El padre del jugador fue entregado a una comisión humanitaria de la ONU y la iglesia católica en las estribaciones de la serranía de Perijá, cerca de la localidad de Barrancas
Silenis Marulanda, madre del futbolista Luis Díaz, encabeza una movilización para pedir la libertad de su esposo, el pasado 5 de noviembre.Ricardo Maldonado RozoEFE
El padre del jugador fue entregado a una comisión humanitaria de la ONU y la iglesia católica en las estribaciones de la serranía de Perijá, cerca de la localidad de Barrancas, en el departamento caribeño de La Guajira, en donde fue secuestrado el pasado 28 de octubre, y será trasladado en un helicóptero a Valledupar, capital del departamento del Cesar.
"Aux armes, citoyens. Formez vos bataillons. Marchez, marchez. Qu'un sang impur abreuve vos sillons". Ya era hora. Este año el público de Roland Garros ya había cantado 'La Marsellesa' después de éxitos menores, como la victoria de Arthur Fils ante Jaume Munar en segunda ronda, pero llevaba muchas ediciones sin entonarla por una gesta de verdad. Lois Boisson lo hizo posible este lunes. ¿Lois Boisson? Sí, Lois Boisson. Una tenista desconocida para el gran público y para el aficionado experto, la número 361 del ranking mundial, una debutante en Grand Slam se clasificó para cuartos de final después de derrotar a Jessica Pegula, la número tres del mundo, por 3-6, 6-4 y 6-4. Le espera ahora Mirra Andreeva, pupila de Conchita Martínez, y lo tendrá más difícil, pero su historia ya está escrita. París ya tiene su cenicienta.
Ninguna francesa ha jugado la final desde Mary Pierce en 2000, ninguna ha disputado semifinales desde Marion Bartoli en 2011. ¿Y si lo consigue? Para acabar de comprender el alcance nacional de la oportunidad de Boisson sólo hace falta un último dato: Amélie Mauresmo, mito en Francia, actual directora de Roland Garros, nunca pasó aquí de cuartos.
Y todo gracias a una invitación. Cada año el Grand Slam francés convida a muchas de sus jugadoras a la fiesta y la amplía mayoría acaban eliminadas en primera ronda. Este año nueve francesas empezaron el torneo y sólo tres ganaron algún partido. Boisson fue una de ellas, pero el duelo con Pegula parecía su techo. Había vencido a su compatriota Elsa Jacquemot, otra wildcard, a la ucraniana Anhelina Kalínina e incluso a la belga Elise Mertens, número 22 del mundo, pero derrotar a la tercera favorita era otra cosa. Los nervios le atenazaron hasta que empezó a soltar su potentísima derecha y a jugar con la presión de Pegula. El último set fue un intercambio continuo de bolas de breaks. De hecho en el punto final la estadounidense pudo romper el saque a Boisson hasta en cuatro ocasiones, pero perdonó para caer eliminada.
Dos patrocinadores en un día
"No sé muy bien qué decir. No esperaba jugar así, pensaba que tenía alguna opción remota, pero era muy difícil", confesó después del encuentro la joven francesa de 22 años, muy tímida, a preguntas de Alizé Cornet, otra histórica del tenis de su país, que nunca superó los octavos de final en Roland Garros. "Sólo puedo decir que gracias a todos por este ambiente", acabó Boisson y recogió sus cosas para marcharse.
Thibault CamusAP
Ahí estaban dos bolsas de raquetas, una Babolat y la otra Technofibre, sus zapatillas Adidas y sus camisetas Asics. La número 361 del mundo no tiene sponsor, aunque eso cambiará después de Roland Garros como ya se ha podido empezado a ver. En los tres primeros encuentros jugó sin publicidad alguna en su equipación, pero este lunes, ante Pegula, apareció con dos logos en su camiseta: la cadena de hoteles Hyatt y el portal inversor XTB.
Boisson venía del peor momento de su carrera después de romperse el año pasado el menisco y el ligamento cruzado de la rodilla izquierda. Nacida en Dijon, hija del jugador de baloncesto Yann Boisson, que llegó a disputar la Euroliga con el Asvel, su evolución despegaba la primavera pasada con su primer título, el WTA 125 de Saint-Malo, cuando se lesionó de gravedad. "Este es el camino que la vida me ha dado, ¡ahora es hora de que la disciplina me lleve de vuelta a la cima!", anunció entonces y no le faltaba razón: la disciplina le ha llevado a la cima.
Hace unos meses Adidas presentó unas zapatillas nuevas en Madrid de una manera nunca vista. Las Adizero Adios Pro Evo 1, con un precio elevadísimo -500 euros- y una edición limitadísima -521 pares- aparecieron en unas urnas y los periodistas sólo podían tocarlas si antes se ponían unos guantes. Marketing en estado puro, claro, pero un mensaje claro: ese modelo era el summum de la innovación. Con esas Adidas la etíope Tigist Assefa batió el récord del mundo femenino de maratón el año pasado en Berlín y esas Adidas marcaban el disparo de salida de una nueva carrera tecnológica. Ya no sirve que las zapatillas de correr ofrezcan mucho rebote, como hacen desde años gracias a las placas de fibra de carbono, ahora también deben ser ligeras, superligeras, ultraligeras.
Mientras las Nike Alphafly de Eliud Kipchoge que cambiaron para siempre el atletismo pesaban 230 gramos, las Adizero Adios Pro Evo 1 flotan con sólo 138 gramos de peso. «Para conseguirlo analizamos cada elemento de las zapatillas, sopesando qué podíamos eliminar o cambiar para reducir su peso», explica Patrick Nava, vicepresidente mundial de producto de la marca alemana que en los últimos tiempos ha hecho enloquecer a la competencia. Preparados, listos... ¡ya!
Las novedades desde China
Como pasó con la fibra de carbono, desde la aparición de las Adizero Adios Pro Evo 1, todas las empresas de zapatillas de correr buscan ahora su modelo superultramegaligero y próximamente habrá novedades al respecto. Nike, New Balance, Saucony o Brooks podrían presentar pares que bajen de los 200 gramos, algo impensable hace nada, pero en los años posteriores la guerra irá más allá. Varias empresas chinas llevan tiempo buscando su oportunidad para asaltar el mercado mundial y es ésta. La semana pasada, en una feria en su país, Li-Ning, que llegó a patrocinar a la España de baloncesto, presentó un prototipo que sólo pesa 89,5 kilos, XTep fabrica un modelo de 94 gramos, 361 Degrees ya lanzó el año pasado uno de sólo 98 gramos...
Según un estudio de la Universidad de Colorado, en Estados Unidos, rebajar 100 gramos en las zapatillas reduce el consumo de oxígeno un 1%, por lo que la ganancia es obvia: en un maratón de dos horas se puede ganar más de un minuto al reloj gracias a ese nuevo calzado. Pero también tiene ciertas desventajas.
"Es una guerra peligrosa"
«Esa guerra por romper la barrera de los 100 gramos es peligrosa porque exige una inversión brutal en desarrollo y no tiene un mercado claro. Esas zapatillas tan ligeras son muy caras y muy efímeras, apenas se pueden utilizar dos o tres días, por lo que sólo se las pueden permitir los atletas patrocinados, aquellos que no compran nada. Es como el gasto en Fórmula 1 o MotoGP, es difícil cuantificar el beneficio para las marcas», analiza Juan González, probador de material para varias marcas y responsable del podcast El laboratorio de Juan.
Tan ligeras zapatillas, en efecto, carecen de estructura y, con el paso de unos pocos kilómetros, se desfiguran y se desvanecen. Al contrario de lo que pasó con las placas de fibra de carbono, estos modelos no están pensados para el aficionado medio ni tan siquiera para ese pelotón de expertos que buscan, por ejemplo, bajar de las tres horas en maratón. La carrera por el peso es una carrera por seguir en la vanguardia, por no perder el tren, por mantenerse a la cabeza del desarrollo, aunque sus beneficios es posible que nunca lleguen a los corredores del montón.