Cristiano Ronaldo, en el palco del partido entre el Al-Nassr y el At-Tai, en el Mrsool Park Stadium.–AFP
Acabó 2022 con los ecos (o la resaca, según) de la Copa del Mundo en Qatar y ha empezado 2023 con el protagonismo de otro enclave de la zona: Arabia Saudí. El planeta es muy grande, pero, en deporte, mengua en beneficio de ciertas latitudes petrolíferas y arenosas. A lo largo de 2023, entre otros muchos eventos, y para abreviar resumiendo, la Fórmula 1 se iniciará en Bahréin. Y, volviendo a Doha, asistiremos, en el atletismo, al comienzo de la Liga de Diamante. Y a todo el Mundial de Judo.
Pero estábamos en Arabia, que, a golpe de esos millones volanderos que compran voluntades y anestesian conciencias, ha dividido y enemistado el golf creando el LIV, el circuito opuesto al PGA Tour. Y que, dícese, podría aspirar a organizar unos Juegos Olímpicos… de Invierno. Mientras, sin salir de este enero, un rallye que lleva el nombre de Dakar (Senegal) se está disputando en Arabia. Y también se marcará con la A de Arabia la Supercopa de… España.
A mayor abundamiento, un club de nombre Al-Nassr, que no es el más importante del país, honor que corresponde al Al-Hilal, campeón de Asia y representante continental en el cercano Mundial de Clubes, ha fichado a Cristiano Ronaldo. Que un equipo de la, ¡ejem!, Liga saudí pueda pagar 500 millones netos de euros en siete años a un futbolista que cumplirá 38 el próximo día 5 deja en pañales el “dirty play” financiero del PSG, el City y demás tramposos consentidos. Si alguien puede o se atreve, que nos explique este múltiple falseamiento nacional, personal, económico, geográfico y ético que altera, viciándolo, lo normal, lo legal y lo moral.
Cristiano se incorpora como publicista y embajador de la candidatura saudí a organizar el Mundial de 2030. Dado que la candidatura de la competencia es la promovida a trío por Portugal, España y Ucrania, el patriotismo de este hombre es sólo comparable a su facilidad para hacer amigos allí por donde pasa y, sobre todo, posa. Riad sí paga a los traidores.
Según sus propias palabras, Ronaldo es único (menos mal) y ha desestimado numerosas ofertas de frustrados pretendientes. Ha escogido ir de La Ceca a La Meca porque “me gusta la cultura árabe”. A la espera de su sincera y desinteresada conversión al Islam, cualquier día vemos a Georgina alabando a Arabia como nación modélica en el reconocimiento de los derechos de la mujer.
Entre todos los delirios megalómanos con los que Arabia Saudí pretende cambiar su imagen en el exterior sobresale Neom, un descomunal proyecto urbanístico en la provincia de Tabuk, al noroeste del país. Desde 2018, la familia real viene publicitando a bombo y platillo esta utopía futurista, que incluye The Line, una ciudad formada por una sola hilera de rascacielos, con 170 km de largo, 500 metros de alto y 200 de ancho, ideada para nueve millones de habitantes.
Mucho menos conocidos son, sin embargo, los planes del príncipe heredero, Muhammad bin Salman, respecto al Neom SC, un modesto club recién ascendido a la primera división saudí. Entre tanto sigilo, el periodista británico James Montague ha viajado a la zona para evaluar sus progresos, recogidos en Engulfed: How Saudi Arabia Bought Sport (Bonnier Books, 2025), un libro que llegará a nuestro país a finales de año. Antes, EL MUNDO ha conversado con el autor para arrojar algo más de luz sobre el Neom SC, el equipo que ya rivaliza con Real Madrid, Manchester City o PSG para convertirse en el más rico del mundo.
"Los accesos son muy complicados y parece imposible llegar hasta allí, pero claro que se puede. Hay hoteles y complejos turísticos abiertos, aunque completamente vacíos, así que de momento es muy difícil comprender su verdadera escala", arranca Montague sobre las obras en The Line, que en los últimos meses han sufrido un frenazo debido a sus desaforados costes.
De los 500.000 millones de dólares presupuestados de inicio se ha pasado a una cifra cuatro veces superior. Todo parece poco para la joya de la corona de Vision 2030, el plan con el que BinSalman pretende diversificar la economía y reducir su dependencia del petróleo. Y en ese frenético despliegue de poder blando, el fútbol juega un papel esencial.
El pasado 11 de diciembre, la FIFA designó a Arabia Saudí como sede única del Mundial 2034. El mayor triunfo, a nivel de imagen, de un régimen autocrático que ya había invertido enormes sumas en el circuito LIV de golf, la Fórmula 1 o las veladas de boxeo y artes marciales mixtas. A través de su fondo soberano (FIP), la monarquía saudí tampoco dudó en comprar el Newcastle, reciente campeón de la Copa de la Liga inglesa, ni en incorporar a Cristiano Ronaldo, Karim Benzema o Neymar, estrellas de la Saudi Pro League (el brasileño ya no está).
Interior del campo del Neom.E. M.
Lo que ha pasado con mayor sigilo fue su apuesta por el Neom SC. Al modo de Red Bull en Leipzig o Salzburgo, la familia real rastreó en busca de un equipo humilde, situado en la pequeña ciudad de Tabuk, tomó las riendas para reconstruirlo y utilizarlo como vehículo promocional. El pasado enero incorporó al delantero argelino Saïd Benrahma, procedente del Olympique de Lyon, como complemento a los fichajes de Salman Al-Faraj, capitán de la selección saudí, y el egipcio Ahmed Hegazi, ex del West Brom.
La prioridad, a corto plazo, era incluir al club entre los cuatro grandes del país (Al-Hilal y Al-Nassr, ambos de Riad, más Al-Ittihad y Al-Ahli, en Jeddah). "Me sorprendería que la próxima temporada el Neom SC no incorporase otros grandes nombres, incluso alguno de los más importantes", vaticina Montague, para quien el objetivo de largo alcance será "la conquista del Mundial de Clubes de la FIFA".
Grandes nombres
Hace apenas un mes, Sky Sports adelantó el interés de Neom por Kevin de Bruyne, un veterano en busca de nuevos horizontes después de 10 años en el Manchester City. Otros rumores recientes apuntan a Jorginho, que no cuenta para Mikel Arteta en el Arsenal, y André Onana, portero del Manchester United. En caso de concretarse, estas operaciones deberían pasar el filtro del ya célebre comité que regula las contrataciones en Arabia. "De ese modo aseguran el equilibrio competitivo y evitan que un equipo lo acapare todo", explica Montague. No hace falta mencionar que la última palabra en la toma de decisiones correspondería al príncipe heredero.
"Bin Salman se ha involucrado personalmente y tiene grandes expectativas con Neom. El hecho de que el Mundial también vaya a disputarse allí demuestra la importancia del proyecto deportivo. A la luz de todo esto parece claro que Neom es demasiado grande como para quebrar", añade el periodista, en referencia a las turbulencias aireadas el pasado noviembre tras el adiós del CEO, Nadhmi al-Nasr.
Proyecto imparable
Según una auditoría interna a la que ha tenido acceso The New York Times, la falta de mano de obra y los problemas con la electricidad estarían provocando múltiples retrasos y sobrecostes. En cualquier caso, Montague no encuentra razones para temer un contagio hacia el fútbol: "Neom no ha colapsado. Lo que sucede es todo nació con una ambición desmesurada".
El autor de Engulfed, en cambio, prefiere situar el foco en el futurista estadio de Neom, proyectado a 350 metros de altura -algo así como el Empire State Building- e incrustado entre gigantescas paredes de cristal a orillas del Mar Rojo. "Han acortado los plazos y sus pretensiones. Los 170 km iniciales de The Line se reducirán a tan sólo dos, donde construirán el recinto del Mundial", analiza sobre esta colosal obra de ingeniería, alimentada con energías renovables. "Aunque actúan de un modo bastante secreto, podemos saber que algo enorme está sucediendo por el gran número de trabajadores asiáticos que van allí y la enorme cantidad de acero que se está enviando, nada menos que el 20% de la producción mundial", concluye.