charlton, alma de la delantera, con 86, hermano del primero de la lista; incluso el meta suplente, Peter Bonetti, con 78: todos ellos fallecieron de alzhéimer o tras un tiempo incapacitados por alguna enfermedad neuronal enajenante. Y no hay seguridad sobre si lo padeció o no el interior Roger Hunt, fallecido a los 83 "tras una larga enfermedad", según el escueto comunicado familiar, después de que por bastante tiempo no se supiera nada de él. Gordon Banks falleció de cáncer de riñón a los 81 años. A Bobby Moore se lo llevó con 51 un cáncer intestinal y al extremo Allan Ball un ataque cardíaco que le sorprendió en el jardín de su casa a los 62. El último en dejarnos, el lateral derecho George Cohen, falleció con 86, y aunque no se anunció la causa de su muerte, sí se sabe que estuvo mucho tiempo luchando contra un cáncer intestinal. Dedicó los últimos años a recaudar fondos para la investigación de esta enfermedad, que había matado prematuramente a su capitán Moore, y también para la del alzhéimer, impresionado por la forma en que atacó a tantos de sus compañeros. Anunció que, a su fallecimiento, donaría su cerebro a la ciencia. El mismo propósito ha hecho público Hurst, el último superviviente.

Las alarmas sonaron por el caso de Bobby Charlton dada su condición de mito nacional. La familia comunicó que padecía alzhéimer en 2020, lo que llevó a recordar el gran número de compañeros del equipo campeón que lo habían padecido, entre ellos su hermano Jackie. Se daba la circunstancia de que cuatro tíos maternos de los hermanos Charlton habían fallecido también de alzhéimer, lo que podría sugerir un factor hereditario, pero los cuatro habían sido también futbolistas, lo que devolvía las sospechas a este deporte. La muerte del mito se produjo en 2023, con 86 años, internado ya en el centro para personas con demencia de Knutsford, cuando perdió el equilibrio y su cabeza golpeó con un radiador.

Con el conocimiento de que el gran Bobby sufría la dolencia, cobró relevancia e impulso la lucha que desde 2002 mantenía la familia de Jeff Astle, un delantero centro de los años sesenta y setenta que hizo lo mejor de su carrera en el West Bromwich Albion, fue mundialista en México 1970 y se retiró tras 16 años, 437 partidos y 216 goles. Falleció en 2002. Su hija, Aslyn Astle, contó: "Tenía 59 años, pero parecía que tuviera 89". Hacía tiempo que no reconocía a nadie, pasaba el día sentado, murió por atragantamiento porque el cerebro no pudo enviar la orden de expulsar la comida, atascada en la garganta.

La familia, convencida de que su penosa condición había sido causada por tantos balones cabeceados, obtuvo dictamen judicial de que había fallecido de una enfermedad laboral; crearon la Fundación Astle e interesaron a organizaciones académicas y civiles. En 2014, el neurólogo Willie Stewart, de la Universidad de Glasgow, que examinó su cerebro, dictaminó que tenía "exactamente el mismo aspecto que esperas ver en el de un boxeador". La diagnosis fue encefalopatía traumática crónica, enfermedad neurodegenerativa asociada a la acumulación de golpes en la cabeza. Aslyn Astle declaró en la ABC: "Cuando supe que el fútbol le había matado me puse en contacto con la FA y les pregunté qué iban a hacer al respecto. Al poco tiempo recibí una carta desagradable". Salieron a relucir muchos más casos: Tommy Carroll, Stevie Chalmers, Chris Chilton, Jimmy Conway, Duncan Forbes, Alan Jarvis, Frank Copel, Billy McNeill, Barry Pierce, Mike Sutton, John Talbut, Mike Tindall... Aslyn Astle contó que se pusieron en contacto con ella las familias de estos jugadores, de muchos otros menos conocidos, y la de uno de los campeones de 1966, que prefirió mantener la reserva, pero la animó a seguir la investigación.

Estudios

Un estudio realizado por su impulso en 2019 con una muestra de 7.676 futbolistas profesionales escoceses nacidos entre 1900 y 1976 y comparado con el de 23.000 individuos de la misma época aleatoriamente escogidos arrojó un dato inquietante: el porcentaje de afectados por enfermedades neurodegenerativas era tres veces y media mayor entre los futbolistas que entre el común de la población. El caso llegó a la Cámara de los Comunes en 2020 y la conclusión fue que no existen medidas suficientes para monitorear las lesiones cerebrales consecuencia del deporte, lo que dejó la cuestión en el aire. ITV entrevistó al alimón a Tom Charlton y a John Stiles, hermano e hijo de jugadores afectados, y ambos expresaron su convicción de que los cabezazos debían de ser la causa.

Muchos lo discuten por la dificultad de imaginar el fútbol sin el juego de cabeza. Arguyen que los balones son ahora más ligeros, porque aunque el peso inicial es el mismo que fue reglamentado hace ya mucho, ahora están impermeabilizados y no aumenta por el agua los días lluviosos, como tiempo atrás, si bien a cambio viajan a más velocidad. También sostienen que rarísima vez un balonazo provoca una conmoción, que éstas suelen llegar más por choques entre cabezas, contra el suelo y contra un poste. Y que el alzhéimer también afecta a no cabeceadores, casos de Banks y Bonetti. Pero demasiados especialistas sostienen que cabecear el balón como práctica habitual provoca microrroturas arteriales en el cerebro idénticas a las de los boxeadores, sin necesidad de llegar al KO. Preguntada Aslyn Astle sobre si su padre hubiera sido partidario de eliminar el juego de cabeza, contestó: "Seguramente no. Pero hubiera sido partidario de tener información sobre las consecuencias''.

Las reacciones, impulsadas por los sindicatos de jugadores (el inglés, que aporta siete millones de libras anuales a investigación y ayudas afectados), han sido tímidas: prohibir el cabeceo en infantiles, limitarlo en los entrenamientos de profesionales y permitir un sexto cambio en caso de conmoción. El fútbol teme este debate.