El equipo de Voro, a quien se le busca sustituto, se adelantó con un gol tempranero de Castillejo que igualó Nico Williams antes del descanso y anuló Sancet en la segunda parte
Nico Willims bate a Mamardashvili en el primer gol del Athletic en Mestalla.MANUEL BRUQUEEFE
No suma el Valencia y da otro paso hacia el abismo del descenso. De rondarlo a estar entre los tres peores equipos de La Liga tras sumar solo un punto de los últimos 21. La reacción que por momentos pareció verse ante el Athletic no sirvió ni siquiera para puntuar. [Narración y estadísticas]
Se temía que el Valencia temblara con el ruido exterior de la protesta contra Lim, pero ni estuvo solo ni flaqueó. Buscó al Athletic y se sobrepuso incluso a la lesión de Cavani en el minuto 14, poco después de que el uruguayo rematara un centro de Gayà para asustar a Unai Simon. Sin aliento cercano, el Valencia hasta se adelantó en el marcador cuando Ilaix y Lino trenzaron una jugada en el área que Castillejo convirtió en el primer gol que ahuyentaba demonios. Pudo Hugo Duro en semivolea espantarlos mientras el público llenaba las gradas, pero este Valencia parece incapaz de vivir en el lado brillante.
Un pase el largo de Raúl García a espaldas de la defensa lo encontró Nico para encarar a Cömert y batir a Mamardashvili pese a la persecución de Diakhaby y el cruce desesperado de Foulquier. El partido se empinaba, pero el Valencia no se arrugó. No lo hizo en todo el partido. Probó Lino con un disparo ajustado que salvó el meta vasco y también Diakhaby cabeceando un córner. Valía para mantener la esperanza hasta el inicio de la segunda parte.
El equipo sufre una desconexión en los descansos y el público se vuelve ansioso, una mezcla que el Athletic quiso aprovechar con una escapada de Nico y la entrada de al campo de Iñaki Williams. Y le salió bien la apuesta a Valverde gracias a un error en la salida de pelota de Cömert que robaron los Williams para entregarle el gol a Sancet. A ambos los siguió de cerca desde el palco el seleccionador Luis de la Fuente.
Contracorriente, en estado de nervios y con otra lesión, de Yunus,, el Valencia quiso tocar arrebato y ahogar a los rojiblancos, incluso obligó a Unai a sacar una mano extraordinaria a un remate de espuela de Diakhaby. Pero no consiguió salvar ni siquiera un punto de supervivencia.
A España no sólo la ha encaminado hacia la cuarta Eurocopa de su historia el desparpajo de chavales en el campo, también fueron ellos los que dirigieron los festejos. En el césped hubo lágrimas, abrazos, manteos a De la Fuente y fotos, muchas fotos, pero pareció una celebración contenida hasta que estalló en el vestuario. Música y baile bajo la batuta de, cómo no, de Nico y sobre todo Lamine Yamal. Fue el DJ, contagió a Álvaro Morata en calzoncillos e hizo bailar no sólo a su hermano Williams, MVP de la final, sino a los lesionados Rodri, Pedri, Ferran y hasta Gavi y Navas, que movió su dolorida cadera. No se quedaba atrás tampoco Fermín, otro del clan salvaje.
A sus 17 años, Lamine tuvo un momento de tranquilidad sobre el césped, jugando con su hermano pequeño, pero luego dio rienda suelta al festejo, primero con un sombrero y después con gafas de sol camino del autobús. "Es increíble poder estar aquí. ¿A Cibeles? No, a Madrid". Antes, una foto con la copa y dos checks: "La ESO. Campeón de Europa". La fiesta acababa de comenzar.
Ya había sonado Raphael, la Potra Salvaje y toda la playlist que ha acompañado las previas de los siete partidos y había quien empezaba a desesperarse. "¡Creo que ya me están llamando!". Cucurella no dejaba de apretar el claxon del autobús, rápidamente personalizado con la pegatina de campeones de Europa, mientras Rodri se emocionaba recordando su lesión, su MVP y su primera Eurocopa. "Cuando ha marcado Mikel, me he puesto a correr como un loco y se me ha olvidado la lesión hasta que el médico me ha dicho '¡eh, ojo!'. Estaba muy triste, pero chapeau por estos chavales".
A su lado, Nico Williams casi soltaba una lágrima recordando a su familia. "He hablado con mi hermano a través del móvil de mi madre porque yo no he podido ver el mío todavía. Me ha dicho que me quería y que está muy orgulloso, que el nombre de los Williams está en el cima del fútbol mundial", y casi se rompe al hablar de su madre: "Mis padres lo han pasado muy mal, especialmente mi madre. Esto es para ellos".
La fiesta en la zona mixta la puso Álvaro Morata, capitán y convertido en DJ de la selección por un ratito. Con un altavoz gigante en la mano con la bandera de España, el grupo caminó con por el pasillo de medios con una cerveza en la mano y al ritmo de una versión tecno del Viva España de Manolo Escobar. "Esto es tremendo", admitía Le Normand. "Algo único", reconocía Navas. "Dentro de nueve meses va a haber un boom de natalidad", vacilaba Cucurella. El lateral, uno de los hombres de esta Eurocopa que aún ayer escuchó pitos, tendrá que pensar si se tiñe la melena de rojo, como prometió. Antes pagó otro peaje: en la cena de los campeones, ya en el hotel con las familias, Morata le hizo subirse a la mesa, agarrar el micrófono y cantar la canción que le dedican en Inglaterra. "Cucurella se come una paella, se bebe una Estrella. Tiembla Haaland, que viene Cucurella", interpretó entre el júbilo de sus compañeros.
También tuvo tiempo el lateral del Chelsea para enviarle un recadito a Gary Neville en sus redes sociales. El comentarista de Sky Sport había dudado de él. "Pienso que Cucurella es una de las razones por las que España no puede llegar a la final", dijo. "Llegamos a la final. Gracias por tu apoyo", le contestó el catalán son sorna.
Era el momento de las risas, aunque a Oyarzabal, autor de un gol para la historia, le costó desatarse. "Lo primero que pensé al marcar fue en si había sido fuera de juego, porque era muy justo. Luego ya sólo escuchaba gritos", bromeaba. Alguno eran de Álex Remiro, el único jugador que no ha disputado un minuto en esta Eurocopa, pero que predijo el gol de su compañero en la Real. "En la merienda me dijo que hoy marcaba", confesó el vasco. No fue el único. "Le dije 'cómo te huele el pie a gol, niño', y he acertado. Igual me tengo que dedicar a eso", bromeaba Morata.
No salió el capitán con un balón bajo el brazo, pero sí Ferran, Pedri y Fabián. "Nos los vamos a llevar todos", decía el andaluz entre los gritos de Viva España del canario, enfundado en su bandera. A todos les costó anoche hacerse fotos en el césped con sus amigos y familiares. La seguridad del estadio impedía que bajaran al césped y Laporte o Dani Olmo tuvieron que acercarse a negociar.
Lamine juega con su hermano pequeño.F. VOGELEFE
Lo consiguieron Zubimendi, cuyos familiares llevaban la camiseta de la Real Sociedad, los de Ferran y los hijos de Morata, que lloraron de emoción tanto como su padre antes de comenzar a jugar con un balón en el césped ajenos al jolgorio en el que Lamine se había puesto un sombrero con los colores de la bandera y Luis de la Fuente volaba por los aires manteado.
Guardó el seleccionador un discreto segundo plano. Eso sí, se hizo una foto con sus sobrinos y la bandera de La Rioja con el nombre de Haro e hizo una piña con sus seres queridos, como si el partido fuera a comenzar. Quien fue corriendo a abrazarle fue el padre de Lamine, consciente de lo que la apuesta del seleccionador ha supuesto para su hijo. Lo llevaba en la mano: el trofeo de mejor joven. Apareció poco más De la Fuente, por los compromisos federativos y por su perfil. Salió del vestuario casi por la puerta de atrás y con la camiseta de Reyes de Europa en la mano.
La Copa fue del vestuario al autobús en un arcón, pero era imposible que permaneciera guardada. La sacó Morata, que le cantó el 'No puedo vivir sin ti' de Coque Malla y la manosearon todos. Hasta el Rey Felipe la alzó sobre el césped como si fuera un jugador más.
A la celebración sólo le faltó una traca, esa que el delegado Fernando Giner, valenciano, se quedó con ganas de tirar a las puertas del Olímpico.
¿Se puede ganar un partido en Primera sin imponerse en un duelo y sin generar ocasiones? La respuesta es sencilla: es imposible. Pero por si alguien tenía dudas, el Valencia lleva semanas demostrándolo. En Mendizorroza sobrevivió y salió con un punto porque el Alavés anduvo falto de puntería, y porque apareció una mano de Agirrezabala en la segunda parte y un poste donde se estrelló la falta primorosa de Denis Suárez en los instantes finales. Golpes de fortuna que no entierran una crisis galopante de juego y resultados. [Narración y estadísticas:0-0]
Necesitaba demostrar el Valencia mucho más de lo que enseñó en este arranque liguero, pero el ímpetu le duró 20 minutos, los únicos en los que, por intensidad, fueron algo más reconocibles. La intención era ahogar al Alavés y convertir cada robo en una carrera hacia Sivera. Justo lo que hizo Javi Guerra, pero sin errar en la decisión de asistir a la incorporación de Danjuma en lugar de armar un tiro. Como declaración de intenciones, valía. Para ganar el partido, no. Era necesario convertir esa actitud en costumbre, algo que no lograron.
Había confiado Corberán en un once reconocible, con el regreso de Thierry y la apuesta por Pepelu en el eje, con Diego López en la media punta y Hugo Duro dispuesto, como siempre, a la brega con los centrales. Una alineación en la que Copete y Danjuma eran la diferencia con alguna de las que pudieron verse hace ahora un año. Sin embargo, esa sensación de despertar desapareció de un plumazo en cuanto la pelota empezó a llegar a Lucas Boyé.
Antonio Blanco y Pablo Ibáñez bajaron las revoluciones del partido y empezaron a encontrar al argentino con una movilidad que producía crujidos en la defensa valencianista. La primera ocasión la envió por encima del larguero; la segunda, doble, la salvaron también, pero el equipo de Corberán ya vivía atrincherado, con dudas y problemas de idea de juego. El plan se había agotado muy pronto y nadie sabía cómo pasar la página. Solo en la primera parte, el Alavés fue capaz de generar más ocasiones que la media que había alcanzado en las ocho jornadas anteriores.
Tras el descanso, poco cambió. Los valencianistas seguían persiguiendo sombras blanquiazules. La única diferencia es que el peligro que había creado Boyé lo retomó Toni Martínez. El murciano calentó con un disparo al lateral de la red para, poco después, rematar una falta telegrafiada por Abde obligando a Agirrezabala a lucirse bajo los palos.
El Valencia necesitaba soluciones y Corberán parecía dudar de por dónde empezar a taponar fugas que Coudet iba alimentando con Carlos Vicente, Denis Suárez, Guridi o Aleñá. Todos los duelos eran babazorros porque el rival había decidido cavar la trinchera y jugársela a la fortuna de no recibir gol. Cömert y Santamaría, para intentar apuntalar; Lucas Beltrán para entorpecer, pero el partido seguía estando en las botas del Alavés. Y pudo llevárselo si la falta magistral de Denis Suárez no se hubiera estrellado en un poste ante la impasible mirada de toda la zaga valencianista. Cosido a córners, solo se esforzaban en resistir en una batalla absolutamente imposible de ganar.
Sí, esta vez, sí. El PSG toca el cielo de la Champions con una suficiencia arrolladora. París tiene la gloria que lleva persiguiendo décadas con un equipo púber comandado por un Doué de 19 años que manejó al Inter como una marioneta. En Múnich se ha coronado una dinastía que estimuló el fútbol europeo con su millonaria inversión pero que ha necesitado la mano de Luis Enrique para convertir lo que siempre fue una corte de estrellas en un gran equipo de fútbol. [Narración y estadísticas: 5-0]
Tan simple y tan difícil que el asturiano es el primero en lograrlo, justo cuando la orfandad de Mbappé podía pesar. Ante los retos, nadie mejor que Lucho. Este título le produce excitación, le coloca en el Olimpo del PSG y en el peldaño de Guardiola. Pero, sobre todo, le brinda el homenaje soñado: plantar una bandera en el centro del Allianz Arena como hubiera hecho Xana. Lo hizo en una camiseta de su fundación en la que se les ve juntos. Un vínculo de vida incluso más allá de ella.
No dejó lugar a dudas el PSG de que iba a salir campeón. Desde el saque inicial de Vitinha, directo al fuera de banda para ganar metros, la mentalidad fue voraz sin, a la vez, perder la calma. Como el Inter se cerró, fueron buscándole las vueltas con Dembélé y un inspirado Douré volcados en el encargo del técnico asturiano de volver locos a los centrales italianos. Tardaron nueve minutos en probar con tímidos disparos a Sommer, pero en cuanto sumaron a Kvaratskhelia, llegó el gol. El georgiano buscó a Vitinha en el pico del área para que filtrara un balón a Douré que vio aparecer solo en el otro palo a Hakimi. El marroquí embocó a placer y pidió perdón al fondo de su ex afición, que enmudeció.
Solo habían pasado 12 minutos y apenas habían tenido la pelota. Ni un segundo se la dejaban los parisinos y, si la robaban, aparecía Joao Neves para recuperarla en un trabajo del joven portugués que merece mucho brillo como escudero de su compañero de selección. Luis Enrique, en cuclillas en el área, sabía que su equipo no iba a aflojar y no lo hizo. Era hambre de décadas.
Cuando Inzaghi quiso mandar a los suyos hacia Donnarumma, asestó el segundo golpe. Kvaratskhelia lanzó a la carrera a Dembélé por el costado izquierdo y se plantó en el pico del área para colgar una asistencia a Doué que bajó con el pecho y enganchó para colocarla donde el meta suizo no alcanzaba. En 20 minutos, el PSG había deshecho al Inter, desajustado en defensa con un Dimarco siempre enganchado y Lautaro Martínez desaparecido.
Los italianos, como inmersos en un rondo de entrenamiento del PSG un día cualquier en Poissy, trataron de estirarse y lograron el primer disparo en un remate de Acerbi a saque de esquina. Thuram lo intentó de la misma manera, pero no había forma. Y eso que el PSG jugaba con Nuno Mendes renqueante de un golpe en la cadera. El motor del Inter no carburaba y no había manera de pisar el área con peligro porque, además, los franceses no escatimaban ni una ayuda. Acudían en auxilio sin dudar. Por eso el duelo lo pudo sentenciar al borde del descanso Dembélé. El Mosquito, símbolo de la revolución goleadora de este equipo con la llegada de 2025, fue clave en la presión a Sommer y enloqueció a la zaga interista. Ahora aparecía por el centro, después por la derecha y luego por la izquierda. Hasta era capaz de bajar a recuperar. Multiplicado en su responsabilidad de ser ejemplo al resto para conseguir el sueño largamente perseguido. Pero el centro que regaló Doué para fusilar al portero no lo cazó con precisión. Quizá por eso la última de la primera parte se la jugó en solitario la joven perla parisina.
Al regreso del vestuario no tuvo más remedio el Inter que intentar estirarse para no verse arrollado de nuevo. Había que jugar y, para eso, tener la pelota. No buscó Inzaghi más jugones, sino más contundencia con Bissack y Zalewski. Y lo pagó con una derrota sonrojante. Mientras, Luis Enrique observaba hasta que ya no pudo evitar desatarse. Su equipo casi le obligó.
Y es que Dembélé, en su faceta de asistente, estaba disfrutón. De tacón le dejó el balón a Vitinha en el centro del campo para que el cerebro portugués le brindara a Douré la posibilidad de que, antes de los 20, se pudiera convertir en el mejor jugador de una final de Champions con dos goles y una asistencia. Su llegada del Rennes ha sido una bocanada de aire fresco a un ataque ya de por sí repleto de recursos.
Tardó uno meses en sumarse Kvaratskhelia, pero el georgiano también dejó su sello en el más mítico partido de su nuevo equipo. Otra vez se lo regaló el Mosquito, que recibió del recuperado Nuno Mendes para lanzar al estilete a la carrera por la orilla izquierda. Sommer no pudo hacer nada más que recoger el balón de la portería. Al suizo, que mantuvo su hoja limpia durante muchos meses, le hicieron más de 23 remates y Barcola le perdonó el quinto gol que lograría Mayulu. No es de extrañar que el fondo del Allianz convertido en el Parque de los Príncipes acabara el partido coreando con olés. Su sueño ya era una realidad.