El ex internacional portugués Fabio Coentrao, que en la actualidad se dedica al sector pesquero tras su carrera como futbolista, se ha visto implicado en un caso de comercio ilegal de crustáceos, según informó este jueves la Autoridad de Seguridad Alimentaria (ASAE).
Las autoridades sanitarias anunciaron la suspensión de la actividad de tres almacenes ilegales en el norte de Portugal y la incautación de 17 toneladas de alimentos.
Uno de estos almacenes albergaba una granja de crustáceos perteneciente a Fabio Coentrao, indicó a la AFP una portavoz de la ASAE.
Según el diario Jornal de Notícias, los inspectores visitaron el miércoles el almacén propiedad del ex jugador, quien militó en equipos como el Real Madrid, el AS Mónaco y el Benfica de Lisboa, ubicado en el puerto pesquero de Póvoa de Varzim (norte). Allí encontraron 12 tanques de agua salada llenos, entre otros, de langostas y gambas.
En total, había más de una tonelada de crustáceos que fue confiscada por las autoridades debido a diversas irregularidades, como la ausencia de facturas o de licencia de comercialización.
Proveniente de una comunidad de pescadores del norte de Portugal, Fabio Coentrao se dedicó a esta actividad tras retirarse del fútbol en 2021, luego de una carrera en la que acumuló 52 convocatorias con la selección portuguesa.
El ex lateral izquierdo de 36 años, ahora propietario de tres barcos pesqueros, había alquilado un almacén hace siete meses para iniciar la comercialización de mariscos, según informó el Jornal de Notícias.
Durante su infancia en los Dolomitas Italianos, cuando ayudaba a sus padres en el Rifugio Fondovalle y perseguía un futuro como esquiador profesional, Jannik Sinner no podía imaginar que acabaría compitiendo a 40 grados bajo el sol radiante de Australia. Qué martirio. Otra vez, como ya le ocurrió el año pasado en los Masters 1000 de Cincinnati o Shanghai, el italiano sufrió los efectos de las altas temperaturas, pero este sábado se salvó de la retirada.
En la tercera ronda del Open de Australia, ante el estadounidense Eliot Spizzirri, estuvo mareado, acalambrado, derrotado y de milagro, sobre la bocina, le rescató el protocolo contra el calor del circuito ATP aprobado este año. Cuando peor se sentía, prácticamente sin poder andar, el nuevo baremo superó el máximo establecido -un 5 en una escala del 1 al 5- y Sinner revivió. Después de un descanso de 10 minutos y de que se cerrara el techo de la Rod Laver Arena ya era otro. Pese a que mantuvo problemas de movilidad hasta el final, remontó para ganar por 4-6, 6-3, 6-4 y 6-4 y clasificarse para octavos de final, donde se enfrentará a su compatriota Luciano Darderi.
DAVID GRAYAFP
Para conocer el camino de Sinner antes de cada Grand Slam más vale mirar la previsión meteorológica que el cuadro. El calor es su kriptonita y cuesta valorar su culpa. Sus orígenes son los que son, también su genética, pero su preparación para estas situaciones parece mejorable. En el segundo juego del partido -¡el segundo juego del partido!- ya estaba buscando las sombras, con ciertos problemas para moverse y visiblemente molesto.
"No podía ni moverme"
Durante el primer set fue un jugador que no es, un jugador mediocre. Todos los primeros saques iban fuera, todas las derechas, todos los reveses. Que Sinner cometa más de 30 errores no forzados en un periodo es algo realmente insólito. Pronto, además, llegaron los calambres y ya parecía eliminado. Al inicio del segundo set recibió un break en contra (1-3), se le paralizó una pierna y amagó con marcharse. "No sé qué hacer", le decía a su equipo, que le invitaba a seguir en pista.
Dita AlangkaraAP
El partido había empezado con una puntuación de calor de 4.8, al límite de la aplicación de la nueva norma de calor, así que en algún momento se superaría el 5. Ocurrió justo entonces. Y todo cambió para Sinner. "He sufrido hoy fisicamente. Por fortuna he podido aprovechar el tiempo que me ha dado la nueva regla del calor y he acabado contento con mi actuación después. Me han pasado muchas cosas por la cabeza. No podía ni moverme. Sé que es una area en la que tengo que mejorar", reconoció el italiano.
El campo IV de la ascensión al Everest es un lugar único. El techo del mundo se eleva delante y alrededor emergen las montañas más imponentes del Himalaya, del cercano Lhotse al lejano Kanchenjunga. El horizonte es inmenso, incomparable, precioso a 8.000 metros de altitud. Antes de encarar la subida final, el montañista debería vivir allí una de las experiencias de su vida. Pero hay un problema: está lleno de mierda.
«Nuestra montaña está empezando a apestar», reconocía a la BBC Mingma Sherpa, el presidente del municipio de Khumbu Pasanglhamu, el responsable de parte de la gestión del Everest, y prometía una nueva regulación, pero aceptaba que la solución es complicada. «El campo IV del Everest es un baño gigante», afirmaba Chhring Sherpa, director ejecutivo de la ONG Sagarmatha Pollution Control Committee (SPCC) que desde el 1997 intenta limpiar la montaña más alta del mundo. ¿Cuál es el problema? Demasiado frío, demasiada gente y, sobre todo, demasiado egoísmo.
Al contrario de la creencia popular, los excrementos humanos son un problema en cualquier montaña: pueden contaminar ríos cercanos y son un foco de virus para las personas y los animales que andan por allí. El año pasado, de hecho, la Federación de Entidades Excursionistas de Cataluña (FEEC) hizo una campaña para evitar defecaciones en parques naturales y establecer un protocolo: en caso de necesidad imperante hay que cavar un agujero y no lanzar papel, mucho menos toallitas húmedas. El único consuelo es que en unos meses esas heces desaparecen y se acaba el riesgo de contagio. Pero eso no ocurre en el Everest.
Por las bajísimas temperaturas que hay en el campo IV -el promedio es de -36 grados-, los excrementos perduran décadas y se acumulan temporada tras temporada. Años atrás, cuando sólo unos pocos afortunados seguían los pasos de Edmund Hillary y Tenzing Norgay, la cuestión no era grave, pero ahora con más de 1.000 aventureros anuales allí arriba -unos 450 locales y unos 600 ayudantes- la preocupación va en aumento. Según SPCC, cada temporada se quedan en el campo IV del Everest unos 7.200 kilos de desechos humanos y ya se puede hablar de un entorno insalubre.
¿A quién multar?
Por eso las autoridades locales han lanzado una nueva norma. A partir de este año, cada escalador que salga del campo base se llevará con él dos bolsas de excremento fabricadas en Estados Unidos con productos químicos para solidificar los excrementos y poder acarrearlos hasta que acabe la expedición. Las bolsas aguantan aproximadamente un kilo y medio, un ser humano genera unos 250 gramos de heces al día y se tarda una media de dos semanas en subir y bajar el Everest así que deberán realizar entre seis y siete deposiciones en cada bolsa.
La propuesta ha gustado a organizaciones ecologistas y el ejército de Nepal ayudará con una misión para recoger excrementos a gran altura, pero el problema será que la nueva regla se cumpla. Desde hace años los escaladores deben bajar con los residuos que generan y pocos lo hacen.
Botellas de oxígeno vacías, bombonas de gas, envases de todo tipo, bolsas de plástico, mantas isotérmicas, piolets y kilómetros de cuerdas, tiendas de campaña abandonadas... en los diferentes campos de altura del Everest, la basura se acumula y se acumula. Las autoridades del Nepal recogen cada año 13 toneladas de residuos y, pese a ello, el techo del mundo sigue sucio. Una respuesta sería responsabilizar a las empresas que organizan las expediciones y no a los montañeros.
Con altas multas o incluso inhabilitaciones se podría empezar a atacar el asunto, pero de esas compañías viven buena parte de la región. Por eso la solución es muy difícil. De momento, este 2024, un año más, en el campo IV de la ascensión sur al Everest, un lugar único, se seguirán acumulando excrementos.